Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Nueve

Devastación: Preludio al CataclismoJaina remó con una cadencia constante, sumida en sus pensamientos.

Sabía que algo preocupaba a Thrall. Algo que iba más allá de los problemas actuales suscitados por aquella masacre en concreto. Era un líder inteligente y capaz, con un gran corazón así como una gran inteligencia. No obstante, Jaina estaba convencida de que su aprobación tácita al ataque extremadamente violento acaecido en Vallefresno no iba a traer nada bueno. Quizá así conservara la confianza de su pueblo, pero perdería la de la Alianza; bueno, la poca que todavía le quedaba. Ya sólo podía esperar que el orco descubriera a los autores materiales del ataque y los pusiera a buen recaudo cuanto antes, ya que si se producía un segundo incidente, sería un auténtico desastre.

Atracó, amarró su pequeño bote y se dirigió pensativa hacia el castillo. Estaba preocupada por Thrall y la relación que este mantenía con la Horda. Desde que lo conocía, nunca lo había visto tan… inseguro sobre si era capaz de controlarla o no. Las conclusiones a las que había llegado sobre cómo iba a proceder la habían dejado estupefacta. Thrall jamás aprobaría tal uso innecesario de la violencia. Entonces, ¿por qué no lo condenaba públicamente?

Sonrió levemente a los guardias mientras ascendían a la torre donde se encontraban sus aposentos privados. Por otro lado, Varian aún estaba intentando integrar sus dos personalidades en una sola, pero sin mucho éxito. Si bien lo ideal habría sido mejor que hubiera podido disfrutar de cierto periodo de calma para completar el proceso de integración, el destino había dictado que no iba a disponer de ese tiempo. La Alianza se había visto arrastrada a una guerra contra un hombre, si aún se le podía considerar así, que había sido amigo de la maga cuando eran niños, y que había acabado asesinando a decenas de miles. ¿Y qué iba a ser del joven Anduin?

Era un joven muy capaz, perspicaz e inteligente. Pero deseaba tener un padre que pudiera… bueno, ser realmente su padre, no alguien que…

La maga entró en la sala de estar, donde un fuego ardía alegremente en el hogar. Se acercaba el final de la tarde, así que no le sorprendió que sus sirvientes hubieran preparado el té.

Sin embargo, sí le sorprendió ver ahí a aquel joven rubio, con una taza y un platito sobre el regazo, que se giró hacia ella con una sonrisa traviesa.

— Hola, tía Jaina —la saludó. — Tu piedra de hogar ha funcionado a las mil maravillas.

— ¡Válgame Dios, Anduin! —exclamó Jaina, sorprendida y contenta a la vez. — ¡Pero si nos hemos visto hace apenas unos días!

— Ya te advertí que nos íbamos a ver mucho —replicó bromeando.

— ¡Qué afortunada soy!

Acto seguido, la maga se acercó a él, le atusó el pelo y se aproximó al aparador para servirse una taza de té.

— ¿Por qué llevas esa capa tan fea? —preguntó Anduin.

— Ah, bueno —respondió titubeante Jaina, a quien la pregunta le había pillado desprevenida. — No quería llamar la atención. Estoy segura de que tú no quieres que la gente te reconozca cuando sales a cabalgar y demás.

— Me da igual —replicó Anduin. — Aunque, claro, yo no me encuentro en secreto con orcos en medio de ninguna parte.

Jaina se volvió de inmediato, derramando un poco de té al girarse.

— ¿Cómo lo…?

— ¡Sí! —exclamó Anduin, que parecía encantado de haber acertado.

— ¡Tenía razón! ¡Te has reunido con Thrall!

Jaina suspiró y se limpió las manos en la ropa; se sintió agradecida de llevar puesta esa ropa basta y sucia en vez de alguno de los bonitos atuendos que solía vestir habitualmente.

— Por tu propio bien, no deberías ser tan observador, Anduin —le dijo.

Al escuchar estas palabras, el príncipe adoptó una actitud más seria.

— Así es como me he mantenido con vida —aseguró sin la más mínima pizca de emoción.

Jaina notó que le daba un vuelco el corazón y sintió compasión por el muchacho, pero el príncipe no buscaba que se apiadaran de él.

— He de admitir que me sorprende que hayas ido a verlo. Por lo que escuché contar a aquellas Centinelas, el ataque que sufrieron sus compañeros fue brutal. No obstante, sé que Thrall nunca apoyaría ese acto de violencia.

La maga se acercó al fuego con una taza de té en una mano, mientras con la otra cogía una silla.

— Estás en lo cierto. Thrall no apoyó ese ataque.

— Entonces, ¿se va a disculpar y va a entregar a los asesinos?

Jaina hizo un gesto de negación con la cabeza.

— No. Simplemente se disculpará por… haber violado el tratado. No por cómo se ha violado.

Un hondo pesar se adueñó del semblante de Anduin.

— Pero… si él no es el responsable de esa masacre y no cree que estuviera bien, ¿por qué no lo condena públicamente? ¿Así cómo pretende recuperar nuestra confianza?

Eso mismo me pregunto yo, —pensó Jaina, aunque no lo dijo.

— Una de las cosas que acabarás aprendiendo con el paso del tiempo es que uno no siempre puede hacer lo que le gustaría hacer. O ni siquiera hacer lo que uno cree que es correcto, o, al menos, no de primeras. Lo cierto es que Thrall no quiere entrar en guerra con la Alianza. Quiere cooperar para que nos beneficiemos mutuamente. Pero… la Horda piensa de forma distinta a la Alianza en muchas cuestiones, y para que un líder pueda gobernarlos resulta vital que haga ciertas demostraciones de fuerza y poder.

Anduin frunció el ceño, con la vista clavada en su té.

— Eso suena más propio de Lo’Gosh —murmuró.

— Por irónico que parezca, así es. Esa parte de la personalidad de tu padre encajaría perfectamente en la mentalidad de la Horda — aseveró Jaina. — Esa era una de las razones por las que fue tan popular durante su breve… eh… carrera como gladiador.

— De modo que Thrall no se puede arriesgar a denunciar públicamente esa salvajada ante su pueblo. ¿Es eso lo que estás insinuando? —preguntó Anduin a la vez que se metía una galleta con nata y mermelada en la boca.

Por un instante realmente agradable, Jaina estuvo más preocupada de si habría suficientes pastas para saciar el apetito de un muchacho en edad de crecer que en la posibilidad de que estallara una guerra.

La maga profirió un suspiro como si llenar el estómago de aquel adolescente fuera la más acuciante de sus preocupaciones.

— Básicamente, estás en lo cierto —contestó y, como no deseaba entrar en detalles, añadió: — Sé que él no es responsable de la masacre, y que se siente consternado por lo que ha pasado.

— ¿Crees… crees que permitirá que vuelva a suceder algo semejante?

Como aquella pregunta tenía unas implicaciones muy serias y se merecía una respuesta meditada e igualmente seria, se tomó su tiempo para contestar.

— No —respondió al fin. — Aunque, y esta es sólo mi opinión, creo que… esto le ha pillado por sorpresa. No obstante, es consciente de la gravedad de la situación.

Anduin apuró su té y se dirigió al aparador para servirse una segunda taza. Aprovechando la coyuntura, llenó su plato con unos cuantos pastelillos y sándwiches.

— Tienes razón, tía Jaina —comentó con serenidad. — A veces, uno no puede hacer lo que quiere. Y tiene que esperar a que llegue el momento adecuado, a contar con los apoyos suficientes.

Jaina sonrió para sí. El joven que tenía frente a ella había sido rey a los diez años. Si bien es cierto que había contado con la ayuda de un gran consejero, del Alto Señor Bolvar Fordragón, podía deducir, por lo que había observado, que se había visto obligado a encarar muchos problemas en aquella época él solo, por su cuenta y riesgo.

Tal vez nunca se había enfrentado a algo tan complicado como la situación en la que se encontraba Thrall, pero sí era capaz de comprenderla.

En ese momento, volvió a echar de menos, como le solía pasar a menudo, a la sabia e irónica Magna Aegwynn. Ojalá aquella gran dama, que había sido en su día la Guardiana de Tirisfal, siguiera viva para poder darle sus sensatos, aunque a veces cáusticos, consejos. ¿Qué habría hecho Aegwynn con ese muchacho que estaba sentado junto a su hogar, ese jovencito tan serio pero de tan buen corazón?

Una sonrisa se dibujó en los labios de Jaina. Sabía exactamente qué habría hecho Aegwynn en este caso: quitarle hierro al asunto.

— Bueno, Anduin —le dijo Jaina, quien, en ese instante, casi pareció sentir la presencia de aquella sabia anciana en la habitación.

— Cuéntame todos los cotilleos que circulan por la corte.

— ¿Cotilleos? —exclamó Anduin, mirándola perplejo. — No sé ninguno.

Jaina se encogió de hombros.

— Entonces, invéntate alguno.

* * *

Anduin regresó a Stormwind para la cena tres minutos tarde, se materializó en su habitación y, al instante, descubrió que Wyll le había preparado la ropa. Se lavó la cara rápidamente con agua de la palangana y, acto seguido, se vistió con el atuendo formal que debía llevar puesto para cenar y bajó raudo y veloz las escaleras para encontrarse con su padre.

Si bien disponían de unas salas enormes para celebrar banquetes, las cenas cuyos comensales eran ellos dos solos tenían lugar en uno de los aposentos privados de Varian. Las últimas comidas que habían compartido habían resultado muy difíciles e incómodas, ya que entre Varian y Anduin Wrynn se interpuso la amenazadora y larga sombra de Lo’Gosh. Pero, en ese instante, mientras se sentaba en la silla y cogía la servilleta, Anduin recorrió con la vista toda la mesa hasta llegar a su padre, a quien miró sin el más mínimo atisbo del resentimiento que había nublado su juicio anteriormente. La visita a Jaina le había permitido aclarar sus ideas, le había ayudado a… alejarse de todo aquello, aunque sólo fuera por unos instantes.

Contempló a su padre y no vio a Lo’Gosh. Vio a un hombre que comenzaba a tener unas tenues patas de gallo alrededor de ambos ojos; las huellas del paso del tiempo y el cansancio, pero no de las batallas en las que había participado. Pudo ver las consecuencias del peso de la corona, de las incontables decisiones que tenía que tomar a diario. Unas decisiones que costaban mucho dinero, y, a veces, un bien aún más precioso: vicias. A pesar de todo, Anduin no sentía pena por su padre, Varian no la necesitaba, sino compasión.

En ese instante, Varian alzó la vista y obsequió a su hijo con una sonrisa fatigada.

— Buenas noches, hijo. ¿Cómo ha ido el día? ¿Te has divertido?

— Pues sí —respondió Anduin, al tiempo que introducía la cuchara en la sabrosa y suculenta sopa de tortuga. — He utilizado la piedra de hogar que me dio la tía Jaina para hacerle una visita.

— ¿Ah, sí? —dijo Varian, cuyos ojos azules parpadearon presas de la curiosidad. — ¿Y qué tal? ¿Has aprendido algo?

Anduin se encogió de hombros, atenazado de improviso por las dudas. En el momento, había sido todo muy emocionante, pero que tuviera que contarle a su padre lo que había pasado… bueno, simplemente, se habían limitado a tomar el té.

— Hemos charlado de ciertas cosas. Y, hum… hemos tomado té.

— ¿Té?

— Sí, té —replicó Anduin, un tanto a la defensiva. — En Theramore hace frío y llueve. Además, tomar el té y picar algo no tiene nada de malo.

Varian negó con la cabeza, a la vez que cogía una rebanada de pan con queso.

— No; es cierto. Además, estabas en muy buena compañía. ¿Has hablado sobre la situación política actual?

Anduin se ruborizó. No quería traicionar a Jaina, ni siquiera de manera involuntaria. Pero tampoco quería mentir a su padre.

— Un poco.

Unos ojos penetrantes parpadearon al contemplar el rostro de Anduin.

Si bien Lo’Gosh no se encontraba presente, Anduin intuyó que tampoco estaba del todo ausente.

— ¿Has visto a algún orco?

— No.

Al menos, esta última pregunta pudo contestarla con total sinceridad.

A continuación, se dedicó a juguetear con la sopa, pues había perdido el apetito de repente.

— Tú no, pero Jaina sí.

— Yo no he dicho…

— No pasa nada. Sé que ella y Thrall son uña y carne. Aunque también sé que Jaina no traicionará a la Alianza.

Estas palabras animaron a Anduin.

— No, nunca la traicionaría. Jamás.

— Tú… la entiendes, ¿verdad? Comprendes a los orcos y a la Horda, ¿no?

— Yo… Padre, hemos sufrido ya tantas bajas —dijo sin querer Anduin, quien, a continuación, dejó la cuchara sobre la mesa y miró fijamente a Varian. — Ya oíste al arzobispo Benedictus. Hemos perdido a casi cincuenta mil hombres. Ya sé que muchos de nuestros súbditos han muerto a manos de la Horda, pero muchos otros no; además, la Horda también ha sufrido una cantidad terrible de bajas. No son el enemigo, son…

— No sé con qué otro término se podría definir a alguien, o algo, capaz de hacerles a esos Centinelas lo que esos orcos les hicieron.

— Creía que…

— Oh, Thrall ha contestado mi misiva; ha condenado la violación del tratado y me ha asegurado que hará todo lo posible para que algo así no vuelva a suceder. Pero no ha hecho ninguna mención a la carnicería que han cometido sus esbirros con esos elfos. Si fuera tan civilizado como tú y Jaina parecen creer, entonces, ¿por qué guarda silencio sobre un acto tan atroz?

Anduin contempló abatido a su padre. No podía contarle lo que sabía y, aunque pudiera, no era información de primera mano. Se preguntó si alguna vez llegaría a entender y dominar el arte de la política. Jaina, Aegwynn e incluso su padre habían alabado su perspicacia, pero se sentía muy confuso respecto a… bueno, a casi todo. Actuaba más por intuición que por lógica, y eso era algo que ni Varían ni Lo’Gosh podrían entender jamás. De algún modo, sabía, en lo más hondo de su ser, que Thrall no era como Varian lo veía.

Pero no podía explicarlo.

Varían observó a su hijo detenidamente y suspiró para sus adentros. Sentía afecto por Jaina, la respetaba, pero no era una guerrera. No se oponía a establecer relaciones pacíficas con antiguos enemigos, como Anduin parecía creer. En primer lugar, se había mostrado favorable al armisticio, lo cual era una prueba fehaciente de su buena predisposición. Simplemente, la seguridad de su pueblo estaba por encima de todo lo demás. Sólo un necio le ofrecería su amistad, le tendería la mano a alguien que estarla dispuesto a cortársela sin vacilar.

Anduin no era un pusilánime. Lo había demostrado una y otra vez en situaciones que habrían hecho dejarse llevar por el pánico o la desesperación a alguien que lo doblara en edad. Pero era… Varian intentó dar con la palabra más adecuada para definirlo: blando. No era un gran combatiente con armas pesadas, aunque tenía una puntería soberbia con el arco y el lanzamiento de cuchillos. Quizá si estuviera más dotado para el combate, si entendiera mejor lo que supone ser un guerrero, tendría menos tendencia a mostrarse compasivo cuando tal actitud pudiera acarrear la muerte de sus soldados.

— Me alegro de que aproveches esta oportunidad que se te ha brindado de visitar a Jaina —le aseguró.

Acto seguido, dio buena cuenta de la sopa y rebañó el cuenco con un trozo de pan, e hizo un gesto de asentimiento cuando los sirvientes se acercaron a llevarse el cuenco y los cubiertos que había utilizado.

— Creo que es una buena idea —añadió.

Anduin alzó la vista para mirar a su padre, quien se percató, muy a su pesar, de que en el semblante del muchacho se dibujaba un gesto de cautela y precaución.

— ¿Pero…? —le espetó Anduin sin miramientos.

Varian se vio obligado a sonreír para rebajar la tensión.

— Pero —dijo, enfatizando la palabra— creo que también sería una buena idea que pasaras más tiempo en otros sitios. Con otra gente que no seamos ni yo ni Jaina.

La expresión de cautela de su hijo se tomó sincera curiosidad.

— ¿Qué quieres decir?

— Estaba pensando en Magni Bronzebeard —respondió Varian. — Le tienes en alta estima, ¿verdad?

Anduin pareció sentirse aliviado.

— Lo aprecio mucho. Los enanos me caen bien. Admiro su coraje y tenacidad.

— Bueno, ¿te gustaría quedarte un tiempo con él en Ironforge? No has pasado mucho tiempo en ese lugar, y creo que ya es hora de que lo conozcas a fondo. Los enanos, salvo los Dark Iron, claro está, tienen un estrecho vínculo con nosotros. Magni te aprecia y estoy seguro de que te enseñará muchas cosas. Además, no estarás muy lejos, en caso de que quieras venir a visitar a tu solitario padre.

Al oír estas palabras, Anduin esbozó una amplia sonrisa y Varian se sintió mucho mejor. Era una buena idea.

— El Tranvía Subterráneo me puede llevar de vuelta a Stormwind —admitió.

— Por supuesto —replicó Varian. — ¿De acuerdo entonces?

— Sí, la verdad es que puede ser divertido —contestó Anduin. — Quería pasar más tiempo aprendiendo más cosas sobre la Liga de Expedicionarios, y la muestra de sus trofeos más valiosos se encuentra en Ironforge. A lo mejor hasta consigo hablar con algunos de sus miembros.

En ese instante, los sirvientes aparecieron con el segundo plato, venado asado aderezado con una suculenta salsa. Anduin dio buena cuenta de aquel manjar. Varian había tenido la impresión últimamente de que su hijo había perdido el apetito, pero estaba claro que lo acababa de recuperar.

Si el muchacho quería pasar un tiempo estudiando con la Liga de Expedicionarios, Varian no se lo iba a impedir. Era un buen pasatiempo para un futuro rey. Aunque también hablaría con Magni largo y tendido para insistir en que Anduin debería perfeccionar sus habilidades de combate y entrenar más. Magni lo entendería. El mismo Varian había estudiado bajo el gran tutelaje de un enano y era consciente de que un entrenamiento similar sería muy beneficioso para su hijo. Quizá eso ayudara a que aquel prometedor, pero un tanto delicado, muchacho se convirtiera en un hombre.

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