Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Siete

Devastación: Preludio al CataclismoUna hora después, terminó el servicio religioso. En realidad, Jaina no quería haber permanecido en la catedral durante toda la ceremonia. Pero, a medida que esta proseguía, se dio cuenta de que debía quedarse ahí por dos personas al menos. Una de ellas era ella misma. A mitad del sermón, tenía la cabeza gacha y las lágrimas le recorrían las mejillas mientras lloraba por aquellos que lo habían dado lodo para enfrentarse al mal. Lloraba por el joven decidido que antaño había sido Arthas Menethil. Gracias a las lágrimas, logró una sensación de paz que no había conocido hasta ese momento.

Respecto a la otra persona por la que se había quedado…

Regresó al habitáculo donde Varian había recibido a las Centinelas.

Las elfas ya se habían ido, pero el rey de Stormwind seguía ahí, sentado a una mesa diminuta, con la cabeza apoyada en las manos.

Alzó la vista al intuir que alguien se aproximaba, a pesar de que Jaina se había acercado con sigilo, y Varian le obsequió con una sonrisa fatigada.

— Lamento haber perdido antes el control.

— Haces bien en lamentarlo.

Varian asintió, reconociendo así que ella llevaba razón.

— Lo lamento de veras. Lo que he dicho ha sido poco acertado y falso.

Al escuchar estas palabras, Jaina suavizó un poco su actitud.

— Disculpas aceptadas. Pero no soy la única que se las merece.

Si bien el rey esbozó una mueca de disgusto al oír este comentario, asintió.

— Hubiera preferido que no me hubieras visto así, pero lo hecho, hecho está.

Jaina se dejó caer en la silla que había frente a él, dispuesta a escuchar.

— Dime qué ha pasado.

Al instante, el rey se lo contó. Había acordado enviar a varios alquimistas a Vallefresno para ayudar a los elfos de la noche a examinar el lugar de la masacre, a estudiar la sangre y las ropas halladas en aquel lugar. Asimismo, enviaría a un emisario desarmado, que sin duda alguna iba a pasarlo mal, a hablar con Thrall con objeto de abrir una investigación.

— Has actuado de forma muy… juiciosa —señaló Jaina.

— He de actuar conforme a lo que sé, no a lo que sospecho. Si al final resulta que Thrall está detrás de esa atrocidad, ten por seguro que marcharé sobre Orgrimmar para reclamar su cabeza. Puedes estar segura de que lo haré, me da igual si tengo la autoridad suficiente para hacer algo así o no.

— Si es culpable, marcharé junto a ti —le prometió Jaina.

Estaba convencida de que aquel ataque conmocionaría y horrorizaría a Thrall tanto como a Varian y a Jaina. Aunque no era amigo de Varian, siempre había sido un enemigo honorable que jamás habría osado autorizar una violación del tratado, y mucho menos un ataque tan espantoso.

— Ahora me gustaría hablar de Anduin —le pidió Jaina, cambiando de tema.

Varian asintió.

— Anduin tiene un talento innato para la diplomacia. Si bien comprendió que la campaña de Northrend era un mal necesario, desea la paz. Mientras que yo, en cambio, parezco incapaz de desear otra cosa que la guerra. Cuando regresé, todo fue bien al principio, pero…

— Bueno, es un adolescente —comentó Jaina con cierta ligereza.

— Se tomó muy mal la muerte de Bolvar. Realmente mal.

Al escuchar aquel nombre, Jaina se movió inquieta en su silla.

— Sé que se había fraguado una estrecha relación entre ellos en mi ausencia. Bolvar era como un padre para Anduin —afirmó el rey.

— ¿Acaso… lo sabe? —inquirió Jaina en voz baja.

Varian negó con la cabeza.

— Espero que nunca lo sepa.

Cuando el Rey Lich cayó al fin, la victoria se vio empañada por una verdad espantosa: la revelación de que siempre debe haber un Rey Lich, pues, de lo contrario, el Azote camparía a sus anchas por todo el mundo. Alguien debía aceptar el manto del Rey Lich; si no, toda la lucha habría sido en vano.

Fue Bolvar, a quien las llamas de un dragón habían desfigurado espantosamente hasta parecer un ascua viviente cuya forma recordaba vagamente a un ser humano, quien le salvó la vida, quien había insistido en asumir esa horrenda tarea. Ahora, era Bolvar quien portaba la corona del Rey Lich, quien se sentaba en la cima del mundo, destinado por siempre a ser el carcelero de los no-muertos. Incluso ahora, los ojos azules de Jaina se anegaban en lágrimas con sólo pensarlo.

— Anduin lo ha pasado muy mal —aseveró Jaina, con una voz dominada por la congoja. Antes de proseguir se aclaró la garganta.

— Pero Bolvar no era su padre. Lo eres tú, y sé que se alegra de que hayas vuelto…

— Quiere que vuelva su padre, no quiere a Lo’Gosh. Es perfectamente comprensible. Pero, Jaina, a veces no estoy seguro de dónde empieza uno y acaba otro. No… no me gusta que mi hijo esté a mi lado, que tenga que vivir conmigo, mientras intento determinar los límites de ambas personalidades.

— Pienso lo mismo. Y tengo una idea al respecto…

* * *

Jaina se cubrió la cabeza con la capucha en cuanto salió de la catedral. Seguía lloviendo; de hecho, arreciaba con más fuerza que antes. Sin embargo, la lluvia no pareció incomodarla. Vivía en Theramore, así que estaba muy acostumbrada a un clima tan húmedo.

Como se había teleportado a Stormwind, no disponía de una montura, de modo que tuvo que atravesar a paso ligero las calles mojadas en dirección al castillo. No se trataba de un paseo muy largo, pero pisó unos cuantos charcos, y cuando llegó, estaba empapada y temblaba.

Los guardias la conocían y le hicieron un cortés gesto de asentimiento cuando entró en el edificio. Los sirvientes se le aproximaron rápidamente y se ofrecieron a llevarse su abrigo y traerle algo caliente de beber. Pero la maga hizo un gesto con la mano para indicarles que no necesitaba sus atenciones; acto seguido, les sonrió gentilmente y les dio las gracias por ser tan atentos. Como ya la conocían, puesto que visitaba el lugar con frecuencia, no le pusieron ninguna objeción cuando les pidió indicaciones para llegar a un sitio muy concreto del castillo.

Jaina dejó atrás diversas salas que se utilizaban para actos ceremoniales y la sala del trono, y accedió al ala privada del castillo.

Llegó a su destino, se atusó su empapada melena y llamó a la puerta de los aposentos de Anduin. Pero no obtuvo una respuesta inmediata. Volvió a intentarlo, diciendo esta vez en voz baja:

— ¿Anduin? Soy yo, Jaina.

Entonces, escuchó cómo alguien correteaba hasta la puerta, que, acto seguido, se abrió lo justo para que unos solemnes ojos azules la contemplaran y, a continuación, trataran de adivinar si había alguien detrás de ella.

—Vengo sola —le aseguró.

El príncipe asintió con la cabeza y, al instante, se hizo a un lado para dejarla entrar.

El castillo de Stormwind era espléndido, pero palidecía en comparación con el antaño magnífico castillo de Lordaeron.

Recordó cómo eran los aposentos del príncipe Arthas en cuanto entró en la habitación de Anduin, que era bastante espartana. A pesar de que había sido príncipe toda su vida, e incluso rey por un tiempo, durante la ausencia de Varian, su habitación era muy sencilla y sobria. La cama era pequeña, más propia del niño que había sido que del joven que era ahora. Pensó que dentro de poco necesitaría una más grande, puesto que crecía alto y fuerte como la hierba. El lecho carecía de ornamentos superfluos, y en las paredes no había cuadros salvo un retrato de Anduin y su madre, la reina Tiffin, realizado cuando el muchacho aún era un tierno infante. Jaina suponía que ella había muerto poco después de que aquel retrato hubiera sido pintado, tras ser alcanzada por una pedrada durante una revuelta Defias. A ese incidente se había referido antes cuando hablaba con Varian e intentaba hacerle comprender la posición en que se hallaba Thrall. El hijo de Tiffin nunca había llegado a conocerla.

Junto a la cama, a un lado, había una mesilla de noche muy sencilla con una jarra de agua y una palangana encima. Y un pebetero apagado a escasos metros, cuya función era calentar la habitación en invierno. También se veía una puerta que, probablemente, daba a otra habitación en la que se guardaba la ropa de Anduin; o, al menos, eso dedujo Jaina, al no divisar ni un triste armario en la habitación. El centro de la estancia lo ocupaban una sola silla y una mesita con libros, pergaminos, un tintero y una pluma encima. Con exquisita educación, Anduin le ofreció la silla para sentarse, y se acercó para ayudarla a quitarse el abrigo y colgarlo; acto seguido, permaneció de pie junto a la silla, con los brazos cruzados.

Obviamente, todavía seguía enfadado por la conversación que había mantenido antes con su padre.

— Estás empapada —afirmó sin rodeos. — Permíteme que pida que te preparen un té caliente.

— Gracias. Me vendrá de perlas —replicó Jaina con una sonrisa.

El príncipe se la devolvió, pero se trataba de una sonrisa forzada y en su mirada no se detectaba alegría. Acto seguido, tiró de un cordel que colgaba junto a la puerta.

— La próxima vez que te vea, serás tan alto como tu padre —le comentó Jaina socarrona, con la esperanza de animarlo un poco, mientras se acomodaba en la silla.

El príncipe esbozó una leve mueca de disgusto.

— ¿A qué versión de mi padre te refieres?

Pronunció estas palabras con un tono de voz uniforme, cuidadosamente modulado como correspondía a un príncipe; sin embargo, contenían una mordacidad que estremeció a Jaina, quien le conocía muy bien.

— El hecho de que hayas presenciado esa discusión ha disgustado mucho a tu padre —dijo Jaina con delicadeza.

— Seguro que sí —replicó Anduin, empleando el mismo tono de voz que antes. — Pero, a pesar de mi edad, ya he presenciado demasiadas cosas.

Estaba erguido cuan alto era, con las manos a la espalda. ¿Se habría prometido ya en matrimonio? Jaina no lo sabía. Se figuraba que no.

Aunque Anduin tenía razón. El príncipe había visto muchas cosas en su corta vida, y la maga esperaba que aún tuviera la posibilidad de seguir siendo un muchacho durante un poco más de tiempo, cuando menos.

— Oh, por el amor de Dios —exclamó Jaina mientras sacudía una mano en señal de leve enfado. — Estás haciendo que me sienta incómoda al quedarte ahí de pie como un pasmarote. Siéntate en la cama y luego me hablas. Ya sabes que no me gustan los formalismos.

Entonces, como cuando el hielo se agrieta al recibir los primeros cálidos rayos del sol de primavera, una leve sonrisa se dibujó en los labios de Anduin. La maga le guiñó un ojo. Al instante, la tímida sonrisa se convirtió en una sonrisa de oreja a oreja.

En ese momento, alguien llamó suavemente a la puerta. Un sirviente de pelo gris apareció en el umbral.

— ¿En qué puedo servirle, alteza?

— Prepárame un té de flor de paz. Que sean dos. Oh… —dijo mientras se volvía hacia Jaina. — ¿Tienes frío? Puedo pedirle a Wyll que nos encienda el pebetero.

De inmediato, Jaina arqueó una ceja; a continuación, alzó una mano y la agitó en dirección al pebetero. Al instante, brotaron unas llamas.

— No es necesario, pero gracias de todos modos.

El príncipe se rió ante aquel alarde de poder.

—Había olvidado de lo que eres capaz. Tráenos sólo el té, entonces. Ah, y pan y miel. Y queso de Dalaran. Y un par de manzanas.

Jaina se sintió conmovida. Anduin se había acordado de que las manzanas y el queso eran su tentempié favorito.

— Gracias —le dijo al príncipe.

Jaina trató de ocultar su sonrisa. Sin duda alguna, aquel muchacho estaba madurando. En cuanto Wyll se marchó, Anduin hizo caso a la sugerencia de la maga y se acomodó sobre la cama. Acto seguido, observó a Jaina con esos brillantes ojos azules que eran capaces de ver mucho más de lo que los adultos sospechaban.

— Así está mejor. No he venido a sermonearte ni a pedirte disculpas en nombre de tu padre —le explicó Jaina, — sino a darte la oportunidad de divertirte un poco… si quieres.

El príncipe arqueó una de sus rubias cejas al escuchar esta proposición.

— ¿Diversión? —pronunció esta palabra de manera enfática. — Por favor, te ruego que me expliques qué es eso.

— Algo que necesitas encarecidamente. Tu padre se siente contrariado porque lo viste comportarse de ese modo. Él y yo hemos hablado, y ambos hemos decidido que tal vez te gustaría poder tener la oportunidad de alejarte de tus problemas.

El príncipe la miró con curiosidad.

— ¿Qué es lo que tienes en mente, exactamente?

— ¿Te gustaría ir a visitarme a Theramore?

Anduin había estado una vez en Theramore, durante una terrible tormenta, para acudir a unas conferencias de paz que se vieron repentinamente interrumpidas. La maga esperaba que cambiara de opinión con respecto a aquel lugar y lo viera bajo una perspectiva más positiva.

No obstante, Anduin parecía poseer la ductilidad propia de los jóvenes, y, en vez de mostrarse descontento, se le iluminó el rostro.

— ¿Quieres que visite la frontera otra vez? ¡No sabes cuánto me gustaría! La verdad es que, en su día, no pude explorar mucho esa zona. ¿Se libra alguna lucha de dragones en la actualidad por esos lares?

— Muy pocas —respondió Jaina, dejando escapar un suspiro burlón.

— Pero estoy segura de que habrá algún jaleo en el que se pueda meter un muchacho de trece años.

— Trece y medio, casi —le corrigió Anduin con suma seriedad.

— Acepto la corrección.

— Pero… es un viaje muy largo.

— Para una maga, no.

— Bueno, no, claro que no, no me refería a ti, tía Jaina, sino a mí.

La maga le sonrió.

— Tengo algo que podría hacer tu viaje un poco más sencillo.

La maga rebuscó en la bolsa que llevaba atada al cinturón y extrajo de ella un diminuto cristal con forma de óvalo recubierto de unas runas de un color azul pálido.

— Ten. ¡Tómalo!

Jaina le lanzó el cristal a Anduin, quien lo atrapó en el aire.

— Es muy bonito —afirmó el príncipe, al tiempo que lo examinaba y palpaba las runas con los dedos.

— Muy bonito y bastante raro. Agárralo con cuidado. No cierres el puño en torno a él. ¿Reconoces esas runas?

El príncipe las observó detenidamente.

— Es tu nombre y la palabra… «casa» —contestó.

Eso es. Veo que no has abandonado tus estudios. Pedí que grabaran eso para ti. Antes de… hoy… había pensado alguna vez que te gustaría ir a visitar a tu vieja tía Jaina.

El príncipe frunció el ceño mientras se apartaba un mechón rubio de la cara.

— No eres vieja —replicó.

— Sigues siendo tan diplomático como siempre, o incluso más — aseveró la maga, riéndose. — Bueno, a este cristal se le llama piedra de hogar.

— Pero estas runas quieren decir «casa».

— Sí, así es, pero «piedra de casa» suena muy mal. «Piedra de hogar» suena mucho mejor.

El príncipe se rió entre dientes, dio vueltas a la piedra de hogar en la mano y dijo con un tono de voz un tanto altanero:

— Las mujeres se preocupan por unas cosas…

— Algunos reinos han caído y se han alzado por mucho menos — afirmó Jaina.

— Cierto —admitió el príncipe. — Bueno, ¿cómo funciona esta piedra de hogar?

— Cierra el puño con fuerza y concéntrate.

Anduin obedeció. Jaina se levantó y se acercó a él; a continuación, colocó su mano sobre la suya. Una tenue luz azul rodeó primero el contorno de la mano de su tía y, luego, el de la suya.

— Así esta piedra quedará unida a ti —le explicó en voz baja Jaina.

El príncipe asintió, indicándole que entendía lo que le estaba diciendo.

— Concéntrate. Introduce esta piedra dentro de tu ser. Hazla tuya.

Sintió cómo las energías se desplazaban de ella a él, y sonrió para sí mientras se dejaba ir.

— Eso es. Ahora ya es tuya.

Anduin volvió a mirar la piedra, con una sonrisa de oreja a oreja. Sin duda alguna, aquel óvalo le fascinaba.

— Es un artefacto puramente mágico, ¿verdad? ¿Es un artilugio de los gnomos?

Jaina asintió.

— Me temo que únicamente te llevará a Theramore. Aunque, una vez allí, podremos teleportarte de vuelta a casa, a Stormwind.

— Tampoco quiero dejar a los enanos y sus grifos sin trabajo — comentó Anduin, haciendo gala del pragmatismo que le caracterizaba.

— Cuando la uses, ten cuidado —le aconsejó a la vez que se levantaba. — Te llevará a mi hogar, literalmente. La mejor hora para visitarme es a media tarde.

El príncipe seguía contemplando la piedra, sonriendo, y eso hizo feliz a Jaina. Sin duda alguna, estaba haciendo lo correcto. Entonces, abrió los brazos para invitar al muchacho a que le diera un abrazo.

Al instante, Anduin abandonó la cama y la abrazó. Este muchacho está creciendo mucho, pensó para sí la maga mientras el príncipe apoyaba la cabeza en uno de sus hombros. A su vez, los hombros de Anduin, que ahora rodeaba con sus brazos, eran bastante más anchos de lo que recordaba. A pesar de que había vivido rodeado de dificultades, penalidades y muerte, todavía era capaz de reír, de abrazar a su tía, de emocionarse ante la posibilidad de visitar la frontera.

Luz, permítele seguir siendo un crío un poco más. Permite que conozca, al menos, un poco de paz antes de que tenga que asumir sus responsabilidades como adulto… una vez más.

— A lo mejor te acabas arrepintiendo de esto, tía Jaina —aseveró mientras se apartaba de ella y la contemplaba con gesto serio.

El corazón le dio un vuelco a la maga al oír el tono de voz que había empleado el príncipe.

— ¿Por qué lo dices, Anduin?

— Porque casi seguro que iré a visitarte todos los días.

Al escuchar esta respuesta, se sintió tremendamente aliviada.

— Podré soportar tal castigo.

Entonces, Jaina Proudmoore, la regente de Theramore y una poderosa hechicera, se rió como una niña y le revolvió el brillante pelo rubio al príncipe de Stormwind.

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