Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Seis

Devastación: Preludio al CataclismoEl día era frío y estaba un poco nublado, y mientras Jaina Proudmoore ascendía por las escaleras enmoquetadas en tonos azules y dorados de la magnífica catedral de Stormwind, comenzó a llover. Un tramo de las escaleras estaba bloqueado porque necesitaba unas reparaciones después de la Guerra contra la Pesadilla; además, las lluvias las volvían muy resbaladizas. Ni siquiera se molestó en cubrir su brillante pelo rubio con la capucha, sino que dejó que las gotas le cayeran con delicadeza por la cabeza y el rostro. Era como si el cielo estuviera llorando al pensar en la ceremonia que estaba a punto de celebrarse dentro de aquel templo.

Dos jóvenes sacerdotisas que flanqueaban la puerta le sonrieron y le lucieron unas reverencias.

— Lady Jaina —le dijo la muchacha humana de la derecha, tartamudeando levemente; su rubor era visible a pesar de su piel oscura, — no nos informaron de que vendría. ¿Deseas sentarse junto a Su Majestad? Estoy segura de que se sentirá encantado de disfrutar de su compañía.

Jaina le dirigió una sonrisa realmente cautivadora a aquella muchacha.

— Gracias, pero no. Me conformo con sentarme con el resto de la gente.

— Entonces, pase por aquí —le indicó la sacerdotisa enana, ofreciéndole una vela apagada. — Por favor, tómela, mi señora, y siéntese donde quiera. Nos alegrarnos mucho de que haya venido.

Le ofreció una sonrisa genuina, aunque contenida, debido a la solemnidad del momento. Jaina cogió la vela, entró en el templo y depositó un puñado de monedas de oro en el cepillo que había junto a las sacerdotisas.

Respiró hondo; gracias a la humedad que reinaba en la atmósfera, el aroma a incienso era aún más penetrante de lo normal en la Catedral de la Luz, cuyo interior era mucho más oscuro de lo que recordaba.

Las velas desprendían humo mientras se consumían, y Jaina posó la mirada sobre las filas de bancos en busca de un lugar donde sentarse, preguntándose si no había rechazado con demasiada celeridad el ofrecimiento de la sacerdotisa más joven. De repente, dio con un hueco. Recorrió la nave e hizo un gesto de asentimiento con la cabeza a la pareja de ancianos gnomos que se hicieron a un lado para dejarle sitio. Desde aquel emplazamiento tenía una vista excelente, y sonrió en cuanto vio las familiares figuras del rey Varian Wrynn y su hijo, Anduin, que ocupaban una zona separada del resto de la nave, procurando llamar la atención lo menos posible.

Aunque a Varian nunca se lo podría considerar una persona que no llamara la atención. Precisamente por eso, el orco Rehgar Earthfury había decidido, tras encontrarlo medio ahogado e inconsciente hacía más de un año, que podría llegar a ser un buen gladiador. Varian, que no recordaba nada de su pasado, se había adaptado perfectamente a aquel estilo de vida salvaje y brutal. Sin que él lo supiera en ese momento, en realidad estaba escindido en dos entidades distintas: Varian, bajo el control de la dragona Onyxia, y Lo’Gosh, un temible gladiador muy poderoso. Varían conservaba sus modales y conocimientos humanos. Lo’Gosh, que era una palabra taurahe que significaba «lobo fantasmal» en honor a una feroz criatura legendaria, poseía todas las habilidades de combate del Varian original. Varian era elegante; Lo’Gosh, violento. Varian era sofisticado; Lo’Gosh, brutal.

Ambas mitades se unieron en un solo ser pasado un tiempo, pero la fusión fue imperfecta. A veces, daba la impresión de que quien dominaba aquel cuerpo alto y fornido era Lo’Gosh. Ahora más que nunca, el rey Varian Wrynn, con su pelo castaño oscuro recogido en un moño y una cicatriz profunda que recorría aquel rostro que antaño había sido hermoso, dominaba con su presencia la nave.

Anduin era muy distinto a su padre. Era pálido, rubio y delgado, y ligeramente más alto que la última vez que Jaina lo había visto.

Jaina suponía que se parecería más a su esbelta madre y no llegaría a ser tan robusto como Varian. Aunque no poseía la imponente constitución de su padre, ya había dejado de ser un niño para convertirse en un joven hecho y derecho. Anduin intercambió sonrisas y gestos de asentimiento con el hermano Sarno y el joven Thomas mientras su padre y él se acercaban a tomar asiento. Tal vez intuyó que lo estaba mirando, ya que frunció levemente el ceño, echó un vistazo a su alrededor y sus miradas se cruzaron. Había sido educado como un príncipe y como tal tenía que observar ciertas normas de conducta; por eso no sonrió, pero sus ojos brillaron y la saludó con un leve movimiento de cabeza.

Acto seguido, todas las miradas pasaron de centrarse en el rey y su hijo a posarse en el arzobispo Benedictus, que acababa de entrar en la nave y se aproximaba lentamente al altar. Aquel hombre era de estatura media y constitución robusta y fornida, y parecía más un granjero que un religioso. Los fastuosos ropajes de color blanco y oro no parecían encajar con él, y se le veía un tanto incómodo con ellos. Pero en cuanto comenzaba a hablar, su voz, clara y pausada, resonaba por todo el templo, dejando bien claro que la Luz lo había elegido.

— Estimados amigos de la Luz, les doy la bienvenida a todos a esta hermosa catedral que no rechaza a nadie que venga con las puertas de su corazón abiertas y espíritu humilde. Este templo ha sido testigo de muchos acontecimientos alegres, y también de muchos sucesos tristes. Hoy nos hemos reunido aquí para honrar a los caídos, para recordarlos y llorarlos, y mostrar nuestro respeto por su sacrificio en beneficio de la Alianza y Azeroth.

Jaina bajó la vista para mirarse las manos, que descansaban sobre su regazo. Esa era la razón por la cual no había querido sentarse en un lugar muy visible de la catedral. Nadie había olvidado que, en su día, había mantenido una relación afectiva con Arthas Menethil; nadie lo había olvidado cuando Arthas era príncipe, ni tampoco cuando se convirtió en el Rey Lich, y mucho menos ahora que había sido derrotado. Aquella ceremonia se celebraba por su culpa.

Unas pocas personas volvieron la cabeza hacia ella y la reconocieron, y la miraron con cierta comprensión.

No transcurría ni un solo día en que Jaina no pensara en él, en que no se preguntara si no hubiera podido hacer algo por él, decir algo que hubiera conseguido que el paladín de la Luz se alejara del sendero de las tinieblas. Habían utilizado sus sentimientos hacia Arthas en su contra durante la Guerra contra la Pesadilla, al atraparla en un sueño donde había logrado evitar que su amado acabara siendo el Rey Lich… al convertirse ella en la Reina Lich en su lugar.

Se estremeció, y procuró apartar sus pensamientos de aquella horrible pesadilla, para centrarse de nuevo en el arzobispo.

—  … en las lejanas tierras heladas del norte —estaba diciendo Benedictas— se enfrentaron a un terrible enemigo con un ejército al que nadie creyó que serían capaces de derrotar. Aun así, gracias a la bendición de la Luz y al coraje de todos esos hombres y mujeres, ya fueran humanos, enanos, elfos de la noche, gnomos o draenei, o incluso miembros de la Horda, podemos volver a sentimos seguros en nuestras tierras. El número de bajas es escalofriante, y aumenta cada día a medida que nos van llegando más informes. Para que se hagan una idea de las bajas estimadas, hemos suministrado a todos los fieles aquí presentes en este día una vela. Cada una de ellas representa no una ni una decena, sino un centenar de vidas que se perdieron en la campaña de la Alianza en Northrend.

Jaina sintió que le faltaba el aire y se quedó mirando fijamente la vela apagada, que agarraba con una mano que de repente empezó a temblar. Echó un vistazo a su alrededor. Debía de haber al menos doscientas personas en el interior de la catedral, y sabía que más gente se estaba congregando en el exterior, deseosa de participar en la ceremonia en memoria de los caídos a pesar de que el templo se encontraba abarrotado. Veinte, treinta, quizá cuarenta o cincuenta mil personas… muertas. Cerró los ojos unos instantes y volvió a centrarse en el arzobispo, al tiempo que se daba cuenta de que la pareja de gnomos sentados a su lado la miraban y cuchicheaban entre ellos.

Cuando escuchó unas voces y unas exclamaciones de asombro que provenían del fondo de la catedral, casi se sintió aliviada. Se giró y vio a dos Centinelas, que habían sufrido las inclemencias del tiempo, hablando acaloradamente con las dos sacerdotisas de la entrada.

Mientras se levantaba con la intención de abandonar el templo sin llamar la atención, vio que Varian ya había reaccionado.

Las sacerdotisas humanas, en contra de los deseos de la enana, que parecía contrariada, llevaron a ambas Centinelas a una sala situada a la izquierda. Jaina apretó el paso para acercarse a ellas. Justo cuando cruzaba el umbral de la puerta de aquella estancia, Varian le dio alcance. Como no había tiempo para salutaciones corteses, ambos intercambiaron unas miradas a modo de saludo.

Varian se volvió hacia los paladines que lo habían acompañado hasta ahí.

— Lord Grayson —le dijo al hombre alto de pelo negro con un parche en el ojo, — trae a estas soldados algo de comer y beber.

— Sí, señor —replicó el paladín, que se apresuró a cumplir la orden él mismo.

Esa era la actitud habitual de los paladines; siempre estaban dispuestos a realizar cualquier tarea, por humilde que fuera, que sirviera para ayudar a otra persona, porque así extendían la Luz por el mundo.

— Por favor, siéntense —les pidió Varian.

La más alta de las dos elfas de la noche, una mujer de piel púrpura y pelo blanco, hizo un gesto de negación con la cabeza.

— Gracias, majestad, pero no estamos aquí por gusto. Somos portadoras de malas noticias y debemos regresar para presentar nuestro informe de inmediato.

Varian asintió, tensándose ligeramente.

— Entonces, comuníquenos esas funestas noticias.

La elfa asintió.

— Soy la Centinela Valarya Curso de Río y ella es la Centinela Ayli Susurro de las Hojas. Venimos a informar de que la Horda ha atacado Vallefresno. El tratado ha sido violado.

Jaina y Varian se miraron.

— Cuando firmamos el acuerdo, sabíamos que en ambos bandos habría quienes no lo respetarían —aseveró Jaina Proudmoore de manera titubeante. — Las fronteras han sido, desde hace mucho tiempo, una fuente de…

— No estaría aquí si se tratara de una mera escaramuza. Lady Jaina Valiente — atajó Valarya con cierta frialdad. — No hemos nacido ayer. Sabemos que es de esperar que se produzca alguna que otra refriega. Pero no se trata de eso. Estamos hablando de una masacre. ¡No sé cómo se atreve la Horda a afirmar que son pacíficos, cuando son capaces de algo así!

Jaina y Varian escucharon con atención, Jaina cada vez más atónita y Varian apretando cada vez más los puños, a medida que aquel relato sangriento iba avanzando. Una decena de Centinelas había sido emboscada cuando escoltaba un convoy de carruajes que recorría los bosques de Vallefresno transportando la cosecha. Nadie había sobrevivido al ataque. En cuanto se percataron de que el convoy llevaba ya dos días de retraso en llegar a su destino, salieron a buscarlos y los encontraron a todos muertos. Los carruajes y todo cuanto contenían habían desaparecido.

Valarya dejó de hablar y respiró hondo, como si así procurara calmarse. Su compañera Centinela se colocó a sus espaldas y le dio un apretón amistoso en el hombro. Varian permanecía callado con el ceño fruncido. Jaina tomó de nuevo la palabra.

— En efecto, se trata de una grave violación del acuerdo —afirmó la maga, — y como tal hay que planteárselo a Thrall. Aun así, me temo que no sé por qué dices que se trata de una masacre, cuando, por desgracia, hechos como el que acaban de describir suceden con cierta frecuencia.

Ayli esbozó una mueca de disgusto y apartó la mirada. Jaina desplazaba su mirada de una Centinela a otra. Eran unas guerreras que probablemente llevaban luchando más tiempo del que la maga llevaba viva. ¿Qué era lo que les inquietaba tanto?

— A ver si ahora me entiendes mejor, Lady Valiente —dijo Valarya, apretando con fuerza los dientes. — No hemos podido recuperar los cuerpos.

Jaina tragó saliva.

— ¿Por qué no?

— Porque los desmembraron metódicamente —respondió Valarya,

— y los pedazos se los han llevado los carroñeros. Y, antes de eso, los desollaron. Lo que no sabemos es si estaban vivos o no cuando los despellejaron.

Jaina se llevó una mano a la boca. La bilis recorrió su garganta.

Aquello era obsceno y aberrante, una atrocidad sin igual.

— Colgaron sus pieles como si fueran mera ropa en un árbol cercano. Y en el tronco del árbol había unos símbolos de la Horda escritos con sangre elfa.

— ¡Esto es cosa de Thrall! —exclamó Varian, quien se volvió de inmediato hacia Jaina y la fulminó con la mirada. — ¡Él ha autorizado esa carnicería! ¡Es culpa tuya! ¡Te recuerdo que evitaste que lo matara cuando tuve ocasión!

— Varian —replicó faina, mientras intentaba reprimir las náuseas,— he luchado a su lado. He ayudado a negociar tratados con él; tratados que, te recuerdo, siempre se han respetado. No hay nada en esta historia que indique que él tenga algo que ver con todo esto. Además, carecemos de pruebas que demuestren que ha autorizado esa incursión, y…

— ¿Cómo que carecemos de pruebas? ¡Jaina, los asaltantes eran orcos! ¡Él es un orco, y se supone que es el líder de la maldita Horda!

La maga ya no tenía el estómago revuelto, y sabía que le asistía la razón.

— Los Defias son humanos —argumentó Jaina con suma calma. — ¿Acaso por eso tú deberías ser señalado como responsable de sus actos?

Varían se estremeció, como si la maga lo hubiera golpeado. Por un momento, Jaina creyó que lo había convencido. Los Defias eran un enemigo personal de Varian que le había hecho la vida imposible. El rey frunció el ceño y le lanzó una mirada aterradora por culpa, en gran parte, de la brutal cicatriz que surcaba su rostro. Ya no parecía el mismo hombre que había sido anteriormente.

Se parecía más a Lo’Gosh.

— ¿Cómo te atreves a recordármelo? —rezongó en voz baja.

— Me atrevo, porque alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que recordarte quién eres realmente.

La maga no conocía a la furia de Lo’Gosh, la parte de Varian fría, desagradable y violenta, con ira, sino con ese sentido práctico tan propio de ella que la había salvado, a ella y a otros, en tantas ocasiones.

— Eres el líder del reino de Stormwind, el más poderoso de toda la Alianza. Y Thrall es el líder de la Horda. Tú puedes aprobar leyes, normas y tratados, al igual que él. Pero, a diferencia de ti, él es incapaz de controlar todos los actos de todos y cada uno de sus ciudadanos. Nadie es capaz de algo así.

Lo’Gosh volvió a fruncir el ceño.

— ¿Qué pasará si te equivocas, Jaina? ¿Qué pasará si tengo razón? Es bien sabido que en el pasado te has equivocado al confiar en cierta gente.

Ahora le tocó a Jaina quedarse helada y estupefacta ante su réplica.

Le estaba echando en cara lo que sucedió con Arthas. Esa era la estrategia habitual de Lo’Gosh, así era como había ganado los combates de gladiadores, jugando sucio, utilizando cualquier herramienta a su disposición para ganar a toda costa. Entonces, la congoja que había sufrido durante la Guerra contra la Pesadilla revivió en la memoria de la maga repentinamente, hasta que logró apartarla de su mente. Inspiró aire con fuerza y recobró la compostura.

— Muchos de nosotros conocimos bien a Arthas, Varian. Tú entre ellos. Viviste con él muchos años, y no sospechaste ni por asomo que se convertiría en un monstruo. Tampoco su padre, ni Uther.

— Es cierto. Pero yo no pienso cometer el mismo error de nuevo, y tú sí. Dime, Jaina: si hubieras sabido en qué se iba a convertir Arthas, ¿habrías intentado detenerlo? ¿Habrías tenido agallas para matar a tu amante, o te habrías mantenido al margen, procurando conservar la paz a cualquier precio, como una patética pacifista que…?

— ¡Padre!

Aquella palabra, pronunciada con una voz de tenor propia de un muchacho, restalló como un látigo, y Varian se vio obligado a girarse.

Anduin estaba en el umbral de la puerta. Tenía sus ojos azules abiertos como platos y el rostro lívido. Pero su semblante mostraba algo más que una mera expresión de conmoción. Se trataba de una amarga sensación de decepción. Ante la mirada de Jaina, Varian se transformó. La gélida ira de Lo’Gosh desapareció. Incluso la postura de su cuerpo cambió. Volvía a ser el Varian de siempre.

— Anduin… —dijo Varian con firmeza con su tono de voz normal, ligeramente teñido de preocupación y arrepentimiento.

— Ahórrate las explicaciones —replicó Anduin, disgustado. — Quédate aquí y… sigue haciendo lo que estuvieras haciendo. Volveré a la nave para ser la figura pública que consuela a nuestra gente al demostrarles que a alguien le importa cuánto sufren por lo que acaban de perder. Aunque se trate de un patético pacifista.

Se dio la vuelta, se encaminó hacia la puerta y se aferró al marco de la entrada un instante. Jaina pudo observar cómo se enderezaba y se atusaba el pelo, mientras recobraba la compostura, y adoptaba un semblante sereno, como si en ese momento se estuviera colocando la corona. Se había visto obligado a madurar muy rápido. Ambas

Centinelas se miraron una a la otra fugazmente. Varian permaneció inmóvil, con la mirada clavada en el lugar donde su hijo había estado unos momentos antes. Acto seguido, dejó escapar un hondo suspiro.

— Jaina, ¿por qué no abandonas tú también esta sala? —le pidió el rey.

Al instante, Jaina le lanzó una mirada dubitativa, ante la cual Varian esbozó una leve sonrisa.

— No te preocupes. Las Centinelas y yo conversaremos de forma razonable sobre lo que hay que hacer.

Jaina asintió.

— Aunque después… me gustaría que me concedieras un poco de tu tiempo.

— Por supuesto.

A continuación, el rey se volvió hacia las dos elfas.

— Bueno, volvamos al tema que nos ocupa. ¿Cuándo se produjo ese ataque?

La conversación prosiguió entre susurros. Varian escuchó atentamente lo que le contaron, pero no volvió a prenderse la mecha de su ira. Jaina se dio la vuelta y salió sigilosamente de la sala. Sin embargo, no se sentó en el mismo banco de antes, sino que ocupó un lugar al fondo de la catedral, donde permaneció de pie entre las sombras, sin llamar la atención, observando, escuchando y haciendo lo que se le daba mejor: pensar.

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