Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Cuatro

Devastación: Preludio al CataclismoCairne nunca había visto una fiesta como aquella en Orgrimmar, y no estaba muy seguro de que le gustase.

No es que no quisiera honrar a los soldados que habían luchado tan valientemente contra el Rey Lich y sus súbditos. Pero sabía tan bien como cierta gente, y bastante mejor que algunos, cuál había sido el coste de la guerra en todos los frentes. Por eso se sintió contrariado ante la pompa y el boato con la que los veteranos fueron recibidos.

Asimismo, había descubierto hacía poco que la idea del desfile había partido de Garrosh.

— La gente tiene que ver a sus héroes —había dicho. — ¡Nuestros hombres deben entrar en Orgrimmar recibiendo la bienvenida que se merecen!

Un alma menos caritativa que Cairne habría corregido mentalmente esa aseveración de la siguiente forma: Y cerciórense de que todo el mundo sepa que Garrosh Hellscream fue el artífice de la victoria.

Garrosh había insistido en que todo aquel que hubiera participado en la campaña de Northrend debía animarse a participar. Nadie esperaba que se presentasen veteranos Renegados o sin’dorei al desfile, aunque nadie les habría negado el derecho a participar en él si hubieran hecho acto de presencia. Aquellos seres tenían sus propias preocupaciones y habían realizado su propia campaña en el continente más septentrional del múñelo. En el desfile participaban principalmente aquellos que moraban en las calurosas y áridas tierras de Kalimdor: orcos, trolls y tauren. A Cairne le dio la impresión de que hasta el último miembro de dichas razas que había alzado un arma o lanzado una maldición al Azote había acudido al desfile. La procesión iba desde las puertas de Orgrimmar hasta más allá de la torre de los zepelines.

Desdeñando en cierto modo la tradición de la Alianza de alfombrar la carretera con pétalos de rosa en tales ocasiones, esta había sido cubierta por trabajadores de la Horda con ramas de pino que, al ser pisadas, liberaban un aroma muy agradable. Como en Durotar no había demasiados pinos, Cairne sabía perfectamente que aquellas ramas tenían que haberlas traído de muy lejos. Ante tal extravagancia, suspiró hondo y negó con la cabeza.

El hijo de Grom encabezaba el desfile. Fue el primero en cruzar la puerta cuando esta se abrió, seguido de los veteranos del Bastión de Warsong. Cairne no le echaba en cara que encabezara la marcha; al fin y al cabo, Cairne se había quedado en Kalimdor mientras que Garrosh había ido a Northrend, al igual que todos aquellos aguerridos guerreros, la mayoría de los cuales eran orcos, y en esos momentos se encontraban en territorio orco. Aun así, le dolía que gran parte de aquella muchedumbre siguiera y vitoreara únicamente a Garrosh, menospreciando así al resto de unidades militares que habían luchado tan ferozmente como él y que, en algunos casos, habían sacrificado por la causa más soldados en la flor de la vida que él, pero que carecían de un líder carismático.

El mismísimo Thrall se hallaba a las puertas del Fuerte Grommash.

Iba ataviado con su armadura negra, que era reconocible al instante y que, en su día, había pertenecido a Orgrim Doomhammer. Orgrimmar recibía ese nombre como tributo a él. En uno de sus gigantescos puños verdes, el líder de la Horda portaba el colosal Doomhammer. Thrall tenía una presencia imponente y su leyenda le precedía allá donde fuera; en más de una ocasión, había ganado un combate por el mero hecho de dejarse ver en el campo de batalla ataviado de esa guisa.

Junto a él, un poco encorvado pero aún robusto para tratarse de un orco que rondaba peligrosamente los sesenta años, se encontraba Eitrigg, quien había abandonado la Horda tras la Segunda Guerra, en la que unos camaradas orcos traicionaron a sus hijos y los mataron en batalla. Asqueado por la corrupción que reinaba entre los orcos, Eitrigg había decidido que ya había cumplido con sus obligaciones para con su pueblo. No obstante, había vuelto a formar parte de la Horda cuando Thrall asumió el mando e hizo que los orcos reasumieran sus raíces chamánicas. Era uno de los consejeros de más confianza y más apreciados de Thrall y acababa de regresar de prestar su ayuda a la Cruzada Argenta en Zul’Drak. En sus brazos portaba un objeto envuelto en una tela.

Los brillantes ojos azules de Thrall, un rasgo poco común entre los orcos, estaban clavados en la procesión de guerreros que se aproximaba. Garrosh se detuvo frente a él. Thrall lo observó un momento y luego agachó la cabeza en señal de respeto.

— Garrosh Hellscream —dijo con su voz profunda y atronadora, que se escuchaba perfectamente por encima del murmullo de la muchedumbre, — hijo de Grom Hellscream, de mi estimado amigo y héroe de la Horda. En su día, no fuiste capaz de entender que tu progenitor fue un gran orco. Ahora sí, y, sin duda alguna, tú también eres un héroe de la Horda gracias a tus logros en la campaña de Northrend.

— Nos hallamos bajo la sombra de la armadura y la calavera de nuestro gran enemigo, Mannoroth, cuya sangre nos corrompió y nubló nuestro juicio hace mucho tiempo. El enemigo con el que tu padre acabó, liberando así a su pueblo de una terrible maldición.

A continuación, le hizo un gesto de asentimiento a Eitrigg, quien dio un paso al frente. Entonces, Thrall cogió el objeto que este portaba y lo desenvolvió. Se trataba de un hacha; pero no era un hacha cualquiera, sino una con nombre propio, un arma legendaria. Su hoja, tremendamente curvada, tenía dos muescas. Y cuando su portador la utilizaba en combate, profería su propio grito de guerra, tal como su dueño había hecho en su día, del que provenía su nombre.

Muchos de los espectadores la reconocieron, y los murmullos aumentaron entre la multitud allí congregada.

—Esta —anunció Thrall con tono solemne. — es Gorehowl. El arma de tu padre, Garrosh. Su filo dio muerte a Mannoroth, una hazaña de una audacia inconcebible que le costó la vida.

Garrosh la miró atónito. El orgullo y el regocijo se adueñaron de su rostro de color tierra. Al instante, extendió una mano para aceptar aquel obsequio, pero Thrall no se la entregó de inmediato.

— Mató a Mannoroth —repitió, — pero también le arrebató la vida al noble semidiós Cenarius, el maestro de los primeros druidas mortales. Como cualquier arma, puede ser utilizada para hacer el bien o el mal. Te encomiendo la responsabilidad de estar a la altura de tu padre, Garrosh, y utilizar esta arma con sabiduría, por el bien de tu gente. Es un honor para mí darte la bienvenida a casa. Y, ahora, recibe el cariño y el agradecimiento de aquellos a quienes has servido con tu sangre, sudor y espíritu.

Garrosh cogió el arma y la sopesó detenidamente. Acto seguido, esgrimió el hacha como si hubiera nacido para ello; y quizá fuera así, meditó Cairne. El arma chilló y aulló, cortando el aire como había hecho en el pasado, dispuesta a matar de nuevo a los enemigos de la Horda. Entonces, el orco alzó el hacha por encima de su cabeza y, una vez más, los vítores llenaron el Valle de la Sabiduría. Garrosh cerró los ojos por un instante, como si se estuviera dando literalmente un baño de multitudes. Cairne no pensó ni por un instante que no se lo mereciera, pero creía que Garrosh debería haber mostrado un poco de humildad ante aquella arma y ante los honores que estaba recibiendo.

— Veteranos, esta noche las tabernas permanecerán abiertas para todos ustedes. Coman, beban y canten sus gloriosas hazañas, pero tengan siempre presente que los ciudadanos de Orgrimmar son las personas a las que han servido y no son sus enemigos —señaló Thrall, sonriendo levemente. — Lo recalco porque las brumas del alcohol suelen difuminar tales distinciones.

Unas risas bienintencionadas se extendieron por toda la multitud.

Esas palabras no sorprendieron a Cairne. Thrall había llegado a un acuerdo con todas las posadas y tabernas para reembolsarles los gastos de la comida, bebida y alojamiento de aquel día. Sin embargo, los taberneros y posaderos asumían la responsabilidad de que sus clientes se portaran como era debido; la Horda no pagaría los desperfectos que se produjeran, y siempre acababa habiendo un buen número de sillas y mesas rotas, por no hablar de unas cuantas narices fracturadas. Esas salvajadas se consideraban algo consustancial a ese tipo de celebraciones. Cairne, que nunca se había comportado de manera tan salvaje, ni siquiera en sus tiempos mozos, no aprobaba tales excesos, pero no puso objeciones cuando Thrall planteó tal propuesta.

Thrall hizo una señal con la mano y, acto seguido, varios carros tirarlos por kodos y raptores hicieron acto de presencia; su carga estaba cubierta por unas gruesas mantas. En cuanto Thrall asintió, varios orcos dieron un paso al frente y, a la de tres, tiraron de las mantas, dejando al descubierto varias decenas de barriles de cerveza.

— ¡Que comience el jolgorio! —anunció Thrall, y, al instante, unos vítores desatados y una cerrada ovación resonaron de forma atronadora.

El desfile ya había concluido oficialmente, y los veteranos se lanzaron ansiosos sobre los barriles, dando inicio a una noche que sin duda sería muy larga y terminaría en una mañana de resaca. En ese instante, Cairne se dirigió a la entrada del Fuerte Grommash y se detuvo un momento frente a la calavera y la armadura a las que Thrall había aludido en su discurso.

La armadura había sido encadenada a un inmenso árbol muerto para que todos pudieran contemplarla. La calavera del gran señor demoníaco, que se hallaba en lo alto del árbol, había quedado blanqueada por efecto de la prolongada exposición a la luz del sol.

Unos largos colmillos curvados emergían del pálido hueso, y la armadura era de un tamaño colosal; ni siquiera el más poderoso de los orcos, trolls o tauren hubiera podido portarla. Cairne la observó durante un buen rato y pensó en Grom, a cuyo espíritu dio gracias por haberse sacrificado para liberar a los orcos.

Tras soltar un largo suspiro, se giró y entró en el fuerte. Traía consigo una comitiva, ya que tenía derecho a hacerlo. Había escogido de entre los suyos a unos cuantos que tendrían el honor de asistir al banquete aquella noche. Normalmente, su hijo Baine lo habría acompañado, pero este había optado por quedarse en Mulgore.

Es para mí un gran honor que me pidas que acuda a la ceremonia, le había escrito Baine, pero es un honor aún mayor cerciorarme de que la seguridad de nuestro pueblo no se halle comprometida hasta que tú, su líder, hayas regresado por fin a casa.

Si bien la respuesta no le agradó a Cairne, tampoco le sorprendió.

Baine había hecho lo mismo que habría hecho su padre en la misma situación. Aunque le habría hecho feliz poder contar con su hijo a su lado, Cairne se sentía mejor sabiendo que el pueblo tauren estaba en buenas manos durante su ausencia.

El lugar de Baine lo ocupaba el venerable archidruida Hamuul Runetotem, un buen amigo y un consejero de su confianza. También se hallaban presentes varios miembros de diversas tribus tauren, como Dawnstrider, Ragetotem, una tribu principalmente guerrera que había enviado a varios de sus hijos e hijas a luchar con orgullo a Northrend junto a Garrosh, Skychaser, Winterhoof y Thunderhorn, entre otros. Asimismo estaba incluida, por razones políticas y no por gusto personal, la matriarca de la tribu Grimtotem, Magatha.

De todas las tribus tauren, la Grimtotem era la única que nunca se había unido formalmente a la Horda a pesar de que Magatha vivía en Thunder Bluff y su tribu disfrutaba de todos los derechos inherentes a los tauren. Se trataba de una poderosa chamán que había pasado a liderar a los Grimtotem gracias a la trágica muerte accidental de su compañero; una muerte que se rumoreaba que no había sido tan accidental como parecía. Cairne había tenido con ella sus más y sus menos en el pasado, por eso se alegraba de darle la bienvenida en Thunder Bluff y de invitarla a ceremonias importantes como aquella, pues creía firmemente en el viejo refrán que decía: «Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos». No obstante, Magatha nunca se había opuesto abiertamente a él, y Cairne dudaba de que llegara a hacerlo algún día. A Magatha le gustaba intrigar y conspirar taimadamente, pero Cairne pensaba que, en el fondo, era una cobarde. Se conformaba con dejar que ella se creyera muy poderosa porque regía los destinos de su tribu, mientras que él, Cairne Bloodhoof, era el verdadero líder de los tauren.

Thrall se sentó en su trono descomunal, desde donde podía contemplar la enorme habitación y observar cómo el gentío iba entrando en la sala. Los pebeteros, que normalmente ardían a cada lado del trono, estaban apagados. Frente a ellos había ahora dos asientos más pequeños, aunque ricamente ornamentados, que habían sido colocados ahí para la ocasión. A petición de Thrall, Cairne y Garrosh se sentaron en ellos; Garrosh, a la derecha del líder de la Horda, como el héroe del momento. Mientras tanto, los Kor’kron, los guardaespaldas de Thrall, que se hallaban dispersos en varios puntos de la sala, vigilaban discretamente en silencio.

Thrall miró a Cairne y Garrosh con el fin de observar sus reacciones.

Cairne estaba ligeramente inclinado en su silla, que era demasiado pequeña para su tamaño. Thrall esbozó una mueca de contrariedad; los carpinteros orcos deberían haber tenido en cuenta que un tauren iba a sentarse ahí cuando diseñaron la silla, pero obviamente no había sido así. El viejo toro estaba henchido de orgullo mientras su gente ocupaba el sitio que les habían asignado. Él, al igual que Thrall, era consciente del alto precio que habían pagado en aquella guerra, de lo que, en algunos casos, habían perdido para siempre en aquella contienda.

Los años estaban empezando a pasarle factura al gran jefe de los tauren. A oídos de Thrall habían llegado los relatos de lo bien que había luchado Cairne cuando su grupo había sido asediado, cómo había regresado una y otra vez para llevarse de ahí, sanos y salvos, a los heridos. Lo cual no le había sorprendido lo más mínimo.

Conocía bien a Cairne; su valor, su gran corazón y su compasión. Lo que sí le sorprendió fueron las múltiples heridas que el tauren había sufrido a lo largo del conflicto y lo lentamente que parecían estar curándose.

Thrall sintió, de repente, una punzada de congoja en el corazón. Había perdido ya a tantos seres queridos: a Taretha Foxton, la muchacha humana que le había mostrado que podía existir el cariño y respeto entre las diversas razas; a Grom Hellscream, quien le había enseñado qué significaba realmente ser un orco; y quizá, dentro de poco, también perdería a Drek’Thar, quien, según el orco que lo cuidaba, cada vez se encontraba más frágil y desvariaba más.

El mero hecho de pensar en tener que despedirse para siempre de Cairne, con quien había mantenido una amistad muy estrecha durante años, le provocaba un dolor inmenso.

Centró su atención en Garrosh. El joven Hellscream, en cuyo regazo yacía Gorehowl, comía, bebía y reía estruendosamente; se estaba divirtiendo de lo lindo, estaba disfrutando de veras de aquel momento. No obstante, de vez en cuando se detenía a observar a los allí reunidos con los ojos brillantes y el pecho henchido de orgullo.

A Thrall no se le había pasado por alto el entusiasmo con que la población de Orgrimmar había recibido a Garrosh. Ni siquiera a él lo habían adorado tanto en ninguna ceremonia. Aunque así debían ser las cosas, pensó Thrall. Si bien no todas sus decisiones eran bien recibidas por su pueblo, sus ciudadanos sabían que los lideraba con sabiduría y por eso lo respetaban. Sin embargo, Garrosh parecía haber saboreado únicamente las mieles de la adoración y del cariño de su gente.

La mirada de Garrosh se cruzó con la de Thrall y le sonrió.

— Me alegro de estar aquí —afirmó.

— ¿Estás disfrutando de los honores que te has ganado con todo merecimiento? —preguntó Thrall.

— Por supuesto. Pero también me alegro de ver a los orcos recordando, como yo hice en su día, qué significa realmente ser un orco: librar una batalla justa, derrotar a tus enemigos y celebrar la victoria con la misma pasión que la obtuviste.

— La Horda no está compuesta únicamente de orcos, Garrosh —le recordó Thrall.

— Sí. Pero somos su pilar básico. Sus cimientos. Si seguimos defendiendo con firmeza lo que eso implica, serás testigo de más victorias de la Horda, líder. Y no sólo eso. Serás testigo de cómo sus pechos se hinchan de orgullo por ser quienes son. Y su grito de guerra, «¡Por la Horda!», brotará de sus labios, y también de sus corazones.

Todo el mundo estaba sentado en el suelo salvo Thrall, Garrosh y Cairne; no obstante, unas pieles gruesas y blandas impedían que sus cuerpos estuvieran en contacto directo con la dura piedra. Si bien las tres razas estaban acostumbradas a un contacto directo con la naturaleza y sus rigores, hacía calor en la sala gracias a los pebeteros, los fuegos y el calor de sus propios cuerpos. Thrall se percató de que únicamente Magatha y sus Grimtotem parecían sentirse fuera de lugar. Todos los demás se encontraban a gusto, contentos de estar en aquel banquete, felices por el mero hecho de seguir vivos tras tantos sufrimientos y penalidades, tras tanto batallar.

El festín tuvo también su parte ceremonial, aunque Thrall era perfectamente consciente de que los humanos o elfos no la habrían calificado como tal. Los sirvientes trajeron unas enormes bandejas repletas de manjares. Comieron con las manos, y si bien la comida era muy sencilla, era muy sustanciosa: costillas de cerdo a la cerveza, oso y venado asado, lomo de cebra a la parrilla, abundante pan con el que untar las sabrosas salsas, y vino, cerveza y ron para poder engullirlo todo mejor. El Fuerte Grommash se llenó de risas y alborozo mientras los invitados comían y bebían. Los sirvientes se llevaron las bandejas y los allí congregados, una vez saciados, centraron toda su atención en su líder.

Ahora, pensó Thrall, comienza la parte desagradable.

— Estamos muy contentos y nos sentimos muy agradecidos de que muchos de nuestros bravos guerreros hayan regresados sanos y salvos a casa, de que hayan traído consigo ciertas valiosas lecciones que han aprendido a lo largo de esta campaña y que serán de gran utilidad para la Horda —aseveró Thrall. — Por tanto, es justo que celebremos y honremos sus logros. Pero toda guerra tiene un precio, tanto en vidas como en los costes que hay que sufragar para mantener a los soldados mientras guerrean. He de decirles que por culpa de una peculiar tormenta que se desató en el mar, varios de nuestros navíos han sido destruidos, y hemos perdido tanto a soldados como ciertas provisiones que necesitábamos desesperadamente.

— La tormenta no sólo nos ha arrebatado esos bienes tan valiosos, sino que no es el primer evento de una naturaleza tan extraña del que tenemos noticia. Por todo Kalimdor y, sobre todo, en los Reinos del Este, he oído hablar de fenómenos similares. A aquellos que como yo consideran Orgrimmar su hogar, no hace falta que les recuerde que hemos sufrido una sequía que ha tenido un impacto devastador. Y hemos sentido cómo la tierra temblaba bajo nuestros pies de vez en cuando.

— He hablado con muchos de mis chamanes de confianza, y también con miembros del Anillo de la Tierra.

Entonces, otra punzada de pena lo atravesó al pensar en el chamán en el que más había confiado, cuyo juicio ahora era tan fiable como el de un niño. Drek’Thar, jamás había necesitado tanto tu guía; pero, por culpa de tus achaques, eso ya no va a ser posible.

— Vamos a hacer todo lo necesario para descubrir si algo está perturbando a los elementos. O, a la inversa, para determinar si todo esto se debe a que la naturaleza ha entrado en otro ciclo totalmente normal.

— ¿Normal? —exclamó alguien con voz áspera desde el fondo de la sala. Thrall no podía ver al interlocutor, pero parecía ser un orco. — Sequías en una zona, inundaciones en otra, terremotos… ¿Cómo va a ser algo normal?

— La naturaleza tiene sus propias cadencias y su propia voluntad — replicó Thrall, sin dejarse perturbar por tal interrupción. Le encantaban los retos; mantenían agudo su ingenio, mostraban que era accesible y, a menudo, llevaban sus pensamientos por caminos que nunca antes habría recorrido.

— La naturaleza no se adapta a nuestros ritmos y necesidades; somos nosotros quienes debemos cambiar para acomodamos a ella. Un incendio puede destrozar una ciudad, pero también despeja el terreno para que medren nuevas plantas; también acaba con las enfermedades y los insectos dañinos y devuelve ciertos nutrientes al suelo. Por otro lado, las inundaciones depositan nuevos tipos de minerales en lugares donde nunca antes habían estado. Y en lo que a los seísmos respecta… —prosiguió Thrall con una sonrisa. — Seguro que podemos aceptar que la Madre Tierra refunfuñe de vez en cuando.

Entonces, los allí presentes estallaron en carcajadas, y Thrall pudo sentir cómo cambiaba el estado de ánimo de los congregados. Él mismo no las tenía todas consigo acerca de que esos fenómenos fueran normales; de hecho, empezaba a intuir, por ciertas relaciones que había podido establecer entre ciertos eventos, que era justo al contrario. Los elementos parecían sumidos en el… caos, angustiados.

No le hablaban con claridad como solían hacer, y eso le preocupaba. Pero aún no hacía falta que hiciera partícipe a su gente de sus preocupaciones, aunque era consciente de que, tarde o temprano, llegaría el momento de contárselo. Podría tratarse, simplemente, de que estaba demasiado distraído con otras cuestiones para escuchar a los elementos con la debida atención. Los ancestros sabían perfectamente que había muchas otras cuestiones que distraían al líder de la Horda.

— Si bien es cierto que esta tierra de Durotar, la nueva patria de los orcos, es un lugar inhóspito, no es algo que nos sorprenda. Siempre ha sido un entorno muy duro. Pero somos orcos, y esta tierra nos viene como anillo al dedo. Encaja con nosotros porque es muy dura, porque es brutal, porque muy pocos seres aparte de los orcos podrían sobrevivir en estos parajes. Vinimos a este mundo procedentes de Draenor, después de que los brujos la hubieran dejado prácticamente sin vida. Y podríamos haber hecho lo mismo con esta tierra. Cuando reconstruí la Horda, podría haber elegido una tierra mucho más fértil, pero no lo hice.

Los murmullos se extendieron por toda la sala. Cairne lo miró entornando los ojos, sin ningún género de dudas, se preguntaba por qué Thrall había escogido ese momento para recordar a su pueblo que Durotar era una tierra inhóspita cuando menos. Entonces, el líder de la Horda hizo un gesto de asentimiento de manera casi imperceptible a su viejo amigo, como queriendo decirle que estuviera tranquilo, que sabía lo que estaba haciendo.

— No lo hice, porque habíamos hecho mucho mal a este mundo. Aun así, ahora estamos en él, y tenemos derecho a vivir, a encontrar una patria. Escogí un lugar que pudiéramos convertir en nuestro hogar; una tierra que nos exigiera lo máximo. El hecho de vivir aquí nos ha ayudado mucho a purificar nuestras almas de la maldición que tanto daño hizo a nuestra gente. Nos ha vuelto más fuertes y duros, más orcos que nunca; más de lo que habríamos sido si moráramos en una tierra más acogedora.

Cairne pareció relajarse a medida que los murmullos fueron tomándose más favorables.

— Sigo creyendo que tomé la decisión correcta. Sé perfectamente el sacrificio que los hijos e hijas de Durotar hicieron en Northrend. Pero esta tierra también se ha sacrificado. Nadie podía esperar que fuéramos a necesitar tal cantidad de provisiones y suministros para la campaña de Northrend. Aun así, ¿habríamos podido negamos a luchar?

El silencio reinó a continuación. Ninguno de los presentes se habría negado a luchar, fuera cual fuese el precio que habrían de pagar.

— Nuestra tierra se ha sacrificado tanto como nosotros; ha dado tanto que prácticamente ha quedado agotada. La guerra del norte ha concluido. Ahora debemos centrar nuestra atención en nuestras propias tierras, y en nuestras propias necesidades. Por culpa de los infortunados eventos que tuvieron lugar en la Puerta de Cólera, la Alianza tiene una nueva razón para oponerse a nosotros. Si bien soy consciente de que para algunos de ustedes eso no tiene importancia, y otros se alegran, les aseguro que nadie se alegra de que los elfos de la noche hayan cortado toda relación comercial con nosotros por el momento.

Todos los allí presentes entendían perfectamente lo que insinuaba: no habría madera para levantar edificaciones, ni podrían cazar en Vallefresno, ni podrían cruzar ninguno de los pasajes que los Centinelas patrullaban. El silencio dominó la sala un instante y, a continuación, se escucharon murmullos de contrariedad.

— ¿Me permites hablar, líder?

Esta pregunta la acababa de hacer Cairne con su habitual forma de hablar pausada y calmada.

Thrall sonrió a su viejo amigo.

— Por favor. Tus consejos son siempre bienvenidos.

— Nuestro pueblo tiene una relación mucho más estrecha con los elfos de la noche que las demás razas de la Horda —afirmó Cairne. — Ambos somos seguidores de las enseñanzas de Cenarius. Incluso tenemos un santuario común, el Claro de la Luna, donde nos encontramos en son de paz y conversamos, compartiendo el conocimiento y la sabiduría que hemos obtenido. Si bien comprendo que estén enfadados con la Horda, no creo que hayan quemado todos los puentes tendidos entre ambas razas. Pienso que los druidas podrían ser unos buenos embajadores para iniciar una nueva ronda de conversaciones. El archidruida Hamuul Runetotem conoce a muchos kaldorei.

Entonces, hizo un gesto de asentimiento al archidruida, que se levantó para hablar.

— En efecto, líder. Tengo amistad con algunos de ellos desde hace muchos años. Quizá, como raza, se encuentren resentidos con nosotros, pero no se solazan pensando en que los niños van a morir de hambre, aunque sean los niños de sus supuestos enemigos. Ocupo una posición importante en el Círculo Cenarion. Las negociaciones podrían restablecerse, sobre todo a tenor de la cooperación que hemos recibido de su parte en virtud del tratado. Si el líder me permite hacer un acercamiento, tal vez podamos convencerlos de que…

— ¿Convencerlos? ¿Quieres negociar? ¡Puaj! —Garrosh escupió en el suelo. — ¡Me avergüenza tener que oír esas palabras en boca de un miembro de la Horda! Lo que acaeció en la Puerta de Cólera fue un duro golpe para todos. ¿O acaso todos los aquí presentes han olvidado ya a Saurfang el Joven y a los muchos que murieron junto a él, y que más tarde fueron obligados a regresar de la muerte como muertos vivientes para luchar contra nosotros? ¡Esos elfos no tienen más derecho que nosotros a quejarse por lo que allí sucedió!

— Joven impertinente —masculló Cairne, quien, acto seguido, se volvió hacia Garrosh. — Usas el nombre de Saurfang el Joven en tu provecho, cuando has despreciado abiertamente la sabiduría de su desconsolado padre.

— ¡El hecho de que no esté de acuerdo con las tácticas de Saurfang no significa que menosprecie el sacrificio que hizo su hijo! replicó Garrosh. — ¡Tú, que has sido testigo de tantas batallas durante muchos, muchos años, deberías comprenderlo mejor que nadie! Sí; no estuve de acuerdo con él. Y le dije a él lo mismo que te digo a ti, líder Thrall: no deberíamos agobiamos ni lloriquear como perros apaleados por miedo a herir los delicados sentimientos de los elfos de la noche. ¡Vayamos a Vallefresno ahora mismo, antes de que mis tropas se dispersen, y hagámonos con lo que necesitamos!

Ambos se habían estado gritando uno al otro, girados de lado en sus sillas, como si Thrall no estuviera ahí. El líder lo había permitido porque quería calibrar qué clase de relación había entre los dos. Pero había decidido que ya era suficiente. Alzó una mano con gesto imperativo y habló con un tono hiriente.

— ¡No es tan sencillo, Garrosh!

Garrosh se giró para protestar, pero Thrall entornó sus ojos azules a modo de advertencia, y el joven orco se calló y permaneció sentado en silencio, malhumorado.

— El Alto Señor Supremo Saurfang lo sabe —afirmó Thrall.

— Cairne, Hamuul y yo lo sabemos. Has saboreado por primera vez las mieles de la batalla y has demostrado ser más que digno de realizar esa noble tarea, pero pronto aprenderás que nada en este mundo es absolutamente blanco o negro.

Cairne se reclinó en su silla, aparentemente calmado; sin embargo, Thrall podía apreciar que Garrosh seguía furioso. Al menos ahora estaba escuchando y no hablando, pensó Thrall.

—La animadversión de Varian Wrynn hacia nuestro pueblo se ha incrementado y está adquiriendo tintes de conflicto bélico. — aseveró, sin añadir «gracias a ti», pues sabía que Garrosh podía leer entre líneas. — Jaina Proudmoore es su amiga y simpatiza con nuestra causa.

— ¡Esa mujer es escoria aliada!

— Sí, pertenece a la Alianza —replicó Thrall, cuya voz era cada vez más grave y potente, — pero cualquiera que haya servido bajo mi mando o se haya molestado en leer un mero pergamino histórico a lo largo de los últimos años sabe que es una humana íntegra y sabia. ¿Acaso crees que Cairne Bloodhoof no me es leal?

Garrosh pareció sorprendido por el repentino cambio de lema. Sus ojos se posaron raudos y veloces sobre Cairne, quien se enderezó en su asiento y resopló.

— Esto… Claro que no. Nadie aquí ha cuestionado su devoción y los servicios que ha prestado a la Horda —contestó con sumo cuidado, por si el líder le había tendido una trampa dialéctica.

Thrall asintió. Aunque había hablado con cierto tono defensivo, las palabras de Garrosh le parecieron sinceras.

— Nadie le cuestiona porque sería una estupidez. La lealtad de Jaina hacia la Alianza no impide que busque la paz y prosperidad para todos aquellos que moran en Azeroth. Lo mismo sucede con Cairne y su lealtad a la Horda. Su propuesta es sensata. No nos costará mucho y podría reportarnos grandes beneficios. Si los elfos de la noche están de acuerdo en iniciar una nueva ronda de negociaciones, miel sobre hojuelas. Si no, tendremos que buscar otras soluciones. Cairne miró a Hamuul Runetotem, quien asintió y dijo:

— Gracias, líder. Creo sinceramente, con todas mis fuerzas, que este es el camino correcto, tanto para honrar a la Madre Tierra, que parece muy desasosegada, como para obtener lo que la Horda necesita para recuperarse de esta terrible guerra.

— Como siempre, amigo mío, he de darte las gracias por tu ayuda —dijo Thrall, quien, de inmediato, se volvió hacia Garrosh. — Garrosh, eres el hijo de alguien a quien apreciaba mucho. He oído que te llaman el Héroe de Northrend, y creo que ese es un título adecuado para ti. Pero he de decir que he descubierto que, a veces, después de una guerra, resulta muy difícil para un guerrero encontrar su lugar en el mundo. Yo, Thrall, hijo de Durotan y Draka, te prometo que te ayudaré a encontrar un hueco en nuestra sociedad, donde tu habilidad y tu talento puedan ser utilizados de la mejor manera posible en beneficio de la Horda.

Garrosh no pareció entender muy bien a qué se refería Thrall, de modo que entornó los ojos y profirió un leve gruñido.

— Los deseos del líder son órdenes para mí, por supuesto. Con tu permiso, gran Thrall, he de ausentarme. El aire está un poco cargado.

Garrosh se levantó sin esperar respuesta al permiso que había solicitado con sarcasmo, le hizo un gesto de asentimiento a Thrall por mera cortesía y abandonó la estancia.

— Ese muchacho es un kodo al que no le gustan nada las bridas — murmuró Cairne.

Thrall suspiró.

— Pero es un activo demasiado valioso para darlo por perdido — replicó, y, acto seguido, alzando la voz, anunció: — El ambiente está un poco cargado, así que… ¡remojen esos gaznates!

Al instante, se oyó un grito de júbilo atronador, y los allí presentes permanecieron distraídos un rato. Thrall meditó acerca de lo que Cairne y él habían dicho, y se preguntó cómo diantres iba a domar a ese kodo salvaje sin destrozarlo.

Si bien el papel que iba a desempeñar Garrosh en la Horda era una preocupación importante para Thrall, no era la más acuciante en esos momentos. Lo que más le preocupaba era el bienestar de su pueblo, de toda la Horda, y la conmoción de los elementos. Su gente reclamaba más madera para construir casas, mientras el mundo parecía inquieto.

Había escogido Durotar por las razones que había expuesto: porque permitía a su gente expiar el daño que habían ocasionado, y porque esa tierra los había curtido y fortalecido. Pero no podía haber previsto que tantos ríos fueran a secarse; que el poco bosque que aún quedaba fuera arrasado por una guerra que, si bien había sido necesaria, había causado unos estragos indescriptibles.

Sí, pensó Thrall mientras daba un sorbo a su jarra de cerveza. Domar a un kodo rebelde era la menor de sus preocupaciones en esos momentos.

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