Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Cinco

Devastación: Preludio al CataclismoGarrosh respiró agradecido el aire nocturno. Era seco y cálido incluso después de caer la noche, al contrario que el aire frío y húmedo de Northrend. Pero ese era ahora su hogar, y no la Tundra Boreal, ni Nagrand, en Draenor. Esa tierra árida e inhóspita se llamaba Durotan en honor al padre de Thrall, y aquella ciudad se llamaba Orgrimmar en honor a Orgrim Doomhammer. Reflexionó sobre aquello, con las fosas nasales hinchadas por la cólera. Lo único que llevaba su nombre era un diminuto tramo de costa que constantemente era atacado por unos falsos fantasmas.

Se detuvo frente a la calavera y la armadura de Mannoroth y notó que su agitado espíritu se calmaba un poco. Contempló henchido de orgullo lo que su padre había hecho. Se alegraba de haber sabido que podía sentirse orgulloso de su herencia; sin embargo, quería seguir su propio sendero, no cabalgar por el camino abierto por las hazañas de su padre. Portaba a Gorehowl, esa arma que le había sido entregada, a la espalda. La agarró, y con sus manos marrones cerrándose en tomo al mango, sostuvo el hacha que había matado al gran enemigo de su pueblo.

— Tu padre era justo lo que necesitaba la Horda en ese momento. — dijo una mujer a sus espaldas, con una voz grave y profunda.

Garrosh se volvió y se topó con una anciana tauren. Le llevó un momento reconocerla, ya que su pelaje era oscuro, y de noche sólo eran visibles de inmediato el brillo de las estrellas en sus ojos penetrantes y las cuatro rayas de pintura blanca que lucía en el hocico. Mientras los ojos de Garrosh se adaptaban a la oscuridad, pudo percibir que la tauren vestía un atuendo que indicaba que era una chamán.

— Gracias, señora… —dejó la frase en el aire a la espera de que ella misma se identificara.

La tauren sonrió.

— Soy la vieja bruja Magatha, de la tribu Grimtotem — respondió.

El nombre de Grimtotem le sonaba familiar a Garrosh.

— Me resulta curioso que te atrevas a decir qué necesita la Horda, cuando tu tribu es la única tribu tauren que ha rehusado unirse de manera oficial a ella.

Se rió para sí. Su áspera voz resultaba extrañamente melodiosa.

— Los Grimtotem hacen lo que les place. Tal vez no nos hayamos unido aún a la Horda porque no tenemos suficientes razones para hacerlo.

Garrosh se sintió ofendido por ese comentario.

— ¿Cómo? ¿Acaso esto no es suficiente? —y señaló con un grueso dedo marrón la calavera y la armadura de un Señor del Foso. — ¿Nuestra guerra contra la Legión Ardiente no es suficiente? ¿La ofensiva Warsong no basta para impresionar a los poderosos Grimtotem?

La tauren lo contempló detenidamente, sin que el rapapolvo la afectase lo más mínimo.

— No —respondió con suma tranquilidad. — No basta. Pero los relatos de lo que hiciste en Northrend… Bueno, sin duda alguna, se trata de las hazañas de un auténtico héroe. Los Grimtotem observamos, y esperamos. Sabemos reconocer la fuerza, la astucia y el honor en cuanto los vemos. Tú, Garrosh Hellscream, puede que seas lo mismo que fue tu padre, justo lo que la Horda necesita en un momento dado. En cuanto la Horda se percate de esta verdad, creo que podrás contar con el apoyo de los Grimtotem.

Garrosh no estaba muy seguro de adonde quería ir a parar aquella tauren con ese discurso, pero una cosa estaba clara: le había gustado lo que Garrosh había dicho dentro del fuerte, lo cual podría significar que le agradaba su forma de ver las cosas y cómo quería hacerlas. Eso podría ser bueno para él. Quizá alguien podría empezar a hacer cosas de una vez en la Horda.

— Gracias, vieja bruja. Aprecio tus palabras en estos momentos, y espero, en breve, ser merecedor de algo más que meras palabras de apoyo.

Su mente bullía de ideas sobre cómo pasar por encima del pacifista Thrall y de ese anciano cascarrabias de Cairne para poder dar a la Horda lo que realmente necesitaba. El truco consistía en lograrlo sin extralimitarse en sus funciones.

Pero no era momento de ser cautos. Era momento de ser audaz. El resto lo entendería en cuanto les mostrara los resultados.

* * *

Cairne y su séquito ya estaban levantados y haciendo el equipaje antes del alba, a pesar de que las celebraciones se habían prolongado hasta bien entrada la madrugada, y él, como invitado de honor que era, había tenido que estar presente en todo momento. No podía ocultar su ansia por volver a casa. Las tropas que había enviado a Northrend cuando Thrall había decidido llamarlos a todos a entrar en combate eran unos guerreros muy fieros, y se habían comportado extraordinariamente bien. Pero también estaban cansados de tanto derramamiento de sangre y de tantas noches y días agotadores e interminables. Si bien, en su día, habían sido un pueblo nómada, ahora los tauren tenían un hogar, Mulgore, por el que sentían un gran aprecio. Hoy, por fin, emprendían la última etapa del viaje que les llevaría a sus hermosas y onduladas colinas, a sus orgullosas altiplanicies, para reencontrarse con los seres queridos que habían dejado atrás.

Habían decidido regresar caminando para que la compañía pudiera permanecer junta un poco más, pero eso para ellos no suponía ningún inconveniente. Mientras despuntaba el alba y otros combatientes de la Horda dormían la mona o se agarraban la cabeza de dolor por la resaca, los tauren abandonaban Durotar y se dirigían a los Baldíos. Cairne envió a Perith Stormhoof como avanzadilla para avisar a Baine de su llegada. Perith era uno de los pocos exploradores y mensajeros que recibían el nombre de Caminamillas. Únicamente Cairne podía darles órdenes, y se les confiaba los mensajes más importantes y la información más vital.

Ni siquiera Thrall sabía todo lo que Cairne les contaba a los Caminamillas. Si bien esta no era una misión de gran relevancia, ni tampoco la vida de nadie dependía de ella, los ojos de Perith brillaron de alegría cuando le fue encomendada esa tarea en particular, y partió con su habitual premura.

El crepúsculo bañó con su densa luz dorada las llanuras de Mulgore. Perith volvió a encontrarse con ellos cerca del desvío hacia el campamento Narache y el poblado Bloodhoof y, acto seguido, caminó en paralelo a Cairne mientras avanzaban lentamente hacia casa.

— He informado a Baine de nuestra llegada, tal como pediste —afirmó Perith. — Asegura que estará todo listo.

— Bien —replicó Cairne. — Los comercios de todas las aldeas ya deberían estar avisados de que van a llegar varios viajeros. No quiero que ninguno de mis guerreros pase hambre esta noche.

— Creo que encontrarás lo que Baine tiene previsto bastante… aceptable.

Esta respuesta suscitó la curiosidad de Cairne, quien se volvió para observar a Perith. En aquel momento, se escuchó el tronar de unos cuernos. Varios kodos avanzaban lentamente hacia ellos. Cairne no podía distinguir quién iba a lomos de las grandes bestias debido a su vista fatigada por la edad, pero podía escuchar con sus ancianos oídos los gritos de los críos. Se bajaron de los kodos en tropel, gritando y riendo, lanzando flores y ramos de hierbas a los héroes que se aproximaban.

— Bienvenido a casa, padre —le saludó Baine Bloodhoof.

Cairne se volvió en cuanto escuchó aquella voz tan familiar, entornó los ojos y sonrió al distinguir la silueta de su hijo, que cabalgaba con soltura sobre uno de los grandes kodos.

Las lágrimas se asomaron a los ojos del viejo toro. Así es como uno debía ser recibido al volver a su hogar. Arropado por los gritos henchidos de felicidad de los niños y sus familiares, con la bendición de la naturaleza. De un modo más simple, más tauren.

— Bien hecho, hijo mío —aseveró Cairne, haciendo un gran esfuerzo por que su tono de voz no revelase lo emocionado que se sentía. — Bien hecho.

Si bien Baine se mostraba tan tranquilo y sereno como su padre, irradiaba una felicidad contagiosa ante la llegada de su padre. Se abrazaron afectuosamente y, a continuación, caminaron uno junto al otro, ligeramente distanciados de los demás que daban la bienvenida a sus familiares de manera jubilosa.

— Aún hay más le aseguró Baine, mientras observaba cómo varios guerreros tomaban el camino hacia el sudoeste. Esos pocos afortunados ya habían llegado a su hogar. — El camino de vuelta a casa está atestado de aquellos que quieren recibirlos como es debido.

— Será toda una alegría para estos ojos cansados —afirmó Cairne.

— ¿Va todo bien por aquí?

— Todo irá mucho mejor en cuanto los veteranos de guerra se encuentren en sus casas —contestó Baine. — ¿Cómo fueron las celebraciones en Orgrimmar?

— Tal como se suponía que serían —respondió Cairne. — Todo fue muy orco. Muchas anuas, muchos festejos y banquetes, y muchos gritos. Aunque nadie relegó a un segundo plano a los nuestros.

Blaine asintió.

— Thrall nunca permitiría algo así.

Cairne miró hacia atrás, abarcó con la mirada todo cuanto lo rodeaba y, acto seguido, prosiguió hablando en voz más baja.

— Él no. Es demasiado sabio y posee un corazón enorme. Regreso a casa con una misión para ayudar a la Horda que sólo nosotros podemos llevar a cabo.

Le expuso a Baine entre susurros la idea de Hamuul. Baine lo escuchó con suma atención, asintiendo de vez en cuando y moviendo las orejas mientras atendía sus explicaciones.

— Me parece bien —aseveró. — Aunque yo también soy un guerrero, he de advertirte de que nuestra gente está harta ya de tanta lucha, padre. Si Hamuul piensa que esas conversaciones pueden servir de algo, entonces estoy contigo, padre. Te apoyo incondicionalmente.

No era la primera vez que Cairne se sentía afortunado de que la Madre Tierra y su compañera de toda la vida, Tamaala, le hubieran obsequiado con un hijo excelente en todos los sentidos. Aunque Tamaala había partido para caminar con los espíritus muchos años atrás, seguía viviendo a través de su hijo. Baine era un remanso de paz para su padre. Poseía la espiritualidad, la intuición y el gran corazón de su madre, así como la calma de su padre y, Cairne tenía que admitirlo, su testarudez. El anciano tauren no había dudado a la hora de tomar la decisión de dejar Mulgore en manos de su más que capaz hijo. Se preguntaba cómo podía sobrellevar Thrall la pesada carga del poder sin nadie con quien compartirla, pues no tenía pareja ni progenie. Incluso Grom había tenido un hijo, por amor de la Madre Tierra. Ahora que la guerra había concluido, tal vez Thrall pudiera dedicarse a buscar una compañera que le diera un heredero.

— ¿Cómo se ha portado nuestra chamán favorita en mi ausencia?

— Bastante bien —contestó Baine. Estaban hablando de Magatha.

— La he vigilado muy estrechamente. A pesar de que era el momento más oportuno para causar problemas, no ha ocasionado ninguno.

Cairne profirió un gruñido.

— Pero puede haberlos en el futuro. El joven Garrosh Hellscream es muy impetuoso, y observé cómo ella lo seguía cuando nadie la veía para hablar con él.

— Tengo entendido que es un guerrero magnífico, pero… —afirmó Baine hablando con cierta lentitud, y, acto seguido, sonrió— también muy impetuoso.

Ambos Bloodhoof se sonrieron mutuamente. Cairne le dio una palmadita en el hombro a Baine y, a continuación, apretó con fuerza. De inmediato, Baine cubrió la mano de su padre con la suya.

Ante ellos, Thunder Bluff se alzaba majestuosa hacia el cielo del crepúsculo.

— Bienvenido a casa, padre. Bienvenido.

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