Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Tres

Devastación: Preludio al Cataclismo— Me entristece dejar atrás este lugar —dijo Garrosh, de pie en la cubierta de Los huesos de Mannoroth, cuando llevaban ya unas cuantas horas de travesía.

Cairne lo miró fijamente.

— ¿Te entristece? Creía que Northrend simbolizaba la masacre y la muerte. Muchos de nuestros mejores y más brillantes hombres han perecido ahí. Nunca he sentido tristeza por dejar atrás un campo de batalla.

Garrosh resopló.

— Hace mucho tiempo que no pisas un campo de batalla, «anciano».

Cairne frunció el ceño y se enderezó, alzándose en actitud amenazadora frente a Garrosh.

— Para ser un «anciano», mi memoria es mucho más aguda que la tuya, joven. ¿Dónde crees que hemos estado las últimas horas? ¿Acaso menosprecias los sacrificios que han hecho tus soldados? ¿Te burlas de las heridas que los demás y yo hemos sufrido en el transcurso del combate?

Garrosh masculló algo entre dientes, pero no respondió directamente. Para el tauren estaba muy claro que Garrosh no consideraba que un asedio pudiera compararse con una gloriosa batalla en campo abierto. Tal vez, para empezar, pensara que había algo vergonzoso en el hecho de hallarse atrapado rodeado de enemigos. Cairne había visto ya muchas cosas a lo largo de su vida como para adoptar una actitud tan necia, pero aquel joven orco era demasiado temperamental. Aunque ya aprendería, con el paso del tiempo, que el honor radicaba en cómo luchaba uno, no dónde ni cuándo. Siguiendo ese baremo, la Horda había actuado de tal forma que había que sentirse muy orgulloso de ella.

Y, muy a su pesar, tenía que admitir que también de Garrosh. Había que reconocer que la manera temeraria como se había lanzado a la refriega había dado resultado… esta vez. Al parecer, según otros con los que había hablado, incluido Saurfang, que no sentían ningún aprecio por el joven orco, la jugada le había salido bien unas cuantas veces. ¿En qué momento la audacia se convertía en temeridad? ¿Y el instinto de supervivencia en sed de sangre?

Mientras se estremecía debido al cortante viento del mar ártico a pesar de hallarse cubierto por un espeso pelaje, y se le entumecía el cuerpo a causa de las heridas y el agotamiento, Cairne se vio obligado a admitir que, efectivamente, hacía mucho que no luchaba con regularidad, aunque siempre había salido airoso cuando lo había necesitado.

—La Horda ha triunfado contra todo pronóstico al derrotar al terrible enemigo que moraba en Northrend —aseveró Garrosh, retomando el asunto que había dado pie a la conversación. — Numerosas vidas se han sacrificado en pos de esa meta, del honor y la gloria de la Horda. El propio Saurfang ha perdido a su hijo en esta campaña. Para él y los demás caídos en la batalla compondrán y cantarán lok’vadnods. Algún día, si los ancestros quieren, también me dedicarán una a mí. Y por eso me entristece dejar atrás este lugar, Cairne Bloodhoof.

Cairne asintió meditabundo con la cabeza.

— Aunque no creo que desees que te dediquen una lok’vadnod muy pronto, ¿eh?

Con estas palabras pretendía quitarle hierro al asunto, pero el hijo de Grom Hellscream carecía del sentido del humor necesario para seguirle la broma.

— Cuando me sorprenda la muerte, la recibiré orgulloso. Luchando por mí pueblo, con un arma en la mano y mi grito de batalla en los labios.

— Hummm —musitó con voz grave Cairne. — Una forma muy gloriosa de abandonar este mundo. Con honor y orgullo. Ojalá ambos podamos morir de manera tan digna. Pero aún tengo que contemplar muchas noches más las estrellas, y escuchar muchas veces más los tambores. Aún tengo mucho que enseñar a los más jóvenes y he de verlos alcanzar la mayoría de edad antes de que desee realizar ese último viaje al reino de la muerte.

Garrosh hizo ademán de abrir la boca para hablar, pero fue como si el viento le arrebatara las palabras de su boca repleta de colmillos.

Cairne, pese a que era enorme y robusto, trastabilló ante la fuerza de ese vendaval que parecía brotar de la nada. El barco dio un bandazo a sus pies y se escoró exageradamente a un lado; de improviso, la cubierta estaba anegada de agua.

— ¿Qué sucede? —bramó Garrosh, pero sus gritos quedaron prácticamente ahogados por el abrupto aullido del viento.

Si bien Cairne desconocía el término marinero para describir ese tipo de tormenta, consideró que llamarla por su nombre correcto era la menor de sus preocupaciones. La capitana Tula hizo acto de presencia rauda y veloz en cubierta; tenía su peculiar piel de un color azul lívido y los ojos abiertos como platos. Su vestimenta, que era muy funcional, calzado y pantalones negros y una sencilla camisa blanca, estaba empapada y se le pegaba al cuerpo. Ya no llevaba el pelo castaño recogido en un moño, sino que parecía que alguien le hubiera colocado una fregona en la cabeza.

— ¿Puedo hacer algo? —le preguntó Cairne de inmediato, inquieto más por la preocupación que reflejaba el semblante de la capitana que por la tormenta que parecía haber surgido literalmente de la nada.

— ¡Bajen a la cubierta inferior para que no tenga que estar pendiente de ustedes, marineros de agua dulce! —replicó Tula a voz en grito.

Estaba demasiado concentrada en lo que tenía entre manos para preocuparse por cuestiones de rango y modales.

Si la situación no hubiera sido tan grave, Cairne se habría reído entre dientes ante aquella contestación. Sin embargo, lo que hizo fue agarrar a Garrosh sin contemplaciones con su enorme mano por la parte de atrás de su gola. Y cuando llevaba al orco, que no paraba de protestar, al centro del barco, una ola los barrió a todos.

Cairne se vio aplastado contra el suelo de la cubierta por una especie de mano gigante. Se quedó sin respiración y, mientras luchaba por incorporarse, el agua penetró en sus pulmones. Al instante, la ola se retiró con la misma rapidez que había golpeado el barco, llevándose consigo tanto a Garrosh como a él con suma facilidad, como si fueran dos ramitas en un arroyo que discurre por Quel’Thalas. Al unísono, lograron agarrarse uno al otro, con tanta fuerza que se hicieron daño mutuamente. Se estrellaron contra la baranda curva, lo cual impidió que cayeran al mar. Cairne se puso de pie y abrió con sus pezuñas un profundo agujero en la resbaladiza madera de la cubierta mientras buscaba tozudamente un asidero. Logró avanzar a duras penas, resoplando y bramando debido al esfuerzo que estaba haciendo al tirar de Garrosh, hasta que este pudo al fin incorporarse.

Entonces, se escuchó el repentino quejido de un relámpago procedente de un lugar demasiado cercano, al que siguió, casi inmediatamente, el estremecedor rugido del trueno.

Aun así, Cairne siguió avanzando, rodeando con un brazo a Garrosh y con el otro extendido hacia delante, hasta que aferró el resbaladizo pero sólido marco de una puerta y los dos se metieron en la cala resbalando a trompicones.

Garrosh vomitó agua y, acto seguido, en una muestra de cabezonería, estiró una de sus manos marrones e intentó levantarse.

— Los cobardes y los niños se quedan en la cala mientras los demás arriesgan sus vidas —afirmó entrecortadamente.

Cairne colocó una mano de manera un tanto brusca sobre el hombro, cubierto por la armadura, del orco.

—Y los necios egocéntricos estorban a aquellos que intentan salvar vidas — replicó el tauren. — No seas estúpido, Garrosh Hellscream. La capitana Tula debe cuidar del barco para evitar que se parta en dos. ¡No puede perder sus escasas energías y su valioso tiempo en impedir que una ola nos lance por la borda!

Garrosh se le quedó mirando fijamente. Al instante, echó la cabeza hacia atrás y profirió un aullido cargado de frustración. No obstante, hay que reconocer que no intentó salir corriendo por las escaleras.

Cairne se preparó para soportar una larga espera plena de zarandeos y magulladuras, en el mejor de los casos, y una muerte húmeda y fría, en el peor. Sin embargo, la tormenta amainó tan repentinamente como había estallado. Aún no habían recuperado el resuello, cuando los vaivenes violentos del barco cesaron. Se miraron uno al otro por un momento; a continuación, ambos se giraron y se apresuraron a subir las escaleras.

Para su sorpresa, el sol estaba saliendo por detrás de las nubes, que se disipaban con celeridad. Era una visión incongruentemente feliz comparada con lo que se encontró Cairne al salir a cubierta.

La luz del sol refulgía sobre la superficie plateada y en calma de un océano repleto de escombros. Cairne miró a su alrededor frenéticamente, contando los barcos sobre los que se posaba su vista. Contó sólo tres, e imploró a los ancestros que los otros dos se hubieran dispersado, simplemente, aunque los escombros que el agua mecía eran un mudo testimonio de que algunos no habían logrado sobrevivir a la tormenta.

Los supervivientes se aferraban a las cajas que flotaban en el mar y gritaban pidiendo socorro, danto Cairne como Garrosh corrieron a auxiliarlos. En eso, al menos, podían ayudar; de ese modo, invirtieron la siguiente hora en subir a bordo de los barcos que quedaban en pie a orcos, trolls y tauren empapados y jadeantes, y a algún que otro Renegado o elfo de sangre calado.

La capitana Tula mostraba un semblante grave y taciturno mientras vociferaba diversas órdenes. Los huesos de Mannoroth había sobrevivido al… ¿huracán?, ¿tifón?, ¿tsunami? Cairne no estaba seguro. No obstante, su barco se encontraba básicamente intacto y, en ese momento, rebosante de supervivientes que temblaban arrebujados bajo mantas. Cairne dio una palmadita en el hombro a una joven troll y le ofreció un tazón de sopa caliente. Acto seguido, se aproximó a la capitana.

— ¿Qué ha ocurrido? —inquirió en voz baja.

—No tengo ni idea —contestó Tula. — He surcado el océano desde que era jovencita. He cubierto esta travesía decenas de veces para reabastecer el Bastión de Warsong, hasta que los Kvaldir impidieron que continuara con mi tarea, y nunca había visto nada parecido.

Cairne asintió de manera solemne.

— Espero que no te ofendas si te digo que me esperaba esa respuesta. ¿Crees que tal vez…?

Un aullido de ultraje, que únicamente podía provenir de la garganta de un Hellscream, interrumpió su pregunta. Cairne se giró y se topó con Garrosh, quien apuntaba al horizonte. Temblaba ostensiblemente, aunque estaba claro que era de ira y no de miedo ni de frío.

— ¡Miren ahí! —gritó.

Cairne miró al lugar al que señalaba, pero, una vez más, su vista fatigada por la edad le falló. No así a la capitana Tula, quien abrió los ojos como platos, atónita.

— Portan la insignia de Stormwind —indicó la capitana.

— ¿Qué hace la Alianza en nuestros mares? —preguntó Garrosh. — Esto supone una clara violación del tratado.

Garrosh se refería a un tratado firmado entre la Horda y la Alianza poco después de la caída del Rey Lich. Ambos bandos habían sufrido mucho por culpa de aquella larga guerra y acordado el cese de hostilidades, incluidas las luchas en el Valle de Alterac, la Cuenca de Arathi y el Barranco de Warsong por un breve tiempo.

— ¿Seguimos estando en aguas de la Horda? —inquirió Cairne entre susurros.

Tula asintió.

Y Garrosh sonrió de oreja a oreja.

— Entonces, según la ley, que nos rige a ambos, ¡podemos abordarlos! El tratado nos autoriza a defender nuestro territorio… ¡y eso incluye nuestros mares!

Cairne no podía creer lo que estaba oyendo.

— Garrosh, no estamos en condiciones de preparar un ataque.

Tampoco ellos parecen muy interesados en nosotros. ¿Has considerado la posibilidad de que la misma tormenta que tantos daños nos ha ocasionado los haya apartado a ellos también de su rumbo? ¿Que no han venido a atacamos, sino que se encuentran aquí por accidente?

— O por los vientos del destino —replicó Garrosh. — Deberían enfrentarse a su sino con honor.

Cairne comprendió enseguida qué estaba pasando. Garrosh tenía una excusa perfectamente válida para entrar en acción, y era obvio que pretendía aprovecharla. No podía ajustar cuentas con la tormenta que había causado estragos en los barcos de la Horda y les había arrebatado la vida a muchos de sus guerreros, pero sí podía dar rienda suelta a su ira y su frustración atacando a la desventurada nave de la Alianza.

Para consternación de Cairne, Tula asentía, mostrando así su acuerdo con el orco.

— Vamos a necesitar provisiones para reemplazar las que hemos perdido — aseveró, mientras se acariciaba el mentón y entornaba los ojos, pensativa.

— Entonces, reclamemos lo que nos pertenece legítimamente. ¿Los huesos de Mannoroth puede entrar ya en combate?

— Sí, camarada, claro que sí, siempre que llevemos a cabo unos cuantos preparativos.

— Seguro que encuentras muchos voluntarios deseosos de ayudarte —replicó Garrosh.

Tula asintió y se alejó, vociferando órdenes a diestro y siniestro.

Garrosh tenía razón. Todos los miembros de la tripulación se pusieron firmes de inmediato; estaban desesperadamente ansiosos por hacer algo, lo que fuera, con tal de dejar de seguir sentados quejándose de su destino. Cairne entendía y aprobaba ese deseo y esa necesidad de hacer algo, pero si sus sospechas se confirmaban y los tripulantes del  navío de la Alianza eran víctimas inocentes…

El barco viró lentamente y sus velas se hincharon mientras se dirigía presuroso hacia el  navío «enemigo». A medida que se acercaban, Cairne pudo divisarlo con más claridad y el desánimo se apoderó de él.

No hizo ningún esfuerzo por eludir a su perseguidor. Aunque, por mucho que su capitán lo hubiera deseado, no podría haber hecho nada. La nave se escoraba peligrosamente a babor. El viento huracanado, que había fustigado las velas de la flota Horda con menos virulencia, le había destrozado las velas, y amenazaba con hundirse. Cairne únicamente pudo divisar la insignia del barco: la cabeza de león de Stormwind.

Garrosh estalló en carcajadas.

— Excelente —aseguró. — Tremendo regalo. Esta es una oportunidad más de demostrar a Varian que le tengo en alta estima.

La última vez que Garrosh y el rey Varian Wrynn de Stormwind habían coincidido en la misma habitación, habían acabado peleando.

Si bien Cairne no sentía un cariño especial por los humanos, tampoco le desagradaban en exceso. Si ese barco hubiera atacado el suyo, habría sido el primero en dar la orden de abrir fuego. Pero aquel navío estaba destrozado, se hundía y pronto desaparecería para siempre bajo las gélidas aguas sin su «ayuda».

— La venganza es un acto patético indigno de ti, Garrosh —le espetó Cairne. — ¿Qué honor puede haber en matar a aquellos que están a punto de ahogarse? Tal vez no violes la letra del tratado, pero incumplirás su espíritu.

Al instante, se giró hacia Tula, con la esperanza de que ella atendiera a razones.

— Soy el comandante de esta misión, capitana. Como tal, estoy por encima de Garrosh. Te ordeno que ayudes a las víctimas de la tormenta. No están aquí con ánimo de provocar una batalla, sino por mero accidente, y ayudar al necesitado es mucho más honroso que masacrarlo.

Tula lo observó detenidamente.

— Con el debido respeto, camarada, nuestro líder sólo te ha nombrado comandante de esta misión para que supervises el regreso de los veteranos de la ofensiva de Warsong. El Señor Supremo Garrosh es quien debe tomar todas las decisiones en cuestiones marciales.

Cairne se quedó boquiabierto, incapaz de apartar la mirada de la capitana. Tenía razón. No había pensado en cuál era la cadena de mando cuando habían estado luchando con uñas y dientes para repeler el ataque sorpresa de los Kvaldir. Entonces, Garrosh y él habían estado de acuerdo en todo. Ninguno de los dos dudó de que era imprescindible responder violentamente a la agresión enemiga, sólo discutieron sobre cómo podían derrotar al enemigo. Pero en esos momentos, a pesar de que se le había encomendado la misión de llevar a las tropas a casa, estaba obligado a obedecer a Garrosh hasta que llegara el momento en que Thrall relevara formalmente del mando al joven orco. Cairne no podía hacer nada al respecto.

Entonces le dijo a Garrosh en voz baja, para que sólo pudiera oírle él:

— Te lo pido por favor. No lo hagas. Nuestro enemigo ya está derrotado. Si decidimos no ayudarlos, probablemente acaben muriendo aquí mismo.

—En ese caso, matarlos con rapidez será un acto de compasión — replicó Garrosh.

Al instante, los cañones tronaron como si quisieran reforzar su argumentación. Cairne estaba mirando al infortunado navío de la Alianza, cuando las balas de cañón abrieron varios agujeros en uno de sus flancos. Acto seguido, arreció una lluvia de flechas procedente del resto de las naves de la Horda y, a continuación, se escuchó un sonido que ningún soldado de la Alianza olvidará jamás: el grito de batalla de la Horda proferido a pleno pulmón, que se impuso sobre el rumor del viento y las olas.

— ¡Una vez más! —chilló Garrosh, que corría hacia la proa, estremeciéndose como un lobo ansioso por iniciar la caza, mientras se acercaban al barco.

Aunque el mástil de la nave de la Alianza estaba roto, Cairne pudo distinguir una silueta en cubierta que ondeaba una bandera blanca en señal de rendición. Pero si Garrosh la vio, hizo caso omiso. En cuanto Los huesos de Mannoroth se halló lo bastante cerca, el orco rugió y abordó de un salto la nave enemiga, con un arma en cada mano, y se dispuso a atacar a los humanos.

Cairne apartó la mirada, asqueado. Si bien Garrosh actuaba conforme a la ley, desde cualquier otro punto de vista, moral o espiritual, lo que hacía estaba mal. Terriblemente mal. Cairne reflexionó sobre cómo los espíritus se vengarían de la Horda, o de Garrosh, o quizá también de él, Cairne Bloodhoof, por permitir que algo así pasara y no hacer nada por impedirlo.

Todo sucedió muy deprisa, demasiado deprisa en opinión de los orcos. Garrosh, para sorpresa de Cairne, gritó a sus tropas que se detuvieran pasados sólo unos instantes del inicio del abordaje. De inmediato, el tauren alzó las orejas y se acercó a la baranda, esforzando la vista y aguzando el oído para poder ver y oír lo que

Garrosh iba a hacer a continuación.

— ¡Tráiganme al capitán! —exigió Garrosh.

Unos segundos después, un troll, que agarraba fuertemente con ambos brazos a un humano, apareció raudo y veloz en cubierta con el desventurado capitán, a quien lanzó contra el suelo de la cubierta.

Garrosh propinó un leve puntapié al hombre.

— Te encuentras en aguas de la Horda, perro de la Alianza.

El ser humano, nervudo, bronceado y bastante alto para pertenecer a esa raza, que tenía el pelo castaño y corto y una barba bien afeitada, se quedó mirando fijamente al orco.

— El tratado dice que…

— Ese tratado no se aplica a las incursiones en nuestro territorio. ¡Tu presencia aquí es obviamente un acto de agresión!

— Como has podido comprobar, nuestro estado es deplorable —dijo el capitán, cuya voz reflejaba incredulidad. — ¡Ya no somos una amenaza ni siquiera para un mísero conejo!

Su réplica no fue muy acertada, y Garrosh le propinó inmediatamente una patada en las costillas. Cairne escuchó un ruido que le indicó que acababa de fracturarle un par de ellas. Al instante, el hombre gruñó y se puso lívido; acto seguido, su rostro se sonrojó.

— Te encuentras en aguas de la Horda —insistió Garrosh. — Me da igual el estado de su barco, tengo derecho a hacer lo que estoy haciendo. ¿Sabes quién soy?

El hombre negó con la cabeza.

— ¡Soy Garrosh Hellscream, el hijo del gran héroe de la Horda Grom Hellscream!

Al escuchar estas palabras, el capitán lo contempló atónito, y su semblante volvió a palidecer. En efecto, reconocía ese nombre; quizá el nombre propiamente dicho, no, pero el apellido, sin ninguna duda. Grom Hellscream era una leyenda tanto para la Horda como para la Alianza.

— Los he derrotado como enemigos nuestros que son y reclamo esta nave para la Horda. Ahora son prisioneros de guerra. La cuestión es: ¿qué debería hacer ahora con ustedes? Podría prender fuego a su barco y dejar que se quemaran con él —meditó, a la vez que se acariciaba el mentón. — O podría marcharme sin más. Me he percatado de que no disponen de ningún bote. Además, estas aguas están infestadas de tiburones y orcas, a quienes estoy seguro de que les encanta el sabor de la carne de la Alianza casi tanto como a mis guerreros troll.

El capitán tragó saliva con dificultad. Sin ningún género de dudas, era perfectamente consciente de que había sido un troll quien lo había llevado hasta Garrosh; un troll que permanecía a su lado en este momento. El troll se rió socarrón y se relamió los labios de forma exagerada. Tanto Cairne como Garrosh sabían que los trolls Lanza Negra no eran caníbales, pero estaba claro que el capitán lo ignoraba.

— Mi amigo Cairne Bloodhoof —prosiguió Garrosh, al tiempo que señalaba con el pulgar por encima del hombro hacia Cairne, sin mirarlo en ningún momento. — me ha pedido que sea misericordioso. Y creo que tal vez tenga razón.

La mirada del capitán se posó rauda y veloz sobre Cairne. El viejo toro era consciente de que su semblante revelaba que estaba tan sorprendido o más que el humano. ¿Qué estaba haciendo Garrosh? Si acababa de abordar aquel barco con sus hombres, y de matar a un puñado de tripulantes, ¿por qué le daba ahora por hablar de misericordia?

— Hoy, capitán, te he demostrado que la Horda es poderosa, pero también piadosa. Al parecer, once de ustedes han sobrevivido a la… tormenta —observó, sonriendo levemente. — Les daremos un par de botes y algunas de nuestras valiosas provisiones. Con eso y un poco de suerte deberían llegar a tierra firme sanos y salvos. Cuando lleguen a su hogar, cuéntenle a la gente lo que ha sucedido hoy aquí. Díganles que Garrosh Hellscream ha sido el juez que ha impartido hoy la muerte y el perdón entre ustedes.

Entonces, se volvió y subió ágilmente de un salto a la cubierta de Los huesos de Mannoroth sin decir nada más. Acto seguido, conversó en voz baja con Tula, quien asintió y, a continuación, impartió una serie de órdenes. Cairne vio cómo la tripulación sacaba de la cubierta inferior unas pocas provisiones y un solo barril de agua, y cómo arrojaba al agua dos pequeños botes. Al menos, Garrosh estaba cumpliendo lo que había prometido, por muy extraña que resultara su promesa. No obstante, el tauren observó con tristeza cómo los humanos se subían a los botes a trancas y barrancas y se disponían a remar en dirección a Northrend.

Después, desvió la mirada hacia Garrosh, quien se erguía orgulloso, con los brazos cruzados. El orco no se había quitado su armadura en ningún momento, a pesar de la tormenta y de que habían estado a punto de ahogarse.

Garrosh era un estratega brillante y un guerrero feroz que inspiraba cariño en aquellos que lo seguían. También era rencoroso e impulsivo, y necesitaba aprender a ser respetuoso y compasivo.

Cairne tendría que hablar con Thrall en cuanto llegaran a su destino.

La personalidad de Garrosh le había sido muy útil a la Horda en Northrend, en una época de guerra y lucha incomparable con cualquier otro momento que hubieran vivido antes. No obstante, Cairne se temía que el hijo de Grom iba a ser una fuente de problemas en cuanto regresara a Orgrimmar, debido a su carácter. El tauren sabía que aquellos que habían vivido siempre en guerra, a veces no sabían qué hacer en tiempos de paz. Huera de su elemento natural, eran incapaces de encauzar debidamente sus pasiones y energías; unos acababan siendo bajas tardías de la misma guerra que se había cobrado la vida de sus compañeros, al morir en peleas callejeras o trifulcas tabernarias en vez de en batalla, y otros se convertían en almas en pena que seguían existiendo sin estar vivos de verdad.

Garrosh albergaba mucho potencial, tenía demasiado que ofrecer para terminar de esa manera. Cairne estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para evitar que el hijo de Grom Hellscream siguiera ese sendero del destino.

Pero para que tal empresa tuviera éxito, Garrosh tendría que mostrarse deseoso de sumarse a ella. Mientras observaba al joven orco, que se jactaba de la justicia de sus actos, Cairne no las tenía todas consigo de que Garrosh estuviera dispuesto a moldear su destino de un modo distinto.

El tauren volvió la mirada hacia los botes que lentamente se perdían en la lejanía. Al menos, Garrosh les había perdonado la vida a algunos de ellos, aunque Cairne sospechaba que lo había hecho por arrogancia. Garrosh ansiaba que sus hazañas llegaran a oídos de Varian, con el fin de que este se enfureciera.

Cairne suspiró hondo y se giró hacia el sol, que brillaba débilmente en las latitudes norteñas pero seguía en el firmamento; a continuación, cerró sus ojos de color verde pálido e imploró a los ancestros que lo guiaran.

Y paciencia. Mucha paciencia.

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