Devastación: Preludio al Cataclismo – Capítulo Dos

Devastación: Preludio al CataclismoDurante unos instantes preciosos, todo el mundo luchó contra su miedo y se obligó a concentrarse en la batalla inminente. Los barcos emergieron del velo de niebla, tripulados por los muertos. Estaban lívidos, aunque su palidez tenía un tono verdusco propio de la putrefacción, e iban envueltos en algas, con la ropa empapada y rasgada. Entonces, los remos se alzaron, y los Kvaldir saltaron al agua gritando y gimiendo y alcanzaron la orilla en tropel.

Se encontraban por doquier, eran enormes y espantosos y se movían con más rapidez de la que se suponía en unos engendros no-muertos, con el fin de interponerse entre los guerreros de la Horda y el Bastión de Warsong. El segundo barco se detuvo junto a Los Huesos de Mannoroth, y aquellas cosas a las que algunos llamaban espíritus de los muertos atacaron a los vivos. Mientras, en la orilla, otras criaturas estrechaban el cerco sobre Cairne y Garrosh, atacando con tal celeridad que unos cuantos guerreros de Garrosh murieron antes de hacer ademán de esgrimir sus armas.

No obstante, Cairne también reaccionó con más rapidez de la que nadie podría imaginar. Al contrario que algunos orcos, que se encogían de miedo o habían salido huyendo presas del terror, él no temía a los muertos. Dejó que se le aproximaran. Profirió un grito gutural y cargó contra uno de aquellos gigantescos guerreros no- muertos, en un intento de usar la empuñadura con ranas labradas de su lanza ancestral para apartar de un golpe a otros enemigos más, pero estos eran lo bastante rápidos para esquivar la lanza. A pesar de los gemidos y chillidos que se oían por doquier, Cairne escuchó cómo el aire se rasgaba cuando la lanza no logró alcanzar nada.

Aquella lanza rúnica había sido bendecida por un chamán, al igual que todas las armas de Cairne; por tanto, si impactaba contra un fantasma, lo lastimaría.

— ¡Mantengan la posición y luchen! —vociferó Cairne. — ¡No tenemos ningún lugar adonde huir!

Tenía razón. Se encontraban atrapados entre el bastión y el barco que los aguardaba en el océano, el cual estaba siendo atacado en aquellos momentos. Los habían sorprendido en campo abierto y…

No. En campo abierto no.

— ¡Retirada! —rugió Cairne, contradiciendo así su orden previa.

Alzó la voz todo lo que pudo para hacerse oír por encima de los alaridos preternaturales de los Kvaldir y de los gritos de batalla de los patéticamente pocos guerreros que quedaban de las tropas que, en su día, conformaron la innumerable ofensiva de Warsong.

— ¡Retírense al edificio principal del Desembarco de Garrosh!

Una vez allí, podrían recuperar el aliento, planificar un contraataque y reagruparse. Cualquier cosa era mejor que quedarse ahí para ser masacrados sin ninguna estrategia preparada para repeler el ataque.

Cairne esperaba que Garrosh desoyera la orden, dado que los orcos suelen tender a actuar temerariamente. Pero, en vez de eso, lo secundó al optar por soplar un cuerno, que llevaba colgado a la cintura, mientras señalaba hacia el oeste. De inmediato, los miembros de la Horda se desplazaron en esa dirección, despedazando a las criaturas no- muertas que encontraban a su paso.

Algunos no lograron alcanzar su meta; fueron decapitados o eviscerados por las hachas de doble filo y nada etéreas de los Kvaldir. Incluso Cairne apretó el paso todo cuanto pudo; sin embargo, en un momento dado, una pálida mano se cerró fuertemente sobre su lanza rúnica, y a punto estuvo de quitársela. No obstante, Cairne no se resistió al tirón que le propinó, sino que dejó que aquella aberración espantosa lo atrajera hacia sí.

No estaba dispuesto a dejar que ningún enemigo fuera a poner pies en polvorosa llevándose su lanza rúnica consigo.

Entonces, profirió un grito de batalla y atravesó al no-muerto.

La lanza se hundió profundamente en el kvaldir, que lo miró atónito.

Al instante, abrió la boca, escupió sangre y cayó al suelo. Acto seguido, Cairne se fijó bien en él. ¡Era de carne y hueso! Garrosh tenía razón al mostrarse escéptico acerca de las historias de los colmillarr sobre los Kvaldir. Aquellos espíritus espectrales no eran más que unos seres vivos disfrazados. Y todo lo que estuviera vivo… podía morir.

Esta revelación insufló renovados bríos en el ánimo de Cairne mientras avanzaba hacia el edificio principal, que en esos momentos se hallaba parcialmente oculto por una extraña niebla que no era ningún fenómeno siniestro y preternatural, sino un medio de ocultar el avance de los vrykul. Los Kvaldir eran realmente vrykul disfrazados. Algunos de sus hombres habían llegado al bastión antes que él. Cairne contempló consternado que dos de las tres puertas habían sufrido graves daños. Una había desaparecido totalmente; la otra pendía de una sola bisagra.

Su mirada se posó sobre una mesa en tomo a la cual, en tiempos mejores, los soldados solían congregarse para comer. Encima de la mesa había un candil muy desgastado por el uso, una jarra y un cuenco. Con un solo movimiento de su enorme brazo, Cairne lanzó todos esos objetos al aire y, acto seguido, agarró la mesa con ambas manos. Gruñendo levemente la alzó, junto con los bancos fijados a ella, y corrió hacia la puerta lo más rápido que pudo.

Garrosh sonrió abiertamente.

— Eres astuto y fuerte, viejo toro —masculló el orco, con una admiración sincera pero expresada a regañadientes.

— ¡Tú, agarra esas cajas! ¡Los demás, entren! ¡Deprisa, deprisa!

Todos le obedecieron. Cairne esperó a que entraran, sosteniendo con una sola mano la mesa, hasta que el último, un troll que se estaba desangrando por un corte en la pierna, entró cojeando en el edificio principal. En cuanto estuvo dentro, Cairne lo siguió y, a continuación, colocó la mesa de golpe sobre la puerta de tal modo que hiciera de cuña con suma firmeza. Ni un latido después, la puerta improvisada se estremeció ante el golpe sordo de una embestida enemiga. Acto seguido, se oyeron más golpes y gemidos de aquellos «no-muertos».

Cairne respiró hondo mientras levantaba una barricada ante la puerta.

— ¡Nuestros enemigos están vivos! —les advirtió. — Garrosh, tenías razón. Los Kvaldir son vrykul, ni más ni menos. Se valen de la niebla y de disfraces para sembrar el miedo en sus adversarios antes de atacar. A mí también me engañaron en un principio, hasta que empalé a uno de ellos con la lanza rúnica y me percaté de su estrategia.

— Sean lo que sean, no podremos contenerlos mucho más tiempo —replicó Invocanubes, al tiempo que apoyaba su amplia espalda contra la «puerta», que seguía estremeciéndose.

Otros guerreros apoyaron su peso sobre ella. Entretanto, el chamán y los druidas intentaban desesperadamente atender a los heridos, que eran muchos, demasiados. Casi un tercio del grupo, que ya de partida contaba con pocos efectivos, estaba herido, y algunos de ellos se encontraban en un estado muy grave.

— ¿Hay algún arma dentro de esas cajas? ¿O cualquier otra cosa que podamos utilizar para defendemos? —preguntó Invocanubes.

Era una buena idea, aunque un tanto desesperada. La mayoría había soltado los suministros que portaba para poder enfrentarse a sus atacantes. Además, llevar consigo aquellas cajas tan pesadas mientras se dirigían al edificio principal en busca de refugio habría sido una estupidez.

— No tenemos nada —respondió Cairne, — aparte de nuestro coraje.

Acababa de coger aire con fuerza, con la intención de pronunciar unas cuantas palabras que inspiraran a sus hombres así como a los de Garrosh mientras libraban la que, sin ningún género de dudas, sería su última batalla, cuando el orco lo interrumpió.

— Sí, disponemos de nuestro coraje —afirmó Garrosh, — pero también de algo más. Demostrémosles a esos falsos fantasmas que van a tener que pagar un precio muy alto por intentar engañamos.

Creen que fuera del bastión somos vulnerables. Y, además, quieren recuperar este emplazamiento. ¡Pero les aseguro que van a conocer la ira de la Horda!

Acto seguido, se encaminó al centro del edificio principal y dio la vuelta a una alfombra que cubría el suelo. Debajo de ella había una trampilla. Garrosh hizo un tremendo esfuerzo, profirió un gruñido y, poco a poco, logró abrirla. Al instante, la trampilla se abrió de par en par estruendosamente, revelando un pequeño hueco excavado en el suelo.

Dentro había granadas apiladas como sandías.

Algunos de sus hombres gritaron de júbilo. Otros miraron a Garrosh confusos.

— Las dejaste aquí por si acaso, ¿verdad? preguntó Cairne sorprendido. — Por si el Bastión de Warsong caía.

Cairne sabía que los orcos no solían ser partidarios de idear planes de contingencia. Ni siquiera pensaban en la derrota como una posibilidad. No obstante, era obvio que Garrosh había hecho eso precisamente; había dejado una caja repleta de armas de gran valor enterradas en la arena, en previsión de que, más adelante, si los orcos se veían obligados a batirse en retirada, las necesitaran.

Garrosh asintió levemente.

— No fue algo que me agradara hacer.

— Eso es lo que distingue a los líderes: ser capaces de prever cualquier contingencia, incluso la más inconcebible —aseveró Cairne. — Hiciste bien, Garrosh.

Entonces, inclinó la cabeza en señal de respeto al tiempo que una nueva embestida particularmente vigorosa del enemigo casi echó la puerta abajo.

Los efectivos que aún quedaban de la ofensiva de Warsong se abalanzaron sobre aquellas armas diminutas y letales. Sin embargo, el enemigo no había dejado de golpear la puerta en ningún momento, y la mesa que hacía las veces de puerta se estaba astillando a consecuencia del incesante ataque. Cairne repartió gran parte de su peso de una pezuña a otra y movió la espalda con el fin de colocarla mejor para poder seguir sirviendo de punto de apoyo a la mesa mientras los demás se hacían con las granadas. Entonces, Garrosh se puso de pie e hizo un gesto de asentimiento a Cairne con la cabeza.

— ¡Uno, dos y tres! —vociferó Cairne.

A la de tres, Cairne y los orcos que vigilaban las otras dos puertas retrocedieron; Cairne soltó la mesa y los orcos abrieron de par en par las puertas. Garrosh se abalanzó sobre el enemigo con un hacha de batalla enorme en cada mano, profiriendo el grito de guerra de su padre, y despedazó a los falsos fantasmas con inusitada violencia.

Cairne se apartó para dejar que los demás salieran corriendo en dirección al barco mientras lanzaban granadas que impactaron en el centro del grupo de asaltantes Kvaldir. Se produjeron varias explosiones y, al instante, el camino quedó despejado. Ahora, el único obstáculo por sortear era la multitud de cadáveres despedazados. Disponían de unos preciosos momentos para huir antes de que la siguiente oleada de Kvaldir llegara.

— ¡Vamos, vamos! —les conminó Cairne, mientras regresaba al lugar donde yacía su lanza.

Se la colocó rápidamente a la espalda. Era consciente de que si tenía que luchar en los próximos minutos, todo estaría perdido. La verdadera batalla que iba a decidir la contienda tendría lugar en el barco. Dado que tenía las manos libres, agarró a un orco muy malherido como si no pesara nada y echó a correr lo más rápido posible hacia el barco.

Los huesos de Mannoroth había sufrido bastantes daños y estaba siendo atacado, pero todavía parecía capaz de surcar los mares, al menos a ojos de Cairne.

Entonces, sintió una punzada de congoja en el corazón al ver cómo un troll caía a menos de cuatro pasos de él con un hacha clavada en la espalda. Ya habría tiempo de honrar a los caídos más tarde.

Ahora, Cairne no podía hacer nada salvo saltar por encima del cadáver y seguir corriendo.

Sus pezuñas se hundieron en la arena. Se sentía muy lento, y no fue la primera ni la última vez que maldijo los estragos que la edad estaba provocando en su cuerpo. Entonces, escuchó un grito horrendo y, acto seguido, uno de los Kvaldir se abalanzó sobre él esgrimiendo un hacha en sus fornidos brazos. Cairne esquivó el ataque lo mejor que pudo, pero no fue lo bastante rápido y aulló de dolor cuando la hoja le hirió en el costado.

Por fin llegó a la orilla. Dejó su pesada carga y se subió a uno de los botes que los aguardaban, el cual partió inmediatamente, cargado de heridos. Al instante, la barca se convirtió en un blanco fácil para el enemigo, y Cairne se tuvo que poner de pie en el pequeño bote que tanto se balanceaba para repeler el ataque de los Kvaldir mientras los dos orcos que dirigían el bote remaban con furia. En un momento dado, se le ocurrió mirar hacia atrás, hacia la orilla sembrada de cadáveres de «fantasmas».

Y de cadáveres de valerosos guerreros de la Horda.

Pero algunos de esos «cadáveres» se movían. Cairne entornó los ojos y abandonó el bote de un salto en cuanto estuvo a la altura de Los huesos de Mannoroth. Se giró y medio nadando, medio vadeando, alcanzó la orilla con gran esfuerzo, dispuesto a rescatar a los heridos. Cairne pretendía hacer todo cuanto estuviera en su mano para impedir que el número de bajas aumentara.

Fue y volvió a la orilla seis veces, llevándose consigo a los que no podían llegar por sí solos al barco. El grupo de Garrosh había agotado su provisión de granadas y, en aquel instante, la orilla era una mezcla de arena y sangre. Aquel mejunje horrendo y viscoso empapó sus pezuñas mientras corría. En todo momento, escuchó el grito de guerra de Garrosh; aquel sonido animaba a sus guerreros e incluso a Cairne a seguir combatiendo hasta que, al fin, rescataron a todos los que seguían con vida.

¡Garrosh! —vociferó Cairne.

El tauren miró a su alrededor, jadeando y sangrando de media decena de heridas, en busca del orco. Ahí estaba, volteando sus dos hachas en el aire, gritando de manera incoherente mientras cercenaba extremidades que le salpicaban de sangre. Se encontraba tan inmerso en la batalla que no prestaba atención a los gritos de Cairne. El tauren se aproximó con suma celeridad a él y le agarró del brazo. Al instante, el orco se giró sobresaltado, con ambas hachas alzadas, pero se detuvo a tiempo.

— ¡Retirada! ¡Ya tenemos a los heridos a bordo! ¡La batalla se libra ahora en el barco! —le gritó Cairne, mientras le sacudía el brazo.

Garrosh asintió.

— ¡Retirada! —bramó, alzando la voz por encima del fragor de la batalla. — ¡Todos al barco! ¡Continuaremos combatiendo y masacrando al enemigo en el agua!

Los pocos combatientes que seguían luchando se volvieron al unísono y se dirigieron presurosos a la orilla, saltando a los botes en el momento en que estos partían hacia Los huesos de Mannoroth. Un Kvaldir consiguió sacar a una desventurada orco en contra de su voluntad de uno de los botes y la arrastró hacia la orilla, donde procedió a desmembrarla. Cairne se tuvo que obligar a no hacer caso a sus gritos, mientras empujaba el último bote hacia el agua con todas sus fuerzas y se subía a él.

A bordo del barco ya se hallaban varios de aquellos humanoides gigantescos. La capitana Tula vociferaba la ordenanza de partir, y su tripulación se dispersaba veloz, presta a obedecer sus órdenes. Levaron anclas y el barco se dirigió hacia mar abierto. Los navíos Kvaldir, envueltos en la fría y persistente niebla, los perseguían.

Ahora que todo el mundo era consciente de que se enfrentaban a un enemigo que estaba vivo, su aspecto resultaba mucho menos aterrador, pero el peligro que acarreaban consigo seguía siendo muy real. Si bien la tripulación había combatido valientemente mientras los restos de la ofensiva de Warsong intentaban regresar al barco, ahora, por fin, podían volver a atender sus obligaciones como marineros mientras los soldados luchaban. Los barcos Kvaldir navegaban a su vera, lo bastante cerca para que Cairne pudiera contemplar los rostros maliciosos y furiosos de sus letales enemigos.

— ¡No dejen que suban a bordo! —les conminó Garrosh.

Acto seguido, despachó a un enemigo y saltó por encima del cuerpo que aún se retorcía para cortarle las manos a otro Kvaldir que intentaba subir a bordo. Al instante, este gritó y cayó a las gélidas aguas.

— ¡Tula, llévanos a mar abierto! ¡Debemos dejarlos atrás! —le apremió Garrosh.

La tripulación obedeció presa del frenesí. Cairne, Garrosh y los demás lucharon como auténticos demonios. Mientras tanto, los arqueros y artilleros disparaban al navío enemigo. Varios ballesteros prendieron fuego a sus flechas y apuntaron con ellas a las velas del adversario. Poco después, se oyó un gran grito de júbilo cuando una de las flechas incendió una de las velas enemigas. De inmediato, unas brillantes llamas anaranjadas horadaron la fría niebla gris, y la vela crepitó a medida que el fuego se extendía. En breve, Los huesos de Mannoroth alcanzó mar abierto. Cairne daba por hecho que los Kvaldir los seguirían, pero no lo hicieron. No obstante, pudo escuchar gritos en su horrendo idioma mientras unos se apresuraban a apagar el fuego que estaba engullendo su barco y otros corrían a proa para lanzar maldiciones a la nave de la Horda que desaparecía rápidamente de su vista.

Cairne sintió de improviso un dolor cuyo origen eran las heridas que había sufrido en combate e hizo una mueca cargada de agonía. Se tumbó en el suelo del barco y cerró los ojos un instante. Deja que esos falsos fantasmas suelten todos los improperios que quieran. Hoy han caído menos de los nuestros de los que ellos esperaban.

Por ahora, pensó Cairne agotado, eso es más que suficiente.

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