Devastación: Preludio al Cataclismo – Prólogo

Devastación: Preludio al CataclismoEl sonido de la lluvia al golpear las pieles que cubrían la pequeña choza sin dejar ni un resquicio se asemejaba al de un tambor tocado con suma rapidez. Aquella choza estaba muy bien hecha, como toda choza orca, y el agua no penetraba en su interior. Pero nada podía evitar que la gélida humedad penetrara en ella. No obstante, si el tiempo hubiera empeorado un poco más, la lluvia se habría convertido en nieve; sin embargo, aquella fría humedad le estaba calando los huesos al anciano Drek’Thar y mantenía su cuerpo en tensión incluso mientras dormía.

Pero esta vez no era el frío lo que provocaba que el viejo chamán no parara de dar vueltas dormido.

Sino los sueños.

Drek’Thar siempre había tenido sueños proféticos y visiones. Se trataba de un don, una visión de índole espiritual, puesto que ya no podía ver con sus ojos. Sin embargo, desde la Guerra contra la Pesadilla, ese don se había vuelto en su contra. Sus sueños habían empeorado desde aquella época tan espantosa, y el sueño ya no era promesa de descanso y recuperación, sino de temor. Las pesadillas lo habían envejecido; había dejado de ser un anciano vigoroso y se había transformado en un frágil viejo, a veces quejumbroso.

Esperaba que con la derrota de la Pesadilla, sus sueños se hubieran normalizado. Pero, aunque su tenebrosidad había disminuido, sus sueños seguían siendo muy, muy oscuros.

Si bien en sus sueños podía ver, en ellos ansiaba ser ciego. Ahora se encontraba solo en una montaña. El sol parecía estar más cerca de lo habitual y tenía un aspecto horrendo; presentaba una tonalidad rojiza y parecía hinchado. Además, teñía del color de la sangre el océano que acariciaba el pie de la montaña. Escuchó algo, un ruido sordo, distante y grave que hizo que le rechinaran los dientes y le puso la piel de gallina. Nunca antes había escuchado un sonido similar, pero gracias a su fuerte vínculo con los elementos, sabía que aquello indicaba que algo iba mal, terriblemente mal.

Unos momentos después, las aguas se agitaron y golpearon con furia el pie de la montaña. Las olas incrementaron su tamaño, ansiosas, como si algo tenebroso y horrendo las sacudiera bajo la superficie embravecida. A pesar de encontrarse en la cima de la montaña, Drek’Thar sabía que no se hallaba a salvo, que ya nada se hallaba a salvo, y podía percibir cómo la hasta ahora sólida piedra se estremecía bajo sus pies descalzos. Cerró el puño alrededor de su vara con tanta fuerza que le dolió, como si así aquel objeto nudoso fuera a permanecer estable e inamovible a pesar de que el océano golpeaba enrabietado la montaña, que empezaba a desmoronarse.

Y entonces, sin previo aviso, sucedió.

Una fisura zigzagueó en el suelo bajo sus pies. Al instante rugió, dio un leve salto y logró apartarse de su trayectoria medio cayéndose mientras la grieta se abría como si se tratara de unas fauces que intentasen devorarlo. Soltó la vara y esta cayó dentro de aquellas mandíbulas. Mientras el viento arreciaba cada vez con más fuerza, Drek’Thar logró aferrarse a un promontorio rocoso, y se estremeció al mismo tiempo que temblaba la tierra, y, acto seguido, observó, entornando unos ojos que no habían visto nada en mucho tiempo, aquel océano de color rojo sangre que bullía allá abajo.

Unas olas enormes impactaron contra la pared del acantilado, y Drek’Thar pudo sentir sobre su piel unas gotitas abrasadoras que habían alcanzado una altura imposible. Escuchaba los gritos de los elementos por doquier, pidiendo ayuda asustados y atormentados. Entonces, el ruido sordo cesó, y ante su mirada aterrada un colosal fragmento de tierra emergió de aquel océano rojo, que parecía alzarse sin cesar, hasta convertirse en una montaña, un continente, mientras la tierra que Drek’Thar pisaba volvía a agrietarse, y, al instante, caía dentro de una fisura, gritando con toda su alma al tiempo que intentaba aferrarse a la nada y era devorado por el fuego. Drek’Thar se enderezó como una exhalación cubierto por sus pieles de dormir. Sufría convulsiones y estaba empapado en sudor a pesar del frío que hacía; sus manos arañaban el aire, y sus ojos, que volvían a estar ciegos, miraban fijamente la negrura abiertos como platos.

— ¡La tierra llorará y el mundo se quebrará! —chilló.

Sus manos inquietas se toparon con algo sólido, que agarró con fuerza; acto seguido, permaneció inmóvil. Sabía qué acababa de agarrar. Se trataba de Palkar, el orco que lo cuidaba desde hacía años.

— Vamos, Gran Padre Drek’Thar, sólo ha sido un sueño —le tranquilizó el joven orco.

Sin embargo, Drek’Thar no iba a permitir que le ignorara, no después de la visión que acababa de tener. Había luchado en el Valle de Alterac no hacía tanto tiempo, hasta que lo consideraron demasiado viejo y débil para seguir desempeñando su cometido.

Entonces había decidido que, si bien allí ya no requerían sus servicios, seguiría ayudándolos con sus dotes chamánicas. Con sus visiones.

— Palkar, he de hablar con Thrall —exigió. — Y el Anillo de la Tierra. Quizá otros también hayan visto lo que yo he visto… y si no es así, ¡debo contárselo! ¡Palkar, he de contárselo!

Entonces, intentó levantarse. Pero una de sus piernas se negó a responder. Presa de la frustración, se golpeó su anciano cuerpo porque le estaba fallando.

— Lo que has de hacer es dormir un poco, Gran Padre.

Drek’Thar se hallaba muy débil y, a pesar de que se resistía, era incapaz de ofrecer la resistencia suficiente para escapar de las firmes manos de Palkar que lo empujaban de vuelta a las pieles con las que se cubría para dormir.

— Thrall… ha de saberlo —masculló Drek’Thar, al tiempo que golpeaba inútilmente los brazos de Palkar. — Si crees que es necesario, mañana nos presentaremos ante él y se lo contarás. Pero ahora debes descansar.

Como Drek’Thar se encontraba agotado por culpa de aquel sueño y el trio volvía a calar sus viejos huesos, asintió y permitió que Palkar le preparara una infusión de hierbas que le reportaría un sueño placentero. El joven orco lo cuidaba muy bien, pensó, mientras su mente divagaba de nuevo. Si Palkar pensaba que mañana era el día indicado para informar a Thrall, le haría caso. Tras apurar la infusión, apoyó la cabeza en el suelo y, antes de que el sueño lo reclamara, se preguntó: ¿el día indicado para qué?

Palkar se recostó y profirió un suspiro. En su día, Drek’Thar había poseído una mente aguda como una daga, a pesar de que se encontraba cada vez más frágil físicamente por culpa del peso de los años. En su día, Palkar habría enviado un mensajero a Thrall de inmediato en cuanto hubiera constatado que Drek’Thar había tenido una visión.

Pero ya no.

A lo largo del último año, aquella mente tan aguda que había albergado tanto conocimiento, una sabiduría capaz de superar todo entendimiento, había comenzado a divagar. La memoria de Drek’Thar, que en el pasado había sido más fiable que cualquier escrito, había empezado a flaquear. Su memoria estaba plagada de lagunas. Palkar no podía evitar preguntarse si, por culpa de los envites de la Guerra contra la Pesadilla y los inevitables estragos de la edad, las «visiones» de Drek’Thar se habían deteriorado hasta tal punto que ya no eran más que meras pesadillas.

Dos meses atrás, recordó Palkar con tristeza mientras se levantaba y regresaba a las pieles con las que se cubría para dormir, Drek’Thar había insistido en que enviaran unos mensajeros a Vallefresno para advertir a sus habitantes de que un grupo de orcos estaba a punto de asesinar a unos druidas tauren y kaldorei que se iban a reunir pacíficamente. En efecto, los mensajeros fueron enviados, se les advirtió… pero no sucedió nada. Lo único que habían conseguido al haber hecho caso al viejo orco era que los elfos de la noche se mostraran aún más suspicaces. No detectaron ni rastro de orcos en varios kilómetros a la redonda. Y, aun así, Drek’Thar insistía en que la amenaza era real.

También había tenido otras visiones de menor importancia pero igualmente infundadas. Y ahora acababa de tener otra más. Sin embargo, si esa amenaza fuera real, otros aparte de Drek’Thar conocerían su existencia. El mismo Palkar era un chamán curtido, y no había experimentado tales premoniciones.

No obstante, mantendría su palabra. Si Drek’Thar deseaba ver a Thrall, el orco que había sido su aprendiz y ahora era el líder de la misma Horda que Drek’Thar había ayudado a formar, por la mañana, Palkar ayudaría a su mentor a prepararse para emprender el viaje. O tal vez enviara un mensajero para que así Thrall acudiera a ver a Drek’Thar. Se trataba de un viaje largo y arduo. Thrall se encontraba en Orgrimmar, a un continente de distancia de Alterac, donde Drek’Thar había insistido en establecer su hogar. Sin embargo, Palkar sospechaba que eso no iba a ocurrir. Mañana por la mañana, Drek’Thar probablemente ni siquiera recordaría lo que había soñado, y mucho menos el contenido de su sueño.

Eso era lo que solía pasar últimamente, lo cual no era motivo de alegría para Palkar. La senilidad se apoderaba cada vez más de Drek’Thar, y eso hacía sufrir al joven orco, quien deseaba intensamente que el mundo hubiera tratado de otra forma al anciano; ese mundo que Drek’Thar estaba tan convencido de que se encontraba a punto de ser devastado. El viejo oreo no era consciente de que, para aquellos que lo amaban, el mundo se había hecho añicos hacía tiempo.

Palkar sabía que era inútil añorar el pasado, lo que Drek’Thar había sido en su día. El anciano orco había vivido muchos más años de lo habitual y llevado una vida marcada sin duda por el honor y la integridad. Asimismo, los orcos sabían afrontar las adversidades y entendían que existía un tiempo para la lucha y la furia y otro para aceptar la realidad de las cosas. Desde que era niño, Palkar había sentido cariño por Drek’Thar, y juró que lo cuidaría hasta que el anciano orco exhalara su último aliento, por muy doloroso que le resultara ser testigo del lento declive de su mentor.

Se inclinó sobre la vela y la apagó con el pulgar y el índice y, a continuación, se arropó con sus pieles para proteger su imponente cuerpo del frio. Fuera, la lluvia seguía golpeando con su incansable ritmo aquellas pieles que no dejaban ningún resquicio.

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