Devastación: Preludio al Cataclismo – Primera Parte – Capítulo Uno

Devastación: Preludio al Cataclismo-¡Tierra a la vista! —gritó el vigía.

El esbelto elfo de sangre se había encaramado a la cofa del vigía, un lugar tan peligroso, pensó Cairne, que un cuervo se lo pensaría dos veces antes de posarse sobre él. El joven elfo saltó con suma facilidad hacia las jarcias y, al instante, manos y pies descalzos se enredaron con las cuerdas; aparentemente, se sentía tan cómodo en aquel entorno como una ardilla. El anciano tauren que lo observaba desde la cubierta hizo un leve gesto de negación con la cabeza al ver tierra firme. Se sentía satisfecho y tremendamente aliviado de que la primera parte de su viaje a Northrend hubiera concluido. A Cairne Bloodhoof, líder de los tauren, padre orgulloso y guerrero, no le gustaban los barcos.

Era una criatura de tierra firme, como el resto de su pueblo. Si bien los tauren tenían barcos, eran pequeños y nunca se alejaban tanto de la costa como para perder de vista la tierra. De algún modo, se sentía más seguro hollando con sus pezuñas un zepelín, a pesar de ser un artilugio volador fabricado por duendes, que una nave que surcara los mares. Tal vez su animadversión por los barcos se debiera al constante balanceo y al hecho de que el mar podía transformarse en un elemento hostil de un momento a otro. O tal vez se debiera a que el tedio reinaba constantemente en una travesía como la que acababan de realizar de Trinquete a la Tundra Boreal. A pesar de todo, ahora que su destino se encontraba a la vista, el anciano toro se sentía animado.

Viajaba, como correspondía a su rango, en un buque insignia de la Horda llamado Los Huesos de Mannoroth. Junto al navío orgulloso navegaban otras naves, que ahora se hallaban vacías salvo por la presencia de barriles de agua fresca, y un poco de cerveza ogra Gordok para subir la moral de las tropas, y vituallas no perecederas.

Cairne iba a poder pisar tierra firme durante un día, aproximadamente, mientras cargaban los barcos con suministros que ya no se necesitaban ahí, en Northrend, y embarcaban los últimos soldados de la Horda, quienes sin duda alguna ansiaban regresar a casa.

Si bien sus ojos cansados por los años no alcanzaban a atisbar tierra a través de la densa niebla, confiaba en la vista aguda del joven y acrobático vigía sm’dorei. Se acercó a la baranda y apoyó las manos sobre ella, escudriñando la niebla a medida que el barco se acercaba a la costa.

Sabía que la Alianza había decidido erigir la Fortaleza Denuedo al sudeste en una de las muchas islas que plagaban la zona, con el fin de facilitar la navegación por aquella zona. Su destino, el Bastión Warsong, estaba bien situado y desde él la visión del área circundante era excelente; era mucho más importante para la Horda que los mismos puertos o tener fácil acceso a aquellas tierras. O, al menos, «había sido» más importante.

Cairne resopló levemente por sus fosas nasales a medida que el barco avanzaba despacio y con sumo cuidado. Comenzaba a distinguir algunas embarcaciones entre aquella peculiar y densa niebla; entre ellas, el esqueleto de otro navío, cuyo capitán no había sido tan inteligente como el troll que capitaneaba Los Huesos de Mannoroth, ya que o bien había sido atacado, o bien había encallado, o ambas cosas. Aquel emplazamiento se llamaba de manera nada modesta Desembarco de Garrosh, y eso era lo poco que quedaba del barco de aquel impulsivo y joven orco. El navío había sido desmantelado hasta quedar en los huesos; las velas, que en su momento habían sido de un escarlata muy intenso y en las que se distinguía el emblema negro de la Horda, ahora presentaban un color desvaído y estaban hechas jirones. La única atalaya que se podía divisar se hallaba igualmente desvencijada, y Cairne sólo podía atisbar, de momento, la imponente masa de lo que, en su día, había sido sin duda alguna una construcción impresionante.

Garrosh, el hijo de un famoso héroe orco llamado Grom Hellscream, había sido uno de los primeros en responder a la llamada que les conminaba a ir a luchar a Northrend. Cairne admiraba al joven por eso, pero lo que había visto y oído acerca de su comportamiento era al mismo tiempo alentador y preocupante.

Cairne no era tan mayor como para no recordar cómo se sentía cuando el fuego de la juventud recorría sus venas. Había criado a un hijo, Baine, y había visto cómo el joven tauren se enfrentaba a los mismos problemas que había tenido él en su día, y entendía perfectamente que el comportamiento de Garrosh era en gran parte consecuencia de algo tan habitual, y temporal, como la bravuconería consustancial a todo joven macho. De todos modos, Cairne tenía que reconocer que la pasión y el entusiasmo de los que hacía gala Garrosh eran contagiosos. En medio de una guerra descorazonadora, Garrosh había estremecido los corazones y avivado la imaginación de la Horda; había despertado un sentimiento de orgullo que se había extendido con la rapidez de un fuego fuera de control.

Garrosh era, tanto para lo bueno como para lo malo, igual que su padre. Grom Hellscream no se había caracterizado por ser sabio y paciente. Siempre había sido el primero en actuar de forma impulsiva y violenta; además, su grito de guerra era un chillido desgarrador y perturbador al que hacia honor su sobrenombre. Grom fue el primero en beber la sangre del demonio Mannoroth; una sangre que acabó corrompiéndolo a él y al testo de los orcos que la ingirieron. No obstante, al final, Grom obtuvo su venganza. A pesar de haber sido el primero en bebería y, por tanto, el primero en caer presa de su demoníaca locura y su sed de sangre, fue también quien puso punto y final a esa locura y a esa sed de sangre. Logró matar a Mannoroth. Y gracias a eso, los orcos habían podido recuperar su corazón, su voluntad y su espíritu.

Garrosh se había avergonzado en su día de su padre. Lo había tachado de débil por haber bebido la sangre y ser un traidor. Sin embargo, Thrall reveló la verdad de lo sucedido al joven, y ahora Garrosh Hellscream aceptaba de buena gana su legado. Quizá lo aceptaba de manera demasiado entusiasta, meditó Cairne, aunque el entusiasmo de Garrosh había redundado muy positivamente en el ánimo de los guerreros. Cairne se preguntaba si tal vez Thrall, al haber ensalzado el bien que Grom había hecho realmente, había soslayado en demasía todo el mal que había causado Thrall, el líder de la Horda y un líder sabio y valeroso, había chocado en más de una ocasión con el joven Garrosh. Antes de que ocurriera el desastre de la Puerta de Cólera, Garrosh había retado a Thrall a luchar en la arena en Orgrimmar. Y, más recientemente, Garrosh había caído en las furibundas provocaciones de Varian Wrynn y arremetido contra el rey de Stormwind, a quien combatió con ferocidad en el corazón de Dalaran.

Aun así, Cairne no podía negar el éxito y la popularidad de Garrosh, ni tampoco el alegre celo y el entusiasmo con que la Horda respondía a sus actos. Aunque, al contrario de lo que señalaban los rumores, Garrosh no había derrotado al Azote él solo, ni había matado al Rey Lich, ni había hecho de Northrend un lugar seguro donde los niños de la Horda podrían retozar sin miedo. Pero no se podía negar el hecho de que había liderado algunas incursiones que habían sido un éxito sin precedentes. Y había devuelto a la Horda un intenso sentimiento de orgullo y el ansia por batallar.

Siempre lograba convertir algo que parecía una locura en un éxito total.

Cairne era demasiado inteligente para creer que todo era un mero producto de la coincidencia o el azar. Por mucho que pudiera considerarse a Garrosh un temerario, sólo con temeridad no se conseguían los resultados que el hijo de Grom había obtenido.

Garrosh había sido el líder que la Horda necesitaba precisamente en la que sin duda era su hora más oscura y vulnerable, y Cairne le reconocía sus méritos a aquel muchacho.

— No vamos a avanzar más —anunció la capitana Tula a Cairne, mientras vociferaba la orden de que bajaran los botes. — El Bastión Warsong no se halla muy lejos, justo al este de esas colinas.

Tula sabía perfectamente de qué estaba hablando, pues había cubierto en barco el trayecto entre aquel lugar y Trinquete en innumerables ocasiones a lo largo de las últimas estaciones. Ese conocimiento era la razón por la que Thrall había pedido que ella capitaneara Los Huesos de Mannoroth. Cairne asintió a modo de respuesta.

— Abre algunos de los barriles de cerveza ogra para recompensar los esfuerzos de tu tripulación y la diligencia de la que han hecho gala —le dijo con su voz profunda y su lenta forma de hablar. — Pero reserva un poco para los gallardos guerreros que subirán a bordo para regresar a casa después de tanto tiempo.

Al oír estas palabras, Tula se animó considerablemente.

— Sí, Gran Cabecilla —replicó. — Gracias. Sólo abriremos un barril.

Cairne le propinó un ligero apretón en el hombro, mientras asentía con la cabeza, y entonces, con no poca inquietud, subió su enorme figura a aquella barca aparentemente enana y atestada que iba a llevarles a él y al resto a la orilla. La niebla se aferraba su piel como una telaraña pegajosa y fría. Unos momentos después, con suma alegría, bajó de la barca, probó las gélidas aguas que acariciaban la orilla del Desembarco de Garrosh y, a continuación, ayudó a tirar del bote hasta llegar a tierra firme.

La niebla todavía seguía presente, pero parecía difuminarse a medida que se adentraban en tierra. Pasó junto a máquinas de asedio rotas, junto a armas y armaduras tiradas en el suelo, junto a los restos de una granja abandonada hacía mucho tiempo, en la que había esqueletos de cerdos que la prolongada exposición a la luz del sol había dejado sumamente blancos. Siguieron ascendiendo por aquella ligera pendiente, donde el suelo de la tundra se hallaba cubierto por una planta roja que se negaba con obstinación a dejar de existir a pesar de lo inhóspito que era aquel lugar. Una actitud que Cairne admiraba.

El Bastión Warsong surgió amenazador ante ellos en todo su orgullo y esplendor, claramente visible. Parecía ocupar el centro de una cantera, cuya cuenca proporcionaba una barrera defensiva muy práctica. Los nerubianos, una raza muy antigua de seres arácnidos, cuyos cadáveres habían sido despertados de su sueño eterno mediante la magia nigromántica, habían intentado atacarla en numerosas ocasiones, pero ya no. Lo que en su momento había sido una telaraña resistente y pegajosa, había quedado reducido a unas pocas hebras pringosas que danzaban inofensivamente al son del viento. Al igual que el Azote, los nerubianos también se habían retirado ante el empuje de la Horda.

En ese instante, Cairne captó que algo se movía rápidamente justo delante de ellos; se trataba de un explorador que acababa de divisar el estandarte de la Horda en la vanguardia del séquito de Cairne y se alejaba a gran velocidad. Cairne y su grupo siguieron el contorno de la cantera hasta que se encontraron con un sendero que descendía hasta su lugar destino. El acceso no era demasiado impresionante, sino más bien práctico, acto seguido, Cairne se halló en lo que había sido la zona de las forjas.

Aunque ahora no discurrían por aquellos canales ríos amarillos de metal fundido, ni se oía el sonido característico del martillo al impactar contra el yunque. Su olfato, que entonces era más agudo que su vista, detectó un olor tenue y rancio a lobo. Aquellas bestias hacía tiempo que ya no pululaban por allí, las habían enviado de vuelta a casa antes incluso que a sus amos. Por otro lado, las armas y la munición parecían llevar bastante tiempo acumulando polvo. En cuanto Cairne pudiera hacerse una buena composición de lugar, se valdría de los kodos, unas excelentes bestias de carga que habían hecho con él aquella travesía por mar, para transportar hasta los barcos todo lo aprovechable que encontrara allí.

Cairne pudo sentir en sus propias carnes que el frío reinaba en aquel lugar. Estaba seguro de que cuando las forjas funcionaban, generaban bastante calor para calentar aquel sitio cavernoso y abierto, pero ahora que permanecían inactivas y calladas, el frío de Northrend se había adueñado del emplazamiento. A pesar de que Cairne era un veterano curtido en mil batallas, se sentía sobrecogido por el impresionante tamaño de aquel lugar. Sin duda alguna, era más grande que el fuerte Grommash, probablemente incluso más que algunas ciudades de la Horda; era una construcción colosal y abierta que ahora transmitía cierta sensación de vacuidad. Sus pisadas reverberaron mientras sus hombres y él se acercaban a la parte central de la primera planta.

Dos orcos que discutían acaloradamente se giraron en cuanto Cairne se les acercó. El tauren los conocía a ambos e hizo un gesto de asentimiento con la cabeza de manera respetuosa a modo de saludo.

El orco más anciano de piel verde era Varok Saurfang, el hermano menor del gran héroe Broxigar y padre del difunto y añorado Dranosh Saurfang. Muchos habían sufrido pérdidas irreparables en aquel conflicto, pero Varok más que nadie.

Su hijo había perecido, junto a miles de orcos, en Angrathar, la Puerta de Cólera. En aquel tenebroso día, la Horda y la Alianza habían luchado codo con codo contra los mejores hombres y tuerzas del Rey Lich, e incluso llegaron a provocar que ese monstruo hiciera acto de presencia. Sin embargo, el joven Saurfang cayó en la batalla, y la Agonía de Escarcha consumió su alma. Momentos después, un Renegado llamado Putress desató una peste que acabó destruyendo tanto a los vivos como a los no- muertos.

No obstante, muchos más tormentos aguardaban aún a la dinastía Saurfang. El Rey Lich alzó al joven guerrero de entre los muertos y lo envió a destruir a aquellos a los que había amado en vida. Su existencia preternatural había concluido gracias a un golpe más misericordioso que violento recibido en batalla. Únicamente tras la caída del Rey Lich, el Señor Supremo Varok Saurfang pudo llevar a casa, por fin, el cuerpo de su hijo, que, en aquellos momentos, era ya sólo un cadáver.

Según Cairne, el apesadumbrado y fuerte Saurfang encamaba las mejores virtudes de los orcos. Era sabio y honorable, aguerrido en la batalla, astuto y calculador estratega. Cairne no había vuelto a ver a Saurfang desde que su hijo cayó en la Puerta de Cólera, y observó en silencio cómo aquel intenso dolor había hecho envejecer tanto al orco. Cairne no sabía si él hubiera sido capaz de soportar el sufrimiento que suponía el hecho de haber perdido dos veces a un hijo, de haber visto cómo se vejaba todo cuanto su raza amaba a través de la figura de su hijo, con la entereza con que lo había sobrellevado Saurfang.

— Señor Supremo —dijo con voz grave Cairne, mientras hacía una reverencia. — Yo, que también soy padre, lamento el sufrimiento que has tenido que afrontar. Pero has de saber que tu hijo murió como un héroe, y que lo que has conseguido aquí honra su memoria.

Todo lo demás no es más que polvo que se ha llevado el viento.

Tras escuchar estas palabras, Saurfang masculló una respuesta cargada de agradecimiento.

— Me alegro de volver a verle, Gran Cabecilla Cairne Bloodhoof. Y… sé que lo que dices es cierto. Aunque no me avergüenza admitir que me alegro de que esta campaña haya concluido al fin, puesto que en ella hemos perdido demasiado.

El orco joven, que se hallaba junto a Saurfang, esbozó una mueca de disgusto, como si aquellas palabras le molestaran; tuvo que hacer un gran esfuerzo para refrenar su lengua. Su piel no era verde, como la de la mayoría de los orcos que Cairne había conocido hasta entonces, sino más bien de un marrón arcilla intenso, lo cual indicaba que era un Mag’har de Outland. Tenía la cabeza calva salvo por una coleta de pelo castaño. Aquel orco era Garrosh Hellscream, por supuesto. Sin ningún género de dudas, desde su punto de vista, el hecho de admitir que uno se alegraba de que la batalla hubiera llegado a su fin no era algo demasiado honroso. El jefe tauren sabía que, con el paso de los años, aprendería que si bien era honroso luchar por una causa digna y obtener la victoria, la paz también era un objetivo que merecía la pena alcanzar. Pero por ahora, a pesar de haber participado en una guerra larga y ardua, estaba claro que Garrosh no había saciado su ansia de combate, y aquello preocupaba a Cairne.

—Garrosh —dijo Cairne, — el relato de tus hazañas ha llegado hasta los lugares más recónditos de Azeroth. Estoy seguro de que te sientes muy orgulloso de todo lo que has logrado, al igual que Saurfang.

Aquel cumplido lo hizo de corazón y, al instante, parte de la tensión que dominaba a Garrosh lo abandonó.

— ¿Cuántas de sus tropas van a regresar con nosotros? —preguntó Cairne.

— Casi todas —contestó Garrosh. — Dejaré una pequeña guarnición con Saurfang. Y unos cuantos orcos más en algunos puestos de avanzada. No considero necesario que se queden. La ofensiva Warsong ha aplastado al Azote y ha aniquilado el espíritu de lucha del resto de nuestros enemigos, que es lo que vinimos a hacer aquí. Además, creo que mi ex consejero disfrutará por fin de la paz que tanto ansía mientras observa cómo las arañas tejen sus telarañas.

Estas palabras podrían haber ofendido a cualquier otro. Fue Cairne quien se molestó en vez de Saurfang; después de todo lo que el anciano orco había sufrido, las palabras que acababa de pronunciar Garrosh resultaban especialmente crueles. Sin embargo, Saurfang estaba muy acostumbrado a que Garrosh hiciera gala de ese tipo de actitud y simplemente respondió con un gruñido.

— Ambos hemos cumplido nuestro cometido. Servimos a la Horda. Si sirvo a sus fines observando arañitas en vez de combatiendo contra arañas colosales, entonces me sentiré más que satisfecho.

— Y yo prestaré un gran servicio a la Horda si llevo a sus victoriosos soldados a casa sanos y salvos —aseveró Cairne. — Garrosh, ¿a cuál de tus soldados se le ha encomendado la misión de organizar la retirada?

— A mí —respondió Garrosh, sorprendiendo así a Cairne. — No te extrañe. Que yo sepa, todos tenemos unos hombros en los que poder portar lo que nos vamos a llevar.

Al viejo tauren le dio la impresión de que para el enorme ego de aquel joven orco, que en su día se avergonzaba de su legado, el mundo era un lugar demasiado pequeño. No obstante, por otro lado, si le tocaba hacer las tareas más innobles junto al resto de sus soldados, no dudaba ni un instante en ensuciarse las manos. Cairne sonrió satisfecho. De repente, entendió un poco mejor por qué los orcos que Garrosh lideraba lo admiraban tanto.

— Mis hombros ya no son tan recios como antes, pero me atrevo a decir que son capaces de soportar lo que haga falta —afirmó Cairne. — Así que manos a la obra.

Acabar de recoger y preparar los suministros que acompañarían a las tropas en su viaje de vuelta, cargarlo todo sobre los kodos y llevarlo al barco les llevó menos de dos días. Mientras trabajaban, muchos orcos y trolls cantaban en sus idiomas áridos y guturales. Cairne entendía el orco y el zandali, y le hacían gracia las discordancias que presentaban los actos que se relataban en las canciones y lo que realmente estaban haciendo en ese momento. Trolls y orcos cantaban alegremente sobre cercenar brazos, piernas y cabezas mientras ataban cajas a los lomos de los pacíficos kodos. Aun así, se hallaban con buen ánimo, y Garrosh cantaba con tantas ganas como cualquiera de ellos.

En cierto momento, mientras caminaban uno junto al otro con unas cajas que transportaban al barco, Cairne le preguntó:

— ¿Por qué abandonaste la zona donde desembarcaste, Garrosh?

En ese instante, Garrosh movió un poco la carga que llevaba sobre los hombros para repartir mejor el peso.

— Porque, desde el principio, no iba a ser un emplazamiento permanente, ya que el Bastión Warsong se hallaba muy cerca.

Entonces, Cairne observó el gran edificio principal y la torre.

— ¿Por qué levantaron estas edificaciones?

Garrosh no respondió. Cairne dejó que permaneciera en silencio un ralo. Garrosh podía ser muchas cosas, pero no era un tipo taciturno.

Ya hablaría… a su debido tiempo.

Y así fue. Al cabo, Garrosh respondió:

— Erigimos estas construcciones cuando llegamos. Al principio, no tuvimos ningún problema. Pero luego surgió de entre la niebla un enemigo totalmente distinto a aquellos a los que había combatido hasta entonces. Creo que tú nunca te has enfrentado a ellos. He de confesar que me he preguntado muchas veces si volverán.— ¿Quién era aquel enemigo capaz de refrenar las ansias de guerrear de Garrosh?

— ¿Quién es ese enemigo que tantos problemas te causó? —inquirió Cairne.

— Los llaman los Kvaldir —contestó Garrosh. — Los colmillarr sostienen que son los espíritus enfurecidos de los vrykul que perecieron asesinados.

Cairne cruzó su mirada con la de Maaklu Invocanubes, el tauren que, en aquellos momentos, caminaba junto a ellos dos. Invocanubes era un chamán, y asintió levemente con la cabeza a Cairne al tiempo que le devolvía la mirada. Si bien nadie que perteneciera al grupo de Cairne había visto en persona a los vrykul, Cairne había oído hablar de ellos. A pesar de tener aspecto humano, eran unos humanos muy especiales, ya que eran más grandes que los tauren y a veces su piel se hallaba cubierta de hielo, o estaba hecha de metal o piedra. Sin duda alguna, eran más grandes que los humanos, y mucho más violentos y poderosos. A Cairne no le incomodaba la idea de encontrarse rodeado de espíritus, siempre que fueran sus ancestros tauren, puesto que su presencia era algo positivo. Pero el mero hecho de pensar que los espectros de los vrykul merodeaban por aquel lugar no resultaba nada agradable. Asimismo, Invocanubes también parecía un tanto incómodo ante esa revelación.

— Aparecen cuando la niebla es más densa. Los colmillarr dicen que se manifiestan gracias a ella —prosiguió Garrosh.

Por su forma de hablar cabía deducir que se mostraba escéptico ante aquella explicación. Además, había algo extraño en su tono de voz.

¿Vergüenza quizá?

— Aterrorizaron a muchos de mis guerreros y eran tan poderosos que nos obligaron a retroceder hasta el Bastión Warsong. No obstante, conseguí recuperar esta posición cuando cayó el Rey Lich.

Ese era el motivo de su vergüenza. No el hecho de ver «fantasmas», si es que realmente los había, sino haberse visto obligado a huir de ellos. Ya no le extrañaba que Garrosh no hubiese mencionado hasta entonces la razón por la que habían abandonado el Desembarco de Garrosh, un lugar por el que el joven orco, lógicamente, había sentido bastante cariño y del que se sentía orgulloso.

Cairne evitó con sumo cuidado cruzar su mirada con la del ceñudo Garrosh, quien estaba claramente dispuesto a defender su honor si escuchaba algún comentario que pudiera interpretar como una ofensa a su honor y su valor.

— El Azote no se asoma por estas orillas —añadió Garrosh, mostrando una actitud un tanto defensiva. — Al parecer, ni siquiera ellos aprecian a los Kvaldir en demasía.

En ese instante, Cairne dio gracias por que los Kvaldir no los hubieran atacado hasta entonces.

— El Bastión Warsong es un sitio mucho más importante estratégicamente — aseveró Cairne, quien no dijo nada más.

Al mediodía del segundo día, Cairne se despidió de Saurfang y ambos se estrecharon la mano con fuerza. Garrosh se había burlado argumentando que quedarse ahí con una pequeña guarnición rodeado de paz y calma era una estupidez, pero la realidad vendría a demostrar que se equivocaba. Allí habría fantasmas más que de sobra para atormentar a Saurfang, aunque sólo fueran los de sus recuerdos. Cairne era perfectamente consciente de ello, y mientras miraba a los ojos de Saurfang, se dio cuenta de que el orco también lo sabía.

Cairne quería volver a darle las gracias, insuflarle ánimos y alabarle por una misión llevada a cabo con gran éxito. Por haber sido capaz de soportar con la cabeza bien alta tanto padecimiento. Pero Saurfang era un orco, no un elfo de sangre, y no iba a recibir de buen grado los halagos efusivos, ni tampoco los quería.

— Por la Horda —fue lo único que dijo Cairne.

— Por la Horda —replicó Saurfang. Y eso fue todo.

Los combatientes que conformaban las últimas tropas de la ofensiva Warsong que iban a abandonar Northrend se pusieron sus armas al hombro y comenzaron a avanzar hacia el oeste, hacia la cantera, para ascender luego a las Llanuras de Nasam.

Como les sucedía siempre que iban en esa dirección, la niebla se fue cerrando lentamente en torno a ellos. Cairne no percibió nada sobrenatural en aquel fenómeno, aunque tenía que admitir que eso no quería decir nada, ya que era un guerrero y no un chamán. Aun así, no había soportado las penalidades que Garrosh y sus guerreros habían tenido que padecer, ni había visto lo que ellos habían visto; además, sabía que los espíritus iracundos existían.

Aquella niebla dificultó su avance, pero no surgió de ella nada extraño que los atacase. Sin embargo, a medida que se acercaban a la playa donde los esperaban las barcas, Cairne fue ralentizando su marcha. Percibió… algo. Movió las orejas con gesto nervioso y olisqueó el gélido y húmedo aire.

Entonces, Cairne escudriñó la niebla con su vista cansada por la edad y pudo distinguir la forma tenue y espectral de un barco. No; de más de uno… de dos… de tres…

— ¡Los Kvaldir! —bramó Garrosh.

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