Illidan – Capítulo Treinta

IllidanEl día de la Caída

Maiev se hallaba en la parte superior de una montaña de cadáveres de demonios. Jadeaba de un modo estruendoso. El júbilo de la victoria ardía en su corazón. Había logrado cerrar el portal y detener esa aparentemente incesante avalancha de demonios. Aunque le hubiera gustado que llegaran más. Habría colocado sus cadáveres uno encima de otro hasta alcanzar lo alto de esas murallas y habría entrado en el templo por ahí en vez de por las alcantarillas, tal y como había planeado Akama.

Percibió el estallido de una energía muy familiar en el seno del templo.

¡No! Sabía lo que eso significaba. Había notado algo similar anteriormente, en las laderas de la Mano de Gul’dan. En algún lugar del interior de esa fortaleza, Illidan estaba abriendo otro portal, uno mucho mayor que aquel que había atravesado Vagath. Una energía ominosa impregnó el aire al mismo tiempo que esa fisura en el tejido de la realidad se ensanchaba. Tal vez el Traidor estuviera invocando a algún nuevo demonio de las profundidades del Vacío Abisal, aunque lo más probable era que estuviera intentando escapar. No podía permitir que eso volviera a ocurrir. Tenía que entrar ya en el Templo Oscuro. Hoy tenía que poner punto y final a todo aquello.

Valiéndose de su poder, se teletransportó rápidamente por todo el campo de batalla y a través del corredor que llevaba al interior de las alcantarillas.

Esta vez, Illidan no esquivaría a la Justicia.

Vandel observó cómo esa figura ataviada con una armadura plateada acababa de masacrar a un ejército de demonios. La reconoció por las historias que había oído contar sobre la batalla de la Mano de Gul’dan. Maiev Shadowsong se había fugado, pero eso debería ser imposible, puesto que la había encarcelado en la Jaula de la Celadora, vigilada por demonios, rodeada por varios círculos de unos terribles conjuros que impedían que huyera. Akama debía de haberla liberado.

Vengan a mí ya, mis cazadores de demonios.

Una voz reverberó dentro de la cabeza de Vandel. Era una invocación de nivel primordial, que vibró por todos sus tatuajes y penetró en su cerebro con una fuerza irresistible. La llamada trajo consigo la revelación de adonde tenía que ir: a un lugar situado en lo más profundo de la fortaleza, cerca de la cámara del consejo.

Se alejó del puesto de observación de esa muralla y corrió hacia esa distante escalera.

A su alrededor reinaba un gran bullicio. Las tropas se colocaban raudas y veloces en sus posiciones defensivas. Los cuernos atronaban y los tambores resonaban en el seno del templo a modo de advertencia: en algún lugar se había abierto una brecha en las defensas de la fortaleza.

Oyó el fragor del combate en lontananza. El demonio que se hallaba dentro de él lo conminó a correr hacia la batalla, a tomar parte en esa matanza, a liberar unas cuantas almas de su envoltorio mortal.

Vengan a mí ya, mis cazadores de demonios.

Una vez más, esa orden resonó con fuerza. Esta vez notó cómo esa vibración le estremecía los mismos huesos. ¿Así era como se sentía un demonio cuando lo invocaban desde el Vacío Abisal? ¿Arrastrado por fuerzas que no podía comprender pero a las que intentaba resistirse?

¿Por qué se resistía siquiera? Se trataba de la voz de Illidan y había tanta premura en ella que Vandel estuvo a punto de echarse a llorar. En algún lugar, en lo más hondo de ese templo unas energías muy potentes se agitaron. El cazador de demonios las reconoció: se estaba abriendo un portal, pero no sabía a donde llevaba.

¿Acaso Illidan pretendía escapar? ¿O acaso esa abertura la habían creado sus enemigos? Tal vez los traidores que se encontraban dentro de la fortaleza estaban trayendo ayuda de algún otro lugar. Tal vez el mismo Illidan había abierto ese portal, ya que las energías de esa puerta eran muy parecidas a las que los habían llevado a Nathreza. ¿Acaso Illidan había abierto al fin el camino hacia Argus? Solo había una manera de que Vandel supiera la respuesta.

En algún lugar de la oscuridad percibió que otros cazadores de demonios se desplazaban y notó la presencia de los demonios que llevaban dentro. Lanzó una maldición. Al parecer, era el que más se había alejado de su maestro, arrastrado por la curiosidad de saber cómo se estaba desarrollando el ataque. En cuanto alcanzó la parte superior de las escaleras, saltó.

Vengan a mí ya, mis cazadores de demonios. Esa voz reverberó dentro de su cráneo como el tañido de una enorme campana, cuyos ecos fueron apagándose, haciéndole sentirse muy solo. La sensación de que lo estaban llamando desde las profundidades del templo se intensificó. Ese camino hacia algún otro lugar se encontraba abierto; además, no albergaba ninguna duda de que pronto se cerraría y que se quedaría sin ninguna posibilidad de alcanzar el portal.

Descendió las escaleras de diez en diez, saltando de un peldaño a otro con la agilidad de una pantera; se lanzaba hacia delante de cabeza, rodaba por el suelo y se ponía en pie, aprovechando así la fuerza de la gravedad para incrementar su velocidad. Tenía grabada a fuego esa sensación de premura en su mente, que lo obligaba a correr. No se trataba únicamente de miedo, sino de la sensación de que el templo estaba a punto de caer. Tenía la abrumadora sensación de que si no respondía a la llamada, lo iba a lamentar eternamente, de que, de algún modo, no iba a cumplir su destino.

Siguió corriendo hacia la zona de adiestramiento. Al otro lado de la entrada oyó al gigantesco Supremus lanzar un rugido de furia, era como si el abisal estuviera combatiendo con algún poderoso enemigo.

Unos dragones surcaron el cielo por encima de él a la velocidad del rayo. Unos conjuros estallaron. Los demonios se aproximaron al Santuario de las Sombras; daba la impresión de que se estaban preparando para bloquear el paso a unos intrusos de gran poder. La confusión reinaba por doquier.

Maiev salió de las alcantarillas y se topó con las secuelas de una batalla terrible.

Se encontraba en un patio enorme. El cadáver de un draco abisal yacía en el suelo cerca de ella, cuya cola seguía retorciéndose, como si ese gran reptil aún no se hubiera dado cuenta de que estaba muerto. Akama y sus aliados se habían abierto camino a través de las defensas de Illidan. Cientos de cadáveres de orcos Dragonmaw y demonios yacían desperdigados por todo el suelo. Ahí se había hecho uso de una magia muy potente. A su derecha, había unas gigantescas máquinas de asedio. Más allá de ellas, había una escalera por la que habría podido subir un titán, la cual llevaba a las entrañas del Templo Oscuro.

La celadora aún podía sentir el pulso de energía que desprendía ese gran portal que se estaba abriendo en las profundidades de la fortaleza. Furiosa, echó un vistazo a su alrededor y se percató de algo sorprendentemente extraño. Una figura demoníaca apareció de repente en un pasaje abovedado de la muralla situada a su izquierda.

* * *

Vandel se alejó corriendo de la escalera para adentrarse en el patio de la zona de entrenamiento. Ahí el aire hedía a muerte y magia desatada. Unos dragones y demonios yacían muertos por todas partes. Los cadáveres de los orcos viles yacían apilados en pequeñas colinas. Lo que en su momento había dado la impresión de ser una tuerza invencible había sido derrotada. Solo un ser vivo seguía moviéndose tras toda esa violencia inenarrable; una elfa de la noche vestida con una armadura plateada que empuñaba una hoja curva. Todo su cuerpo estaba protegido por esa poderosa armadura mágica. Se trataba de Maiev Shadowsong. De alguna manera, había conseguido entrar en el templo con la misma rapidez que él había descendido de las murallas. Eso debía de ser obra de una magia muy potente.

Maiev clavó su mirada en él y alzó esa arma como si estuviera lista para atacar.

Vandel se quedó paralizado. No deseaba luchar contra una congénere, contra una elfa de la noche. Solo quería dejarla atrás y responder a la llamada de Illidan.

—Engendro del demonio, prepárate para morir —le espetó la celadora.

De repente, Maiev ya no se encontraba donde había estado. Vandel percibió una perturbación en el aire, a sus espaldas, y se lanzó hacia delante, rodando por el suelo al mismo tiempo que una hoja hendía el aire allá donde hacía solo unos instantes se había hallado su cabeza. Se puso en pie dando una voltereta y se encaró con la celadora.

—No quiero luchar contra ti —replicó el cazador de demonios.

* * *

Maiev lanzó una maldición. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien había logrado esquivar uno de sus letales ataques. Aunque no debería ser posible, ese nauseabundo monstruo lo había logrado, lo cual indicaba bien a las claras lo poderoso que era.

La celadora observó con detenimiento a ese engendro. En ciertos aspectos, se parecía a Illidan, aunque era menos monstruoso que este. Era alto, una abominación nervuda y fibrosa que antaño había sido un kaldorei. Tenía tatuajes como su maestro y la piel cubierta de escamas. Aunque tenía las cuencas de los ojos vacías, la luz verde de la magia vil brillaba en ellas. A pesar de que carecía de alas y pezuñas, había algo innegablemente demoníaco en él. No cabía duda de que en su día había sido un elfo, pero ahora era otra cosa, un espantoso híbrido de elfo y demonio; seguramente, era un miembro de ese ejército de horrores del que le había hablado Akama.

Maiev arremetió con su arma contra el monstruo. El elfo poseído por un demonio saltó por encima de esa hoja. Mientras se volvía para atacarlo de nuevo, este brincó de nuevo hacia un lado y la eludió una vez más.

—Detente, esto no es necesario —le dijo.

La celadora detectó cierta ira en ese tono de voz áspero. No estaba dispuesta a caer en una trampa tan burda. Avanzó hacia él, con su arma en ristre.

—Te daré muerte, monstruo.

Una vez más, esa arma horrenda se acercó a gran velocidad hacia él. Saltó para esquivar esa hoja, giró en el aire por encima de Maiev y aterrizó a su espalda. Tenía un blanco muy fácil. Podía atacarla por detrás con un conjuro. Pero titubeó mientras la celadora se giraba para encararse con él.

—No soy tu enemigo —le explicó. Maiev arremetió de nuevo con su media luna umbría y las chispas saltaron al detener el cazador de demonios el golpe—. Tú y yo estamos en el mismo bando.

Por un momento, la celadora se detuvo. Acto seguido, sus gélidas carcajadas resonaron por todo ese patio arrasado por la batalla.

—Tú sirves a Illidan. Y yo pretendo matarlo. Por tanto, no estamos en el mismo bando, evidentemente.

—Estoy aquí para luchar contra la Legión Ardiente, no contra otros elfos de la noche.

La punta de la media luna umbría se movió de un lado a otro, de un modo hipnótico. Vandel dio un paso atrás para tener más espacio.

—Te has creído esa vieja mentira de Illidan —replicó Maiev.

—No es una mentira. He masacrado a centenares de demonios. Y seguiré matando a más mientras me quede aliento.

—Eso no será por mucho tiempo.

Maiev se abalanzó sobre él, tan rápida como un sable de la noche. Vandel se apartó de un salto y la hoja de la celadora atravesó el lugar donde el cazador de demonios acababa de estar. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no contraatacar. A pesar de que su demonio lo empujaba a atacar, logró contenerse haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad.

—La Legión Ardiente pretende destruir a todos los seres vivos. Debemos luchar unidos contra ella —afirmó Vandel.

—Te unirás a tu maestro demoníaco en el reino de la muerte.

El golpe de Maiev fue tan potente como un trueno. A pesar de que el cazador de demonios se echó hacia atrás, le alcanzó en la mejilla, en la que le abrió una herida, de la cual manó sangre que descendió hasta llegarle a los labios y la lengua, donde notó un cosquilleo.

Vandel se había hartado. Había intentado razonar con Maiev. Aunque podía intentar huir, dudaba de que pudiera llegar muy lejos si le daba la espada, ya que era muy fuerte y rápida. No, tenía que enfrentarse a ella.

Tienes que matarla, le ordenó la voz demoníaca que oía en lo más recóndito de su mente. O tú o ella. No te dejará salir con vida de esta.

Aunque a Vandel le habría encantado poder llevarle la contraria, era consciente de que el demonio decía la verdad y eso le daba aún más la razón. Tras invocar una gran cantidad de energía vil, lanzó una descarga contra la elfa de la noche. Maiev la detuvo y la disipó sin hacer apenas esfuerzo alguno. Hasta ese momento, el cazador de demonios había creído que nadie, salvo Illidan o sus tenientes de más alto rango, era capaz de llevar a cabo tal proeza. Se dio cuenta de que ahora su objetivo no iba a ser matar a la celadora, sino lograr seguir con vida ante su terrible furia.

* * *

Maiev entornó los ojos. Por fin el demonio revelaba sus verdaderas intenciones, puesto que había intentado acabar con ella usando magia vil. Por un momento, casi se había creído lo que decía ese monstruo, ya que había sonado muy sincero y no había intentado hacerle daño, sino que se había limitado a defenderse.

En la lejanía, la invocación estaba llegando a su momento culminante. Su presa se iba a escapar. Había llegado el momento de poner punto y final a aquello. Lanzó un ataque feroz contra ese elfo mutado. Su arma centelleó a tal velocidad que casi era imposible seguir sus movimientos con la mirada. Su atacante alzó sus dagas para defenderse.

Vandel danzó a través de un torbellino afilado como una cuchilla. Era lo único que podía hacer para evitar los ataques de Maiev. Era imposible que pudiera contraatacar, ya que, simplemente, ella era demasiado rápida y fuerte.

Le dolían todos los músculos del cuerpo porque debía protegerse continuamente de esos furiosos asaltos. Tenía la sensación de que, por culpa del esfuerzo que conllevaba bloquear esos ataques, se le iban a salir los brazos de su sitio. Apenas era capaz de seguir empuñando sus dagas.

Se echó hacia atrás para apartarse de ella lo más rápido posible. No le preocupaba que pudiera tropezarse con algo, puesto que sus sentidos espectrales le permitían percibir todo lo que había a su alrededor, aunque también le indicaban que se le agotaba el tiempo. El demonio que llevaba dentro aulló para protestar, pues no quería escapar, sino que quería pelear y matar. Dejó que el poder de este ente fluyera a través de él. De los poros de su piel brotó una oscuridad que le envolvió el cuerpo con una armadura hecha de sombra. Notó un mayor vigor en los brazos. Notó que sus movimientos se volvían más rápidos. Respondió a cada golpe de Maiev con uno suyo, desviando el arma de la celadora con una daga y atacando con la otra. El metal chirrió cuando una de sus armas se abrió paso a través del avambrazo de la armadura de su adversaria.

Atacó una y otra vez, obligando a la celadora a retroceder paso a paso hasta que recuperó todo el terreno que había perdido al verse empujado por el ataque inicial de su rival. Maiev arremetió contra él, pero esquivó de un salto esa afilada hoja. Acto seguido, desequilibró a su enemiga al golpearle el yelmo con una de sus dagas. Mientras caía, el cazador de demonios le lanzó una descarga de energía vil que la alcanzó en el pecho. El demonio le espoleó a seguir. Mátala. Mátala.

* * *

Maiev cayó al suelo. Más que hacerle daño, el impacto del rayo del Illidari la había sorprendido; no obstante, había sentido cierto dolor por culpa de esa descarga de energía vil a pesar de llevar armadura. El cazador de demonios envuelto en sombra se cernió sobre ella de un modo amenazador y un aura de energía le rodeaba las manos.

La celadora extrajo energías de la luz de Elune y se teletransportó.

* * *

Vandel contempló cómo ese rayo de energía verduzca y amarillenta impactaba contra el suelo, en el mismo lugar donde Maiev se había hallado solo un instante antes. Notó un desplazamiento de aire justo detrás de él y se volvió para detener ese ataque, pero reaccionó un instante demasiado tarde.

La media luna umbría de la celadora le abrió una herida en el brazo cual guadaña al sorprenderlo por la derecha. Un gran dolor le recorrió la extremidad. La sangre manó a raudales. Se echó hacia atrás, y entonces se dio cuenta de que el anterior ataque había sido una mera finta. Maiev le aplastó el cráneo con esa hoja curva. A pesar de que se apartó rodando en cuanto percibió el contacto, una terrible agonía lo dominó. Las tinieblas cayeron sobre sus percepciones.

Lo último que vio fue a Khariel. El muchacho lo miraba decepcionado. Su muerte ya nunca sería vengada.

—Al igual que tú, tu maestro también caerá —oyó decir a Maiev.

Acto seguido, se sumió en la oscuridad.

* * *

Akama entró en el refectorio. Unos anaqueles hechos con huesos de monstruos flanqueaban la entrada. Un altar descomunal se alzaba sobre un pedestal al fondo de esa estancia. La luz trémula de unas energías sobrenaturales proyectaba unas sombras fugaces sobre el suelo de ese lugar profanado. Sus aliados ya habían masacrado a la mayoría de los enemigos que se encontraban dentro y ahora se enfrentaban a esa sombra que Illidan le había arrancado a Akama de su propio espíritu. Era como si hubieran dotado de una malévola vida y de tres dimensiones a la sombra del Tábido. Era perfecta a su manera, un milagro de la magia oscura, una muestra más del genio perverso de Illidan, su creador.

La descomunal silueta de esa parte robada de su alma se alzó amenazadoramente sobre los aventureros de Azeroth. Al percibir la presencia de Akama, la sombra se movió hacia él y unos tentáculos de energía oscura brotaron de ella para clavarse en él. Sus aliados la atacaron directamente, machacándola con conjuros, atravesándola con sus espadas. El Tábido aguantó como pudo el dolor y se mantuvo en pie. A pesar de que quería chillar, apretó los dientes con fuerza. Examinó ese entramado mágico con el que estaba siendo atacado y comprobó que lo llevaba hasta su enemigo.

Los aventureros procedentes de Azeroth habían hecho todo lo que Akama les había pedido: se habían abierto camino hasta el refectorio, habían asesinado a los Ashtongue renegados que vigilaban aquel lugar y, a continuación, habían matado, uno a uno, a los canalizadores que lanzaban el hechizo que garantizaba que ese fragmento tenebroso de su alma no escapara. Sin embargo, ahora esa cosa estaba libre e iba a por él. Pretendía matarlo si era posible, para poseer su cuerpo y, gracias a él, controlar a todos los Ashtongue.

Contempló esa sombra un tanto maravillado. ¿Cuánta gente tenía el privilegio, a lo largo de su existencia, de contemplar todo lo malévolo que había en ellos? ¿Cuántos se enfrentaban a la oscuridad que se hallaba dentro de ellos?

Para cualquiera que no fuera él, eso era simplemente su sombra malévola, pero Akama podía ver que estaba hecha con cada fragmento de maldad que alguna vez había formado parte de él, con todos los actos malvados y mezquinos, desde los más importantes a los más nimios. Al contemplarla, podía verse a sí mismo cuando solo era un crío y deseaba los juguetes de su hermano. Se vio a sí mismo regocijándose con la muerte prematura de alguien que rivalizaba con él por el liderazgo de su pueblo. Vio la sombra que acechaba tras todos sus alardes de piedad y bondad. Vio toda su vanidad y egoísmo, toda su ansia y sed de gloria. Al contemplar esa cosa, veía todos sus demonios, todo lo que le había empujado a ser quien era.

En cierto modo, Illidan le había liberado de todo eso; no obstante, también le había arrebatado parte de sus fuerzas, puesto que en esa oscuridad había también muchas de las cosas que lo habían empujado a ser un maestro de la magia, que habían forjado su carácter para que se convirtiera en el líder de su pueblo. Siempre se había considerado humilde, pero al contemplar a ese monstruo, se dio cuenta de que esa humildad solo había sido una máscara con la que había engañado a aquellos que lo habían seguido.

Aunque le hubiera gustado poder tener el consuelo de justificarse diciendo que esas visiones formaban parte del ataque de esa sombra, que con ellas intentaba minarle la moral, doblegarlo y ponerlo de rodillas, para obligar al resto de su alma a abandonar su cuerpo y poder alojarse en él, sabía que eso no era cierto. Esa sombra formaba parte de él. Tenía que recuperarla, ya que poseía gran parte de sus fuerzas; además, únicamente cuando la hubiera reintegrado en su ser, tendría el poder necesario para hacer lo que había que hacer.

La sombra se estaba debilitando ante el feroz ataque de los aliados de Akama, que procedían de Azeroth.

Como el Tábido acababa de desentrañar el conjuro, lo anuló y absorbió esas energías. El vórtice que creó arrastró a ese espíritu oscuro hasta su hogar, el cual entró en él. Por un momento, Akama se estremeció, presa de un pérfido éxtasis. Acto seguido, encadenó a su propia maldad, sometiéndola así a su voluntad, integrándola una vez más en su ser. Notó que recuperaba las fuerzas. Notó que el poder y el orgullo y la ambición fluían a través de él. Volvía ser Akama de verdad.

Lo había logrado. Respiró hondo y notó que las fuerzas recorrían de nuevo su cuerpo. Una multitud de Tábidos Ashtongue entró en el refectorio y clavó su mirada en él.

—¡Saludos, Akama! —gritaron.

* * *

El firme pulso de energía del portal que se había abierto se desvaneció.

Maiev sorteó de un salto a su adversario caído. No tenía tiempo que perder. Tal vez incluso ya llegara tarde. Tenía que dar con Illidan antes de que huyera para siempre. Pasó corriendo junto al enorme cuerpo de piedra aún ardiente de un gigantesco infernal muerto.

Entró velozmente en esa enorme estructura. Por toda esa colosal sala yacían muertos sátiros y otros demonios. Los Ashtongue que avanzaban en grupos se quedaron mirándola fijamente. Aunque no se trataba de unas miradas amenazadoras, tampoco había ni afecto ni compasión en esos ojos. Era indudable que sabían quién era. Se preguntó si se atreverían a atacarla. Solo había una manera de averiguarlo.

Se aproximó al más cercano.

—¿Dónde está Akama? —preguntó con el tono más autoritario posible.

El Ashtongue la miró. Había algo distinto en la actitud de este. En el pasado, los Tábidos normalmente se habían mostrado serviles. Incluso aquellos que la habían vigilado en prisión nunca habían sido capaces de mirarla a la cara. Sin embargo, este sí lo hacía, al igual que todos sus compañeros. No daba la sensación de que tuvieran miedo. La miraban como si se consideraran sus iguales.

—Se encuentra en las entrañas del templo. Pretende acabar con el Traidor.

—Bien —respondió la celadora—. Iré a ayudarlo.

Regresar al índice de la novela Illidan

Share

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.