Illidan – Capítulo Treinta y Uno

IllidanLa Caída

U n fatigado Illidan entró en la cámara del Consejo. Los cazadores de demonios se habían marchado. Había hecho todo lo posible. Ojalá hubiera podido ir con ellos, pero se había tenido que quedar para hacer las veces de polo místico del portal, para mantener el camino abierto.

Ya solo era cuestión de esperar. Mantener abierto ese portal había agotado casi por entero sus fuerzas, así como todo el poder que contenía la succión de alma.

Lady Malande lo miró.

—Los Ashtongue nos han traicionado. Nuestros siervos se han vuelto en nuestra contra. Las puertas están abiertas.

—Debían de tener planeado esto desde hace mucho —aseveró Gathios el Devastador.

Illidan expandió sus sentidos de hechicero. El hechizo de vinculación con el que había aprisionado la sombra de Akama había sido anulado. Este se había liberado y, al hacerlo, había liberado a su pueblo. El viejo Tábido había sido mucho más astuto de lo que creía. Otro error de cálculo. El Señor de Outland había estado tan ocupado con el portal hacia Argus y sus cazadores de demonios que no había podido prestar atención a Akama. Aun así, hallaría la manera de que el líder de los Tábidos pagara lo que había hecho.

—Había percibido que se había abierto un portal —señaló el Sumo Abisálico Zerevor—. Creía que habías escapado, milord.

En su rostro se combinaban de manera compleja una serie de emociones: alegría al ver que su señor supremo seguía ahí y perplejidad ya que no comprendía por qué; no obstante, si quería una explicación, se iba a decepcionar.

Illidan intuía que los acontecimientos estaban llegando a su punto culminante a su alrededor. La madeja del destino se desenredaba. Se sentía atrapado por el destino y sus planes se hallaban a medias. Pensó en esa visión que le había mostrado el naaru. Ahora mismo, dudaba de que fuera una criatura de la luz. Tal vez todo formara parte de una trampa que le había tendido Kil’jaeden, que le había dado una falsa sensación de seguridad en un momento crucial. Todos sus esfuerzos habían sido en vano. No había logrado lo que pretendía.

Tal vez sus cazadores de demonios fracasarían. Tal vez, simplemente, los había enviado a encontrarse con un funesto destino. Se resignó, pues nunca sabría qué había sido de ellos. Ahora lo único que podía hacer era mantenerse firme. No iba a rendirse, no iba a dar esa satisfacción a sus enemigos. Nunca volvería a encerrarlo en una prisión.

Posó su mirada en sus consejeros, quienes todavía esperaban que los liderara.

—Defiendan este lugar —ordenó—. Protejan el camino que lleva hasta la cima del templo. He de lanzar un hechizo que tal vez logre que la batalla se decante a nuestro favor. Aún podemos vencer a nuestros enemigos. Aún no nos han derrotado.

* * *

Akama pasó por encima del cadáver del Sumo Abisálico Zerevor. Ahí delante se alzaba la puerta sellada que llevaba a la cima del templo. Para llegar hasta ese lugar, habían tenido que librar una dura y rápida batalla. Habían dejado un reguero de cuerpos destrozados y centinelas machacados a lo largo de los jardines perfumados y los aposentos palaciegos donde moraban los elfos de sangre. Ahora, delante de él, se hallaba la gran puerta negra, tras la cual Illidan realizaba su malévola magia. ¿Qué pérfido conjuro estaría confeccionando en esos instantes?

Los aventureros de Azeroth aguardaron para ver lo que hacía.

Akama dijo:

—Esta puerta es lo único que se interpone entre el Traidor y nosotros. Apártense, amigos.

El Tábido examinó el hechizo que sellaba el camino a la cima; se trataba de un sortilegio de una complejidad fantástica, compuesto de múltiples capas de fuerza que se interconectaban. Un hechicero tardaría toda una vida en desentrañarlo. Por fortuna, no tenía que hacer eso, pues le bastaba con hacerlo añicos.

Valiéndose de todo su poder mágico, lanzó una descarga de energía contra la puerta. De alguna manera, esa estructura de aspecto tan fácil resistió. Incrementó la cantidad de poder y su encantamiento rasgó y arañó el sello con todas esas energías que se hallaban bajo su control, pero siguió sin ser suficiente. Se encorvó. Después de haber llegado tan lejos, de haber arriesgado tanto…

—No puedo hacer esto solo…

Estas palabras brotaron de los labios de Akama empujadas por la frustración que sentía.

Percibió la presencia de otros miembros de su pueblo: espíritus poderosos, animales totémicos y fantasmas de gran poder que recorrían el Templo de Karabor tras ser despertados por lo que estaba acaeciendo en ese lugar ese día.

—No estás solo, Akama —dijo uno de los espíritus, que portaba la forma de su antiguo compañero, el vidente Udalo.

—¡Tu pueblo siempre estará contigo! —exclamó otro espíritu, que había adoptado la forma del vidente Olum.

Akama estaba sobrecogido.

No esperaba verte tan pronto, viejo amigo. El vidente había sido uno de los aliados más estrechos de Akama, hasta que los nagas de Vashj descubrieron que Olum estaba conspirando para deponer al Traidor. Olum le había pedido a Akama que lo matara, para poder conservar las apariencias, para que diera la impresión de que los Ashtongue seguían siendo leales a Illidan. Akama había cumplido su deseo muy a su pesar.

Esos espíritus añadieron sus energías a las del líder Tábido. Lentamente en un primer momento, el hechizo de vinculación fue desmoronándose, puesto que el torrente de poder que caía sobre él lo estaba haciendo añicos; un poder respaldado por la fuerza de voluntad de todo un pueblo que acababa de librarse de sus cadenas.

El encantamiento se derrumbó por entero, los fantasmas se esfumaron y Akama dijo:

—Gracias por su ayuda, hermanos. ¡Nuestro pueblo se redimirá!

Si el Tábido hubiera tenido tiempo para reflexionar, habría llorado de alegría. Gracias al sacrificio que Olum había hecho en su día había podido llegar hasta esa puerta, y además ahora su espíritu había regresado para ayudarlo a abrirla. Eso era un buen presagio. Sin embargo, el espanto y el triunfo guerreaban en el alma de Akama. Pronto, tanto sus aliados como él tendrían que enfrentarse al Traidor. A pesar de todo el tiempo que había pasado maquinando y planeando, el líder Tábido no estaba seguro de si estaba preparado para ello.

* * *

Illidan notó que el sello que bloqueaba el acceso a la cima del Templo Oscuro había caído. Akama se había vuelto realmente muy poderoso, puesto que lo había derribado en muy poco tiempo. El Tábido había aprendido mucho durante el tiempo que había estado al servicio del Señor de Outland, incluso había aprendido a confeccionar contrahechizos para combatir la magia de su maestro.

Illidan permanecía acuclillado, envuelto en sus alas, mientras aprovechaba esos últimos instantes para absorber toda la energía posible antes de tener que afrontar la última batalla de su existencia.

Akama entró sumamente inquieto en la cima. Incluso ahora la victoria no estaba de ningún modo clara. El Traidor podría hallar la manera de volver las tomas mientras la gente de Akama abría las puertas del templo para dar la bienvenida a los Aldor y los Arúspices y sus aliados.

Illidan se encontraba acuclillado en la otra punta de la cima, en cuyo centro había un gran enrejado, el cual tapaba un hueco central que descendía hasta el corazón del Templo de Karabor. El Traidor sostenía una calavera en las manos, como si estuviera contemplando algo que le recordaba su propia mortalidad. Se hallaba totalmente inmóvil, tanto como un muerto, aunque seguramente no se había suicidado.

Akama observó detenidamente el aura que envolvía a su antiguo maestro. No. Seguía vivo. Unas titánicas mareas de energía se agitaban en su interior. Simplemente, estaba reuniendo fuerzas.

A su alrededor, los aliados Akama comprobaban el estado de sus armas nerviosamente. Daba la impresión de que Illidan estaba esperando a que todos sus enemigos entraran. Era como si quisiera que todos estuvieran en un solo sitio y no temiera que lo superaran ampliamente en número. Teniendo en cuenta la clase de poderes que podía invocar el Señor de Outland, Akama creía que la falta de preocupación que mostraba tal vez estuviera justificada.

¿Dónde estaban sus soldados mutados?, se preguntó el Tábido. A lo largo del transcurso de la batalla en el templo, Akama había dado por sentado que los cazadores de demonios aparecerían en cualquier momento, pero hasta ahora no había ni rastro de ellos.

Tampoco había ni rastro del gran portal cuya apertura el líder Tábido había percibido. Había esperado que Illidan huyera a través de él. En verdad, si eso hubiera ocurrido, se habría alegrado en parte, puesto que así se habría evitado esta confrontación definitiva que, probablemente, sería fatídica.

El hecho de que el Traidor hubiera dado tiempo a los intrusos para prepararse dejaba bien a las claras la confianza que tenía en sus posibilidades de triunfar. Akama descartó esos pensamientos y se dispuso a acumular energías.

Illidan observó con detenimiento a las fuerzas que se habían congregado ahí para batallar con él. Ver a tantos enemigos en el mismo corazón del Templo Oscuro resultaba muy extraño. Y era aún más extraño ver a Akama entre ellos. Seguía sin poder creer que el viejo Tábido tuviera el valor de hacer algo así; no obstante, había logrado esquivar todas las trampas que el Señor de Outland le había tendido y se había librado de su yugo. Y ahora aquí estaba, rodeado de esos forasteros, dispuesto a luchar contra él.

Las llamas de la ira ardieron con fuerza en el corazón de Illidan. Lanzó una mirada iracunda al líder Tábido, con un gesto de sumo desprecio.

—Akama, tu traición no me sorprende demasiado. Hace mucho tiempo que debería haberlos masacrado tanto a ti como a tus deformes hermanos.

El Tábido se estremeció ante el veneno que destilaban las palabras del Señor de Outland. Tardó un momento en recobrar la compostura, pero entonces replicó:

—Tu reino ha llegado a su fin, Illidan. ¡Mi pueblo y todos los pueblos de Outland se librarán de tu yugo!

—Hablas con audacia, pero… no me convences.

—¡Ha llegado la hora! ¡Es el momento de la verdad!

Illidan contempló con odio al Tábido y sus patéticos aliados.

—¡No están preparados!

De repente, un guerrero descomunal, ataviado con unas placas de armadura muy pesadas y envuelto en unos conjuros de protección, se separó del grupo. Illidan detectó una red de magia defensiva que unía a ese ser con los taumaturgos de Azeroth.

El Traidor dio un salto hacia delante y lanzó un golpe muy potente con su guja de guerra. El guerrero alzó un escudo para bloquearlo.

Illidan se aprovechó de que al hacer eso había dejado otra zona desprotegida para abrirle un tajo en la garganta con la hoja que sostenía en la mano izquierda. Si bien la sangre manó de esa garganta desgarrada, una poderosa magia sanadora entró en acción de inmediato; la sangre volvió a su cuerpo y tanto la carne desgarrada como las venas cortadas se recompusieron.

Illidan invocó a un Maligno de las Sombras parasitario. La criatura emergió del Vacío Abisal y se adentró en la realidad. Acto seguido corrió hacia el taumaturgo que había sanado a su adversario. A menos que el Maligno de las Sombras fuera detenido al instante, pronto engendraría a otros como él.

Aunque una lluvia de hechizos arreció sobre las defensas de Illidan, estas no cedieron. Para unos meros mortales, esos taumaturgos eran muy poderosos, pero el Señor de Outland les iba a enseñar que no eran rivales para él.

Illidan extendió los brazos a los lados e invocó al fuego. Unas grandes llamaradas ardieron alrededor de él, abrasando a sus atacantes. Uno de ellos chilló y cayó, con la piel ennegrecida y los globos oculares fuera de su sitio por culpa del calor. El Traidor estalló en carcajadas. Esos taumaturgos que formaban parte de esa hueste enemiga tuvieron que redirigir sus hechizos a la desesperada para poder protegerse.

El Señor de Outland percibió una presencia detrás de él, una figura envuelta en sombras que empuñaba un par de espadas. Esas armas estaban impregnadas de un veneno que hizo que frunciera la nariz. Se volvió justo cuando su asaltante se disponía a clavárselas

en la espalda. Con una mano, lo agarró de la garganta. A continuación, pronunció una palabra mágica y un fuego muy persistente lo cubrió por entero. Acto seguido lo arrojó al suelo, donde se quemó hasta que solo quedaron unos huesos ennegrecidos.

Una flecha voló veloz como un rayo hacia la cabeza de Illidan. Este se giró, de tal modo que rebotó en uno de sus cuernos. Súbitamente, una gigantesca bestia depredadora se abalanzó sobre él. Al instante invocó una muralla de sombras que fue absorbiendo la fuerza vital tanto de la bestia como de los atacantes más próximos. Esa vitalidad se adueñó de su ser por entero, proporcionando aún más energía a sus sortilegios. A renglón seguido tuvo que bloquear otro ataque y acabó con su asaltante.

Un júbilo salvaje le recorría las venas. Cada muerte que provocaba era motivo de regocijo, ya que se alimentaba de las energías liberadas. Cada enemigo caído era una causa más de gozo, de un alborozo que lo empujaba a clamar victorioso hacia el cielo. Habían venido a matarlo, ¿verdad? Bueno, pues iban a descubrir que no iba a morir tan fácilmente.

Akama tenía que admitir que el Traidor batallaba de un modo impresionante. A pesar de que sus aliados eran algunos de los mejores combatientes de Azeroth y de que los estaba ayudando como mejor podía, estaban cayendo uno tras otro. En esos momentos, atacar a Midan era como atacar a un lobo rabioso y herido. Sin lugar a dudas, pretendía llevarse consigo al otro mundo a todos los que pudiera. Y lo que era aún peor su implacable ferocidad podría cambiar el signo de la batalla y lograr que se alzara victorioso. Si triunfaba, podría abandonar ese lugar y reorganizar a los defensores del Templo Oscuro. Entonces, el panorama sí que se tomaría muy oscuro para el pueblo de Akama.

—¡Vamos, esbirros míos! —vociferó Illidan—. ¡Ocúpense de este traidor como se merece!

El Tábido percibió que se aproximaban unos refuerzos leales al Traidor. Si lograban llegar hasta ahí y flanqueaban a los atacantes de Illidan, el curso de la batalla cambiaría totalmente.

Entonces Akama exclamó:

—¡Yo me ocuparé de esos bastardos! ¡Ataquen ahora, amigos míos! ¡Ataquen al Traidor!

Se alejó de ese combate para ocuparse de los centinelas que se acercaban raudos y veloces, dejando a sus aliados abandonados a su suerte.

* * *

Un descomunal centinela gólem se cernió de un modo amenazador sobre Maiev, a la que intentó atrapar con sus enormes manos metálicas. Maiev despachó a esa creación de los elfos de sangre con un solo golpe. A continuación, miró a su alrededor. Por toda la vasta extensión que ocupaba el jardín del placer, había claros indicios de que ahí se había desatado una lucha hacía poco. Unas concubinas muertas se encontraban tendidas sobre el césped cubierto de flores, con unas armas blancas impregnadas de veneno en las manos. Los miembros cercenados y las cabezas decapitadas de los hechiceros sin’dorei yacían junto a ellas. Akama y sus aliados habían dejado un rastro de destrucción que resultaba muy fácil de seguir.

Subió las escaleras corriendo. Percibía que se habían desatado unas energías titánicas en algún lugar situado por encima de ella. Supo enseguida que quien las manipulaba era el Traidor. Tenía la impresión de que la batalla final había empezado sin ella. Apretó el paso dispuesta a sumarse al combate, mientras imploraba a Elune que no llegara tarde para impartir justicia.

* * *

El paladín trazó un arco descendente con un martillo reluciente, que se estrelló contra el suelo justo delante de Illidan, haciendo añicos la mampostería. El Señor de Outland se elevó en el aire de un salto, batió las alas con fuerza y observó detenidamente a sus atacantes. Entonces extendió los brazos ampliamente e invocó una vez más a las poderosas llamas. Una enorme bola de fuego cayó violentamente sobre sus atacantes, justo en medio de ellos. Un guerrero huyó corriendo de esas llamas, de tal manera que su capa ardiendo dejó tras ella una estela similar a la de un cometa.

El Traidor clavó su mirada en el suelo e invocó a un demonio azul de fuego. Una combatiente que avanzaba corriendo chocó contra él. El monstruo se aferró a ella, quemándola, a pesar de que la guerrera se tiró al suelo y rodó por él, para intentar apagar las llamas.

Unos relámpagos brotaron del suelo e impactaron sobre Illidan. El aire se tomó muy gélido, gracias a un mago especialmente audaz que intentaba neutralizar el poder del Traidor con el poder del hielo. Illidan lanzó una andanada de descargas de las Sombras que cayeron sobre el taumaturgo como una lluvia que le desgarró la carne mientras aullaba de dolor.

Había llegado el momento de enseñarles a esos necios qué era el poder de verdad.

Arrojó sus gujas de guerra al suelo y, acto seguido, invocó el poder que anidaba dentro de ellas.

—¡No voy a permitir que una chusma como ustedes me toque! ¡Contemplen las llamas de Azzinoth!

Unos elementales del fuego gemelos brotaron de ellas en respuesta a su invocación. Estaban unidos por un cordón ígneo y arremetieron en tropel contra los atacantes, quienes se reagruparon en una formación en círculo para poder defenderse.

Illidan aprovechó esta maniobra de distracción para descansar. Entre tanto, detrás de él, los invasores se enfrentaban a los seres que había invocado con unas armas encantadas y una salva de hechizos. Otro par de adversarios cayeron antes de que pudieran eliminar a esos elementales ardientes.

El Señor de Outland sacó fuerzas de flaqueza, dispuesto a llevarse consigo al otro mundo a tantos enemigos como fuera posible.

Arremetió contra sus atacantes, empleando de nuevo su poder vil, el cual envolvió todo su cuerpo, transformándolo en algo gigantesco, demoníaco e imparable. Lanzó llamaradas, que incineraron a sus rivales, que quemaron su carne, su sangre y su espíritu.

Una bruja envuelta en una capa de hechizos de protección cargó contra él, sosteniendo en alto su bastón. Illidan contraatacó, pero los conjuros de defensa que la protegían neutralizaron en parte la potencia de su acometida. Sintió el impacto de un hechizo tras otro. Notó que en su cuerpo se había iniciado el proceso de putrefacción. Dotó a las sombras que lo envolvían de un fragmento de su voluntad y, a continuación, se desprendió de él para que atormentara a sus atacantes. Hizo esto una y otra vez mientras sus oponentes lo hostigaban.

Lanzó una oleada tras otra de fuego infernal contra ellos. Cada vez le resultaba más difícil matar a sus enemigos, quizá porque se hallaba más débil que al comienzo del combate o quizá porque ya había acabado con los enemigos más fáciles de eliminar. Ese bombardeo constante de descargas de energía mágica estaba agotando sus fuerzas. La intensidad de los ataques del enemigo fue creciendo, ya que sus adversarios intentaban abatirlo desesperadamente.

De repente reinó la calma por un momento. Había logrado capear el temporal. Se irguió, contempló con odio a sus oponentes y dijo:

—¿Eso es todo, mortales? ¿Esa es toda la furia que pueden desatar contra mí?

Entonces una voz gélida que le resultaba muy familiar reverberó a través de toda la cima.

—Su furia palidece ante la mía, Illidan. Tú y yo tenemos que saldar cuentas.

El Traidor volvió la cabeza. Una figura que conocía demasiado bien se hallaba ahí, con un arma en ristre. Al principio se preguntó si podía ser un espejismo, un espectro que había sido invocado desde las simas de su imaginación por medio de algún encantamiento; sin embargo, su visión espectral le indicaba que eso no era así. Esa figura tenía peso, masa y presencia. Conocía esa armadura perfectamente. Y esa media luna. Reconocía la arrogante superioridad de esa voz y esa actitud. No había ninguna duda. La celadora Maiev se encontraba ahí.

La ira bullía en su interior. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para poder hablar. Durante mucho tiempo la había tenido a su merced y no la había matado. Y ahora estaba ahí.

—Maiev…

¿Cómo era posible?

Pero ya sabía la respuesta: Akama, al que había encomendado la misión de vigilar a la prisionera, había hecho justo lo contrario, la había liberado.

Los ejércitos del Tábido se aproximaron formando una nueva línea de batalla. Al parecer, habían ganado confianza y fuerzas gracias a la presencia de Maiev y al desconcierto del Señor de Outland.

Illidan casi pudo ver esa sonrisa cruel que se dibujó en los labios de la celadora bajo ese yelmo.

—Ah, mi larga cacería por fin ha llegado a su fin —afirmó Maiev—. Hoy se hará justicia.

* * *

La celadora avanzó hacia él, mientras giraba su arma en la mano. Illidan intentó detenerla. Unas sombras malévolas la arañaron. Unas olas de fuego cayeron sobre ella.

Sin embargo, su armadura la protegía mientras recortaba esa distancia. Entonces arremetió contra el Traidor. Este paró el golpe. Por un momento, permanecieron muy juntos, pecho contra pecho, como unos amantes. Maiev podía percibir la furia que ardía dentro de él, todo ese odio acumulado, toda esa energía acumulada.

Súbitamente lanzó el hechizo que había estado preparando durante los meses que había estado en prisión. El encantamiento brilló en el suelo, justo delante de ella, y la celadora dio un paso atrás para apartarse. El Traidor activó el conjuro al abalanzarse sobre ella. Unas cadenas hechas de pura energía surgieron de la trampa e iniciaron el proceso de absorción del poder de Illidan. Este esbozó una mueca de contrariedad al darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

Los aliados de Akama se sumaron a la lucha de inmediato, con sus armas en ristre y los hechizos reluciendo en el aire. Esas armas alcanzaron su objetivo de manera violenta y certera. Aunque Illidan contraatacó con sus gujas, se giró y retorció para evitar los golpes y lanzó contrahechizos, había perdido parte de su furia. Se trastabilló hacia delante y cayó en otra trampa que le había tendido Maiev. Los combatientes de Azeroth no cejaron en su empeño de destrozarlo mientras se tambaleaba bajo el impacto de ese asalto mágico.

La celadora solo tenía ojos para su antiguo enemigo. Sabía, al igual que él, que esta sería la última vez que batallaran. Uno de los dos no iba a salir vivo de ese combate. Pensó en Anyndra, Sarius y todos los demás que habían muerto por el camino que la había llevado hasta ese momento. Pensó en su estancia en prisión, que había avivado su sed de justicia. Su vida entera encontraba sentido en ese momento.

Las armas de Maiev e Illidan centellearon a tal velocidad que ningún ojo era capaz de seguir sus movimientos. Cada una de esas hojas detenía a la otra. Los hechizos de protección contrarrestaban los conjuros de destrucción. Daba igual con qué lo atacara Illidan, ella lo neutralizaba. Cada uno de los golpes de la celadora anunciaba su inminente victoria. Maiev iba a ganar y podía ver en la expresión de Illidan que él también comprendía esa verdad.

Más y más sortilegios arreciaron sobre el Traidor. La celadora quería pedirles a los demás que pararan, pues deseaba derrotarlo ella sola, para disfrutar de un solitario triunfo, pero ya era demasiado tarde para eso. Se tendría que conformar con que se fuera a hacer justicia.

El final llegó de una manera repentina. El acero y los hechizos centellearon en el aire y su media luna alcanzó su objetivo, atravesándole las costillas, horadando la carne, buscando ese corazón que todavía latía en esa masa de carne transformada de un modo demoníaco.

Por un momento intentó contraatacar. Curvó los labios para mostrar una sonrisa desdeñosa y arrogante. Dio la sensación de que estaba a punto de pronunciar otro sortilegio, pero entonces se dio cuenta de qué acababa de suceder al mismo tiempo que el dolor lo invadía. Al instante, cayó de rodillas.

* * *

Un incrédulo Illidan alzó la vista. Su mirada se encontró con la de Maiev, quien lo contemplaba con frío odio. Esa mirada era como la un depredador que por fin había dado caza a su presa. Había satisfacción en ella, y locura, y algo más. Lo había matado, pero no era consciente de lo que había hecho.

—Se acabó —dijo la celadora—. Has sido derrotado.

Al notar esa terrible explosión de dolor en el pecho, al fin asimiló la verdad que encerraban esas palabras. Su existencia había llegado a su fin. Todos esos largos años de estudio, de lucha, de encarcelamiento habían concluido. La miró y, por un instante se compadeció de Maiev, puesto que no era consciente de que todo había acabado para ella también. Haciendo un gran esfuerzo logró que estas palabras brotaran de sus labios:

—Has ganado…, Maiev. Pero la cazadora no es nada… sin su presa. No… eres nada… sin mí.

La oscuridad lo envolvió. Por un momento, vio un sello, que era el mismo que el naaru le había dejado en su momento en la frente, cuyas líneas brillaron con una luz dorada por un instante. Acto seguido, el universo se sumió en la oscuridad.

* * *

Maiev observó detenidamente el cadáver de Illidan. Bajo su yelmo, sus labios se curvaron para formar una sonrisa. Entornó los ojos mientras examinaba a su presa para cerciorarse de que estaba muerta. No estaba segura de qué esperaba que sucediera a continuación: que la embargara la emoción del triunfo, el placer de una victoria largamente postergada, pero no, no sintió nada de eso.

Aquel cadáver se hallaba en un estado lamentable. Había sido despojado de todo poder, toda magnificencia. Ahí yacía otro monstruo que había acabado saciando la sed de sangre de su media luna. Al contemplar el cuerpo de Illidan, pensó: ¿Por esto he luchado tanto durante todos estos largos milenios que he vivido? No parecía suficiente para compensar todos los años que había invertido y todas las vidas que se habían perdido.

Reflexionó sobre las últimas palabras del Traidor. ¿Acaso el derrocado Señor de Outland había lanzado un hechizo al pronunciarlas, una última maldición? Escrutó el entramado de conjuros defensivos que la envolvía y comprobó que se hallaba intacto. Si Illidan la había maldecido, lo había hecho con más sutileza que ningún otro mago en toda la historia.

No. Esas palabras no habían encerrado ninguna magia, solo la verdad. Había consagrado gran parte de su vida a dar caza al Traidor y ahora se sentía perdida. Se sentía vacía.

—Tiene razón —susurró—. No siento nada. No soy nada.

Posó su mirada sobre los aliados de Akama. ¿Acaso eran ellos los responsables de que se sintiera así? ¿Acaso le habían privado de su triunfo por el mero hecho de hallarse presentes ahí? Por un instante, se encontró al borde del abismo de la locura y se planteó la posibilidad de atacarlos, pero enseguida desechó esa idea.

—Adiós, campeones —les dijo.

La celadora apenas miró a Akama mientras abandonaba la cima.

* * *

Akama observó cómo Maiev se marchaba. El Tábido se había enfrentado a los refuerzos del Traidor con el fin de ahuyentarlos y de ganar tiempo para que sus aliados pudieran acabar con Illidan. Y eso habían hecho, con la ayuda de una poderosa elfa de la noche. Aunque le habría gustado darle las gracias, también se alegraba de que se hubiera ido, pues era imposible saber lo que alguien tan violento, impulsivo y poderoso haría en tales circunstancias. Además, ella tenía razones de sobra para odiarlo, así que se alegraba de que no hubiera intentado vengarse de él también.

Akama contempló el cuerpo de su antiguo maestro. Ahora parecía mucho más pequeño, y en cuanto se agachó para alzarlo del suelo le pareció más ligero que el cadáver de un niño, era como si se hubiera vuelto muy liviano tras partir el espíritu de su dueño. No obstante, todavía había un misterio que desentrañar. ¿Dónde estaban los cazadores de demonios? ¿Por qué no habían participado en la batalla? Había percibido que Illidan había abierto un portal. Si lo habían cruzado, ¿adónde los había llevado? ¿De verdad habían ido a Argus? Intentó no pensar en ello. Ya afrontaría ese problema algún otro día. Ahora debía afrontar las consecuencias de la victoria.

Daba la impresión de que los demonios habían librado una guerra en esa cima, donde la piedra se había derretido y había fluido como la lava, donde unas sombras pendían en lugares donde no debería haber ninguna.

Hay que purificar este lugar, pensó. Habría que levantar altares, habría que celebrar unos funerales en nombre de los caídos. Había mucho trabajo que hacer. Pero su gente podría hacerlo. Ahora que volvían a hallarse completos, ahora que volvían a estar unidos, no había nada que no pudieran conseguir.

—La luz inundará estas lúgubres estancias una vez más —afirmó—. Lo juro.

A continuación, se dio la vuelta y se alejó renqueando de ese lugar donde había caído el Señor de Outland.

* * *

Vandel se despertó, si es que a eso se podía llamar despertar. Tenía una cicatriz ahí donde la media luna de Maiev lo había herido. Aunque las heridas se le habían cerrado solas, se sentía débil; además, le dolía la cabeza por culpa de un enorme tajo que tenía en el cráneo.

Tras echar un vistazo a su alrededor se percató de que la zona de adiestramiento estaba repleta de combatientes Aldor y Arúspices, que entonaban canciones de victoria, que bebían a tragos de las cantimploras que compartían unos con otros y se daban golpecitos en la espalda. Al parecer, toda rivalidad entre ambas facciones había quedado olvidada.

Entre esos soldados se encontraban los Ashtongue. Los Tábidos parecían imbuidos de una gran confianza. Se movían con decisión, y no con apatía. Contemplaban aquel entorno como alguien que acabara de recibir todo aquello en herencia.

Vandel comprobó si sus miembros y extremidades respondían como era debido. No parecía haber sufrido lesiones graves. A continuación, se adentró sigilosamente en una zona llena de sombras y se volvió invisible.

—¡El Traidor ha muerto! —gritó de manera triunfal un elfo de sangre.

Ese anuncio fue recibido con vítores. Pudo oír cómo retumbaba por todo ese vasto patio por el que anteriormente habían caminado los demonios que habían jurado servir a Illidan y donde los Dragonmaw habían reunido a sus potentes corceles.

¿Acaso eso era verdad? A su alrededor podía contemplar cuáles habían sido las secuelas de esa masacre, así que concluyó que eso era perfectamente posible. Pensó en la amenaza que suponía la Legión Ardiente. ¿Qué ocurriría ahora que el único líder que había comprendido jamás la magnitud de ese peligro había perecido? ¿Y dónde estaban sus compañeros?

Expandió sus sentidos y los llevó al límite, para intentar localizar a algún otro cazador de demonios. Sin embargo, se habían esfumado, como si nunca hubieran existido. ¿Acaso habían muerto todos? ¿Era él el último? ¿Acaso la gran guerra de Illidan había acabado antes de empezar siquiera?

Una terrible desesperación se adueñó de él. En medio de todos esos cánticos victoriosos, sintió ganas de llorar. Esos supuestos héroes no comprendían el tremendo daño que habían hecho.

Todo estaba perdido. Ahí ya no había nada que hacer. Podría arremeter contra ellos, atacarlos a diestro y siniestro, hasta que acabaran con él para siempre esta vez. Contempló el amuleto que había confeccionado para Khariel mucho tiempo atrás. Ya no podría consumar su venganza. Se preparó para atacar e invocó una gran cantidad de energía vil que le permitiría matar sin parar.

Entonces oyó una voz muy familiar; era la voz de Illidan, pero apenas era un susurro que podía proceder de los confines del universo, o del reino de la muerte o de los rincones más recónditos de su memoria.

Debes estar preparado.

Permaneció quieto un instante, conteniendo esas terribles ganas de ejercer la violencia. Esa voz sonaba demasiado real como para ser un mero recuerdo. Era como si el Traidor le estuviera hablando como cuando lo había llamado por última vez. ¿Era posible que algún vestigio de su espíritu hubiera sobrevivido?

Ya habría tiempo para pensar en tales cosas más adelante. Ahora había mucho que hacer. Había muchos demonios que matar. Había que vengarse. Tal vez pudiera transmitir ese mensaje a otros, a los que y entrenaría con el fin de estar preparados para cuando llegara el día en que la Legión Ardiente reapareciera en busca de la victoria definitiva.

Invocó unas energías demoníacas, se adentró en una sombra y se desvaneció en la noche.

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