Illidan – Capítulo Veintiocho

IllidanEl día antes de la Caída

Maiev alzó la mirada y vio a Akama junto a la puerta que llevaba a su jaula una vez más.

—¿Has venido a hacerme promesas en vano de nuevo? —preguntó la celadora, a quien le resultó muy difícil que una cierta amargura se reflejara en su voz.

Akama se acercó renqueando, ladeó la cabeza y la miró directamente a la cara. La intensidad de su mirada era tal que se sintió muy incómoda, aunque no lo demostró.

—No —respondió el Tábido, quien no pudo impedir que su tono de voz revelara cierto agotamiento o miedo—. ¿Te sientes con fuerzas?

—Déjame salir de esta jaula y te lo demostraré.

Maiev llevaba meses reservando fuerzas. A pesar de que estaba segura de que nunca se había hallado tan fuerte, los conjuros que la retenían ahí todavía resistían.

—¿Aún recuerdas cómo se empuñaba un arma blanca? —inquirió Akama.

Maiev sintió la tentación de lanzarle una réplica desdeñosa, pero vio algo en su actitud que se lo impidió.

—Eso es algo que jamás podría olvidar.

—Eso espero —apostilló Akama.

—¿Por qué has venido?

—Porque la Horda y la Alianza están asediando el Templo de Karabor. Se han aliado con los Aldor y los Arúspices. Incluso cuentan con la ayuda de algunos naaru.

Pronunció esas palabras con suma rotundidad.

—¿Acaso el Traidor te ha enviado aquí para que me mates? ¿Acaso carece del coraje necesario para hacerlo él mismo?

Akama se llevó un dedo rechoncho a los labios. El líder de los Ashtongue meditó lo que iba a responder y, únicamente por un breve instante, una levísima sonrisa se dibujó en su rostro.

—No eres tan importante para él. A pesar de que su imperio se desmorona y cae pasto de las llamas, parece estar más preocupado por otras cosas. Por suerte para ti y para mí.

Aunque las llamas de la esperanza se avivaron en el corazón de Maiev, mantuvo un gesto impasible. No quería dar a sus enemigos la satisfacción de saber que habían pulsado la tecla adecuada a nivel emocional.

—¿Crees que lo derrocarán?

—¿Quién sabe? Incluso ahora sigue siendo el ser más poderoso de Outland; además, cuenta con unos tenientes de un conocimiento similar al suyo. Por otro lado, este templo es una fortaleza sin parangón en este mundo; podría resistir aquí dentro durante años. También cabe la posibilidad de que sus enemigos se acaben peleando entre ellos. Le conozco desde hace demasiado tiempo como para saber que no va a caer fácilmente.

—Aun así, crees que podrían derrocarlo.

—Si un pequeño destacamento con un poder suficiente pudiera infiltrarse en el templo, si contaran con la ayuda adecuada…

—Y, por supuesto, tú estás en posición de prestar tal ayuda. Perdóname si me cuesta creerte. Tengo la impresión de haber oído esta historia antes. La última vez, las cosas no acabaron demasiado bien para aquellos que me acompañaban ni para mí. Ni siquiera para tu gente si la memoria no me falla.

Si bien Akama al menos tuvo la dignidad de parecer avergonzado, siguió mirándola a los ojos.

—Esta vez, de un modo u otro, el final será muy distinto.

—No te creo.

—Tengo algo que tal vez pueda convencerte.

—¿De qué se trata? —preguntó Maiev de la manera más desdeñosa posible, a pesar de que no pudo evitar que las llamas de la esperanza ardieran aún con más fuerza en su pecho.

—Retrocede —le pidió Akama, quien aguardó a que la celadora se apartara y, a continuación, invocó un poderoso flujo de magia.

Los conjuros que la mantenían encerrada cayeron. Como era incapaz de creerse lo que estaba viendo, Maiev empujó la puerta de la celda, que se abrió al instante.

Aunque sintió la tentación de abalanzarse sobre Akama para partirle el cuello a ese traidor, estaba desarmada y el Tábido seguía siendo muy poderoso; además, estaba segura de que unos escoltas se hallaban cerca, dispuestos a responder de inmediato a su llamada.

—Si me la estás jugando, te mataré, anciano.

Esas palabras brotaron de sus labios sin que pudiera evitarlo.

—Tal vez te resulte difícil, ya que careces de armas y de una armadura — replicó Akama.

—Confío en que pongas remedio a eso de manera inmediata.

—No te equivocas al depositar tu confianza en mí… esta vez.

* * *

Maiev se puso los guanteletes y, a renglón seguido, cogió el yelmo y se lo colocó en la cabeza, como si fuera una corona. Un complejo entramado de magia protectora se activó a su alrededor. Ahora volvía a tener poder y no iba a permitir que la volvieran a encerrar en una prisión. Esta vez, si se trataba de una trampa, más les valdría matarla.

Akama se encontraba cerca de ella en ese cuarto de la guardia y sostenía la media luna umbría de la celadora. Maiev había podido comprobar que el camino hasta esa sala estaba sembrado de cadáveres de demonios. Los únicos carceleros que quedaban en pie eran Ashtongue. Los demonios estaban muertos, lo cual era una pena, puesto que le habría encantado haber podido matar ella misma a esas abominaciones.

Extendió un brazo de manera autoritaria, exigiendo así que le entregara su arma. Akama contempló esa arma blanca, como si estuviera intentando adivinar qué iba a hacer la celadora con ella en cuanto la tuviera en las manos.

—¿Temes que te vaya a matar?

—Temo que lo vayas a intentar.

—¿Por qué no debería hacerlo?

—Porque no eres estúpida. No nos enredemos en jueguecitos propios de necios, Maiev Shadowsong. Si has recuperado la libertad es porque yo te he liberado. Puedes satisfacer tu infantil sed de venganza o puedes ayudarme a vencer a tu verdadero enemigo.

—Puedo hacer ambas cosas.

—No. No puedes. Solo yo puedo lograr que entres en el Templo de Karabor. Solo yo puedo guiarte hasta el Traidor. Decide ahora a quién deseas matar. A él o a mí. Tú eliges.

—¿Por qué debería creerte esta vez?

—Porque he arriesgado mucho más que mi propia vida al haberte liberado. He puesto en peligro a mi propia alma y a mi propio pueblo. Te he mantenido con vida con un propósito, Maiev Shadowsong. Te he protegido como si fueras mi mayor tesoro. Si me sigues hoy, te enfrentarás a Illidan y tal vez incluso lo derrotes. Si me matas, podrás huir, pero quizá nunca vuelvas a tener otra oportunidad de matar al Traidor. ¿Qué decisión vas a tomar?

Sin mediar más palabra, Akama le lanzó el arma para que la cogiera. El Tábido permaneció alerta. Maiev sopesó la media luna. Le dio vueltas en la mano una y otra vez. Si había algún conjuro capaz de convertirla en una trampa, era incapaz de detectarlo. Por un instante, sintió la tentación de clavarle esa hoja en el corazón al traidor de Akama, pero se contuvo.

—Te perdono la vida. Haré justicia con Illidan.

—No —le corrigió Akama—. Te vengarás de él. Creo que eso te hará sentirte más satisfecha.

* * *

Illidan examinó la situación desde las almenas. Una avalancha de seres de carne y hueso embutidos en armaduras se estrellaba contra las murallas del Templo Oscuro. Una lluvia de conjuros caía sobre los hechizos de protección. Millares de soldados avanzaban para batallar contra sus demonios.

Allá abajo percibió la presencia de ciertos seres que no eran mortales. Discernió la luz palpitante de los naaru. Ya podía ir despidiéndose de esas promesas que le había hecho en Argus aquel vetusto naaru. Al parecer, solo uno de ellos tenía fe en su futuro. Sin duda alguna, esos seres de allá abajo estaban en su contra.

Illidan se encogió de hombros y las alas enfatizaron ese gesto.

—Da igual.

Sus consejeros parecían hallarse estupefactos. Un par de ellos sonrieron y trataron de poner buena cara al mal tiempo, como si creyeran que su líder tenía un plan que podría salvarlos.

—Confiamos en su buen juicio, señor —aseveró Gathios el Devastador.

—Más te vale confiar en las murallas del Templo Oscuro —replicó Illidan—, así como en sus propios conjuros y armas. Bajen y prepárense para batallar. No creo que nuestros invitados vayan a marcharse en breve, así que deberíamos recibirles como es debido.

El Señor de Outland se planteó la posibilidad de dar la orden de que Maiev fuera ejecutada antes de que pudiera ser rescatada. De ese modo, podría saciar su sed de venganza, aunque fuera solo levemente; no obstante, tal vez fuera la única revancha de la que gozaría ese día. Pero ¿quién sería el verdugo? Akama tal vez. Pero ¿dónde estaba el Tábido? Illidan invocó el hechizo que había lanzado en su momento sobre el líder de los Ashtongue, puesto que seguía activo. Esa sombra todavía seguía en su poder y podría ser desatada si era necesario. Saber eso le proporcionaba una cierta satisfacción. Pero no. Aún no mataría a Maiev, no cuando todavía cabía la posibilidad de hacerla sufrir.

Un grupo de paladines draenei, ataviados con tabardos de la Alianza, cargaron por el camino contra las puertas del Templo Oscuro. Como no podía ser de otra forma, esos patanes mojigatos lideraban el ataque, ya que creían que debían oponerse siempre al mal, allá donde lo encontraran, y él encajaba en la simplona concepción que ellos tenían sobre el mal; desde su punto de vista, encajaba a la perfección en ese papel. Los guardianes demoníacos del Traidor corrieron en tropel a enfrentarse con ellos. Unos martillos mágicos chocaron con unas armas demoníacas. En medio de toda esa terrible confusión resultaba difícil saber quién había ganado. Entonces pudo verse cómo los soldados de la Alianza retrocedían.

Una compañía de trolls de aspecto brutal de la Horda entró en acción para reforzar a los paladines. Entre ellos se movían raudas y veloces unas figuras envueltas en sombras que atacaban con un poder asombroso y de un modo muy letal en cuanto los demonios les daban la espalda. Illidan era capaz de ver el brillo de los sortilegios que las ocultaban cuando se movían; sin embargo, daba la impresión de que sus aliados demoníacos eran incapaces de verlo.

Parecía que los atacantes iban a imponerse, pero entonces una lluvia de meteoros impactó contra el suelo alrededor de la zona donde se estaba combatiendo, los cuales resultaron ser unos infernales al abrirse. Todo esto era obra de unos brujos que se hallaba en el interior del templo.

Illidan evaluó la situación. El templo contaba con suministros suficientes y los hechiceros que estaban en él podían invocar ayuda demoníaca casi indefinidamente. No obstante, entre los atacantes había algunos magi, así como otros seres que podrían contrarrestar las acciones de sus brujos.

Unas nubes de polvo se elevaban en la lejanía, anunciando la llegada de refuerzos para los atacantes. Contaban con la ventaja de la superioridad numérica y, con casi toda seguridad, cada vez serían más. La Alianza y la Horda contaban con todos los recursos de un mundo entero y con unos ejércitos curtidos en infinidad de batallas. Su presencia frente a sus murallas era una perfecta muestra de lo fuertes que se habían vuelto.

Examinó sus propias defensas. En las zonas de adiestramiento se habían reunido los orcos del clan Dragonmaw. Por encima de él, los dragones volaban en formación. Sus tropas se habían congregado formando compañías alrededor de las máquinas de asedio. En la entrada del Santuario de las Sombras, se hallaba Supremus; el abisal se alzaba imponente sobre los gigantescos extiendemiedos Illidari que pululaban por el patio, batiendo las alas y con las armas en ristre.

Cualquier atacante que fuera capaz de sortear a Supremus tendría que entrar en el Santuario de las Sombras, donde se enfrentaría a más demonios y hechiceros. Y después de estos, los aguardaban más y más barreras defensivas.

Illidan volvió a contemplar aquel ejército que asaltaba el templo. Alrededor de las puertas se estaba produciendo una gran conmoción: unos enormes arietes avanzaban empujados por la hechicería, mientras una oleada tras otra de tropas Aldor y Arúspices batallaban contra los defensores demoníacos.

No importaba lo fuertes que fueran las defensas. El enemigo contaba con fuerzas suficientes como para conseguir que el templo acabara cayendo.

A Kil’jaeden lo apodaban el Falsario por una buena razón: al parecer, los había vuelto a engañar a todos una vez más. No había traído a sus propias fuerzas hasta ese lugar porque sabía que no le haría falta, puesto que la única manera de debilitar a sus enemigos era enfrentándolos unos contra otros. En cuanto esta batalla concluyera, la Legión intervendría y los destruiría. Al defender el templo con tanto empeño, Illidan lo único que estaba logrando era hacerle el trabajo sucio a Kil’jaeden.

Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Si se rendía, no conseguiría nada, ya que sus enemigos habían jurado matarlo. Lo único que podía hacer era resistir hasta que el portal estuviera acabado, y entonces…

Illidan había cometido un error al centrar toda su atención en la Legión Ardiente y la búsqueda de Argus. Se envolvió con sus alas, las cuales apretó con fuerza por un instante, pero enseguida las relajó, aunque para ello tuvo que hacer un gran esfuerzo.

Esto era una mera distracción. El Templo Oscuro era la mayor fortaleza de Outland. Tenía tiempo suficiente para abrir el portal hacia Argus, pero debía ponerse manos a la obra ya.

Illidan regresó a la cámara donde estaba confeccionando el sortilegio. Le dolía la cabeza. Se sentía débil físicamente. Las dudas lo asolaban a muchos niveles. ¿De verdad iba a tener el tiempo suficiente como para completar el portal? ¿Y si las fuerzas que asediaban esa ciudadela daban con un punto débil en las defensas? ¿Y si había errado en sus cálculos incluso en ese aspecto?

También podrían entrar por el alcantarillado, por lo cual debería enviar más nagas y elementales pare reforzar las tropas del Gran Señor de la Guerra Naj’entus.

Observó el patrón a medio acabar, que habría podido llegar a ser su obra maestra. Cogió la Calavera de Gul’dan y le dio vueltas y más vueltas en las manos. ¿Te sentiste así al final, viejo orco? ¿Derrotado incluso antes de empezar?

Se acercó al borde de ese patrón, contempló los símbolos escritos con su propia sangre y leyó esos mensajes de poder que, prácticamente, estaban a punto de cobrar vida y abrir un pasaje que cruzaría toda la faz del universo.

Había creído que había tenido en cuenta todos los posibles factores a la hora de concebir su plan. Había pensado que contaría con el tiempo suficiente. Entonces giró el cráneo, de tal modo que pudo clavar su mirada en esas cuencas vacías. Esa calavera parecía burlarse de él con esa amplia sonrisa.

En ese instante se acordó de la visión que el naaru le había mostrado. ¿Acaso eso también había sido una burla? Aferró con más fuerza si cabe el cráneo y a punto estuvo de hacerla añicos.

La lucha no había acabado. Reorganizaría las defensas del Templo Oscuro. Haría él mismo las veces de ancla para el portal si era necesario. Podría mantener la puerta abierta haciendo uso de su fuerza de voluntad si tenía que hacerlo. No iba a fracasar ahora que se hallaba ante el último obstáculo.

Iba a atacar el corazón de la Legión Ardiente y no importaba cuál fuera el precio a pagar.

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