Illidan – Capítulo Veintinueve

IllidanEl día de la Caída

Maiev observó detenidamente las inmensas murallas del Templo Oscuro.

La fortaleza se alzaba imponente sobre ellos, mostrándose totalmente inexpugnable. Unos colosales pinchos de piedra emergían de sus muros como espadas hendiendo el cielo.

Akama contempló la estructura como alguien que se moría de sed en el desierto podría mirar una fuente de agua espumosa. Su mira estaba teñida de esperanza y desesperación al mismo tiempo. Permanecía completamente ajeno al fragor y a la carnicería de la batalla que estaba teniendo lugar ahí cerca. Solo tenía ojos para ese lugar sagrado.

Maiev, sin embargo, no podía ignorar el hecho de que se estaba librando una guerra a su alrededor. Las fuerzas combinadas de los Aldor y los Arúspices habían iniciado el asalto que serviría de maniobra de distracción para que Akama pudiera intentar infiltrarse en el Templo Oscuro.

La amargura se extendía por el corazón de la celadora mientras el naaru Xi’ri confeccionaba unos hechizos para protegerlos tanto a ella como a Akama y a los nuevos aliados de Azeroth del Tábido. Los Sha’tar no se habían mostrado dispuestos a ayudarla cuando había ido a por Illidan. Si lo hubieran hecho, los acontecimientos podrían haber sufrido un giro muy distinto en la Mano de Gul’dan y sus compañeros tal vez seg uirían vivos.

Maiev echó un vistazo a esos aventureros procedentes de Azeroth. Percibió su poder y su nerviosismo. Llevaban semanas ayudando en secreto a Akama, actuando como sus agentes para llevar a cabo misiones que él no podía realizar. Ahora se estaban preparando para atacar al mismísimo Illidan. Se sentían muy emocionados y asustados a la vez, pues iban a infiltrarse en el Templo Oscuro. La propia Maiev se moría de ganas de que el naaru terminara de confeccionar esos hechizos. La hora de su venganza había llegado. Y esta vez el Traidor no escaparía.

Notó que cerca de ahí se hallaban unos demonios terribles, cuyo hedor a azufre impregnaba el aire, junto a la peste a carne quemada y a entrañas desparramadas. Había algo en ese olor que la estremeció hasta lo más hondo de su ser. Ese era el aroma de una batalla por la que merecía la pena luchar, una guerra en la que se decidía el destino de mundos enteros.

Se protegió los ojos ante tanta luz y observó cómo una compañía Aldor pasaba corriendo junto a la forma reluciente de un naaru mientras se dirigía a enfrentarse contra un destacamento de demonios con alas de murciélago. Los sortilegios ardían en el aire, las armas encantadas alcanzaban sus objetivos. Los Illidari estaban retrocediendo y los espectadores los abucheaban desde las murallas del Templo Oscuro.

Entre tanto, unos dracos abisales trazaban unos círculos en el cielo. Un escuadrón de esas criaturas descendió como un rayo, exhalando nubes de una devastadora magia arcana. La celadora permaneció en campo abierto y los retó a que intentaran hacerle daño, ya que gracias a su armadura era totalmente invulnerable a sus ataques. Notó que el naaru completaba los hechizos con los que iba a protegerla y vio que el aire refulgía a su alrededor.

La tierra se estremeció en cuanto otra oleada de meteoritos se estrelló contra el suelo y otra oleada de infernales salió trepando de los cráteres que habían provocado. Unos diablos de polvo se elevaron sobre el lugar de la batalla. Una tropa de jinetes irrumpió a gran velocidad para sumarse a la contienda.

Akama hizo un gesto dirigido a ella.

—¡Ha llegado el momento, Maiev! ¡Desata tu ira!

Maiev sonrió mientras echaba a correr. Tras ella, avanzaban a gran velocidad Akama y sus aliados de Azeroth, así como un potente destacamento compuesto por tropas Aldor y Arúspices. Delante de ella podía ver esa turbamulta de demonios que ocupaba esos campos de la muerte que se encontraban ante las puertas del templo. Sátiros, guardias viles y cosas peores cargaron contra ella, quien gritó exultante:

—Llevo años esperando a que llegue este momento. ¡Illidan y sus perritos falderos serán destruidos!

De improviso, de entre las tinieblas de la batalla emergieron unos Señores del Terror alados. Se cernieron sobre ella de un modo muy amenazador, repletos de poder vil. Apuntó con su media luna umbría al más cercano y le abrió un gran tajo, llevándose por delante primero parte de un ala y después una pierna. El demonio cayó violentamente al suelo y, al instante, la celadora se subió de un salto a su espalda, para clavarle esa hoja tan profundamente en la columna vertebral que la punta de esta acabó enterrada en la tierra.

Mientras la vida abandonaba al demonio, extrajo su arma y se teletransportó detrás de otro, a la vez que imploraba ayuda a Elune para aniquilar a esa criatura.

El aire crepitó lleno de energía mágica al mismo tiempo que Akama y sus demás aliados lanzaban un torrente de conjuros. Los Señores del Terror y sus demonios inferiores cayeron ante ese ataque salvaje, pero se fueron sumando más y más a la contienda. La magia vil vibró en el aire al abrirse un portal cerca. Un nathrezim descomunal emergió de él. La celadora reconoció ese gigantesco ser carmesí: se trataba de Vagath, uno de los peores carceleros a los que Illidan había encomendado la tarea de vigilarla cuando se hallaba en prisión. Se acordó de todas las veces que aquel monstruo le había prometido que la sometería a tormentos sin fin. De algún modo, había logrado escapar de la masacre de la prisión. Pero esta vez se iba a cerciorar de que no escapaba con vida.

Akama exclamó:

—¡Mata a todos los que nos vean! Illidan no debe enterarse de que estamos aquí.

Maiev se abalanzó violentamente sobre el nathrezim. Intercambiaron una serie de golpes, y aunque Vagath era muy fuerte, la celadora lo era aún más. Al final logró que la hoja de su media luna atravesara la pesada armadura que protegía el pecho del Señor del Terror.

—¡Ha llegado tu hora, demonio!

Un incrédulo Vagath miró hacia abajo. Akama se acercó renqueando hasta Maiev. El nathrezim clavó sus ojos en el líder Ashtongue y dijo:

—Has sellado tu destino, Akama. ¡El amo se enterará de que nos has traicionado!

El Tábido negó con la cabeza.

—Akama no tiene ningún amo, ya no.

Al mismo tiempo que esas palabras salían de su boca, el portal palpitó una vez más y una avalancha de demonios brotó de él. Al verlo, una ira terrible dominó a Maiev, la cual arremetió contra ellos, golpeando a diestro y siniestro, abriéndose paso de manera violenta entre ellos, como la proa de un barco a través de las olas de un mar sangriento.

El enemigo la rodeó por todas partes, con la intención de que quedara atrapada en medio de ellos. Unas hachas de acero vil rebotaron contra su armadura. Unas garras demoníacas se clavaron en su coraza. La celadora contraatacó furiosamente con su media luna, puesto que era consciente de que tenía que cerrar el portal del que salían esos demonios en tropel, ya que si no, su misión habría acabado antes siquiera de empezar.

A sus espaldas creyó oír a Akama dar la orden de entrar en el Templo Oscuro. Daba la impresión de que iba a tener que cerrar ese portal ella sola.

Vandel miró a través de una buhedera de las murallas del Templo Oscuro. Dio un sorbo a la etermiel que le había sustraído a esos elfos de sangre parranderos en el Gran Paseo y sintió un agradable cosquilleo en la lengua.

Otra batalla masiva había estallado al otro lado de las puertas. Miró hacia abajo y vio cómo un destacamento de tropas Arúspices y Aldor cargaban contra los guardianes demoníacos.

Se levantaron unas enormes nubes de polvo, que taparon el combate, aunque logró entrever parte de la batalla a través de ellas. Un guerrero elfo de sangre cayó ante un sátiro. Un sacerdote Aldor destrozó a un guardia vil con el cegador poder de la Luz. Al contemplar esa lucha, sintió una extraña emoción, pues era como tener un asiento privilegiado para contemplar el fin del mundo.

Se percató de que, al parecer, los sirvientes de los naaru estaban ayudando a un grupo de Tábidos; además, ese no era… ¿Akama?

Se rumoreaba que Akama se había esfumado, que se había sumado al bando enemigo y que, en esos mismos instantes, estaba conspirando para provocar la caída del Templo Oscuro con los líderes de los Aldor y los Arúspices. Por lo visto, el rumor era cierto.

Un leve estallido de rabia surgió del demonio que anidaba dentro de Vandel. Unos recuerdos fugaces de batallas y muertes cruzaron su mente; no obstante, pudo mantenerlos a raya con suma facilidad.

De todos modos, parte de esa furia siguió dominándolo al ver cómo esas fuerzas atacantes se congregaban. Qué necios eran. ¿Acaso eran incapaces de darse cuenta de qué era lo que estaba ocurriendo? Creían que habían venido a atacar al demonio que gobernaba Outland. Oh, ¡qué equivocados estaban!

Pero era un error muy fácil de cometer. Al ver a esos demonios esclavizados que estaban defendiendo el templo, Vandel podía entender por qué los invasores pensaban de esa manera, ya que Illidan nunca se había tomado la molestia de explicar cuál era su propósito a cualquiera que no formara parte de su círculo más cercano.

Aunque tampoco eso importaba demasiado, puesto que, con casi toda seguridad, nadie lo habría creído. Simplemente, habrían pensado que eso formaba parte de algún astuto ardid. Tal vez fuera así. Incluso ahora, después de todo lo que había visto, de todo lo que había hecho y había vivido, Vandel no lo tenía nada claro.

¿Quién sabía realmente qué pensaba el Traidor? Dio otro sorbo a la etermiel y contempló cómo las explosiones pirotécnicas de esos hechizos se abrían paso entre los conjuros de protección de las murallas. ¿Cuánto tardarían en llamar a los cazadores de demonios para que se sumaran a la batalla?

* * *

Akama guió a su pequeño destacamento hasta las murallas del Templo de Karabor. Mientras tanto, en la lejanía, Maiev luchaba para intentar cerrar el portal. Rezó para que tuviera éxito, o al menos mantuviera bajo control al enemigo durante el tiempo que tanto él como sus compañeros necesitarían para entrar al templo.

A su alrededor, los demonios guerreaban contra los siervos de la Luz. Detrás de él, notó la presencia de los naaru, lo cual le partió el alma, puesto que eso le recordó a todos aquellos a los que había dado la espalda al pasar a servir al Traidor, a todos aquellos que habían dejado de fiarse de él y cuya confianza esperaba volver a ganarse.

Contempló los rostros ansiosos de sus aliados de Azeroth y las expresiones confiadas de sus escoltas Tábidos. Examinó esos huecos vacíos de su fuero interno donde antaño se habían encontrado algunos fragmentos de su alma. Hacía tanto tiempo que sentía que le faltaba una parte de su ser. Prefería morir a seguir así.

Lo cual era bueno, ya que eso era precisamente lo que iba a suceder si las cosas se torcían. De hecho, era lo mejor que podría pasarle.

No obstante, durante las últimas lunas el Señor de Outland había estado distraído, totalmente absorto en su demencial y grandioso plan. Si se le podía considerar realmente un plan. Incluso ahora, Akama no estaba seguro de si el Traidor pretendía en serio abrir un portal hacia Argus o si todo formaba parte de un gran engaño. Aún se acordaba de cómo Illidan había utilizado la captura de Maiev como un medio de ocultar su verdadero objetivo (abrir un portal a Nathreza), así que no estaba dispuesto a fiarse de nada que le hubiera dicho. Akama se acordó de todos los Tábidos que fueron asesinados cuando se abrió el portal, cuyas almas fueron devoradas, así como de todas las almas draenei que sufrieron el mismo destino en Auchindoun. No podía permitir que Illidan volviera a cometer tales abominaciones.

Delante de él se encontraba la entrada al alcantarillado, que estaba protegida por unos barrotes de acero vil y unos hechizos de defensa; no obstante, esas eran las barreras defensivas menos importantes, puesto que otras mucho peores les aguardaban más adelante. Lanzó el conjuro que les abriría el camino y entró.

Tenía delante la red de cloacas del Templo Oscuro. El camino ascendía por un desfiladero largo y rocoso hasta llegar a una cámara repleta de elementales y nagas. En la lejanía, oyó rugir al campeón naga, al Gran Señor de la Guerra Naj’entus.

Esperaba que sus tropas estuvieran listas para llevar a cabo esa misión.

Mientras su espíritu flotaba sobre ese conjunto de símbolos, Illidan se percató de que alguien estaba llamando a golpes a la puerta del sanctasanctórum y gritaba para llamar su atención. Podía oír todo eso a través de los oídos de su cuerpo, que yacía debajo de él. Introdujo su espíritu de nuevo en su forma física y escrutó su entorno. Oyó una voz de mujer, que se hallaba fuera de la estancia. Al instante, pronunció unas palabras mágicas y el sello de la entrada desapareció.

Lady Malande se hallaba ante él y contemplaba aquel enorme patrón con una mirada que reflejaba algo similar al asombro.

—Lord Illidan —dijo—. Un destacamento enemigo ha logrado entrar. El Gran Señor de la Guerra Naj’entus ha caído en la entrada del alcantarillado. Nuestros adversarios avanzan.

El Traidor tardó unos instantes en asimilar lo que acababa de escuchar. A Naj’entus se le había encomendado la misión de vigilar la entrada sellada de las alcantarillas, acompañado de un pequeño ejército; además, Illidan había enviado refuerzos, por lo que el campeón naga y sus fuerzas deberían haber sido capaces de mantener a raya a un ejército entero. Algo había ido terriblemente mal. Lo habían traicionado. Y lo habían hecho desde el interior del templo. Tal vez los responsables fueran unos elfos de sangre o algunos miembros del pueblo de Akama.

Daba la impresión de que se le había agotado el tiempo. Illidan cogió la Calavera de Gul’dan, cuya sonrisa pareció burlarse de él una vez más. Solo le quedaba una cosa por hacer. Tendría que valerse del poder de la succión de alma. Aún podía utilizarla con un objetivo muy concreto.

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