Illidan – Capítulo Veintisiete

IllidanEl día antes de la Caída

Illidan estaba sentado en el trono de la cámara del consejo. Aunque habían transcurrido semanas desde que había regresado de Auchindoun, todavía seguía débil. No había recuperado el nivel de poder que había poseído antes de utilizar la succión de alma.

Se volvió a plantear la posibilidad de enviar un destacamento a acabar con esos nigromantes, pero no podía malgastar recursos. Contempló la gran mesa del mapa. Sus ejércitos habían sido arrasados. Su imperio se desmoronaba. Entre la Alianza, la Horda y la Legión Ardiente habían devastado y dividido su reino de Outland. Lo único que podían hacer sus seguidores era resistir en los últimos puestos avanzados que aún seguían en pie en el Valle Sombraluna. Cuando se había sentido lo bastante bien como para oírlos, había escuchado los informes de sus capitanes, que no habían sido para nada alentadores.

La culpa era única y exclusivamente suya, puesto que había decidido ir a Auchindoun acompañado solo por sus orcos viles escoltas, puesto que había optado por reservar a los cazadores de demonios para la confrontación final, porque no había entendido que el verdadero peligro lo estaba aguardando en la ciudad de los muertos. Ese exceso de confianza iba a pagarlo muy caro, y quizá también todos los seres vivos.

Intentó no pensar en ello. No se podía permitir el lujo de pensar de ese modo. Debía de haber alguna esperanza, alguna pequeña posibilidad de vencer. Si no podía ganar la batalla él mismo, tal vez sus cazadores de demonios sí pudieran, ya que eran poderosos y habían sido adiestrados para librar esa lucha. Aunque quizá todos perdieran la vida, la victoria todavía podía ser suya.

Si sigues repitiéndotelo, pensó, tal vez llegues a creértelo de verdad. Esa reflexión amarga irrumpió en su mente, a pesar de lo mucho que intentaba evitarla. La duda era un demonio ante el cual no tenía defensa alguna.

Uno a uno, sus consejeros elfos de sangre entraron en la cámara. Por sus expresiones pudo deducir que no le traían buenas noticias. Aunque se levantó del trono y disimuló lo mejor que pudo el dolor que le impedía moverse con soltura, todos tenían la mirada clavada en él, mientras lo evaluaban y hacían sus cálculos. Los ahí presentes eran unos seres despiadados y ambiciosos que no se regían por una moralidad convencional.

Lo escrutaban como unos lobos podrían observar al líder enfermo de su manada. Si bien su imperio tal vez hubiera menguado, seguía siendo un imperio; sin lugar a dudas, muchos de los ahí presentes se consideraban más que capaces de gobernarlo e incluso creían que podrían reconquistar lo que se había perdido. Quizá tuvieran razón al respecto.

Pero eso no importaba. Illidan se sentía molesto por tener que estar ahí, se sentía molesto por tener que participar en esa charada. Cada minuto que invertía en aplacar a sus consejeros era un minuto que no invertía en concretar esos planes con los que pretendía poner punto y final a la amenaza de la Legión Ardiente. Haciendo un gran esfuerzo, recorrió con la mirada la estancia, ya que todos los presentes debían enfrentarse a la poderosa ira de esas cuencas desprovistas de ojos.

El Sumo Abisálico Zerevor fue el primero en hablar:

—Nos han llegado unas noticias muy interesantes de Tormenta Abisal. El Castillo de la Tempestad y nuestro antiguo y traicionero príncipe han caído. Aunque no sé si esto es una buena o mala noticia para nosotros…

Con suma impaciencia, Illidan hizo un gesto para ordenarle que se callara. Kael’thas se había aliado con Kil’jaeden, así que se merecía el funesto destino que había sufrido, fuera cual fuese. No era digno de que el Señor de Outland perdiera más tiempo con él. Se volvió hacia lady Malande.

—¿Alguna noticia sobre las Montañas Filospada?

—Lord Illidan, Gruul, el Asesino de Dragones, ha sido derrocado. Pero puedo buscar otros aliados. Solo necesitaré un poco más de tiempo.

Malande se equivocaba. En esas montañas no hallaría ningún aliado. No obstante, el Traidor asintió como si la creyera. Esa era una cuestión irrelevante. Debía centrarse de nuevo en construir el portal hacia Argus. Tenía que llevar a cabo el ritual final que establecería el punto de destino.

—Con todo respeto, lord Illidan —dijo Gathios—. El tiempo es uno de los muchos recursos que se nos están agotando. Debemos lanzar contraataques tanto contra la Alianza como la Horda, hay que enseñarles a tememos, tenemos que recuperar los territorios perdidos.

Gathios llevaba semanas insistiendo en eso, desde que había quedado claro cuál era el alcance de las conquistas de los invasores. Desde un punto de vista puramente militar, tenía razón. Si la única preocupación de Illidan fuera defender Outland, debería contraatacar; aunque quizá las cosas habían ido demasiado lejos como para que eso fuera factible, puesto que no contaban ya con fuerzas suficientes como para luchar una guerra en tres frentes.

Veras Darkshadow comentó eso mismo y añadió:

—Podríamos aliarnos con un bando u otro. Manipularlos para que se enfrenten unos con otros. Eso podría hacernos ganar algo de tiempo. No cabía duda de que Veras creía saber qué era lo que quería oír Illidan. No obstante, también era una propuesta con la que Zerevor y Malande iban a estar en desacuerdo.

Una discusión se inició entre los elfos de sangre. Entre tanto, Illidan repasaba mentalmente los planes del portal que lo llevaría a Argus. Todavía había mucho que hacer. Necesitaba más veraplata para las incrustaciones. Tenía que reforzar los hechizos de atenuación que transportarían la energía de la succión de alma hacia el portal. Tendría que cerciorarse de que el flujo de energía era constante y rápido, de que la puerta se abriera con suavidad. Tenía que lograr que la visualización fuera absolutamente clara. Nada podría ir mal, pues solo habría una única oportunidad. Por el momento, tal y como estaba la situación, tal vez pudiera abrir el portal, pero era imposible que pudiera permanecer abierto sin una fuerza de voluntad que lo mantuviera estable. Tenía que dar con la manera de asegurarse de que permanecería estable después de haberlo cruzado. Tenía mucho trabajo pendiente por delante.

—¿Qué opinas, señor? —preguntó Gathios—. ¿Qué deberíamos hacer?

De repente, se sintió muy harto de todo aquello. Estaba harto de oír esas patéticas y absurdas riñas sobre asuntos que ya no le incumbían. Estaba harto de esa sensación de debilidad y lasitud que lo invadía.

El tiempo se agotaba y tenía mucho que hacer; además, todo esto era una distracción innecesaria.

Illidan agitó una mano en el aire para indicarles que debían marcharse.

—Fuera de mi vista —les espetó.

* * *

Illidan recorrió con la mirada la gran cámara de transferencia. Día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto, había ido confeccionando el último y mayor sortilegio con el que generaría un portal. Había grabado cada línea en el suelo con su puño y letra. Él mismo había fundido la veraplata en los alambiques y había llenado con esa sustancia una línea tras otra. Había inscrito las runas por los bordes con icor de demonio que había mezclado con su propia sangre. Cada una de las paredes estaba repleta de unos símbolos de protección muy intrincados basados en sus propios tatuajes. En las zonas donde se unían los conjuntos de símbolos, había colocado unas calaveras de demonios y hechiceros, cada una de ellas tenía grabadas versiones en miniatura de esa sección del patrón para ayudar a canalizar el flujo de energía. Ciertos elementos extra simbolizaban los cuerpos celestes del firmamento de Argus que servían como puntos de referencia. En el centro de ese entramado se encontraba el Sello de Argus, que ahora palpitaba repleto de energía; un enlace directo con el mundo de Kil’jaeden que guiaría las energías desatadas del portal.

Todo ello mostraba aún un aspecto incompleto, inacabado. Las grandes máquinas de conjuros que extraerían energía de la succión de alma para suministrársela al patrón no habían sido probadas. Los generadores, unas grandes máquinas de cobre, latón y hierro vil, tan intrincadas como los artilugios de los gnomos, ya casi estaban listos. Todo ese vasto patrón iba cobrando forma, pero muy lentamente. Por otro lado, había superado su debilidad gracias a la magia, que le había conferido la energía y la concentración de una docena de hechiceros inferiores a él; no obstante, eso seguía siendo insuficiente. Todavía iba a necesitar muchas lunas más para completar un encantamiento tan vasto c intrincado; además, podía notar que las arenas del tiempo del reloj de su vida caían con demasiada rapidez.

No era el momento más adecuado para dejarse llevar por el pánico. La impaciencia podía arrastrarlo a cometer errores, y en una tarea tan compleja como esa el menor error podría tener consecuencias catastróficas. Debía centrarse en el asunto que tenía entre manos, debía hacer lo que era necesario ese día, a esa hora, en ese minuto.

Tenía que completar el enlace entre Outland y Argus. Debía de inscribir las runas que lijarían el punto de destino. Había colocado el incienso y entonado el conjuro. Una a una, las máquinas mágicas cobraron vida, llenando el aire con el hedor del ozono y el azufre. Unos hilillos de energía, una leve brisa de poder comparada con la enorme y rugiente galerna que señalaría que el portal se abría, brotaron de esos artilugios. Las líneas de veraplata brillaron. Por encima de ellas, una imagen especular del patrón, proyectada por el Sello de Argus, cobró forma en el aire. En ese instante, su espíritu abandonó ese cuerpo exhausto.

La separación fue más fácil esta vez, era como si al haber usado la succión de alma en Auchindoun hubiera, de algún modo, debilitado el vínculo entre su alma y su cuerpo. Expandió su conciencia y moldeó los flujos de energía del patrón hasta transformarlos en unos hilos muy finos que unió después a su espíritu.

Siguió las runas del intrincado patrón hasta el Vacío Abisal. Su alma cruzó ese vacío a una gran velocidad y, una vez más, Argus apareció debajo de él. Contempló ese mundo, que antaño había sido reluciente y hermoso, y acto seguido su espíritu descendió en picado hacia esos cañones de cristal y esas montañas de bordes diamantinos. Avanzó con la mayor cautela posible.

En esta ocasión quería establecer el punto de destino del portal. Una telaraña de energía mágica lo mantenía unido a Outland, y aunque había hecho todo lo posible para ocultarla, un hechicero lo suficientemente diestro (ese mundo estaba repleto de ellos) podría ser capaz de detectar al Traidor a menos que este procediera con extremada cautela.

Entonces, pensó en ese ser con el que se había topado la vez anterior y la inquietud lo dominó. Al parecer, lo había ayudado, pero sabía que los demonios de la Legión Ardiente podían llegar a ser muy sutiles y arteros. A Kil’jaeden lo llamaban el Falsario por una buena razón.

Illidan se acercó volando a la ciudad palacio donde moraban los gobernantes demoníacos de la Legión Ardiente. Temía que las estelas de magia que dejaba a su paso cual cometa y que lo unían a Outland pudieran ser divisadas, a pesar de lo finas que eran, a pesar de lo bien que las había ocultado. Ralentizó su avance hasta progresar a paso de tortuga.

Percibió algo en el umbral de sus sentidos espectrales que le advirtió de que estaba siendo observado. Intentó localizar a ese ente que lo espiaba, fuera cual fuese, pero este eludió sus percepciones, Su mente entró en estado de alarma. El hecho de que fuera capaz de esquivar sus agudas percepciones incluso cuando se hallaba alerta revelaba que era un hechicero tremendamente habilidoso.

Esa cosa podría atacarlo por sorpresa cuando era más vulnerable, cuando estuviera colocando los puntos de resonancia del portal. Esperó durante unos largos instantes a que sucediera algo, pero no ocurrió nada. Tal vez se encontrara atrapado en la red de algún conjuro defensivo diseñado para provocar paranoia y dudas. Kil’jaeden era más que capaz de utilizar una magia tan sutil. Todo momento que Illidan pasaba ahí era un momento perdido, pues aumentaba las posibilidades de que fuera descubierto. Tenía que proseguir con el plan o retirarse a la espera de que llegara un momento más propicio.

Era ahora o nunca. Se precipitó hacia el enorme y cristalino palacio de Kil’jaeden, dio con la parte que estaba buscando y confeccionó unos encantamientos. De manera fugaz, surgió un torbellino de energías, un diminuto eco del vasto patrón que se hallaba en el Templo Oscuro. Illidan echó un vistazo a su alrededor, a la espera de ser asaltado, ya que si lo habían detectado, ahora sería el momento idóneo para atacarlo; sin embargo, no se activó ningún hechizo de protección, no se disparó ninguna alarma, sino que el vórtice se esfumó, dejando atrás un rastro de energía prácticamente indetectable.

Mientras eso sucedía, Illidan creyó que estaba siendo observado una vez más. Notó de nuevo la presencia de esa entidad que lo vigilaba y la sensación se intensificó. Se sintió como si algo estuviera observando lo que hacía con una curiosidad inmensa, pero cuando intentó localizarlo fue incapaz de hacerlo.

Espera. ¿Qué es eso? Una tenue aura de una luz brillante. Aunque se centró en ella, aquello desapareció de sus percepciones, como si se hubiera ocultado, de alguna manera, bajo la piel del universo.

Tenía que concentrarse en la labor que debía desempeñar. Se estaba distrayendo cuando menos se podía permitir ese lujo. Revoloteó velozmente a través del palacio cristalino hasta llegar a un nuevo destino, una vasta cámara en la que unos súcubos danzaban para entretener a unos generales demoníacos. Una vez más, invocó el sortilegio que anclaba el portal y colocó ese anclaje ahí lo más rápido posible. Como ahora se hallaba más cerca de la sala del trono de Kil’jaeden, el peligro de ser detectado se incrementaba.

Intuyó que algo enorme y muy poderoso se cernía sobre él por detrás, con intención de observar qué estaba haciendo, de estudiar la forma en que invocaba el conjuro, de contemplar cómo el ancla se colocaba en su sitio. No se atrevió a interrumpir la confección del hechizo para intentar capturar a esa presencia, puesto que si lo hubiera hecho, todo el ritual habría quedado anulado.

Lo único que podía hacer era centrarse en la tarea que tenía entre manos, puesto que, en cualquier momento, una descarga de energía podría acabar con él y enviarlo a las simas del olvido. Hizo un gran esfuerzo para concentrarse y finalizar el sortilegio de anclaje. A continuación, intentó obligar a ese observador a mostrarse, pero una vez más lo eludió.

A pesar de que cuando se hallaba en su forma espiritual sus emociones eran menos intensas, la furia lo dominaba. No le gustaba que jugaran con él y tenía la sensación de que eso era precisamente lo que estaba ocurriendo: Kil’jaeden sabía que se encontraba ahí y estaba jugando con él; había dejado que se hallara a punto de completar el sortilegio para, en el último momento, capturar y aprisionar su espíritu.

Únicamente le quedaban tres anclas más que colocar y, de un modo u otro, todo habría concluido. Una parte de él quería intentar escaparse o provocar que su atacante se mostrara para batallar con él, a pesar de que las posibilidades de triunfo se decantaran exageradamente a favor de su rival.

Pudo colocar los dos puntos de anclaje siguientes con gran facilidad. Aunque en todo momento se sintió vigilado y notó que ese observador oculto contemplaba lo que estaba haciendo con una curiosidad enorme, por mucho que lo intentó, no dio con la manera de lograr que esa criatura se mostrara.

Acto seguido, con suma cautela, se acercó aún más a la gran sala del trono, donde había una enorme concentración de poder demoníaco. Kil’jaeden se encontraba ahí, así como muchos de sus generales. Ahora, Illidan tenía que ser extremadamente cauteloso, puesto que esos demonios ahí reunidos podrían aplastar como un mero insecto a su forma astral. No cabía duda de que todos esos hechiceros serían capaces de detectarlo a menos que se ocultara de una manera tremendamente habilidosa y lanzara el hechizo de anclaje con sumo cuidado.

Se detuvo de nuevo y maldijo en silencio a ese observador oculto, pues sabía que pronto sería atacado, ya que se sentía furioso al ser consciente de que lo que estaba intentando era inútil, aunque sabía que no tenía otra alternativa. Tal vez otro pudiera ser capaz de completar su gran sortilegio aunque él acabara siendo capturado ahí mismo; no obstante, albergaba muy pocas esperanzas de que eso sucediera, ya que había muy pocos hechiceros con el talento necesario tanto en Azeroth como en Outland y era muy poco probable que pudieran concluir su encantamiento. Pero ¿qué podía hacer si no? Tras haber llegado tan lejos no le quedaba más remedio que continuar.

Se armó de valor e invocó el último conjuro de anclaje. Ese era el momento más peligroso: porque en vez de cobrar forma y desaparecer sin más, este vórtice desprendería un pulso de energía mágica que saltaría hasta el ancla más lejana y luego a la siguiente, hasta formar un pentáculo, hasta completar el complejo entramado de runas, hasta replicar el patrón de energía mágica que se encontraba en su sanctasanctórum de Outland.

El principio de resonancia armónica establecía una conexión entre los dos grandes símbolos. A pesar de sus recelos, lo embargó la emoción del triunfo. El vínculo entre Argus y Outland había quedado establecido. El portal podría ser activado en cuanto el patrón se hubiera completado. No obstante, solo pudo disfrutar de esa victoria por un latido, ya que, al instante, se produjo un ataque.

Un ataque de un poder asombroso, que se llevó por delante su forma espiritual con la misma facilidad que un orco podría raptar a un niño.

Era como un nadador atrapado por una resaca oceánica. Daba igual cuánto se esforzara, no podía luchar contra la corriente. Dejó de resistirse, dispuesto a guardar fuerzas para cuando llegara lo peor.

Emergió en una llanura de luz. Ante él, relucía un ser de líneas geométricas perfectas, que se retorcían de tal manera que parecían desaparecer y reaparecer un instante después de un modo totalmente distinto. Su mente se sumió en el desconcierto, ya que era incapaz de asimilar tanto cambio tan rápido.

Aunque Illidan se preparó para lanzar el hechizo más destructivo que podía lanzar en su forma astral, la criatura no atacó, En ese momento, se percató de que había visto a un ser parecido en el Bancal de la Luz en Shattrath; no obstante, esta criatura poseía incluso más poder que A’dal y sus seguidores.

—Eres un naaru —dijo al fin Illidan, cuando se hartó de tanto silencio.

—Soy un naaru muy antiguo. Tal vez sea el más vetusto de todos los que quedan en estos universos.

—¿Por qué estás aquí? ¿Acaso eres un sirviente de Sargeras o Kil’jaeden?

Un dulce regocijo emanó del naaru. Unas chispas de luz rodearon su forma, como si fueran la manifestación visible de las notas de una risa.

—No.

Una leve sensación de alivio recorrió a Illidan por entero, a pesar de que podría tratarse de un truco para sorprenderlo más adelante con la guardia baja.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

—Te estaba esperando.

—¿Sabías que iba a venir?

—Tú o alguien como tú estaba destinado a aparecer aquí. El universo arroja siempre campeones a la cara de aquellos que pretenden destruirlo.

—Quizá podría haber escogido a uno mejor.

Esas palabras brotaron de sus labios sin que pudiera impedirlo.

—No lo creo. Eres lo que eres. La forja de los días vividos te ha moldeado tal y como eres. Como un arma que apunta al corazón de un gran demonio.

—Me gustaría pensar que soy un ser más consciente que mis Gujas de guerra.

—Eso es lo que te hace tan peligroso.

—Así que el universo me ha elegido para que mate a Kil’jaeden —replicó con un tono sardónico, a pesar de que las llamas de la esperanza centelleaban en el fuero interno de Illidan. Al fin y al cabo, tal vez, si lo que este naaru decía era cierto, había alguna posibilidad de lograr la victoria.

Ese remolino de luces dio una respuesta negativa.

—No. Tu enemigo está muy por encima de Kil’jaeden. Está muy por encima de, incluso, Sargeras y la Legión Ardiente.

—Estupendo —contestó Illidan—. Y yo que creía que ellos ya eran muy poderosos…

Una vez más, la sospecha de que todo eso podría ser una trampa sutil y burlona tendida por Kil’jaeden cobró forma en su mente. Intentó mantener a raya ese pensamiento tan amargo, pues si estaba en lo cierto, daba la sensación de que todos su sacrificios habían sido en vano; si se trataba de una trampa, la lucha ya había acabado; si no lo era, entonces las cosas estaban aún mucho peor de lo que creía.

—El Vacío es un adversario mucho más poderoso que la Legión Ardiente. Es el rival definitivo de la Luz. Será necesario que todos los pueblos de Azeroth y Outland se unan para plantarle cara. —El naaru dejó de centellear—. ¿No me crees? Como veo que has perdido toda fe y esperanza, debes saber esto.

Antes de que Illidan pudiera defenderse de algún modo, una descarga de Luz pura surgió del naaru. La energía alcanzó las cuencas vacías de sus ojos y las llenó de un fulgor dorado. El Señor de Outland se preparó para sentir una oleada de agonía que no llegó. En el pasado, un ataque realizado con esa clase de magia siempre le había hecho sufrir un dolor espantoso, como solía ser habitual en cualquiera que empleara la magia vil. Un brillo deslumbrante se adueñó de todo su campo de visión y, acto seguido, se desvaneció. De repente, se encontró contemplando un terrible campo de batalla.

Entre esas montañas de cadáveres, una figura alada batallaba en la vanguardia de las legiones de la Luz. Un fulgor dorado envolvía sus gujas de guerra, con las que partía en dos a los demonios con unos golpes muy potentes. Los soldados que lo rodeaban miraban a su líder sobrecogidos y maravillados. A Illidan le llevó un rato darse cuenta de que las facciones de ese ser eran las suyas, ya que había mutado, pues sus ojos brillaban con la intensidad del sol. Este avatar de la Luz tan sereno y pacífico parecía ser muy poderoso. Su semblante reflejaba una gran confianza y estaba desprovisto de todo sufrimiento.

Mientras Illidan observaba la batalla, esa figura alada se elevó en el aire, desafiando a esas gigantescas entidades de la oscuridad, a esas creaciones del mal del Vacío. Un halo le rodeaba la cabeza. Su cuerpo brilló entonces con más fuerza que el sol y de sus brazos extendidos brotaron unos rayos de Luz dirigidos contra sus enemigos.

Todo eso parecía tan justo y correcto, era como si estuviera teniendo una visión de un futuro aún no nacido. Por un momento, fue capaz de creer que era posible, pero entonces las dudas volvieron a atenazarlo. Eso no podía ser cierto, puesto que era un camino que nunca había emprendido. Él no era así. Él era un luchador y un asesino, que se dejaba llevar tanto por la oscuridad y sus propios deseos como por la necesidad de hacer el bien.

—Desafiarás a la muerte —oyó decir al naaru, al mismo tiempo que la visión se desvanecía—. Yo lo he visto. Fueras quien fueses antes, seas lo que seas ahora, serás un campeón de la Luz en el futuro.

El naaru hablaba con tal seguridad que disipó la incertidumbre de Illidan. Por un momento notó que la Luz lo abrazaba y una sensación de paz le invadió el corazón. Acababa de tener una visión de su propia redención, que superaba con creces todas sus esperanzas. Mientras entraba en comunión en silencio con el naaru, una sensación de paz lo dominó por entero. Si bien ese momento solo duró un instante, cuando acabó Illidan tuvo la sensación de que había transcurrido una vida entera.

—Serás un héroe —le aseguró el naaru—. Pero pagarás un alto precio por ello.

—Como siempre.

* * *

El momento terminó. Illidan se puso en pie, imbuido de una gran sensación de paz. Ese entramado de Luz, esa llanura deslumbrante, se desvaneció y Argus volvió a cobrar forma alrededor del naaru y él. Se dio cuenta de que siempre había estado ahí. La realidad en la que se había hallado inmerso había sido por entero un espejismo, una ilusión del poder de ese ente.

De repente, notó una punzada de miedo. Tal vez lo hubieran detectado. Los esbirros de la Legión Ardiente podrían estar aproximándose en esos instantes. Daba igual que el naaru fuera amigo o enemigo, lo único de lo que cabía duda era de que los estaba poniendo a ambos en peligro.

—Adiós —dijo el naaru.

Una extremidad de luz brotó centelleando de su cuerpo, con la que acarició a Illidan en la frente. El Traidor notó el contacto y tuvo la sensación de que acababan de hacerle otro tatuaje. Le quemó de un modo extraño, como si se luchara contra el poder vil que encerraban el resto de sus tatuajes; acto seguido, se fusionó con ellos y desapareció.

El contacto se rompió y el naaru desapareció de su vista, como si nunca hubiera estado ahí. Una vez más, esa visión en la que se veía transformado se adueñó de su mente. ¿Acaso eso podría llegar a ser verdad? ¿Realmente lo aguardaba el camino de la redención? Jamás se había atrevido a imaginar que tal cosa fuera posible; aun así, el naaru creía que eso ocurriría. Creía en él. Solo por un momento, él también se lo creyó. Pero entonces apartó ese pensamiento de su mente, aunque reflexionaría al respecto más adelante, pues todavía había mucho que hacer.

Illidan observó los puntos de anclaje del portal con detenimiento. Podía percibirlos, sabía que estaban ahí. Con suerte, ningún demonio los descubriría, aunque estuviera buscándolos. Era hora de marcharse, ya que llevaba ahí demasiado tiempo.

Dio por terminado el conjuro de viaje astral. Al instante, su espíritu atravesó a una velocidad inusitada el Vacío Abisal y entró violentamente en su cuerpo. Delante de su frente flotaba una runa, que solo podía ver gracias a sus sentidos espectrales. Sabía que ese fulgor era un reflejo de la marca que el naaru le había dejado en la frente. Mientras lo asimilaba, esa runa se desvaneció y se tomó invisible, se esfumó como si el encuentro con aquel ser no hubiera tenido lugar.

Se concentró e intentó recordar ese encuentro, empleando para ello todos los trucos memorísticos que había aprendido como hechicero. Estaba seguro de que había ocurrido realmente y de que la visión que le había revelado el naaru era verdad. No obstante, eso no quería decir nada, puesto que esa criatura podría haber estado jugando con su mente, por supuesto. Pero si era tan poderosa como para hacer algo así…

Cualquier ser podría llegar a volverse loco si pensaba en tales cosas.

Mientras se acostumbraba a tener un cuerpo de nuevo, oyó unos golpes; alguien estaba llamando a la puerta y esos golpes eran audibles a pesar de los conjuros de protección y defensa que había levantado. Pronunció las palabras mágicas que abrían el sanctasanctórum y la puerta se abrió; tras ella, se encontraban sus consejeros.

—Lord Illidan —dijo el Sumo Abisálico Zerevor—, debes venir a ver lo que está sucediendo con tus propios ojos. El Templo Oscuro está siendo atacado.

El Señor de Outland no le ordenó marcharse de inmediato porque detectó cierto tono de premura en su voz. Abandonó esa postura de meditación y se levantó, dispuesto a acompañarlos. Entonces, se dio cuenta de que uno de sus consejeros no se encontraba ahí.

¿Dónde se había metido Akama?

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