Illidan – Capítulo Veintiséis

IllidanEl mes anterior a la Caída

Las cenizas crujieron bajo los pies de Illidan cuando este aterrizó delante de las puertas destrozadas de Auchindoun. Sobre él se alzaban las ciudades de la ciudad mausoleo, que eran tan grises como los páramos del entorno. En la distancia, un enorme carroñero atizahuesos cruzó el cielo batiendo las alas. Un decrépito uñagrieta, al que le habían abandonado del todo sus colosales fuerzas, se tambaleaba por aquel erial. El frío viento levantaba y agitaba el polvo, lo que generaba unos riachuelos de arena que fluían en hilillos.

Daba la impresión de que aquella ciudad había sido antaño una gigantesca cúpula, similar al casco de algún titán, a la que habían hecho añicos; cuyos fragmentos se habían esparcido luego por toda esa tierra árida situada tras él.

Percibió el pulso distante de la magia palpitando entre las torres del espíritu que se elevaban sobre el Vertedero de Huesos. ¿Cuál era el propósito de esas construcciones? No lo tenía muy claro y eso le inquietaba, pues a pesar de que había estado toda la vida estudiando magia para poder dominarla, todavía había algunas lagunas en sus conocimientos.

Incluso los orcos viles del clan Sombraluna, quienes normalmente eran unas criaturas extremadamente valientes y agresivas, se encontraban intranquilos. Había algo en ese lugar muerto que incluso era capaz de penetrar en esas mentes repletas de ira y despertar algo parecido al espanto en ellas. Eso en sí mismo resultaba bastante perturbador, ya que, de todos los clanes orcos que se hallaban a su servicio, el Sombraluna era el que más acostumbrado estaba a la nigromancia y la hechicería oscura. Su capitán, Grimbak Shadowrage, quien les arengaba y animaba entre gruñidos, logró calmar a sus tropas, que aguardaron sus órdenes.

Illidan tenía la boca pastosa y un nudo en la garganta. Notaba un extraño sabor en el paladar y un raro olor en las fosas nasales, como si esas diminutas partículas de hueso que flotaban en el aire se le hubieran metido en la nariz y le hicieran cosquillas en la lengua. Era como si algunos pequeños fragmentos de todos los esqueletos enterrados bajo ese polvo hubieran hallado el camino hasta el aire. Decidió ignorar esa sensación y examinó las ruinas.

Esa ciudad había sufrido algún desastre espantoso. Eso estaba claro, cuando menos. Unas descomunales rejas de metal retorcido emergían de la mampostería rota, como unas costillas que asomaran entre la carne putrefacta de un cadáver.

Según Akama, ese era el lugar sagrado donde se habían enterrado los huesos de los draenei muertos. No obstante, ahí había sucedido algo horrible. Circulaban muchos rumores contradictorios al respecto: uno de ellos era que se había despertado a los muertos con un ritual tenebroso, otro decía que los orcos habían manipulado algo que más les valdría no haber perturbado y que habían desatado unas fuerzas terriblemente malévolas, otro distinto afirmaba que la Legión Ardiente había probado en ese emplazamiento un arma horrible y que las malévolas energías resultantes lo habían envuelto todo.

Illidan sabía la verdad, pues esta se la habían revelado los recuerdos de Gul’dan, que había obtenido al absorber el poder de la calavera de este. El viejo maquinador había enviado a un grupo de brujos a la ciudad en busca de algunas reliquias enterradas ahí. Los supervivientes le habían contado que las cosas se habían torcido y habían invocado a una entidad muy extraña, la cual había devastado Auchindoun, destrozando la gran cúpula y esparciendo los restos de infinidad de muertos por una zona enorme del desierto.

Illidan dio la señal de avanzar. Los orcos viles rugieron desafiantes y marcharon bajo la sombra de las puertas de la ciudad muerta. Sus pisadas pesadas y fuertes parecían profanar ese vetusto silencio. En las sombras, ciertas cosas antiguas y hambrientas aguardaban y esperaban. Daba la sensación de que un millar de ojos los observaban sin ser vistos.

Cuando pasaron bajo un gran arco, el polvo crujió bajo sus botas, ya que se había acumulado de tal modo que hacía que a los orcos viles les costara caminar, aunque el Traidor podía desplazarse por encima, simplemente, batiendo las alas.

La ciudad había sido construida siguiendo un diseño de anillos concéntricos. En cuanto las fuerzas de Illidan cruzaron el arco se hallaron ante los restos destrozados de otra muralla. Unas escaleras los aguardaban ahí delante. Tanto a la derecha como a la izquierda, lo que en el pasado debía de haber sido una calle muy grande se curvaba y perdía en la distancia. En las murallas exteriores había muchas aberturas que indicaban que había caminos por los que entrar a las tumbas y mausoleos que se encontraban ahí dentro.

Todo tenía un aspecto ruinoso y desolado. El viento gemía mientras acariciaba al Traidor y le henchía las alas.

Subió por las escaleras desvencijadas, seguido por los orcos viles, y pasó por debajo de lo que quedaba de un arco de triunfo. En cuanto lo atravesaron, se encontraron mirando desde la parte superior de una muralla tan ancha como una carretera a otro anillo de ruinas.

Como los anillos de un árbol, pensó Illidan. Desde donde se hallaba podía contemplar con claridad el centro de esa metrópolis muerta. En su día, esa ciudad se debía de haber construido siguiendo un esquema de círculos concéntricos y este había sido uno de ellos. Aunque todo podría haber sido un edificio colosal con muchas cámaras y pasillos. Sin embargo, ahora, suelos enteros se habían desmoronado y yacían allá abajo, en la tierra. Era desconcertante. Este lugar había sido construido por razones inescrutables para satisfacer las extrañas sensibilidades de los draenei. Quería alcanzar el mismo corazón de la ciudad, pero sabía que no iba a ser una tarea fácil.

A pesar de que él habría podido descender volando hasta el nivel más bajo de la zona central, los orcos viles no habrían podido acompañarlo ni tampoco los porteadores de ese gigantesco féretro que contenía la succión de alma. Entonces se abrigó con las alas, como si estas fueran una capa, para protegerse del viento. Al parecer, había cometido un error al venir, puesto que esa misión no podía acabar bien.

En ese instante, regresó uno de los exploradores, con una sonrisa triunfal de oreja a oreja.

—¡Hemos hallado un camino que lleva al interior de las criptas, milord!

Unos extraños braseros flanqueaban un pasaje abovedado, iluminando unos estandartes ornamentados con unas runas raras. Un esqueleto descompuesto yacía cerca. El aire olía a incienso antiguo y huesos viejos. El hedor nauseabundo de la putrefacción reinaba por doquier. Illidan notó en la garganta el picor del polvo de cadáver que le entraba por las fosas nasales.

De inmediato, tras cruzar el umbral de esa cripta subterránea, las sensaciones cambiaron; fue como si Illidan hubiera atravesado una barrera que llevaba a otra dimensión. Los braseros de piedra refulgían con el color verde de la energía vil. Ahí delante caminaba el reluciente y casi traslúcido espíritu de un draenei, cuyos ojos se perdían en el olvido; a pesar de que despertaba más tristeza que miedo, había algo en él profundamente perturbador. Los orcos viles gruñeron de un modo amenazador, pero no hicieron ademán alguno de atacar.

Como hechicero que era, Illidan se preguntaba qué eran realmente esos fantasmas. ¿Acaso se trataba de espíritus desencarnados que deambulaban por el mundo? Si era así, ¿por qué no recordaban nada y no actuaban libremente, como hacía su propio espíritu cuando se desplazaba por el Vacío Abisal?

El fantasma se movía hacia delante y atrás siguiendo unos patrones muy predecibles, como un mecanismo que se hubiera roto y vuelto loco. Tal vez se hallara enfermo o demente o había perdido algo. O tal vez la magia que había transformado la ciudad mausoleo en un lugar para los muertos sin descanso también había causado eso. Pero tales especulaciones tendrían que esperar, pues había llegado el momento de avanzar.

El destacamento de Illidan se adentró aún más en ese laberinto de corredores y criptas. Aunque toda Auchindoun era muy vasta y antigua, la parte subterránea de la ciudad era varias veces más grande que la que se encontraba en la superficie.

Unas telarañas de energía espectral se extendían por los techos. Más braseros de energía vil iluminaban montones de huesos, que yacían en grandes pilas, como si un coleccionista demente los hubiera juntado de un modo desordenado.

Aquí y allá, entre los adoquines destrozados, se vislumbraba que había unas minas bajo las criptas. En algunas, relucían pepitas de adamantita en bruto. No obstante, los únicos seres vivos visibles eran unas arañas del tamaño de un puño que iban correteando de una sombra a otra.

Illidan y sus tropas dejaron atrás unos puentes muy extraños y unos enormes ataúdes de piedra. En cuanto entraron en una cámara gigantesca, repleta de sarcófagos colosales, Illidan detectó una presencia realmente escalofriante.

Donde hasta hacía solo unos instantes únicamente había habido un pasaje abovedado vacío, se hallaba ahora una silueta brillante que recordaba a un draenei, la cual irradiaba una energía gélida que absorbía vida. Illidan lanzó un rayo y esa cosa se desintegró ante tal avalancha de poder.

Como si eso hubiera sido una señal, unas figuras relucientes emergieron de las sombras, irrumpiendo súbitamente. Arremetieron contra los orcos viles y acabaron siendo despedazados en fragmentos resplandecientes de ectoplasma gracias a ciertas armas rúnicas y algunos conjuros muy potentes.

Una pila descomunal de huesos cobró vida en cuanto pasaron junto a ella; los fragmentos óseos se reordenaron ellos mismos hasta formar esqueletos capaces de moverse por sí solos, en cuyas manos desprovistas de carne aferraban armas que tal vez hubieran blandido en vida.

En los salientes de los muros que rodeaban la cripta, unos draenei vestidos con túnica confeccionaban unos tenebrosos hechizos. Aunque extraían energías de la no- vida, los que se aprovechaban de ella eran seres vivos, que con sus artes nigrománticas insuflaban vida a los muertos. Illidan ordenó a los orcos viles que acabaran con ellos.

Poco a poco se fueron abriendo paso violentamente hasta el centro de la cripta. Mientras avanzaban, la llamada cautivadora y argéntea de los cuernos resonó. Retumbó por infinidad de corredores. Sin lugar dudas, se estaba dando la voz de alarma, se estaba llamando a los refuerzos.

Bien, pensó Illidan. Así tendré más con qué alimentar la succión de alma.

Las fuerzas del Señor de Outland avanzaron sin miramientos hasta llegar al centro de esa ciudad hechizada, mientras una oleada tras otra de extraños espíritus bramaban por encima de ellos y más y más orcos viles caían.

Illidan pensó que era una pena, ya que no había tenido tiempo de preparar la succión de alma y, por tanto, sus muertes no tendrían una gran importancia dentro del gran esquema cósmico.

No obstante, ahí se hallaba ese lugar al que tanto había ansiado llegar, en las entrañas de la ciudad, bajo esos pasillos y estancias donde había infinidad de cadáveres enterrados.

Los orcos viles avanzaban en filas que rodeaban el palanquín sobre el que se hallaba la succión de alma, dentro de un sarcófago de latón, hierro vil y veraplata del tamaño de un elfo. Illidan se elevó de un salto en el aire y notó una oleada de aire frío bajo sus alas. Acto seguido, aterrizó encima del contenedor. Pronunció una palabra mágica y el féretro se abrió violentamente, mostrando la succión de alma.

El poder palpitaba a través de esas tuberías de hierro vil, canalizado por las runas inscritas en el lateral de esa reliquia. Estaba orgulloso de esa obra de hechicería, ya que cuando había abierto el portal a Nathreza había logrado reproducir algunos de los efectos mágicos del ritual que se solía utilizar para absorber las almas de los muertos y los moribundos. En cuanto lo activara, la succión absorbería al interior de su vórtice los espíritus inquietos que deambulaban por la hechizada Auchindoun, los desmenuzaría y almacenaría su poder. Tres gemas con forma de lágrima yacían en el centro de aquel artilugio. Ahora mismo, esas gemas eran de un color negro muy apagado, pero en cuanto la succión se llenara, refulgirían con el poder absorbido. Cuando todas ellas brillaran intensamente, tendría el poder necesario como para abrir el portal a Argus.

Invocó el poder de la reliquia y estableció un vínculo psíquico entre el artefacto y él mismo. Notó la presencia de este en su mente. Era como si se hubiera abierto un abismo colosal en su propio pecho; algo sediento de poder, ansioso por devorar todo cuanto encontrara. La succión poseía una conciencia agresiva y primitiva. En cuanto Illidan estableció contacto con él, el artilugio le empezó a succionar la fuerza vital cual vampiro.

Primero confeccionó unos hechos de protección. Después, otros de dominio, logrando así que esa entidad se doblegara y se sometiera a su voluntad, como lo habría hecho con un demonio.

Entonces llegaron más draenei ataviados con túnicas, encabezando la marcha de unas compañías formadas por esqueletos andantes. Al instante, ordenaron a sus tropas atacar. Los orcos viles rodearon a Illidan para protegerlo.

—Conténganlos unos minutos y la victoria será nuestra.

Los orcos viles cerraron filas y alzaron sus armas. Los muertos andantes se abalanzaron sobre ellos en oleadas. Aunque si los hubieran atacado de uno en uno, no habrían sido rivales para los orcos viles, como se les echaban encima en tropel y esas tropas no parecían tener fin, eran un enemigo muy a tener en cuenta. Mientras estos distraían a los orcos viles, los nigromantes lanzaban unas descargas de magia de las sombras.

Lo peor de todo eran los espíritus. Iban deslizándose de aquí para allá sin ser vistos, y con sus frías manos espectrales agarraban a los orcos viles y les arrebataban la fuerza vital, dejando solo un cadáver gélido que caía al suelo.

Illidan siguió activando la succión de alma para que funcionara a pleno rendimiento. Se concentró todo lo posible, pues sabía que no disponía de mucho tiempo. Los orcos viles no podrían resistir tanta presión durante mucho más. De hecho, unos cuantos cadáveres orcos ya se hallaban bajo el influjo de una artera hechicería nigromántica y arremetieron contra sus antiguos compañeros.

Pero la succión se le resistía. Había algo en ese entorno que la ayudaba a hacerlo, prestándole un poder que le permitía luchar contra el Traidor, el cual apretó los dientes y vociferó las palabras de un encantamiento. Los esqueletos se desintegraron y, de inmediato, unas partículas que parecían hechas de sombra brotaron de ellos y fluyeron hasta las fauces de la succión. Al principio, los orcos lanzaron unos vítores, pero enseguida volvieron a estar muy ocupados luchando por salvar el pellejo como para percatarse de que, cuando morían, sus espíritus también eran absorbidos por esa máquina mágica.

La avalancha de fantasmas fue absorbida por la reliquia, como cuando el agua se cuela borboteando por una alcantarilla. La succión mostró todo su tremendo poder, atrayendo hacia sí esas almas con su tenebrosa energía mágica, como si se tratara de un imán que atrajera unas limaduras de hierro.

La primera de las gemas de la succión brilló con la intensidad de un sol demoníaco. Illidan echó un vistazo rápido y comprobó que la mitad de sus escoltas habían caído. Como no contaban con el apoyo de su magia, estaban perdiendo la batalla. Quiso ayudarlos, pero no podía; debía concentrarse en la succión de alma si no quería que se descontrolara, ya que si eso sucedía, podría explotar y los mataría a todos.

Aumentó el ritmo de absorción, con la esperanza de destruir así más espíritus y reunir más poder con más rapidez para poder completar el ritual y cambiar el signo de la batalla. Las almas chillaron dentro de la succión. El mero hecho de mantener el sortilegio en pie le hacía sentir un dolor agónico.

Entonces dio la impresión de que los nigromantes se acababan de dar cuenta de qué era lo que estaba haciendo. Concentraron sus ataques en él. Una descarga de energía mágica alcanzó a Illidan en un costado. Notó un dolor tan intenso que estuvo a punto de perder el control sobre la succión. Apretó los dientes con fuerza e hizo un gran esfuerzo por mantener activo el hechizo de vinculación. La succión volvió a plantarle cara. Illidan sintió que una parte de su propio espíritu era arrastrada hasta el interior del artilugio.

El Traidor se concentró, con el fin de confeccionar un encantamiento de protección que le permitiera resistir el ataque y ralentizar el ritmo al que iba perdiendo su fuerza vital. Mientras hacía esto, notó que iba perdiendo el control sobre el hechizo con el que mantenía dominada la succión. De repente, la segunda gema relució de un modo deslumbrante. Unas chispas de energía espiritual lo rodearon como una ventisca de nieve negra. El poder bramaba ahí dentro, en estado bruto y con rapidez. Si pudiera aguantar solo unos instantes más…

Ya solo quedaban en pie un tercio de los orcos viles. Grimbak Shadowrage rugió para insuflar ánimos a los que todavía resistían. Se giró para mirar hacia Illidan y, solo por un momento, la esperanza, la fe y una mirada suplicante planearon fugazmente por su rostro antes de transformarse una vez más en una máscara de guerra que insuflaba ánimos a sus soldados entre gruñidos.

A pesar de que el Señor de Outland se planteó la posibilidad de lanzar un contrahechizo a los nigromantes, se dio cuenta de que eso era imposible. No podía mantener a raya la succión de alma, defenderse y lanzar un ataque al mismo tiempo. Ni siquiera él era un mago tan poderoso.

A Illidan le flaquearon las piernas y le dio vueltas la cabeza. Las fuerzas lo abandonaban a una velocidad cada vez mayor y hacía todo cuanto estaba en su mano para mantener bajo control la reliquia, cuyo poder iba en aumento.

Esto no lo había previsto. Jamás se hubiera imaginado que podría caer en ese lugar tan tenebroso. Iba a morir ahí y todas sus maquinaciones habrían sido en vano. Lo mejor que podía hacer era, simplemente, dejar de controlar el sortilegio que mantenía a raya a la succión de alma, con el fin de que sus energías provocaran una explosión que mataría todo cuanto rodeaba al Traidor. Al menos de este modo se vengaría de sus asesinos.

No. No iba a morir ahí. Aún tenía mucho que hacer. Debía cumplir su destino. Debía oponerse a la Legión Ardiente. Sacó tuerzas de flaqueza y mantuvo el artilugio en funcionamiento. Cayó de rodillas mientras le arrancaba la vida. Lentamente, la última gema se estaba llenando de energía.

Aguanta. Aguanta, Una oleada de agonía asaltó a Illidan mientras unas descargas de energía oscura llovían sobre él. Grimback Shadowrage se tambaleó y cayó al suelo junto a él. Un puñado de sus escoltas habían logrado retroceder con el capitán sin dejar de luchar en ningún momento y ahora lo protegían con sus propios cuerpos, al mismo tiempo que los muertos andantes y sus amos hechiceros se acercaban.

La última gema ya estaba repleta de energía. Illidan pronunció unas palabras que cortaron el flujo de energía y lo encerraron dentro de la reliquia. Se puso en pie con lentitud justo cuando caía el último de los orcos viles. Hizo uso de las pocas fuerzas que le quedaban para abrir un portal que lo llevara al Templo Oscuro. Lo último que oyó fueron los gritos iracundos de los nigromantes mientras tanto la succión de alma como él se desvanecían.

Jadeando, se apoyó sobre la fría piedra de su sanctasanctórum. El sudor le perlaba la frente. Apenas podía respirar. Parecía que la habitación daba vueltas a su alrededor y perdió el conocimiento.

Regresar al índice de la novela Illidan

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.