Illidan – Capítulo Veinticuatro

IllidanDos meses antes de la Caída

Unos arroyos de lava verde fluían por esos riscos de basalto desmenuzado. El aire resplandecía por las llamas, el calor y la magia vil, lo cual hacía sentir un cierto cosquilleo a Illidan y le llenaba los pulmones cada vez que respiraba. Recorrió con la mirada todo cuanto lo rodeaba y se fijó en que en cada peñasco, cada saliente, cada fragmento de roca que se elevaba hacia el cielo, había un cazador de demonios vigilando.

Aunque habían ahuyentado a los guardias de la Legión, era más que posible que el ritual que iban a llevar a cabo atrajera la atención de los comandantes enemigos. Mientras se hallara en estado de trance, sería incapaz de luchar o huir. Estaba corriendo un riesgo terrible, pero tenía que asumirlo. Si uno solo de sus seguidores resultaba ser un traidor, o incluso excesivamente ambicioso, su existencia llegaría a su fin.

El Trono de Kil’jaeden. El propio nombre ya reflejaba su poder, pues establecía un vínculo entre ese señor demoníaco y esa ubicación. Unas energías mágicas colosales fluían a su alrededor. Antes de la Primera Guerra, Gul’dan había llevado a cabo en esa montaña el gran ritual que había sometido a los clanes orcos al servicio de la Legión Ardiente. Los recuerdos de Gul’dan que Illidan había adquirido en su día le indicaban que ese era el lugar idóneo para lanzar el hechizo, puesto que ahí había una gran falla en el entramado del universo que llevaba a la guarida del mismo Falsario; además, esa noche, el flujo de energías procedentes del Vacío Abisal se hallaría en su máximo apogeo desde hacía años.

Caminó por el borde de ese gran conjunto de símbolos en los que había inscrito unas letras de fuego sobre esa roca negra. Entonó las palabras que conformaban el encantamiento; se trataba de un cántico repetitivo, que invocaba unas fuerzas que podría controlar valiéndose de una mera fracción de su mente. A su alrededor, unas monstruosas energías se arremolinaban, a la espera de ser desatadas. Confeccionar ese sortilegio le había llevado semanas. Únicamente podía ser lanzado en esa localización exacta, en ese momento exacto, cuando todas las señales lo indicaran.

Contempló detenidamente las oscuras nubes que cubrían ese cielo abrasador. Un colosal chorro de lava brotó de las atormentadas entrañas de la tierra, como si fuera sangre de demonio que manara de una herida titánica.

Cogió el disco que se había llevado de Nathreza y centró todas sus percepciones en ese objeto que seguía impregnado del hedor psíquico de los señores demoníacos de la Legión Ardiente. En cuanto lo escrutó detenidamente con su extraña visión, se los pudo imaginar: al siniestro e intransigente Sargeras, un titán caído que irradiaba miseria y desesperación; a Archimonde, un demente señor de la guerra consumido por la furia y la ira, el puño de Sargeras; a Kil’jaeden, el maquinador, un experto a la hora de tentar y manipular que había corrompido a tantos.

¿Quién se creía que era Illidan para enfrentarse a ese espantoso trío? Acarició el Sello de Argus y rozó con sus garras las hendiduras de las runas hasta que el gélido metal chirrió. Resultaba muy extraño que pudiera permanecer tan frío incluso ahí, entre tanto fuego y tanta furia.

Bordeó los límites del círculo mágico que había trazado, para comprobar que los hechizos de protección que había colocado ahí funcionaban, para cerciorarse de que la energía fluía correctamente a través de él, de que no había cometido ningún error.

Estaba perdiendo el tiempo y eso era de necios. Si esperaba demasiado, el plazo de tiempo en que podía lanzar el hechizo se agotaría. Y no volvería a presentarse otra oportunidad en muchas lunas. Tendría que actuar ya. Aun así, era incapaz de decidirse a dar el paso final. Pronto, si todo iba como había planeado, se hallada mirando a la cara a aquellos que poseían tal poder que serían capaces de destruirlo por completo y se enfrentaría a ellos él solo. A pesar de que no había tenido una vida muy agradable, ahora que se acercaba su hora, se mostraba reticente a morir.

Deambuló por el borde del círculo, sondeándolo con diminutos rastros de energía mágica. El destino que había sufrido Ner’zhul le advertía de lo que le podría llegar a pasar. En su día, el chamán se había vuelto en contra de sus amos demoníacos y había pagado con creces su traición. Había veces en que Illidan se preguntaba si iba a acabar igual, si todo eso era únicamente un juego para los señores demoníacos, en que lo tenían todo a su favor y se divertían con esos insectos que se oponían a ellos e intentaban derrotarlos.

Tomó aire y percibió el olor a azufre de esa lava verde. Era como si estuviera respirando el humo de un gran infierno que hacía que le ardieran los pulmones y sintiera un cosquilleo en ellos. Se le estaba agotando el tiempo.

En un instante, antes de que pudiera detenerse o lamentarse de la decisión, pronunció las últimas palabras del encantamiento, desatando un diluvio de energía, el cual le separó el espíritu del cuerpo y lo arrojó directamente al Vacío Abisal.

* * *

El camino se abrió ante él. A pesar de que se sintió como si cayera hacia el interior de ese disco cubierto de runas, era consciente de que era una mera ilusión, un espejismo creado por su mente para que pudiera entender en cierto modo lo que estaba sucediendo. Aunque para un cerebro nacido en la realidad natural, eso era del todo imposible, su mente haría todo cuanto se hallara en su mano para proporcionarle un marco mental que pudiera dar sentido a aquello.

Su espíritu emergió en el Vacío Abisal y contempló a Argus. Ese mundo flotaba en la frontera entre el Vacío Abisal y el universo físico y se hallaba impregnado de las energías viles de la Legión Ardiente.

Se lanzó en picado hacia la superficie de ese mundo. Antaño debía de haber sido muy hermoso, un lugar de montañas cristalinas y mares relucientes, pero ahora era frío y cruel. Las tinieblas dominaban aquel lugar, así como una sensación de pérdida y corrupción.

El sello palpitó en sus garras. Ya no era un disco real, sino una representación del mismo, creada con las energías mágicas del propio conjuro, que lo arrastraba hacia abajo, hacia lo que buscaba. A pesar de que el tirón era casi irresistible, luchaba contra él, mientras escrutaba el cielo, se fijaba en la posición de las estrellas y las constelaciones y las grababa en su memoria. Buscó desesperadamente algún astro familiar en el firmamento, pues sabía que así podría deducir en qué lugar del cosmos se encontraba. También intentó dar con mareas de energía mágica, con las corrientes aurórales que discurrían por el Vacío Abisal.

¿Era este realmente el lugar que buscaba? Trazó una órbita a su alrededor rápidamente, fijándose en el paisaje, buscando alguna señal, todavía resistiéndose en todo momento al tirón del sortilegio que había confeccionado. Una vez más notó la fría distancia carente de toda emoción que lo separaba de su cuerpo. Una leve sensación de paranoia planeó sobre esa mente que poseía unos sentidos mágicos. Por un momento creyó percibir una presencia que lo observaba. Echó un vistazo a su alrededor pero no detectó nada.

De repente, le vino una idea a la cabeza. Si él era capaz de percibir a Kil’jaeden a través de ese vínculo, ¿acaso no era posible que el señor demoníaco también pudiera intuir su presencia? Aunque había creado ese encantamiento de tal modo que a cualquier hechicero le resultara imposible detectarlo, ¿qué sabía realmente sobre las habilidades del Falsario?

Era absurdo preocuparse por eso a esas alturas. Ya no había ninguna posibilidad de dar marcha atrás. Dejó que su espíritu descendiera en picado hacia esas escarpadas y cristalinas montañas y pudo comprobar que se habían desmoronado por culpa de la infección que las había corrompido por dentro. Vio cómo unos diablos de polvo nacidos de los restos de gemas pulverizadas se elevaban en el aire y se alejaban chillando por cañones de rocas dentadas de bordes afilados. La luz brillaba y danzaba al refractarse en todas partes.

Delante de él había una ciudad que se alzaba imponente sobre unos cañones hechos de cristales fracturados. En su interior había muchas presencias; todas ellas capaces de destruir su alma.

* * *

Illidan percibió un incremento de energía en cuanto su alma cruzó los límites de la ciudad, la cual también debía de haber sido muy hermosa en el pasado, puesto que había sido diseñada siguiendo unas complejas reglas geománticas. Sus estructuras curvas le recordaban a los edificios de los draenei de Outland; no obstante, estas eran más intricadas y bellas. Las ciudades de Outland eran unos meros antros comparados con esas fantásticas edificaciones que iba dejando atrás. Ahí también había unas gigantescas máquinas cuya función era concentrar magia. Antaño, según lo que había podido averiguar, habían sido unos instrumentos que habían proporcionado paz, armonía y salud al mundo entero; ahora, sin embargo, generaban una nube de miedo y desesperación que era visible para Illidan gracias a su visión espectral.

En el centro de esa gran ciudad se alzaba un palacio imponente. Dentro de él merodeaban esas presencias colosales y ominosas, rodeadas de otras que eran levemente menos monstruosas. Era ahí adonde lo arrastraba el disco a Illidan.

Su espíritu recorrió esas calles a la velocidad del pensamiento. En ese instante intentó frenarse, asumir el control de la situación, pues no quería avanzar tan rápido, y logró detenerse junto a las murallas del palacio.

Percibió otra presencia. Algo acechaba por ahí cerca y lo estaba observando con detenimiento. Expandió todos sus sentidos al máximo. Sí, había algo ahí, pero era incapaz de precisar con exactitud de qué se trataba. Ese ser estaba tan escudado como él. ¿Era un centinela? ¿O algo totalmente distinto? Esperó y observó durante un rato, pero no ocurrió nada. Había llegado el momento de proseguir.

Recorrió esos pasillos de cristal, dejó atrás unas runas que refulgían de un modo malévolo. Era como si el núcleo de esos conjuros que en el pasado habían propagado la luz y la armonía a lo ancho y largo de la ciudad y ese mundo hubieran sido reescritos para provocar justo lo contrario. En cuanto examinó con detenimiento esas runas, la ira y la desesperación anegaron su mente. A pesar de hallarse muy protegido, esos sortilegios le afectaban, lo cual provocaba que tuviera unas visiones de conquista y sintiera un ansia abrumadora de dominación y destrucción, una ira que lo llevaba a desear el exterminio de toda la existencia. Eso que se hallaba escrito ahí con runas de fuego, era el credo de la Legión Ardiente.

Se fijó en el símbolo del sello. Sí, ese sería el ancla del portal entre Outland y Argus. Invocó la fase final del encantamiento. El disco palpitó en su mano, mientras absorbía las energías que lo rodeaban, fortaleciendo el vínculo que ya tenía con aquel lugar. En cuanto concluyera esa tarea ya no necesitaría abrir un portal desde el Trono de Kil’jaeden sino que podría usar el vínculo establecido ahí con ese sello.

Unas energías tenebrosas penetraron en su forma astral. Notó una sensación de pesadez. Su espíritu se solidificó, adoptó una cierta corporeidad, como si se tratara de una sustancia glutinosa, lo cual no era más que una consecuencia del poder que lo rodeaba. Se acercó aún más al corazón de ese laberinto oscuro y percibió cada vez con más intensidad el aura del Falsario. Sus movimientos se volvieron más lentos. Su forma astral descendió más y más. A pesar de todas las precauciones que había tomado, había acabado atrapado en una red hecha de una energía terrible. El laberinto de conjuros que lo rodeaba estaba haciendo que sus energías malévolas se fusionaran con su espíritu.

La presencia que había detectado antes apareció de nuevo. Se giró e intentó localizarla, pero no lo consiguió. Lanzó una maldición. Fuera quien fuese lo había capturado y parecía que ahora solo era una mera cuestión de tiempo que su espíritu, ya totalmente desconectado de su cuerpo, flotara hasta hallarse en presencia del Falsario, quien lo esclavizaría o destruiría.

Luchó desesperadamente contra ese hechizo. Aunque logró desprenderse de algo de ese plasma mágico y recuperó en parte la sensación de liviandad, seguía dirigiéndose a la vasta sala del trono donde Kil’jaeden se encontraba sentado y rodeado de su corte de demonios. El rojo, gigantesco y ardiente señor eredar se alzaba ahí imponente. Poseía unas alas similares a las de un murciélago, las cuales le brotaban de la espalda y parecían llegar hasta el techo del palacio. Unas colosales llamas ambarinas ardían en esas hombreras coronadas por unos pinchos. Unos ojos llameantes destacaban en el rostro de ese draenei mutado, que estaba envuelto en un aura que irradiaba un sobrecogedor y tremendo poder.

No cabía duda de que Illidan había dado con el camino que llevaba hasta el palacio de Kil’jaeden en el mundo perdido de Argus. Por desgracia, el demonio posó su mirada ardiente en el lugar donde se hallaba el Traidor. Una sonrisa perversa se dibujó en esa cara monstruosa. Sus descomunales fosas nasales se ensancharon, como si estuviera captando el aroma psíquico de una presa.

Illidan notó de nuevo esa otra presencia que lo vigilaba, la cual lo envolvió por entero. Aunque se resistió, no pudo quitársela de encima; entre tanto, en todo momento Kil’jaeden mantuvo clavada su mirada en él.

El Falsario lo miró fijamente, con unos ojos que amenazaban con destruirlo, y súbitamente dejó de mirarle. Algo había hecho que apartara la vista de Illidan, al que le costó un momento darse cuenta de qué era ese algo. La presencia que lo había cubierto por entero lo empujaba ahora fuera de la sala del trono. Por un instante pudo percibirla con claridad. Se trataba de un ente de la Luz tan brillante que contemplarlo resultaba casi doloroso. Mientras asimilaba esa revelación oyó un rugido de rabia titánico que provenía de la sala del trono de Kil’jaeden, era como si el señor eredar pudiera percibirlo también.

Las cadenas de ectoplasma que lo ataban se desvanecieron.

Vete de este lugar. Aquí no podrás sobrevivir. Ahora no, oyó decir a una voz en su cabeza que desapareció de inmediato. El conjuro de translocación lo llevó rápidamente al Trono de Kil’jaeden.

El espíritu de Illidan entró violentamente en su forma física y el impacto fue tal que resultó casi doloroso. Logró recuperar el control de sí mismo antes de caerse al suelo y se dio cuenta de que únicamente había estado ausente en ese mundo durante un latido, a pesar de que le había parecido una eternidad en el Vacío Abisal. El Sello de Argus brillaba con un fulgor carmesí en sus manos.

Lo había conseguido.

Había sobrevivido y había dado con lo que necesitaba. Había confirmado que Kil’jaeden se encontraba en Argus. Había localizado al corazón palpitante de la Legión Ardiente. Y había dado con otra cosa más, con un ser que lo había ayudado a escapar cuando todo parecía perdido. Pensó en la Luz que había sentido dentro de él y se percató de que no podía confiar en esa cosa.

Kil’jaeden no era conocido como el Falsario por nada. Tal vez todo formara parte de una trampa mucho más amplia y elaborada.

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