Illidan – Capítulo Veinticinco

IllidanEl mes anterior a la Caída

Illidan se encontraba de pie, junto a la cabecera de la gran mesa del mapa, en la cámara del consejo del Templo Oscuro. Sus consejeros iban y venían, junto a mensajeros que traían las últimas noticias. Los elfos de sangre del consejo discutían con Akama y Vandel, así como con los demás líderes de los cazadores de demonios.

El Señor de Outland se frotó las sienes justo por debajo de los cuernos. Casi había recuperado todas las fuerzas que había perdido durante el viaje espiritual a Argus, pero no podía aflojar. Tenía que seguir presionando, aprovechando la ventaja que le concedía todo lo que había descubierto. Tenía que enfrentarse a Kil’jaeden, y pronto, antes de que el Falsario se enterara de sus planes y se preparara en consecuencia. Se hallaba tan sumido en sus pensamientos que le llevó un rato darse cuenta de que lady Malande le estaba hablando.

—¿Cuáles son tus órdenes, lord Illidan? —insistió Malande.

Había un cierto tono de premura en su voz que requería que le prestara atención. El Traidor la miró con esas cuencas sin ojos, de un modo que sabía que resultaba perturbador a aquellos que carecían de visión espectral.

—¿Sobre qué? —inquirió Illidan, que dejó que su irritación se reflejara en su tono de voz.

—Sobre Reserva Colmillo Torcido. Las noticias al respecto no son nada buenas. Lady Vashj ha sido derrocada y las grandes bombas se han cerrado.

Reserva Colmillo Torcido. Las imágenes de una vasta estación de bombeo repleta de máquinas mágicas irrumpieron en su mente. Se imaginó los kilómetros y kilómetros de tuberías que recorrían esas gigantescas cuevas subterráneas. Pensó en el plan de Vashj de hacerse con el control de todas las reservas de agua de Outland. Aunque ese objetivo había parecido muy importante en su momento, ahora que los acontecimientos se estaban precipitando con tanta rapidez no daba la sensación de que fuera algo a lo que mereciera la pena prestar atención, pues tenía cosas mucho más importantes de las que preocuparse.

—¿Qué quieres que hagamos, lord Illidan? —preguntó Gathios el Devastador, quien se acarició la barba con una mano enfundada en un guantelete—. La Alianza y la Horda han establecido varias cabezas de puente en la Península del Fuego Infernal. Han saqueado la Ciudadela del Fuego Infernal y han destruido a Magtheridon. ¿Deberíamos contraatacar?

Illidan meditó la repuesta a esa pregunta: ¿Qué había que hacer?

Las fuerzas procedentes de Azeroth no solo se habían enfrentado a la Legión Ardiente, sino que habían tomado una de las fortalezas más importantes de los Illidari. Pero eso solo era el último revés de una larga serie de contratiempos. Este en concreto sería un gran quebradero de cabeza a largo plazo, puesto que sin la sangre del señor del foso no podría crear más orcos viles para sus legiones.

Sin embargo, las consecuencias a largo plazo ya no importaban. Todo se decidiría muy pronto, y no se decidiría en Outland sino en Argus, el mundo natal de Kil’jaeden cuya ubicación exacta conocía, ya que lo había hallado con su forma espiritual. No obstante, ahora tenía que ser capaz de transportar todo un ejército de carne y hueso hasta ese lugar. Para eso habría que abrir un portal, lo cual requeriría mucha energía, unas cantidades muy vastas de energía, y solo contaba con una fuente de tanto poder: tendría que utilizar muchas almas, muchísimas más que las que se habían utilizado para abrir el camino a Nathreza.

Gathios se irguió cuán grande era y se dio un fuerte puñetazo en el peto.

—Lord Illidan, ¿qué deberíamos hacer? La Alianza y la Horda están avanzando en todos los frentes. Combaten contra la Legión, pero también contra nuestras fuerzas. ¿Deberíamos retiramos al Templo Oscuro? Ahí es donde podríamos plantarles cara y obligarlos a retroceder.

Al parecer, Illidan se había equivocado al confiar en que las fuerzas de Azeroth se fueran a centrar únicamente en la Legión Ardiente. Como lo odiaban tanto, estaban dispuestos a ignorar la amenaza más importante con tal de darle caza. Kruul debía de haber sabido que estaban tan sedientos de venganza como Maiev Shadowsong cuando les hizo caer en la trampa de invadir Outland. Bueno, Illidan había logrado que el guardia apocalíptico pagara con creces aquello. Algún día, muy pronto, tendría que hacerle una visita a Maiev para demostrarle también lo enfadado que estaba con ella.

Pero ahora no tenía tiempo para nada de eso. El destino de todo cuanto existía estaba en sus manos.

—Hagan lo que sea necesario —contestó Illidan. A renglón seguido golpeó con una garra las fichas, que acabaron desperdigadas sobre el mapa—. Otros asuntos requieren mi atención.

Un silencio sepulcral reinó en la cámara del consejo. Todos volvieron la mirada hacia él, pues querían que ejerciera el liderazgo. Había cometido un error. Todavía necesitaba que su gente tuviera fe en él, que lo siguiera hasta la batalla final. Illidan se inclinó sobre la mesa del mapa y los miró uno a uno: a los líderes de los cazadores de demonios, a Akama, a Gathios, al resto del consejo, a todos los demás.

—Estamos luchando una guerra para proteger a todo cuanto existe de la furia de la Legión Ardiente —afirmó—. Da igual que logremos mantener a salvo Outland unos cuantos años más. En cuanto la Legión se reagrupe podrá atacamos con un ejército descomunal que nos avasallará. Lo que suceda aquí y ahora ya no es relevante, salvo en la medida que afecte al resultado de la verdadera lucha.

El silencio se ahondó. Los cazadores de demonios asintieron con la cabeza, ya que habían compartido la visión del Traidor y sabían qué era realmente la Legión Ardiente, comprendían la magnitud de la amenaza que representaba. Los demás parecían vacilar, y eso inflamó las llamas de la furia en el corazón de Illidan. Quería sacudirles, golpearles en esas caras repletas de incomprensión.

Sin embargo, recuperó la compostura e intentó ver las cosas desde su perspectiva. Ellos solo eran capaces de ver que estaban perdiendo el control de los feudos que gobernaban, el poder que ostentaban. Temían por sus vidas, como si esas vidas tuvieran alguna relevancia comparadas con la amenaza cósmica que suponía la Legión. No entendían que la victoria ahí, en Outland, solo serviría para que vivieran unos cuantos meses o años más. Pero todos acabarían pereciendo, a menos que Kil’jaeden fuera derrotado, a menos que la Legión Ardiente fuera destruida.

No era culpa suya que, únicamente fueran capaces de centrarse en los detalles más nimios y fueran incapaces de tener una visión general de lo que realmente estaba en juego. No obstante, lo cierto era que nunca se había tomado la molestia de convencerlos de que su perspectiva debía cambiar. Se había valido de sus ambiciones, de su codicia, de las cosas con las que podía tentarles para lograr que le fueran leales. Había llegado la hora de hacerles saber a los demás cuál era realmente la situación.

—Tenemos que llevar la guerra a Kil’jaeden —aseveró.

—Eso mismo ya lo has dicho en otra ocasiones, señor —replicó Akama—. Y, por supuesto, todo estamos de acuerdo. —Por el tono que había empleado y por las caras de los consejeros que se hallaban desperdigados por la estancia, no cabía ninguna duda de que, en realidad no estaban de acuerdo para nada—. Pero seguramente tendremos que defender nuestras bases para poder lanzar después nuestro gran ataque.

Illidan negó con la cabeza y, en ese instante, supo que tenía toda su atención.

—Tendremos que defender nuestras bases hasta que podamos abrir el camino hacia Argus.

Akama lo miró con un gesto que se hallaba en un punto medio entre el espanto y el pasmo.

—¿Estás dispuesto a reconquistar el hogar original de mi pueblo?

—Lo estoy. Deseo ver a aquellos que lo han profanado muertos de una manera definitiva, para siempre —contestó Illidan—. Y sé cómo hacerlo.

—Mi pueblo huyó de allí hace milenios. Cayó ante aquellos que se aliaron con Sargeras, ante los seguidores de Archimonde y Kil’jaeden. Debe de hallarse a un millar de mundos de distancia, habría que atravesar un millar de portales.

El Sumo Abisálico Zerevor sonrió con suficiencia, como si ya supiera la respuesta. Veras Darkshadow escuchaba muy callado. Illidan notó que la emoción embargaba a sus cazadores de demonios.

—Si siguiéramos los senderos a través de los cuales huyeron los draenei, estarías en lo cierto —señaló Illidan—. Pero yo propongo seguir una ruta más directa.

—¿Planeas abrir un portal a través del Vacío Abisal que lleve directamente a Argus? Perdóname por ser tan rudo, señor, pero eso es imposible.

—No es imposible, Akama, sino extremadamente difícil. Puedo abrir un camino hasta ahí. Todo es posible gracias a la magia, siempre que uno posea el poder y los conocimientos necesarios.

Dio la impresión de que el Tábido estaba haciendo unos cálculos muy rápidos mentalmente.

—No existe tal poder, salvo que se trate del que utilizaste para llegar a Nathreza.

Illidan asintió, lo que animó a Akama a proseguir con su razonamiento.

Sin embargo, Vandel decidió hablar, lo cual sorprendió al Señor de Outland.

—¿De verdad merece la pena, señor? ¿Realmente podremos acabar con la amenaza de la Legión Ardiente?

Illidan recorrió con la mirada esos rostros. Lo cierto era que no lo sabía. Simplemente, estaba dando un salto a ciegas. Tal vez la Legión fuera invencible. Tal vez matar a Kil’jaeden no sirviera de nada. Aunque una cosa sí era cierta.

—He reflexionado sobre esa cuestión durante diez mil años o más, Vandel — respondió—. Desde la primera vez que entré en contacto con Sargeras, desde la primera vez que comprendí de verdad qué era la Legión Ardiente.

Se calló por un momento, rememorando todo aquello. Él había tenido la misma visión que había compartido con los cazadores de demonios, solo que la había experimentado de un modo cien veces más intenso. El fin de la misma había sido convencerle de que la Legión era invencible, que era absurdo oponerse a la voluntad de Sargeras, que lo mejor y lo único que podía hacer era unirse a la Legión para poder tener algo que decir cuando se fuera a recrear el universo.

No obstante, no se había desmoronado mentalmente. Había seguido siendo quien era. Había utilizado lo que había visto como motivación para afrontar todos esos largos siglos de lucha. He tenido tiempo de sobra para meditar sobre tales cosas, pensó con amargura.

—Estuve encarcelado diez mil años. En esos diez milenios no permanecí ocioso, sino que medité sobre todo lo que había aprendido acerca de la Legión. Consideré todas las posibles formas de oponerme a ella. Todas las maneras en que cualquiera podía oponerse a ella. Por eso me uní a la Legión. Porque pretendía aprender todo lo posible sobre ella. Renuncié a todo por obtener ese conocimiento. Sé más sobre la Legión

Ardiente que cualquier criatura viva salvo quizá sus dirigentes, si quieren considerarlos unos seres vivos. He aprendido muchas cosas, pero todo se reduce a una terrible y siniestra verdad. Descubrí que no hay ninguna manera de derrotar a la Legión si uno se limita a esperar a que venga a por él. La Legión es demasiado poderosa. Aunque uno consiga repelerla, acabará regresando. Si logras hacerlo un millar de veces, regresará una y otra vez. Y cada vez será más fuerte; además, sus comandantes habrán aprendido de sus errores, sus generales estarán preparados para enfrentarse a sus estrategias. Son inmortales. Sus almas no pueden ser destruidas en la mayoría de los lugares. Solo pueden ser arrojadas de nuevo al Vacío Abisal, donde al final renacerán, con todo el conocimiento acumulado en sus vidas anteriores. Imagínense que tienen que luchar contra un guerrero que cada vez que lo matas regresa. Si este guerrero recuerda el ardid que empicaste para derrotarlo previamente, regresará preparado para no caer de nuevo en él. Al final, te quedarás sin argucias. Se te agotará la suerte. Por eso, la Legión no puede ser derrotada en Azeroth. Los espíritus de esos demonios únicamente pueden ser destruidos en el Vacío Abisal, en esos sitios donde ese plano se une tangencialmente con el mundo de los mortales o en esos lugares totalmente impregnados de las energías demoníacas de la Legión Ardiente. Nathreza era uno de esos lugares. Argus es otro. Ha habido algunos que creyeron que habían derrotado a la Legión Ardiente. Ahora, los Señores del Terror caminan sobre las cenizas de esos mundos, los infernales profanan las tumbas de sus hijos. No se puede vencer a la Legión luchando según las condiciones que ella misma impone, ya que al final lo único que puedes hacer es perder. Solo hay una manera de ganar: atacando a la Legión Ardiente donde puede ser destruida. Sé que es una posibilidad muy remota, pero es la única que tenemos. No nos queda otra. Lo único que podemos hacer es resistir y aguardar a la muerte o podemos llevar la guerra a Sargeras y sus esbirros. Destruiremos a los tenientes que comandan y espolean a las fuerzas de la Legión. Mataremos a Kil’jaeden y a Archimonde también si es que ha renacido. Sargeras necesita comandantes que controlen a sus soldados. Sin ellos, los eredar acabarán luchando entre ellos y podrán ser destruidos poco a poco.

Akama y la mayoría de los consejeros de Illidan lo miraban fijamente, presas del horror y el asombro. Los cazadores de demonios se limitaron a asentir.

—Voy a llevar esta guerra a Argus, ¡así que óiganme, cazadores de demonios! —Illidan agitó un brazo para señalar toda la habitación, así como a los cazadores de demonios reunidos ahí—. Todos ustedes afirmaron que querían vengarse de la Legión Ardiente. Les estoy ofreciendo la mejor oportunidad que nadie ha tenido jamás de saldar cuentas con ella. Segaremos las vidas de esos demonios como el campesino siega el trigo y mataremos a sus comandantes en un lugar donde no puedan renacer. Pues todos han demostrado ser dignos de acompañarme.

Dejó que asimilaran esas palabras. No les estaba pidiendo que lo siguieran, sino que les estaba diciendo que eran dignos de seguirle, lo cual era cierto. Los miró a la cara uno a uno y estos asintieron.

—Márchense. Díganselo a los demás. Prepárense para cuando se abra el camino a Argus.

—¿Adónde vas? —preguntó Akama, cuya voz era poco más que un susurro ronco. El Tábido se mesaba los tentáculos de la barbilla, horrorizado.

—A un lugar donde hay muchas almas esperando a ser disueltas, a Auchindoun.

—¿Al mausoleo de los draenei, señor? Pero si es un lugar sagrado.

Illidan centró su atención en Akama. ¿Acaso había detectado un atisbo de rebeldía en su voz?

—Para mí no, leal Akama.

El Tábido agachó la cabeza lentamente y se encorvó. El Señor de Outland era consciente de que no le gustaba lo que estaba ocurriendo, pero por el bien de su propia alma y de las almas de su pueblo, tendría que aceptarlo.

—Sí, señor.

Illidan extendió los brazos y las alas lo máximo posible.

—Y, ahora, márchense. Todos tendrán un papel que desempeñar antes de que llegue el final.

* * *

Vandel observó cómo los demás abandonaban la habitación. Echó un último vistazo al gran tablero del mapa, con esas fichas que representaban a esos ejércitos desperdigados. Ahora parecía un juguete, un rompecabezas infantil que no tenía nada que ver con los problemas que tenían que afrontar.

Mientras seguía a los demás hacia la salida de la cámara del consejo, pensó en lo que había dicho Illidan y en la visión que había tenido cuando había comido la carne del demonio.

Ni por un momento dudó de que lo que Illidan había dicho no fuera cierto. La Legión Ardiente era invencible cuando uno se enfrentaba a ella valiéndose de medios normales. No había ninguna estrategia defensiva que pudiera derrotar a un ejército que contaba con unos recursos ilimitados y unos soldados inmortales. No obstante, la verdadera cuestión era saber si el plan de Illidan marcaría alguna diferencia o no. Durante los últimos meses había dado la sensación de que el Traidor estaba menos cuerdo que nunca. Pero ahora, Vandel comprendía por qué: porque todas sus maquinaciones se acercaban a su punto álgido.

A Illidan no le importaba Outland. Tampoco le importaba la Ciudadela del Fuego Infernal ni la Reserva Colmillo Torcido. Nada de eso tenía relevancia para él. En realidad, nunca la había tenido, salvo como un trampolín para alcanzar su destino definitivo.

Vandel era capaz de ver lo que muchos otros consejeros eran incapaces de ver: que Illidan no tenía ya ningún plan para más adelante. Se hallaba al borde de un gran abismo y estaba decidido a dar un gran salto para adentrarse en esas tinieblas. Todo lo que estaba ocurriendo, que las ciudades estuvieran cayendo, que la Alianza y la Horda hubieran llegado, eran unas meras distracciones. Vandel sabía que pasara lo que pasase todo iba a estallar por los aires en los próximos meses. Ninguno de ellos iba a vivir mucho más. Daba igual que siguieran a Illidan a Argus o se quedaran ahí a pelear contra la Legión o la Alianza y la Horda, pues todos iban a morir.

Entonces la cuestión a plantearse era qué iba a dar más sentido a sus muertes. Si lo que había dicho Illidan era cierto, aunque solo fuera en una mínima parte, únicamente se podía hacer una cosa. Vandel acarició el amuleto que le había confeccionado a Khariel mucho tiempo atrás. Había llegado hasta ahí con un propósito muy claro en mente: oponerse a la Legión Ardiente y vengarse si era posible, lo cual estaba dispuesto a hacer hasta el final, por muy amargo que fuera.

Recorrió con la mirada a los demás cazadores de demonios y comprobó que habían llegado a una conclusión similar. En el caso de los elfos de sangre, daba la impresión de que estaban pensando en sacar provecho de esta situación de algún modo, como siempre.

Vandel sabía que sucediera lo que sucediese seguiría a Illidan. Miró hacia atrás y contempló la cámara del consejo. El Traidor seguía ahí, con los hombros hundidos y las alas plegadas, lo cual le confería un aspecto melancólico. Dio nueve pasos, y a continuación giró. Entonces, como si intuyera que lo estaba observando, Illidan se enderezó cuan largo era, flexionó las alas y cruzó los brazos. Mientras las puertas se cerraban silenciosamente, Vandel fue consciente de que las dudas también reconcomían a su líder.

* * *

Illidan contempló la sala de mandos vacía. Ese vacío hacía que esa gigantesca cámara pareciera más grande. La falta de bullicio provocaba que reinara un silencio sepulcral. Se acercó al mapa de la mesa y observó las fortalezas de su imperio de Outland que ya habían caído. Cada una de esas fichas y piezas talladas representaban millares de muertos, lagos enteros de sangre derramada. En ese instante, reparó en que tales cosas hacía mucho que habían dejado de preocuparle. En la partida que estaba jugando, el hecho de que se perdieran decenas de miles de vidas era un precio a pagar muy nimio.

Hacía mucho, mucho tiempo, esas muertes le habrían afectado. Aunque era consciente de que de lo que suponían de una manera racional, eso ya no suscitaba ninguna emoción en él, ni siquiera era capaz de recordar cómo se había sentido antaño al respecto, y eso le inquietaba. Había pasado tanto tiempo creándose una coraza contra las dudas, obligándose a plantearse cuestiones que únicamente eran relevantes para su lucha que, ahora, en esa cámara vacía, solo podía escuchar los ecos de unas voces que ya no hablaban.

Las dudas tanto de Vandel como Akama estaban justificadas. Tal vez estuviera equivocado. Tal vez estuviera realmente loco, de lo cual le habían acusado muchas veces. Cogió una de las fichas (un guerrero orco tallado con marfil de uñagrieta) y le dio vueltas y más vueltas entre los dedos. ¿Cuántos orcos viles había enviado a morir sin habérselo pensado dos veces? Si hubiera querido, habría sido capaz de calcular el número. Su mente de hechicero era capaz de recordar todos los planes de batalla, todas las listas de suministros. Pero eso sería absurdo.

Pensó en los cazadores de demonios, que pertenecían a su propio pueblo. Sentía una afinidad con los elfos que no sentía con nadie más, pero incluso ese sentimiento parecía algo remoto y difuso, ya que había recorrido caminos que lo habían separado incluso de ellos. Había pasado diez mil años totalmente aislado del resto del mundo, con solo Maiev y sus Celadores como compañía, quienes apenas se habían relacionado con él. Diez mil años solo, acompañado únicamente por sus pensamientos y sus planes y sus visiones. Diez mil años de pesadillas tenebrosas, poniendo a prueba esas cadenas que no se pudieron romper hasta que, finalmente, Tyrande lo liberó. Se planteó la posibilidad de visitar a Maiev para infligirle un castigo, aunque solo supusiera una mera fracción del sufrimiento que se merecía. La ficha se deshizo entonces en su mano, pues la había apretado demasiado.

Arrojó los fragmentos sobre el mapa. Ahora no había tiempo para distracciones. Tenía una guerra que ganar. Las dudas lo atormentaban. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si había hecho mal los cálculos?

Sus visiones no eran infalibles. Tal vez hubiera otra manera de ganar y no había sido capaz de verla. Tal vez estuviera tan ciego que no era capaz de ver esa solución que le llevaría a vencer en esa guerra sin llevar a cabo tantos sacrificios. Una y otra vez, había intentado dar con ella, pero no la había encontrado; sin embargo, eso no quería decir que no existiera.

El Traidor. Así lo llamaban. Así es como lo recordarían. A pesar de que, si tenían la suerte de sobrevivir y recordarlo todo, sería porque los había salvado, aunque nunca lo supieran. Ese pensamiento le hizo sentir una sensación de satisfacción amarga por un momento.

Se cuadró de hombros, flexionó las alas y salió de la cámara sin mirar atrás. Había llegado la hora de ir a Auchindoun y enfrentarse a los espíritus de los muertos sin descanso.

* * *

Akama se hallaba solo junto a la jaula de Maiev, puesto que había dicho a los guardias que se podían marchar. La celadora, que acababa de escuchar cómo había sido el último encuentro del Tábido con Illidan, estaba más pálida que nunca. Aunque

Akama estaba corriendo un gran riesgo al venir a verla en esos momentos, necesitaba hablar con alguien que compartiera el terrible odio que sentía hacia Illidan.

Un espanto tremendo se había adueñado del corazón del Tábido. El Traidor tenía planeado profanar otro lugar sagrado para los draenei. No se iba a detener ante nada. Ni siquiera el cementerio más importante del pueblo de Akama se hallaba a salvo de la locura cada vez mayor de Illidan. Pasara lo que pasase, fuera cual fuese el precio a pagar, había que detener al Traidor. Akama lo tenía muy claro, todas las fibras de su ser le indicaban que debía hacerlo. Aunque eso supusiera correr el riesgo de perder su alma, había llegado el momento de llevar a cabo su plan definitivo, aunque fuera a la desesperada.

—Está loco —afirmó Maiev—. Siempre lo ha estado. Pero esa es la estrategia más demencial que he oído nunca. ¡Abrir una puerta a Argus! ¿Estás seguro que no quería decir que pretende invocar refuerzos procedentes de ese lugar que lo ayuden a derrotar a la Alianza y la Horda?

Akama negó con la cabeza.

—Tú no has estado presente ahí. Tú no lo has oído hablar. Cree completamente en lo que dice. Planea seguir adelante con esa estrategia. Ya no le importa nada más. Durante las últimas semanas ha desatendido por entero su reino y ha trabajado febrilmente en este único plan. Lo único que ha hecho es intentar abrir ese portal. Ha confeccionado un hechizo tras otro, ha creado una carta astromántica tras otra. No ha hecho nada más, a pesar de que, mientras tanto, su imperio se desmoronaba.

—Tal vez pretenda emplear ese portal para escapar —replicó Maiev, cuya voz se tiñó de cierta preocupación, como si seriamente estuviera considerando la posibilidad de intentar dar caza a esa presa sin ayuda de nadie—. Tal vez espera abrir un camino que lleve a un refugio situado lejos de aquí. Eso deberías comprenderlo, ya que tu propia gente hizo lo mismo en su momento.

—Illidan no es de los que huye. Sinceramente, creo que de verdad planea dar con Kil’jaeden y luchar a muerte con él.

Las carcajadas burlonas de Maiev resonaron con fuerza.

—Perderá. Y todos sus esfuerzos habrán sido en vano. Y todos los tuyos también. Tu querido templo caerá en manos de la Alianza o la Horda. Libérame. Así, al menos, si el Templo acaba en manos de la Alianza, podré interceder a tu favor y cerciorarme de que se lo devuelven a tu pueblo.

Akama la miró y sonrió.

—No tienes que preocuparte por eso. He elaborado mis propios planes al respecto. Lo único que tienes que hacer es ser paciente.

—¿Por eso me has visitado tan a menudo, Tábido? ¿Porque aún piensas que podrás utilizarme como una pieza más en tus maquinaciones?

—Si fuera así, ¿qué más daría? Si pudiera liberarte de este sitio y ayudarte a dar los primeros pasos en el sendero de la venganza, ¿acaso importaría?

—Has hecho tales promesas con anterioridad.

—Ah, pero entonces no era el momento adecuado. Ahora sí.

Akama se marchó, gozando del silencio meditabundo que dejaba atrás, mientras Maiev reflexionaba sobre las palabras de este. En la lejanía, la tierra tembló mientras la Mano de Gul’dan entraba en erupción. Últimamente, eso era muy habitual. Se trataba de un mal presagio.

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