Illidan – Capítulo Veintitrés

IllidanDos meses antes de la Caída

Desde la cresta de la montaña, tenían una vista perfecta del Portal Oscuro que les permitía contemplar un panorama desolador, o eso pensó Vandel. El portal a Azeroth refulgía de un modo siniestro dentro de ese gran arco, al que se llegaba por las titánicas escaleras de los Peldaños del Destino. No obstante, el portal en sí no era lo más desesperanzados sino el ejército que lo rodeaba.

Desde la confrontación con el Alto Señor Kruul, la Legión Ardiente había enviado sus fuerzas a Outland a tal velocidad que era imposible contenerlas. La mayoría de ellas parecían hallarse ahí abajo en esos momentos, tanto en el valle como a lo largo del camino que llevaba hasta el Portal Oscuro. Miles de demonios y decenas de miles de sus adoradores se encontraban acampados en ese lugar. Había venido desde decenas y decenas de portales, que se habían abierto simultáneamente en tal cantidad que no todos habían podido cerrarse. Daba la impresión de que intentaba demostrar a lord Illidan que sus planes de oponerse a ellos eran totalmente fútiles.

Más y más tropas de la Legión marchaban por el camino que llevaba de la Marisma de Zangar a la Península del Fuego Infernal. Las fuerzas de la Legión avanzaban con un terrible objetivo en mente, que solo podía ser invadir de nuevo Azeroth. La puerta que llevaba a su mundo natal volvía a estar abierta y los destacamentos de la Legión llevaban días cruzándola.

Eran tantos y a la vez tan pocos. Todos esos soldados y demonios y máquinas de guerra de allá abajo resultaban muy imponentes, pero como podía recordar la visión que había tenido durante el ritual de transformación, Vandel era consciente de que solo era una diminuta fracción del gran ejército de la Legión Ardiente.

Cada día llegaban más y más. Intentó imaginarse la inconcebible distancia que debían de haber recorrido para llegar hasta ese lugar, los vastos abismos entre mundos que debían de haber cruzado, pero le resultaba imposible.

El Portal Oscuro era ya bastante sobrecogedor de por sí. Los dos gigantes de piedra vestidos con túnicas situados a ambos lados de ese arco titánico le recordaron a unas esculturas similares que había en el interior del Templo Oscuro; además, se apoyaban en unas espadas lo bastante grandes como para derribar las murallas de la ciudad de Stormwind. Unas luces refulgían dentro del portal, brillando como unas estrellas atrapadas.

Otro convoy avanzaba por el camino para entregar su cargamento de soldados y municiones al vasto campamento que se hallaba bajo la sombra del portal. Los Illidari habían intentado impedir que llegaran más convoyes. A pesar de que les habían tendido emboscadas y los habían atacado de formas mucho más directas, todo había sido en vano. Sus enemigos eran demasiado numerosos y demasiado poderosos; además, estaban desperdiciando recursos que necesitarían para defender el Templo Oscuro cuando se produjera el ataque final.

Esa bravuconada que Illidan había lanzado en la que afirmaba que llevaría la guerra a Kil’jaeden parecía ahora muy absurda, no sonaba más amenazadora que lo que le parecería a un soldado veterano un crío ataviado con la armadura de su padre que blandía la espada de su progenitor.

Vandel contempló los rostros de la gente que había a su alrededor, Illidan tenía una mueca burlona dibujada en la cara, como si todo ese vasto ejército no se mereciera siquiera su desdén. Jace Darkweaver arqueó una ceja de un modo burlón, pero en cuanto la bajó, un gesto ceñudo de preocupación se quedó grabado en su rostro.

Una amplia y demencial sonrisa, que obligaba a estirarse al máximo los hilos con los que tenía cosidos los labios, dominaba el semblante de Aguja. Elarisiel parecía hallarse francamente asustada y Vandel se preguntó si el demonio de su compañera se estaba haciendo con el control de su mente y manipulándola.

Su propio demonio se sentía tremendamente satisfecho. Esa demostración de fuerza de la Legión Ardiente le agradaba. Ese poderoso ejército de allá le daría la bienvenida. Podría sumarse a sus invencibles filas en cualquier momento y podría jugar con mundos enteros hasta que el universo quedara reducido a ruinas y renaciera.

¿Por qué estamos aquí?, se preguntó Vandel. ¿Acaso Illidan los había traído hasta ahí simplemente para que se deprimieran? No, eso no era propio de él. Debía de tener un propósito en mente. Parecía hallarse muy absorto, como si estuviera esperando a que ocurriera algo. Al mirar a la puerta, Vandel creyó entender qué sucedía, puesto que nunca la había visto con el aspecto que tenía hoy.

Vandel se acordó de lo que el Traidor le había hecho al portal de Nathreza. Tal vez planeaba hacer lo mismo ahí; lanzar un ataque suicida contra la puerta y un hechizo de destrucción para hacer que explotara, de tal manera que todo ese ejército de allá abajo desaparecería.

Pero también perecerían los cazadores de demonios; además, la Legión Ardiente siempre podría reunir más tropas. ¿Quién quedaría para oponerse a ella si las fuerzas de Illidan yacían en unas tumbas?

¿Por qué quieres oponerte a ella?, le susurró ese demonio que se hallaba dentro de él. ¿Por qué lo intentas siquiera? Perteneces a ella. Siempre lo has hecho.

Mientras ese pensamiento cobraba forma en su mente, el flujo de poder alrededor de la puerta se incrementó por mil. Unas tropas procedentes de Azeroth surgieron del portal, en las que se mezclaban orcos y humanos, elfos de la noche y elfos de sangre. Unos grifos surcaron el cielo por encima de la puerta, acompañados de unos dracoleones.

Los conjuros brillaron en el aire. Las armas mágicas horadaron la piel demoníaca. A pesar de que un pelotón de guardias viles intentó bloquear los Peldaños del Destino, un orco enorme armado con un gigantesco martillo se abrió paso entre ellos de un modo muy violento. Detrás de él avanzaba un humano que portaba un escudo y le cubría las espaldas.

Resultaba increíble ver a toda esa gente tan dispar luchando unida. Sin lugar a dudas, la amenaza que suponían las fuerzas de Kruul había contribuido decisivamente a que decidieran colaborar. Daba la sensación de que la Alianza y la Horda estaban invadiendo juntas Outland.

En cuanto la avanzadilla de los héroes cruzó el portal, siguieron emergiendo más y más tropas, que marchaban en grupos muy compactos con intención de asegurar el perímetro.

Un colosal guardia de cólera enfundado en una reluciente armadura atravesó una de las líneas humanas, con un hacha descomunal en cada mano. Pero una compañía de orcos corrió a interceptarlo. Un relámpago crepitó y el guardia de cólera se detuvo por un momento. Los orcos acabaron con él.

Más y más tropas de Azeroth cruzaron la puerta. A pesar de que sufrían muchas bajas, seguían luchando. Por cada humano u orco o trol que caía, otro ocupaba su lugar.

Debe de haber un ejército enorme reunido al otro lado del Portal Oscuro, pensó Vandel, quien en ese momento recordó el tamaño del ejército de la Legión que había llegado hasta ahí. Todos los reinos de la Alianza y todos los dominios de la Horda debían de haberse quedado sin un solo combatiente. Las fuerzas de un mundo entero se habían unido para enfrentarse a la Legión Ardiente. Lo único que podía hacer Vandel era rezar para que eso fuera suficiente.

En el centro del campamento de la Legión pudo distinguir al Alto Señor Kruul vociferando órdenes a sus tropas. ¿El combate lo deleitaba o se arrepentía de haber alborotado ese avispero?

Illidan se acuclilló por un instante, con las alas extendidas al máximo, y ladeó la cabeza. Una expresión de desconcierto apareció fugazmente en su semblante.

—¿Kruul esperaba esto? ¿Lo deseaba?

Hizo esa pregunta en voz baja, como si estuviera hablando consigo mismo.

—¿Para qué querría provocar un ataque simultáneo de la Horda y la Alianza? — inquirió Vandel.

Illidan, que seguía con la mirada clavada en la batalla, respondió:

—Tal vez para que Azeroth quedara desprotegida. Para alejarlos de su hogar, del terreno que mejor conocen, para llevarlos a un lugar donde puedan ser más fácilmente destruidos.

—¿Acaso crees que se trata de una trampa, lord Illidan?

—Tiene toda la pinta de serlo. La cuestión es quién es la presa. Hay algo aquí que me escama.

Vandel comprendía esa sensación perfectamente. La satisfacción que sentía su propio demonio lo inquietaba. ¿Acaso estaba reaccionando de algún modo a algo que percibía en esa situación? Si Vandel se hallaba muy intranquilo, Illidan debía de sentirse mucho más desasosegado, puesto que era mucho más poderoso y estaba aún más curtido en estas lides.

Por un momento, Vandel sintió algo muy parecido a la culpa. Al ver cómo ese contingente de combatientes elfos de la noche arremetía violentamente contra esa línea de la Legión Ardiente pensó que debería estar ahí abajo, luchando con ellos. Al fin y al cabo, era un cazador de demonios y allá abajo se encontraba el mayor ejército de demonios jamás reunido.

Pero ¿qué dirían los kaldorei cuando lo vieran tatuado con las marcas de Illidan, su antiguo enemigo? No lo recibirían con los brazos abiertos como un amigo y compañero, sino que, probablemente, lo confundirían con uno de esos demonios contra los que luchaban.

Se preguntó si habría algún conocido con ese destacamento y si iba a tener que bajar ahí a matarlo. No estaba seguro de qué haría si Illidan diera esa orden.

A pesar de que era un cazador de demonios leal al Traidor, esta guerra era contra la Legión Ardiente, no contra esa gente que antaño habían sido sus hermanos. Él no era su enemigo, aunque ellos pudieran creer que sí.

¿Qué haría entonces?

La respuesta era muy sencilla. Si se lo ordenaban, lucharía. Si los kaldorei lo atacaban, lo matarían. En cualquier otro caso, intentaría evitarlos.

Más y más soldados descendieron por los Peldaños del Destino, cual avalancha de carne protegida por el metal de las armaduras. Un maremoto de violencia que se lo llevaba todo por delante. Por un instante dio la impresión de que el campamento de la Legión Ardiente podría ser arrasado. Entonces, el Alto Señor Kruul se sumó a la batalla y la ofensiva se detuvo.

Paso a paso, los ejércitos de Azeroth se vieron obligados a retroceder por las escaleras. La melé era brutal y letal. No había espacio para agacharse o confeccionar hechizos, solo para intercambiar salvaje y rápidamente conjuros o golpes en medio de esa muchedumbre tan compacta.

Paso a paso, la Legión fue empujando a las fuerzas enemigas y subiendo por las escaleras. Al final, ambos ejércitos alcanzaron un punto de equilibrio, en el que ninguno era capaz de avanzar o retroceder ni un solo paso mientras el combate proseguía con la misma furia que antes.

Cuando la batalla se hallaba en un equilibrio precario, surgió una nueva amenaza para las fuerzas de Azeroth. Un destacamento formado por guardias viles, Señores del Terror, guardias apocalípticos y guardias de cólera se habían reunido en el extremo más alejado del campamento de la Legión y desplazándose luego por las colinas de allá abajo, sin que los que participaban en la batalla principal pudieran verlos en ningún momento. El mismo Alto Señor Kruul lo lideraba, flanqueado por sus canes del Núcleo. Su intención era clara, romper las líneas de las tropas de Azeroth al sorprenderlas por el flanco.

Vandel no estaba seguro de cómo iban a hacer eso las fuerzas de Kruul. Tal vez los guardas apocalípticos pretendían volar hasta uno de los laterales de los Peldaños del Destino. También podrían usar sus alas algunos de sus otros esbirros, aunque quizá así perdieran el factor sorpresa. Lo más probable es que pretendieran mantenerse ocultos cerca de ese flanco empinado hasta que lanzaran el ataque. Podían usar portales mágicos para traer al resto del destacamento.

Illidan también se había percatado de ello.

—Si esos demonios logran que caiga el flanco orco, entonces la batalla estará perdida y los invasores serán enviados de vuelta a Azeroth; además, gran parte de su ejército se quedará aislado y será destruido.

Hablaba con un tono meditabundo, como si estuviera sopesando las diversas posibilidades una y otra vez, examinándolas con sumo detenimiento para ver cuál era la que más le convenía.

—No podemos permitir que eso ocurra.

El propio Vandel se sorprendió al oírse decir esas palabras.

Illidan volvió la cabeza hacia él. Ahora tenía toda la atención del Traidor, cuyas alas le envolvían rígidamente, como si intentaran esconderlo. Ladeó la cabeza y le dijo:

—Por supuesto, tienes razón, Vandel. Ve con una compañía a interceptar a esos demonios antes de que lleguen a las escaleras. Detenlos.

Vandel no estaba seguro de si le estaba recompensando o castigando por haber hablado. Aunque, en realidad, le daba igual. Hizo una seña a Elarisiel y un grupo de cazadores de demonios lo siguió. Aguja también lo acompañó. Bajaron por la montaña con la mayor celeridad posible para interceptar al destacamento de Kruul mientras seguían manteniéndose ocultos a la vista de los combatientes que peleaban allá arriba, en los Peldaños del Destino.

* * *

Los cazadores de demonios cubrieron esa distancia con la agilidad de unas panteras. Las tropas de Kruul, tal y como Vandel había sospechado que harían, se habían posicionado bajo la sombra de las escaleras. Los miembros alados de ese destacamento se estaban acercando volando a uno de los laterales de las mismas. Esos demonios eran un grupo pequeño pero poderoso, capaz de cambiar el signo de la batalla si llegaban a tiempo.

Vandel profirió un grito de batalla. Los demonios se giraron para mirar en su dirección. Clavaron sus ojos ardientes directamente en él. El cazador de demonios lanzó un rayo de energía vil al más cercano, que atravesó el monstruoso cuerpo de la criatura a pesar de que llevaba armadura. Instantes después, se hallaba entre esos demonios, cortando y rajando, agachándose y rodando, esquivando las descargas que los guardias de cólera le lanzaban con esas extrañas armas que llevaban montadas en el pecho.

El Alto Señor Kruul miró directamente a Vandel y lo atacó con una de sus mortíferas descargas de las sombras. Vandel la evitó de un salto y se acercó al gigantesco demonio.

—Ah, pequeño, ¿acaso tu amo teme enfrentarse a mí en persona? —preguntó Kruul con una voz atronadora.

—No. Simplemente cree que soy rival para ti —contestó Vandel.

De inmediato se apartó a un lado para evitar la gigantesca espada de Kruul, que destrozó el suelo. Unas esquirlas de roca hecha añicos se le clavaron al cazador de demonios en el costado, haciéndole sangrar. Apuñaló a Kruul en una de esas piernas del tamaño de un tronco, apuntando a cierto punto situado tras la greba, y acertó con su hoja en el lugar adecuado. Tras sacarla, rodó hacia delante, con la esperanza de colocarse detrás del guardia apocalíptico y fuera de su campo de visión.

Una batalla campal se había desatado a la sombra de esas vastas escaleras, sin que los combatientes de la parte superior se percataran de ello. Al rodar por el suelo, Vandel acabó justo en medio de aquella turbamulta. Volvió la cabeza y comprobó que Kruul ya se estaba peleando con otros cazadores de demonios. Uno de ellos cayó, partido por la mitad por esa hoja del tamaño de un ariete. A continuación, el guardia apocalíptico lanzó una salva de rayos mágicos que alcanzó al resto de atacantes. Los enormes canes del Núcleo que se hallaban junto a él gruñeron. Vandel se preparó para abalanzarse sobre la espalda de Kruul, pero antes de que pudiera saltar, los demonios se le echaron encima en tropel.

Tuvo que hacer uso de toda su concentración para lograr mantenerse con vida. Aunque despachó al primer guardia vil y luego a otro, por cada uno que eliminaba, otro ocupaba su puesto.

Se estaba quedando sin fuerzas e incluso sus dagas mágicas fueron tomándose romas. Luchaba en medio de una montonera de cadáveres, tanto de elfos como de demonios. Mató y mató hasta que se quedó sin energías, hasta que incluso dejó de oír la voz de ese agobiante demonio que se hallaba en el interior de su mente.

Era consciente de que iba a morir y, realmente, no le importaba. Daría la vida feliz tras haber dado muerte a tantos demonios como pudiera. Por primera vez en muchos meses, se sintió como un elfo mortal, cansado y lento. Los demonios seguían acercándose de manera imparable e implacable. El curso de la batalla lo llevó de vuelta hacia el guardia apocalíptico. Una vez más, se halló cara a cara con Kruul.

Vandel se agachó para esquivar la descomunal espada del Alto Señor, y acto seguido tropezó. La gigantesca anua del demonio atravesó el lugar donde hasta hacía unos instantes había estado su cabeza.

A pesar de que intentó ponerse en pie, sabía que no podría hacerlo. Kruul se alzaba sobre él, con la espada levantada, y supo que le había llegado la hora. En la hoja se reflejó la luz sangrienta del sol de Outland, y acto seguido el arma trazó un arco descendente.

Vandel se negó a apartar la mirada. Alzó ambas dagas en un último intento desesperado de defenderse. De repente, a Kruul le explotó el pecho. Ahí solo quedó un tremendo agujero por el que podía ver a Illidan sosteniendo sus gujas de guerra. Id guardia apocalíptico se desplomó. Vandel se apartó rodando hacia un lado mientras el colosal demonio caía violentamente hacia el suelo.

—Lo has matado —dijo Vandel.

Illidan sonrió de un modo enigmático.

—Tal vez.

A su alrededor podía oír el fragor de la batalla. El resto de los cazadores de demonios había abandonado su escondite para enfrentarse a los demonios, sorprendiéndolos por el flanco, tal y como ellos habían intentado sorprender a las fuerzas de Azeroth.

Como los habían pillado con la guardia baja y además carecían ahora de un líder y se enfrentaban a un número desconocido de adversarios, los demonios se fueron disgregando en pequeños grupos y, poco a poco, los hicieron picadillo.

* * *

Vandel se puso en pie. Todos los demonios estaban muertos. Aun así, el hambre lo azuzaba. Podría matar a un millar de esbirros de la Legión y nunca sería suficiente. Podría quemar un mundo lleno de ellos y se sentiría como si apenas acabara de empezar.

Pese a que se dio cuenta de que ese mismo impulso era el que empujaba a la Legión, en ese momento no le importó. Solo quería seguir matando y matando.

Curvó los labios para lanzar un gruñido y se preparó para buscar una presa una vez más.

Illidan lo agarró del hombro.

—Basta ya. No es el momento adecuado. Tenemos mucho que hacer en otra parte.

Por un instante, Vandel se planteó la posibilidad de atacar al Señor de Outland, pero se contuvo y, poco a poco, su sed de venganza menguó hasta ser controlable. Exhaló y tuvo la sensación de que parte de su ira se iba con esa exhalación.

—Hoy aquí hemos salvado a la Alianza y la Horda, pero nunca lo sabrán —dijo Vandel al fin.

—No hace falta que lo sepan. Nos basta con que estén aquí. —Illidan sonrió de tal modo que dejó traslucir una inmensa satisfacción—. Mantendrá entretenida a la Legión Ardiente mientras nosotros preparamos su derrota. El enemigo de mi enemigo…

Los cazadores de demonios se alejaron de la batalla y volvieron a ascender por esas pendientes hasta llegar a esa zona con unas vistas privilegiadas de la que antes habían bajado. Vandel se volvió para contemplar el combate. Más tropas del bando Azeroth se desplegaron para proteger los flancos de su ejército, conformando una avalancha colosal de combatientes y hechiceros que se dispuso a barrer a todo enemigo de esas escaleras. El signo de la batalla había vuelto a cambiar a su favor. Daba la impresión de que las fuerzas de Azeroth habían consolidado su posición en Outland.

Illidan flexionó las alas de un modo triunfal.

—Con suerte, la Alianza y la Horda mantendrán distraídos a los demonios mientras nosotros hacemos lo que hay que hacer. Ahora debemos dar con el Trono de Kil’jaeden.

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