Illidan – Capítulo Veintiuno

Illidan

Dos meses antes de la Caída

Un sol inmisericorde resplandecía sobre la tierra reseca de la Península del Fuego Infernal, evaporando la sangre casi en el mismo momento en que se derramaba. Vandel acabó con el último de los demonios y, acto seguido, se acercó a uno de ellos para arrancarle del ojo la daga con la que lo había matado tras lanzarla de un modo certero.

Al echar un vistazo a su alrededor pudo comprobar que habían logrado su objetivo. Lord Illidan se hallaba junto a los palanquines que los demonios habían defendido con suma dureza, con los brazos cruzados y las alas desplegadas al máximo en un gesto triunfal.

Había cadáveres de demonios por doquier, a los que los Illidari habían masacrado. A pesar de que el hambriento demonio de Vandel le susurró algo en su mente, no cedió a la tentación de engullir carne de demonios, sino que se encaramó a un enorme peñasco y escrutó el campo de batalla. Hizo un gesto de asentimiento a uno de los miembros de la nueva hornada de cazadores de demonios que se había incorporado a sus filas desde la batalla contra los Nathrezim. En el mes que había transcurrido desde aquello, ya casi habían logrado reemplazar las bajas que habían sufrido en esa gran batalla en el archivo de los Señores del Terror.

No obstante, habían perdido más soldados después de aquel combate. A veces, daba la sensación de que en las semanas posteriores nunca habían dejado de luchar, lo cual no era del todo cierto. Había habido un periodo de tiempo en que Illidan se había retirado a su sanctasanctórum para meditar sobre cuál iba a ser su próximo movimiento. Durante días, lo único que habían hecho había sido entrenar y supervisar los avances de los nuevos reclutas. Entonces, el Traidor se había presentado con un nuevo plan y, a partir de ahí, habían pasado casi todo su tiempo llevando a cabo ataques relámpagos contra la Legión Ardiente.

Debían de haber luchado en una veintena de batallas. Habían atacado Campamentos Forja en Nagrand y habían tendido emboscadas a convoyes que cruzaban Tormenta Abisal. Una y otra vez habían interceptado a algunas fuerzas que atravesaban la Península del Fuego Infernal.

Algunos de los combates habían tenido lugar cerca de los portales que la Legión había abierto en Outland. La lógica de esa estrategia era evidente. Sin duda alguna, los amos de la Legión Ardiente ansiaban vengarse de Illidan. Por tanto, sus incursiones se habían vuelto más numerosas y sus destacamentos eran cada vez más poderosos.

Pero eso no había sido todo. También se habían abierto algunos portales nuevos en ciertos lugares de Azeroth que Vandel reconoció: Cuna del Invierno y Azshara. Illidan había insistido en que debían cerrar esas puertas y hacerse con ciertos cristales mágicos que se habían empleado para cerrarlas. Les había dicho que la Legión había estado intentando invadir Azeroth desde Outland y que eso debía parar.

No cabía duda de que los demonios estaban planeando otro gran asalto; además, no podían cerrar todas las puertas. El enemigo había establecido unas cabezas de puente inmensas en las Montañas Filospada y en las mismas fronteras de Nagrand. Por lo que Vandel había podido escuchar por casualidad, había más Campamentos Forja que las fuerzas Illidan nunca habían visto y que, tal vez, nunca verían.

También estaba claro que lord Illidan estaba buscando algunos materiales para crear algo. Si hubiera tenido que aventurar una hipótesis, Vandel habría afirmado que estaba reuniendo componentes para crear otro portal como el que lo había llevado a Nathreza. Había oído formular esa teoría a algunos de los demás, a aquellos que sabían sobre tales cosas, y parecía tan válida como cualquier otra.

A Vandel no le habría sorprendido que hubieran hallado más de esos cristales en los ataúdes metálicos que este destacamento había estado escoltando, así como otros objetos mágicos.

Desde el memorable discurso que había dado tras la gran batalla, lord Illidan no había considerado adecuado darles más información sobre cuál era su nuevo plan. Se había limitado a enviarlos aquí y allá para atacar a la Legión; en algunas ocasiones, él mismo había liderado el asalto; otras veces, había dejado que Elarisiel o Vandel asumieran el mando. No había ninguna razón que justificara que Midan los acompañara. A veces, las batallas en las que lideraba el ataque consistían, simplemente, en masacrar a unos cuantos orcos viles que todavía eran leales a la Legión Ardiente; otras veces, no los acompañaba cuando se enfrentaban a un adversario mucho más duro. Corría el rumor de que llevaba a cabo unos rituales muy extraños cuando las estrellas se alineaban del modo adecuado, de que estaba confeccionando un hechizo que los llevaría inevitablemente a la victoria.

Allá abajo, Illidan estaba examinando los restos de los palanquines que habían caído en la emboscada. Media docena de sirvientes demoníacos habían portado cada uno de aquellos ataúdes, los cuales yacían ahora entre el polvo del suelo, con sus laterales metálicos perdiendo el lustre.

Ante Illidan, un orco vil flotaba en el aire; se trataba de uno de los soldados de la Legión, que se encontraba atrapado por la magia del Traidor.

Vandel descendió de esas rocas brincando, saltando de peñasco en peñasco, sorteando precipicios, en los que si hubiera dado el menor paso en falso, habría acabado cayendo al vacío. Aterrizó en el suelo rodando, se puso en pie de un salto y se dirigió hacia lord Midan dando grandes zancadas, hasta colocarse a su lado.

—¿Tienes algo de qué informar, acechador nocturno? —preguntó d Traidor, quien, como siempre, parecía saber que Vandel se hallaba ahí sin tener que mirar, lo cual resultaba ahora menos desconcertante, ya que el cazador de demonios sabía cómo se hacía ese truco y era capaz de hacerlo él mismo.

—El perímetro está asegurado, señor, y no parece que tengamos que enfrentamos a ninguna amenaza inmediata.

—Yo que tú no estaría tan seguro de eso —replicó Illidan.

—¿Señor?

—Creo que la Legión Ardiente por fin ha deducido qué es lo que estoy haciendo.

—¿Cómo es posible que lo hayan averiguado, señor?

—Quizá cuenten con espías entre nuestras filas. Solo he encontrado las piedras infernales que busco en uno de estos contenedores. El resto están llenos de rocas.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Usa la vista que obtuviste en el ritual.

Vandel se concentró en los cilindros metálicos y, de inmediato, supo a qué se refería su Señor Supremo. Uno de ellos brillaba con la energía que albergaba dentro, como si se hallara repleto de cristales centelleantes. Los demás no brillaban tanto ni por asomo. En su interior, no se hallaba encerrada la energía que Illidan podría utilizar para lo que fuera que tuviera planeado.

Como si quisiera demostrar que tenía razón, Illidan se agachó y abrió uno de ellos. Unas gemas relucientes cayeron rodando, así como unas cuantas esquirlas de cristal. Con esa treta, podrían haber engañado a alguien que no poseyera la visión espectral de un cazador de demonios, pero no a alguien capaz de detectar las emanaciones mágicas.

—Entonces, ¿crees que se trata de una trampa?

—Es posible, o tal vez un mero ardid para atraemos a un lugar distinto mientras el cargamento de verdad sigue otra ruta. Creo que ese tal Alto Señor Kruul del que tanto he oído hablar es más inteligente que los anteriores comandantes de operaciones de la Legión.

—¿Quién es? —inquirió Vandel.

—Descubrámoslo —respondió Illidan, quien se volvió hacia el orco vil, el cual flotaba en el aire, envuelto en unas cadenas de energía y con un desafiante gesto de desprecio dibujado en el rostro.

—Sé quién eres. Traidor. Tienes un apodo muy apropiado.

—Si me hubieran dado una pieza de cobre cada vez que he oído eso, podría haber levantado una torre de monedas que llegara hasta la luna más cercana —replicó Illidan—. Ojalá a mis enemigos se les ocurrieran unos sarcasmos más originales.

Aunque el orco vil intentó escupir a Illidan, su saliva hirvió y se evaporó en cuanto tocó la cadena de energía.

—Háblame sobre el Alto Señor Kruul —le ordenó Illidan—. Quiero saber más sobre su nuevo general.

—No pienso contarte nada —contestó el orco vil—. No temo de las torturas a las que puedas someterme.

—Como desees.

Illidan hizo un gesto. De sus manos extendidas surgió una energía mágica que se dirigió a la cabeza del orco vil. Las cadenas brillaron con más intensidad. El orco vil chilló y su espíritu partió dejando solo un cascarón vacío detrás. Vandel fue capaz de percibirlo.

Entonces, Illidan dijo:

—Háblame sobre el Alto Señor Kruul.

El cadáver abrió la boca y se rió.

—No hace falta que lo haga. Traidor. No hace falta, ya que se aproxima. Pregúntaselo tú mismo.

La energía mágica palpitó dentro de los cilindros metálicos, tan visible como la luz ante la visión espectral de Vandel. Se elevó en el aire en espiral, conformando un vórtice resplandeciente. Un instante después, un portal cobró forma allá donde la energía se había fusionado. Una oleada de calor como la que desprende un alto homo atravesó el aire, empujando a los Illidari a retroceder e incinerando el cadáver del orco vil.

Una figura enorme emergió de él, flanqueada por dos infernales ardientes.

Vandel pensó que le recordaba a un guardia apocalíptico, aunque más grande. Poseía unos cuernos como los tauren y eran tan descomunales como los de un bisonte. Unas alas enormes le tapaban la espalda como una capa. Unas runas amarillas y demoníacas refulgían en los brazales que llevaba. En la mano derecha aferraba una gigantesca espada negra en la que centelleaban unas runas de un color azul pastel. Esa espada era tan grande como para talar un roble de Vallefresno de un solo tajo.

—Así que tú eres el que derrotó a Magtheridon —dijo el demonio—. Pues no pareces gran cosa.

Su voz resonó atronadora y rudamente por todo el campo de batalla. Dejaba un rastro de llamas cuando caminaba, era como si el mismo suelo no pudiera soportar el roce de esas colosales pezuñas sin entrar en combustión espontánea presa del miedo.

Decía mucho sobre la tremenda confianza que tenía en sí mismo Kruul el hecho de que estuviera dispuesto a enfrentarse a un ejército de cazadores de demonios únicamente acompañado de sus escoltas infernales. Al contemplarlo, Vandel concluyó que esa confianza estaba más que justificada, ya que irradiaba poder y unas corrientes de una magia muy potente giraban en tomo a él.

—Y tú, por lo que parece, no eres más que otro guardia apocalíptico —replicó Illidan—. ¿Has venido a ver si puedes vengarte por la devastación que ha sufrido el mundo natal de tus hermanos?

Kruul estalló en unas carcajadas estentóreas.

—Eso estuvo muy bien. Desataste la destrucción contra los destructores. Pero no he venido en busca de venganza, sino que he venido a matarte.

Illidan desenvainó sus gujas de guerra.

—Otros lo han intentado antes. Te encarcelaré junto a Magtheridon y usaré tu sangre para hacer mi ejército aún más grande.

—Mi sangre quemaría a tus patéticas mascotas. Solo conseguirías tener unos caparazones calcinados como siervos.

Mientras el gigantesco guardia apocalíptico hablaba, más y más infernales surgían en tropel del portal, cuya piel ardía y desprendía un calor abrasador. Daba la impresión de que en presencia de Kruul se volvían más fuertes.

Vandel percibió que los Illidari se estaban colocando en posición en las colinas que los rodeaban. Estaban preparados para atacar.

—He hecho un mapa con los portales que han estado abriendo — aseveró Illidan—. Han estado muy ocupados. Ironforge, la ciudad de Stormwind, Orgrimmar, Silithus, las Tierras de la Peste. Pretenden invadir Azeroth una vez más, ¿verdad?

El Alto Señor Kruul le mostró levemente sus descomunales dientes.

—Y yo he estudiado cómo has atacado a nuestras fuerzas y he visto un patrón claro: pretendes construir otro portal, ¿verdad? Ah, pero la cuestión es saber adónde llevará. Me he enterado de las bravuconadas que has soltado. ¿Es posible que de verdad estés tan loco como para ir en busca de Argus?

—Tal vez deberíamos hablar al respecto en cuanto te halles prisionero en la Ciudadela del Fuego Infernal.

—Me temo que el tiempo de hablar ya se ha agotado.

Mientras hablaba Kruul, un colosal can del Núcleo emergió del portal. Su piel roja estaba envuelta en llamas y dos cabezas sobresalían de sus gigantescos hombros. Las mandíbulas de un can manáfago palidecían en comparación con esas monstruosas fauces. Sus amplios hombros y extremidades delanteras estaban protegidos con una armadura metálica.

Saltó para atacar al mismo tiempo que Kruul lanzaba un rayo de energía oscura a Illidan. El Señor de Outland dio un brinco y esquivó la descarga, que impactó contra las piedras situadas detrás de donde había estado, las cuales se deshicieron, como si acabaran de sufrir un millón de años de erosión en solo un instante.

Vandel se encontró cara a cara con la demoníaca mascota de Kruul. Tenía las fauces abiertas y la lava burbujeaba dentro de ellas.

Los infernales avanzaron pesadamente hacia él. Vandel saltó por encima del can del Núcleo. Aunque rozó fugazmente con los pies esa caliente armadura metálica, logró elevarse lo suficiente en el aire antes de que se pudiera quemar. Simultáneamente, lanzó una descarga de energía vil contra el demonio y le acertó a una de sus dos cabezas, que profirió un breve grito. La piel de esa cosa se oscureció en el punto del impacto y se fue pudriendo.

Desde las laderas, una docena de cazadores demoníacos se sumaron a la refriega, lanzando una lluvia de energía vil que cayó sobre la piel del can del Núcleo y sobre los infernales, a los cuales extrajeron toda su fuerza vital.

Kruul hendió el aire con su espada e invocó todo su poder, desatando una salva de energía sombría. Una tormenta de rayos cayó sobre los cazadores demoníacos. Algunos cayeron heridos. Otros se desplomaron fulminados. Daba la impresión de que Kruul se hinchaba de una manera bastante visible mientras se daba un festín con sus muertes. Tras él, el gigantesco portal todavía relucía.

Vandel saltó lo máximo posible, desenvainó sus dagas y aterrizó sobre la espalda del can demoníaco. Sintió una punzada de dolor allá donde su piel entró en contacto con la carne ardiente de la criatura. Apuntó a un punto flaco de la armadura y clavó sus hojas ahí. Oyó un satisfactorio crujido en cuanto las puntas atravesaron esas escamas. Un icor fundido manó a raudales, abrasándole la piel al cazador de demonios, quien se alejó de esa bestia de un brinco y rodó hacia un lado, evitando así por muy poco que un gigantesco infernal lo aplastara de un pisotón.

Se colocó entre las piernas del demonio, ignorando ese calor abrasador, y se fue acercando a Kruul. El guardia apocalíptico no le hizo ningún caso, pues toda su atención se hallaba centrada en Illidan.

Unas energías mágicas orbitaban alrededor del Señor de Outland y se fusionaban en un estallido de poder cuando las invocaba. Más y más cazadores de demonios surgieron de la ladera de la colina y se acercaron dispuestos a enfrentarse a los infernales y al can del Núcleo. Algunos de ellos incluso se atrevieron a correr hacia el mismo Kruul y desafiarlo.

El Alto Señor flexionó las alas y, al instante, se oyó un estruendo similar al del trueno. Los que se hallaban más cerca del demonio fueron zarandeados hacia atrás y sus movimientos se ralentizaron, lo cual era fatal para unos combatientes que dependían tanto de su movilidad, pues así eran vulnerables. Kruul partió en dos a un atacante con su monstruosa espada. La sangre del cazador de demonios se esfumó como si las runas de la hoja la hubieran absorbido; de inmediato, Kruul se hizo visiblemente más fuerte y creció.

El demonio que se hallaba dentro de Vandel se estremeció al contemplar tanta muerte. Ansiaba alimentarse del mismo modo que se alimentaba Kruul. Vandel volcó toda su ira en otra salva de energía vil que lanzó contra el Alto Señor. Esas energías mágicas astillaron el aura que protegía al señor demoníaco, fuera cual fuese esta. Kruul alzó su espada, señaló a Illidan y lanzó otra descarga titánica de energía sombría contra su oponente. El Señor de Outland lo desvió con un contrahechizo.

Vandel oyó un gruñido grave a sus espaldas que le indicó que el can del Núcleo había regresado en busca de más presas. Se giró para encararse con él. La mitad de una de sus cabezas se encontraba desgarrada. Un icor fundido manaba de la media docena de heridas que tenía en un costado.

No obstante, la antinatural fuerza vital de esa criatura hacía que siguiera moviéndose. Se abalanzó sobre él, con la boca muy abierta, con unas llamas danzando alrededor de sus dientes. El cazador de demonios saltó hacia el can. Sus armas alcanzaron su objetivo, atravesando un ojo de cada cabeza. Después, se alejó de la criatura y se colocó en su lado ciego. Tras lo cual, se movió con rapidez para mantenerse fuera de su vista. El monstruo parcialmente ciego se giró. Olisqueó el aire y se le dilataron las fosas nasales mientras intentaba dar con él.

Furioso, Kruul se abrió paso violentamente entre los cazadores de demonios, los cuales hicieron todo lo posible por esquivar esa espada; sin embargo, dos más cayeron bajo esa hoja. Además, sus ataques no parecían hacer ninguna mella en él, eran como meras picaduras de mosquito.

El can del Núcleo enterró el hocico en el suelo y siguió olfateando. Entonces, se movió en dirección hacia Vandel, quien lo atacó con una descarga de energía vil y mantuvo ese rayo enfocado sobre la criatura, extrayéndole toda su fuerza vital. Súbitamente, se produjo en el aire una titánica explosión de energía, ya que Illidan por fin había lanzado el encantamiento que había estado confeccionando. La enorme salva de fuego infernal alcanzó de lleno a Kruul y este acabó en el suelo.

—¡No! ¡Esto es imposible!

La atronadora voz del Alto Señor reverberó por todo el campo de batalla. Sus palabras estaban teñidas de dolor. Tenía un agujero colosal en la coraza de la armadura allá donde la descarga la había alcanzado. Un humo tóxico emergía de ese agujero y la carne de la herida palpitaba ahí dentro.

Kruul se levantó y saltó hacia el luminoso portal, que se cerró tras él. Vandel apuñaló al can demoníaco en el pecho y le enterró su arma en el corazón. Los escoltas infernales se derrumbaron y quedaron reducidos a un mero montón de rocas.

* * *

Los Illidari recogieron a los heridos y a los muertos y se prepararon para abandonar el campo de batalla.

Illidan examinó los restos de aquella carnicería. No cabía duda de que Kruul era muy fuerte y había sido muy astuto. Esa trampa había sido preparada con sumo cuidado y habían podido escapar de ella únicamente gracias a que Kruul había subestimado el poder de Illidan.

Que la nueva invasión de Azeroth se iniciara era una mera cuestión de tiempo. Tal vez eso fuera para bien, ya que así la Legión estaría distraída mientras el Señor de Outland remataba sus planes. Le inquietaba que Kruul hubiera mencionado que sabía que planeaba dar con Argus. No debería haber alardeado de ello antes de haber estado preparado para atacar. En ese aspecto, había cometido un error. Se había dejado llevar por el júbilo del triunfo y no había pensado con claridad.

Asimismo, tenía la impresión de que ahí había más de lo que parecía a simple vista. Algo se le estaba pasando por alto y esa sensación lo reconcomía por dentro.

Había llegado el momento de volver al Templo Oscuro y completar los preparativos lo más rápido posible. El tiempo se agotaba y no podía permitirse el lujo de que ahora las cosas se torcieran.

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