Illidan – Capítulo Veinte

Illidan

Tres meses antes de la Caída

Maiev se despertó. Le dolía todo, como le había dolido todos y cada uno de los días que llevaba en ese lugar. Se hallaba en algún sitio bajo tierra. Podía oír cómo el agua goteaba muy cerca. El aire estaba impregnado del olor a azufre de los demonios y del hedor a mugre de los Tábidos.

Se puso en pie y comprobó la solidez de los barrotes de su jaula una vez más. Desde el día anterior no se habían vuelto más frágiles. Habían sido forjadas para contener algo que poseyera el poder de un señor del foso y luego las habían reforzado con capas y capas de runas y conjuros.

Examinó esas runas que la rodeaban. Ahí había encantamientos de nutrición y curación. No se podría morir de hambre y cualquier herida que se infligiera se curaría con la misma rapidez que se la hiciera. Conocía bien este tipo de sortilegios. Eran similares a los que había usado para aprisionar a Illidan. Se había dado cuenta de ello cuando había intentado salir de ahí a puñetazo limpio. Había propinado esos golpes con impaciencia y furia, y el dolor la había incitado a golpear con más fuerza si cabe mientras los huesos de su mano se curaban, se soldaban solos, en cuanto se le desgarraba la piel y la carne.

Sospechaba que esos conjuros serían capaces de traerla de vuelta de la muerte si hallaba alguna manera de suicidarse. Su espíritu se encontraba encadenado a ese lugar. No habría manera de liberarlo a menos que su captores lo desearan.

Al principio, esperaba que el Traidor apareciera en cualquier momento y la torturara, pero eso no había sucedido. Quizá estaba demasiado ocupado como para vengarse de ella o, más bien, quería que el horror la dominara mientras esperaba expectante su llegada. Ciertamente, era más que capaz de llevar a cabo ese tipo de torturas psicológicas.

No obstante, los guardias se habían dedicado a atormentarla de diversas maneras. Le habían escupido, le habían pinchado con palos afilados y le habían dado comida sobre la que habían orinado los Ashtongue. Los demonios se habían burlado de ella, empleando unas palabras afiladas como cuchillos. Un tremendamente arrogante Señor del Terror llamado Vagath le había explicado con todo detalle y exactitud a qué clase de torturas la iba a someter en cuanto le dieran la orden. Había soportado todos esos menosprecios con serenidad, pues no quería darle ninguna satisfacción a ninguno de sus torturadores. Por el momento, parecía que el mismo Illidan les había dado la orden de que no debían torturarla de ningún modo peor. No quería que nadie se vengara antes que él.

Pero también sufría otros tormentos. Como esos días calurosos que pasaba sin beber agua. Como esos días en que no le habían dado de comer y el estómago le había rugido como un sable de la noche furioso. Si bien los sortilegios la mantenían viva y no le permitían morir, no la libraban de tener hambre o sed.

Además, se torturaba a sí misma de formas mucho peores. Había llevado a aquellos que habían confiado en ella a la perdición. Al pretender vengarse de Illidan, había provocado que Anyndra y Sarius murieran, así como todos los demás que habían depositado su fe en su liderazgo.

Aunque se había dicho a sí misma que la habían seguido voluntariamente, eso no era de gran ayuda. Cuando yacía despierta, podía ver todos sus rostros y la miraban con reproche. En sus pesadillas, los veía morir una y otra vez. Maldijo a todos los que se habían negado a ayudarlos: a los naaru, a los Aldor, a Arechron de Telaar. Si la hubieran hecho caso, nada de eso habría ocurrido, y el Traidor estaría ahora mismo donde merecía estar, en prisión o en una tumba.

Pero eso no era ningún consuelo.

Sabía quién había sido la responsable de lanzar la cruzada contra el Traidor. Sabía en quién habían depositado los demás su fe. Los había decepcionado. Podía intentar echarle la culpa a quien quisiera, pero al final tenía que asumir la responsabilidad de su fracaso.

Tal vez eso fuera lo que más le dolía: el hecho de haber fracasado. Illidan no solo seguía libre, sino que era más fuerte que nunca. Eso la enfurecía aún más que los venenos, aún más que el hambre, aún más que las torturas. Illidan seguía libre y no podía hacer nada al respecto. Estaba condenada a permanecer en esa jaula, indefensa hasta que él decidiera arrebatarle la vida. Se le había dejado muy claro que su vida estaba en manos del Traidor, quien decidiría a su antojo si debía morir o seguir viva.

Ahora la estaba ignorando, pues quería que supiera lo insignificante que era en el gran esquema de las cosas.

En ciertas ocasiones albergaba la esperanza de que una parte de su destacamento hubiera escapado y viniera a rescatarla y, en otras, la desesperanza se adueñaba de ella. Aunque algunos hubieran logrado escapar de la emboscada, ¿por qué iban a volver para liberar esa líder que había guiado a sus camaradas a la muerte? Les había llenado la cabeza de historias de triunfo y gloria, y su recompensa había sido morir. Además, sabía que nadie iba a venir. Todas sus tropas habían muerto. Las había visto caer.

Maldijo a Akama una vez más. Había confiado en el desleal líder de la facción de los Ashtongue. Él la había convencido de que odiaba a Illidan tanto como ella y que tenía tantas razones como ella como para desear su ruina. Cómo se debía de estar riendo ahora por cómo la había engañado, por cómo se había creído esas mentiras. Maldijo los recuerdos de todos sus encuentros.

¿Cuándo había empezado a traicionarla y por qué no había sido capaz de darse cuenta? ¿Lo había planeado todo desde el principio, cuando se vieron por primera vez en el Puerto Orebor? Por aquel entonces, ¿tanto Illidan como él ya se estaban riendo de ella por cómo la estaban llevando al matadero? Se negaba a creer que hubiera podido engañarla tan fácilmente. En todo lo que Akama había dicho debía de haber algo de verdad. Albergaba un gran resentimiento contra el Traidor por lo que este le había hecho al Templo de Karabor, eso era cierto, sin duda.

Echando la vista hacia atrás, fue capaz de darse cuenta de que hubo un momento en que todo cambió. Después de su última reunión en Shattrath, lo había visto más viejo, más débil, más lánguido. Tal vez lo habían descubierto al fin y lo habían capturado y torturado. Quizá Illidan lo había hechizado con algún hechizo muy poderoso.

O tal vez Illidan, simplemente, le había hecho una oferta mejor, le había prometido algo a lo que no pudo decir no el muy sobornable. El Traidor podía llegar a ser muy persuasivo y ocultar su malicia con palabras melosas. ¿Qué podía haberle ofrecido al Tábido?

No. A menos que estuviera muy equivocada, al final Akama se había sorprendido tanto como ella ante lo que había sucedido durante la apertura de la puerta. Se había mostrado abiertamente en contra de ese ritual que había destruido todas esas almas Tábidas, a pesar de que estaba arriesgando la vida al actuar así. Las cosas no eran tan sencillas como ella temía en las simas de su desesperación.

Tardó un rato en darse cuenta de que los guardias estaban callados. Al elevar la vista se percató de cuál era la razón. Con un aspecto más avejentado y cansado que nunca, un renqueante Akama se dirigía hacia ella.

—Maldito perro traidor y perjuro —le espetó la celadora en cuanto el Tábido se halló lo bastante cerca como para poder escucharla.

—Yo no te presté ningún juramento, Maiev Shadowsong — replicó con una voz fatigada—. Ni tú a mí.

Los guardias escuchaban con suma atención. Mientras se aproximaba, Akama les indicó con un gesto que se mantuvieran alejados. Y eso hicieron, pues era obvio que su mera presencia los intimidaba.

—Así que has logrado volver a ganarte el favor del Traidor de manera artera.

—Sigo vivo.

—Mucha de tu gente no puede decir lo mismo.

Akama esbozó un gesto de contrariedad y contestó:

—Ni de la tuya.

Maiev hizo todo lo posible para evitar que en su rostro se reflejara la culpa que sentía.

—Murieron por la causa, por intentar hacer justicia con Illidan. Como yo lo haré.

Akama señaló a la jaula. Con su magia, hizo que los hechizos y conjuros brillaran en el aire y se tomaran visibles.

—Mira adonde te ha llevado tu pasión, tu odio, tu ira. ¿Disfrutas de las vistas?

—Al menos, yo no me mantengo al margen y me quedo mirando cómo masacran a mi propia gente.

Akama meditó por un momento cuál iba a ser su respuesta, y entonces dijo:

—Aun así, los masacraron, porque tú los llevaste a ese lugar.

En ese instante, fue Maiev la que se estremeció. Era incapaz de controlar del todo sus movimientos, sus reacciones… El hecho de estar encarcelada estaba haciendo mella en ella.

—Dieron sus vidas por aquello en que creían. ¿Acaso algún día habrá alguien que pueda decir lo mismo de ti?

—Tuve que tomar una decisión muy difícil, con la que tendré que vivir. Tú más que nadie deberías saber a qué me refiero.

—Escogiste salvar tu pellejo a cambio de sacrificar las vidas de aquellos que confiaban en ti —replicó Maiev, quien no pudo evitar que su voz se tiñera de amargura.

—No tienes ni idea de lo que me hizo. Illidan me arrancó una parte del alma y la corrompió con su magia. Si quisiera, podría desatarla y me devoraría.

Maiev se preguntó si eso sería cierto. Si lo era, eso explicaría muchas cosas. Aunque tal vez fuera, simplemente, otra mentira.

—No necesito escuchar tus lamentos autocompasivos.

Akama permaneció callado durante varios latidos. Cuando habló, lo hizo con un tono amable:

—No era solo mi vida la que estaba en juego, sino también las vidas de todo mi pueblo. El Traidor es tan cruel como poderoso.

—Por eso decidiste desperdiciar la oportunidad de derrocarlo, ¿no es verdad?

—Nunca tuvimos una oportunidad. Entonces era imposible.

—Así que crees que ahora sí la tendríamos, ¿eh?

Akama permaneció callado. De repente, abrió la boca. Parecía estar a punto de decir algo, pero entonces se relamió los labios y negó con la cabeza de un modo casi imperceptible.

—Eres incapaz de concebir lo poderoso que se ha vuelto Illidan. Le he visto realizar hechicerías que nunca habría creído que pudiera llevar a cabo un ser inferior a un dios. Fue capaz de abrir un portal que llevaba a la otra punta del cosmos.

Maiev creyó percibir cierto nerviosismo en la voz de Akama. Temía que pudieran oírle. ¿Acaso los estaban vigilando? Debería dar por sentado que así era. ¿Acaso el Tábido seguía conspirando contra el Traidor y creía que, de algún modo, ella podía cumplir un papel en tales maquinaciones?

—¿Y por qué crees que hizo esa proeza?

—Ya ha vuelto tras haber masacrado a un ejército de demonios, incluso tal vez haya arrasado un mundo plagado de ellos. O, al menos, eso es lo que ha afirmado al volver del portal.

—¿Y tú le crees?

—Creo que Illidan odia con toda su alma a los Nathrezim y que detesta a toda la Legión Ardiente.

¿Acaso percibía un atisbo de duda en su voz? ¿Acaso Akama era un mero actor que recitaba las líneas de diálogo de un guión para evitar que las sospechas recayeran en

él?

—¿Por qué estás aquí? ¿Has venido a regodearte?

—He venido a cerciorarme de que estás bien. Lord Illidan quiere estar seguro de ello, ya que tiene planes para ti.

A Maiev se le desbocó el corazón y la boca se le volvió pastosa. Podía imaginarse con mucha precisión qué clase de planes le tenía reservados el Traidor. La estaban manteniendo con vida y en un buen estado de salud por una razón, que no podía ser nada buena. Illidan pretendía castigarla por el largo tiempo que él había permanecido encerrado en prisión. Intentó no pensar en ello, pues ya se enfrentaría a las torturas cuando tocase. No iba a darles a sus captores la satisfacción de verla asustada.

—También te está poniendo a prueba —afirmó la celadora, quien esta vez dejó que cierto tono burlón se reflejara en su voz—. No confía en ti.

—Dudo mucho que confíe en alguien —replicó Akama—. ¿Acaso lo harías si fueras él?

—Nunca sería como él.

—Eres más parecida a él de lo que eres capaz de concebir. Eres tan despiadada y obsesiva como él. Sacrificaste a tus amigos sin pensártelo dos veces con tal de alcanzar tu objetivo. Sacrificaste las vidas de todos tus seguidores.

Maiev quiso agredirle, pero los barrotes se lo impidieron.

Contempló con odio esa cara arrugada y dijo:

—No acepto tus juicios de valor, Akama, ya que he aprendido a no confiar en nada de lo que digas.

—Puedes justificarte con esa excusa si quieres, pero si rebuscas en lo más hondo de tu corazón, verás que lo que he dicho es cierto.

La celadora se aferró a los barrotes como si fuera capaz de doblarlos en cualquier momento y abrirse paso a través de ellos.

Akama se echó a reír.

—Sigues estando fuerte. Eso es bueno. Vas a necesitar todas tus fuerzas en los próximos días.

—No me atemorizas con esas amenazas, viejo.

—¿Acaso crees que eso ha sido una amenaza? Reflexiona sobre esto, Maiev Shadowsong: lord Illidan no es el único que tiene planes para ti.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que yo también tengo los míos.

Una vez más, había una cierta ambigüedad en el tono con que hablaba Akama. ¿Acaso se trataba de una amenaza velada o pretendía transmitirle otro tipo de mensaje?

—No quiero formar parte de ninguna de tus maquinaciones, traidor —respondió Maiev, con la esperanza de poder sonsacarle algo.

—Quizá no te quede más remedio antes de que todo esto haya acabado.

Akama se volvió y se alejó renqueando. Muy a su pesar, Maiev lamentó verlo marchar, puesto que aquello era lo más parecido a una conversación que había tenido desde que se había despertado encerrada ahí; además, el Tábido, al menos, era alguien conocido.

Se preguntó si eso era lo que supuestamente debía pensar, si todo eso formaba parte de algún plan sutil urdido por el Traidor para destrozarla poco a poco. Si lo era, no podía hacer nada al respecto en esos momentos. Lo único que podía hacer era resistir, ser paciente y recuperar fuerzas.

Ahora lo único que tenía era tiempo. Juró que hallaría la forma de lograr que el Traidor fuera castigado por todas las muertes que había causado. Y, llegado el momento, Akama también. Había empezado a confeccionar un sortilegio que la ayudaría a atrapar a Illidan, cuya eficacia comprobaría si alguna vez volvía a ser libre.

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