Illidan – Capítulo Dieciocho

Illidan

Tres meses antes de la Caída

Vandel atravesó de un salto el portal, siguiendo a Illidan. Corrió hasta la cima de la colina, se acuclilló e hizo todo lo posible para que no lo vieran. En la lejanía, percibía demonios, millares y millares de ellos.

En este mundo extraño, unas gigantescas islas de roca se desplazaban por el cielo como si fueran nubes. Una luz verde ardía en cada peñasco y brillaba en ese minúsculo sol en órbita. Por debajo de él, la colina llegaba hasta una llanura repleta de cráteres sobre la que flotaban unos obeliscos de obsidiana lustrosa. El portal que llevaba de vuelta a Outland era un enorme agujero en el tejido de la realidad que unía dos mundos.

La sombra de Illidan cayó sobre él. El Traidor se hallaba en la cumbre de la colina, con las garras extendidas, con todos los músculos de ese cuerpo cubierto de tatuajes en tensión. Unas colosales alas de murciélago le tapaban los hombros a modo de capa. Unos cuernos bestiales curvados le brotaban de las sienes. Una venda de Paño rúnico ocultaba las cuencas vacías de sus ojos. Tenía curvados esos finos labios en una sonrisa salvaje de anticipación, con la que mostraba sus brillantes colmillos. Él también notaba que esos demonios se aproximaban.

Una parte de Vandel se rio nerviosamente con un júbilo demencial. Mantuvo a raya como pudo a esa presencia demoníaca que anidaba en su interior, a pesar de que era consciente de que no podría contenerla mucho tiempo; además, iba a tener que emplear las fuerzas de esa parte de él en la inminente batalla.

Cerca de ahí, decenas y decenas de cazadores de demonios Illidari aguardaban en las sombras, ocultos por una magia muy poderosa. Vandel rezó a los dioses que pudieran estar escuchándolo para implorarles que esos conjuros fueran lo bastante potentes. Ahí, en la oscuridad, unos enemigos con un terrible poder los esperaban.

En las próximas horas comprobarían si los dones que les había concedido el Traidor eran suficientes como para que sobrevivieran a aquello. Comprobarían si todos esos meses de duro entrenamiento y terribles sacrificios habían merecido la pena.

Aun así, algo dentro de Vandel todavía ansiaba servir a las fuerzas del Titán Oscuro, de Sargeras, y temía que no fuera únicamente la parte de él que había sido corrompida por el demonio. Un fragmento de su alma élfica reaccionaba ante la gloria nihilista de la Legión Ardiente con la misma intensidad que lo haría cualquier infernal.

Illidan ensanchó las fosas nasales, como si fuera capaz de oler la debilidad de Vandel. Un gruñido resonó en el fondo de su garganta.

Fracasará., le susurró a Vandel su demonio interior. Siempre ha fracasado. Es incapaz de no someterse a la voluntad de Sargeras. Nada ni nadie puede hacerlo.

Vandel respiró hondó e intentó no pensar en nada. Pero no sirvió de nada. Lo único que logró fue ser más consciente de la gran cantidad de energía mágica que lo rodeaba. Quería acumularla y usarla. Quería desatar una oleada masiva de destrucción sobre esas presencias demoníacas distantes. Quería matarlas y absorber su esencia. Quería alimentarse con ellas.

Sí, susurró el demonio. Eso te volverá lo bastante fuerte como para poder desafiar incluso a Illidan.

Se concentró en su entorno para intentar ignorar esos susurros tan demenciales. Ese planetoide estaba hecho de pura energía mágica solidificada en una piedra cromática y palpitante. Siempre que tocaba las rocas que lo rodeaban, sentía un cosquilleo.

El corazón le latía tan desbocado que creía que le iba a salir del pecho. Intentó centrar su atención en el enemigo que se acercaba y se dijo a sí mismo que estaba listo para aquello.

Illidan escrutó a los lejanos demonios. Por el momento, eran unas meras sombras remotas que podía percibir mentalmente gracias a sus auras de poder; no obstante, superaban en gran número a sus propias fuerzas; pero eso no importaba, pues la magia era lo que iba a decidir esa batalla.

La energía vil giraba en tomo a él. Se resistió a la tentación de extraer poder de ella. Se pasó la mano por la herida que Arthas le había infligido y sintió un hormigueo ahí, era como si un pequeño fragmento de Frostmourne, la malévola espada del Rey Lich, todavía se hallara dentro de ella. Apartó los dedos de ahí para evitar recordar anteriores derrotas, puesto que no era el momento adecuado para obsesionarse con tales cosas.

Illidan notaba que el nerviosismo se había adueñado de sus tropas, notaba que se libraba una batalla en el fuero interno de cada una de ellas. Su sonrisa se convirtió en un gruñido. Sus seguidores eran como unos sabuesos que acabaran de detectar una presa. Los había moldeado para que fueran así. Había llegado el momento de realizar la prueba definitiva. Ahora descubriría si todos esos siglos que había pasado urdiendo planes habían servido de algo o no. Si este ejército le fallaba, moriría y todas las maquinaciones que había preparado durante milenios quedarían en agua de borrajas.

Pero eso no iba a ocurrir. No iban a fracasar a las primeras de cambio. Había preparado esta estrategia durante demasiado tiempo como para permitir que eso sucediera.

Expandió su conciencia. Con sus sentidos agudizados mágicamente, examinó al enemigo que se aproximaba. En un mero latido, había contado cuántos eran. Había decenas y decenas de Señores del Terror, todos ellos acompañados de su propio séquito de centenares de canes manáfagos e infernales y toda clase de criaturas demoníacas.

Son fuertes. Tal vez demasiado fuertes.

Ese pensamiento lo reconcomió por dentro. Movió de lado a lado esa cabeza coronada por una cornamenta. Flexionó las alas y captó la corriente de aire ascendente que barría la ladera del risco.

No. No podía haberse equivocado. Estaba listo. Su ejército estaba listo.

El enemigo prácticamente se les había echado encima. El ejército demoníaco avanzaba en tropel por ese paisaje tan extraño, como una marea imparable que pretendía inundar la colina en la que Illidan los esperaba. Los colosales Señores del Terror caminaban entre esas compañías de demonios menores. Sus enormes alas de murciélago se agitaban, a pesar de que no soplaba el viento. Giraban esas cabezas cornudas para escrutar el entorno es busca del enemigo. Las runas relucientes de sus armaduras indicaban cuál era su posición dentro de la jerarquía al igual que el tamaño de sus séquitos.

Unos súcubos malévolamente hermosos restallaron unos látigos, flexionaron sus colas y danzaron de manera lasciva. Unos canes manáfagos olisquearon el aire como si buscaran a unas presas, mientras sus apéndices sensoriales se retorcían y sus dientes de tiburón refulgían. Unos guardias viles provistos de armaduras blandían unas hachas enormes mientras aguardaban las órdenes de sus comandantes. Unas altísimas shivarras de seis brazos brillaban trémulamente en el umbral de las percepciones de Illidan, a pesar de que eran prácticamente invisibles incluso para sus agudos sentidos.

Esos eran los soldados de la Legión Ardiente, el ejército que había devorado incontables mundos, que estaba decidido a reducir el cosmos entero a cenizas ardientes en nombre de su amo, de Sargeras.

Daba la impresión de que Illidan se hallaba solo. Sus fuerzas permanecían escondidas. Su presencia sería revelada cuando él estuviera listo, pero no antes. El portal que había abierto en la superficie de ese mundo desolado atraía a sus enemigos, que habían venido a castigar a quienquiera que se hubiera atrevido a entrar sin permiso en su reino. Rara vez alguien llevaba la lucha a las fronteras del dominio de la Legión Ardiente. En toda su larga vida, Illidan no recordaba más que un puñado de acontecimientos similares.

El ejército se detuvo en la llanura. El más grande de los Señores del Terror alzó un puño, señaló a Illidan y se echó a reír. Sus carcajadas malévolas retumbaron por todo el paisaje y el resto de los Señores del Terror, los centenares que había, repitieron esas palabras estruendosamente. Era obvio que se estaban burlando de él. Algunos de ellos quizá hasta creyeran que les habían tomado el pelo, puesto que habían movilizado un ejército entero para enfrentarse a esa solitaria figura.

Illidan cruzó los brazos y desplegó las alas hasta que estas alcanzaron su máxima extensión. Contempló con odio a sus enemigos, con el mismo desprecio que lo miraban ellos. Las carcajadas de los Señores del Terror fueron apagándose y dejaron de reverberar entre las rocas. El silencio se extendió entre las filas de ese ejército colosal. Únicamente podía oírse el chisporroteo de las pieles fundidas de los infernales. El líder de los Señores del Terror bajó el puño. La estela de un meteoro gigantesco surcó el cielo. Estalló un trueno ensordecedor. Ese ruido retumbó por toda aquella zona donde iba a tener lugar la inminente batalla e hizo vibrar el aire.

* * *

Vandel se alegró de contar con el parapeto de esas rocas. Por el momento, ninguno de esos demonios había reparado en su presencia. Notó cómo la malicia de estos avanzaba implacable hacia él, cual niebla de odio y maldad desatada que, de algún modo, brotaba de la magia del aire.

Únete a ellos, le susurró el demonio que anidaba en su interior. Únete a ellos y serás recompensado como ningún alma ha sido recompensada en toda la historia del cosmos.

Se sintió tentado a hacerlo, ya que el demonio le estaba contando la verdad desde su propia perspectiva. Acarició las empuñaduras de sus armas grabadas con runas. Sería tan fácil clavárselas a Illidan por la espalda. ¿Acaso no era el Traidor? ¿Acaso no había habido un elfo en toda la historia que se mereciera más morir?

Mátalo, le susurró su demonio. Si matas a Illidan, alcanzarás la gloria eterna. Si matas al Traidor, te convertirás en un dios oscuro.

El bramido del trueno se desvaneció mientras el ejército de los Nathrezim avanzaba. El gran meteoro se estrelló contra el suelo, haciendo temblar la tierra y alumbrando a un gigantesco infernal ardiente, el cual salió por sí mismo del cráter del impacto y avanzó pesadamente junto al resto del ejército de los Señores del Terror.

Vandel notó que la tentación era cada vez más fuerte. Si asesinaba a Illidan, sería recibido con los brazos abiertos por sus parientes demoníacos. Podría dejar atrás su mortalidad para siempre y vivir sin sentir ni miedo ni arrepentimiento. Podría enterrar todo vestigio de la culpa que sentía por haberle fallado a su familia, todo remordimiento, todo vínculo con esas frágiles y débiles criaturas de carne y hueso.

Podría transcender lo que ahora era, unirse a la Legión Ardiente y vivir para siempre como un conquistador, que curaba al universo de esa nauseabunda enfermedad llamada vida. Podría contribuir a que la Creación se derrumbara, para que un nuevo universo pudiera nacer, uno moldeado a su imagen y semejanza, según sus deseos.

Por un momento titubeó. Escuchó la voz del demonio que moraba en su fuero interno y se dio cuenta de que era su propia voz. Su alma había sido corrompida cuando devoró al can manáfago. Había absorbido la maldad de ese demonio y se había envilecido. En realidad, ya no había ningún demonio dentro de él.

Rendirse ante esa voz supondría renegar del juramento de venganza que había prestado y decepcionar a sus parientes difuntos, a su esposa e hijo.

Sin embargo, no quería matar a Illidan, sino que quería matar a esas cosas que habían convertido a Illidan en lo que ahora era. Por fin comprendía, como nunca antes lo había hecho, qué defendía el Traidor y qué combatía. A pesar de todos sus grandes defectos, el Señor de Outland era el único ser que realmente entendía a que se enfrentaban y estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para acabar con esa amenaza. Tal vez estuviera loco, tal vez sus planes se hallaran destinados a fracasar, pero la alternativa era mucho peor.

Los demonios de la Legión avanzaron hacia la colina. Había llegado el momento de batallar con el verdadero enemigo.

El ejército de los Nathrezim ascendió por la pendiente. El terrible esfuerzo habría aminorado la marcha de un ejército mortal, pero este parecía incapaz de agotarse. Los canes manáfagos iban por delante, avanzando a grandes pasos, y los infernales los seguían con cierta pesadez en sus movimientos, mientras decenas y decenas de gigantescos Señores del Terror alados vociferaban órdenes a sus seguidores.

Ahora. Una atronadora voz resonó en la mente de Vandel, y era la de Illidan. Al unísono, los cazadores de demonios abandonaron sus escondites y corrieron hacia sus presas.

Por un momento, el ejército de la Legión ralentizó su avance, como si fuera incapaz de comprender el hecho de que estuviera siendo atacado por una fuerza mucho más pequeña compuesta de seres mucho más pequeños. Un par de Señores del Terror estallaron de nuevo en carcajadas.

Con un rugido similar al estruendo del océano al estrellarse contra las rocas, los dos ejércitos colisionaron. Los demonios querían alcanzar el portal y cerrarlo. Los cazadores de demonios únicamente querían matar y matar y matar.

Un can manáfago se abalanzó sobre Vandel, con esas fauces, repletas de dientes similares a las de un tiburón, abiertas. Invocó su poder y envió un rayo de energía amarillenta y verduzca a la boca del animal. La cabeza del demonio explotó. Restos de carne cayeron al suelo, carbonizados y humeantes. Vandel se resistió a la tentación de darse un festín y avanzó, a la vez que desenvainaba las dagas. Rodando, se colocó entre dos monstruosos servidores mo’arg y les cortó los tendones de las piernas antes de que pudieran atacarlo con sus armas. Rápidamente, se puso en pie y le clavó una daga en la cuenca del ojo al primero y luego al segundo.

Un momento después, se enfrentó al Señor del Terror. La criatura se cernió sobre él; le doblaba en altura y era más ancha que un ogro e incluso más fuerte. Aquel ser alzó una descomunal maza con pinchos y la estampó contra el suelo, pero Vandel saltó a un lado justo a tiempo. La piedra se hizo añicos y unas relucientes nubes verdes se alzaron en el aire.

Vandel se levantó, y la criatura lo golpeó con un ala parecida a la de un murciélago. La fuerza del impacto fue tal que sufrió una conmoción cerebral y salió despedido hacia un peñasco colosal. Giró en el aire para que sus pies fueran lo primero que entrara en contacto con la roca. Entonces, flexionó las piernas y aprovechó el impacto para rebotar. Cayó rodando y volvió a ponerse en pie.

El Señor del Terror se volvió con una velocidad sorprendente para ser una criatura tan voluminosa y se acercó pesadamente hacia él. Vandel alzó una mano y lanzó un rayo de energía vil en dirección al demonio. El demonio se protegió el cuerpo con una de sus alas. El rayo atravesó ese apéndice, que quedó pendiendo como una capa hecha jirones del costado del Señor del Terror. Ni siquiera parecía que había logrado ralentizar el avance del monstruo.

En la periferia de su campo de visión, Vandel vio cómo Cyana despachaba a otro servidor mo’arg y, acto seguido, saltaba por encima del cadáver para combatir contra un guardia vil. De repente, percibió un destello de luz a su derecha que le advirtió de que un peligro se acercaba. Al instante, saltó, y una descarga de fuego de un diablillo pasó por debajo de sus piernas. Se retorció en el aire para no caer sobre esa estela de fuego y, súbitamente, se encontró mirando a la gigantesca y lustrosa pezuña del Señor del Terror al que había herido.

El monstruo intentó aplastarlo, pero falló. Vandel contraatacó con su daga, acertando a su oponente en la parte posterior de la rodilla y profirió lo que tal vez fuera un gruñido de dolor o desprecio. La criatura trazó un arco descendente con su maza y alcanzó a Vandel en el hombro.

Ese golpe lo habría matado cuando era mortal, pues le habría roto las costillas, que se le habrían clavado en el corazón y el pulmón. La fuerza del impacto hizo que acabara rodando por el suelo, lo cual aprovechó para vengarse del diablillo que había intentado quemarlo, pues le lanzó una rayo de energía vil que transformó a ese monstruito que se desternillaba de risa en un charco de babas burbujeantes.

Vandel dio un brinco y clavó la daga que sostenía en la mano izquierda en la coraza del Señor del Terror. Acto seguido, se valió de su arma como punto de apoyo para impulsarse hacia arriba y clavarle su otra daga en el ojo al demonio. La criatura se llevó la mano a la cuenca del ojo herido e intentó quitarse de encima al cazador de demonios de un golpe, pero este ya había arrancado la hoja de ese globo ocular y se la había clavado en el otro.

A continuación aterrizó en el suelo y lanzó una lluvia de ataques sobre el monstruo cegado. Sin lugar a dudas, si le daba tiempo a recuperarse, el demonio podría percibir a Vandel tal y como este lo percibía a él, empleando la magia; sin embargo, durante esos instantes cruciales, era como si la criatura estuviese realmente ciega. Vandel aprovechó esa ventaja para herir al Señor del Terror con sus hojas una y otra vez. Esas dagas mágicas le horadaron la carne, dejando unas heridas infectadas que no se curarían.

Las hojas le rallaron los huesos, le cortaron tendones y le seccionaron los músculos, con un ruido que recordaba a cuando un carnicero clava su cuchillo en el cadáver de un novillo.

El demonio dejó de intentar atacarlo e intentó alejarse pesadamente, batiendo esas enormes alas. Pero como tenía una de ellas muy dañada, no pudo despegar y Vandel se concentró en despedazarlo.

La crueldad impulsaba al cazador de demonios a obrar así. Cada golpe que acertaba en su objetivo lo llenaba de una satisfacción perversa. Además, era consciente de que esa cosa que anidaba en su interior se estaba alimentando de la muerte del Señor del Terror, pero en esos instantes eso ya no le importaba, pues los deseos del demonio coincidían con los suyos. Daba igual que eso lo volviera más fuerte, ya que, ahora mismo, podía aprovechar su poder; asimismo, era consciente de que el demonio gozaba tanto de esa masacre como él.

Cuando por fin redujo a pulpa al Señor del Terror se dio cuenta de que había perdido un tiempo muy valioso, puesto que había más presas que cazar y unas cuantas debían ser suyas.

Cerca de él, Aguja estaba sentado a horcajadas sobre el pecho de un guardia vil caído, al que golpeaba, de un modo un tanto indolente, con esas agujas tan grandes como un pie una y otra vez en su peto roto, como si así quisiera coserlo. Elarisiel perseguía a un can manáfago alrededor de una roca, pero enseguida acabó con su miserable existencia.

Encima de un gigantesco peñasco, un grupo de Señores del Terror resistían como podían. No obstante, parecían más perplejos que asustados, como si no fueran capaces de asimilar del todo lo que sucedía a su alrededor. No cabía duda de que la batalla no estaba desarrollándose como habían esperado.

Los cazadores de demonios habían atravesado su ejército como una guadaña afilada cortaría el trigo. Había cadáveres de demonios tirados en el suelo por doquier. Aunque también había unos cuantos cuerpos de elfos, eran muchos menos de los que Vandel había esperado, teniendo en cuenta el tamaño de sus respectivas fuerzas.

Illidan aterrizó sobre la roca situada detrás de los Señores del Terror que aún quedaban en pie. Vandel se preguntó si el Señor de Outland pretendía participar en la destrucción de esos seres; sin embargo, este se limitó a quedarse ahí mirando.

Los cazadores de demonios fueron lentamente dejando lo que tenían entre manos y miraron fijamente a su Señor Supremo y, a renglón seguido, a los Señores del Terror. Los demonios se prepararon para enfrentarse a esa avalancha de adversarios, que se les echó encima y los cubrió por entero.

Illidan observó cómo sus fuerzas se llevaban por delante a los últimos Nathrezim. Ya no tenía dudas. Los cazadores de demonios habían superado sus expectativas. Aunque, claro, habían contado con la ventaja del factor sorpresa. Los Señores del Terror no esperaban toparse con un poder tan salvaje tan cerca de su hogar, por lo que habían marchado a su encuentro de manera arrogante. Las cosas no siempre serían tan fáciles.

No obstante, nada podía empañar esa dulce sensación de triunfo que lo embargaba. Todos los Señores del Terror que habían caído ahí ya no serían una amenaza para el universo. En este lugar, en este momento, morirían de un modo permanente. ¿Cuánto tiempo le había llevado a Illidan descubrir ese secreto? ¿Cuántas veces había creído que había matado a sus enemigos cuando no era así? Las visiones le habían mostrado la respuesta. Durante ese encarcelamiento que había durado milenios, no había podido hacer nada al respecto, pero ahora las cosas habían cambiado definitivamente. Iba a hacer sufrir a los Señores de la Legión Ardiente tanto como habían hecho sufrir a los demás.

Entonces contó las bajas que habían sufrido sus tropas: menos de una veintena. En esos momentos, a duras penas podía permitirse el lujo de sufrir alguna baja; no obstante, pronto habría más cazadores de demonios. La Legión había sembrado vientos entre la gente de Illidan y ahora recogía tempestades. Siempre iba a contar con voluntarios que pretendieran vengarse de los demonios. Sin embargo, ese era un problema que afrontaría otro día, pues ahora tenía un objetivo que cumplir, que era la razón por la que estaba ahí.

No podía perder el tiempo. La fuerza a la que se habían enfrentado era una mera fracción diminuta de la fracción más diminuta que podía desplegar la Legión Ardiente. En cuanto se dieran cuenta de lo que había acaecido, los señores de la ciudad pedirían ayuda, así que tendría que marcharse de ahí antes de que eso sucediera; daba igual lo poderosos que fueran sus combatientes uno por uno, el enemigo podría acabar con ellos si era lo bastante numeroso.

Dio la señal de avanzar.

Los cazadores de demonios atravesaron rápidamente la ciudad de los Nathrezim. A su alrededor, unas grandes torres de obsidiana reflejaban la luz verde de la magia vil. Unas calles de un negro brillante titilaban bajo ese fulgor. Cada vez más demonios los rodeaban; eran rezagados o unidades que el ejército había dejado atrás para defender algunos puestos claves. Los Illidari aplastaron a todos los que encontraron, como unos sabuesos que dieran caza a un conejo. Ni siquiera el más poderoso de los Señores del Terror era rival para tantos cazadores.

Illidan no cedió a la tentación de unirse al combate. Había invertido muchas energías en abrir el portal y estaba reservando la magia que aún le quedaba por si acaso surgía alguna amenaza inesperada.

Por delante de él se alzaba imponente la torre más alta; el gran archivo de los Señores del Terror. Dentro de ese edificio se hallaban los secretos incontables que los Nathrezim habían descubierto mientras servían a Sargeras.

Unos mastodónticos guardias viles flanqueaban una entrada que brilló y se desvaneció, quedando, de esta manera, la torre sellada. Los combatientes tatuados se deshicieron de los demonios y, a continuación, se quedaron contemplando la puerta, desconcertados. Donde solo unos latidos antes había habido una entrada abovedada, ahora había un reluciente muro de piedra.

—Derríbenlo —ordenó Illidan.

Sin ningún género de dudas, debía de haber una manera más fácil de abrirse camino, pero no tema tiempo para descubrir cuál era la llave mágica que abría esa defensa. Los cazadores de demonios alzaron las manos y lanzaron llamas de energía vil contra esa barrera. A pesar de que centenares de descargas golpearon, machacaron y martillearon la piedra, esta resistió el asalto.

—¡Concentren el ataque en una sola zona! —exclamó Illidan.

Al instante, todas las descargas convergieron en el centro de ese muro de piedra, taladrándolo, hasta que la roca al fin se hizo añicos y se desmoronó. Solo quedó un montón de escombros.

Illidan lo sorteó de un salto y atisbo una larga rampa que llevaba hasta las entrañas de la tierra, hasta las galerías subterráneas situadas bajo la torre. Por el momento, todo era tal y como lo recordaba, según las visiones de Gul’dan. Sonrió para sí en cuanto un par de decenas de Illidari saltaron por encima de los escombros y se desplegaron por el interior del edificio, con el fin de explorar lo que había por delante.

—Bajen —les ordenó Illidan.

De inmediato, los cazadores de demonios descendieron por esa rampa. Unas extrañas luces se movieron en el suelo, bajo sus pies, como si sus pasos las hubieran encendido. La hechicería vibró en el aire; se trataba de unas corrientes de energía mágica que habían sido manipuladas para conformar unos sortilegios muy potentes gracias a los conocimientos taumatúrgicos de los Nathrezim. El poder de la magia hizo que el aire brillara y que el suelo vibrara bajo sus pies. A su alrededor, unas complejas máquinas mágicas aprovechaban esa energía que lo impregnaba todo en ese mundo extraño.

Ya estaba cerca. Muy cerca.

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2 comentarios

    • MoRDeKaiSeR el 31 agosto, 2019 a las 12:58 am
    • Responder

    Pero no estabas poniendo la novela de Ilidan? Que tiene que ver The Shattering: Prelude to Cataclysm con la imagen de Ilidan de la portada? Javier estas mermando!

    1. Lapsus mental y poco tiempo para el blog, cogí los capítulos de la carpeta de la próxima novela, ya fueron corregidos.

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