Illidan – Capítulo Diecinueve

Illidan

Tres meses antes de la Caída

Muere, profanador! —gritó el sirviente mo’arg al mismo tiempo que saltaba para atacar. El demonio alzó el cañón de su extraña arma y de él brotó una llama mágica.

Mientras entraba en el archivo central de los Señores del Terror, Illidan decapitó a esa criatura achaparrada ataviada con una armadura con un golpe del revés propinado de manera desdeñosa con su guja de guerra. Por encima de todo, se alzaban unas torres relucientes, compuestas de infinidad de discos de obsidiana puestos unos encima de otros como unos montones de monedas. Cada uno de esos discos era un archivo, y buscaba uno en concreto.

Se volvió hacia el resto de los cazadores demonios que se hallaban en la entrada de esa cámara colosal a la espera de sus órdenes.

—No entren. Pase lo que pase en los próximos cinco minutos, defiendan la entrada.

Asintieron con aquiescencia e Illidan se giró una vez más para contemplar esas pilas. Cruzó los brazos y confeccionó un sortilegio. Unos tentáculos mágicos le brotaron de las manos y se dirigieron hacia esas torres de discos amontonados. En cuanto entraron en contacto con ellos, captó unas imágenes fugaces, y obtuvo cierta información fragmentada.

Este era el gran monumento de los Señores del Terror, el corazón de su mundo, en el que habían dejado registrado todo triunfo, toda conquista, toda conspiración. Los Nathrezim urdían planes para que sus nombres acabaran grabados ahí, pues esa era la memoria de su raza.

Ahí se encontraban los registros de innumerables campañas luchadas en incontables mundos. Ahí se hallaban los nombres de traidores olvidados hacía mucho tiempo que habían traicionado sus hogares en nombre de la Legión y que a su vez habían sido traicionados por los demonios. Ahí se había recopilado toda la información sobre todos los portales que la Legión había cruzado jamás, así como los nombres y ubicaciones de todos los mundos que habían quemado jamás.

Todo estaba ordenado de una manera sistemática. Estaba organizado de un modo prácticamente cronológico, por lo cual los discos más antiguos de cada pila se hallaban en la parte de debajo de esta y los montones más cercanos al centro eran los más viejos de todos.

Envió unos tentáculos de energía a la parte central a gran velocidad. Lo que quería debería hallarse muy cerca del centro. Las imágenes que vio fugazmente en su mente eran terriblemente antiguas. Estaba viendo cosas que eran antiguas incluso siguiendo los haremos con que los demonios medían el tiempo.

La premura lo empujaba a esforzarse más y más. En algún lugar distante, unas puertas se estaban abriendo. Los Nathrezim estaban reaccionando ante la invasión de su mundo natal.

Oyó el fragor de la batalla. Aunque ese clamor parecía proceder de muy lejos, era consciente de que eso era una consecuencia del conjuro que lo unía al archivo. Sus fuerzas estaban combatiendo contra los refuerzos del enemigo, que estaban entrando en tropel en la ciudad, en la superficie. Rezó para que fueran capaces de contenerlos hasta que hubiera acabado. Tenía que acabar la búsqueda rápidamente si no quería que la biblioteca se convirtiera en una trampa y su ejército se viera superado por las incontables tropas de los Nathrezim.

Respiró hondo y se le ralentizó el pulso. Más le valía no cometer un error ahora que se hallaba tan cerca de culminar sus planes. No se podía permitir el lujo de fracasar.

De repente, halló el primer hechizo de protección; un conjuro complejo, casi indetectable, que se había colocado ahí a modo de advertencia para todo aquel que pretendiera manipular esos registros y quisiera reescribir la historia. Tales sutilezas le importaban muy poco. Simplemente, necesitaba dar con un archivo en concreto que estaba buscando y, acto seguido, se marcharía. Deshizo el conjuro violentamente y notó una reacción inmediata, puesto que unas runas defensivas centellearon y cobraron vida. Percibió que unos portales se abrían alrededor de él.

Vio un fogonazo y un enorme guardia vil se materializó entre las pilas de discos. Un estallido de energía mágica resonó de un modo tan estruendoso como el trueno y tan claro como el agua para cualquiera capaz de percibirlo. Al instante, se produjeron múltiples reacciones en la lejanía.

Los Nathrezim ya deberían saber dónde se encontraba exactamente. Avanzó a la vez que el guardia vil intentaba golpearlo. Partió al demonio por la mitad con su guja de guerra. Más y más guardias viles se fueron materializando a su alrededor. A pesar de que Illidan los iba despachando uno tras otro; a cada latido, aparecían más y más.

Echó un vistazo a todo cuanto lo rodeaba con su visión espectral, buscando el conjunto de símbolos que conjuraba esas defensas, los cuales halló inscritos en la base de cada columna de discos. Cada una de esas bases estaba unida a uno de los tres sellos maestros de la columna central.

Apuntó con una de sus gujas de guerra al más cercano y la lanzó. Su arma dio vueltas por el aire y destrozó la piedra, anulando en parte el hechizo. La hoja rebotó en la columna y regresó a su mano. La avalancha de guardias viles menguó, ya que los portales conectados a la runa que acababa de destruir se colapsaron.

Illidan dio un salto hacia delante y trazó un círculo alrededor de la columna mientras los demonios lo perseguían. Delante de él, en el suelo, había otro sello brillante. Despachó a dos guardias viles, avanzó resbalando y se impulsó con las alas, hasta llegar a la runa que destrozó con sus hojas. A continuación, se dirigió hacia el último de los encantamientos maestros.

Los guardias viles que todavía quedaban en pie se agruparon en tomo al tercer sello reluciente. Illidan se elevó en el aire de un salto, hasta alcanzar cierta altura, y descendió en picado sobre ellos. Sus gujas cantaron mientras se abría paso entre los demonios, cortando, rajando y triturando, al mismo tiempo que esquivaba sus hachazos y evitaba que lo agarraran.

Clavó una de sus armas justo en el centro del patrón rúnico, anulándolo de este modo. Una oleada masiva de energía lo elevó en el aire. Presas de la frustración, los demonios aullaron. Los portales por los que habían venido se derrumbaron. Ahora solo tenía que enfrentarse a aquellos que ya los habían cruzado, pues no recibirían más refuerzos.

Una vez más, cayó en picado sobre los demonios, justo en medio del grupo, obligándolos así a separarse ante la violencia de su ataque aéreo. Con sus gujas decapitó a algunos y mutiló a otros. Al final se apoyó en la columna central para descansar. Tras tantos siglos tan largos, se hallaba muy cerca de su meta.

Extendió un brazo e invocó su hechizo de búsqueda una vez más. Unas imágenes inundaron su mente en cuanto los tentáculos de energía tocaron los discos. Uno en particular, el Sello de Argus, captó su atención. Unas energías muy impactantes lo envolvían; el aura de unos seres con los que se había encontrado en el pasado y a los que nunca olvidaría: Archimonde y Kil’jaeden, los dos tenientes más poderosos de Sargeras, el verdadero amo de la Legión Ardiente.

Su hedor psíquico era tan intenso que amenazaba con destrozarlo mentalmente, a pesar de que su cerebro estaba preparado para defenderse de tales ataques. Percibió la brutal furia de Archimonde y la sutil e intricada mente de Kil’jaeden. Aunque sabía que no estaban realmente presentes, tuvo que hacer un gran esfuerzo para evitar lanzarse a atacar a diestro y siniestro como si se hallara rodeado de unos enemigos letales.

Tras tirar con una fuerza terrible consiguió arrancar ese disco de la torre. La pila se tambaleó, pero no cayó. Pronunció unas palabras para lanzar otro conjuro y, al instante, el disco flotó en el aire y empezó a orbitar lentamente alrededor de él, al mismo tiempo que las runas de su superficie refulgían con una siniestra luz verduzca y amarillenta.

Una sonrisa sombría cobró forma en los labios de Illidan. Iba a hacerles algo a los Nathrezim por lo que lo iban a recordar para siempre. Empleando todas sus fuerzas, rayó esa torre de archivos con una de las Gujas de guerra de Azzinoth. El olor a ozono y azufre impregnó el aire, al mismo tiempo que saltaban unas chispas de energía mágica.

Se elevó en el aire y rayó las columnas, dañando así el entramado de hechizos y destrozando esos registros de los que tan orgullosos se sentían los Señores del Terror. Al pensar en la furia que eso iba a desatar en ellos, un regocijo demoníaco se adueñó de su mente. Si bien una parte de él se apenó de que fueran a perderse tantos conocimientos, otra parte de él creía que ningún archivo de los Señores del Terror debía conservarse. No se merecían ningún monumento que los recordara.

Oyó unos ruidos de lucha que procedían de la entrada. Sus cazadores demonios seguían intentando mantener a raya a los refuerzos enemigos. Se lanzó en picado para sumarse al combate y aterrizó sobre la espalda de un Señor del Terror, al que arrancó la cabeza de los hombros con un solo golpe.

—¡A mí, mis soldados! —vociferó—. Es hora de abandonar este nauseabundo lugar. Ya tenemos lo que hemos venido a buscar.

* * *

Se abrieron paso violentamente hasta el portal. A su alrededor, Illidan notó que se abrían más portales, por los que las huestes de la Legión Ardiente enviaban refuerzos en tropel. Daba la impresión de que todavía no eran conscientes de lo que estaba ocurriendo y, por eso, respondían poco a poco y cada uno haciendo la guerra por su cuenta. No obstante, en breve, algún líder tomaría el control de la situación y todo se complicaría bastante. Tenían que abandonar ese mundo antes de que eso sucediera.

Vandel mató a un sirviente demoníaco mo’arg justo cuando esa criatura lo apuntaba con una máquina que llevaba en la espalda con la intención de lanzarle una descarga de fuego. Compañías enteras de diablillos los atacaron con llamaradas desde lo alto mientras ascendían hacia las colinas.

—Varedis, ve con una compañía y despeja las cimas de esas colinas —le ordenó Illidan.

El cazador de demonios asintió e hizo una seña. Al instante, tanto él como su destacamento subieron por la ladera, haciendo piruetas y verdaderas acrobacias para poder esquivar las llamaradas. Los demonios chillaron y farfullaron unos insultos repugnantes en su idioma y, a continuación, se dieron la vuelta para huir.

Por delante se cernía sobre ellos una manada de abisarios, que flotaban sobre el campo de batalla y carecían de piernas, que iban ataviados con armaduras y eran de un color negro reluciente. Aunque eran muy duros de pelar, también eran muy lentos.

—Rodéenlos —ordenó Illidan—. Ábranse paso hasta el portal.

Se detuvo para echar un vistazo a su alrededor. Sus tropas habían sufrido bajas durante la batalla en el archivo y, en esos momentos, se hallaban totalmente extenuadas. Al ver que Elarisiel se caía al suelo, se abrió paso con sus gujas para llegar hasta ella. Para cuando llegó, Vandel ya estaba ahí, ayudándola a ponerse en pie.

Illidan asintió para mostrar su aprobación. No quería dejar a nadie abandonado a su suerte, siempre que fuera posible, pues podrían curar a los heridos; no obstante, él mismo acabaría con la miseria de aquellos que se encontraban muy malheridos y eran incapaces de moverse.

Por delante de ellos, el portal que llevaba a Outland brillaba con fuerza. Ahí también había señales de lucha, ya que las fuerzas de la Legión se habían dirigido hacia allí para hacerse con el control de esa puerta, con la intención de cortarles la retirada. Siguiendo las órdenes que les había dado, su propio ejército en Outland no había atravesado el portal, sino que permanecía al otro lado con el fin de protegerlo.

—Adopten una formación en cuña —ordenó—. Vamos a abrirnos paso de un modo violento.

Los cazadores demonios expresaron a gritos que estaban de acuerdo con esa orden y cargaron. En plena batalla, parecían unos seres tan demoníacos como sus adversarios; unos seres con cicatrices y mutaciones, ágiles y repletos de tatuajes, algunos de los cuales estaban envueltos en integumentos hechos de sombra, mientras que otros utilizaban la magia vil con la misma facilidad que cualquier engendro del Vacío Abisal.

Por un momento, los demonios aguantaron el asalto. Sin embargo, poco después cayeron. El portal se hallaba delante de las fuerzas de Illidan. Este les ordenó cruzar y, acto seguido, se giró. En la lejanía, el resplandor de unos portales gigantescos que se estaban abriendo rasgó la oscuridad. Las crestas de las colinas se estaban llenando de una infinidad de combatientes demoníacos. Los contempló y se echó a reír.

Que vengan. Había dado con lo que estaba buscando y llegaban demasiado tarde, ya no podrían detenerlo.

Atravesó el portal. Los cazadores de demonios se estaban alejando a todo correr de la abertura para sumarse al resto de su ejército en Outland. Illidan echó un último vistazo, percibió que ninguna de sus tropas seguía viva al otro lado y pronunció unas palabras que deshicieron el sortilegio. El portal se vino abajo con una terrible descarga de energía, la onda expansiva alcanzó de lleno el mundo natal de los Nathrezim. Ese era su último regalo para ellos: una descarga explosiva de energía capaz de arrasar un continente. Rezó para implorar que al otro lado del portal se hallaran reunidos los comandantes de los Señores del Terror.

Había infligido a la Legión Ardiente la mayor derrota que había sufrido en muchos milenios, y se sentía muy satisfecho.

Illidan contempló cómo los últimos vestigios de las energías del portal se desvanecían a sus espaldas. Luego miró a su ejército y se preguntó si habría algún espía en él. Con casi toda seguridad, lo habría. Reflexionó acerca de lo acontecido aquel día y una amplia sonrisa se dibujó en su semblante.

Hoy había logrado el único triunfo sin paliativos que había obtenido en muchos siglos. Había capturado a Maiev. Había invadido el reino de los Señores del Terror y se había hecho con el mayor secreto de estos. Había destruido a los ejércitos que habían enviado a proteger su mundo natal. Si sus cálculos eran correctos, había devastado Nathreza del mismo modo que la magia de Ner’zhul había arrasado en su día Draenor.

Observó los rostros atentos y expectantes de sus tropas. Al instante, su voz mágicamente amplificada resonó entre las filas de los combatientes ahí congregados.

—Hoy hemos propinado un duro golpe a la Legión Ardiente, uno como no habían recibido en diez mil años. Hemos masacrado a los Señores del Terror y hemos devastado su mundo. Les hemos enseñado que no son inmunes a nuestros deseos de venganza. Que se hará justicia con ellos y deberán pagar por sus actos.

En cuanto asimilaron la transcendencia de lo que acababan de hacer, una oleada de aprobación se expandió por las filas de los cazadores de demonios. Hasta entonces, se habían centrado únicamente en luchar y sobrevivir. Ahora empezaban a ser realmente conscientes de que habían triunfado. Unas sonrisas iluminaron esos rostros que nunca habían esperado sonreír de nuevo. Por un momento, la ira demoníaca se vio reemplazada por algo muy similar a la calma.

—¡Hemos asesinado a millares y atraído a su ejército a una trampa con la que hemos matado a cientos de miles y, además, tenemos esto!

Agitó el disco que se había llevado del archivo en el aire y ahí, lo sostuvo con ambas manos, para que reflejara la luz y centelleara, para que todos los cazadores de demonios y los hechiceros ahí presentes pudieran contemplarla y apreciar su poder. Los más sensibles a la magia pudieron captar levemente las auras que lo impregnaban, a pesar de hallarse a cierta distancia.

Tal vez haya algún espía presente, se dijo a sí mismo, pero el júbilo lo animó a seguir hablando.

—Hemos dado con la llave que abre la puerta al mundo natal de Kil’jaden y Archimonde, un lugar donde los comandantes de la Legión pueden morir definitivamente. Hemos descubierto la ubicación de Argus. La Legión ha destruido un mundo tras otro, ha esclavizado y masacrado una nación tras otra. Ahora van a recoger lo que han sembrado. Hoy hemos aniquilado a los Nathrezim, pero eso es solo el primer paso. Hoy hollamos el sendero que nos llevará hasta la victoria final. Hoy hemos dado con los medios que nos permitirán cortar la cabeza que guía a nuestro enemigo. Vamos a llevar la guerra a Kil’jaeden. Vamos a enseñarle el significado de la palabra derrota.

Me da igual que haya espías presentes, pensó Illidan. Que informen a la Legión Ardiente. Que piensen en lo que he logrado este día y tiemblen.

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