Illidan – Capítulo Diecisiete

Illidan

Tres meses antes de la Caída

Akama observó cómo el portal se abría allá en lo alto, entre las rocas de las pendientes de la Mano de Gul’dan. Había visto muchos portales pero ninguno como aquel. No solo era sobrecogedor en cuanto a tamaño, sino en poder. Había devorado las almas de centenares, había absorbido toda la energía mágica en leguas a la redonda. Podía notar su fuerza impía incluso desde ese risco, desde el cual tenía una vista privilegiada. ¿Qué tramaba Illidan? Le había contado a su consejo que esto era únicamente una trampa para su enemiga. Conociendo lo mucho que el Traidor odiaba a Maiev, todo el mundo se había fiado de su palabra. Sin embargo, ahora todo era más complicado de lo que parecía, puesto que esas maquinaciones encerraban en su seno otras maquinaciones. Daba la impresión de que la captura de Maiev había sido un mero ardid, bajo el cual se ocultaba otro plan aún más amplio. Akama casi admiraba a Illidan por ello, pues era capaz de utilizar su tremendo odio como un elemento para llevar a cabo sus planes.

La ira lo dominó. El Traidor había roto su promesa de perdonarle la vida a la gente de Akama. Y no se había conformado solo con eso, sino que se había hecho con sus almas. Aplacó su furia. No se podía permitir el lujo de tener esos sentimientos, no después de lo que se le había hecho a su espíritu.

Akama se preguntó si ese hechizo impío que había abierto el portal podría afectarle. Como castigo por haber conspirado con Maiev, Illidan había arrebatado a Akama parte de su esencia. En la penumbra de la sala del refectorio, había sometido al alma de Akama a unos conjuros indescriptibles hasta transformar una parte de ella en una sombra. Su espíritu, su posesión más sagrada, había sido convertida en un arma que se utilizaba en su contra, el instrumento mediante el cual Illidan había doblegado su voluntad y, a través de él, a su pueblo. Siempre que lo deseara, el Traidor podría desatar esa sombra, que devoraría a Akama desde dentro y corrompería al resto de los seguidores de Akama a través de los lazos espirituales que los unían a él. Su vida no había sido lo único en juego, sino las vidas y almas de todo su pueblo.

Akama profirió un largo suspiro. El Traidor no le había creído cuando había afirmado que solo se había reunido con Maiev para atraerla hacia una trampa, que su intención había sido entregarle a Illidan a su antigua enemiga a modo de obsequio, a pesar de que era una coartada que había estado preparando desde el mismo momento en que había entrado en contacto con la celadora. Se la había repetido a sí mismo tantas veces y durante tanto tiempo que se la había llegado a creer; aun así, no había convencido al Traidor. Akama se había visto obligado a entregar a Maiev a Illidan, lo cual lamentaba enormemente, pues ella había confiado en él y el Tábido había respondido a esa confianza arrojando a la celadora a las garras de su archienemigo.

Ahora mismo, Illidan se alzaba triunfante sobre su antigua captora; no obstante, no daba la sensación de que pretendiera matarla. No. Debía de tener algo más en mente, puesto que había sufrido mucho a manos de Maiev Shadowsong. La celadora se había convertido en el blanco de su ira y su odio y su deseo de venganza, por lo que no le iba a conceder una muerte rápida.

El gran sortilegio de Illidan resonó estruendosamente al alcanzar su punto álgido.

Akama sintió el dolor y el horror que experimentaron las almas de los Tábidos y los draenei mientras el conjuro del portal las devoraba. La fractura en la realidad refulgió como la superficie de un lago en el que se hubiera derramado aceite. La esencia del portal trazó una espiral sobre sí misma y se abrió. Akama llegó a atisbar un paisaje extraño, donde unas rocas flotaban en el cielo y unos glóbulos verdes de energía solidificada se desplazaban por el aire.

Había visto muchos portales, pero nunca uno como aquel. Tenía la sensación de que ese paisaje que estaba contemplando se hallaba inimaginablemente lejos. A juzgar por la gran cantidad de poder que se había empleado para abrir el portal, debía de llevar a un mundo mucho más remoto que cualquier otro con el que Gul’dan jamás hubiera contactado.

Intentó deducir qué tramaba Illidan. El ejército que había emboscado al destacamento de Maiev se estaba aproximando al portal para colocarse en tomo a él y protegerlo. ¿Por qué? Por si acaso algo lo atraviesa, esa era la respuesta más obvia.

Justo cuando se le acababa de ocurrir esa idea, una nueva fuerza emergió de los portales que llevaban al templo. Estaba compuesta de decenas y decenas de combatientes elfos tatuados. El ejército que Illidan había estado adiestrando por fin iba a entrar en acción.

Akama observó todo aquello fascinado y horrorizado. Intuyó el poder que poseían esos seres de allá abajo. Eran muy poderosos y el mal anidaba en ellos. Bajo la luz verde del portal, eso resultaba aún más obvio, era como si, en cierto modo, ese portal alimentara lo que se hallaba dentro de ellos, fuera lo que fuese, y le proporcionara fuerzas.

Mientras contemplaba cómo se movían en masa bajo la atenta mirada del Traidor, el parecido entre esos combatientes y su maestro fue más evidente que nunca para Akama. Todos eran como Illidan. Podrían haber sido sus hijos. Sin duda alguna, él los había creado. A partir de la carne y hueso, los había moldeado hasta convertirlos en algo nuevo. La cuestión era saber por qué.

* * *

El aire en tomo a Vandel bullía de energía, lo que provocaba que sintiera un cosquilleo y le diera vueltas la cabeza. El enorme portal que tenía delante lo tentaba como la comida en una mesa de un banquete podría tentar a un elfo hambriento y podía ver que sus compañeros se sentían como él.

En el área circundante al portal parecía que había tenido lugar una batalla hacía mucho tiempo. Había esqueletos y cadáveres resecos tendidos por doquier y embutidos en armaduras corroídas, cuyas armas oxidadas yacían cerca de sus manos. De no haber sabido que eso no era así, habría creído que en aquel lugar se había librado una guerra hacía mucho, mucho tiempo.

Su visión espectral le permitió comprobar que eso era mentira. Aquí y allá, los heridos y los moribundos yacían y gruñían. Unos tentáculos de energía oscura brotaban del portal y extraían de esos cuerpos unas almas relucientes, que volaban por el aire, con los ojos abiertos como platos y boquiabiertas, presas del terror, y se desintegraban cuando alcanzaban esas esferas que flotaban allá arriba. Sabía, sin necesidad de que nadie se lo contara, que estaban siendo devoradas ahí por la magia y que su energía estaba siendo utilizada para alimentar el sortilegio.

Miró hacia atrás, hacia los portales que llevaban de vuelta al Templo Oscuro. Casi parecía imposible que apenas una hora antes se acabara de levantar del jergón de su celda, dispuesto a afrontar un día más de adiestramiento. Se había dado cuenta de que sucedía algo, ya que durante días los soldados habían estado formando en los campos de entrenamiento del templo y se había estado preparando a un ejército para la guerra, aunque le había parecido que todo eso no tenía nada que ver con él; había tenido la impresión de que se trataba de otro de esos grandiosos ejercicios militares que se habían llevado a cabo habitualmente desde que se había unido a las filas de los Illidari.

No obstante, había sospechado que tal vez tanto ajetreo podría estar relacionado con esos grupos de hechiceros que habían abandonado el templo días antes. Los rumores habían corrido de aquí para allá como la pólvora, pero todo había parecido tan lejano y ajeno, ya que para los cazadores de demonios su existencia se había visto reducida a una mera infinidad de sesiones de entrenamiento, hasta el momento en que los cuernos habían sonado y Varedis les había ordenado que se congregaran en el patio central con sus armas en ristre.

Cuando habían emergido de los portales, se había sorprendido al ver que apenas había nada que indicara que el combate proseguía. El ejército que habían visto reunir los días anteriores se encontraba ahí y había estado luchando; obviamente, había sufrido unas cuantas bajas.

El encantamiento que había abierto el portal no había hecho distinciones entre aquellos que habían luchado para Illidan y aquellos que habían luchado para sus enemigos. Les había absorbido el alma con independencia de a qué bando hubieran apoyado. Tal vez le habría arrebatado toda su esencia vital a él también si hubiera resultado herido, y esa quizá fuera la razón por la que tanto él como sus camaradas habían sido los últimos en llegar. Estaba claro que fuera cual fuese el propósito por el que habían sido creados no tenía nada que ver con la batalla que había ocurrido ahí. Habían preservado sus vidas por alguna otra causa.

Al contemplar ese colosal portal, centelleando y brillando delante de él, supo cuál era ese propósito. A través de él, mientras giraba en espiral sobre sí mismo, captó ciertos rastros psíquicos de energía vil y demonios. Era como hallarse a cierta distancia de una cocina en un día ventoso y captar el aroma de la comida que se estaba preparando ahí dentro. Un intenso hedor a demonio le asaltó el olfato. En cuanto se relamió los labios, se sintió como si acabara de paladear un leve residuo de magia vil. El portal era el sortilegio más poderoso que jamás había visto. Sus nuevos sentidos le permitían apreciarlo como jamás había podido hacerlo.

Esa parte de él que había vagado por los bosques de Vallefresno lo odiaba y sabía que su familia y sus vecinos también lo habrían odiado. Esa parte de él que había devorado demonios y había seguido a Illidan era capaz de apreciarlo en toda su magnitud.

Acarició el amuleto que había hecho para Khariel y echó un vistazo a sus armas repletas de runas. Estaba preparado, más de lo que nunca había estado para cualquier otra cosa.

Pronto, pronto, susurró esa voz que oía en su mente, pero que no era la suya.

* * *

Con la punta de la pezuña, Illidan dio la vuelta a Maiev, quien yacía en el suelo embutida en su armadura. No cabía duda de que hábil y poderosa. Al ver la carnicería que había desatado entre sus fuerzas, se había sentido tentado a participar personalmente en la lucha, pues había temido que pudiera fugarse una vez más y perderse en el desolado paisaje del Valle Sombraluna.

Ahora se alegraba de haber tomado la decisión de desplegar todo un ejército para vigilar el portal, ya que había demostrado ser necesario incluso antes de que el puente entre mundos se abriese.

La celadora había estado a punto de distraerlo en el momento crucial del ritual, cuando había necesitado toda su concentración para completar ese entramado de energías que permitiría que el patrón místico cumpliera su cometido.

Pero solo a punto.

No obstante, eso no importaba. Ahora Maiev era su prisionera y nunca volvería a ser un problema para él. Se permitió el lujo de esbozar una sonrisilla de satisfacción. Es un buen presagio, pensó. Un augurio sobre lo que iba a suceder aquel día. Fueran cuales fuesen los grandes poderes que todavía velaban por esos mundos tan antiguos parecían apoyar sus actos.

No peques de exceso de confianza, se dijo a sí mismo. Imponemos el orden en el caos gracias a la fuerza de nuestra voluntad. Es de necios intentar interpretar los patrones que nos ofrece la mera casualidad. Miró detenidamente a Maiev una vez más y se prometió que la celadora iba a sufrir tanto como había sufrido él. Diez mil años de agonía no serían demasiados para ella. Pero como Maiev no iba a vivir diez mil años más, tendría que dar con alguna manera de concentrar tanto sufrimiento en un espacio de tiempo mucho más corto; no obstante, ya habría tiempo de reflexionar sobre tales cuestiones más adelante.

El portal brillaba y palpitaba. Alzó las manos, extendió los brazos y pronunció las últimas palabras de ese gran encantamiento. Los nudos de energía se ataron ellos solos. La estructura se estabilizó. El velo reluciente cayó y el camino a Nathreza, el mundo natal de los Señores del Terror, quedó despejado. Una daga de pura energía rajó la realidad alrededor del portal. A través de él entró un torrente de energía vil. Sus tatuajes lo canalizaron y absorbieron, llenándolo de un poder aún mayor.

La satisfacción que sintió ante ese logro excedió incluso la que había sentido al capturar a Maiev. Había creado una puerta a un mundo mucho más lejano que cualquier otro que se hubiera alcanzado jamás desde Outland. El mismo Gul’dan habría tenido problemas para invocarla y contener sus energías. Ese portal era la mayor proeza de hechicería que se había llevado a cabo en Outland desde su catastrófica creación.

Una espeluznante luz verde bañaba los rostros de sus seguidores, lo cual les confería un aspecto más monstruoso de lo habitual. Eran un arma que había estado forjando durante mucho, mucho tiempo. Se preguntó si sobrevivirían a la primera batalla o se harían añicos como una hoja defectuosa fabricada por un forjador de espadas neófito. Se les había concedido poder, habían sido adiestrados por verdaderos maestros. Habían sido seleccionados entre los individuos más resueltos y decididos que más deseaban vengarse de la Legión Ardiente. Habían sobrevivido a diversas vicisitudes que habrían acabado prácticamente con cualquiera.

Eso debía de querer decir algo. No obstante, podrían perecer en las próximas horas. Él podría morir. Toda su vida podría acabar siendo una vacua broma cósmica pergeñada por los caprichos del azar.

Pero ya era demasiado tarde para preocuparse por tales cosas. Tendría que confiar en que sus cálculos eran correctos y en que sus planes funcionarían tal y como había previsto.

Elevó una mano en el aire, flexionó las alas y sobrevoló sus tropas. Todas las miradas se desplazaron del portal hacia él, tal y como había pretendido. Descendió sobre el portal abierto, notó el cosquilleo de la magia y captó el aroma de ese aire extraño.

Hizo un gesto a sus cazadores de demonios para indicarles que lo siguieran y, acto seguido, atravesó el portal para enfrentarse a su inminente destino.

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