Illidan – Capítulo Dieciséis

Illidan

Tres meses antes de la Caída

El resplandor espeluznante de la Mano de Gul’dan lo envolvía todo. La montaña se estremecía como un perro azotado mientras los temblores de un terremoto aún no nacido le revolvían las entrañas. La lava verde escupía gigantescas columnas de humo en esos lagos de piedra fundida, que resultaban visibles en las laderas inferiores. Alrededor de todo aquello se extendía un enorme entramado de poder mágico.

Maiev pensó que esos temblores previos que anunciaban una erupción volcánica estaban relacionados con el sortilegio que se estaba confeccionando. No albergaba en absoluto ninguna duda de que Akama estaba en lo cierto: un ritual de inmenso poder se estaba realizando en ese lugar. No se podía dudar de que la hechicería que se llevaba a cabo era de una magnitud sobrecogedora.

Una lluvia de relucientes meteoros verdes dejó una estela en el cielo. Era un presagio ominoso, pero no sabía qué profetizaba.

Su gente, los elfos de la noche al menos, eran unas sombras entre esas sombras. Se desplazaban de una roca a otra, tan silenciosos como unos asesinos se acercarían al dormitorio de un rey de noche. Los draenei y los Tábidos no se movían con el mismo sigilo, pues eran demasiado grandes, torpes y fuertes.

Akama parecía estar alerta e intranquilo, lo cual era normal. Para alguien tan sensible al estado emocional de ese mundo, los estremecimientos de esa montaña debían de resultar muy perturbadores. Ella misma se sentía terriblemente perturbada por la magia que se estaba utilizando en ese lugar. Decenas y decenas de soldados Ashtongue se encontraban escondidos en la ladera de una montaña cercana. Akama había venido acompañado de una numerosa escolta.

Todo era tal y como Akama había predicho. Había grupos de trece hechiceros organizados en círculos que estaban confeccionando ese gran encantamiento. Algunos de ellos eran elfos de sangre. Otros eran nagas. Todos eran unos magi muy poderosos. Unas líneas de poder mágico danzaban entre ellos, uniéndolos a todos. Entonaban cánticos y hacían gestos, y algo respondía a su invocación. Unos cuantos Illidari ataviados con túnicas los rodeaban. Tal vez fueran escoltas o sirvientes, pero eran menos en número que los hechiceros.

Los diversos grupos se hallaban desperdigados por la montaña. Cada uno de ellos representaba una punta de ese gran patrón, un foco de esa energía que se dirigía directamente hacia el altar central. Al contemplar todo aquello, una sonrisa triunfal cobró forma fugazmente en los labios de Maiev. El mismo Traidor se encontraba ahí, dirigiendo las operaciones, de pie de un modo arrogante en el foco central. Confeccionaba ese gran conjuro como el maestro de la magia que era, moldeándolo hasta conformar un turbulento vórtice de poder.

La celadora caviló acerca de la magnitud del portal que se estaba abriendo. Tanta energía y toda ella centrada en un solo lugar. O bien Illidan pretendía invocar a un poder realmente abrumador o bien con ese portal intentaba tender un puente para salvar una distancia inimaginable.

Pero eso no importaba, pues no iba a tener la oportunidad de completar el hechizo. A esas alturas, el resto de los pelotones de la celadora ya deberían estar en posición. Sarius y su grupo estaban en su sitio, preparados para matar a los hechiceros situados más cerca de Illidan.

Después de eso, se haría justicia con todas las víctimas del Traidor. Y Maiev la impartiría con su propia hoja afilada. Recorrió el filo del arma con un dedo y se estremeció al imaginárselo.

Miró a Akama una vez más. El Tábido se relamió los labios y asintió. Él sabía tan bien como ella que había llegado el momento. La celadora alzó una mano enguantada con una armadura y dio la señal de atacar.

Se oyó un grito en la lejanía. Una figura que se asemejaba a una pantera emergió de las sombras y se abalanzó sobre la garganta de un mago elfo de sangre. El sin’dorei chilló y cayó. Los demás hechiceros apenas se percataron de este hecho, ya que se hallaban demasiado centrados en los conjuros que estaban confeccionando.

Maiev había escogido el momento de atacar de un modo perfecto. Incluso dio la impresión de que el Traidor no reparó en su presencia por un instante. Los seguidores draenei y Tábidos de la celadora emergieron de entre las rocas y cargaron pendiente abajo, blandiendo sus armas, invocando unos hechizos muy poderosos de defensa y ataque.

Lograron sorprender con la guardia baja a unos cuantos Illidari que rodeaban a los grupos de hechiceros. Algunos consiguieron desenvainar sus armas y agruparse en pequeñas unidades, espalda contra espalda. Maiev respetaba esa muestra de valor, a pesar de que despreciara la causa por la que luchaban.

Pero su coraje no iba a marcar ninguna diferencia, pues las tropas de Maiev los superaban en número. Ni siquiera necesitaba contar con los seguidores de Akama; los Ashtongue carecían de las habilidades para el combate de la gente de la celadora, puesto que no llevaban años librando una guerra de guerrillas en los páranlos de Outland como esas tropas.

Maiev usó su poder para desaparecer de donde se encontraba y reaparecer detrás de una hechicera naga. Degolló a la criatura con el afilado filo de su arma antes de que pudiera reaccionar. Tras dar un rápido paso, tuvo al alcance a otro mago. Le cercenó el brazo a ese elfo de sangre con un veloz golpe.

El aire se estremeció. El pulso de la magia se detuvo de un modo fugaz. Los demás magi redoblaron sus esfuerzos. Si mataban a muchos de ellos, era posible que el conjuro se descontrolara y que las consecuencias fueran catastróficas al desatarse tanta energía mágica.

Pero eso a Maiev no le importaba. No consideraba que perder la vida fuera un precio demasiado alto a pagar si el encantamiento destruía a Illidan. Aunque, claro, cabía la posibilidad de que pudiera escapar. Era una serpiente muy escurridiza y su talento para ser capaz de sobrevivir a cualquier cosa solo era comparable a su habilidad para obrar traicioneramente.

Tenía que asegurarse de que no escapaba. Solo si lo mataba con su arma estaría totalmente segura de que había logrado su objetivo.

El altar se encontraba ahí delante y daba la sensación de que, al fin, el Traidor estaba prestando atención al ataque, al mismo tiempo que giraba sin parar las gujas de guerra que empuñaba y miraba a su alrededor para comprobar por dónde había sido lanzado el asalto.

Maiev corrió hacia él, con la esperanza de acercarse lo suficiente como para poder teletransportarse a su espalda para atacarlo por detrás.

Illidan giró la cabeza y miró directamente hacia ella. Alzó las gujas de guerra al mismo tiempo que invocaba una poderosa magia. El hechizo que confeccionó no tenía nada que ver con el ritual que se estaba realizando en aquel lugar.

Una señal mágica brilló.

Maiev notó que, súbitamente, se abrían varios portales a su alrededor. Unos agujeros se abrieron en el entramado de la realidad. Al instante, unas nubes de niebla emergieron de ellos en varias oleadas, por culpa de las diferencias de temperatura y de presión atmosférica entre el lugar de origen y el lugar de destino.

Cientos y cientos de nagas salieron reptando de ellos, junto a varias compañías de orcos viles. Esos portales aparecieron entre los diversos grupos de magos. En algunos lugares, los combatientes que salían de ellos chocaron con los soldados de Maiev.

La celadora se dio cuenta de que tenían que obligar a las fuerzas de Illidan a retroceder hasta el interior de esos portales antes de que los superaran en número. Como las entradas no eran enormes, bastaría con un pequeño número de tropas para taponar las salidas.

Maiev vociferó la orden a sus soldados de que debían atacar a los Illidari que emergían de esos agujeros. Pero eso solo era un parche, puesto que, tarde o temprano, el enemigo se impondría por mera superioridad numérica. No obstante, eso no era lo que buscaba. Lo único que tenían que hacer era ganar tiempo para que ella pudiera alcanzar a Illidan y poner punto y final a su malévola trayectoria para siempre.

Mientras sus tropas reaccionaban, se dio cuenta de que el Traidor había tenido en cuenta esa estrategia. Había demasiados portales como para que el pequeño destacamento de la celadora pudiera cerrarlos todos. Grupos de Illidari emergían por los flancos esa turbamulta.

Intentó dar alcance al Traidor a base de grandes zancadas, decidida, cuando menos, a vengarse. Como si supiera qué estaba pensando y quisiera burlarse de ella, Illidan extendió las alas y se elevó hacia el cielo de un salto.

Maiev percibió que se estaban confeccionando más hechizos y echó un vistazo a su alrededor. En medio de un grupo de poderosos hechiceros nagas, se hallaba lady Vashj. La líder de la gente serpiente de los Illidari la atacó violentamente con unos conjuros muy potentes. Las tropas de la celadora cayeron como si les hubieran dado la puntilla.

Maiev paladeó el amargo dolor de la derrota.

Un descomunal orco vil se plantó de un salto delante de ella y trazó un arco descendente con su monstruosa hacha. La celadora se agachó para evitar el golpe, rodó hacia delante y le cortó los tendones de las piernas con su media luna umbría.

Una falange de guerreros orcos viles cargaron contra ella. Se tensó para saltar, pero entonces una descarga de puro frío la recorrió por entero, obligándola a detenerse. Lady Vashj le había lanzado un encantamiento que la había alcanzado de pleno. Los orcos viles se acercaron corriendo y aullando de un modo demencial. Aunque Maiev intentó moverse, sus músculos congelados se negaron a responder. Iba a morir e Illidan iba a seguir campando a sus anchas.

Los orcos viles cubrieron esa distancia con una velocidad aterradora. A una de esas colosales criaturas de piel roja se le cayó la baba mientras alzaba un hacha con intención de decapitarla. Maiev se negó a cerrar los ojos. De repente, una flecha surgió de la nada y, silbando por el aire, fue a clavarse en la garganta de la criatura. Otra lo alcanzó en el hombro, de tal modo que acabó retorciéndose en el suelo. Llovieron más y más flechas, matando a más y más orcos viles. Todas ellas tenían las plumas verdes y rojas de Anyndra. Un orco vil se tropezó k con los cadáveres de sus camaradas. Un rabioso superó de un salto esa montonera cada vez mayor y se aproximó. Maiev logró mover un brazo e intentó defenderse, pero lo hacía muy, pero que muy lentamente.

Ese gran gato cazador que en realidad era Sarius irrumpió de un salto por un flanco, agarrando al orco vil rabioso del brazo, con el fin de aprovechar su propio peso para desequilibrarlo, a la vez que lo destrozaba con las garras. Unos desgarros de color rojizo y negruzco aparecieron en el cuello del orco vil. La sangre manó de ellos. Más y más orcos viles se amontonaron sobre el druida, decididos a acabar con él. Sarius se levantó, esta vez portando la forma de un oso, a pesar del enorme peso de los guerreros orcos viles que intentaban aplastarlo. Aunque con sus hojas afiladas abrieron tajos en su pelaje de los que brotó la sangre, un aura mágica rodeaba al druida, que le cerraba las heridas.

Maiev notó que alguien la agarraba del hombro. Giró la cabeza y vio el espanto dibujado en el rostro de Anyndra.

—¡Tenemos que salir de aquí! —exclamó su segunda al mando, la cual tenía la voz ronca de vociferar órdenes por encima del fragor de la batalla.

Pocas tropas de Maiev permanecían aún en pie: un puñado de sus draenei y algunos combatientes Tábidos, así como Anyndra y Sarius. Ahora, los portales se hallaban totalmente abiertos. Un orco vil tras otro, un naga tras otro, surgían a raudales por ellos. Eso no era un mero grupo de escolta, sino un ejército.

Por un momento se planteó la posibilidad de huir. Podía ordenar a sus tropas que se retiraran para luchar otro día, pero tal vez nunca volviera a tener otra oportunidad como esa. Debía matar al Traidor ahí y ahora. Aunque eso supusiera sacrificar su vida y las vidas de todos sus soldados, sería un precio que estaba dispuesta a pagar.

Una sombra monstruosa planeó sobre ella. Al alzar la mirada vio al Traidor lanzándose en picado desde allá arriba, con sus grandes alas extendidas. Su risa espeluznante retumbó por todo el campo de batalla, perfectamente audible por encima del entrechocar de una hoja contra otra, del clamor de los gritos de guerra de los Tábidos y los aullidos de los orcos viles.

Una energía mágica la rodeó en cuanto los hechiceros elfos de sangre y nagas reanudaron el ritual interrumpido. Unas esferas negras dieron vueltas por encima del campo de batalla. Unos largos y tenebrosos tentáculos descendieron de ellas hacia los heridos y los moribundos. Allá donde las tocaban, las víctimas chillaban y envejecían años en cuestión de unos meros latidos, como si les estuvieran absorbiendo toda la energía vital. Unas chispas negras emergieron de esos cuerpos y fueron succionadas hacia arriba, hacia el interior de esas brillantes esferas impías. Maiev se dio cuenta de que les estaban devorando el alma.

Ni siquiera las almas de los muertos estaban a salvo. Cuando los tentáculos tocaban un cadáver, las armaduras de cuero se hacían jirones, las cotas de mallas y las relucientes hojas se oxidaban y deslustraban y un espíritu reluciente brotaba del cuerpo en forma de chispas negras para sufrir el mismo destino que todos los demás.

Con cada alma que absorbían, las esferas se volvían más grandes y oscuras. Unos rayos de luz negra danzaron entre ellos, formando así unas grandes cadenas de energía. Un agujero reluciente, que se alimentaba con las almas de los caídos apareció en el aire justo encima del altar.

Maiev buscó con la mirada a Akama y lo divisó en una pendiente lejana, observando horrorizado las consecuencias de ese colosal conjuro. Se abrió paso con su arma hasta él. ¿Acaso los había conducido hasta una trampa? Anyndra luchaba con serenidad junto a ella. El mastodóntico oso que era Sarius las seguía pesadamente, arrastrando a media docena de chillones orcos viles consigo. El druida sangraba por una veintena de heridas, puesto que su magia no era capaz de cerrar todas las heridas.

Maiev contempló esos centenares de cadáveres. La mayoría eran draenei; algunos de ellos eran elfos de la noche o Tábidos. Muy pocos era orcos, nagas o elfos de sangre. La celadora se percató de que muchos de los muertos eran Ashtongue. Akama se hallaba sobre un peñasco, gritando:

—¡Esta masacre no formaba parte del plan! ¡Me dijiste que se suponía que debíamos capturar a Maiev!

Así que todo aquello había sido un ardid urdido por Illidan y ese Tábido traicionero. Al pensar en ello, la furia dominó a la celadora.

La voz demencial de Illidan, amplificada mágicamente, resonó atronadoramente por todo el campo de batalla.

—Ah, capturaremos a Maiev, Akama. Pero también hay otras cosas que hay que hacer en este día.

Esas palabras sonaron de un modo realmente demoníaco.

Akama chilló y alzó un puño. Un relámpago cobró forma en su mano y, por un instante, dio la impresión de que se estaba planteando la posibilidad de lanzárselo a Illidan. Entonces se dio cuenta de lo cerca que se hallaba Maiev. Hizo un gesto. Al instante, el aire brilló a su alrededor y desapareció.

—¡Diríjanse a ese alto! —gritó Maiev—. Ahí les plantaremos cara.

Anyndra asintió, pero acto seguido, los ojos se le desorbitaron. Una afilada hoja orea le atravesó el pecho. La sangre le manó de la boca.

Alguien con un brazo rojo y musculoso la agarró del cuello. Se oyó un crujido y le rompió el cuello. A continuación, cayó de bruces.

El rugido de pena e ira de Sarius reverberó por el aire. Retumbó por los abismos que los rodeaban y, solo por un instante, tapó el estruendo del volcán. Se quitó de encima a esos orcos viles que se aferraban a él y avanzó a gran velocidad, hasta dar alcance al asesino de Anyndra. Lo agarró entre sus fauces, se puso en pie sobre los cuartos traseros y zarandeó a ese verdugo como un terrier zarandearía a una rata, rompiéndole así el cuello a su vez.

Varios conjuros estallaron alrededor del enorme oso, que pasó a moverse con lentitud. Un orco vil tras otro lo golpearon, derramando sangre. Más y más cargaron contra él. Como incluso sus fuerzas tenían límites, acabó cayendo y siendo despedazado.

Una furia rabiosa se apoderó de Maiev, la cual de un salto aterrizó entre esos orcos viles y se abrió paso lanzando golpes a diestro y siniestro con su arma. Decapitó a uno, le cortó el brazo a otro y destripó a un tercero. Todo parecía envuelto en un rojizo velo de ira a su alrededor. Incluso los orcos viles se acobardaron ante su ira, mientras se iba acumulando una montaña de cadáveres alrededor de la celadora. Entonces uno de ellos, que era más valiente que el resto, se volvió a sumar a la refriega, lo cual animó al resto del ejército a arremeter contra ella. Cortó y rajó una y otra vez, hasta que se le cansó el brazo. Sangraba por un millar de cortes. Sabía que iba a morir y, si no podía acabar con el Traidor, se iba a llevar consigo a tantos de sus esbirros como fuera capaz.

Cegada por el cansancio, la sangre y el sudor que le caía por la cara, siguió atacando. Era como si sus extremidades se hubieran transformado en gelatina. Las fuerzas la habían abandonado. Se percató de que se encontraba sola en medio del círculo de muertos. Los orcos viles la contemplaban sobrecogidos. Aunque había matado a decenas y decenas de ellos, no era suficiente. Nunca sería suficiente.

Por encima de ella, centelleaban unos relámpagos negros, que se desplazaban de una esfera a otra a medida que estas devoraban más y más almas de los muertos y moribundos. Horrorizada, Maiev se dio cuenta de que lo único que había logrado era ayudar a confeccionar su sortilegio, que se alimentaba de las almas de sus tropas y utilizaba la energía desatada para abrir un agujero en el entramado de la realidad. Cada vez hacía más frío y un viento procedente de los confines del infinito ululaba. Illidan planeaba sobre aquella carnicería, contemplando su triunfo, con las alas extendidas y envuelto en un aura de poder maligno. Su mirada se cruzó con la de la celadora. Hizo un gesto y, al instante, un rayo negro emergió de su puño para descender como la lanza de un dios iracundo.

La agonía la recorrió por entero. Se trastabilló y cayó.

Los orcos viles se acercaron a la yacente Maiev, la cual intentó incorporarse, pero le fallaron las fuerzas. Oyó el batir de unas poderosas alas y alzó la vista para ver que Illidan le devolvía la mirada. Una sonrisa repleta de odio y malicia se dibujó en sus estrechas facciones.

—Bueno, Maiev, ahora eres mi prisionera. Me ocuparé de que tu estancia en prisión sea tan gozosa como lo fue la mía.

Giró la cabeza y vociferó una orden a sus orcos viles. La celadora intentó levantarse para atacarlo. Sin embargo, el Traidor le propinó un violento puñetazo, que la empujó de nuevo al suelo.

—Tengo asuntos que atender en otras partes —dijo Illidan—. Pero ya tenemos algo muy apropiado preparado para que sea tu futuro hogar. Se trata de una jaula capaz de impedir que incluso tú escapes, celadora.

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