Illidan – Capítulo Quince

IllidanTres meses antes de la Caída

Maiev se agachó y esquivó el golpe del ogro; acto seguido, lo abrió en canal con el arco de vuelta que trazó con su arma. La criatura se rio entre dientes de un modo muy idiota mientras se aferraba los intestinos con una mano colosal, para intentar mantenerlos en su sitio. Con la mano libre, volvió a arremeter con su descomunal garrote. La celadora evitó de un salto esa arma del tamaño del tronco de un árbol. En ciertas ocasiones llegaba a pensar que era cierto eso que se comentaba sobre los ogros: que esas criaturas no sentían dolor.

Anyndra se apartó de la trayectoria del garrote, pero se tropezó con una raíz y cayó a esas turbias aguas. Sarius gruñó. Emergió de entre las sombras con su forma felina y se abalanzó sobre la espalda del ogro. Lo arañó con las garras y de las heridas brotó sangre. Maiev concentró todo su poder y se teletransportó. Dirigió su golpe a la yugular y la sangre manó a raudales. Esta vez, el ogro cayó. Anyndra se apartó rodando, para evitar que el cadáver le cayera encima, y se puso en pie. Tenía el pelo empapado y lleno de algas descoloridas y su túnica era ahora del color marrón del barro.

Maiev recorrió con la mirada todo cuanto la rodeaba. Sus tropas estaban acabando con los ogros. Era incapaz de imaginarse por qué razón estúpida esos enormes brutos los habían emboscado. A lo largo de los últimos meses, los ogros se habían ido mostrando cada vez más agresivos con los viajeros que recorrían los caminos que cruzaban la Marisma de Zangar. Daba la impresión de que habían forjado una alianza con los nagas de Vashj. Fueran cuales fuesen las máquinas de hechizos que la gente serpiente estaba construyendo, lo cierto era que casi las habían terminado. A pesar de que Maiev había intentado sabotearlas, había fracasado en el empeño. Lo único que había conseguido era liberar a algunos de los esclavos Tábidos, a quienes no podría utilizar como reclutas para su destacamento por falta de aptitudes.

Contó las bajas. Los cadáveres de dos draenei yacían en el agua, con la cabeza sumergida de tal modo que sabía que nunca iban a salir de ahí. Sarius ya estaba curando a los heridos. Notó una oleada de poder druídico cuando este sanó el hueso de un brazo que el ogro había fracturado con su garrote.

Anyndra negó con la cabeza, de tal manera que unas gotitas le cayeron del pelo y fueron a aterrizar sobre esas aguas tan sucias. Maiev se secó el sudor de la frente y, a continuación, aplastó con suma rapidez a uno de los enormes insectos que había aterrizado en el dorso de una de sus manos. Su cuerpo repleto de sangre reventó, dejándole una mancha carmesí en la mano. Por Elune, había veces en que odiaba más a esos monstruitos que a aquellos que utilizaban la magia de un modo tan indigno.

—Creo que ya han aprendido la lección de que no deben volver a atacamos — aseveró Anyndra, quien observó con detenimiento el cuerpo del ogro caído.

Debía de pesar como diez elfos, a pesar de que solo era cinco veces más alto. Era tan ancho que casi daba la sensación de ser un tanto chaparro, y una gruesa capa de grasa cubría esos músculos tan desarrollados. El rojo y el marrón se entremezclaban en el agua a su alrededor. Un insecto capaz de caminar sobre el agua se había manchado las patas con esa sustancia roja. De repente, un pez grande emergió a la superficie y lo engulló de un solo trago.

—Son lo suficientemente estúpidos como para aprender esa lección —replicó Maiev, la cual se agachó y se lavó las manos en el agua. Aunque no se las pudo limpiar del todo, al menos logró quitarse la sangre de encima—. Da igual a cuántos matemos, seguirán insistiendo en luchar.

—¿Qué crees que traman los nagas? —preguntó Anyndra.

Maiev hizo un gesto de negación con la cabeza. Su teniente insistía en interrogarla, como si creyera que la celadora tenía respuestas para todo.

—No lo sé. Pero si Illidan quiere que hagan algo, debemos aseguramos de que no lo hagan.

Anyndra miró hacia otro lado, como si esa respuesta la hubiera decepcionado. Ojalá Maiev hubiera tenido una mejor. Ojalá pudiera dar con la manera de llevar la guerra a Illidan, pero el Traidor no se había movido de su fortaleza en las semanas que habían transcurrido desde que Akama la había informado de la desaparición de Kael’thas. Sin ningún género de dudas, Illidan se sentía muy vulnerable ahora que no contaba con la ayuda del príncipe elfo de sangre para combatir a la Legión Ardiente; no obstante, la ausencia de Kael’thas tampoco había ayudado a que la celadora lograra sus objetivos.

Apartó ese pensamiento de su mente, pues dejarse llevar por la desesperación era muy fácil. Hallaría la manera de que todo el peso de la justicia cayera sobre Illidan. Solo tenía que seguir intentándolo y la solución se presentaría por sí sola. Como era una elfa de la noche, estaba acostumbrada a pensar que tenía todo el tiempo del mundo a su disposición. Aunque, claro, desde que Nordrassil, el Árbol del Mundo, había sido arrasado y, por tanto, los elfos de la noche ya no eran inmortales, eso ya no era cierto, pero resulta difícil abandonar los viejos hábitos.

Notó un cosquilleo en el costado derecho y, a renglón seguido, se internó en una zona envuelta en sombras. Sacó de la bolsa la piedra que le había dado Akama y concentró sus pensamientos en ella. La imagen del líder de los Ashtongue cobró forma en su mente. El Tábido parecía estar más viejo y arrugado que nunca. Sus ojos eran dos diminutos agujeros. Unos surcos muy profundos le recorrían la cara, unos que no habían estado ahí antes.

—¿Qué ocurre? —inquirió Maiev, ya que sabía que nadie podría oírla.

—Debemos reunimos en el Puerto Orebor. Los acontecimientos se han precipitado. Ha llegado el momento de llevar a cabo nuestra venganza.

Akama parecía cansado y lánguido. Había una cierta fragilidad en su voz que no recordaba haber oído jamás. Tal vez algo está dificultando que el hechizo opere como debe, se dijo a sí misma. Tal vez todo fuera cosa de su imaginación.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Reúnete conmigo donde quedamos la primera vez. Tengo mucho que contarte y es mejor que estemos preparados para actuar de inmediato. Cerciórate de que tu gente esté lista para luchar.

—¿Qué está pasando?

—No tengo tiempo para explicártelo. Debo irme ya. Reúnete conmigo y estate preparada.

El contacto se rompió de un modo abrupto. Maiev se preguntó qué podía estar sucediendo. ¿Acaso el momento que tanto había estado esperando había llegado?

Guardó la piedra y volvió a una zona iluminada.

—Monten —ordenó—. Nos vamos al Puerto Orebor.

Algunas tropas gruñeron quejosamente, ya que esperaban poder descansar tras la batalla. Pero la premura con que Akama deseaba reunirse con su líder les iba a privar de ese descanso. Tener la oportunidad de capturar al Traidor por fin era mucho más importante que cualquier bien que pudieran obrar al destruir las máquinas de hechizos de los nagas, por mucho que lo desearan.

—Cabalguemos —dijo Maiev.

Sus seguidores montaron en sus sillas de un salto. Abandonaron ahí tos cadáveres de sus enemigos, para que los moradores de la gran marisma pudieran darse un banquete con ellos.

Maiev caminaba de un lado a otro dentro de la choza donde solía reunirse con Akama en el Puerto Orebor. Sus tropas la observaban atentamente, ya que habían aprendido a proceder con cautela cuando la celadora se hallaba de tan mal humor. ¿Dónde se había metido ese maldito Tábido? Le había dicho que debían verse urgentemente, pero ni siquiera se había molestado en aparecer.

Dejó los brazos muertos y alisó la costura de su tabardo. Con esa actitud se estaba mostrando muy impaciente delante de las tropas, las cuales la consideraban su líder. Aminoró el paso, se mostró más mesurada y se sumió en sus pensamientos.

Llegar tarde no era algo propio de Akama. El Tábido nunca había faltado a una reunión. Normalmente, solía llegar pronto. Esperaba que no le hubiera ocurrido nada, puesto que eso significaría que si el Traidor lo hubiera matado por haberlo traicionado, habría perdido a un espía muy bien posicionado.

Pero eso nunca sucedería. Akama había eludido la vigilancia de Illidan durante años, y eso quería decir que tenía una gran capacidad para ocultar cosas. Había conseguido engañar incluso a Illidan. Lo único que tenía que hacer era seguir haciéndolo un poco más.

Caviló sobre lo extraño que era todo aquello. Su aliado más valioso de Outland era una aberración mutante que servía a su mayor enemigo. No obstante, había demostrado ser más fiable que cualquiera de los supuestos líderes de las fuerzas de la Luz. Aunque se dijo a sí misma que debería tener más fe en él, era incapaz de hacer algo así, puesto que no le resultaba nada fácil mantenerse al margen, dejar el control de la situación a otro.

El aire brilló y un portal se abrió. Se notó una corriente repentina de aire frío que se impuso sobre el aire caliente y húmedo de la Marisma de Zangar. Akama lo atravesó. Tenía los hombros encorvados y estaba cabizbajo. Arrastraba los pies más de lo habitual.

—Saludos —dijo—. Traigo una noticia importante.

El Tábido alzó la vista y la celadora pudo ver que parecía tener los ojos hundidos; además, el fulgor de estos había menguado.

—Esperemos que esta nos acerque más a la victoria que tus anteriores informaciones. El príncipe Kael’thas quizá sea un desertor, pero eso no nos ha servido de nada.

Akama se acercó trastabillando a una mesa y se sirvió una copa de vino. Daba la impresión de que había envejecido tremendamente desde la última vez que se habían visto. Al dejar la jarra sobre la mesa, le temblaba la mano.

—Por tu aspecto, uno diría que has tenido días mejores.

Akama se encogió de hombros y extendió ambos brazos.

—El Traidor me ha obligado a hacer magia día y noche desde la última vez que hablamos. Eso me ha dejado agotado. Sus maquinaciones se acercan a su punto culminante. Y creo que ya sé qué es lo que trama.

—¡Cuéntamelo!

—Dame un momento —replicó el Tábido, el cual sacó un pequeño frasco que contenía un elixir mágico que vertió en el vino. Se acercó esa mezcla a los labios y la engulló de un solo trago. Unos latidos después, se encontraba más erguido y el cansancio lo había abandonado.

Maiev entornó los ojos de manera suspicaz. Nunca lo había visto así. Nunca hubiera sospechado que necesitaba tomar estimulantes antinaturales para conservar las fuerzas.

—¿Estás bien?

Akama movió la cabeza hacia abajo y arriba lentamente. A pesar de que daba la sensación de que quería tranquilizarla, parecía incapaz de hacerlo. Seguía moviéndose con lentitud, como si sintiera dolor al hacerlo. Por su aspecto, cabía deducir que estaba muy enfermo. Tal vez la tensión que conllevaba llevar tanto tiempo haciendo de espía le había pasado factura a su salud.

—El Traidor por fin ha revelado cuál va a ser su jugada. Planea abrir un nuevo portal.

—¿No puedes ser más concreto?

—Solo he oído rumores que circulan alrededor del templo. Me las he ingeniado para poder echar un vistazo a su sanctasanctórum en una ocasión y he hallado pistas que indican que planea llevar a cabo un ritual muy poderoso.

La decepción tiñó el tono de voz de Maiev.

—Nada de eso nos sirve de mucho. Mientras permanezca en el Templo Oscuro, no podremos hacer nada. Está muy bien protegido.

En ese instante, Akama sonrió. Era como ver una fría luna emerger tras unas nubes oscuras. Sus ojos centellearon de un modo extraño.

—Para realizar este ritual, va a tener que salir del templo.

—¿Qué quieres decir?

—Lo único que sé es que ese portal solo puede abrirse en un momento y un lugar muy concretos. Y ese lugar no se halla en el interior del Templo de Karabor.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?

—Pude echar una ojeada a los pergaminos que tenía. Algunos de ellos eran mapas.

¿Eso era realmente posible?, se preguntó Maiev. ¿Al fin estaba a punto de tener esa oportunidad que tanto había estado esperando?

—¿Mapas de dónde?

—De la Mano de Gul’dan.

—¿El volcán del Valle Sombraluna? ¿Por qué quiere ir ahí?

—Porque es una ubicación donde se concentra un enorme poder.

Gul’dan rompió ahí el vínculo del pueblo orco con los espíritus elementales.

—Illidan estará muy bien protegido —señaló Maiev.

Una vez más, Akama sonrió de un modo extraño y gélido. El tábido negó con la cabeza.

—Todos los indicios apuntan a que planea viajar hasta ahí en secreto. Está reuniendo suministros solo para unas pocas tropas.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Una de las ventajas de ser un Tábido es que casi todos los esclavos y siervos del templo hablan mi idioma, pues son miembros de mi Pueblo. Pocos se fijan en los humildes Tábidos, pero vemos muchas cosas. Pasan muy pocas cosas ahí dentro sobre las que no sepa algo.

—Así que crees que planea realizar ese ritual en secreto.

—Me ha comentado que tiene que hacer un viaje en los próximos días del que nadie debe saber nada.

—¿Y por qué te ha comentado algo al respecto? —inquirió una súbitamente suspicaz Maiev.

—Desde que el príncipe de los elfos de sangre se esfumó, Illidan ha ido depositando su confianza cada vez más en mí. Necesita que alguien se encargue del templo mientras esté fuera, y como los miembros del Consejo Illidari son todos elfos de sangre y cree que yo carezco de ambición como para conspirar a sus espaldas…

Las palabras de Akama dejaban traslucir cierta amargura.

—Entonces se marcha, de eso no hay duda —aseveró Maiev.

—Nunca lo he visto así. Lo embarga la emoción. Es como si el plan que lleva urdiendo tanto tiempo fuera a fructificar al fin. Albergo serias sospechas de que eso tiene algo que ver con todos esos elfos a los que ha estado adiestrando.

A Maiev le picó la curiosidad. Hacía tiempo que se preguntaba para qué había creado a esos guerreros demoníacos tatuados.

—¿Lo van a acompañar?

Akama hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Se les ha dicho a sus líderes que estén preparados para entrar en acción de inmediato. Creo que recibirán la orden de actuar si el ritual se completa con éxito. Si eso no sucede, no creo que quiera que salgan del templo, puesto que eso supondría correr un gran riesgo.

—¿Tanta estima les tiene?

—Son la niña de sus ojos. Pasa más tiempo con ellos que haciendo planes para defender su imperio. Es desconcertante. Son muy importantes para él, pero no sé aún por qué. Aunque creo que ese misterio se revelará a lo largo de los próximos días.

—¿Quién lo acompañará en el ritual?

—He examinado las listas de tumos. Casi todos los días abandonan el templo pequeños grupos de hechiceros. Todos ellos son magos de un poder considerable y todos ellos están muy versados en magia ritual.

—¿Pretende congregarlos a todos en la Mano de Gul’dan?

—Es la única posibilidad que tiene sentido.

—¿Y crees que está haciendo todo esto en secreto porque…?

—Porque le preocupan los espías, y tiene razones para ello.

Akama sonrió abierta y amargamente.

—¿Cuántos hechiceros han enviado ya para allá y cuántos más van a enviar?

—Habrá trece grupos de trece miembros reunidos en las laderas del volcán. Ese número tiene una importancia mística. Está relacionado con el número de nodos que tiene el patrón místico que intentará configurar.

—Aunque se trate de un destacamento pequeño, tal número de magos podría constituir una amenaza a tener en cuenta.

—No si están muy concentrados en un complejo ritual mágico cuando se lance el ataque.

Un silencio sepulcral reinó tras esas palabras de Akama. Al fin había llegado el momento. Era ahora o nunca. Nunca iba a tener una oportunidad mejor de atacar al Traidor, si lo que estaba contando el Tábido era cierto.

—¿Estás seguro de todo esto? —preguntó Maiev.

—Tan seguro como puedo estarlo, dadas las circunstancias. Creo que el Traidor estará en las laderas de la Mano de Gul’dan y que esos hechiceros se hallarán con él en ese lugar, donde pretende llevar a cabo un poderoso ritual y abrir un portal a otro sitio. Tal vez piense que podrá escapar a la venganza de la Legión Ardiente si abre un camino a otro mundo donde los demonios todavía no hayan establecido una cabeza de puente.

—No.

Esa palabra se le escapó a Maiev sin que pudiera hacer nada por evitarlo. No podía permitir que el Traidor se le escapara de nuevo; además, era muy propio de él dejar a los defensores de la fortaleza abandonados a su suerte, para que sufrieran las consecuencias cuando los sirvientes de Sargeras llegaran; no obstante, eso seguía sin explicar qué era lo que pretendía hacer con los elfos a los que había adiestrado.

—Si me permites el atrevimiento —dijo Akama—, yo te aconsejaría llevar a tu destacamento hasta las laderas del volcán para investigar. Si me equivoco, no habrás perdido nada. Si estoy en lo cierto, tendrás la mejor oportunidad que jamás has tenido de capturar a tu gran enemigo.

—¿Y tú qué? ¿Dónde estarás?

—Estaré contigo. Quiero estar ahí cuando derrotes al Traidor.

Llevaré a los míos. Te ayudaremos.

Maiev se calló por un solo latido.

—Akama…

-¿Sí?

—He sido muy crítica contigo y tu pueblo en el pasado y también he albergado ciertas sospechas sobre cuáles son tus verdaderas motivaciones, pero en este día has demostrado que no terna ninguna razón para pensar así. Juntos venceremos a Illidan.

Akama inspiró aire ruidosamente y no apartó la mirada de los ojos de la celadora.

—Rezo para que estés en lo cierto.

—Le diré a mi gente que se prepare —dijo Maiev—. Debemos ir muy lejos y tenemos muy poco tiempo para llegar hasta ahí.

—Les abriré un camino y luego regresaré al templo para preparar a mi pueblo. Ha llegado el momento de vengamos.

Maiev negó con la cabeza.

—Ha llegado el momento de que el peso de la justicia caiga sobre el Traidor.

—Puedes verlo como quieras, pero lo cierto es que se nos ha presentado la oportunidad de lograr nuestro objetivo. Derroquemos a Illidan. Liberemos a Outland de su maldad. Que el Templo de Karabor sea devuelto a mi gente.

—Así será —replicó Maiev.

Regresar al índice de la novela Illidan

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.