Illidan – Capítulo Catorce

IllidanTres meses antes de la Caída

En su aposento, Illidan dio nueve pasos, se giró y dio otros nueve pasos en dirección contraria. Ahora se sentía más calmado. Su encuentro con Akama había serenado su ira anterior en parte. El hecho de que el Tábido hubiera conspirado con Maiev Shadowsong había estado a punto de costarle la vida al líder de los Ashtongue. ¡De todos los elfos, tenía que haberse aliado con Maiev! Aunque Illidan tendría que haber castigado esa traición con la muerte, todavía necesitaba a Akama y su pueblo, por lo que había ideado otro castigo aún mejor. Ese pensamiento le proporcionó una satisfacción considerable. Se había asegurado de que el Tábido nunca volviera a traicionarlo. Y no solo eso, sino que también había dado con la manera de lograr que Akama le entregara a Maiev en bandeja de plata. Además, todo encajaba en su plan para lanzar un contraataque contra la Legión Ardiente. Ya únicamente le quedaba un problema por resolver y estaba muy cerca de conseguirlo.

Illidan contempló el descomunal escritorio de roble. Sobre él yacían una serie de mapas y cartas náuticas, sobre las que se hallaba la Calavera de Gul’dan. Los símbolos inscritos en ellos con sangre de demonio estaban escritos con una notación que él mismo había inventado y que solo él entendía por entero. Esas runas geométricas cartografiaban los flujos de energía entre los portales de Outland y sus puntos de destino en ciertas zonas del Vacío Abisal.

Se frotó la frente y se concentró. Estaba a punto de hacer un gran logro. Estaba tan cerca que casi paladeaba el sabor del triunfo. Había estado años acumulando toda esta información, saqueando bibliotecas y colecciones privadas de magos por todo Outland. Había visitado todos los lugares señalados en el mapa y había empleado hechicería geomántica para cartografiar los flujos de poder que se adentraban en el Vacío Abisal.

Había interrogado a miles de demonios, había estado atento a las pistas que había podido dejar al respecto Magtheridon cuando hablaba, así como las que habían podido dejar una docena de Nathrezim, a los que llamaban los Señores del Terror. Había utilizado conjuros para seguir el rastro de las energías de un millar de invocaciones. Había torturado y devorado a diablillos y subyugado a súcubos. Había pasado muchos años reuniendo pistas y, por fin, estaba listo.

Los recuerdos difusos de Gul’dan que había adquirido cuando había absorbido el poder de la calavera del brujo orco le había espoleado a llevar a cabo esas investigaciones. Las visiones de Gul’dan le habían dado pistas sobre el camino a seguir para hacer realidad sus sueños más disparatados. Había visto cosas que ningún otro mortal había visto, y esos recuerdos obsesionaban a Illidan.

La emoción lo embargaba. Por fin, tras tanto tiempo, veía un patrón. El viejo brujo había estado en lo cierto: existía un complejo entramado de energías. Una red que se alimentaba de sus propias fuerzas, así como de las de la tierra y el aire que la rodeaba; una red que mantenía los portales abiertos, a pesar de que la realidad tenía una tendencia natural a cerrarlos; una red que mantenía unos senderos abiertos que unían decenas de mundos. No obstante, algunos de esos puentes estaban incompletos, pero sabía que debían llevar a alguna parte. Como sabía qué clase de fuerzas participaban en ese entramado, podía deducir sus puntos de destino final gracias a unos complejos cálculos astronómicos.

Por fin podría crear el sortilegio de adivinación que podría hallar a través de esos portales lo que estaba buscando.

Pero tenía que actuar pronto, antes de que se corriera la voz y alguno de los Nathrezim dedujera qué era lo que estaba haciendo. Los Señores del Terror eran terriblemente inteligentes, y si decidieran frustrar sus planes todos esos años de sacrificios y esfuerzos, todas esas décadas de planes y maquinaciones habrían sido en vano.

Fatigado, pero cada vez más emocionado, inscribió las sílabas de ese gran encantamiento. Cuando acabó, dejó la pluma sobre el pergamino, sintiendo una tremenda satisfacción. Nunca iba a estar más preparado que ahora. Era hora de actuar.

Illidan se adentró aún más en esa gran cámara circular. En el suelo, inscrito con sangre de demonios, elfos y draenei, centelleaba un duplicado de los símbolos que podían verse en sus mapas, pero escritos a un tamaño cien veces superior. Unas runas brillantes se apiñaban en el borde, dando forma a las cataratas de energía vil que fluían hacia el interior de la estancia.

Caminó por el borde, mascullando hechizos de defensa y protección. No quería que ningún curioso fuera testigo de lo que estaba haciendo ahí, ni que ninguna irrupción inesperada perturbara su concentración. Pronunció una palabra mágica y, al instante, todas las puertas se cerraron. La cámara quedó tan sellada que, pasado un tiempo, el aire se volvería venenoso por culpa de los elementos tóxicos que él mismo exhalaba al respirar. Si permanecía sumido mentalmente durante demasiado tiempo en ese ritual, ese lugar podría acabar siendo su tumba.

Cruzó un espacio abierto que se abría en ese enorme conjunto de símbolos y lo siguió hasta llegar a la parte central de la cámara. Lo hizo con sumo cuidado, para no pisar ninguna de esas líneas, ya que eso podría tener consecuencias fatales.

En el centro exacto de la cámara desplegó sus alas, aleteó una sola vez y flotó en el aire. Dobló las piernas para adoptar la posición del loto e invocó esa magia que le permitiría permanecer flotando por encima del suelo. Pronunció otra palabra mágica y los braseros colocados en cada punto cardinal se encendieron, desprendiendo así unas sustancias aromáticas. Unas nubes de humo alucinógeno fluyeron por el aire. Unos tentáculos de incienso quemado reptaron por aquel conjunto de símbolos hasta llegar a su nariz.

Inspiró hondo tres veces y, con cada una de ellas, logró que esos vapores se le adentraran aún más en los pulmones. Cerró la boca para mantener ese humo encerrado ahí, hasta que tuvo la sensación de que ya había absorbido hasta la última fracción de poder que poseía.

Como era un experto en alquimia, pudo identificar los componentes individuales de esos vapores. Huesos de guardia apocalíptico machacados en un mortero confeccionado con el esqueleto de un dragón, sangre en polvo de can manáfago, esencia destilada de hierba vil y un millar de elementos distintos más; todos ellos escogidos para activar ciertas zonas claves de la mente del hechicero y liberar su alma.

Se sintió arrastrado por unas ansias inmemoriales, que lo tentaron a bañarse en esas energías malignas. Sintió un cosquilleo. Se le pusieron los pelos de punta en la cabeza. Notó que se le hinchaba la lengua. El poder fluyó hacia su interior. Era tanto, tanto poder. Se sentía como un dios, como si le bastara con desear que algo sucediera para que ocurriera.

Retuvo esa energía por un momento; simplemente, dejó que permaneciera en él, mientras disfrutaba de la sensación de hallarse al borde del cambio, de este último momento de calma, pues todo cambiaría después de esto.

Lenta y delicadamente, como si fuera a cortarle un ala a una mariposa con un escalpelo, invocó las últimas fases del sortilegio. Se sintió invadido por una sensación de levedad cuando su espíritu se separó de su cuerpo. Contempló ese cascarón vacío, que flotaba en el aire debajo de él. Por un instante, sintió vértigo y una tremenda punzada de miedo.

En esos momentos, su espíritu era muy vulnerable. Si le sucedía cualquier cosa ahí, moriría. Un hilo plateado, tan fino que era casi invisible, lo unía al caparazón que se hallaba ahí abajo. Si el hilo se rompía, su espíritu vagaría para siempre, sin poder regresar a su cuerpo.

Notó la ausencia de muchas cosas. No tenía pulso. La sangre ya no le fluía por las venas. El aire ya no penetraba en sus pulmones. No sentía el tirón de la gravedad, como lo notaba en su forma de carne y hueso.

Desde que Sargeras le había arrancado los ojos, cuando Illidan se había unido por primera vez a la Legión, había sido capaz de ver el Vacío Abisal. Le había llevado siglos darse cuenta de que lo podría hacer con tal poder. Durante décadas, unas pesadillas espantosas habían quebrado su cordura y lo habían empujado a despertarse gritando; ese había sido uno de los peores tormentos que había sufrido durante su largo encarcelamiento.

Dudaba mucho que nadie más hubiera sido capaz de soportar lo que él había tenido que soportar a la hora de dominar este poder y doblegarlo a su voluntad. Cualquiera que no hubiera conseguido dominar el arte de la hechicería como lo había logrado él habría sido incapaz de realizar tal hazaña.

Pero todo eso había sido necesario, pues, de esta manera, había obtenido la capacidad de enviar su alma al Vacío Abisal y a la Gran Oscuridad del Más Allá, para ver otros mundos, otros universos; había podido conocer cuáles eran los aterradores planes y metas de la Legión Ardiente. Ahora necesitaba expandir su conciencia más allá de lo que había hecho nunca, adentrarse aún más en ese abismo infinito en busca de su objetivo definitivo.

El poder vil que canalizaba el gran conjunto de símbolos rugía a su alrededor. Lo observó detenidamente, pues sabía que era tanto un mapa como una llave que abriría el camino que lo llevaría adonde tenía que ir.

Moldeó lentamente esos flujos de energía mágica, sin hallarse constreñido por los límites físicos habituales. El aire no tiraba de sus extremidades. Las palabras no provocaban que le vibrara el diafragma. El poder se desplazaba perezosamente en respuesta a su voluntad. Le daba forma, lo canalizaba a través de los símbolos, dirigiéndolo hacia la diminuta grieta que había dejado en los conjuros de protección que había levantado. Como el agua cuando fluye por un barranco, el sortilegio atravesó la diminuta abertura, creando un agujero en el tejido de la realidad que daba a otro lugar.

Illidan centró la atención en ese espacio. Si algo aguardaba al otro lado, podría atacar en cuanto la fisura fuera lo bastante grande como para poder cruzarla. En ese momento, el Traidor era muy vulnerable. No poseía las mismas fuerzas que tenía cuando se hallaba anclado a su forma corpórea. Esperó, albergando la esperanza de que no hubiera nada al otro lado. No podía permitirse el lujo de distraerse o de perder tiempo y energías en caso de que tuviera que defenderse.

Pero no sucedió nada. Permitió que su espíritu se dejara llevar por el flujo de energía y atravesara esa abertura entre mundos para acabar en el Vacío Abisal, que cobró forma violentamente a su alrededor.

Había un millar de formas distintas de percibir aquel lugar. Cada viajero lo veía de forma distinta, según las circunstancias, su forma y su estado mental. Para él, era un vacío negro sin aire en el que miles de millones de estrellas centelleaban. A su espalda y debajo de él, brillaba el mundo del que había venido. A través del vacío serpenteaba la energía que había invocado, que lo guiaba hacia el infinito y representaba los flujos de energía de los portales que la Legión Ardiente utilizaba para llegar a Outland.

Haciendo un gran ejercicio de voluntad, se dirigió súbitamente hacia ese rastro, más rápido que la luz, más veloz que el pensamiento hasta que dio con el primer portal puente. Descendió del Vacío Abisal y voló raudo y veloz sobre un mundo. Vio un desierto donde antaño había habido campos, ciudades cementerio donde unos cuerpos sin enterrar atestaban las calles. Una espeluznante energía verde centelleaba en unos portales desvencijados. Entre las ruinas, los diablillos jugueteaban y proferían obscenidades a gritos. Un par de ellos percibieron su presencia y echaron un vistazo a su alrededor como si fueran miopes. En la lejanía, un infernal se desplazaba pesadamente, cuya piel estaba compuesta de llamas y cuyos miembros estaban hechos de roca ardiente.

Fue de un lugar a otro a gran velocidad y no halló ni rastro de vida; lo único que alcanzó a ver fue una inmensa destrucción. Pasó junto a búnkeres donde los esqueletos de unas criaturas más pequeñas que los elfos yacían junto a unas armas extrañas que no habían podido salvarlos. Rápido como una centella dejó atrás unas corroídas armaduras especulares y los restos quemados de unas máquinas de guerra.

La guerra había arrasado aquel paisaje; había arrancado las cimas a las colinas y había transformado unas llanuras fértiles en unas grandes extensiones de cristal. Los fantasmas dementes de una gente pesarosa y vencida entonaban canciones de derrota y desesperación. No había ningún ser vivo ahí, salvo unos pocos demonios que habían quedado varados cuando la Legión Ardiente había decidido marchar a otros mundos para proseguir su conquista, o que se habían quedado para vigilar las estaciones de tránsito de la Legión.

En esas montañas se habían tallado unas figuras que recordaban a los Señores del Terror. Un foso de huesos rodeaba el cadáver de una ciudad del tamaño de una nación. Un gigantesco esqueleto se alzó de un osario marino y se abrió camino con sus garras por una montaña de costillas, cráneos y fémures, hasta que la chispa de la energía nigromántica que lo impulsaba a moverse se desvaneció y cayó de nuevo sobre esa masa de la que había emergido.

Siguió el rastro de su hechizo, atravesó otro portal y emergió en un mundo distinto. En su día, el mar había cubierto su superficie, pero ahora ese océano era tan rojo como la sangre y estaba repleto de unos venenos que habían matado a sus habitantes, los cuales eran del tamaño de las ballenas. Unas balsas colosales hechas con algas muertas se pudrían en la superficie. Enredados entre ellas, había cadáveres de sirenas y tritones. Los cadáveres de unas criaturas del tamaño de una ciudad se descomponían en el lecho oceánico rodeados de los esqueletos de unos ejércitos acuáticos que en su día los habían protegido. Ahí no quedaba nada vivo, ni siquiera la partícula de plancton más pequeña. El mismo aire se estaba volviendo venenoso, pues no había plantas que pudieran purificarlo y mantenerlo vivo. Cruzó otro portal.

Se trataba de un mundo repleto de desiertos y fuego. Aquí y allá se topó con los huesos de los miembros de unas tribus nómadas y sus bestias de carga. Los pozos de todos los oasis estaban emponzoñados. El sol brillaba con intensidad sobre un paisaje vacío de dunas cambiantes, que únicamente cobraba vida gracias al viento. A veces las dunas se desmoronaban y dejaban a la vista los esqueletos de unos grandes gusanos provistos con armaduras o las ruinas de unos rascacielos de metal destrozados por la lluvia ácida.

Su espíritu continuó viajando a gran velocidad, dejando atrás un mundo muerto tras otro; unos monumentos que representaban la malicia eterna de la Legión Ardiente. Había ruinas por doquier. Ese sería el destino de Azeroth y Outland y de los escasos mundos que todavía conservaban la vida en cuanto la Legión Ardiente atacara. Aunque buscó algún rastro de vida, no halló ninguno; ni siquiera una cucaracha ni una rata. El ejército de Sargeras había tenido como meta erradicar toda vida de aquellos lugares y había logrado su objetivo.

A pesar de que a Illidan no le sorprendía lo que estaba viendo, seguía sintiéndose espantado ante esa violencia monstruosa sin sentido, ante ese odio a todo lo vivo, ante esas ansias de asesinar un mundo tras otro. A lo largo de toda su existencia, siempre había sido un luchador y, aunque había peleado y matado y odiado, todavía era incapaz de imaginar qué era lo que impulsaba a la Legión Ardiente a hacer algo así.

Aquí y allá daba con encrucijadas donde los caminos divergían y los senderos de conquista avanzaban siguiendo múltiples rutas que llevaban a múltiples mundos. En todo momento, el conjuro lo guiaba y su espíritu recorría una infinidad de mundos, buscando, buscando, buscando…

Había perdido la noción del tiempo. No tenía ni idea de si habían pasado solo cien segundos o cien años en el mundo donde lo aguardaba su cuerpo. Tal vez ya estuviera muerto y su espíritu se hallara condenado a vagar por esos páramos infinitos, como un testigo espectral del funesto destino que habían sufrido innumerables mundos.

Atravesó otro portal, desesperado, desesperanzado, seguro de que se había equivocado al hacer los cálculos. Este lugar era extraño; un conjunto de rocas imbuidas de una poderosa magia que flotaban en el vacuo infinito del Vacío Abisal. Un sol diminuto trazaba una órbita completa alrededor de él cada pocos minutos. Decenas de relucientes lunas en miniatura seguían al astro rey. Unos fragmentos de rocas flotaban en el aire; el poder de la magia las mantenía en el aire. Unas energías muy potentes impregnaban ese lugar y se encontraban enterradas en la misma esencia de ese mundo, pero eso no era lo único que había ahí; en la lejanía, entre las rocas, percibió la presencia de unos demonios muy peculiares: los Nathrezim.

¿Acaso era posible que, al fin, hubiera dado con lo que buscaba? ¿Con Nathreza, el hogar de los Señores del Terror?

* * *

Sin lugar a dudas, ahí había centenares de Señores del Terror y miles de sus siervos. Avanzó con suma cautela; Los Nathrezim eran unas criaturas muy poderosas, con una capacidad sin parangón para utilizar la magia. No tendrían ninguna dificultad para detectar su forma espiritual, por lo cual tenía que ser muy, pero que muy cuidadoso. Incluso ahora, Illidan creyó que algo lo estaba observando. Se quedó paralizado. Pero no ocurrió nada. Los Señores del Terror no reaccionaron ante su presencia. Tal vez no fuera nada; simplemente, se estaba imaginando cosas por el tremendo cansancio.

Como carecía de cuerpo, no podía sentir ninguna de las reacciones físicas que llevaba aparejada la emoción. No se le aceleró el corazón. No notó la boca pastosa. Sin embargo, sí sintió una gélida sensación de triunfo. Lo había hallado. Se encontraba en ese lugar que siempre había sospechado que existía.

No lances las campanas al vuelo, se aconsejó a sí mismo. Eso aún no lo sabes a ciencia cierta. Debes confirmarlo. Se acercó más a los Señores del Terror, dejándose guiar por la configuración del terreno y los patrones que conformaban las rocas, a la vez que confeccionaba hechizos de ocultamiento y distracción que lo envolvían. Si bien su espíritu era fuerte, no lo era tanto como cuando ocupaba su cuerpo, y ahí había seres que podrían poner punto y final a su existencia si lo divisaban.

Buscó cualquier clase de conjuro que pudiera alertar a los habitantes de ese mundo de su presencia. Una ciudad de torres de basalto, iluminada por el resplandor verde de unos faroles viles se hallaba ante él. En los laterales de los edificios se elevaban unos discos de basalto. Unos descomunales Señores del Terror aleteaban por el cielo. Resultaba extraño ver a todos esos seres conscientes tras haber atravesado tantos mundos muertos.

Vio los palacios en los que los Nathrezim planeaban destruir mundos y esclavizar civilizaciones enteras, en los que el fin de toda la existencia era urdido por unos seres que habían jurado servir a Sargeras. Esos siervos manejaban unas extrañas máquinas que llevaban a cabo unas tareas inescrutables. En la parte central de todo aquello se alzaba una gigantesca torre sin ventanas, en medio de una red de flujos de energía. Unas torvas runas verdes iluminaban sus laterales. Legiones de siervos iban y venían de ella. No cabía duda de que había dado con lo que buscaba. Las visiones de Gul’dan no habían mentido.

Con sumo cuidado, realizó una serie cálculos sobre la posición y la disposición de los portales que lo habían traído hasta ese lugar y estudió la relevancia astrológica de las estrellas que brillaban en aquel cielo. Después, cuando estuvo seguro de que había memorizado toda la información que había venido a buscar, dio por concluido el sortilegio que le permitía caminar con su forma astral. El hilo plateado se tensó y lo llevó de vuelta a su cuerpo a una velocidad inimaginable.

Una vez más, se vio aprisionado en una forma de carne y hueso. El aire volvía a retumbar atronadoramente en sus pulmones. Se estiró y gozó de nuevo de la sensación de que los músculos cumplieran sus órdenes. Respiró hondo e identificó los diversos aromas que flotaban en el aire. Una sonrisa cobró forma fugazmente en su rostro.

Ahora iba a llevar la guerra a la Legión Ardiente. Ahora iba a ajustar cuentas con sus enemigos. Con todos ellos.

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