Illidan – Capítulo Trece

IllidanTres meses antes de la Caída

Vandel atravesó de un brinco ese anillo de fuego, cayó al suelo rodando y esquivó otra hoja, que no le acertó por un pelo. Se irguió y saltó sobre el foso en llamas. Volvía a ser el primero. Había sorteado todos los obstáculos sin un rasguño.

Cyana llegó justo detrás de él, sin ni siquiera jadear. Aunque ella le sonrió, tuvo la sensación de que estaba enfadada con él, ya que la había ganado de nuevo. Era muy competitiva. El ágil y veloz Ravael fue el siguiente. Los demás llegaron uno tras otro poco a poco.

Durante las semanas posteriores al ritual, hubo muchas bajas. Mavelith y Seladan e Isteth se habían arrojado al vacío desde las almenas, pues no habían podido asimilar su transformación. Mavelith y Seladan se habían vuelto más monstruosos de una manera Progresiva a medida que los días pasaban a ser semanas; Isteth, sin embargo, había seguido poseyendo la misma belleza en la que Vandel se había fijado durante esos primeros días, pero su mente no había podido soportarlo; esperaba que se hallara en paz, tras haberse reunido al fin con sus retoños muertos.

Cualquier esperanza de que el ritual hubiera separado el grano de la paja, de que hubiera escogido solo a los capaces de afrontar las consecuencias, se había disipado. Más de la mitad de los transformados habían muerto durante el proceso de cambio. Se les había parado el corazón o habían sufrido un colapso mental que había obligado a sacrificarlos. Muchos más se habían vuelto locos después, puesto que habían sido incapaces de soportar esas visiones o de vivir con esas cosas que moraban dentro de ellos.

Vandel no albergaba ninguna duda de que sus demonios los habían empujado hasta el abismo. Esa cosa que habitaba dentro de él se cercioraba de que notara su presencia un día tras otro y no tenía nada claro que fuera a ganar su lucha contra ella a largo plazo. Había días en que la depresión y el odio que sentía hacia sí mismo hacían que vivir le resultara insoportable. Había momentos en que estaba tan lleno de ira que apenas era capaz de refrenar las ganas que tenía de correr por el templo matando elfos a diestro y siniestro con sus hojas hasta que los guardias lo redujeran.

Eso era precisamente lo que había hecho Selenis, así como Balambor y Turanis. Y se habían llevado a muchos otros con ellos. Todos los supervivientes del ritual comprendían cómo se sentían. Vandel había estado a punto de hacerlo. A veces se preguntaba si lo que lo distinguía de esos seres rabiosos y dementes era únicamente que aún no había llegado al límite de su aguante. Aferró el amuleto que había hecho para Khariel en su día, un talismán que lo protegía de acabar como esos compañeros, un recordatorio de por qué luchaba contra su demonio todos los días.

Te vengaré, hijo mío. Algún día vengaré tu muerte.

A pesar de que algo se burló de él en lo más recóndito de su mente, hoy al menos era capaz de ignorarlo.

Las cosas habían empeorado desde que había comenzado la parte sobrenatural del adiestramiento. Sus instructores, Varedis, Alandien y Netharel, les estaban enseñando a aprovechar los poderes viles de los demonios que se hallaban dentro de ellos, a canalizar las energías más tenebrosas de toda la Creación.

En cierto modo, era muy emocionante. Vandel sabía ahora cómo lograr que su fuerza y velocidad se multiplicaran. Era capaz de clavar la hoja de su daga en una roca y luego sacarla. Había lanzado rayos de energía vil capaz de quemar la armadura más robusta. Era capaz de curarse absorbiendo las almas de sus víctimas caídas.

Había batallado contra demonios invocados y había aprendido a matarlos. Al principio, los aspirantes habían luchado en grupos, pero a medida que transcurrían las semanas habían sido entrenados para ganar en un combate individual. Decenas y decenas habían muerto en ese periodo. Una noche, un guardia vil se liberó y desató el caos a través de los pasillos de las ruinas de Karabor hasta que Varedis lo abatió. Vandel recorrió con un dedo la larga cicatriz que le había dejado en el costado derecho ese demonio. El hacha del guardia vil le había desgarrado la carne y atravesado algunos de sus tatuajes, desdibujándolos, lo que hacía que le resultara más difícil aprovechar la energía vil cuando intentaba lanzar ciertos conjuros.

A pesar de que había aprendido muchísimo en muy poco tiempo, daba la impresión de que daba igual lo mucho que aprendiera, sus instructores siempre querían que lo intentara con más ahínco, que dominara aún más técnicas y habilidades. Estaban tan decididos a alcanzar sus objetivos como Illidan, y no podía tener la sensación de que, detrás de todo aquello, había un gran propósito, de que se acercaba el día en que todo lo que había aprendido lo utilizaría para servir al Traidor. Este proceso se estaba llevando a cabo con premura y desesperación. Todos los días se realizaba el gran ritual. Todos los días, más y más candidatos pasaban a alimentar las hambrientas fauces del proceso de adiestramiento. Unos pocos de ellos sobrevivían para ser sometidos a un proceso que separaba el grano de la paja, que a menudo parecía que pretendía tanto matar a los débiles como enseñar a los fuertes.

Mata a los débiles. Mata a los débiles. Mata a los débiles, le susurraba la voz demoníaca, a la vez que unos recuerdos en los que veía el cuerpo medio devorado de Khariel pasaban fugaz y burlonamente por su mente. Mátalos a todos. Todos son débiles.

Sus pesadillas eran espantosas. Una noche se despertó y se sorprendió al verse de pie, aferrando su daga. Entonces se preguntó si esa cosa que habitaba dentro de él lo controlaba en cierto modo mientras soñaba esas pesadillas. Tabelius había entrado a hurtadillas en las celdas, para degollar a sus ocupantes, hasta que Aguja puso punto final para siempre a su aventura nocturna al clavarle sendas estacas en las cuencas vacías de sus ojos.

Incluso había veces en las que Vandel se sentía como si se hallara encerrado en una jaula con unas bestias asesinas, en la que él no era más que otra bestia no menos asesina.

Volvió a echar un vistazo a su alrededor. Illidan había estado en lo cierto. Ahora podía ver las cosas tan bien como las había podido ver cuando poseía unos ojos de carne. No, las veía mejor, pues la oscuridad ya no le escondía nada. Asimismo, su mente se iba acostumbrando a sus nuevas percepciones. Sospechaba que el demonio lo estaba ayudando en ese aspecto, puesto que quería que dominara esos poderes; era como si este creyera que cuanto más los controlara, más vulnerable se volvería a las tentaciones que le ofreciera.

Pero eso daba igual. Quería ser más fuerte y se alegraba de poder ver. Se alegraba de poder oír mejor que cualquier elfo. Se alegraba de ser tan fuerte como un ogro y más rápido que un sable de la noche. Su aspecto reflejaba esos cambios: era capaz de extender unas garras que le brotaban de las yemas de los dedos, lo cual hacía en momentos de peligro; unas cicatrices colosales señalaban el lugar donde se había lesionado con su propia daga; el espejo le mostraba que, donde antes tenía los ojos, ahora había un fulgor verde de energía vil, el cual se intensificaba cuando usaba ese poder.

Alguien lo agarró del hombro.

—¿Estás exhausto, viejo? —preguntó Cyana.

Vandel negó con la cabeza.

—Esto no es más que el calentamiento.

—Eso espero —replicó Ravael—. En esta sesión de combate, te voy a vencer. No te rindas muy fácilmente. Cuando te resistes, la victoria es más dulce.

Sí, la victoria es dulce, dijo la voz de su cabeza, que cada día sonaba más parecida a la suya. Pero la carne aún lo es más.

Entraron en el patio. Las altas murallas desmoronadas de las ruinas de Karabor se alzaban sobre los aspirantes de una manera descomunal y opresiva. Los elfos tatuados se apiñaban en los espacios libres que se hallaban entre los círculos de entrenamiento, a la espera de tener una oportunidad de luchar. Unas runas relucientes de color verduzco y amarillento, cinceladas en las losas, conformaban la circunferencia de esos círculos místicos. Las formas de esas runas eran muy parecidas a las de los tatuajes de los aspirantes.

En cada círculo había dos combatientes que luchaban bajo la supervisión de uno de los entrenadores. Unas auras generadas mediante encantamientos envolvían sus armas para amortiguar la violencia de los ataques, logrando así que esos golpes letales solo provocaran unas meras magulladuras dolorosas.

Vandel observó cómo un par de luchadores trazaban círculos uno en tomo al otro y se atacaban mutuamente, hasta que uno de ellos noqueó a su adversario.

—¡Mía es la victoria! —exclamó el ganador, mientras el perdedor yacía en el suelo.

Vareáis asintió y alzó una mano. El combate acabó y el círculo se vació. A continuación, el entrenador indicó con un gesto tanto a Ravael como Vandel que empezaran.

Ravael se adentró en el círculo con una guadaña en cada mano.

Unas auras protectoras brillaban alrededor de sus hojas. Varedis lanzó un hechizo sobre la daga rúnica de Vandel y la otra arma blanca que había cogido de la armería del templo. Acto seguido, Vandel entró en el círculo.

Ravael hizo un gesto obsceno con el arma que llevaba en la mano derecha.

—Hoy aprenderás el significado de la derrota.

Dio un salto, rápido como un relámpago, con unos movimientos imposiblemente precisos. El ritual le había concedido a Ravael incluso más fuerza y velocidad que a Vandel. Le había otorgado unas garras enormes y unos cuernos circulares y retorcidos. Ahora, en la arena, mientras se valía de sus poderes demoníacos, esos atributos parecían incluso más exagerados. Una de las guadañas impactó contra el bíceps de Vandel con una violencia terrible.

—Si esto hubiera sido un combate real, habrías perdido el brazo — comentó jocosamente Ravael para provocarlo.

Las llamas de la ira ardieron con fuerza en el fuero interno de Vandel. Eso no había sido justo. Pero descartó ese pensamiento, pues en un combate de verdad ningún demonio lucharía de un modo justo.

—En un combate real te arrancaría el corazón.

Aunque su intención había sido que esas palabras sonaran de un modo burlón, las pronunció con un tono muy serio y supo, en el mismo momento en que abandonaron sus labios, que las decía muy en serio. Ravael lanzó una serie de golpes frenéticos, pero esta vez Vandel estaba preparado. La daga rechinó al chocar contra la guadaña. El fragor del metal resonó por todo el patio. Todos los golpes que Ravael lanzaba, Vandel los paraba.

En cuanto esa avalancha de ataques cesó, extendió un brazo y alcanzó a Ravael con su daga justo por encima del corazón. Si hubiera atacado una fracción de segundo antes, le habría propinado el equivalente a un golpe mortal, pero tal y como lo había dado, solo había herido a su adversario.

—Ha sido solo un rasguño —afirmó Ravael.

La chispa de una ira rabiosa y demencial saltó en el pecho de Vandel. Nadie iba a burlarse de él. No alguien tan débil y patético como su contendiente. Ravael percibió de algún modo que el estado de ánimo de su rival había cambiado y reaccionó en consecuencia. Una gran tensión reinaba en el ambiente. Vandel se abalanzó sobre Ravael, apuntando a la cabeza de este. Ravael alzó ambas guadañas, atrapó con ellas la hoja de Vandel e hizo un movimiento de torsión, pero mientras hacía eso, su oponente le alcanzó con su otra arma el estómago.

—Ahora estarías muerto —aseveró Vandel, y algo en su interior deseó que su enemigo realmente lo estuviera—. Vuelvo a ganar.

Estaba a punto de darse la vuelta cuando oyó gruñir a Ravael. Un rugido grave y bestial emergió de lo más profundo del pecho del otro elfo. La baba se le caía por la comisura de los labios. Sus ojos eran unos charcos de sangre en los que danzaban unas llamas. Unas esferas de luz rojiza bailaron alrededor de las puntas de sus cuernos.

—No me has derrotado —replicó Ravael, cuya voz era ronca y gutural y estaba teñida de odio.

El aire que lo rodeaba se cargó de odio. Una sombra planeó sobre su cuerpo, haciendo que su piel adquiriera primero un tono gris y después un tono más negro que la noche. Ravael alzó unas grandes alas hechas de sombra. Vandel notó cómo esos aleteos desplazaban el aire. Podía oler el azufre y el aura del demonio, que asaltaron su olfato con tanta fuerza como cuando había luchado contra moradores auténticos de los reinos abisales.

Ravael saltó hacia delante, con ambas hojas apuntando hacia abajo. Vandel sintió ambos impactos en los brazos, así como un gran dolor. Esta vez no cabía ninguna duda de que habría acabado o mutilado o muerto si hubieran estado luchando de verdad. Pero eso no le bastó a su oponente. Ravael lanzó una lluvia de golpes que causaron a su adversario una gran agonía. Vandel alzó sus armas y logró detener la primera guadaña; la segunda, sin embargo, le alcanzó en la sien. Notó un terrible dolor en la cabeza. El olor metálico de la sangre le invadió las fosas nasales.

La sombra había engullido las guadañas que sostenía Ravael, anulando los hechizos de protección. Su poder se estaba imponiendo a los sortilegios que atenuaban los golpes de esas armas. Esas guadañas ahora eran letales y Ravael tenía toda la intención de usarlas.

Nadie hizo ningún ademán de intervenir. Los espectadores se relamieron los labios. Varedis hizo un gesto con desgana, para indicar que el combate debía continuar. Parecía más interesado que preocupado por los últimos acontecimientos. Las guadañas giraron rápidamente. Más sangre manó. Esta vez, Ravael sonrió. Unos colmillos blancos fueron visibles dentro de esa silueta envuelta en sombras.

—Esta vez ganaré.

Nadie iba a intervenir mientras Ravael no abandonara el círculo. No obstante, Vandel podía salir de él por sí solo y poner fin a la lucha admitiendo la derrota. Se sintió tentado a hacerlo, pero algo dentro de él reaccionó ante el olor de su propia sangre y la sensación de dolor. La ira hizo que el mundo se tomara rojo ante sus ojos y vino acompañada de una oleada de poder. Alzó ambas manos y generó un rayo de energía vil, que brotó del dedo con el que señalaba a Ravael, al que impactó de lleno. Esa voraz energía verde desgarró el integumento compuesto de sombras, reduciéndolo a unos meros jirones negros.

Entonces reforzó el conjuro. Ravael chilló mientras se abrasaba. Aunque Vandel era consciente de que debería parar, una parte de él no quería hacerlo, y no se trataba únicamente de su parte demoníaca. Quería que Ravael sufriera el mismo dolor que había sufrido él. Vertió más y más energía en el rayo. El corazón le latía tan fuerte como un tambor. Respiraba de manera irregular, entre jadeos. En cuanto supo que Ravael había muerto, cambió el objetivo del encantamiento: extrajo unos glóbulos sombríos del alma corrupta del elfo derrotado, los cuales absorbió en la suya, canalizando ese poder robado para sanar sus propias heridas.

Vandel sabía que debería sentirse culpable, pero no era así. Se sentía exultante. Lo único que lamentaba es que tuviera que contener su hambre. El olor a carne quemada de demonio todavía impregnaba el aire y se le hacía la boca agua.

Miró a su alrededor y contempló esos rostros que se apiñaban alrededor del borde del círculo. Sintió la tentación de desatar su poder contra ellos, de atacarlos, masacrarlos y matarlos, de saciar esa sed de destrucción que había despertado en él el combate; sin embargo, eso podía tener consecuencias fatales y aún no estaba preparado para morir. Contuvo esa ansia. Pudo oír cómo sus atronadores latidos menguaban de intensidad. Su respiración se volvió más regular. Aguardó a ver qué hacía su instructor.

Varedis se limitó a mover la cabeza de lado a lado, como si hubiera visto cosas como esta anteriormente y no le inquietaran.

Ha intentado matarte, dijo la voz de su cabeza. Y si no hubieras aprovechado mi poder, lo habría logrado. Me debes la vida.

Vandel se dio cuenta de que eso era cierto. Salió del círculo y afirmó:

—La victoria es mía.

—Sí, la victoria es tuya —replicó Varedis.

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