Illidan – Capítulo Doce

IllidanCuatro meses antes de la Caída

Illidan entró en la cámara del consejo. Akama lo seguía de cerca, como si fuera su perrito faldero. El Tábido parecía estar haciendo todo lo posible por dar la impresión de ser un siervo leal. Tal vez sospechaba que los agentes de Veras Darkshadow lo estaba vigilando, como lo habían estado haciendo desde que las misteriosas desapariciones de Akama se habían vuelto tan numerosas como para llamar la atención de Veras; no obstante, también era posible que Sombra Oscura simplemente quisiera desacreditar a un rival pero lo cierto era que sus afirmaciones habían despertado la curiosidad de Illidan.

Todos volvieron su mirada hacia él. En todos esos ojos, había miedo. La Legión Ardiente había atacado con fuerza. El príncipe Kael’thas llevaba semanas desaparecido, desde que había partido al mando de la fuerza expedicionaria que se dirigía a Tormenta Abisal. Todos los presentes eran conscientes de que la guerra no iba bien y, en consecuencia, esperaban ser objeto de la ira de Illidan. Sin embargo, eso no importaba, pues todo iría según el plan mientras siguiera creando cazadores de demonios.

Illidan se acercó a la gran mesa del mapa. Unas gemas colosales talladas para representar los teletransportadores demoníacos se hallaban esparcidas en una docena de ubicaciones. Refulgían como unos forúnculos de la peste sobre la faz del mundo. Plagaban Nagrand y la Península del Fuego Infernal, Tormenta Abisal y las montañas de Filospada. Daba la sensación de que casi todas las provincias de Outland contaban con una de esas gemas, a veces incluso más.

—Cada una de estas gemas señala la ubicación de un nuevo campamento Forja, lord Illidan —señaló Gathios el Devastador tal vez con demasiada rapidez. Se había levantado de su trono tallado en cuanto Illidan había entrado y permanecía ahí en pie como si un oficial al mando le hubiera mandado ponerse firme—. La Legión Ardiente ha montado bases ahí y las ha fortificado. He estado preparando planes de contingencia para asaltarlos y obligar a los demonios a retroceder.

—¿Ah, sí, Gathios? —replicó Illidan, quien mantuvo un tono de voz engañosamente amable—. ¿Y cómo pretendes hacer eso exactamente? Cada uno de esos campamentos Forja posee un teletransportador. En un abrir y cerrar de ojos, podrían recibir unos refuerzos demoníacos.

—Lord Illidan, cerramos los portales de Magtheridon con tu ayuda. Seguramente, también podamos cerrar estos.

Illidan examinó el mapa.

—Cada vez que cerramos un portal, surge otro. Kil’jaeden puede contar con infinidad de refuerzos. Está jugando con nosotros.

Lady Malande se rio de manera nerviosa. Era obvio que eso no era lo que esperaba que dijera Illidan.

—Nos guiarás hasta la victoria, señor. Tengo fe en ti. Estos nuevos soldados que has estado creando, si todos ellos son tan fuertes como Varedis, Netharel y Alandien, seguramente serán capaces de masacrar a los demonios.

Illidan clavó su mirada en ella. Parecía estar muy bien informada sobre los cazadores de demonios en particular. ¿Acaso había estado espiando? Seguro que sí. Todo su consejo lo había hecho. Sentía curiosidad por conocer cualquier cosa capaz de desequilibrar la balanza del poder dentro del Templo Oscuro, pues eso podría afectar a sus propias posiciones de poder. ¿Qué era lo que había averiguado Malande? Los cazadores de demonios eran la pieza clave de su plan para lanzar un contraataque contra la Legión Ardiente. Era muy importante mantener en secreto su existencia. No podía correr el riesgo de que los Nathrezim descubrieran qué tramaba antes de que pudiera estar preparado para lanzar su ataque. A pesar de que no le había contado a nadie cuál era el plan definitivo, quizá se le hubiera escapado algo, tal vez hubiera dejado alguna pista que habría permitido a alguien con una mente tan aguda y suspicaz como la de Malande deducir cuáles eran sus intenciones.

A Illidan le habría encantado que lady Vashj estuviera ahí en esos momentos. Al menos, ella iba al grano y era fácil comprenderla; además, le era totalmente leal. Pero, ay, se hallaba en la Marisma de Zangar, supervisando el drenaje de las marismas, pues eso formaba parte de la primera fase de su plan para hacerse con el control de las aguas de Outland y, a través de ellas, de todos sus habitantes, puesto que la sed y la sequía eran unas armas muy poderosas.

Illidan miró fijamente a Veras Darkshadow.

—¿Tus agentes han descubierto algo sobre cuál ha sido el destino de Kael’thas?

Veras negó con la cabeza.

—Dieron con el último campamento de su ejército, pero después no se ha vuelto a saber nada.

—¿Nada?

—Nada importante, señor. Solo han hallado restos de hogueras, de basuras, nada

más.

—¿Ni la más leve señal de lucha?

—Ninguna, señor. Es como si el príncipe, simple y llanamente, hubiera abierto un portal y se hubiera desvanecido. Según parece, no quiere que nadie dé con él.

Veras estaba sugiriendo que Kael’thas planeaba traicionarlos. Illidan no había descartado esa posibilidad. Kil’jaeden había mostrado mucho interés en el príncipe elfo de sangre el día en que el Templo Oscuro cayó. Tras cavilar al respecto, Illidan había concluido que el Falsario había intentado sembrar la semilla de la discordia entre el Traidor y sus aliados. Tal vez el señor demoníaco había hecho algo más, pero ahora no era el momento de expresar esas preocupaciones en voz alta, ya que si Kael’thas se había vuelto en su contra, quizá hubiera dejado algunos espías ahí y ahora no era el momento más adecuado para despertar sus suspicacias.

—No saquemos conclusiones precipitadas, Veras. Limítense a dar con Kael’thas.

—Como desees, señor —replicó Veras—. Así se hará.

Acto seguido, se le quedó mirando como si quisiera contarle algo más en privado y sus ojos se desplazaron fugazmente hacia Akama. Entonces, Illidan dijo:

—Pueden marcharse todos. Salvo tú, Darkshadow. Quiero hablar contigo sobre el paradero de Maiev Shadowsong.

Los demás miembros del consejo salieron de ahí en fila. Akama se detuvo en la salida, como si estuviera a punto de decir algo, pero se lo pensó mejor y marchó.

* * *

Maiev subió la ladera del Alto Aldor en ascensor. Se trataba de una plataforma plana, que no estaba sustentada por nada visible mientras se elevaba hacia el cielo. Una magia muy poderosa la hacía funcionar. Su sable de la noche gruñó y permaneció en todo momento alejado del borde. Si bien el gran felino poseía un excelente sentido del equilibrio, no quería correr ningún riesgo de caer desde tal altura.

La celadora pudo disfrutar de una impresionante vista de los tejados de la ciudad y de la gran torre que albergaba el Bancal de la Luz. La torre era tan alta que parecía que iba a alcanzar el cielo. Dentro de ella, había podido percibir el poder de los naaru. Estaba enfadada porque no habían accedido a ayudarla. Con su ayuda, habría tenido muchas más posibilidades de castigar a Illidan de un modo justo.

Sarius, portando la forma de un cuervo de tormenta volaba cerca del ascensor. Maiev lo reconoció por su peculiar plumaje. Estaba ahí para vigilar y observar. No esperaba que los Aldor mostraran una actitud traicionera, pero nunca descartaba esa posibilidad con nadie. En los lugares más sorprendentes, uno podía hallar traidores. Entonces, Anyndra habló:

—Se dice que a veces los Tábidos se suben a este ascensor para poder arrojarse al vacío desde la cima. Aunque cabría pensar que los centinelas intentarían evitar algo así.

—Tal vez piensen que al no actuar están realizando un acto piadoso —replicó

Maiev.

La celadora se preguntaba si debería haber traído más guardias. Aunque en la cima del Alto Aldor habrían seguido siendo superados en número, al menos su mera presencia les habría dejado bien claro que Maiev era una personalidad muy importante. No obstante, al final creyó que había acertado al haber decidido presentarse como una mera peticionaria.

La plataforma se detuvo. Echó un último vistazo hacia abajo, hacia la ciudad, y pensó en esos tristes Tábidos que se precipitaban en una larga caída hasta las piedras de allá abajo.

Por encima de ellos, dos islotes flotaban en el cielo. Les habían hecho diversas modificaciones para dotarlos de las curvas propias de la arquitectura draenei y unas luces brillaban en sus laterales para dejar bien claro a quien los viera que tenían un origen mágico. Sin lugar a dudas, con esta exhibición de magia pretendían que los visitantes se quedaran sobrecogidos.

Unos grandes cristales adornaban los laterales de los edificios ubicados en la cima del alto. Por las noches, desde la ciudad, su fulgor podía verse reflejado en el cielo, lo cual recordaba a todo el mundo la pureza de los Aldor y de la Luz a la que servían. Maiev frunció la nariz al pensar en ello.

Unos guardias Aldor, ataviados con unas armaduras pesadas y vestidos con el tabardo morado de su facción, la saludaron. Aunque no se mostraron hostiles, dejaron muy claro que se hallaba bajo vigilancia. La celadora les explicó a qué venía y la llevaron hasta ese lugar conocido como el Santuario de Luz Inagotable.

Una hermosa y alta draenei, vestida con un atuendo azul y blanco, se acercó a saludarla. Maiev agachó la cabeza para aceptar su bendición.

—Que la Luz te bendiga, celadora Shadowsong —dijo la draenei—. Soy Ishanah, la suma sacerdotisa de los Aldor. Se me ha comunicado que quieres hablar conmigo.

Maiev detectó una leve hostilidad en el tono de voz de la suma sacerdotisa.

—He venido a pedir ayuda a aquellos que siguen la Luz.

—Tengo entendido que muchos de ellos ya te siguen.

—Me refería a los Aldor.

—¿Pretendes matar a aquel al que llaman el Traidor?

—O encerrarlo en prisión una vez más.

—¿Por qué?

Maiev se quedó boquiabierta.

—Porque es malvado.

—No somos lo bastante fuertes como para asaltar el Templo Oscuro y expulsarlo de ahí. Lo único que podemos hacer es defender nuestras posiciones. Además, cumplimos otras funciones.

Maiev se fijó en la suntuosa ropa de Ishanah y, a continuación, desplazó la mirada hacia el bello entorno.

—Puedo verlo.

—No todos tenemos que adentramos en la oscuridad para luchar contra ella.

—A veces hay que ensuciarse las manos para combatir el mal. — Y, a veces, uno se vuelve malvado al ensuciarse las manos. — Ishanah esbozó una sonrisa tal vez burlona—. Para poder colaborar con la Luz, uno debe tener un corazón puro.

—¿Y crees que yo no lo tengo? —replicó Maiev, cuya ira tiñó su voz.

—Creo que haces lo que crees correcto.

Maiev frunció el ceño ante ese sofisma.

—Lo que hago es lo correcto.

—Sin duda alguna. Sin duda.

—¿No me vas a ayudar?

—En este momento, no puedo.

—¿No puedes o no quieres?

—Se están librando otras luchas distintas a la tuya, celadora Shadowsong. Algunas de ellas son incluso más importantes.

—No hay nada más importante que la derrota de Illidan.

—Quizá para ti sea así. Nosotros, los Aldor, tenemos unas prioridades distintas y unos recursos limitados. Necesitamos tiempo para reunir a nuestras fuerzas.

La frustración se adueñó de la celadora. ¿Por qué le costaba tanto que la gente de Outland comprendiera la importancia de su misión? Notó un cosquilleo a la altura del pecho. Se trataba de la piedra que Akama le había dado. No era el momento habitual en que solían celebrar sus reuniones, así que tenía que haber ocurrido algo importante. Tal vez llegara en el momento oportuno, puesto que, de todos modos, no quería seguir discutiendo infructuosamente con Ishanah, dando vueltas continuamente sobre lo mismo.

—Muchas gracias por haberme concedido tu tiempo —dijo Maiev—. Te pido permiso para marchar.

Sin esperar a que le respondiera, se dio la vuelta y volvió al ascensor, dando grandes zancadas, seguida por Anyndra.

Necesita dar con un lugar tranquilo para poder comunicarse con Akama. Esperaba que él no acabara siendo tan inútil como los Aldor.

* * *

Las calles del bancal inferior de Shattrath parecían más atestadas a cada día que pasaba. Más y más refugiados entraban en tropel en la ciudad, huyendo de las guerras de conquista de Illidan y de las consecuencias de las batallas que había perdido con la Legión. Parecían decididos a buscar el amparo de los Sha’tar, puesto que eran la única facción que había logrado resistir los envites tanto del Traidor como de sus enemigos.

Maiev miró hacia atrás. Una elfa de sangre, con la cara cubierta por una capucha y la parte de la boca tapada con un pañuelo, estaba atravesando la calle rauda y veloz. Había algo en su forma de moverse que le resultaba familiar. Tal vez estuviera espiándola, pero eso no importaba, ya que Sarius se hallaba entre la muchedumbre, vigilándole las espaldas. Quizá alguna noche le daría la orden de capturar a alguno de esos que tanto la seguían, pero de momento tenía otros asuntos que requerían su atención.

Se adentró en el patio del Refugio de los Tábidos. Esos desdichados alzaron la vista de ese vino aguado y avinagrado o, presas de un terrible sopor, siguieron con la mirada clavada en el techo. El aire apestaba a ese tabaco tan basto que fumaban. Hedía a gente sin asear. Se abrió paso hasta esa cámara en la que ya se había reunido con Akama previamente, por lo cual no se sorprendió al verlo ahí.

Dos de los guardias Ashtongue que lo habían escoltado en otras ocasiones se encontraban vigilando la puerta. Ambos la dejaron pasar sin hacer comentario alguno.

El Tábido se puso en pie y le hizo una reverencia. Al menos él le mostraba algo de respeto. A lo largo de los últimos años, habían llegado a un cierto grado de entendimiento. Ella agachó la cabeza de un modo regio a modo de respuesta.

—¿Qué noticias me traes? —preguntó Maiev, quien esperaba que fueran mejores que las que le había dado en la reunión anterior, en la que únicamente le había informado sobre una pequeña victoria que había obtenido Illidan en su guerra contra la Legión.

—Una estupenda —contestó Akama, con un tono lleno de emoción, que no pasó inadvertido a la celadora—. El príncipe Kael’thas ha desaparecido, junto a una parte de su ejército. Lo más probable es que haya dejado en la estacada al Traidor.

Maiev no pudo evitar que una sonrisa triunfal se dibujara en su semblante.

—Si eso es cierto, entonces Illidan ha perdido uno de los grandes puntales que apoya su poder.

Al instante, reinó un silencio sepulcral. En el pasado, Akama se había negado a que su pueblo prestara la ayuda a la celadora porque Illidan contaba con el apoyo de Kael’thas y lady Vashj.

La sonrisa de Akama rivalizó con la suya solo por un instante.

—Aunque tal vez Illidan haya dado con una nueva fuente de poder. Un escalofrío recorrió a Maiev, pues eso le dio muy mala espina. Tal vez el Traidor aún se guardara un as en la manga. No sería la primera vez.

—¿De qué se trata?

—No estoy seguro de ello, por eso quería hablarlo contigo. Los reclutas son todos miembros de tu pueblo…

—¿Mi pueblo?

—Son elfos. Se trata de unos elfos desesperados y despiadados, de unos guerreros curtidos, todos los cuales tienen algo en contra de la Legión Ardiente, por lo que yo sé. Los recluta y los mata.

—¿Qué?

—Los imbuye de magia vil. La mayoría muere durante el proceso y los que sobreviven son transformados, pero no para bien.

—¿Qué quieres decir?

—Sus cuerpos acaban impregnados de un poder maligno y algo en ellos que hiede a demonio.

Maiev lo miró espantada.

—Está transformando a elfos en demonios.

—A menos que me equivoque con mis conjeturas, los está rehaciendo a su imagen y semejanza. Realiza rituales con ellos. Supervisa los tatuajes que les hacen, los cuales son como los suyos. Les enseña algún tipo de magia, o al menos eso he concluido a partir de los rumores que han recogido mis agentes. Todo esto tiene lugar en unos patios sellados, situados lejos de las zonas donde se realizan los quehaceres diarios del templo.

¿Qué nueva monstruosidad está planeando Illidan?, se preguntó Maiev. Conociéndole, no podía ser nada bueno.

—Debes averiguar más al respecto.

—Hago lo que puedo, pero es difícil y peligroso. El Traidor se ha tomado muchas molestias para ocultar la creación de este nuevo ejército. Si hago demasiadas preguntas, tal vez me descubra. Si Illidan se entera de que estamos aliados, sufriré un destino peor que la muerte. Debo obrar con cautela.

—Cautela, cautela… Contigo siempre hay que andar con mucha cautela.

—Para ti, es muy fácil decirlo. Yo soy el que se enfrentará a la ira del Traidor si las cosas salen mal; además, ya tengo la sensación de que me están vigilando. —Akama se calló e inspiró aire de un modo ruidoso—. No sabes cómo es esto. Cada vez que dejo el Templo de Karabor, debo mentir a Illidan. Debo darle razones que justifiquen mi marcha. Y cada vez me hace más y más preguntas. Creo que sospecha algo…

Maiev se percató de que si se dejaba llevar por la impaciencia podía tomar el camino equivocado. Sin duda alguna, el Tábido estaba asustado, y tenía buenas razones para ello.

Akama respiró hondo y habló con un tono más comedido:

—No es la primera vez que unos combatientes tatuados como estos aparecen por los alrededores del templo. Ha habido muchos otros como ellos con anterioridad, pero solo los veíamos de uno en uno o de dos en dos y siempre proseguían su camino en breve. Sin embargo, esta vez se están quedando ahí; además, el Traidor parece decidido a crear muchos más.

—Los primeros podrían haber sido unos meros experimentos, para hacer pruebas con la magia a emplear en la creación de esos elfos demoníacos.

—Eso es lo que he pensado yo. Ahora da la impresión de que hay muchos más. Illidan malgasta vidas para crearlos como un mercenario borracho dilapida la plata que obtiene de manera perversa. Por cada diez que entran en esos patios ocultos, tal vez uno logra salir de ahí.

Esa información afectó sobremanera al estado de ánimo a Maiev. La alegría que había sentido al enterarse de la desaparición de Kael’thas se había esfumado. Sabía en lo más hondo de su corazón que Illidan planeaba una nueva fechoría.

—Esto no me gusta lo más mínimo —aseveró Maiev.

Akama se encogió de hombros.

—Estas nuevas criaturas son muy poderosas. Me han llamado en varias ocasiones para curarlas y he percibido una magia muy potente y tenebrosa en ellas. Tal vez Illidan crea que podrán desequilibrar la balanza de poder de nuevo en su favor.

—¿Crees que eso es posible?

—Parece decidido a crear cientos de esas criaturas, sino miles. Si todas son tan poderosas como las que he visto, podrían decantar la balanza del poder en Outland. Lo único que sé es que el Traidor está desesperado por reclutar a tantos como sea posible. Intuyo que tiene un propósito en mente y, sea cual sea, el tiempo se agota.

—Ciertamente, el tiempo se agota para él —apostilló Maiev, intentando recuperar el buen humor del que había hecho gala antes—. Sin el apoyo de Kael’thas, quizá sea posible derrocarlo.

—En efecto —replicó Akama—. Regresaré al Templo de Karabor y daré inicio a los preparativos. Si vamos a actuar, habrá que hacerlo con rapidez, antes de que su nuevo ejército esté listo.

Maiev se sintió tremendamente satisfecha. Era la primera vez que el Tábido había expresado su voluntad inequívoca de entrar en acción. Daba la impresión de que él, al igual que el Traidor, creía que el tiempo se agotaba.

* * *

Akama cruzó el portal y entró en el Templo de Karabor. A pesar de toda la corrupción que lo rodeaba, aún se sentía como si volviera a casa. Se frotó las manos, respiró hondo e intentó apartar toda preocupación de su mente.

Hablar con Maiev siempre le ponía muy nervioso. Estaba tan llena de ira y odio y tan decidida a hacerle pagar a Illidan todo el nial que había hecho que realmente no parecía ser capaz de darse cuenta de que se había convertido en un reflejo del Traidor.

El Tábido recorrió presuroso esos pasillos para dirigirse a sus aposentos. Cuando pasó junto a uno de esos abominables soldados sin ojos, este lo miró. Resultaba espeluznante cómo esos seres aparentemente ciegos giraban la cabeza para seguirle con la mirada cuando pasaba a su lado.

El templo bullía de actividad a su alrededor. Los soldados marchaban de aquí para allá, los magos confeccionaban hechizos. Día y noche, las defensas iban siendo reforzadas.

Llegó al santuario de su pueblo. Su escolta le hizo una seña de advertencia y, en cuanto cruzó la entrada, comprendió por qué: Illidan lo esperaba en esa cámara. En su mano sostenía una hermosa estatua de cristal que Akama había salvado de la destrucción del templo. La sostenía en alto, hacia la luz, girándola de aquí para allá, como si pudiera ver los reflejos que desprendían sus diversas facetas especulares.

Cuando el Tábido entró, no se giró a mirarlo, sino que se limitó a decir:

—Ah, Akama, qué difícil ha sido localizarte hoy.

Hubo un tiempo en que ese truco tan sencillo habría desconcertado a Akama, pero ya se había acostumbrado a él.

—He ido al Puerto Orebor. Tenía mucho en qué pensar y eso me ayuda a despejar la cabeza.

—Eso es algo que has estado haciendo mucho a lo largo de los últimos años.

A Akama se le revolvió el estómago. ¿Acaso el Traidor sospechaba lo que estaba ocurriendo? ¿Había sido capaz de ver a través del velo de sus engaños?

Illidan se le acercó y le rodeó el hombro con un brazo. Acto seguido, clavó las puntas de sus garras con suma delicadeza en la tela de la túnica del Tábido.

—Acompáñame al refectorio. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que hablamos. Me gustaría saber más sobre esas excursiones tuyas.

Con una fuerza irresistible, guió a Akama hasta la salida que llevaba al interior del Santuario de las Sombras del templo. Los demonios se colocaron en posición a su alrededor. El Tábido echó un vistazo a las cadenas que pendían de esas columnas envueltas en penumbra que se alzaban tan, tan alto, y no parecían presagiar nada bueno.

Pronto, unos chillidos retumbaron, parecían brotar de la garganta de alguien al que le estaban arrancando el alma del cuerpo.

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