Illidan – Capítulo Once

IllidanCuatro meses antes de la Caída

Vandel gimió e intentó incorporarse. Le daba vueltas la cabeza. Extendió los brazos, con la intención de mantener el equilibrio, pero solo logró empeorar las cosas. Volvió a estamparse contra el duro suelo, golpeándose la cabeza. Se llevó la mano a la frente y notó algo húmedo. Se había hecho una herida de nuevo. Tenía el pelo manchado de sangre seca por culpa de las heridas que se había hecho en sus anteriores intentos de levantarse.

Sufrió arcadas. La carne de demonio que se hallaba en su estómago intentaba hallar el camino hacia la libertad. El mero hecho de pensar en ello hizo que se le revolvieran las tripas, aunque también provocó que se le hiciera la boca agua.

A su alrededor, podría oír gritos, gruñidos y balbuceos. A veces reconoció las voces de sus compañeros, de los demás aspirantes. Otras veces llegó a pensar que todo era cosa de su imaginación, que se hallaba atrapado en un infierno privado que se había inventado. El aire hedía a carne putrefacta, gangrena, pus y excrementos.

Con una cadencia regular, las pezuñas de los siervos Tábidos repiqueteaban sobre el suelo de piedra mientras limpiaban las estancias y aseaban a los enfermos. En dos ocasiones le habían intentado limpiar con unas esponjas y él había intentado quitárselos de encima. Lo único que quería era que lo dejaran en paz.

Unos puntitos relucientes de colores se retorcían delante de su vista. Al principio, eso hizo que albergara la esperanza de que estuviera recuperando la vista, pero ahora pensaba que su mente le estaba jugando una mala pasada, haciéndole creer que podía ver cosas siempre que oía a otros cerca.

—¡Luna Tábida, luna demoníaca, luna de sangre! —Conocía de algo al que gritaba, pues su voz le sonaba, pero no era capaz de precisar de quién se trataba—. Los demonios se aproximan. Un demonio se aproxima.

Unas alas coriáceas chasquearon y notó cómo se desplazaba el aire alrededor de su semblante.

—Ponte en pie —oyó ordenarle a Illidan—. Ya has descansado bastante.

Era la primera vez que Vandel oía la voz del Traidor desde el ritual. Al instante, curvó los labios para esbozar una sonrisa burlona y replicó:

—¿Para qué voy a hacerlo si no puedo ver?

—Yo pensé lo mismo en su momento. Pero ahora puedo ver hasta el fin del universo, que está más cerca de lo que cree la mayoría.

En ese instante. Vandel se acordó del avance de la Legión Ardiente a través de infinidad de mundos devastados y comprendió la ironía amarga que encerraban las palabras del Traidor.

—Lo sé.

—Entonces ya sabes contra qué hay que luchar. Y porqué.

Había una certeza arrogante en las palabras de Illidan que molestó a Vandel, así como un cierto tono desafiante.

Esa cosa demoníaca que se encontraba dentro de él se estremeció, reaccionando ante la presencia de Illidan como si tuviera hambre, lo cual dio fuerzas a Vandel y le incitó a hablan —¿Cómo se puede luchar contra lo que he visto? Es imposible. Imposible, imposible, imposible, susurraba esa voz que oía en lo más remoto de su mente. Seguía sonando igual que la suya, aunque teñida de odio. El can manáfago se había injertado en su alma y, al parecer, su espíritu era capaz de usar su mente y acceder a sus recuerdos.

—Cállate —le espetó Vandel.

Oyó el crujido de las alas de Illidan cuando este se movió. El Traidor ignoró lo que acababa de decir, como si fuera capaz de intuir con quién estaba hablando Vandel.

—Debemos luchar. Infinidad de mundos han caído ante la Legión y el nuestro será el próximo a menos que la detengamos.

Unas visiones fragmentadas y apocalípticas cruzaron la mente de Vandel. Vio mundos ardiendo y naciones muriendo y, en todo momento, vio a la Legión avanzando victoriosa, pues su triunfo era tan inevitable como la muerte. Esa cosa que se encontraba en lo más hondo de su mente soltó una risita.

—Cállate —le repitió, pero no le hizo caso.

—Levántate —le ordenó Illidan.

Desobedecer a esa voz era imposible. Incluso esa cosa que moraba en la mente de Vandel se acobardó. Tambaleándose, se levantó y permaneció en pie bamboleándose. Se le revolvió el estómago. El mundo volvió a dar vueltas a su alrededor. Alguien con una mano provista de garras le agarró del hombro y lo mantuvo de pie. Unos puntitos de luz brillaban junto a él y se alejaban reptando del punto de contacto.

—No puedo ver —afirmó Vandel.

—Puedes verlo todo.

A Vandel le dio vueltas la cabeza aún más rápido. Unas luces centellearon en tomo a él.

De improviso, estiró un brazo, intentando golpear esas luces, que se apartaron. La ira se apoderó de él. Ahora había puntitos de luz por doquier, cubriéndolo todo. Llenaban todo el espacio que lo rodeaba. Oyó un gimoteo que procedía de una masa de un verde pálido y supo que se trataba de un elfo con fiebre.

Se giró hacia donde se hallaba Illidan y vio un resplandor. Si lo miraba más detenidamente, parecía ser una figura alada.

—Me has engañado, Traidor. Me dijiste que me darías el poder para luchar contra los demonios, para vengar a mi familia.

Su ira era una hoguera tan brillante como el aura de Illidan y le insuflaba fuerzas. En la boca, paladeaba la bilis del odio. Quería destrozarle la cara a golpes al Traidor y sacudirle hasta romperle los huesos. Quería beberle la sangre y comerle el corazón, para sentirse lleno de ese poder que ardía ante él.

Ya no estaba mareado. Ya no tenía problemas para moverse. Pero echó de menos su arma.

—Te he dado todo eso y mucho más.

El resplandor del aura de Illidan se desplazó. Vandel giró la cabeza para seguirlo y se dio cuenta de que así también estaba siguiendo la fuente de esa voz. Esto no aplacó su furia, sino que se sintió aún más frustrado. Quería rasgar y desgarrar. Se mordió el labio, y de él manó sangre. Iba a matar al Traidor. Lo iba a reemplazar.

Dio un salto hacia delante. Oyó un crujido. Dio un puñetazo a algo hecho de cuero pero que poseía una estructura ósea. Un ala. Una de las alas de Illidan. Un instante después, esta lo golpeó con tal fuerza que acabó volando por los aires. Se estampó contra el suelo y rodó hasta otro torbellino de luz. En cuanto lo alcanzó, notó el contacto con algo hecho de carne y oyó un gruñido febril.

No cabía ninguna duda de que, de algún modo, estaba percibiendo dónde estaban las cosas.

Olfateó el aire y detectó el olor a vendas mugrientas, a cuerpos sucios y, debajo de todo esto, el hedor a demonio, que lo repugnaba y le despertaba el hambre al mismo tiempo. Quería darse un festín con eso. Se abalanzó sobre el elfo enfermo, al que mordió en el brazo. De repente, alguien le agarró del cuello con mucha fuerza y lo alzó como un elfo podría alzar a un cachorro de sable de la noche.

Illidan dijo:

—Ya basta. Debes aprender a controlar a eso que anida en tu interior; si no, eso te controlará a ti.

Empujado por la ira, Vandel lanzó un codazo hacia atrás. Una vez más, acabó volando de un lado de la habitación a otro. Notó la veloz caricia del aire. Percibió la fría presencia de la pared antes de estrellarse contra ella y quedarse inmóvil adrede. Sintió dolor por culpa del impacto, pero no tanto como debería. Tras rodar de nuevo, se puso de pie.

El Traidor le impedía alcanzar a su presa. Vandel flexionó los músculos para saltar. El aura de Illidan se volvió más definida y esa luz amarillenta y verduzca brilló con más intensidad. Algunas motas de esa luz flotaban en el aire a su alrededor, adquiriendo nuevas formas mientras el Traidor movía los dedos y los brazos. Un instante después, una descarga de esa energía emergió de uno de los dedos de Illidan e impacto contra el pecho de Vandel. Las fuerzas lo abandonaron como el vino cuando se derrama de una copa boca abajo. Volvió a sentirse mareado, pero esta vez la sensación fue mil veces más intensa. Se estampó contra la piedra que se hallaba cerca de los pies de Illidan, y la ira lo abandonó en la misma proporción que lo abandonaban las fuerzas.

Volvió a sentirse él mismo una vez más y, además, comprendió al fin lo que estaba viendo y lo que le había ocurrido.

—El demonio que devoré… sigue dentro de mí, ¿verdad?

—Sí —contestó Illidan—, y quiere recuperar su libertad.

—¿Cómo voy a poder controlarlo?

—Hoy acabas de dar el primer paso de ese largo camino.

Acompáñame.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué estás aquí? ¿Por qué me ayudas?

—Porque ya sabes quién es el verdadero enemigo y posees un gran potencial: podrías llegar a ser un gran cazador de demonios. Eso lo vi el día que ardió tu aldea. Y lo veo ahora. Necesitaré a combatientes como tú antes de que llegue el fin.

Vandel, que todavía se hallaba mareado y débil, se puso en pie haciendo un gran esfuerzo. Su verdadero enemigo era la Legión Ardiente, las innumerables huestes que componían ese ejército, que en esos momentos se estaba preparando para atacar su mundo natal.

Permaneció quieto un instante, serenándose, intentando escuchar alguna voz en su mente que no fuera la suya; sin embargo, no oyó nada, aunque sabía que eso no quería decir nada. No albergaba ninguna duda de que ese demonio seguía ahí dentro, aguardando a la oportunidad de recuperar una vez más su libertad.

Ahora era consciente del fluir de las energías que lo rodeaban. Las luces eran las auras de los seres vivos, algunas de las cuales eran muy brillantes y estaban repletas de energía. La más brillante de todas pertenecía al que se hallaba a su lado.

—¿Así es como tú ves el mundo? —preguntó Vandel.

—Es una forma de verlo. Tu mente se acabará acostumbrando a ello. Logrará que esta nueva forma de ver las cosas encaje con la manera en que antes comprendías la realidad. Llegará el momento en que serás capaz de percibir el mundo tal y como lo percibías anteriormente, a pesar de que conlleva una visión mucho más estrecha de la realidad, pero nuestras mentes siempre ansían hallarse en un terreno conocido.

—¿Me estás diciendo que eres capaz de pasar de percibir el mundo con esta visión a verlo como si volvieras a tener ojos?

—En efecto, y de muchas formas intermedias.

Intentó imaginarse a Illidan como lo veía antes y, poco a poco, vio una imagen muy poco definida del Traidor ante él, como si se tratara de un dibujo hecho por un crío en el barro, cuya boca se movió cuando Illidan habló:

—En cierto modo, es como cuando uno manipula la magia.

Percibes los flujos de energía. Notas las almas de los vivos y los no vivos.

Caminaron hacia la entrada. Vandel percibió su falta de densidad en el aire y la materia sólida que la rodeaba, aunque no estaba seguro de cómo era capaz de hacerlo. También intuyó que había seres vivos al otro lado. Unos seres que poseían cierto poder interior y que estaban esperando que ocurriera algo.

Illidan lo empujó hacia delante y chocó con algo a la altura de la cintura; algo que parecía el borde de una mesa.

—Túmbate sobre ella.

—¿Por qué? —inquirió Vandel.

—Porque te vamos a hacer tus primeros tatuajes.

Vandel palpó a tientas la mesa y notó la dura textura de la madera. En ese instante, se dio cuenta de que nunca había prestado demasiada atención a su sentido del tacto ni se había percatado de lo impreciso que había sido hasta entonces; sin embargo, ahora era capaz de percibir cada grano de madera, cada nudo, cada astilla. Notó que había áreas un poco más bastas que otras, como si el carpintero hubiera estado un poco torpe a la hora de cepillar la madera. Tenía la sensación de que la agudeza de sus diversos sentidos había aumentado sobremanera.

Se tumbó sobre la mesa. Lo ataron con unas correas de cuero. Mientras lo ataban, lo dominó el pánico de manera momentánea, el cual se incrementó cuando una de esas figuras cercanas bulló de energía.

—Algún día aprenderás a hacer esto tú solo, pero por ahora tendrás que aceptar que te lo hagan otros. No te muevas —le advirtió Illidan—. Esto te dolerá.

El tatuador se inclinó hacia Vandel y este notó algo que era tan caliente que resultaba gélido o que tal vez era tan frío que quemaba. Tuvo que hacer un terrible esfuerzo para no chillar. Cuando le extrajeron la aguja, se sintió como si le estuvieran sacando una daga de una herida al mismo tiempo que la retorcían para hacerle más daño.

No. No. No. Esa voz que oía en su mente farfulló algo presa del pánico. Percibió su miedo.

Era una trampa. Aquí se estaba utilizando una magia malévola.

Notó que la aguja se hundía en su cuerpo una vez más. El dolor se adueñó de él por entero; era peor que todo lo que había sentido desde que se había arrancado los ojos. Se revolvió e intentó soltarse. Pero las correas aguantaron y unas manos lo sujetaron con fuerza.

La aguja volvió a horadarle la carne una y otra vez, y cada roce de esa punta provocaba que una terrible agonía lo recorriera. Con cada puntada, las fuerzas lo abandonaban y la voz que oía en su mente se volvía más y más débil.

Se estaba muriendo. Esa magia lo iba a matar.

A pesar de que gruñó de manera amenazadora y gimoteó de un modo suplicante, siguió notando ese dolor sin cesar, hasta que ya no pudo más y se limitó a permanecer ahí tumbado mientras el tatuador seguía llevando a cabo su labor.

Entones, por fin, le quitaron las correas. A duras penas fue capaz de levantarse de la mesa. La ira y el miedo que sentía habían menguado. Por primera vez en varios días, volvía a sentirse de verdad como él mismo. Apenas era capaz de ver al fulgor de las auras que lo rodeaban. Sus sentidos aumentados habían recuperado un nivel normal. Era como si lo hubieran drogado y ahora la droga hubiera dejado de hacerle efecto.

—Me alegro de que esto haya acabado —afirmó Vandel.

—Lo peor acaba de empezar —replicó Illidan.

* * *

Vandel se hallaba entre las cuatro paredes de una celda. Pudo escuchar el ruido de los entrenamientos y la lucha que procedía de allá abajo, de los patios. Se preguntó si esos a los que estaban adiestrando eran una nueva remesa de necios a los que Illidan había seducido con promesas de poder.

Se sentía aliviado por poder estar lejos de la enfermería, por poder tener su propio aposento. Lo habían traído aquí en cuanto le habían hecho los primeros tatuajes. Había tardado todo el día en recuperarse de ese calvario. No hallarse rodeado de auras de seres vivos era una sensación muy agradable. Esa calma resultaba muy relajante. Mientras yacía en la cama, se llevó las manos a las cuencas vacías de sus ojos.

Los había perdido para siempre. Al no encontrarse rodeado de seres vivos, le resultó muy fácil convencerse de que, cuando había visto auras, había estado alucinando. Tal vez todo había sido un sueño. Sin embargo, al notar esas sábanas tan bastas bajo los dedos supo que eso no era así. Estaba ciego. Se había arrancado los ojos para no tener que ver la terrible verdad: que el universo entero estaba condenado, como lo habían estado su esposa y su hijo. No había nada que ni él ni nadie pudieran hacer para detener a la Legión Ardiente. Cualquiera que creyera que pudiera hacer algo se engañaba tanto a sí mismo como lo hacía el Traidor.

Era muy fácil tener esos delirios cuando uno se encontraba rodeado de tropas en una fortaleza como el Templo Oscuro; no obstante, lo cierto era que nadie estaba a salvo. No había ningún lugar seguro. En cuanto la Legión Ardiente hiciera uso de su poder, el Templo Oscuro caería como un castillo de arena hecho por un crío al que un gigante diera una patada. Todos esos guerreros que estaban entrenando y aprendiendo a manejar esas armas morirían en cuanto los Señores del Terror se presentaran ahí para reclamar ese lugar que era una posesión de la Legión. El Magno Sargeras, el titán que iba a destruir el universo, triunfaría al final. Él había sido el primero en darse cuenta de la verdad.

Vandel se quedó anonadado. ¿De dónde habían surgido esos pensamientos? Había visto al titán caído en su visión. Sí, eso debía de ser. Parte de la visión que había tenido en su día Illidan había sido transferida a él durante el ritual. Sí, eso lo sabía. No obstante, Vandel a veces tenía la sensación de que no controlaba sus propios pensamientos.

Los tatuajes contenían al demonio que se encontraba dentro de él. Ya no podía escapar. Recorrió la tinta con los dedos, notando esas líneas de energía que marcaban ahora su cuerpo. Entonces tocó algo más, algo frío y duro.

Al principio, pensó que se trataba de un trozo de metal, pero entonces se dio cuenta de que esa cosa estaba injertada en su piel. Se palpó la cara y se dio cuenta de que también tenía eso ahí. Se quedó estupefacto y sintió un escalofrío al darse cuenta de que su piel había cambiado. Se tocó una mano y, lentamente, fue consciente de lo que había sucedido. Todas las zonas de su piel que habían sido afectadas por la sangre del demonio habían sido alteradas. Ahora poseía cierto tipo de escamas.

Tal vez esto fuera únicamente el inicio del proceso. Estaba seguro de que, cuando había estado en el hospital, aún tenía la piel normal. Quizá esta solo fuera la primera etapa de la transformación. Quizá se estaba transformando en un demonio.

Eso parecía perfectamente posible. Después de todo, en realidad, no tenía ni idea de qué era lo que le habían hecho. Illidan podría haberle mentido perfectamente. Sin lugar a dudas, era más que capaz de hacerlo si eso convenía a sus intereses. El cambio se había iniciado después de que el demonio hubiera sido encadenado con unos tatuajes místicos. Sí, tenía que haber sido así. Cuando se había levantado esa mañana, no había cambiado. De eso estaba muy seguro. Tal vez, como el demonio no había sido capaz de transformar su mente, había optado por intentar transformar su cuerpo.

Se frotó los dedos con las palmas de las manos. Luego, palpó las yemas de los dedos de su mano izquierda con las de la derecha y se percató de que poseía unas uñas largas, afiladas y robustas, como las garras de un depredador felino.

Como le dolían las encías, se palpó la boca. Sí. Le sobresalían los caninos, que eran largos y afilados. Le habían salido colmillos.

Se hundió en una terrible depresión. Había buscado poseer el poder necesario para luchar contra los demonios, pero había acabado transformado en uno de ellos. Se estaba convirtiendo en lo que más odiaba. ¿Cuánto tiempo faltaría para que acabara suelto en el mundo exterior matando a los hijos de otros elfos? Había sentido esa ira preternatural que le había infundido el demonio. Comprendía lo fuerte que era. ¿Cómo iba a poder él contener algo así?

Tal vez lo mejor que podría hacer era suicidarse antes de que todo eso sucediera. Se incorporó y estiró el brazo hacia la mesilla situada junto a su cama. Ahí se encontraba su cuchillo grabado con runas, junto al amuleto que había hecho para Khariel. Cogió ese objeto y pensó en su hijo muerto. ¿Cómo se habría sentido Khariel si hubiera podido ver a su padre ahora? Únicamente habría visto a un monstruo, a una criatura que se estaba transformando en lo mismo que lo había asesinado a él.

Se dijo a si mismo que no estaba pensando con claridad, que algo estaba afectando a su mente. Tal vez se tratara de las secuelas de los tatuajes mágicos.

No. Por primera vez en mucho tiempo estás viendo las cosas con claridad. Te estás viendo tal y como eres. Un cascarón vacío que ha permitido que lo transformen en lo que más odia al intentar llevar a cabo una venganza imposible. Illidan está loco. Tú estás loco.

Ese razonamiento encerraba una verdad incontestable. Estaba demente y llevaba mucho tiempo así. Siempre lo había sospechado y ahora sus sospechas se veían confirmadas.

El odio lo dominaba, aunque esta vez su objetivo era él mismo. Cogió el cuchillo y probó su filo con el pulgar; seguía estando afilado mágicamente. Insertó la punta, la metió bajo el borde de una de las escamas y se la arrancó. Aunque le dolió, esa agonía le hizo sentirse más fuerte. Si era capaz de quitarse todas esas escamas, podría detener la transformación, como cuando un cirujano extirpa la zona afectada por la gangrena.

Con ese pensamiento en mente, se volvió a cortar una y otra vez, hasta que acabó cubierto de su propia sangre y varios trozos de su piel acabaron tirados en el suelo. Se sentía débil y mareado. Se le pasó por la cabeza de que, como estaba perdiendo sangre, podría morir en esa celda.

Algo se echó a reír en su mente ante esa idea, y se dio cuenta de que el demonio no estaba tan atrapado como había creído y, ciertamente, no tan débil. Simplemente, había optado por una nueva estrategia de ataque: retorcer sus pensamientos, jugar con sus emociones. Se estaba aprovechando de sus pensamientos más sombríos, de su odio a sí mismo. Tema acceso a todos sus sentimientos y todas sus vergüenzas. En cierto modo, era él.

Se enderezó y el demonio se calló al percatarse de que había cometido un error. Se arrastró hasta la puerta. La sangre se le pegaba a los pies descalzos, que se le quedaron pegajosos. Rezó para que la puerta de la celda no estuviera cerrada con llave y la empujó con todas sus fuerzas. La puerta se abrió y recorrió el pasillo a tientas, yendo de un lado a otro, para rozarse con las paredes.

Entonces oyó a alguien gritar:

—Otro más. ¡Traigan a Akama!

Acto seguido, se desmayó.

* * *

Vandel se despertó y fue consciente de la energía que lo rodeaba, la cual lo reconfortó. Apenas sentía las zonas donde se había hecho esos cortes. Si bien notaba un cosquilleo, la sensación casi resultaba hasta agradable. Alguien se alzaba sobre él. Olía a Tábido y su aura refulgía con energía mágica.

—¿Eres Akama? —preguntó Vandel con un hilo de voz, ya que tenía la garganta reseca.

—Sí. Y tú eres Vandel. —No era una pregunta—. Resulta obvio que has impresionado a lord Illidan, ya que me ha pedido que cuide de ti personalmente.

—¿Eres un sanador?

—Lo soy. Hago lo que puedo para ayudar a los enfermos y los heridos.

—¿Y qué soy yo?

—Yo diría que un poco de ambas cosas, así como algo más. Hay algo corrupto dentro de ti que no me gusta nada.

—Sea lo que sea, te doy las gracias por tu ayuda.

—De nada. Has tenido mucha suerte de que los guardias dieran contigo a tiempo. Eres el quinto de los nuevos reclutas que ha intentado suicidarse en los dos últimos días. Y tú eres el único que ha sobrevivido.

—No he intentado suicidarme.

—¿Y cómo lo llamarías tú entonces? Te has abierto heridas hasta estar a punto de desangrarte y morir. Y lo habrías hecho si hubieras acertado alguna arteria. ¿Qué te han hecho? Había algo extraño en la voz de Akama, había algo bajo ese tono de curiosidad normal que hizo que Vandel extremara la cautela.

—¿No lo sabes?

—Lo único que sé es que lord Illidan lleva a muchos de ustedes a ese patio y solo unos pocos salen de ahí, y esos pocos emergen alterados e irreconocibles. Si pretende crear un ejército, ha escogido una manera muy extraña de hacerlo. Rara vez se consigue crear una fuerza armada numerosa si se mata a los reclutas.

—Si ignoras lo que está ocurriendo, tal vez sería mejor que no hicieras preguntas al respecto. Lord Illidan tiene sus razones para obrar así; si hubiera querido que las conocieras, ya te las habría revelado.

Akama chasqueó la lengua.

—Como quieras. Hay muchas cosas que suceden aquí, en este templo, por las que es mejor no mostrar curiosidad alguna.

Como si fuera el eco de esas palabras, un bramido muy potente surgió de las entrañas de la tierra. Las piedras parecieron vibrar al compás de ese rugido.

—He ahí otro monstruo que ha sido esclavizado para formar parte de las defensas del templo.

Vandel ignoró al Tábido. De repente, lo asaltó una oleada de recuerdos. Otros cuatro como él se habían suicidado tras el ritual.

Se acordó de las palabras de Illidan: era más que posible que menos de uno de cada cinco de los reclutas sobreviviera a la transformación. Vandel había pensado en su momento que el Traidor solo se había referido al ritual, pero ahora se daba cuenta de que también se había podido referir a las secuelas de este.

Súbitamente, tuvo la certeza de que eso no había hecho más que comenzar y de que lo peor aún estaba por llegar.

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