Illidan – Capítulo Ocho

IllidanCuatro meses antes de la Caída

Vandel se hallaba en el gran patio de las ruinas de Karabor junto a todos los demás. Cientos de candidatos llenaban los bancales. Llevaban semanas esperando a que Illidan regresase. Nadie sabía dónde estaba. Ni siquiera sus seguidores más cercanos comprendían el porqué de las continuas idas y venidas del Traidor. La impaciencia se iba adueñando de Vandel cada vez más. Durante muchos días había sido adiestrado por una serie de combatientes tatuados del mismo modo que Elarisiel y Needle.

El rubio Varedis, tan arrogante y confiado como un dios, les había enseñado la verdadera naturaleza de los demonios. Sobre él se rumoreaba que se había infiltrado en el Consejo de la Sombra y le había robado El libro de nombres viles.

La reservada y serena Alandien les había explicado las tácticas de infiltración y afirmaba que el mismo Illidan la había adiestrado.

Netharel, el elfo de la noche de más edad de todos ellos, había sido el que les había enseñado todo lo que había que saber sobre armas.

A pesar de que se hallaba encorvado por el peso de la edad, cuando cogía un arma blanca se movía con la agilidad de un joven.

Habían entrenado con armas, peleado con sus colegas reclutas y se habían llegado a conocer mutuamente un poco mejor, pero Vandel seguía sin hacer ningún progreso que lo acercara a su meta.

A veces le daba la sensación de que habría llegado más lejos a la hora de satisfacer su sed de venganza si simplemente hubiera salido por la puerta y hubiera atacado a cualquiera de las decenas de miles de sirvientes de la Legión Ardiente que pululaban en gran número por Outland; a pesar de que con eso solo habría logrado morir rápidamente y no habría conseguido nada en ningún sentido, ya que la Legión contaba con una infinidad de tales soldados.

Ravael se hallaba junto a él. Habían permanecido juntos desde la noche en que había llegado Vandel. Comparado con algunos de los ahí presentes. Ravael parecía normal. A lo largo de las últimas semanas. Vandel había ido conociendo a la mayoría de los aspirantes. Todos ellos tenían su propia historia que contar y eran unos relatos terroríficos, sin excepción. La mayoría de los reclutas eran elfos de sangre a los que el príncipe Kael’thas había enviado a aprender cómo luchar contra los demonios. También había kaldorei, pero eran muchos menos.

Entre los elfos de la noche se encontraba Seladan, que había venido desde muy lejos, desde el Bosque Canción Eterna. Tenía quemaduras por todo el cuerpo, por culpa de la decena de puñetazos que le había propinado un infernal. Toda la parte derecha de su rostro se hallaba hundida en la zona de la mandíbula. Un elfo de la noche tan quemado no debería ser capaz de moverse sin sentir un gran dolor, pero de algún de modo lo hacía, con la misma agilidad que cuando había sido el guardia de una aldea.

La hermosa Isteth había perdido a sus tres hijos cuando la Legión Ardiente había atacado. Llevaba el cadáver calcinado de su bebé en una bolsa que llevaba pegada al pecho. Vandel había logrado recomponer su pasado a partir del rompecabezas de sus desvaríos. Había noches en las que la pobre no podía parar de gritar acerca del fuego y las llamas. Aunque uno de los elfos de sangre había intentado callarla por la fuerza, ella lo había matado de una certera cuchillada.

Mavelith sonreía, sonreía y sonreía. Todo le parecía divertido. Cuando se reía por nada o de la angustia que sentía algún compañero resultaba desconcertante. Había algo en sus ojos que parecía indicar que gozaba con el dolor de los demás.

Luego estaba Cyana, quien parecía prácticamente normal salvo por su ansia por querer enfrentarse a la Legión. Nunca hablaba de lo que los demonios le habían hecho, pero daba la impresión de que ella también deseaba vengarse con toda su alma.

Ravael le había aconsejado que no se fiara de los elfos de sangre, puesto que su adicción a la magia arcana los había corrompido. A Vandel eso no le importaba. No prestaba ninguna atención a los prejuicios que su propio pueblo había adquirido desde la invasión de la Legión Ardiente, ya que había estado demasiado sumido en su propia cruzada alimentada por el odio como para preocuparse por ello.

No obstante, sí sabía una cosa: que todos los elfos que estaban ahí tenían razones para odiar a la Legión Ardiente que superaban con mucho a las que tenía la mayoría que había sufrido por culpa de los demonios. Eran como él y sentía una extraña sensación de camaradería con todos ellos.

No cabía duda de que tanto sus camaradas como él no eran los primeros en recorrer ese camino. Había otros que se mostraban muy reservados o a los que a veces se veía entrenando. Estos eran un caso aparte; estaban marcados por sus tatuajes, cicatrices y extrañas mutaciones.

Si bien no todos parecían ser ciegos, todos habían sufrido alteraciones en los ojos, lo cual indicaba que eran miembros de un grupo aparte, de la élite. Los sirvientes y soldados que pululaban alrededor del Templo Oscuro los trataban con miedo y un exagerado respeto. Los aspirantes los miraban con una mezcla de admiración y envidia, puesto que poseían algo que todos los candidatos deseaban: aplomo, poder y confianza. Estaban envueltos en un aura de misterio, que dejaba entrever que podrían tener otros poderes invisibles. Se rumoreaba que esos soldados tatuados ya habían asesinado a demonios.

Había habido momentos en los que Vandel había intuido la presencia de la Legión Ardiente. Se decía a sí mismo que eso se debía a que el Templo Oscuro albergaba a los sirvientes esclavos de Illidan, pero a veces había tenido la escalofriante sensación de que los demonios lo observaban y, entonces, se volvía y veía que Needle o Elarisiel lo estaban mirando. Esos combatientes tatuados que poseían una vista tan extraña le inquietaban sobremanera. Había pasado mucho, mucho tiempo desde la última vez que algo le había hecho sentir tal desasosiego. También corrían otros rumores entre los aspirantes: que el propio Illidan se había convertido en parte en un demonio; que sus tutores lo imitaban en todo y que, para poder matar demonios, tenías que convertirte en uno de ellos.

El mismo Templo Oscuro era un lugar tremendamente perturbador. Por culpa de la presencia de Magtheridon, había pasado de ser un santuario a ser otra cosa, y la gente de Illidan, los llamados Illidari, no habían hecho nada para que esa atmósfera cambiara. Para ser alguien que afirmaba ser un cazador de demonios, Illidan contaba con un enorme número de demonios entre sus seguidores. Incluso entre las ruinas de Karabor merodeaban esos gigantes de alas de murciélago llamados guardias apocalípticos, contaminando esas piedras al entrar en contacto con sus pezuñas. Vandel había oído cómo los bramidos de esos monstruos retumbaban por todo el Templo Oscuro. Entre los aspirantes circulaban muchas historias acerca de súcubos y sátiros.

Vandel estaba tan sumido en sus pensamientos que no se percató en un principio que Ravael le estaba agarrando el hombro. En cuanto fue consciente del zarandeo, miró hacia el lugar que su compañero estaba señalando con el dedo. Encorvado como un halcón, Illidan estaba descendiendo desde ese cielo que se oscurecía al patio, como si ellos fueran sus presas.

Vandel se mantuvo firme en su sitio mientras el Traidor aterrizaba delante de él, el cual frenó su descenso con un aleteo de sus enormes alas coriáceas. Aunque esas cuencas sin ojos parecían clavadas en algo lejano, esos dedos coronados por garras señalaban directamente a la multitud ahí reunida.

Al Traidor se le curvaron los labios en forma de sonrisa burlona.

—Y ahora, empecemos.

¿Empezar qué?, se preguntó Vandel. Hasta aquel momento, lo único que había hecho era entrenarse en el manejo de las armas y escuchar a sus perturbados compañeros. ¿Acaso eso significaba que Illidan por fin estaba dispuesto a compartir sus tenebrosos conocimientos? ¿Iban a aprender por fin a matar demonios, en vez de luchar entre ellos en los entrenamientos y escuchar las interminables lecciones de Varedis y los de su calaña?

Esa gélida sonrisa se esfumó del semblante de Illidan.

—Echen un vistazo a su alrededor. Aquí hay más de quinientos de ustedes. Para cuando esto acabe, habrá menos de un centenar. —Se calló para permitirles que asimilaran lo que acababa de decir y, acto seguido, se echó a reír—. Todos han jurado que estaban dispuestos a sacrificar sus vidas para acabar con la Legión Ardiente. Ahora tienen la oportunidad de demostrarlo. ¿Quién va a ser el primero?

En un principio, nadie respondió. Todo el mundo estaba esperando a ver qué harían los demás. Ahora que había llegado el momento, nadie quería romper filas para ver qué era lo que les aguardaba. El suspenso y el miedo planeaban sobre los candidatos y los paralizaban.

Vandel respiró hondo y dio un paso al frente.

—Me vengaré o moriré. Haré todo cuanto sea necesario.

Illidan asintió. Vandel pensó que eso era justo lo que el Traidor esperaba de él, o tal vez, simplemente, era cosa de su imaginación.

—Muy bien —dijo Illidan—. Entra en el círculo de invocación.

El Traidor hizo un gesto y unas líneas de fuego grabaron un complejo patrón geométrico en la piedra.

Vandel se adentró en un vasto pentáculo rodeado de unas runas relucientes. Latían con un significado que creía que podría entender si únicamente se le permitía contemplarlas solo otro latido más; sin embargo, nunca lograba comprenderlas. Mientras contemplaba esos símbolos, estos se fueron difuminando de un modo hipnótico.

Sintió un cosquilleo por todo el cuerpo. Notó que tenía la boca pastosa. Unas motas de luz de un color amarillento y verduzco giraron en tomo a él.

Illidan pronunció una palabra mágica y se produjo una descarga de energía vil. La temperatura descendió. El aire brilló y se congeló, y un can manáfago se materializó. Tal vez fuera cosa de su imaginación, pero se parecía sorprendentemente mucho al que había matado a su hijo Khariel.

El can manáfago chilló y se abalanzó sobre él, con sus largos tentáculos bamboleándose. Abrió las fauces de par en par, mostrando así unos dientes similares a los de un tiburón. Vandel desenvainó sus dagas rúnicas y fue a por él de un salto; el parecido de esa bestia con la que había asesinado a su hijo avivó aún más las llamas de su odio. Lanzó un ataque frontal con intención de acertarle en los tentáculos. A continuación, se giró hacia un lado para evitar que lo mordiera. Sus cuchillos entraron en contacto con la bestia y le cortaron esos apéndices sensoriales. El can manáfago se retorció mientas todavía intentaba clavarle los colmillos.

Notó unas quemaduras allá donde las mandíbulas del can manáfago entraron en contacto con su brazo, donde unos dientes afilados como cuchillas le atravesaron la carne. Su sed de venganza no le había permitido darse cuenta de que esa criatura poseía una velocidad sorprendente. Al instante, retrocedió de un salto para apartarse de ella. Sintió un cosquilleo en la espalda y, entonces, descubrió que no podía salir del círculo. La magia lo mantenía aprisionado dentro de él, era como si el mismo aire se hubiera solidificado. Dio una voltereta y las fauces del demonio se cerraron a solo unos centímetros de su cara. Olió su aliento a azufre al mismo tiempo que le clavaba la daga en el cielo del paladar, con la intención de llegar hasta ese lugar donde debería tener el cerebro.

Si bien el can manáfago intentó cerrar la boca, no pudo hacerlo, ya que la daga colocada entre sus mandíbulas hacía las veces de cuña. Con ese esfuerzo, lo único que logró fue que la punta hechizada de esa arma se le clavara aún más profundamente en el cráneo. Un jadeo brotó de los labios de la criatura. Se desplomó y se quedó quieto, agitando la cola mientras sufría estertores.

Embargado por la emoción de la victoria, Vandel miró a Illidan.

¿Yahora qué?, se preguntó. El Traidor se adentró en el círculo, sin que ningún conjuro le impidiera hacerlo.

Illidan se agachó y con una de sus garras le arrancó al can manáfago el corazón, que todavía latía, del pecho y se lo ofreció a Vandel.

—Cómetelo —le ordenó.

Eso no era lo que Vandel esperaba. Contempló ese repugnante montón de carne nauseabunda y se planteó la posibilidad de negarse a hacerlo. Pero solo por un momento. Había algo en la actitud del Traidor que le indicaba que mostrarse desafiante no era una opción, así que cogió el corazón con ambas manos. Palpó esa carne de demonio húmeda y pegajosa. Un icor verduzco y ácido goteaba de lo que tal vez fueran unas venas. Notó un cosquilleo en las palmas de las manos y tuvo la sensación de que se le estaban a punto de quemar.

Echó un vistazo a su alrededor e, incluso a través del aire reluciente del círculo, pudo ver que todo el mundo tenía la mirada clavada en él. Todo el mundo estaba expectante, esperando a ver lo que hacía. Vandel se llevó la carne a los labios y sacó la lengua, en la que sintió un cosquilleo y como si se quemara, al igual que en las manos. Sospechaba que esa carne estaba impregnada de magia vil. Mordió esa carne húmeda y se obligó a masticar. Era dura y le dio la impresión de que, en cuanto entró en contacto con sus labios, se retorció. Se la tragó y pareció expandírsele en la garganta, como si el demonio, a pesar de estar muerto, estuviera decidido a ahogarlo. Notó que se atragantaba, así que tragó de nuevo, intentando así que ese trozo de carne le bajara al estómago. Fue como si una babosa descendiera por su garganta.

Entonces, Illidan señaló al charco de sangre que se había formado alrededor del cadáver.

Bébela.

Vandel se agachó y, con ambas manos, cogió un poco de sangre. El cosquilleo que notaba en los dedos se incrementó. Las náuseas y el mareo provocaron que le diera vueltas la cabeza; no obstante, logró engullir ese líquido nauseabundo, que quemaba como el alcohol de garrafón que fabrican los goblins con sus alambiques. Vandel se preguntó si se estaba envenenando. El estómago se le rebeló. Quena vomitar. Horrorizado, tuvo la sensación de que algo le daba patadas dentro del vientre. Se imaginó a esa carne de demonio enroscándose en sus tripas, intentando liberarse, abriéndose camino a mordiscos.

Illidan entonó un cántico mágico una vez más. Unas grandes esferas de color verduzco orbitaron a su alrededor, brillando con la intensidad de unos soles esmeraldas que desprendían calor y poder mágico. Vandel tuvo la sensación de que se le iba a desgarrar la piel. Unos relámpagos saltaron de un orbe a otro, conformando una jaula de energía crepitante; a renglón seguido, en cuanto el Traidor pronunció una palabra, los rayos atravesaron a Vandel, que gritó de agonía al sentir cómo la magia invadía su organismo.

Le flaquearon las piernas y se desplomó. Luego, rodó por el suelo una y otra vez, como alguien cuya ropa está ardiendo e intenta apagar así las llamas, mientras se agarraba la cabeza. El dolor era muy intenso y, en ese preciso instante, supo que el Traidor lo iba a matar. Alzó la vista y vio a un Illidan transformado. Ya no parecía un elfo de ningún modo. Un aura tenebrosa y crepitante lo envolvía. Su cuerpo se había deformado y brillaba. Una maldad pura relucía en las cuencas de sus ojos, que era visible a pesar de la venda que se las tapaba. Vandel se sintió como si estuviera cayendo hacia esos estanques de luz malévola, precipitándose hacia un vacío infinito.

Una serie de emociones muy extrañas lo embargaron. La ira ardió en su corazón. Quiso alzar los brazos hacia Illidan, pues quería estrangularlo hasta matarlo, pero el cuerpo no le respondía. El caos reinaba en sus sentidos, los cuales parecieron fusionarse. Oyó el chisporroteo de esa luz verde, vio las palabras que Illidan entonaba como unas runas perfectamente formadas. Debajo de él pudo notar el pulso de la magia que fluía por las piedras del Templo Oscuro y fue consciente de que algo surgía del vacío que había en su interior, algo vasto, poderoso y maligno que había venido para devorarle el alma.

El mundo brilló y se desvaneció.

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