Illidan – Capítulo Nueve

IllidanCuatro meses antes de la Caída

La aldea ardía a su alrededor. Las hojas de los vetustos árboles se arrugaban.

Las casas de madera con tejados a dos aguas crepitaban y se quemaban. El olor a pino chamuscado impregnaba el ambiente. La savia hervía dentro de la madera, bullendo por el calor.

Corrió por las calles llenas de humo, llamando a gritos a su mujer e hijo. En una mano sostenía su largo cuchillo de caza. Los demonios se divertían entre las ruinas. Los diablillos lanzaban descargas de fuego contra los edificios en llamas. Unos infernales descomunales recorrían las calles con cierta pesadez. Unos mo’arg enmascarados y ataviados con armaduras, que andaban como los patos, rociaban todo lo que veían con el fuego mágico de sus armas. En la viga del techo de la gran casa central de la aldea, la imponente figura alada de un Señor del Terror se alzaba amenazante.

Vandel vio su casa ahí delante y, por un breve instante, la esperanza se adueñó de su corazón. Khariel asomó la cabeza por la puerta. Parecía que le estaba indicando a su padre que se acercara.

Todo parecía tan real como si los cincos años llenos de miserias que había pasado deambulando de aquí para allá se hubieran esfumado y se le hubiera dado una segunda oportunidad de poder salvar a su hijo; no obstante, sabía que ese no era el caso. Al igual que en una pesadilla, sabía qué iba a suceder a continuación, y así fue.

El crío volvió a meterse en casa; su diminuto puño fue lo último en desaparecer de la vista. Vandel atravesó el umbral de un salto. Khariel yacía ahí, con los ojos abiertos, con la mirada clavada en el techo. Un can manáfago, que estaba agachado sobre su pecho, se lo estaba comiendo. La diminuta hoja de plata de la que el niño se había sentido tan orgulloso todavía relucía en su cuello.

El can manáfago alzó la mirada hacia él. Sus apéndices sensoriales se agitaron como las antenas de una cucaracha gigante. Tenía esos dientes semejantes a los de un tiburón manchados con la sangre de Khariel. Al ver a ese niño, que esa misma mañana había estado tan lleno de vida y tan alegre, frío e inmóvil en el suelo, una punzada de agonía le atravesó el corazón a Vandel.

Oh, qué dolor tan, tan dulce, oyó decir a una voz que procedía de lo más profundo de su fuero interno.

Tenía la sensación de que se le iba a partir el corazón, de que la cabeza le iba a explotar. No podría soportar esto otra vez.

Pero lo harás, muchas, muchas veces. Y yo me daré un festín con ello mientras te devoro el alma.

Había una presencia extraña en su mente. Se trataba de una voz que sonaba como la suya, pero que no lo era. Pertenecía a algo que contemplaba todo ese horror, se nutría de él y disfrutaba de cada instante del mismo.

Tu horror me alimenta. Me hace más fuerte.

El can manáfago se acercó a él, agitando la cola, distrayéndolo de esa voz. A pesar de tener unas patas muy cortas, se movía a una velocidad sorprendente. Abrió la boca de par en par y mostró así unos dientes muy afilados. Vandel saltó hacia un lado, para evitar el ataque, se giró y golpeó con su arma, provocando así que un sangriento verdugón verde le brotara en un costado a la criatura. Ese golpe estaba repleto de ira y odio. El ver esa carne desgarrada satisfizo a ambos.

Sí. Consume tu venganza. Aliméntame.

Vandel se detuvo, conmocionado, y el can manáfago estuvo a punto de alcanzarlo. Se abalanzó sobre su enemigo, pero se tropezó con el cadáver de su esposa. Rodó por el suelo y se puso en pie, de espaldas a la pared, mientras el demonio se acercaba dando brincos. Entonces, la criatura saltó. Como no había manera de esquivarla, Vandel optó por saltar también. Aunque sus pechos entrechocaron, logró agarrarle con una mano del cuello al can manáfago, a pesar de que esa bestia lo tenía protegido con una placa de armadura, y le clavó su hoja en el lugar donde debería tener el corazón. Al instante, percibió en las fosas nasales el hedor del aliento sulfúreo de la criatura, la cual le arañaba el pecho con sus garras, abriendo unas heridas profundas, a la vez que le hacía jirones el chaleco de cuero.

Qué deliciosa agonía.

A pesar de que el dolor estuvo a punto de paralizarlo, empujó con todas sus fuerzas hacia delante. El can manáfago cayó de espaldas. Vandel se colocó de un salto a horcajadas sobre su pecho, de tal modo que lo inmovilizó en el suelo. Agarró la empuñadura de su daga con ambas manos y apuñaló una y otra vez al demonio hasta que dejó de revolverse y yació quieto.

El humo lo invadía todo. Debilitado por las heridas sufridas, Vandel yacía en el suelo. Tenía la cabeza al lado de la de Khariel. Estiró el brazo y, con unos largos dedos, le cerró los ojos al crío. Unas lágrimas le recorrieron las mejillas. No podía moverse. No quería moverse. Se quedaría tumbado ahí hasta que las llamas convirtieran su hogar en su pira funeraria.

Qué dolor tan nutritivo.

¿Qué eres?, pensó Vandel. En ese instante, se vio fugazmente a sí mismo devorando el corazón aún palpitante de un demonio.

Creías que me estabas engullendo, pero soy yo quien te está devorando.

Por un momento, Vandel notó que la carne del demonio intentaba salir hacia fuera a través de la suya, al mismo tiempo que sentía cómo el espíritu del demonio se fundía con el suyo. La realidad que conformaba esa aldea en llamas se desdibujó. Alzó la vista y vio a Illidan en el exterior del Templo Oscuro, quien le devolvía la mirada. Pese a que intentó liberarse de esa pesadilla, esta regresó, invadiendo por entero su mente, haciéndole sentir que únicamente se hallaba en las ruinas de su hogar, reviviendo ese recuerdo como si fuera el presente.

Una colosal figura alada ocupaba la puerta de entrada por entero, tapando la luz que desprendía la aldea en llamas. Era un demonio. Vandel se puso en pie como pudo, pues una cosa era dejar que el fuego lo matara, y otra dejar que un enemigo lo asesinara.

Avanzó tambaleándose, trazando un arco descendente con su arma. Sin apenas hacer esfuerzo alguno, el intruso le agarró de la muñeca y arrojó a Vandel fuera de la casa, hacia la calle. Este aterrizó en el suelo rodando y se levantó. Echó un vistazo a su alrededor y comprobó que todos los demás demonios estaban muertos. En el suelo, solo había cadáveres.

Su asaltante se giró y Vandel se dio cuenta de que era distinto. Parecía ser un elfo de la noche, aunque era más alto que la mayoría de ellos y poseía unos rasgos demoníacos. Tenía el cuerpo cubierto de unos tatuajes brillantes. Aquel ser que miraba a Vandel poseía el rostro de un dios caído, que, de algún modo, era capaz de ver a pesar de la venda de paño rúnico que llevaba ahí donde deberían haber estado sus ojos. Un horrorizado Vandel reconoció a esa figura. Se trataba de un ser sobre el que se contaban infinidad de leyendas tenebrosas.

—Eres Illidan —dijo—. ¡El Traidor! Tú eres quien está detrás de todo esto.

Vandel aferró con más fuerza si cabe su daga, reunió todas las fuerzas que le quedaban y arremetió contra él. Fue un golpe perfecto, dirigido con suma pericia. Jamás en toda su vida había lanzado un golpe tan puro. El peso del mismo destino lo impulsaba. Iba a ser quien iba a acabar con la vida del Traidor.

La punta de la hoja rozó esa piel tatuada a la altura del corazón de Illidan. Con suma fuerza y rapidez, agarró a Vandel de la muñeca, de tal modo que su daga se detuvo ahí mismo.

—Yo no soy el enemigo —afirmó Illidan.

—Voy a matarte por lo que has hecho.

Unas carcajadas amargas brotaron de los labios del Traidor.

—No serías el primero en intentarlo. Pero estarías desperdiciando tu odio. La Legión Ardiente es la responsable de todo esto.

—Pero tú sirves a la Legión.

—Yo no soy el sirviente de nadie.

—Mientes. Siempre mientes.

—Eso es lo que mis enemigos quieren que creas.

A pesar de que Vandel empujó con todas sus fuerzas, la hoja no se movió de su sitio. Tenía la frente perlada de sudor debido al gran esfuerzo que estaba haciendo. Illidan, sin embargo, no daba ninguna muestra de estar en absoluto en tensión.

—Por tu culpa, mi familia está muerta.

Fue la tristeza la que hizo brotar esas palabras de los labios de Vandel.

—Mira a tu alrededor. ¿Ves a algún demonio? Están muertos. Yo los he matado. —Mentiroso.

—He llegado tarde para salvar este lugar, lo cual me enfurece, pues tengo buenos recuerdos de él. Hace diez mil años, fui feliz aquí, brevemente.

Vandel cerró el puño derecho e intentó golpear a Illidan.

—¡Mentiroso!

Illidan detuvo el puñetazo con suma facilidad.

—Me he hartado de tu mal humor. Creía que eras fuerte. No todo el mundo es capaz de derrotar a un demonio, armado únicamente con un cuchillo de caza. ¿Vas a quedarte lloriqueando ahí o vas a vengarte de aquellos que han hecho esto? Únete a mí y podrás ajustar cuentas.

Vandel miró al Traidor directamente a la cara, pero el paño rúnico que le tapaba las cuencas de los ojos le impedía interpretar su expresión.

—Nunca seré tu siervo.

—A partir de aquí, solo tienes dos caminos a escoger. Uno lleva a la locura y la muerte; el otro, al interior de mis tinieblas.

—Jamás.

Como sumo desdén, Illidan propinó un golpe del revés a Vandel que alejó a este de él.

—El fin de todo lo que existe se acerca y no tengo tiempo que perder con ningún necio. Sí deseas vengarte, búscame.

La oscuridad titiló en el campo de visión de Vandel. Las corrientes de aire ascendente que surcaban la aldea en llamas empujaban el humo y las chispas en dirección hacia su rostro. En cuanto pudo volver a ver, comprobó que Illidan había desaparecido, dejándolo solo en medio de las ruinas de una vida que se había hecho añicos de repente.

La voz que oía en la cabeza adoptó un tono burlón.

Ha dicho la verdad. Y lo sabes. Fuiste consciente de ello en cuanto pudiste asimilar tu pesar pasado un tiempo. Todos esos años que has estado deambulando lo has estado buscando. Y ya lo has encontrado. Aunque ya es demasiado tarde como para que te sirva de algo. Eres mío y te engulliré.

La luz inundó la aldea y esta se desvaneció. Vandel se hallaba desnudo y solo en un paisaje desolado. Carecía de armas. Delante de él, se encontraba el can manáfago al que creía que había matado, pero que seguía vivito y coleando. Aunque esta vez había un detalle distinto. Poseía los ojos de un elfo de la noche. Solo le llevó un momento darse cuenta de que eran idénticos a los suyos.

La criatura avanzó con sigilo. Se movía con la confianza de un cazador que sabe que su presa no puede escapar y se va a tomar su tiempo para jugar con ella. Vandel abrió y cerró las manos; las tenía vacías. Echó un vistazo a todo cuanto le rodeaba, en busca de una piedra afilada, una roca, cualquier cosa que pudiera utilizar como arma, pero no había nada. Unas garras arañaron la piedra que se hallaba delante de él. El can manáfago había aprovechado la oportunidad para recortar la distancia que los separaba. Se puso en pie sobre los cuartos traseros y abrió la boca de par en par.

Vandel consiguió agarrarle de las fauces justo antes de que le mordiera el cuello con ellas. Las puntas de sus colmillos le desgarraron la carne de los dedos. Buscó a tientas un asidero que no estuviera tan afilado como una cuchilla e introdujo los dedos en la parte carnosa que había entre las encías y el labio. Sin embargo, no tuvo tanta suerte con la mano derecha. Unos dientes afilados se clavaron en ella. El dolor fue agónico. El cosquilleo que sintió en la piel allá donde la saliva del demonio la había tocado no hizo nada para calmar el dolor, sino que, al parecer, lo amplificó.

Esto no es real, se dijo a sí mismo.

Es muy real, y si mueres aquí, en este sueño tejido con hechizos, morirás para siempre, y yo me quedaré con tu alma y tu cuerpo. Ya te he infectado. Ya puedo valerme de tus habilidades, tus pensamientos. Ya soy mucho más de lo que fui antaño.

Con todas sus fuerzas, intentó obligarlo a abrir más las fauces, pero lo único que logró fue evitar que las cerrara. Esos dientes le perforaron los dedos. Sabía que era una mera cuestión de tiempo que perdiera esa lucha.

Agachó la cabeza, intentando así alejarla de esas mandíbulas que intentaban morderlo, y la colocó sobre el corto cuello del can demoníaco. La criatura le estaba destrozando el pecho desprotegido con sus garras, arrancándole jirones de carne, desgarrándole el músculo de las costillas. Sabía que solo iba a tener una oportunidad. Dejó de agarrarle las mandíbulas a esa bestia, se colocó debajo de ella y la alzó. La criatura se resistió frenéticamente e intentó desequilibrarlo; sin embargo, logró mantenerla por encima de su cabeza un momento y, acto seguido, le rompió la columna vertebral al hacerla caer sobre su rodilla.

El can manáfago se revolvió, pues había perdido el control de sus extremidades por completo. Vandel le pisó la garganta y le aplastó la tráquea hasta que dejó de moverse.

Después, impulsado por un instinto que no alcanzaba a comprender, le abrió de una patada ese estómago viscoso, metió la mano en la cavidad torácica y le arrancó el corazón. Lo sostuvo en alto y lo apretó, de modo que una sangre verde manó de los ventrículos hasta caerle en la boca; acto seguido, lo devoró.

Si bien esa carne le hizo sentir una serie de cosquilleos al bajar por su esófago, esta vez tuvo la sensación de que le estaba haciendo ganar fuerzas. El mundo brilló y se oscureció. Le invadieron las náuseas. Cayó hacia delante, sobre el cuerpo de su enemigo. Sintió que se le desgarraban las tripas y que algo se retorcía violentamente en ellas.

De improviso, se encontró por encima de su propio cadáver, que seguía tirado encima del can manáfago muerto. Lentamente, empujado por alguna fuerza externa, su espíritu se elevó y se adentró a la deriva en la oscuridad. Vio que Outland era una motita en la infinidad de la Gran Oscuridad del Más Allá. Un diminuto mundo que flotaba en un vacío tan vasto que ninguna mente era capaz de abarcarlo. Fue consciente de que a su alrededor, en ese vacío, había millones y millones de mundos rebosantes de vida y tremendamente prometedores.

Se centró en uno de ellos y vio una tierra dorada, donde el sol brillaba con fuerza, donde una gente despreocupada cosechaba bajo el sol. Entonces vio un portal que había rasgado el entramado de la realidad. A través de esa grieta, las fuerzas imparables de la Legión Ardiente entraban a raudales; unos ejércitos invencibles de demonios, cuyo único propósito era destruir y masacrar.

Todo aquello había acaecido hacía muchos años. Mucho antes de que la Legión hubiera llegado a Azeroth, ya había arrasado infinidad de mundos a su paso, destruyendo todo cuanto hallaba en su camino. Su único y firme propósito era matar.

Había épocas y lugares en los que se había logrado detener a la Legión, pero está siempre volvía más fuerte que antes. A veces, los mundos no acababan siendo destruidos, sino que eran conquistados e incorporados a la estructura de la Legión, con el fin de que les proporcionaran más soldados con los que alimentar esa incesante máquina de guerrear.

Él no era el único padre que había perdido un hijo por culpa de la Legión. En todo momento, en algún lugar, diez mil niños eran asesinados con un salvajismo extremo.

Por su mente pasaron fugazmente imágenes de innumerables mundos muertos. Vio las ruinas de ciudades gigantescas, edificios caídos que antaño habían alcanzado el cielo, lagos de cristal donde antes se habían alzado ciudades orgullosas, llanuras infinitas de escombros. Vio cómo las luces de la vida en el universo se iban apagando lentamente hasta que solo quedaron unas pocas.

En ningún momento dudó de la veracidad de lo que estaba viendo. La Legión Ardiente había dejado a su paso un rastro de mundos en llamas.

Era testigo de una locura que superaba todo lo inimaginable. La Legión solo existía para destruir y no pararía hasta que todo en todas partes hubiera muerto. Luego se volvería contra sí misma con gran ferocidad hasta que no quedara nada. Se trataba de una visión de un horror indescriptible. Lo peor de todo era que ahora sabía lo poderosa que era realmente la Legión. En ningún lugar de todos los mundos de la existencia entera, había una fuerza capaz de derrotarla.

Ahora que conoces la verdad. Únete a nosotros. La voz había vuelto. Esta vez hablaba con un tono suplicante y meloso, pero seguía percibiendo la misma ansia, la misma hambre tras ella.

Jamás.

La realidad dio un vuelco. Ahora se hallaba en la parte central de una torre destrozada que, en su día, había alcanzado el cielo. Una alfombra de huesos ennegrecidos crujía bajo sus pies. Un can manó-fago arremetió contra él, dispuesto a matarlo. Se agachó, cogió una costilla rota y se la clavó al demonio en el corazón. Esta vez le resultó más fácil y se sintió más fuerte, era como si cada vez que mataba a esa bestia, obtuviera una parte de sus fuerzas. Una vez más, le abrió la cavidad torácica, se bebió su sangre y le devoró el corazón.

Súbitamente, una visión de proporciones titánicas se abrió paso en su cerebro. En esta ocasión, no vio solo un universo, sino, prácticamente, una infinidad de ellos; una compleja estructura fractal en la que nacían nuevos mundos a cada minuto a partir de las decisiones tomadas solo un latido antes.

Por todas partes, la Legión Ardiente avanzaba, destruyendo un mundo tras otro. Cada muerte estrechaba el margen de mundos posibles, hasta que, al final, toda esa multitud de posibilidades quedó reducida a solo unas pocas. En cada una de ellas, la Legión marchaba triunfal, impidiendo el nacimiento de los futuros y dejando los presentes desprovistos de toda vida. Vio infinidad de Azeroths, infinidad de Vandels e infinidad de Khariels, y todos ellos acababan en las garras de la muerte. Vio a su hijo morir de una infinidad de maneras distintas y en todos y cada uno de esos mundos posibles no pudo hacer nada para evitarlo.

En todos los mundos, en todos los futuros, la eterna, invencible e imparable Legión Ardiente avanzaba, condenando al universo a unas tinieblas eternas a su paso. Tras ella, vio a las aterradoras figuras demoníacas de sus líderes: Archimonde (quien muchos creían que estaba muerto), Kil’jaeden y, por encima de todos los demás, Sargeras, el titán caído, que antaño había jurado proteger el universo y ahora estaba decidido a destruirlo.

Una y otra vez esas visiones rugieron, arrasándole el cerebro, empujándolo hasta el abismo de la locura. Cada vez que veía una, una parte de él moría, y el demonio que había dentro de él se alimentaba de su agonía y se regodeaba en ella. Aunque se tapó los ojos con las manos, eso no impidió que siguiera teniendo esas espantosas visiones. A pesar de que cerró los ojos con fuerza, seguía viendo y viendo y viendo, hasta que no pudo soportarlo más. Presa del horror, se introdujo los dedos en la cuenca de los ojos y notó cómo la sangre fluía bajo sus uñas, mientras se las clavaba en los gelatinosos globos oculares. Tiró y tiró y tiró del músculo y el nervio óptico, hasta que se arrancó los globos oculares con un espeluznante ruido seco.

En el último momento, antes de que el terror lo abrumara del todo, se dio cuenta de que eso era precisamente lo que Illidan había visto en su día, eso era lo que lo había convertido en lo que era. El Traidor había recorrido ese sendero antes que él. El objetivo de todo ese ritual era recrear esa experiencia.

Una punzada de dolor le atravesó el cráneo.

La oscuridad reinó.

Y el silencio también.

* * *

Vandel se despertó sumido en una agonía. No podía ver nada a su alrededor; únicamente, los titileos de una luz muy intensa. Alzó una mano, se palpó la cara destrozada a tientas y descubrió, tal y como temía, que tenía las cuencas vacías. Ciertamente, se había arrancado los ojos.

Un miedo terrible se apoderó de él súbitamente. ¿Estaba vivo? No podía ver nada. Tal vez había muerto como consecuencia de ese terrible ritual. Tal vez ahora su alma vagaba por ese frío páramo por el que había ido a la deriva durante ese viaje astral. Algunos recuerdos fragmentados volvieron a su mente para atormentarlo; esquirlas de la terrible visión que había sufrido tras comerse el corazón de aquel demonio. Solo podía recordar una pequeña fracción de lo que había visto, por lo cual se sentía agradecido. Ninguna mente podía soportar tal avalancha de espanto.

Aunque intentó enderezarse, se tambaleó y cayó. Se golpeó la cabeza contra la fría piedra, lo que causó que unos leves destellos quebraran la oscuridad que lo envolvía. Aun así, albergó la esperanza de que eso tal vez fuera una señal de que estaba recuperando la vista, pero sabía que no era así. Estaba ciego y era un inútil.

Unas carcajadas demenciales salieron a borbotones de sus labios. Había deseado ser poderoso para poder matar a los demonios; sin embargo, ahora ni siquiera podía ver. Su deseo de oponerse a la Legión Ardiente era lo que había dado sentido a su vida, pero ahora era consciente que se trataba de una fuerza invencible.

La desesperanza se adueñó de su mente. En algún lugar, en lo más hondo de su ser, un demonio se estaba alimentado. Se nutría de su tenebroso estado de ánimo y paladeaba cada bocado de su desdicha. Habría llorado si aún hubiera podido. Desesperado, se tapó con las manos las cuencas vacías de sus ojos.

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