Illidan – Capítulo Siete

IllidanCinco meses antes de la Caída

Maiev casi se sentía relajada. Se había atiborrado de carne de uñagrieta.

Tanto ella como sus seguidores habían dado caza a esas bestias durante ese largo día soleado, que les había ofrecido unas hermosas piezas de caza, lo cual no era muy habitual. Ahí había piel más que suficiente como para confeccionar armaduras a una veintena de soldados draenei. Unas cuantas de sus tropas estaban despellejando a esos animales en esos instantes. Eso le recordó a su juventud, que había quedado hace mucho tiempo atrás, cuando cazaba por los bosques con su madre. En aquella época, ellas mismas se confeccionaban su propia ropa, hecha de cuero, cosida con agujas de hueso e hilos de tendones. Esos recuerdos provocaron que esbozara una leve sonrisa y, al instante, el horror la invadió: su madre había muerto a manos de la Legión Ardiente, y ese pensamiento hizo que su mente trazara un círculo que la llevó a pensar de nuevo en Illidan.

El Traidor seguía suelto y su poder estaba creciendo. La fuerza de sus legiones dejaba en ridículo a las suyas por comparación. Intentó no pensar en nada, en recuperar el buen humor que había sentido hacía nada, puesto que había pasado mucho tiempo desde la última vez que había vivido un momento de pura felicidad.

Le gustaba Nagrand. El aire era limpio; el cielo, azul; y el viento, fresco. Aunque aquello no era lo mismo que los bosques de su tierra natal, si uno no se fijaba demasiado, parecía un entorno bastante natural. No obstante, no cabía duda de que uno todavía podía ver las secuelas que había sufrido Draenor por culpa de esa magia que había arrasado ese mundo. Unas islas colosales flotaban en el aire, pendiendo en el viento. A pesar de que daba la impresión de que, en cualquier momento, podrían estrellarse contra el suelo, no lo hacían. Según los lugareños, llevaban estables ahí arriba varios años. Por otro lado, los rumores de que Illidan se hallaba en guerra con sus amos demoníacos habían llegado hasta ahí; al parecer, la Legión Ardiente había establecido varias bases en el extremo oeste de Nagrand, y los demonios estaban preparando un nuevo ataque.

Anyndra se encontraba tumbada boca abajo cerca del fuego, jugando una partida improvisada de nexo con Sarius, valiéndose de un tablero hexagonal que habían tallado en el suelo y de piedras de diferentes colores. La teniente vio que Maiev la miraba y alzó una mano para saludarla. Su pelo había adquirido una tonalidad verde lima bajo el sol de Outland y tenía la piel deshidratada. Su túnica tenía una docena de remiendos; al igual que el resto de Celadores que habían sobrevivido, se había negado a deshacerse de ella, pues era un vínculo con su hogar y quedaban muy pocas.

Sarius seguía centrado en la partida, ya que era muy competitivo en todo. Tenía una docena de cicatrices nuevas. Algunas de ellas eran pálidas y viejas, pero dos de ellas eran de contiendas más recientes. Habían sido unas heridas profundas. Los druidas normalmente se curaban con rapidez y facilidad de la mayoría de las lesiones. Quizá se las había dejado como recordatorio o por pura vanidad. Los varones podían ser así a veces; les gustaba tener cicatrices para alardear y contar historias.

Ambos habían demostrado ser unos soldados buenos y leales en los años que habían deambulado por Outland en busca de la clave que les permitiera destruir a Illidan. Habían logrado mantener con vida a las tropas de Maiev en circunstancias muy adversas. Se maldijo cuando pensó en todos los meses que había pasado explorando los terrenos que circundaban la Ciudadela del Fuego Infernal, guerreando con los nagas en la Marisma de Zangar, vigilando las murallas del Templo Oscuro. Tenía la sensación de que no había conseguido nada, puesto que el poder de Illidan se había multiplicado por mil durante ese periodo.

Recorrió el campamento con la mirada. Si bien su destacamento había crecido, aún no se podía considerar un ejército. Contaba con centenares de miembros y estaba compuesto, principalmente, por jóvenes draenei desencantados, a los que había reclutado a lo largo de sus viajes. Siempre había gente que consideraba necesario oponerse a la amenaza que representaba el malévolo Illidan, pero no la suficiente.

¿Qué había logrado realmente ahí hasta ahora? Nada. A lo largo de los últimos cuatro años, Illidan se había vuelto aún más poderoso. Por cada draenei que se sumaba a las filas de ella, un centenar de orcos entraban en la ciudadela de su adversario, de la que salían transformados en unos combatientes aún más brutales y poderosos. Aún quedaban necios que creían que se oponía a la Legión y, por eso, se presentaban voluntarios. No lo conocían tan bien como ella. Sabía que estaba invocando a más y más demonios del Vacío Abisal, a los que sometía bajo su yugo; seguramente, con ningún propósito bueno en mente.

Illidan estaba llevando a cabo algún plan muy retorcido. Aún no podía captar su lógica, pero sabía que debía haber alguna. También había algunos que afirmaban que Kil’jaeden quería su cabeza. Tal vez el señor demoníaco lo deseara, puesto que no sería la primera vez que unos malhechores se enemistaban; además, Illidan ya había cambiado de bando en más de una ocasión y lo volvería a hacer cuando le conviniera, pues su naturaleza malévola siempre se imponía y siempre corrompía todo cuanto tocaba; esta vez no iba a ser distinto.

De repente, estalló un alboroto en los límites del campamento. Los centinelas le habían dado el alto a alguien. Sus tropas agarraron sus armas. Todos los Celadores estaban preparados para combatir.

Maiev se acercó a investigar. Aunque habían divisado ogros en esa zona, dudaba mucho que se tratara de uno de ellos, puesto que en ese caso ya estarían batallando. Corrió y, cuando estuvo más cerca, pudo ver a un grupo de Tábidos a los que no conocía de nada y que iban vestidos como cazadores. Estaban hablando con uno de los guardias y no parecían hostiles, pero podía ser un ardid.

Maiev los rodeó hasta situarse detrás de ellos, con intención de escrutar esa zona. No había ninguna señal que indicara que se trataba de una infiltración enemiga. No había ningún Tábido oculto entre las sombras. En la lejanía, oyó el gruñido de un sable de la noche. Un elemental del viento bramó por el cielo nocturno.

En cuanto abandonó el cobijo de las sombras, el líder de esos desconocidos se estremeció ante su repentina irrupción, pero enseguida recuperó la compostura.

—Saludos —dijo.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Maiev.

—Podríamos preguntarles lo mismo. Están en tierra Kurenai, comiendo bestias Kurenai. Me da la impresión de que deberíamos ser nosotros los que tendríamos que estar interrogándolos.

Maiev había oído hablar de los Kurenai; eran otra facción de los Tábidos, una que no estaba aliada con Akama y su tribu Ashtongue.

—No he visto ninguna marca en el uñagrieta ni tampoco a ningún pastor.

—Este es nuestro coto de caza y no les hemos dado permiso para cazar.

Maiev caviló al respecto. Con calculada insolencia, recorrió con la mirada a los recién llegados, dejando claro de este modo que estaba contando cuántos eran. Acto seguido, miró hacia su destacamento; superaba en veinte a uno a esos desconocidos.

El Tábido se echó a reír.

—Cuentas con un ejército, pero el pueblo de Telaar también podrá recurrir al suyo si las cosas se tuercen. Y el nuestro es más grande que el tuyo.

—Pero no está aquí —replicó Maiev.

Anyndra abandonó el abrigo de la penumbra y se oyó un graznido que indicó a la celadora que Sarius estaba observándolo todo desde las alturas bajo la forma de un pájaro.

—Podría estarlo si hiciera sonar este cuerno.

—Podría clavarte una flecha en el ojo antes de que te lo llevaras a los labios — le advirtió Anyndra.

Maiev la fulminó con la mirada. No era el momento de hacer demostraciones de destreza con el arco. No tenían nada que ganar si se enfrentaban a esos Tábidos.

—No pretendíamos ofenderlos —se disculpó Maiev—. Somos unos forasteros que están cruzando estas tierras y solo buscan comida y cobijo.

—Deberían haber venido a Telaar. Nuestra gente les habría proporcionado ambas cosas e incluso tal vez más cosas, —El Tábido miró hacia el campamento de nuevo—. Tantos jóvenes draenei liderados por unos pocos extraños. Seguro que aquí hay una historia que contar que a Arechron le gustaría oír.

Al escuchar esas palabras, Maiev sintió su ánimo renovado. Tal vez se le acabara de presentar la oportunidad de sumar nuevos aliados a su causa; tal vez incluso de contar con un ejército entero.

—Estoy seguro de que tenemos mucho que contamos. Si te parece bien, llevaré a mi gente hasta su ciudad para poder hablar con ese tal Arechron.

—Dejaré aquí a algunos de los míos para que sean sus guías y yo me adelantaré para informar de su llegada.

Maiev esperaba que no fuera a adelantarse únicamente para preparar una trampa.

* * *

Telaar era un lugar fortificado realmente impresionante. Como estaba ubicado en la cima del pico plano de una montaña que se alzaba sobre un profundo valle, no necesitaba murallas. La única forma de aproximarse a él era cruzando unos puentes de cuerda o por el aire. A menos que empleara magia o contara con seres voladores, cualquier enemigo tendría muchas dificultades para asediarlo.

El puente de cuerda se balanceaba bajo las zarpas del sable de la noche de Maiev. Si bien el gran felino seguía avanzando con cautela, la celadora pudo percibir que el pulso del animal se aceleraba cuando miraba hacia abajo. A través de los listones del puente, Maiev podía ver el suelo, que se encontraba a mucha distancia. Si los Tábidos querían matar a sus hombres, lo único que tendrían que hacer era cortar las cuerdas que sujetaban el puente. No obstante, eso habría supuesto matar también a los Tábidos y draenei que iban con ellos, sin lugar a dudas. Como Maiev había conocido a bastantes líderes dispuestos a sacrificar a sus propias tropas para conseguir sus objetivos, no descartaba que pudiera darse esa posibilidad.

Una multitud se había congregado en los límites de la ciudad, en un intento de echar un vistazo a esa fuerza que se aproximaba. Aunque no se empujaban unos a otros, tampoco hacían gala de esa lasitud que ella había llegado a asociar con los Tábidos. Parecían estar armados y no cabía duda de que lucharían si tenían que hacerlo.

Maiev abandonó el puente con una gran sensación de alivio. Se detuvo para echar un vistazo hacia atrás y ver cómo se hallaban sus hombres. Se alegró al comprobar que seguían ahí. Al parecer, Arechron no planeaba traicionarlos. Al menos, aún no.

En medio de aquella muchedumbre, rodeado por lanceros, se hallaba un Tábido enorme de aspecto noble. Iba ataviado con una impresionante armadura naranja y morada. Cuatro largos tentáculos pendían de su rostro. Al moverse, chasqueaba su larga cola.

—Achal hecta, y bienvenidos a Telaar —dijo—. Soy Arechron y les doy la bienvenida a mi casa.

Maiev respondió:

—Te agradezco la hospitalidad que nos brindan y ansío hablar contigo.

Cabalgaron por ese camino repleto de mosaicos y cruzaron los espacios abiertos de Telaar. A su alrededor, se alzaban esos edificios abovedados tan extraños y típicos de la arquitectura draenei.

Como combatiente veterana que era, Maiev observaba todo con gran detenimiento. Se fijó en las zonas donde se podrían tender emboscadas o colocar arqueros. En todo momento, esperaba en cierto modo que los atacaran. Había pasado tanto tiempo luchando esos últimos años que ahora todas las ciudades le parecían una trampa y todo ciudadano, un enemigo en potencia. Al percatarse de ello, sintió una honda tristeza, pero no dejó de permanecer alerta.

* * *

Desde el otro lado de esa mesa baja, Maiev escrutó a Arechron. El Tábido poseía un rostro que transmitía sinceridad y hacía gala de unos modales que hacían que se sintiera a gusto; sin embargo, había aprendido hacía mucho que tales cosas pueden ser muy engañosas. Estaba decidida a no bajar la guardia ni un solo instante, aunque disimuló totalmente sus suspicacias.

Las paredes de esa cámara eran curvas y unas alfombras gruesas cubrían el suelo. Un muchacho Tábido apartó una cortina de cuentas para echar un vistazo; indudablemente, la recién llegada le fascinaba. Maiev le miró a los ojos.

—Corki —dijo Arechron—, ve a dormir. Ya es hora de que te acuestes; además, tengo asuntos que tratar con nuestra nueva amiga.

—Sí, padre —replicó Corki, pero no hizo ademán alguno de marcharse.

—¡Corki!

—¿Sí, padre?

—Haz lo que te digo o sufrirás las consecuencias.

—Sí, padre.

Las pezuñas del crío repiquetearon sobre el suelo de piedra mientras se alejaba a saltitos.

—Es un buen muchacho, pero le consiento demasiado —comentó Arechron.

A pesar de que Maiev estaba de acuerdo con eso, no le pareció correcto decirlo en voz alta.

—Eres su padre.

—A veces me preocupa —afirmó Arechron.

Maiev vio la oportunidad de llevar la conversación hacia donde le interesaba.

—Como padre, tienes mucho de qué preocuparte. Vivimos en unos tiempos tenebrosos que se están volviendo aún más oscuros.

Arechron asintió.

—Dices la verdad, pero la Luz nos protegerá. Siempre ha sido así y siempre lo será.

—Ojalá compartiera tu fe —replicó Maiev.

Antes de que pudiera decir nada más, el Tábido la interrumpió:

—La fe en la Luz está al alcance de todos. Lo único que tienes que hacer es creer.

Maiev se dio cuenta de que la conversación podía irse por unos derroteros que no quería si caía en el cenagal del debate teológico.

—Oh, estoy segura de que la Luz vela por nosotros, aunque no estoy tan segura de que pueda protegemos por mucho más tiempo. El Traidor pretende dominar Outland. Ya ha reclutado a decenas de miles de orcos viles y otros seres monstruosos. He visto a los nagas trabajando con grandes máquinas mágicas en las aguas de la Reserva Colmillo Torcido. Y, seguramente, no traman nada bueno. Conozco a su líder, a lady Vashj. Créeme, es malévola — aseveró Maiev con un tono de cierta premura. Había dado este mismo discurso muchas veces; gracias a él, había convencido a los jóvenes draenei que habían pasado a engrosar las filas de su destacamento. Pero Arechron no era un jovencito, sino un líder curtido, con una cierta debilidad por su hijo; y ese era el punto flaco que ella quería explotar—; Si deseas que tu hijo esté a salvo en el futuro, debes hacer algo antes de que Illidan el Traidor cuente con un ejército invencible a su disposición.

Arechron alzó ambas manos, con las palmas hacia fuera. Le ofreció una sonrisa franca y replicó:

—No hace falta que me convenzas de que Illidan representa una amenaza.

—Entonces, podré contar con tu ayuda en la inminente lucha.

Arechron se encogió levemente de hombros.

—No es tan sencillo.

Maiev esbozó una sonrisa forzada.

—Por lo que parece, casi todo el mundo opina lo mismo en Outland.

—He oído hablar de ti, celadora Maiev. He oído que vas de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, reclutando soldados que se unan a tu cruzada contra aquel al que llamas el Traidor. He oído que algunos de los draenei más jóvenes e impetuosos han decidido seguirte; sin embargo, yo no soy ni joven ni impetuoso.

A pesar de que Maiev sintió la tentación de añadir ni un guerrero tampoco, mantuvo la boca cerrada y siguió sonriendo. Ahora no estaba en Azeroth. No podía presentarse sin más y esperar que la ayudaran, como podría suceder en su propio mundo, con su propio pueblo. Necesitaba convencer a los Tábidos de que hicieran lo correcto. Estaba acostumbrada a que los ancianos draenei reaccionaran de esa forma, ya que eran gente conservadora y muy cauta. Los jóvenes eran más valientes. Daba la impresión de que siempre ocurría lo mismo allá donde fuera.

—Créeme, me gustaría ayudarte, Maiev. Creo que tienes razón al afirmar que Illidan es muy poderoso, por lo cual no quiero atraer la atención de tal ser sobre mi pequeña ciudad.

—Tienes miedo —le espetó Maiev.

—No me avergüenza admitirlo, pero no lo temo de la manera que tú crees.

—El miedo es lo que es. Si permites que te domine, no importa cuál sea la causa de tu temor.

—Para ti todo esto es muy fácil, ¿verdad? Vas cabalgando de un sitio a otro, tejiendo una telaraña de palabras en la que caen los jóvenes guerreros que te siguen. No tienes que pensar en las consecuencias de tus actos. No te paras a pensar en que son nuestros jóvenes los que mueren.

Maiev lo miró muy fijamente.

—Muchos miembros de mi propio pueblo han dado la vida para acabar con el reinado de terror de Illidan. Los elfos de la noche que ves ahí fuera, mis oficiales, son lo único que queda de la poderosa fuerza que una vez me siguió hasta aquí para perseguir al Traidor.

Arechron unió las yemas de los dedos de ambas manos y asintió.

—Tú puedes librar una guerra de guerrillas y desaparecer en los páramos para escapar de la ira de tu enemigo. Yo no puedo. Mi pueblo no puede. Nuestro hogar está aquí, en Telaar; además, tenemos hijos.

—Y yo que me preguntaba por qué habías mencionado al tuyo tan pronto en esta conversación.

Arechron hizo un gesto brusco con la mano derecha y, a continuación, se encogió de hombros.

—Eres una elfa de la noche cínica y llena de ira, pero creo que también eres honrada y honesta. Por eso te prestaré toda la ayuda que sea posible. Te proporcionaré suministros y armas. Te permitiré que reclutes a cualquiera de nuestros jóvenes que desee seguirte, siempre que no intentes persuadir a los guardias de la ciudad, pues los necesitamos aquí para protegemos de nuestros enemigos.

Maiev reflexionó sobre lo que acababa de escuchar. Era obvio que Arechron no deseaba ser arrastrado a un conflicto abierto con Illidan; no obstante, era igualmente obvio que tampoco era amigo del Traidor. Teniendo en cuenta las circunstancias, se tendría que conformar con lo que había.

Entonces, cierta cordialidad de verdad se reflejó en su sonrisa.

—Sé apreciar el riesgo que estás tomando. Y te estaré agradecida por cualquier tipo de ayuda que puedas prestarme.

—No nos malinterpretemos. Se avecina una guerra. Se acerca el día en que Illidan centrará su atención en Telaar. Pero ese día no ha llegado aún y pienso demorarlo lo máximo posible. Lo que vayas a hacer, tendrás que hacerlo tú sola.

Cogió una jarra y llenó un par de copas con agua clara. Le ofreció una a ella y la otra se la quedó para él. Como si hubiera podido adivinar lo que la celadora estaba pensando, se llevó la suya a los labios antes que Maiev pudiera beberse la suya. Esta la olisqueó y paladeó un poco con la punta de la lengua. Como no detectó ninguna droga, le dio un sorbo. Arechron sonrió.

—Dime, ya que conoces a Illidan tan bien, ¿qué crees que está haciendo en Outland?

—Huye de la justicia que lo persigue desde Azeroth.

—Eso no hace falta decirlo. Me refiero a qué crees que planea en concreto. ¿Por qué está creando un ejército tan poderoso? ¿Acaso piensas que pretende invadir tu mundo natal, tal y como hicieron los orcos no hace tanto?

—Opino que esa es la explicación más plausible. Illidan siempre ha querido gozar de la gloria de la conquista. Codicia tales cosas casi tanto como codicia el conocimiento prohibido.

—Se dice que es un hechicero formidable.

—Uno de los más grandes que jamás han surgido de mi pueblo.

A Maiev le molestó tener que pronunciar esas palabras, puesto que despreciaba el tipo de poder mágico que empleaba Illidan.

—Eso es alarmante. Ya has podido ver las secuelas que ha dejado la magia en nuestro mundo; ha arrasado Draenor, ha costado la vida a millones.

Arechron temía el peligro que representaba el poder de la magia de Illidan. Era una actitud sensata, aunque también cobarde.

—Otra razón más por la que hay que combatir a Illidan.

—¿Había pactado con la Legión Ardiente anteriormente?

—Siempre que le ha convenido.

—Sin embargo, ahora parece estar en guerra con la Legión.

—Sí, eso parece, pero ¿quién sabe qué está pasando realmente? Tal vez, simplemente, se trate de un conflicto en el seno de la Legión Ardiente. Tal vez el intento del Traidor de suplantar a Magtheridon le haya hecho ganar más enemigos de lo que esperaba. Tal vez sus superiores hayan decidido castigarlo. En cualquier caso, esta lucha interna es una oportunidad que pueden aprovechar todos aquellos que desean derrocarlo.

—Sí, es posible.

—¿No estás de acuerdo?

—No pretendo ofenderte, pero sospecho que serías capaz de hallar una excusa para atacar a tu enemigo en cualquier circunstancia. — Permaneció callado un momento—. Aunque hay algunos que quizá podrían ayudarte en tu misión, quienes también poseen un gran poder mágico.

Maiev lo observó con suma atención.

—No pretendo aliarme con aquellos que emplean hechicerías blasfemas.

—Los naaru sirven a la Luz. Extraen su poder de ella.

—¿Los naaru?

—Hace poco estuvieron en la Ciudad de Shattrath. En mi opinión, creo que podrían aunar esfuerzos, pues no son amigos precisamente de tu Illidan.

—No es mi Illidan.

—No pretendía ofender. A veces me expreso de un modo torpe.

—Háblame más de esos naaru.

—Son unos seres de luz enormemente poderosos. Llegaron a Shattrath hace solo unos meses, atraídos por los ritos de alabanza que los sacerdotes Aldor llevaban a cabo ahí, dentro de un templo en ruinas. Los naaru protegen la ciudad de los demonios.

—¿Y dices que mantienen a la Legión a raya?

—En efecto. Han convertido a Shattrath en un santuario para aquellos que se oponen a los demonios. Están reclutando a todo aquel dispuesto a luchar contra los siervos de Kil’jaeden. Ahí serás bien recibida y podrías alcanzar tus objetivos. No me cabe duda de que podrías llegar a ser una general en su ejército.

Ciertamente, eso sonaba prometedor. No obstante, Maiev sospechaba que esas palabras podían ocultar otras intenciones. ¿Acaso, simplemente, intentaba librarse de ella al enviarla a la tal Shattrath? Arechron mantuvo su habitual semblante benevolente. Era difícil saber lo que pensaba.

—No pretendo obtener un cargo ni alcanzar el poder —aseveró Maiev—. Solo pretendo que el Traidor reciba su merecido castigo.

—Por supuesto, por supuesto. Una vez más, he malinterpretado la situación. No obstante, te aconsejo que busques la ayuda de los naaru. De todas las fuerzas que se oponen a la Legión Ardiente en Outland, ellos son los más fuertes y de un modo inconmensurable.

Tal vez el Tábido tuviera razón. Había estado perdiendo el tiempo, deambulando por esos páramos y reclutando a pequeños grupos de guerreros. Si contactaba con esos nuevos gobernantes de Shattrath, no tenía nada que perder y quizá sí mucho que ganar.

—Háblame de Shattrath.

—En su día, fue un hermoso lugar y quizá vuelva a serlo de nuevo.

A pesar de que esa no era la respuesta que la celadora había estado buscando, dominó su impaciencia.

—¿Cómo podría dar con ella y con quién debería hablar ahí?

Arechron sonrió, como si acabara de lograr algún objetivo.

—Se encuentra al nordeste, a bastante distancia de aquí. Debes buscar el Bancal de la Luz y hablar con A’dal. Si buscas un lugar donde hospedarte, puedo recomendarte una posada; el dueño es primo mío y será tu guía si le dices que vas de mi parte.

Hablaron sobre diversos asuntos relacionados con esa ciudad hasta bien entrada la noche.

* * *

Maiev contemplaba el amanecer. Era una buena hora para partir e iba a hacer otro día claro y cálido. Sus fuerzas habían disfrutado de unas semanas de descanso en Telaar. Había reclutado a otro centenar de jóvenes combatientes entre los Tábidos y los draenei, y estos se encontraban en la retaguardia de su destacamento, montados sobre sus elekks. Las monturas felinas de su gente parecieran enanas en comparación con esos colosales cuadrúpedos, los cuales se mostraban muy poco nerviosos ante la presencia de esos grandes carnívoros.

Una multitud más grande que la que los había recibido cuando llegaron se había congregado para verlos marchar. Gran parte de esa gente parecía estar ahí para despedirse de los nuevos reclutas.

Unos pocos parecían estar intentando convencerles de que no debían partir. Maiev pensaba que tratar de impedir que obraran así sería absurdo, puesto que no quería a nadie en sus filas al que las lágrimas de su familia pudieran incitarle a desertar; sus tropas tenían que estar hechas de una pasta mucho más dura.

El mismo Arechron apareció montado sobre un enorme elekk cubierto de joyas.

Hizo una reverencia ante ella y dijo:

—Recuerda, debes buscar a los Aldor. Son la facción más poderosa de Shattrath, si exceptuamos a los naaru, y, con casi toda seguridad, estarán dispuestos a ayudarte.

—Lo haré —respondió Maiev—. Prefiero depositar mi fe en la fuerza de los draenei que en la astucia traicionera de los elfos de sangre.

Aunque había optado por dar una respuesta muy diplomática, esas palabras eran la mera verdad.

Arechron asintió y añadió:

—Yo que tú no volvería a entrar en contacto con los Ashtongue y su líder, pues son bastante irrelevantes.

Maiev dudaba de que eso fuera así. Había vuelto a encontrarse con Akama en muchas ocasiones desde la primera vez que se habían visto y conocía bien su poder. Aunque no confiaba en el Tábido, este todavía no le había mentido, al menos que ella supiera.

Anyndra cabalgaba a su lado. Por su mirada, estaba claro que estaba aguardando a recibir la orden de partir. Maiev asintió. Anyndra sopló el cuerno. Los sables de la noche rugieron. Los elekks bramaron. Esa larga hilera de soldados abandonó Telaar, dejando atrás a una muchedumbre que los vitoreaba, los despedía y lloraba.

Maiev se preguntaba qué se encontraría realmente en Shattrath.

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