Illidan – Capítulo Seis

IllidanCinco meses antes de la Caída

Vandel avanzaba sigilosamente por el oscuro paisaje del Valle Sombraluna.

Detrás de él, el colosal volcán conocido como la Mano de Gul’dan gruñía. Las estelas llameantes de los enormes meteros verdes arañaban la faz del cielo mientras caían. La tierra temblaba como una bestia asustada al recibir su impacto. En la lejanía, las gigantescas murallas del Templo Oscuro se alzaban imponentes.

Vandel acarició las empuñaduras de sus dagas envainadas y, acto seguido, se frotó cansado los ojos para quitarse las cenizas y el polvo. Había recorrido un largo camino para poder dar con el nuevo hogar Illidan. Había recorrido un largo camino en busca de venganza.

El recuerdo de su hijo muerto pasó fugazmente por su memoria. Había quedado muy poco del cuerpo de Khariel después de que el can manáfago hubiera acabado con él. Acarició la hoja de plata que le había regalado al niño por su tercer y último cumpleaños solo para asegurarse de que todavía le pendía del cuello.

A pesar de que habían transcurrido cinco años, su recuerdo seguía grabado a fuego en su memoria. Apretó los dientes y dejó que una oleada de odio los atravesara. Si hubiera muerto aquel día junto a su familia y el resto de la aldea habría sido mejor para él.

Debería haber estado con ellos; sin embargo, se había encontrado en el bosque cazando cuando los cuernos dieron la voz de alarma.

Al instante, había atravesado el bosque corriendo y había sorteado saltando los árboles caídos, mientras percibía un intenso olor a quemado.

Reprimió ese recuerdo, ya que era demasiado fácil dejarse llevar por él. Lo había hecho tantas veces en el pasado, tantas veces había estado a punto de empujarlo al abismo de la locura… En sus momentos más lúcidos era capaz de admitirlo: ningún elfo cuerdo habría invertido tantos años en buscar al Traidor, desentrañando los secretos de aquellos que lo habían seguido; ningún elfo cuerdo habría atravesado ese portal mágico para llegar a esa tierra infernal.

La muralla se alzaba amenazadora ante él. Siguió avanzando con sigilo, aprovechando todas las zonas envueltas en sombras. Ahí había muchos centinelas y muchos hechizos de protección. El Templo Oscuro era una fortaleza preparada para la guerra y no quería que sus guardias acabaran con él antes de que pudiera haber puesto punto y final a ese asunto que tenía pendiente con su amo.

Unas piedras gigantescas amontonadas hasta alcanzar una gran altura conformaban las murallas exteriores. Aquí y allá había zonas cubiertas de moho. En algunos lugares, el viento, la lluvia y el impacto de los meteoros habían erosionado esos bloques tan antiguos, dejando grietas que podían ser aprovechadas por alguien que hubiera aprendido a trepar entre los grandes árboles de Vallefresno. Saltó lo máximo posible y, a continuación, introdujo los dedos en el primer hueco que divisó, para poder impulsarse hacia arriba.

Se quedó ahí colgado por un momento, con la sensación de que se le iba a salir el brazo de su sitio. Allá abajo, una patrulla de orcos viles marchaba a corta distancia. Habría rezado una plegaria a Elune si hubiera tenido alguna fe en que la benevolencia de esa diosa pudiera llegar a ese lugar infecto. En vez de eso, puso la mente en blanco y continuó escalando por la muralla, con la esperanza de que ningún centinela pudiera oírlo desde ahí arriba. No obstante, eso parecía bastante improbable. En el Valle Sombraluna reinaba el bullicio. Creía que era casi imposible que algún guardia pudiera oírle por encima del bramido del volcán y el rugido del viento. Sin embargo, decidió permanecer quieto y en silencio, a la vez que aguzaba el oído por si detectaba alguna pista que indicara que tal vez estuviera siendo observado. Allá abajo, la patrulla siguió haciendo la ronda.

Vandel escrutó esas zonas repletas de sombras y, solo por un instante, sintió la terrible tentación de soltarse. La larga caída le habría partido el cuello y puesto punto final a su agonía. Así podría unirse a su familia en la muerte y acabar con aquel tormento. Pero se resistió a esa tentación. No podría descansar mientras la muerte de su hijo no fuera vengada. Su odio era más fuerte que su deseo de descansar para siempre en paz.

Se encaramó a una almena y cayó rodando hasta el balcón situado debajo, donde yació en las sombras mientras recuperaba el aliento. Por ahora no se había topado con ningún centinela. Por un breve instante, se sintió victorioso. Había triunfado allá donde todo un ejército habría fracasado. Había logrado entrar en los impíos recintos del Templo Oscuro.

Una sombra con unas alas de murciélago pasó por delante de la luna. Daba la sensación de que todos sus deseos se iban a cumplir esa noche. Illidan, el mismo Traidor, surcaba el cielo arrastrado por el viento nocturno. Daba la impresión de que también estaba inquieto esa noche. Tal vez tuviera pesadillas por culpa de los tenebrosos actos que había cometido y eso le impedía conciliar el sueño.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que Vandel había dormido sin tener pesadillas? No lo podía recordar. Solo se podía acordar de que eran unas pesadillas terribles. Acarició el amuleto de Khariel una vez más. Ya falta poco, hijo mío, ya falta poco.

Illidan se posó sobre un balcón situado en la cima de la torre más alta del Templo Oscuro. Dio nueve pasos, se volvió y, a renglón seguido, negó con la cabeza. Se apoyó en la barandilla y escrutó todo cuanto había hasta llegar al horizonte. Vandel se preguntó si el Traidor sería capaz de verlo, puesto que todo el mundo sabía que podía percibir cosas que otros no podían ver, a pesar de no tener ojos en esas cuencas vacías. ¿Cómo reaccionaría Illidan si se enterara de que Vandel se hallaba ahí?

No le resultaría muy difícil alcanzar la torre sobre la que se encontraba Illidan. Los pocos centinelas que estaban repartidos por las almenas no parecían estar despiertos del todo, ya que se sentían muy seguros tras esos robustos muros que los protegían. No cabía duda de que no esperaban a alguien como él. Estaban ahí para vigilar si aparecían ejércitos y demonios, no si irrumpía un solitario elfo de la noche al que la pena había enloquecido y al que dominaba la sed de venganza.

Siguió avanzando sigilosamente, al mismo tiempo que se decía a sí mismo que no debía pecar de exceso de confianza. Tal vez hubiera ahí otros centinelas a los que todavía no había visto. A pesar de que los largos años que había pasado dando caza a los enemigos de su pueblo le habían enseñado a ser sigiloso, mucho más que la mayoría de los mortales, no era con mucho el único que era capaz de esconderse entre las sombras. Quizá incluso en esos mismos momentos, algún centinela letal lo estaba observando sin ser visto mientras se preparaba para clavarle una daga por la espalda.

Una vez más se detuvo para cavilar acerca del hecho de que tal vez ya no estuviera cuerdo. Su mente se había hecho añicos en una ocasión; en el momento en que había hallado el cadáver de su hijo, que estaba siendo mordisqueado por un can manáfago. Por un momento, casi pudo oler el aroma a madera quemada y a sangre de elfo de la noche. Casi pudo oír el crujido de esos pequeños huesos. Lanzó un gemido y, a continuación, maldijo en silencio. Cualquiera que se hallara a cierta distancia podía haberlo oído, de tal modo que su necedad podría acabar provocando que un guardia lo despachara sin miramientos. No iba a cometer más errores. A partir de ahora, se iba a concentrar en la misión que tenía por delante.

Llegó al pie de la torre sobre la que se encontraba Illidan. Delante de él, una rampa se curvaba hasta perderse de vista al doblar una esquina de la torre. Rezó para que la suerte lo siguiera acompañando y corrió, pues prefería confiar en la velocidad, el sigilo y en su inesperada buena fortuna.

Alcanzó la parte superior. Aquel al que había estado buscando durante tantas leguas por fin se hallaba ante él.

Illidan estaba de espaldas. Tenía esas colosales alas pegadas al cuerpo, como si así intentara protegerse del frío nocturno. Mantenía la cabeza, coronada por unos enormes cuernos, gacha, mientras contemplaba las distantes luces del gran volcán. ¿Qué era lo que estaba buscando? ¿Qué era lo que veía con esas cuencas desprovistas de ojos?

Illidan se volvió como si hubiera sabido que Vandel había estado ahí todo el rato.

Vandel desenvainó las dagas, echó un vistazo a las runas místicas que estaban grabadas en ellas y avanzó con sumo sigilo. Se arrodilló y colocó las hojas a los pies de Illidan.

—Perdona la intrusión, lord Illidan. No quería arriesgarme a que tus centinelas me despacharan antes de haber hablado contigo.

Illidan contestó:

—¿Qué quieres de mí, acechador nocturno?

—Quiero asesinar a aquellos que asesinaron a mi familia. Quiero masacrar a tus enemigos.

—Entonces, no te preocupes por eso, pues tenemos de sobra.

Vandel añadió:

—Deseo aprender lo que tú has aprendido. Quiero cazar demonios.

—Entonces, tienes mucho que aprender, pero ahora es ya muy de noche.

—¿Me enseñarás?

—Sí, a ti y a un millar como tú. Ve abajo. Descansa. Encontrarás lo que buscas o morirás en el intento.

Illidan volvió a darle la espalda y contempló de nuevo el horizonte.

A Vandel le quedó claro que ya podía irse.

* * *

Como no sabía a ciencia cierta qué se suponía que debía hacer, Vandel bajó hasta la base de la torre. Ahí dos figuras tatuadas lo esperaban. Daba la impresión de que habían estado ahí todo el tiempo. No se sorprendieron al verlo ni desenvainaron ningún arma.

Una de ellas era una mujer alta con la cara marcada. Parecía ser una elfa de la noche, aunque tenía unos rasgos demoníacos. Unas llamas verdes centelleaban en sus cuencas vacías. En la frente tenía unos pequeños cuernos curvados. Su escasa ropa dejaba a la vista los tatuajes brillantes que le cubrían el cuerpo. Había cierta magia en ellos, lo cual atrajo la atención de Vandel, quien se sintió empujado a intentar descifrar esos símbolos como si fueran un rompecabezas muy complejo.

Ella se percató de cómo la miraba y curvó los labios para mostrarle unos pequeños colmillos. Vandel respondió a esa fría sonrisa sonriendo a su vez y tuvo la sensación de que, de alguna manera, le estaban poniendo a prueba, como si sus espadas estuvieran entrechocando en una lucha silenciosa.

La segunda figura, que también poseía una forma que recordaba a un elfo de la noche, no le prestó ninguna atención, lo cual no sorprendió a Vandel. Tenía los párpados cosidos, al igual que los labios. Estaba encorvado, tenía la cabeza gacha y los hombros echados hacia delante. Llevaba el torso desnudo, con lo cual mostraba más tatuajes incluso que su compañera. En un cinturón ancho de cuero portaba una serie de agujas afiladas y largas, de cuyos extremos pendían unas tiras de cuero, cuyas puntas estaban manchadas; bastaba con mirar al varón para darse cuenta de que hacía poco se había azotado con algo que le había rasgado la piel. La sustancia seca que se encontraba en la punta de esas agujas era sangre seca; con casi toda seguridad, era suya.

—Has hablado con lord Illidan —dijo la mujer, con cierto tono de envidia en esa voz ronca; daba la sensación de que tenía mal la laringe, como si en algún momento del pasado hubiera gritado tan fuerte y durante tanto tiempo que se hubiera dañado permanentemente las cuerdas vocales.

—Sí —contestó Vandel, quien hizo caso omiso de la sonrisa cómplice de su interlocutora, pues no estaba dispuesto a dejarse intimidar.

—Ciertamente, eres un privilegiado.

—¿Lo soy?

—No recibe personalmente a todos aquellos que vienen a suplicarle. Parece que te recuerda de algo. Tal vez te tenga reservado algo muy especial en mente.

El elfo se llevó un dedo a los labios, como si quisiera así indicarle a su compañera que había hablado de más. Una larga garra brotó de la punta de aquel dedo; un gesto que no era amenazador, pero tampoco muy reconfortante. El varón ciego se arañó la barbilla, de tal modo que una gota de sangre le empapó la garra. A continuación, se la llevó a la boca a través de una diminuta abertura que había en el hilo que le cosía los labios.

—Yo no me atrevería a afirmar que soy capaz de leerle la mente a lord Illidan —aseveró Vandel.

—Eres más sabio de lo que esperaba.

—¿Cómo te llamas?

—Yo soy Elarisiel, y él, Needle. Si tuvo antaño otro nombre, hace mucho que cayó en el olvido, incluso él ya no lo recuerda.

Vandel hizo una reverencia dirigida a ambos. Elarisiel se echó a reír, con unas carcajadas malévolas. Needle alzó y bajó la cabeza; un gesto donde no había ni el más leve rastro de burla. Vandel clavó su mirada en él. Era obvio que el varón veía tan bien como veía lord Illidan. ¿A qué venía todo aquello?

—Lord Illidan nos ha dicho que te llevemos abajo.

Los nervios dominaron a Vandel, el cual se tensó.

—¿Y cómo se lo ha dicho?

—Los acabarás descubriendo si sobrevives.

Needle cogió uno de sus largos y afilados pinchos y se lo clavó en su propio antebrazo. Durante un minuto estuvo hurgando en la herida hasta que manó otra gota de sangre. Luego, metió la punta del pincho a través del pequeño agujero que se abría entre sus labios y se oyó cómo lo chupaba. Un gesto de felicidad total se dibujó en su cara. Vandel había llegado a ese lugar albergando serias dudas sobre su propia cordura. Ahora dudaba de la salud mental de todos los que le rodeaban.

Ambos lo guiaron a través de un laberinto de pasillos. Atravesaron un pequeño portón de seguridad, situado en una muralla del Templo Oscuro y fueron a parar a una zona repleta de ruinas.

—Antaño, esto formaba parte del Templo de Karabor —le explicó Elarisiel—. Los orcos y los demonios no dejaron casi nada en pie de la estructura original. Lo poco que quedó en pie se lo han llevado lord Illidan y sus campeones. Ahora, moramos aquí bajo la atenta mirada de Varedis y sus compañeros.

—¿Varedis? —preguntó Vandel.

—El tutor maestro —respondió Elarisiel, quien no pareció tener muchas ganas de querer explayarse más.

Más meteoros verdes rasgaron la faz del cielo mientras Vandel y sus guías cruzaban una serie de bancales. Unos pabellones de seda se alzaban a lo largo de ellos; de su interior brotaban unas carcajadas demenciales. Atravesaron aquel campamento y, al final, llegaron a la entrada de un túnel que se abría en una pared en ruinas. Notaron un aire gélido mientras descendían por unas escaleras antiguas erosionadas por el paso del tiempo y fueron a parar a una enorme estancia.

Aquello parecía un manicomio o un hospital de campaña. Había elfos tumbados por doquier. Algunos yacían bajo una luz verduzca proyectada por unos faroles viles titilantes, que hacía que diera la impresión de que se encontraban enfermos. Algunos de los varones tenían barba y el pelo verde, como era habitual en los elfos de la noche, aunque algunos estaban totalmente afeitados, como los sin’dorei. Algunos murmuraban entre ellos. Otros se acurrucaban en las zonas de sombras que había entre los faroles, como si intentaran esconderse. La mayoría dormían inquietos y hablaban en sueños. Se oyó un chillido demencial y, al instante, una mujer se puso en pie y corrió por la cámara gritando:

—¡Gusanos, gusanos, gusanos!

Aunque esos gritos provocaron que muchos se despertaran, no parecieron perturbarlos demasiado. Solo un elfo de sangre alto se levantó y se quitó la sucia capa con la que se había abrigado mientras yacía, para perseguir a esa demente por toda la estancia. Ambos desaparecieron de la vista.

—Cómo puedes ver, no eres el único que ha llegado hasta aquí. Muchos han venido en busca de lord Illidan, pero solo unos pocos sobrevivirán para servirle.

—¿Qué quieres decir?

Elarisiel respondió con unas risas argénteas.

—Eso pronto lo descubrirás, kaldorei. Escoge un lugar para descansar. Vas a necesitar todas tus fuerzas para afrontar las pruebas que tienes por delante.

Acto seguido, se dio la vuelta y se marchó. Needle se llevó un dedo a la frente y con la mano trazó un semicírculo; a continuación, retrocedió hasta sumirse en las sombras y, simplemente, se desvaneció.

—No le hagas mucho caso a Elarisiel —dijo alguien que se hallaba cerca con un tono amistoso—. Le encanta asustar a los nuevos reclutas. Supongo que alguien le hizo lo mismo cuando llegó aquí y le gusta que todos nos sintamos tan miserables como se sintió ella.

Vandel escrutó a su interlocutor. Como era un elfo de la noche adulto, resultaba muy difícil precisar cuál era su edad exacta, lo cual significaba que podía tener entre veinte años y quince mil. Por lo que Vandel podía ver, no tenía ninguna cicatriz ni ningún tatuaje. Al percatarse de ello, echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que el resto de la gente que se hallaba en esa estancia tampoco tenía nada de eso.

Su interlocutor siguió hablando:

—Pareces hallarte muy meditabundo. Y sé lo que estás pensando…

Esa pregunta no formulada pendió en el aire.

—Me llamo Vandel.

—Elune ilumina este momento en el que nos conocemos, Vandel.

Yo soy Ravael.

—Encantado de conocerte. Estabas a punto de decirme qué era lo que estaba pensando. Siento curiosidad por saberlo, ya que ni siquiera yo lo tengo claro.

—Estás pensando en lo que todo recién llegado que ha sido traído jamás hasta esta estancia ha pensado: que los guías eran muy extraños. También te estás preguntando por qué ninguno de nosotros está tatuado y todos conservamos los ojos.

—Entonces, hay más como esos dos.

—Oh, sí, amigo mío. Muchos más. Lord Illidan está formando un ejército de invidentes.

—Pero no están ciegos, ¿verdad?

—No.

—Y tienen tatuajes parecidos a los de Illidan, pero menos intrincados.

—Sí.

—Y han sido transformados de la misma manera que él fue transformado.

—Eres muy observador.

—Tendría que estar ciego para no fijarme en esas cosas —señaló Vandel, aunque enseguida se dio cuenta de que lo que acababa de decir era ridículo.

—¿Crees que aquí los ciegos ven peor que tú? —inquirió Ravael, y solo por un instante hubo un leve atisbo de histeria en su voz, lo cual alegró en cierto modo a

Vandel, puesto que, hasta ese momento, Ravael había actuado de un modo tan normal que parecía fuera de lugar en aquel manicomio.

—Creo que, probablemente, ven más que yo. No han tenido ningún problema para guiarme hasta aquí o para evitar a cualquiera que se hallara en su camino. Aunque es posible memorizar el camino, me imagino que todo el mundo que se encuentra en esta estancia no se halla en el mismo sitio en todo momento.

—Al parecer, has cavilado mucho al respecto.

—¿Por qué has venido tú aquí?

—He venido a vengarme, a aprender a luchar contra los demonios. Supongo que esa es la misma razón por la que estás tú aquí.

Vandel reflexionó un instante.

—Tal vez Elarisiel tuviera razón. Tal vez no sea tan especial.

—Seguro que lo eres. Al fin y al cabo, has llegado aquí vivo.

¿Acaso crees que eso es algo normal?

Vandel respiró hondo y volvió a mirar a su alrededor. A pesar de que había dado por sentado que ahí todo el mundo estaba loco o era un inválido, ahora podía ver que muchos de ellos tenían cicatrices y todos ellos tenían sus armas a mano. Ahí había guerreros, magos y cazadores.

—¿Perdiste a alguien? —preguntó Vandel.

—Lo perdí todo —contestó Ravael, quien no hizo ademán alguno de explayarse más.

Vandel pensó en lo que él mismo había perdido y decidió que no debía insistir. —Sé lo que se siente —aseveró.

Ravael echó un vistazo a todo cuanto lo rodeaba.

—No obstante, tengo la sensación de que, de algún modo, tenemos mucho más que perder en este lugar.

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