Illidan – Capítulo Cuatro

IllidanCuatro años antes de la Caída

Lentamente Maiev y sus Celadores avanzaron arrastrándose sobre esas piedras calientes. El sol abrasador de la Península del Fuego Infernal proyectaba unas largas sombras que brotaban de unos grandes peñascos. El camino de vuelta desde la Marisma de Zangar había sido muy largo, aunque lo habían recorrido a gran velocidad con sus monturas; no obstante, el dolor en las posaderas habría merecido la pena si lograba sorprender a Illidan con la guardia baja. No necesitaba a Akama. Lo único que necesitaba era tener la oportunidad de atacar al Traidor cuando menos se lo esperase.

Anyndra hizo un gesto con la mano derecha y levantó tres dedos. Maiev se arrastró con el cuerpo pegado al suelo, hasta que llegó a la posición de la teniente; a continuación, alzó la cabeza por encima de la línea que conformaban las crestas de las montañas y comprobó que su segunda al mando tenía razón: ahí había tres orcos viles; tres de esas criaturas enormes y musculosas de piel roja y ojos brillantes, tres de esos pesados seres que iban encorvados, pues esa era la postura habitual de los orcos. Todos sus músculos estaban en tensión y, con esa actitud y esa postura, mostraban su furia. Todos sus movimientos eran rápidos, bruscos y hoscos, como si los orcos viles estuvieran buscando una excusa para atacar a alguien.

Maiev les iba a conceder su deseo, pues su intención era hallarse en una posición que diera al camino que llevaba a la Ciudadela del Fuego Infernal cuando Illidan pasara cabalgando por ahí.

Hizo uso de sus poderes y, en un parpadeo, cruzó el espacio que lo separaba de ellos. El aire se desplazó, acompañado de una casi silenciosa ráfaga de viento, en cuanto reapareció detrás del más grande de los orcos viles. Con un solo golpe, le arrancó la cabeza. Al instante, se abalanzó sobre el segundo orco vil al que clavó en el pecho su media luna umbría y, acto seguido, rodó por el suelo. El tercer orco vil intentó defenderse con su hacha, pero le dio una patada en la parte posterior de la rodilla que lo hizo caer al suelo. De inmediato, le seccionó la yugular con su arma.

Apenas habían pasado tres latidos. Anyndra acababa de tensar la cuerda de su arco. Maiev indicó con un gesto al resto de las tropas que cruzaran ese terreno hasta la posición donde se encontraba ahora ella y, sin más dilación, arrastró los cadáveres hasta la sombra de un peñasco, para que no pudiera verlos ningún jinete del viento que sobrevolara la zona.

Captó el olor a un gran felino, lo cual le indicó que Sarius se había unido a ella sigilosamente. El druida portaba la forma de una pantera enorme que tenía unas cicatrices extrañas. Se desplazaba a través de ese paisaje yermo en total silencio, siguiendo las curvas que trazaba esa tierra marrón, fuera de la vista de todo el mundo, salvo de los más vigilantes. Gruñó a modo de saludo y se acercó sigilosamente hacia el borde de la cumbre de la montaña. De manera igualmente silenciosa, ella lo siguió hasta la cima del risco y, desde ahí, contempló la Ciudadela del Fuego Infernal.

Tenía el aspecto colosal y brutal propio de todas las fortificaciones oreas, aunque, en este caso, esta sensación se veía magnificada por el tremendo tamaño del lugar. Daba la impresión de que la ciudadela había sido construida para dar cobijo a un ejército de gigantes. Se alzaba imponente sobre las tierras de alrededor; cada torre era un dedo de una mano gigantesca que se elevaba para alcanzar el cielo. Era vasta e inmensa, había sido levantada con rocas rojas y los huesos de unas criaturas que debían de haber sido más grandes que unas montañas. Esas piedras estaban impregnadas de magia en grado sumo. Incluso a esa distancia, era capaz de percibir su maldad. Sin embargo, no era la fortaleza lo que captaba su atención, sino el desfile que recorría el camino que llevaba hacia la ciudadela.

Decenas de miles de orcos viles marchaban en una formación tremendamente compacta, expandiéndose por el paisaje en una columna de miles de leguas. Entre ellos, marchaban también varias compañías de demonios, que portaban el estandarte de Illidan. En la vanguardia, cabalgaba una gran multitud de elfos de sangre, cuyas monturas eran similares a unos pájaros. El príncipe Kael’thas encabezaba aquel grupo. Tenía la mirada clavada en un enorme carro del que tiraba un grupo de veinte uñagrietas. Esas gigantescas criaturas llevaban bozal y los ojos tapados para impedir que el pánico se apoderara de ellas.

Al ver la jaula que transportaba ese gigantesco carro, Maiev comprendió por qué. En ella llevaban al señor del foso Magtheridon, el cual era varias veces más alto que un elfo y sacudía los barrotes de acero vil con unos brazos del tamaño del tronco de un árbol. Incluso desde la cima del risco, Maiev podía percibir su poder, que asaltaba sus sentidos con gran intensidad, como si pudiera oler el hedor de diez mil cuerpos que se estuvieran quemando. Unas cadenas, con las que se podrían haber anclado los más grandes buques de guerra, lo mantenían atado al carro. Maiev podía notar que estaban encantadas, con unos conjuros lo bastante fuertes como para ralentizar la deriva continental.

Encima del carro, con las alas extendidas y los brazos en jarra, con una postura triunfal que dejaba bien a las claras que no temía a nada, se hallaba Illidan. A pesar de que la diferencia de tamaño era tan enorme que debería haber dado la sensación de ser una ardilla que estuviera desafiando a un jabinferno, eso no era así. La fulgurante aura de poder mágico vil que lo envolvía hacía que diera la sensación de estar a la altura del señor del foso.

Sin embargo, no era el único que observaba esa escena. En esa cadena montañosa se habían congregado varios clanes orcos, así como otros observadores. Todos ellos estaban ahí para ser testigos de cómo el antiguo Señor de Outland era llevado encadenado a la Ciudadela del Fuego Infernal. Las llamas del odio ardieron con intensidad en el fuero interno de la celadora.

Disfruta de este momento de triunfo, Traidor, pensó Maiev, pues será el último.

Anyndra se colocó junto a ella. A la teniente se le desorbitaron los ojos al ver ese desfile victorioso y dejó de sostener con firmeza la cuerda de su arco. Sarius gruñó tan suavemente que pareció más bien un quejido. Por encima de sus cabezas, unos desgarradores trazaban círculos en el aire, con sus alas sarnosas totalmente desplegadas, como si estuvieran crucificados en esas corrientes termales calientes.

Maiev sopesó las diferentes opciones que tenía. Seguramente, los orcos viles no esperaban un ataque; además, el sol pronto se pondría. Resultaba obvio que Illidan tenía previsto llegar a las puertas de la Ciudadela del Fuego Infernal antes de la puesta de sol, pero no había llegado a tiempo, lo cual no era de extrañar, teniendo en cuenta su arrogancia y torpeza. Podía ordenar a sus fuerzas que se desplegaran cerca de la jaula, de tal modo que pudieran cubrirla mientras corría hacia el Traidor. Con un solo golpe muy rápido, podría decapitarlo. El muy soberbio se estaría regodeando tanto en su victoria que no se daría cuenta de que ella se aproximaba hasta que la media luna umbría le hubiera cortado el cuello.

Con gran deleite, se imaginó de manera fugaz sosteniendo su cabeza en alto para lanzársela después a esa hueste congregada ahí de orcos viles. Aunque después de eso no cabía duda de que su propia muerte sería rápida, habría merecido la pena, ya que habría puesto punto y final a la existencia del maldito Illidan. Sí, podría morir satisfecha, sabiendo que había enviado al olvido a su antiguo enemigo antes de que ella se sumiera en él. Una sonrisa cobró forma en sus labios. Casi podía sentir el pelo sedoso de Illidan entre los dedos mientras alzaba su cabeza, casi podía sentir el goteo de la sangre de su cuello cortado.

No era una gesta imposible. Podría valerse de su habilidad para atravesar en un abrir y cerrar de ojos la distancia que los separaba para abalanzarse sobre él antes de que esa turbamulta indisciplinada tuviera tiempo de reaccionar; además, con sus sortilegios de distracción y ocultación podría evitar que la detectaran mientras se aproximaba. En ese sentido, no había nadie ahí abajo que pudiera rivalizar con su habilidad para llevar a cabo esa proeza. Ni Kael’thas, ni Vashj. Ni siquiera el propio Illidan.

Entonces, se percató de que Anyndra la estaba agarrando del brazo y se soltó bruscamente.

—¿Qué?

—Celadora Shadowsong, te he preguntado qué crees que quiere hacer el Traidor con ese señor del foso que ha capturado. Creía que lo llamaban el cazador de demonios. ¿Para qué quiere uno vivo?

Poco a poco, Maiev dejó que las llamas de su odio menguaran hasta arder con menos intensidad. Se apartó del borde del precipicio en el que se hallaba. Había estado a punto de ordenar un ataque. La idea de morir de un modo glorioso, matando a su enemigo, casi la había llevado a cometer un error. ¿Y si algo hubiera ido mal? ¿Y si el Traidor hubiese logrado escapar, de tal modo que ella habría tenido que enfrentarse a sus legiones con solo esa pequeña fuerza de la que disponía?

Nada iría mal. Se miró la mano. Tenía un pulso firme. No había ni el más mínimo atisbo de temblor. Se centró en la pregunta que le había hecho la teniente. Era muy buena. ¿Qué planeaba hacer Illidan con ese señor del foso que había capturado? A un ser con el poder de Magtheridon no se le podía esclavizar como a un demonio menor. Ni siquiera Illidan estaba tan loco como para creerse tan fuerte.

—¿Para qué quiere a tal criatura? —Anyndra repitió la pregunta, como si pensara que Maiev no la hubiera escuchado. Parecía decidida a obtener una respuesta. O tal vez pretendía distraer a la celadora de su objetivo.

Maiev masculló:

—Para hacer un sacrificio, una advertencia… ¿Quién puede comprender cómo piensa ese demente?

—Pero ¿para qué iba a querer sacrificar a Magtheridon? ¿Qué beneficio podría obtener de algo así?

Maiev hizo un gesto de negación con la cabeza y frunció el ceño.

—¿Cómo voy a saberlo?

Su segundo al mando la miró a los ojos de manera impasible.

—Siempre me has dicho que un cazador debe comprender a su presa.

Sarius gruñó a su otro lado. Al parecer, él también sentía curiosidad al respecto. Maiev dio otro paso atrás para alejarse del borde del precipicio. El corazón se le había desbocado. Respiraba agitadamente. Se atrevió a mirar otra vez a Illidan. Ahí estaba, creyéndose invencible. Quería borrarle esa sonrisilla del rostro, reventarle la cara contra el suelo para destrozar esas facciones henchidas de orgullo.

Sarius le arañó levemente el brazo derecho con una zarpa y la celadora se dio cuenta de lo que le intentaba decir el druida. Illidan había girado la cabeza para mirar hacia el lugar donde ellos se hallaban. Las miradas de todas sus tropas miraron también hacia allá. Era imposible que él pudiera verla desde esa distancia. Era imposible que pudiera verla.

Se alejó rodando de ese borde escarpado. Anyndra y Sarius la siguieron. Tenía la boca seca. Se tensó, pues esperaba oír el bramido furioso de las legiones de orcos viles que se disponían a perseguirla.

Maiev permaneció tumbada boca arriba por un momento, contemplando el cielo. No oyó ningún ruido. No se había dado ninguna voz de alarma. Tal vez Illidan los había visto y no los había considerado una amenaza digna de consideración. Esa posibilidad la mortificó.

Rodó pendiente abajo y se puso en pie de un salto, fuera de la vista del enemigo.

Con gesto adusto y sombrío, el resto de sus tropas volvieron arrastrándose de la línea que conformaban esas montañas para acercarse lentamente a la posición de la celadora. Eso era una muestra de indisciplina y mala táctica. Algunos de ellos deberían estar vigilando para evitar que un asaltante los atacara como ella había atacado a esos orcos viles. Quiso decir algo, pero entonces se percató de que todos esos ojos estaban clavados en ella.

Anyndra flexionó los dedos de la mano con la que manejaba su arma, tal y como solía hacer siempre que intentaba disimular que se hallaba extremadamente nerviosa. Sarius había revertido a su forma de elfo de la noche. Si bien la serenidad reinaba en esas facciones que recordaban a un halcón, su boca era una línea totalmente recta situada en la parte inferior de su semblante; además, tenía los ojos entornados y clavados en ella. Al fruncir el ceño, unas arrugas le surcaron esa frente inmaculada.

Maiev observó con detenimiento al resto de sus tropas. Algunos estaban pálidos y supuso que el sudor que les perlaba la frente no era únicamente debido al calor. Otros miraban a todas partes, como ratones a la espera de que un búho cayera sobre ellos desde un cielo iluminado por la luna.

Estaban asustados.

Y eso era prácticamente inconcebible. Eran Celadores, habían sido escogidos por su valor y templanza a la hora de afrontar el peligro. La habían seguido a través de infinidad de peligros sin inmutarse, pero ahora parecían estar a punto de venirse abajo y salir corriendo. Los elfos de la noche formaron un semicírculo, de tal manera que quedaron de cara hacia ella. Entonces, uno de ellos dijo:

—Aquí no podemos vencer.

Maiev intentaba dominar su cólera. Quería gritarles, reprenderles por su necedad y cobardía, pero no podía hacerlo, ya que el enemigo podría oírla; esa perturbación podría llamar la atención de ese poderoso ejército que recorría estruendosamente esa carretera de abajo.

Poco a poco, fue asimilando la posibilidad de que quizá tuvieran razón. Cerró los ojos e hizo una plegaria a Elune. Cuando volvió a abrirlos, se dio cuenta de que no estaba mirando a un destacamento de Celadores. Esas tropas orgullosas y disciplinadas que habían partido de las entrañas de las Cavernas del Túmulo habían desaparecido. Habían sido sustituidas por un pequeño grupo de elfos cubiertos de polvo, de forasteros perdidos en una tierra salvaje, lejos de su hogar, que se enfrentaban a un enemigo con infinidad de guerreros a su disposición. Illidan ya había derrotado al demonio más poderoso de Outland y había convertido a las legiones de este en leales seguidores suyos. Tal vez los suyos tuvieran razón cuando dudaban de si serían capaces de vencerlo.

La miraban fijamente, a la espera de oír lo que tuviera que decir. Incluso en esos momentos, seguían conservando el hábito de considerarla su líder y seguir sus órdenes. No podía decepcionarles. Respiró hondo y dijo:

—No. Aquí no podemos ganar.

Algunos parecieron sentirse satisfechos al ver que lo admitía. Unos cuantos parecieron hallarse estupefactos, como si no pudieran creerse esas palabras que acababan de brotar de la boca de la celadora. A pesar de que Maiev entendía cómo se sentían, siguió hablando, con un tono de voz ronco:

—Aquí no podemos ganar. Ahora no. Pero eso no quiere decir que el Traidor vaya a estar a salvo de nosotros siempre—. Un par de ellos asintieron, como si lo que estuviera diciendo fuese lo que esperaban oír, como si ella estuviera expresando en voz alta lo que pensaban—. No podrá escapar de nosotros. Pagará por sus crímenes. Somos el instrumento de la venganza de los kaldorei. Seremos su perdición. En su momento, fue nuestro prisionero, pero escapó, ayudado por sus traicioneros aliados. Pero el Traidor no se nos volverá a escapar. Tenemos derecho a hacer lo que hacemos. La justicia está de nuestro lado. Los espíritus de nuestros muertos claman venganza, insisten en que le hagamos pagar sus crímenes. Hemos ido demasiado lejos, hemos sacrificado demasiado, como para desperdiciar nuestras oportunidades. Si queremos regresar a Darnassus con la cabeza bien alta, debemos volver con el Traidor o su cadáver. Si no es así, nuestro pueblo considerará que hemos traicionado su confianza. Ya han visto lo que está ocurriendo aquí. Ya saben que el Traidor está reuniendo a un ejército. Debemos cercioramos de que todo Azeroth lo sepa y comprenda que hemos cumplido con nuestro deber.

Una elfa tragó saliva y se secó unos ojos al borde de las lágrimas. Maiev gesticuló lentamente con las manos, con unos movimientos tan controlados como los de una bailarina, y cerró los puños.

— Hay un tiempo para cada cosa, y el momento en que Illidan será castigado se acerca. Me han seguido hasta aquí sabiéndolo, y les juro que han hecho bien al depositar su fe en mí, pues no permitiré que Illidan no sufra las consecuencias de sus fechorías.

Permaneció en silencio un momento para dar más énfasis a sus palabras y prosiguió:

—Y lo haré aunque tenga que seguir adelante yo sola. —Calló un instante para que asimilaran esas palabras—. Todos ustedes han jurado seguirme. Cada uno de ustedes sabe cuánto vale su palabra. La cuestión que deben plantearse es si van a cumplir sus juramentos o van a ser iguales que él. ¿Acaso carecen de fe como el Traidor o son en verdad las hijas y los hijos de Elune? Solo ustedes pueden responder a esa pregunta en lo más hondo de su corazón. Quiero que hagan examen de conciencia y den con la respuesta a esa pregunta. No quiero a nadie conmigo que se eche atrás cuando llegue el momento de la verdad. Únicamente ustedes pueden decidir si desean estar a mi lado cuando castigue como es debido a Illidan el Traidor.

Algunos de los elfos no se atrevían a mirarla a la cara, e incluso unos pocos miraban para otro lado, pero la mayoría la contemplaban con una expresión de determinación renovada dibujada en sus semblantes, de lo que se sintió muy orgullosa, ya que su fe alimentaba la suya propia, lo cual hizo que se sintiera de nuevo tan segura como siempre.

—Estoy contigo —dijo Anyndra, quien se arrodilló y le ofreció su arma.

—Y yo —añadió Sarius, quien hizo lo mismo.

Uno a uno, los demás Celadores volvieron a ofrecerle su lealtad, incluso los pocos que, claramente, se mostraban un tanto reticentes; estos juraron y se postraron porque sus amigos y camaradas lo hacían y porque no deseaban quedarse solos en ese lugar tan extraño. Maiev asintió satisfecha. Ese día había obtenido una pequeña victoria, al menos.

—¿Y ahora qué, celadora Shadowsong? —preguntó Anyndra.

Maiev respondió:

—Debemos hallar aliados. En estas tierras son un elemento clave. Debemos dar con alguien más valiente que Akama y ver si quiere ayudarnos.

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2 comentarios

    • Alsanna Mtz el 12 febrero, 2020 a las 4:46 pm
    • Responder

    Leoric estoy leyendo esta novela y cuendo marco el Episodio 5 me redirecciona directo al 7 al parecer no está y pierdo la continuidad x favor si sabes algo de eso te agradecería respuesta.

    1. Ya se solucionó el problema

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