Illidan – Capítulo Cinco

IllidanCuatro años antes de la Caída

Illidan entró a grandes zancadas en la vasta cámara en la que se hallaba confinado Magtheridon. El cazador de demonios estaba furioso y muy frustrado. Su derrota a manos de Arthas había sido un duro golpe para su orgullo. También había recibido informes, procedentes de todos los rincones de Outland, de que Maiev se encontraba en esas tierras, pero por el momento se había mostrado tan elusiva como un fantasma. Aún pretendía encadenarlo y enterrarlo. Los hechizos que retenían al señor del foso le recordaron a Illidan a su propio encarcelamiento, así como a aquellos que los habían mantenido aprisionado ahí. La ira bullía en su interior. Tras dar ocho pasos, se obligó a parar antes de dar el noveno.

—Así que has fracasado a la hora de completar la misión que el gran Kil’jaeden te había encomendado, pequeño Illidan —comentó con una voz atronadora Magtheridon, cuyas palabras retumbaron por los colosales bloques de piedra de las paredes y se amplificaron por el enorme foso que había en el centro de la estancia—. No me extraña que hayas fracasado al intentar destruir al Rey Lich. Tu destino siempre será fracasar.

Illidan miró fijamente al señor del foso. A pesar de hallarse encadenado en las profundidades de las grandes cámaras situadas bajo la Ciudadela del Fuego Infernal, Magtheridon seguía siendo imponente. Las cadenas mágicas que lo ataban estaban tensadas al máximo. Los hechizos de vinculación, de los cubos Manticron se veían deformados constantemente bajo la presión de la fuerza de voluntad del demonio.

Illidan masculló una palabra mágica. Los generadores de magia resplandecieron y se produjo una sobrecarga de energía vil, Magtheridon chilló. El olor a carne quemada de demonio impregnó el aíre.

—¿Qué se siente al haber sido derrotado por un fracasado como yo? —inquirió Illidan.

El señor del foso agitó su cola enorme, lo que le causó más dolor al entrar en contacto con los hechizos de vinculación.

—¿Crees que me has derrotado? —replicó Magtheridon con una voz áspera. Su respiración sonaba como un trueno ahogado incluso dentro de esa vasta estancia.

—Según parece, eres demasiado estúpido como para darte cuenta de que has sido derrotado. Por lo visto, crees que hallarte encarcelado es una señal de victoria.

Illidan envió otra descarga de energía a través de esas cadenas. El bramido agónico de Magtheridon estuvo a punto de dejarle sordo. El señor del foso se derrumbó como un toro al que un carnicero acabara de sacrificar. Por un momento, yació en el suelo jadeando. Acto seguido, se puso de rodillas.

—No soy el único que ha sido derrotado —afirmó Magtheridon, con un cierto tono sardónico en su voz—. Me pregunto qué dirá lord Kil’jaeden cuando se entere de tu último fracaso. Creo que esta era tu última oportunidad.

—¿Cómo sabes que he fracasado? —inquirió un Illidan picado por la curiosidad. En las semanas que habían transcurrido desde que había regresado de Azeroth, se había estado recuperando de sus heridas y reuniendo fuerzas para este momento. ¿Acaso algunos de los carceleros habían cometido el error de hablar con el señor del foso? Si era así, se aseguraría de que no volvieran a cometer ese fallo.

—Vamos, pequeño Illidan. No hace falta que uno sea tan listo como tú para saber tales cosas. Puedo ver ese arañazo tan feo que tienes en el costado. No hace falta poseer una gran inteligencia para deducir lo que ha pasado desde que marchaste. Estás impregnado del hedor de los muertos andantes y de la peste de esa gran espada llamada Frostmourne. Te has topado con Arthas, ¿verdad? Y te ha derrotado.

Era cierto. Illidan había ido a Azeroth, había luchado contra ese caballero de la Muerte renegado y había perdido. Con esa derrota, Illidan había perdido su última oportunidad de destruir al Rey Lich y aplacar la ira de Kil’jaeden. Sin embargo, eso, en última instancia, poco importaba. Tarde o temprano, habría acabado enfrentado con el señor demoníaco.

—Sí, sí, pequeño Illidan. Percibo el olor a telarañas y muertos andantes, así como el sutil hedor de extrañas pestes; además, sé que todavía sigues cerrando las puertas que la Legión ha abierto en Outland. A pesar de tus hechizos de vinculación, soy capaz de percibir tales hechicerías. Así no lograrás escapar de la ira de Kil’jaeden ni salvar Azeroth. Tal vez logres demorar un par de años la invasión de tu querido mundo natal, pero no podrás impedirla.

Con suma indiferencia esta vez, Illidan lanzó otra descarga muy dolorosa contra el señor del foso. Magtheridon logró permanecer erguido, y un gesto desafiante cobró forma en sus labios. En realidad, Illidan no quería matarlo, ya que Magtheridon todavía le era muy útil. Observó detenidamente la brillante aura del demonio. Ya casi estaba lo bastante débil. Casi. Illidan necesitaba arrebatarle un poco más de poder a Magtheridon, necesitaba aplastar un poco más su fuerza de voluntad.

—¿Te molesta saber que no vas a estar ahí, señor del foso?

Magtheridon se rio.

—Sí, pequeño Illidan, así es. Gozaría mucho participando en la destrucción de tu patético mundo. Gozaría quemando tus adorados bosques. Los chillidos de un millón de seres al ser sacrificados me proporcionarían un gran placer. Sí, me fastidiará no poder participar en la conquista de tu mundo, pero habrá otros. Todavía quedan unos pocos más que arrasar antes de que llegue el triunfo definitivo de la Legión. Es una pena que me hayas privado de toda posibilidad de gozar de esos placeres, pequeño Illidan. Sé que hay una parte de ti que también disfruta con estas cosas. Ambos lo sabemos. El gran Kil’jaeden no será para nada considerado cuando se vengue de ti. No es conocido por su piedad, precisamente. Y a ti no te mostrará ninguna misericordia. Has cambiado de bando por última vez, Traidor.

Illidan envió otra descarga de energía vil a través de las ataduras. Presa de una tremenda agonía, Magtheridon chilló. Illidan dejó que la energía siguiera fluyendo hasta que los alaridos del demonio amenazaron con hacer añicos la bóveda de piedra que se alzaba sobre él. Dejó que fluyera hasta que consideró que había llegado el momento adecuado. Sí, el señor del foso ya se encontraba lo bastante débil. Había llegado el momento.

—Akama, entra —ordenó Illidan.

La puerta de la cámara se abrió y Akama entró, con los hombros hundidos y la cabeza gacha. Unos tentáculos largos y húmedos emergían de la capucha de su túnica. Arrastrando los pies, se acercó al estrado sobre el que se hallaba Illidan. Akama no dejó de mirar en ningún momento al señor del foso encadenado. Sin duda alguna, temía a Magtheridon tanto como lo odiaba por haber profanado el Templo de Karabor. En sus ojos había malicia además de miedo. Magtheridon habló con voz entrecortada:

—Dime, Tábido, ¿el Traidor ya les ha devuelto su querido templo?

—¿Qué deseas de mí, maestro? —preguntó Akama, quien ladeó la cabeza para mirar a Illidan, aunque estaba claro que pretendía mantener al señor del foso dentro de su campo de visión periférica.

—Dime, Akama, ¿qué ves? —inquirió Illidan.

—Veo a Magtheridon encadenado. Veo que hay unos grandes hechizos activos para poder retenerlo. Veo que te alzas triunfal sobre tu enemigo caído.

Illidan sonrió.

—¿No tienes curiosidad por saber por qué lo he mantenido con vida?

—Sí, milord.

El gorgoteo de las risotadas de Magtheridon retumbó por toda la sala. Aunque esas carcajadas estaban teñidas de dolor también había un perverso júbilo en ellas.

—Quiere mi sangre, Tábido. Pero no del mismo modo que tú.

Akama frunció el ceño. Si bien la sombra de su capucha habría ocultado su semblante a un individuo dotado de una vista normal, Illidan no tuvo ningún problema para verlo.

—¿Qué quiere decir esta criatura, señor?

—Básicamente, tiene razón. Aunque su sangre se puede usar para diversos fines, también contiene el elemento secreto que permite crear orcos viles. Puede ser destilada para obtener un elixir que confiere a los orcos poder y ferocidad.

—¿Por qué deseas hacer algo así, maestro? —preguntó Akama.

—Porque necesito un ejército, leal Akama. La Legión Ardiente viene a por nosotros y hay que enfrentarse a esos demonios. —Se dio un fuerte puñetazo en la palma de su otra mano—. Deben ser derrotados. Da igual lo que cueste. Da igual el precio a pagar.

—Pero crear más de esas criaturas nauseabundas es… una abominación, lord Illidan. Perdóneme por ser tan franco, pero es cierto.

—Has herido la sensibilidad de tu mascota, pequeño Illidan —dijo con una voz estentórea Magtheridon—. Y he de señalarte que no es la primera vez. Es una criatura muy sensible. Y también muy traicionera. Sí, su corazón es como un libro abierto para mí, aunque tú estés demasiado ciego como para poder verlo.

Illidan pronunció una palabra mágica y, al instante, Magtheridon cerró violentamente la boca. Sus palabras quedaron reducidas a unos gruñidos ahogados y jadeos que no tenían ningún sentido, Illidan albergaba ciertas dudas sobre Akama, al igual que dudaba de cualquiera de sus seguidores, pero era algo que no dejaba que se notara; además, era absurdo dejar que Magtheridon abriera alguna fisura en la lealtad de Akama al hacerle creer que se hallaba bajo sospecha.

—Necesitamos un poderoso ejército, Akama, y lo necesitamos ya; si no, las innumerables fuerzas invasoras de la Legión nos derrotarán muy fácilmente. Y ahora haz lo que te diga cuando te diga que lo hagas.

Akama juntó ambas manos e hizo una reverencia, de tal modo que los tentáculos de su rostro rozaron el suelo. Illidan extendió los brazos y las alas aún más y blandió una Guja de guerra de Azzinoth en cada mano. Entonó un cántico, y las fuerzas mágicas se doblegaron ante su voluntad. Magtheridon se revolvió bajo esas ligaduras, de tal manera que flexionó esos enormes músculos para intentar probar la resistencia de esas cadenas. Daba la impresión de que al señor del foso no le hacía tanta gracia que le drenaran la sangre como dejaba traslucir.

Illidan dio un paso al frente y se elevó de un salto en el aire, con las alas flexionadas para que lo mantuvieran ahí un instante. A continuación, se retorció, siguiendo los movimientos de una tremenda danza ritual, trazando círculos cada vez más cerca de Magtheridon, a la vez que esas hojas giraban en sus manos. Entre tanto, canturreaba unas palabras malignas en el antiguo idioma de los demonios. Unas estelas de fuego aparecieron bajo sus hojas mientras las giraba, tejiendo así una intricada red de energía.

Alcanzó a Magtheridon y lo rajó. Las hojas arrancaron varios trozos de carne al demonio. Una sangre verde manó de las heridas, goteó por las piernas enormes como columnas del señor del foso hasta formar un charco a sus pies. Illidan se giró y volvió a abrirle varias heridas, de las que brotó aún más sangre; no obstante, esas hojas nunca se hundían más que unos cuantos centímetros y cada corte no era más que un rasguño en la gruesa piel del demonio. La sangre manaba a borbotones. Unas gotitas salpicaron la cara de Illidan, quien se relamió; el fuerte sabor hizo que notara un cosquilleo en la lengua.

Sentía que la energía fluía a través de él. Pero como la sangre de aquel demonio era como una droga, tuvo que refrenarse, pues sintió la tentación de meter las manos en ese charco para bebérsela; era consciente de que las fuerzas que obtendría gracias a ella no merecían pagar el altísimo precio que eso conllevaría.

Pero ¿qué más daría?, se preguntó una parte de él. No había mayor placer que beber la sangre de sus enemigos demoníacos e imbuirse de su poder. Lo necesitaba, puesto que le permitiría matar a más demonios y absorber su energía hasta que llegara el momento en que fuera tan fuerte como para poder enfrentarse al propio Kil’jaeden.

Por el rabillo del ojo, pudo ver el gesto de horror dibujado en la cara de Akama, lo cual le recordó que había otro propósito en todo aquello aparte de la mera diversión. Necesitaba esa sangre para otros fines. La necesitaba para formar un ejército, para otorgar a los clanes orcos que lo rodeaban el poder que ansiaban para poder derrotar tanto a sus propios enemigos como a los de Illidan.

—¡Ahora, Akama! —exclamó—. Encauza la sangre. Haz que fluya por los canales.

Akama lanzó el hechizo. La sangre reaccionó ante él lentamente. La corrupción demoníaca que anidaba en su interior se resistía a plegarse ante la magia de Akama. Ese plasma se arremolinó y dividió, para fluir por los canales tallados en el suelo. La magia de Akama se tomó más intensa mientras extraía más y más poder. Los chorros se retorcieron y dieron vueltas sobre sí mismos en el aire y luego fluyeron hacia los conductos. El líquido atravesó un sistema de tuberías que conducía hasta unos tanques alquímicos donde era recogido. Illidan sonrió. Había conseguido el primer elemento que necesitaba. El hechizo se mantendría activo por sí solo durante horas.

Era hora de ponerse manos a la obra.

Illidan recorrió esa galería tan larga a grandes zancadas, mientras contemplaba a los orcos que yacían ahí en camillas. Unas pipetas conectaban a cada uno de ellos a un tanque donde burbujeaba un fluido verduzco, que les era introducido en las venas. Unas runas grabadas en su piel guiaban a la magia. Unos encorvados sirvientes mo’arg iban a gran velocidad de un orco a otro, para comprobar cómo iba el proceso. Cuando sus garras metálicas chocaban contra los tubos, se oía un tintineo. Sus ojos demoníacos centelleaban con un júbilo impío. Akama observaba todo con un gesto de repugnancia que no pretendía disimular para nada.

—Esto es una abominación, lord Illidan —aseveró.

—Eso ya lo has dicho. Pero es necesario.

—¿Estás totalmente seguro de ello, milord?

—Estoy totalmente seguro de que no deseas afrontar las consecuencias que acarrea cuestionarme, ¿verdad?

La sangre de Magtheridon seguía afectando a Illidan, ya que una ira muy sutil estaba distorsionando sus pensamientos; ese era uno de los peligros que conlleva lo que había estado intentando hacer.

—No pretendía faltarle al respeto, milord.

Un orco dormido se revolvió, apretó los dientes y movió los dedos, como si se retorciera entre las garras de alguna pesadilla tenebrosa. Sin ningún género de dudas, esa criatura también sufría las secuelas de que la sangre del señor del foso circulara por su organismo, la cual estaba recibiendo de manera destilada y reforzada mágicamente. Se le había enrojecido sumamente la piel. Su epidermis parecía más gruesa y con un aspecto más basto. Sus músculos habían aumentado de tamaño y sus uñas se habían convertido en garras. En sus ojos podía atisbarse un leve fulgor a pesar de que tenía los párpados cerrados.

—A medida que se perfeccione el proceso, serán más grandes y pesados — comentó Akama.

—Son los efectos del suero. Los volverá más fuertes y rápidos.

También logrará que se curen con más celeridad.

—Pero ¿a qué precio, maestro?

—Serán repugnantes y fieros, se enojarán con rapidez y matarán con rapidez. La ira, el odio y el ansia de batallar los dominarán por entero.

—¿No hay manera de mitigar esos efectos secundarios a la vez que preservamos los cambios que necesitamos?

—Necesitaremos que sean así. Ya sabes cómo es la Legión Ardiente. Has sentido su ira. Si queremos tener alguna oportunidad, necesitamos que sean así de feroces y letales.

—¿De verdad crees que la Legión podrá ser derrotada aquí, milord?

—Creo que podrá ser contenida aquí.

—Entonces, únicamente pretendes proteger tu mundo natal de Azeroth y, para conseguirlo, transformarás este mundo en un campo de batalla.

—Este mundo ya es un campo de batalla, Akama. Y no, no pretendo defender únicamente Azeroth. Pretendo salvamos a todos.

—¿Y cómo pretendes hacer eso, señor? ¿Transformándonos en aquello a lo que nos enfrentamos?

Akama señaló de manera muy elocuente al orco acostado, cuya frente era más pronunciada y cuyos colmillos eran más largos. De repente, la criatura abrió los ojos y agarró a Illidan, rompiendo la correa que lo mantenía tumbado en la camilla. Le apretó con fuerza y sus uñas que parecían garras se le clavaron profundamente. El elfo se soltó violentamente y le propinó un golpe tan fuerte en la tráquea que se la rompió. Mientras la criatura se retorcía, Illidan le agarró la cabeza con ambas manos y le partió el cuello con un solo giro violento. A continuación, miró a Akama y sonrió; la sangre vil todavía le afectaba y había gozado asesinando a ese orco.

—Creo que ese era demasiado fiero.

—Creía que no había nadie más fiero que nuestros enemigos.

Illidan estalló en carcajadas.

—Me caes bien, Akama, pero no pongas a prueba mi paciencia. No estoy aquí para hacer juegos de palabras, sino para ganar una guerra.

—Igual que todos, señor. Solo espero que todos estemos luchando la misma.

Akama contempló desde las almenas cómo las primeras tropas del nuevo ejército salían por las puertas de la Ciudadela del Fuego Infernal. Había transcurrido una semana desde que Illidan había iniciado la creación de una nueva hornada de orcos viles. Decenas de miles de guerreros mutados avanzaban a zancadas al unísono, maldiciendo, aullando y gruñendo. Blandían esas armas para saludar de un modo tosco a Illidan. Él les agradeció ese gesto agitando la mano perezosamente. Parecía satisfecho, puesto que su poderío militar había aumentado y ya no necesitaba depender del apoyo de Kael’thas y Vashj. Ahora contaba con unos ejércitos a la altura de sus poderes mágicos; en verdad, era el Señor de Outland.

—Se harán con el control de todas las tierras de la Península del Fuego Infernal —dijo Illidan—. Después, cerraremos las puertas de la Legión y demoraremos el avance de los demonios.

—Sinceramente, eso espero —replicó Akama, quien, ahora más que nunca, estaba convencido de que había hecho un pacto con el demonio. Transformar a los orcos era un plan demencial. Básicamente, Illidan se estaba convirtiendo en un nuevo Magtheridon. En realidad, tal vez incluso en algo mucho peor—. Una vez conseguidos esos objetivos, ¿devolverás el Templo de Karabor a mi pueblo, señor?

—Por supuesto, Akama. Jamás lo dudes.

Sin embargo, Akama tenía muchas dudas. Acarició la piedra con runas talladas que llevaba en la bolsa y percibió la magia que anidaba en su interior, mientras pensaba en la celadora, en la elfa de la noche que tenía su gemela.

—Prepárate para partir —le ordenó Illidan—. Mañana regresaremos al Templo

Oscuro.

Illidan entró en la Cámara de Mando; la sala de reunión de su consejo en el Templo Oscuro. Akama lo seguía renqueando. Varios Tábidos iban de aquí para allá, colocando los últimos accesorios en su sitio. Unos grandes tapices con el símbolo de Illidan bordado pendían de la pared. Una mesa enorme, que mostraba un mapa tallado en tres dimensiones de Outland, ocupaba casi todo el espacio. Un grupo de elfos de sangre estaba arremolinado alrededor de él. Se volvieron e hicieron una reverencia en cuanto vieron a Illidan. No cabía duda de que su repentina irrupción les había pillado por sorpresa.

La hermosa lady Malande alzó una mano a modo de lánguido saludo.

—Lord Illidan, el príncipe Kael’thas lamenta no poder estar aquí presente. Ha partido con un ejército a cerrar la puerta de la Legión en Tormenta Abisal y…

Antes de que pudiera concluir la explicación, el sumo abisálico Zerevor la interrumpió:

—Las defensas mágicas del templo han sido reparadas, lord Illidan. Se hallaban en un estado lamentable, pero…

Gathios el Devastador, que era muy ancho para ser un elfo de sangre e iba embutido en una armadura pesada propia de un paladín, le interrumpió a su vez:

—No hay el más mínimo rastro de actividad de la Legión en el Valle Sombraluna, lord Illidan. Las puertas siguen tan cerradas como el día que las sellamos; asimismo, no hay ningún indicio de que haya habido ninguna manifestación demoníaca.

Veras Darkshadow apoyó la espalda contra la mesa y cruzó los brazos; unos brazos cubiertos de cicatrices. Era el único que no parecía sentir la necesidad de pelear por la atención de Illidan con el resto de sus camaradas. El Traidor hizo un gesto de negación con la cabeza. Estos elfos de sangre parecían no tener nada mejor que hacer que conspirar unos contra otros para ganarse su favor. No era de extrañar que Kael’thas los hubiera dejado ahí. Aun así, eran muy eficientes como organizadores y brillantes en sus respectivos campos. Eran la flor y nata de las fuerzas sin’dorei en Outland. Habían decidido llamarse el «Consejo Illidari», lo cual tal vez fuera una buena muestra de su soberbia.

Illidan levantó una mano y los miró fijamente hasta que todos se callaron.

—Estamos en guerra con la Legión —le dijo a Gathios—. ¿Acaso tengo que recordarte que el señor demoníaco Kil’jaeden está muy disgustado conmigo? Pronto lo dejará bien claro.

Un silencio sepulcral reinó en la cámara. Lo único que se oía era la ruidosa respiración de Akama. Los sin’dorei parecían asustados. Eso es bueno, pensó Illidan. El miedo tal vez lograra mantenerlos con vida. Ladeó la cabeza para que Zerevor fuera consciente de que tenía toda su atención y le preguntó:

—¿Estás seguro de que los hechizos ya están preparados? Tal vez pronto sean sometidos a prueba.

Este respiró hondo y meditó con mucho cuidado lo que iba a decir:

—Lo están, lord Illidan. Me jugaría el cuello.

—Eso está bien —replicó Illidan—. Porque eso es justo lo que están haciendo. Todos se están jugando el cuello. —Entonces, se giró hacia Malande—. Envía un mensaje al príncipe Kael’thas para informarle de la situación. No quiero que corra ningún riesgo innecesario. Después de mí, es el objetivo principal de Kil’jaeden.

—Así se hará, lord Illidan. Me ocuparé inmediatamente de ello.

—Veras…, ¿has hecho lo que te pedí?

—Por supuesto, lord Illidan. Nuestros mejores rastreadores han peinado las rutas que llevan hasta la Ciudadela del Fuego Infernal y han interrogado a los líderes de los clanes de los orcos viles. Unos cuantos elfos montados a lomos de sables de la noche fueron divisados en las colinas que rodean el camino el día de tu desfile triunfal. Mataron a un grupo de orcos viles y lograron escapar. Uno de ellos portaba una armadura bruñida como la de la celadora Shadowsong.

Illidan les mostró los colmillos y sus subalternos se encogieron de miedo. Había estado en lo cierto. Ese día, había visto a Maiev. Debería haber ordenado peinar las colinas de inmediato, pero en esos instantes estaba usando todo su poder para contener a Magtheridon; además, tampoco estaba seguro del todo de que fuera ella. La necesidad de epatar a los clanes haciendo gala de su gran poder se había impuesto sobre sus suspicacias. Habría dado señales de debilidad si hubiera interrumpido la marcha triunfal de todo su ejército para ir en busca de un puñado de elfos de la noche. No obstante, pensar que ella había estado tan cerca de él lo enfurecía.

—Vas a dar con Maiev Shadowsong, Veras. Vas a asignar a varios agentes la misión de investigar exhaustivamente todos los rumores que surjan sobre ella. Ansio brindarle la misma hospitalidad que me brindó a mí.

—A la orden, lord Illidan —respondió Veras, quien abandonó la cámara sin hacer ningún ruido.

—Y tú, Gathios. Quiero que te cerciores de que los centinelas permanecen alerta, y de que un destacamento esté preparado para responder ante cualquier amenaza.

—Eso ya está hecho, lord Illidan. —Gathios estuvo callado un instante y prosiguió—: Me he tomado la libertad de inspeccionar las defensas del Templo Oscuro en busca de puntos débiles. El sistema de alcantarillado es un punto especialmente flaco. Mientras te hallabas ausente, he consultado el tema con lady Vashj, quien me sugirió que uno de sus campeones, el gran señor de la guerra Naj’entus, debería vigilar las cloacas, apoyado por un grupo selecto de otros de sus hombres.

—Es un deber desagradable, pero muy necesario —aseveró Illidan.

—Entonces, ¿aprueba esa medida, lord Illidan?

—Por supuesto. Todos han obrado bien. Esperemos que sea suficiente.

Akama, Gathios, Malande y Zerevor abandonaron la cámara para ocuparse de sus obligaciones, dejando a Illidan ahí, contemplando el mapa de Outland. Pronto los ejércitos se desplazarían por este terreno y la guerra arrasaría esas tierras, así que sería mejor que se fuera preparando, pues tenía mucho que hacer y muy poco tiempo para hacerlo. Había llegado el momento de pasar a la siguiente fase de su plan. Debía reclutar a otros como él: a gente dispuesta a combatir a la Legión convirtiéndose en aquello que más odiaba.

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1 comentario

    • Cindy el 21 agosto, 2019 a las 10:20 pm
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