Illidan – Capítulo Tres

IllidanCuatro años antes de la Caída

Maiev cabalgaba hacia la aldea Tábida del Puerto Orebor. Se relamió los labios. Le picaba la lengua allá donde esta había rozado las esporas, que estaban en todas partes; en su pelo, en su ropa. Las esporas se acumulaban detrás de las orejas y en las mangas de las camisas empapadas de sudor; además, provocaban que un hongo le creciera a sus seguidores en la piel, el cual solo podía quitarse limpiándose cuidadosamente y utilizando magia sanadora.

Aunque siempre había pensado que la Península del Fuego Infernal era un lugar terrible, esto era mucho peor de lo que había imaginado. La entrada a Outland era un desierto infernal repleto de orcos viles y monstruos espantosos, pero la Marisma de Zangar era algo mucho más siniestra y extraña. Era un lugar caluroso, húmedo y oscuro. Unas setas colosales, más grandes que los imponentes robles de Vallefresno, tapaban el sol. Unos seres voladores, que recordaban a unas mantarrayas, revoloteaban entre las sombras, y unas cosas que parecían en parte medusas y en parte unos bichos muy raros flotaban en el aire.

Si bien era cierto que ahí había pocos orcos, también lo era que había otras amenazas. Tras abrirse paso de manera violenta entre esa hueste de devastadores, los Celadores habían sido atacados por una seta gigante ambulante. Luego, habían caído en la emboscada de unos ogros y los había asaltado un enjambre compuesto de unos insectos enormes. Después de haber sido picada, Kolea había muerto cuando unas diminutas larvas le habían brotado de la piel; esas alimañas le habían devorado los ojos y el cerebro. Otra muerte más de la que, en última instancia, era responsable Illidan.

Maiev deseaba contemplar una vez más la belleza de Darnassus. Habría dado diez siglos de su vida solo por respirar su aire puro y pasear por sus plazas espaciosas, por escuchar a sus bardos y cantantes. Reprimió ese deseo y se maldijo por ser tan débil. Era absurdo desear lo que no podía tener.

Daba la impresión de que el Puerto Orebor eran las ruinas de lo que en su día podría haber pasado por ser una civilización por esos pagos. Ahora, únicamente había chozas desvencijadas construidas sobre lo que antaño había sido la base de mármol de una gran plaza. Un agua estancada y apestosa rodeaba el enorme plinto. Las cimas escarpadas de unas altas montañas se alzaban imponentes sobre él. Por doquier, los Tábidos renqueaban. Miraban fijamente a los elfos de la noche, como si nunca hubieran visto a algún ser de esa raza. Un par de ellos extendieron los brazos y les mostraron unas manos vacías, mientras pedían limosna, pero la mayoría evitaba mirarlos a la cara, con unos ojos cansados y teñidos de derrota. Maiev tenía la sensación de que esos seres ni siquiera alzarían las manos para protegerse a sí mismos. No tenían madera para ser unos buenos aliados.

No obstante, no todos eran así. Algunos portaban armas y las observaban con atención. A lomos de su montura, se acercó a uno de ellos, al que miró y dijo:

—¡Dime dónde está Akama!

El Tábido los escrutó; primero a ella y luego a sus seguidores. Al principio, pensó que no le iba a responder, pero entonces señaló con el pulgar en dirección al centro del pueblo.

De algunas de esas chozas surgían lloros. En cuanto captó el olor a carne podrida, se le dilataron las fosas nasales. En este entorno, las heridas se agravaban con suma facilidad. A veces, las esporas se metían en los cortes y se aferraban a la carne infectada como el moho al pan viejo. Una vieja Tábida pasó cojeando a su lado, cuyas pezuñas chapotearon en los profundos charcos de esa mampostería destrozada, con la mirada clavada en el suelo, sin prestar ninguna atención a esos desconocidos ni a su entorno; parecía demasiado sumida en su propia miseria como para poder ver más allá de ella.

—¿De qué se alimenta esta gente? —preguntó Anyndra con cierto tono de contrariedad. Sin lugar a dudas, los Tábidos habían despertado su compasión.

—De moho y de los insectos que son capaces de capturar, seguramente — respondió Maiev. Eso era precisamente lo que habían comido los suyos durante días. Si bien la flora y la fauna podían ser muy extrañas, eran comestibles. Al menos, por ahora, no se habían intoxicado con nada. Aunque siempre cabía la posibilidad de que esos alimentos contuvieran ciertas toxinas que actuaban lentamente y cuyos efectos aún no hubieran notado, los hechizos de Maiev no habían descubierto ningún veneno en ellos—. Además, hay peces en esos lagos que hemos visto de camino aquí, así como otras cosas.

—Sí —replicó Anyndra, mientras, sin duda alguna, recordaba las descomunales hidras con forma de reptil que los habían atacado— . Supongo que sí. ¿De verdad crees que ese tal Akama será capaz de ayudarnos? —Entonces, señaló todo cuanto les rodeaba—. No da la impresión de que sea capaz de ayudar siquiera a su propio pueblo.

A pesar de que Maiev estaba de acuerdo, no quería expresarlo en voz alta. Su gente no necesitaba otro duro golpe que hiciera decaer aún más la moral. Por delante, otro centinela Tábido se cernía amenazador.

—Akama —dijo la celadora.

El soldado señaló con un gesto hacia una pequeña choza situada en el borde de la plaza. Un grupo de guardias ataviados con una ropa de color gris ceniza se hallaban ahí, mirando en dirección hacia ella. Aunque no parecían hostiles, tampoco parecían muy amistosos.

Maiev se acercó cabalgando hacia ellos y les dijo:

—Busco a Akama.

Por un instante, los Tábidos no reaccionaron, fue como si no la hubieran oído; entonces, como si alguien hubiera hecho una silenciosa seña, se apartaron a un lado y le dejaron vía libre para entrar en el interior de la choza.

Anyndra y los demás la siguieron de cerca. Mientras se aproximaban, los guardias bajaron sus picas, bloqueándoles el paso.

—Solo tú puedes entrar —le espetó el que tenía una insignia, que parecía indicar que era una especie de oficial—. Si eres la que llaman Maiev Shadowsong.

La tensión se palpaba en el ambiente. Los Celadores no querían dejarla sola, puesto que podía estar adentrándose en una trampa. Por otro lado, si esta gente podía llegar a ser su aliada, la celadora no quería que surgieran problemas; además, era capaz de cuidar de sí misma, tal y como descubriría cualquiera que intentara asaltarla.

—Esperen aquí —les ordenó a los Celadores.

Sarius la miró directamente a la cara y ella asintió. El druida se separó del grupo y se adentró entre las sombras de un montón de escombros, de las que no salió con su propia forma, sino como un gran pájaro, que se subió a saltitos a la cima del montón para contemplar lo que había a su alrededor con unos ojitos redondos y brillantes.

Las guardias permanecieron impasibles. Maiev entró en la choza y, de inmediato, se percató de que una niña Tábida lloriqueaba. En el centro de esa estancia, junto a un fuego, un Tábido extrañamente deforme se inclinó hacia delante y le acarició a la niña la frente. Masculló algo y, acto seguido, Maiev notó un flujo de energía; no obstante, no se trataba del fluir retorcido de la magia arcana, sino de algo distinto. La celadora no bajó la guardia, pues había muchas formas de ocultar la maldad en la magia.

La niña se calmó y el Tábido se inclinó aún más y le susurró algo al oído. Entonces, fluyó aún más energía. El lloriqueo cesó y fue reemplazado por una respiración regular y unos leves ronquidos en ningún modo elegantes.

El Tábido se enderezó y se volvió hacia ella. Le costaba hablar, pero eso no era solo cosa de la edad. Daba la impresión de que tenía que hacer un gran esfuerzo para que las palabras brotaran de sus labios, como si el mero hecho de hablar le resultara doloroso:

—Pensaba que podría hacer un poco el bien mientras te esperaba.

—Se calló como si necesitara descansar. Respiraba fatigosamente—. Rosaría tenía fiebre por culpa de un enfisema pulmonar, pero creo que ya se lo he curado. Si reposa en un lugar seco donde haga calor, debería recuperarse del todo.

—Tú eres Akama —afirmó Maiev.

—Sí, soy Akama, el líder de los Ashtongue.

—En tu mensaje decías que querías hablar conmigo —replicó la celadora. —¿Eres Maiev Shadowsong?

—Siento curiosidad por saber cómo has llegado a saber mi nombre.

—Él lo mencionó.

-¿Él?

—Aquel al que llaman el Traidor.

Maiev hizo ademán de coger su media luna umbría. Akama no reaccionó de ningún modo. Simplemente, le mostró las manos, para indicarle que no iba armado; sin embargo, eso daba igual, puesto que ya le había demostrado que dominaba el arte de la magia.

—¿Qué sabes acerca del Traidor? —preguntó Maiev.

—Ay, demasiado, para mi pesar. Acompáñame. Tú y yo tenemos mucho de qué

hablar.

Acto seguido, señaló hacia la entrada posterior de la choza. Tal vez fuera solo un ardid para separarla del resto de sus tropas. Si fuera así, Sarius estaría vigilando tras haber asumido otra forma; además, era más que capaz de defenderse ella sola.

—Después de ti —le dijo, a la vez que señalaba de manera cortés hacia la puerta.

Akama asintió y avanzó renqueando, dándole así la espalda, como si de esta manera quisiera demostrarle que no temía que ella lo atacara a traición.

Salieron por la parte posterior del edificio. Unas casas derruidas los rodeaban. Había basura desparramada por esa estructura medio en ruinas, la cual estaba cubierta de moho, ya que en aquel lugar crecía en todas partes. Unos insectos relucientes zumbaban a su alrededor, mientras comían de manera voraz. Maiev arrugó la nariz.

Akama dijo:

—No siempre fue así. Antaño, el Puerto Orebor fue un lugar hermoso.

—Tendré que fiarme de tu palabra.

—Deberías hacerlo. El mundo ha cambiado desde que Ner’zhul provocó tanta destrucción. En su día, esto fue el corazón de una civilización, un lugar donde aprender, un eje comercial.

—Resulta difícil de creer.

—Deberías haber visto este sitio cuando decenas de miles de mis congéneres caminaban por aquí, admirando las estatuas, contemplando sus elegantes casas.

—No he venido aquí a comprar una morada, sino en busca de un aliado.

Akama alzó la vista hacia ella.

—No eres el primero de tu raza que me dice eso.

—Illidan no pertenece a mi raza. Renunció a todo derecho a ser considerado un elfo de la noche hace mucho tiempo, cuando selló un pacto por primera vez con la Legión Ardiente.

—Aun así, en su momento, fue un gran héroe para tu pueblo, según él.

—Sí, según él. Yo podría contarte algo muy distinto.

Dejaron atrás los mojones que marcaban los lindes del pueblo y llegaron a la orilla de un lago vasto y sereno. En esas aguas, había islotes aquí y allá. Unos descomunales insectos revoloteaban y zumbaban por encima de su superficie. Akama se detuvo junto a un pequeño y tranquilo estanque, donde el agua se hallaba más clara; no obstante, unas tenues motas de esporas flotaban en su superficie y unas siluetas envueltas en sombras se movían en sus profundidades.

—Probablemente, debería creerte —apostilló Akama, quien, a renglón seguido, señaló a un banco de piedra un tanto desconchado que daba al lago—. Por favor, siéntate.

Maiev permaneció de pie. Sin ningún disimulo, acercó la mano hacia la empuñadura de su arma.

Tal vez Akama quisiera mostrar una sonrisa, pero al hacer ese gesto, mostró sus amenazadores colmillos.

—Aquí nadie pretende hacerte daño, pero haz lo que estimes oportuno. Hablemos sobre el Traidor.

Maiev había estado esperando a que le diera pie para hablar al respecto.

—Es un ser de una gran maldad, de una perversidad infinita. Hace mucho, hace más de diez mil años, tal y como medimos el tiempo en Azeroth, nos traicionó y vendió a la Legión Ardiente. Durante diez mil años, lo vigilé para asegurarme de que pagara por sus crímenes. Al final, gracias a la traición de una asesina que no sabía realmente lo que estaba haciendo, escapó de mi vigilancia y huyó de mi ira hasta llegar a este lugar. Es un hechicero aterrador, ducho en maldades que no puedes ni…

Akama alzó una mano, con la palma hacia fuera.

—Todo eso ya lo sé. He hablado con él, he luchado junto a él…

Maiev miró a su alrededor, pues casi esperaba que, en cualquier momento, unos nagas emergieran del agua o unos elfos de sangre surgieran del sotobosque. Pero no sucedió nada.

Akama ladeó la cabeza y la observó, como si ese comportamiento le resultara curioso. La celadora habría llegado a pensar que su actitud le hacía cierta gracia, si no supiera que eso era imposible.

—¿Por qué sirves al Traidor? —inquirió Maiev, sin poder evitar que la ira tiñera su tono de voz. A pesar de que ante su cólera había demonios que se habían echado a temblar, Akama se limitó a encogerse de hombros.

—Porque se ofreció a ayudar a mi pueblo a recuperar el Templo de Karabor. Era el enemigo de mi enemigo.

Maiev clavó su mirada iracunda en los extraños ojos de su interlocutor. Akama bajó la vista hasta posarla sobre sus propios dedos entrelazados y lanzó un largo suspiro.

—¿Y ya no es ese el caso? —preguntó Maiev.

—No ha hecho ademán alguno de devolverle el templo a mi gente, y eso que lo tomamos hace más de un mes. Dudo mucho que alguna vez vaya a hacerlo. Me temo que hemos derrocado a nuestro anterior conquistador, a Magtheridon, únicamente para colocar en lugar del señor del foso a alguien peor. Illidan ha sellado un nuevo pacto con el señor demoníaco Kil’jaeden. Ha aceptado la misión de destruir el Trono Helado en su nombre. Según parece, nuestro lugar sagrado sigue en manos de la Legión Ardiente; simplemente, ahora tiene un nuevo líder.

—Y crees que yo puedo ser el enemigo de tu enemigo.

Akama asintió.

—Tú lo aprisionaste. Te odia y, a menos que esté muy equivocado, te teme. Posees un gran poder. Eso puedo percibirlo yo mismo.

Maiev esbozó fugazmente una sonrisa muy tenue y tan fría como una luna menguante.

—Tiene razón al temerme, pues me aseguraré de que vuelva a prisión o muera.

—Sí, supuse que esas serían tus intenciones.

El Tábido volvió la cabeza y contempló esas aguas como si esperara que fueran a revelarles alguna gran verdad. Entonces, habló con un tono monótono y carente de emoción.

—¿Y tal giro en los acontecimientos te resultaría aceptable también a ti? — preguntó Maiev, quien ya sabía la respuesta. Por mucho que aquel Tábido se presentara como un santo sabio, era un ser traicionero; el mero hecho de que hubiera servido al Traidor y que ahora se hallara aquí lo demostraba; no obstante, podría serle útil, puesto que, según sus mismas palabras, él era el enemigo de su enemigo.

—Si no hay alguna otra manera de recuperar ese terreno sagrado…

—Akama respiró hondo de manera estruendosa, separó las manos y volvió a mirarla—. Pasé mi juventud en ese templo. Era… es un lugar sagrado. No permitiré que sea profanado de nuevo.

Maiev caviló al respecto. Daba la sensación de que esas palabras de Akama no iban dirigidas solo a ella, sino que también estaba hablando consigo mismo. Su voz estaba plagada de dolor y de un tremendo sentimiento de pérdida.

—Bueno, ¿y qué planeas hacer?

—Por el momento, no hay nada que podamos hacer.

—¿Qué? —Maiev no pudo evitar que la consternación se reflejara en su tono de voz. Sus nudillos palidecieron al apretar con fuerza la empuñadura de su arma. Había venido hasta este lugar para sufrir una emboscada o dar con un posible aliado. Su alma le pedía a gritos que entrara en acción. ¿Cómo podía ese detestable anciano quedarse ahí cruzado de brazos mientras Illidan campaba a sus anchas?

—Illidan es demasiado fuerte. Lo apoyan tanto el príncipe Kael’thas y lady Vashj. Creo que ya te has topado con ellos y lo has pagado muy caro.

—No les temo.

—Tal vez deberías hacerlo.

—Tú no eres nadie para decirme a quién debo temer o no.

Akama hizo un leve gesto con la mano izquierda para disculparse por lo que había dicho.

—Ya lo veo.

—¿Has venido aquí para implorarme ayuda y luego ocultarte de un modo cobarde entre estas ruinas? —Quizá no le había impresionado el tamaño del destacamento que había traído hasta ese lugar. Quizá no creyera que ella fuera capaz de dar caza a Illidan. Quizá había concluido que no estaba a la altura del desafío—. Pides mi ayuda, pero no me ofreces nada a cambio.

—Los elfos son… ¿Cómo es posible que vivan tanto y sean incapaces de aprender a ser pacientes? Hay un momento y un lugar para todo. La venganza es un plato que se sirve en frío.

—No busco venganza, sino justicia.

—Sí, veo que eso es lo que crees. —Esta vez estuvo segura de que hablaba con un tono burlón. Akama se volvió una vez más, con la mirada perdida en la lejanía. En ese instante, algo enorme emergió a la superficie y volvió a sumergirse chapoteando en el agua de nuevo. Uno de esos grandes insectos se desvaneció al mismo tiempo—. Esos pargos pueden esperar días enteros. Sin moverse.

Aletargados. Uno nunca los consideraría una amenaza. Pero en cuanto una presa se halla cerca, atacan. Son capaces de arrancarle un brazo con sus fauces.

—¿Tu plan consiste en imitar a un pez?

—A una anguila.

—No he venido aquí para recibir una lección de taxonomía marina.

Pero has venido para algo.

—¿Cómo voy a ayudarte si tú no me vas a ayudar?

—Cuando llegue el momento adecuado, te daré toda la ayuda que necesites. Pero no pienso permitir que mi pueblo sea masacrado innecesariamente por culpa de tu insensatez.

Maiev dejó de aferrar su arma. Dejó caer muertos los brazos y abrió y cerró las manos. Respiró muy hondo e intentó hallar una cierta paz interior. Poco a poco, su furia menguó.

—Muy bien. Al menos, cuéntame lo que está haciendo ahora mismo.

—Va a llevar a Magtheridon a la Ciudadela del Fuego Infernal.

—¿Por qué?

Akama se encogió de hombros.

—No me lo cuenta todo.

—Tal vez porque no confía en ti.

—Tal vez tenga alguna razón para ello.

El Tábido rebuscó algo dentro de una bolsa que llevaba colgando de la cintura. Sacó de ahí una pequeña piedra de aspecto basto que tenía inscritas unas extrañas runas. Le tendió la mano a Maiev y se la ofreció. Ella la miró pero no hizo ningún ademán de cogerla.

Podía percibir que había magia en su interior, aunque no poseía la maldad de la brujería vil ni la perversidad de la magia arcana; al menos, por lo que podía intuir.

—A través de esto, contactaré contigo cuando tenga algo que merezca la pena contarte. Yo llevo su gemela. —La piedra seguía en la palma de su mano—. Claro que si te da miedo cogerla, podremos buscar otro modo…

Maiev le arrebató la piedra de la mano. A pesar de que notó el cosquilleo de la magia a través de su guantelete, no sucedió nada terrible.

—Como desees.

Akama hizo una leve reverencia.

—Puedo ver por qué te teme. Se parecen demasiado.

Akama se marchó, dejando a Maiev contemplando su propio reflejo en el oscuro espejo que conformaba el lago. Ese rostro le devolvió la mirada, con un gesto donde se mezclaban frustración y furia. Se agachó, cogió un guijarro y lo tiró al agua, lo que provocó que las ondas distorsionaran su reflejo.

Regresar al índice de la novela Illidan

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.