Illidan – Capítulo Dos

IllidanCuatro años antes de la Caída

Maiev Shadowsong observó con detenimiento esa tierra reseca y se protegió los ojos del fulgor del colosal sol de Outland con una mano enguantada. Su mirada se desplazó del camino polvoriento hacia la ladera. Ahí captó el rápido movimiento de uno de sus extraños perseguidores, que se agachaba para no ser visto tras un peñasco situado en la pendiente que se encontraba por encima de ellos.

—Por lo que veo, nuestros amigos insectoides aún nos siguen — comentó Anyndra.

Maiev miró a su segunda al mando. Como todos los elfos de la noche, Anyndra era alta y esbelta, vestía el tabardo propio de los Celadores, que tenía pegado al cuerpo por culpa del sudor. Un pañuelo rojo impedía que su pelo verde le tapara los ojos. En otras circunstancias, Anyndra tal vez no hubiera sido su primera opción a la hora de ascender a alguien a teniente, pero tenía que arreglárselas con lo que había. Las treinta tropas que iban en fila a lo largo del camino situado detrás de ella eran las únicas que habían sobrevivido a la emboscada en la que les habían arrebatado a Illidan unas pocas semanas antes. Lady Vashj y el príncipe Kael’thas responderían por las muertes que habían causado al liberar al Traidor.

—Esos devastadores no se van a rendir —aseveró Maiev—. Tienen hambre.

—Tengo entendido que alimentan a sus crías con las presas a las que dan caza —señaló Anyndra.

Lo cual no sorprendió a Maiev. Outland era un lugar espantoso habitado por unas criaturas monstruosas. Incluso su armadura confeccionada con encantamientos no era capaz de neutralizar del todo aquel calor. Ojalá hubiera podido secarse el sudor que le perlaba la frente, pero el yelmo que le cubría el rostro por entero le impedía hacer eso, así que entornó los ojos para escrutar de nuevo la cresta de la montaña. Había más de esos hundidores allá arriba, muchos más, que al moverse se asemejaban a unas terribles arañas gigantescas.

En la lejanía, oyó el rugido potente y atronador de un atracador vil, una de esas titánicas máquinas de guerra que avanzaban estruendosamente por esos páramos áridos haciendo que se estremeciera la tierra a cada paso enorme que daban. Dos días antes, los Celadores habían logrado escapar a duras penas de uno de ellos, que había estado a punto de hacerlos picadillo bajo sus enormes pies hechos de metal demoníaco.

El sable de la noche de Maiev profirió un feroz rugido, como si así pretendiera responder a ese desafío. Las demás monturas felinas lo imitaron. Ladera arriba, un devastador apareció de repente para investigar rápidamente de dónde procedía aquel ruido.

—Podría clavarle una flecha en el ojo a ese devastador —aseveró Anyndra, a la vez que cogía una flecha con sus peculiares plumas verdes y rojas. Estaba muy orgullosa de su destreza con el arco y le gustaba demostrar su pericia siempre que tenía la oportunidad.

Maiev le brindó una sonrisa muy leve.

—¿Para qué molestarse? Hay miles más de esas criaturas. — Espoleó a su sable de la noche para que caminara dando pasos largos—. Déjenlos que nos sigan si quieren. Si atacan, les enseñaremos que han cometido una necedad; si no, no desperdiciemos unas flechas muy valiosas.

Las tropas la seguían en fila, escrutando el entorno con suma atención. Maiev sabía que iba a tener que vigilarlos de cerca. En Azeroth, nunca habría dudado de su compromiso con la misión, pero en este lugar las cosas eran muy distintas. Unos cuantos de sus soldados tenían una extraña mirada desde que habían atravesado el portal mágico para perseguir a Illidan.

Volvió a inspirar ese aire seco. Aunque había estado en sitios de Azeroth que eran tan áridos como este, había algo en la Península del Fuego Infernal que le hacía sentirse más sedienta que lo que se había sentido incluso en el desierto de Tanaris. Ahí, al menos, sabía que el océano se encontraba cerca, mientras que, por el momento, en este lugar no habían dado con ninguna evidencia de que tuviera un mar. Por lo que ella sabía, Outland era un mundo que flotaba en un gran vacío y donde el agua escaseaba.

—No se nos escapará, celadora —le aseguró Anyndra.

Maiev sacudió la cabeza, como si así quisiera despejar su mente de todo pensamiento. De esta manera, volvió a centrarse en la teniente y la tarea que tenían entre manos.

—Claro que no. No he cruzado ese espacio que hay entre los mundos para permitir que el Traidor eluda a la justicia.

—Aquí cuenta con aliados poderosos.

Anyndra hablaba con tono de voz suave y un tanto dubitativo. Los demás miembros del destacamento se habían sumido en el silencio. Escuchaban lo que Maiev tenía que decir.

—No importa lo poderosos que sean sus aliados, no escapará — aseveró Maiev y, a continuación, decidió responder sin rodeos las preguntas que sus tropas no se atrevían a formular—. Si logramos capturar a Illidan una vez, podremos capturarlo otra vez.

Anyndra adoptó un semblante imperturbable. Miró hacia la cima de la montaña como si así pretendiera ocultar a su líder cualquier tipo de dudas que pudiera albergar. Los devastadores continuaban correteando y escondiéndose mientras los seguían. Maiev miró a la derecha. Decenas y decenas de bestias que recordaban a insectos cubrían la otra pendiente, flanqueando el camino. Si hubiera más devastadores delante, Maiev y los suyos estarían cabalgando hacia una trampa, y no sería la primera en que caían en este lugar.

—La primera vez que lo capturamos no contaba con la ayuda ni de Kael’thas ni de lady Vashj —señaló Anyndra. No cabía duda de que tenían muy presente la manera en que los dos poderosos hechiceros habían rescatado a Illidan y masacrado a sus compañeros Celadores.

Maiev replicó:

—El príncipe Kael’thas es un renegado y un traidor. Lady Vashj es una abominación deforme. Si se interponen en nuestro camino, los mataremos.

Maiev no estaba del todo segura sobre cómo iba a poder hacer realidad esa amenaza; no obstante, decidió considerar esta cuestión como una mera distracción y dejó de pensar en ello. El príncipe elfo de sangre y la matrona naga no eran importantes. Illidan sí lo era. Tras haber pasado diez mil años vigilando a aquel ser malévolo en prisión, no estaba dispuesta a permitirle ahora que obrara el mal.

—¿Acaso crees que ese sabio Tábido será capaz de ayudarnos a combatirlo? ¿Ese tal Akama? —preguntó Anyndra.

—No lo sé, Anyndra —contestó—. Tal vez nos sea útil. O tal vez no. A la larga, eso no importa. Triunfaremos. Como siempre hemos vencido. Como siempre venceremos.

Anyndra apartó la mirada. Maiev dejó que reinara el silencio y centró su atención una vez más en el entorno. La magia había arrasado el paisaje de Outland, lo cual era una terrible advertencia acerca de lo que eran capaces de hacer estas fuerzas cuando uno las manipulaba. Había visto ejemplos similares con anterioridad.

* * *

Aunque aquello había acaecido hacía más de diez mil años, Maiev lo recordaba como si hubiera sucedido ayer. No, más bien, como si hubiera ocurrido hacía solo unas horas… Sí, así de bien recordaba el día que había visto por primera vez a la Legión Ardiente. Sus recuerdos sobre esa época terrible eran tan vividos como cuando se le habían grabado a fuego por primera vez en la memoria.

Por aquel entonces, nadie había llegado a comprender realmente a qué se enfrentaban. Habían creído que la Legión era una amenaza momentánea engendrada por una magia descontrolada. Habían pensado que Illidan solo era un hechicero con una visión equivocada de las cosas. Al menos, los demás así lo habían creído, aunque ella siempre había sabido que eso no era así.

El aroma a ozono que impregnaba el aire de Outland despertó sus recuerdos sobre la primera vez que se topó con un infernal. Se acordó del hedor de esa cosa que prácticamente carecía de mente con la misma intensidad que recordaba cómo las flores nocturnas se abrían entre los pabellones de Darnassus. Le había parecido que era demasiado grande, que poseía demasiada magia como para poder enfrentarse a él. Las hojas se marchitaban a su paso, se quedaban resecas como en otoño bajo la estela que dejaba su cuerpo llameante. Había invocado al poder de Elune, y la diosa lunar había destruido al demonio, despedazándolo en fragmentos ardientes, permitiendo así que Maiev pudiera curarles las quemaduras a sus víctimas.

Esa solo había sido la primera de un millar de escaramuzas. Había visto a esas abominaciones durante la Guerra de los Ancestros, en la que habían ardido muchos bosques y perecido muchas naciones. Eso le había enseñado que no se podía dar jamás ningún cuartel a aquellos que pretendían obtener más poder mediante el uso de una magia perversa. Había que aplastarlos, destrozarlos y matarlos antes de que pudieran desatar la destrucción y acabar con tanta gente inocente, antes de que pudieran corromper todo lo que era bueno y natural.

Maiev lo había visto con claridad desde el principio. Era una pena que los demás no hubieran tenido las cosas tan diáfanas. Si le hubieran hecho caso entonces, ahora no tendrían que estar buscando a Illidan. Si lo hubieran matado cuando había mostrado por primera vez su malignidad, se podrían haber salvado infinidad de vidas inocentes.

Sin embargo, habían seguido los consejos de Malfurion, el gemelo de Illidan, y Tyrande Whisperwind. Una y otra vez, ambos le habían perdonado la vida, a pesar de que todo el mundo podía ver con claridad que era malvado. ¿Acaso al final de la Guerra de los Ancestros, cuando Maiev estaba decidida a acabar con la vida del Traidor, no se habían apiadado ellos de él y habían defendido que fuera encarcelado en vez de ejecutado?

Desde entonces, Tyrande había ido aún más lejos, puesto que había matado a los Celadores que custodiaban la prisión de Illidan. Ella afirmaba que lo había liberado para que la ayudara a combatir a la Legión Ardiente. Al principio, dio la impresión de que había estado en lo cierto. Illidan los había ayudado, pero entonces mostró cuál era su verdadera naturaleza. Había absorbido el poder de la Calavera de Gul’dan y se había transformado en un demonio; su cuerpo había mutado para reflejar la monstruosidad de su alma. Incluso entonces, su hermano se había limitado a desterrarlo de los bosques en vez de matarlo.

Maiev resopló. Illidan no era más que una marioneta de la Legión Ardiente. Siempre lo había sido y siempre lo sería. Por culpa de esos necios, Maiev se había pasado diez mil años vigilando a ese miserable hechicero.

¿Y todo para qué?

Furiosa, Maiev apretó los dientes con fuerza. Tyrande debería haber pasado todos esos siglos tan largos encerrada junto a Illidan, lo había demostrado cuando había cometido el disparate de liberarlo; solo su arrogancia estaba por encima de su necedad. Se había burlado de todos los juramentos que había hecho Maiev. Había convertido diez mil años de vigilancia en una broma cruel. Aunque ahora ella fuera la dirigente de los elfos de la noche, no tenía derecho a hacer algo así.

De repente, Maiev oyó un ruido a su derecha que atrajo su atención. Los devastadores estaban recortando distancias. Mantenían el cuerpo pegado al suelo mientras se desplazaban a cuatro patas, aprovechando las ondulaciones del terreno para mantenerse fuera de la línea de fuego de las armas de largo alcance y la magia. Tal vez fueran más inteligentes de lo que Maiev pensaba.

Aunque como eran tantos, eso realmente no importaba. Si se acercaban lo suficiente, serían capaces de acabar con lo que quedaba de sus fuerzas. No se podía permitir el lujo de perder ni a una sola de sus tropas. Alzó una mano y dio la señal de redoblar el ritmo al que cabalgaban. Con una disciplina impecable, los Celadores incrementaron el ritmo. Sus grandes monturas felinas corrieron estirando al máximo sus largas extremidades.

Anyndra cabalgaba junto a Maiev, con un gesto inquisitivo dibujado en su rostro. Se preguntaba si Maiev daría la orden de dar la vuelta y luchar. No era el momento adecuado para desperdiciar vidas de un modo absurdo, no cuando el rastro del Traidor se hallaba ante ellos y el olor de su presa asaltaba su olfato.

Pensó en Illidan, quien ya no era un elfo. Se estremeció al pensar en lo que se había convertido; en un ser con cuernos y alas de murciélago, en un demonio, como los eredar a los que había idolatrado y luego traicionado.

Aunque a saber si realmente los había traicionado…

Ese era el problema eterno al que uno se enfrentaba cuando intentaba comprender cómo pensaba Illidan. Ningún individuo cuerdo podía hacerlo. ¿Quién podía saber qué pensaba en realidad ese demente? Las fuerzas oscuras de la magia que tanto ansiaban le habían destrozado tanto la mente que era imposible seguir sus razonamientos. Y eso era un problema, puesto que un cazador necesita entender a su presa. Es la única manera segura de atraparla. Eso inquietaba a veces a Maiev. Le habían llegado algunos rumores. Sabía lo que se comentaba a sus espaldas. Algunos afirmaban que se había vuelto tan demente como el enemigo al que había pasado tanto tiempo vigilando. Se reía ante la amarga ironía que encerraba esa afirmación.

¡Piltrafas! Todos ellos no eran más que unas piltrafas. No estaban preparados para enfrentarse a esa maldad que había arraigado con tanta fuerza entre ellos. Temían a aquellos que eran lo bastante fuertes como para hacer lo que había que hacer. Hacían concesiones a esos demonios que los destruirían y se engañaban a sí mismos al pensar que esa era una decisión sabia. Bueno, ella tenía muy clara la verdad. Nunca cedería ni un milímetro. No descansaría hasta que Illidan estuviera muerto o encerrado de nuevo en esa prisión. Sabía cuál era su deber. Cumpliría sus juramentos. No le importaba lo que los demás pensaran de ella. Nada la distraería de su misión.

—¡Celadora Shadowsong! —exclamó Anyndra, quien la sacó así de su ensimismamiento.

—¿Qué ocurre?

Su segunda al mando se estremeció ante el gélido tono de voz que había empleado Maiev.

—¡Ahí!

Maiev miró hacia el lugar al que señalaba Anyndra con el dedo. Una hueste de devastadores cubría por entero las laderas que se alzaban sobre ellos. Los Celadores alcanzaron una elevación a lomos de sus monturas y contemplaron el valle por el que serpenteaba el camino. Por delante de ellos, había más monstruos cuadrúpedos que les bloqueaban el paso. Maiev no se había percatado de esa trampa con la prontitud necesaria, ya que había estado sumida en sus pensamientos al reflexionar sobre Illidan. Maldijo al Traidor una vez más.

—¡Prepárense para batallar! —vociferó Maiev.

* * *

Maiev y sus Celadores avanzaron formando una línea muy amplia. La celadora observó con detenimiento a los suyos y se fijó en quiénes miraban para todos lados presas del pánico y quiénes miraban fijamente al enemigo con una calma fría y asesina. Se sintió orgullosa al comprobar que la mayoría de esos ojos reflejaban esa última emoción. Los elfos de la noche estaban rodeados y se veían superados en número; sin embargo, a pesar de que se enfrentaban a centenares de monstruos extraños, no tenían miedo.

Algunos de ellos empuñaron sus arcos y gujas. Los sables de la noche reaccionaron ante el estado emocional de sus jinetes y rugieron de manera desafiante. El druida Sarius se desmontó y transformó en un oso monstruoso, cuyo pelaje estaba marcado con unos símbolos mágicos. Maiev evaluó sus opciones.

Si se quedaban ahí a luchar, se verían superados por ese gran número de devastadores. Sin duda alguna, algo había alterado a esas criaturas.

Miró hacia atrás, al camino por el que había venido. Ese sendero largo y polvoriento se encontraba vacío. Podrían batirse en retirada por él sin hallar mucha resistencia, pero así volverían al punto de partida. Tenía que avanzar, tenía que adentrarse en esa tierra que los nativos llamaban la Marisma de Zangar, si quería contactar con Akama.

Debía admitir que le picaba la curiosidad. El mensaje del Tábido daba a entender que conocía en parte cuáles eran los planes de Illidan; además, lo único que había logrado averiguar gracias a los draenei del Templo de Telhamat era que se trataba de un líder de una facción conocida como la tribu Ashtongue. Tenía tropas bajo su mando y conocía bien estas tierras. Era el único que había decidido contactar con ella. ¿Cómo habían sabido sus agentes dónde podrían encontrarla? ¿Por qué había optado por contactar con ella? ¿Se trataba de una trampa?

Por delante de ella, el cielo se estaba oscureciendo, era como si las bajas colinas o tal vez unos árboles gigantescos contemplaran el horizonte con el ceño fruncido. El aire estaba impregnado de un olor muy fuerte y extraño. El viento arrastraba cierto leve olor a podredumbre y putrefacción, así como algo más que no era capaz de identificar. También había una levísima sensación de humedad en la brisa que soplaba en dirección hacia ellos.

La Marisma de Zangar era un lugar monstruoso, un terreno pantanoso repleto de horrores muy extraños. Maiev respiró hondo y contempló a sus adversarios. Si bien esas bestias eran muchas, carecían de disciplina. Había puntos débiles en esa muchedumbre. Si concentraba ahí sus fuerzas, podrían romper la línea enemiga y descender por el camino como almas que lleva el diablo. Dudaba que esos monstruos que tanto correteaban de aquí para allá fueran a seguirlos hasta esos terrenos cenagosos, ya que esas colinas resecas parecían ser su hogar.

—Formen una cuña a mis espaldas. Nos abriremos paso violentamente entre estos animales.

Los Celadores asintieron, para indicar así que habían entendido las órdenes. Anyndra alzó su cuerno y tocó una única y larga nota argenta. Los elfos de la noche cargaron pendiente abajo.

Una sonrisa cobró forma en los labios de Maiev al empuñar su media luna umbría. Por un instante, podía perderse en la furia del combate y dejar de pensar. El sable de la noche rugió. Los elfos se abalanzaron sobre los devastadores, conformando una avalancha de pelaje, garras, músculo y hojas afiladas.

Rajó al hundidor más cercano con su arma, deseando que fuera Illidan. ¿Qué estará tramando ahora mismo el Traidor?, se preguntó.

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