Illidan – Preludio

IllidanSeis años antes de la Caída

La antigua oscuridad que lo rodeaba no le impedía ver, pues carecía de ojos.

En su día, había sido un hechicero, uno muy poderoso. Gracias a su visión espectral, podía percibir cada centímetro de su celda con más claridad de la que jamás habría podido tener con unos globos oculares.

No obstante, habría podido moverse por esa prisión incluso sin ella, pues conocía cada una de las losas del suelo y cada uno de los encantamientos que lo retenían. Los percibía mediante la vista y el tacto. Sabía de qué manera reverberarían sus pisadas con cada uno de los nueve pasos que tardaba en recorrer la cámara. Notaba el fluir de la magia a su alrededor. Y toda aquella acumulación de hechizos y encantamientos de inmenso poder perseguían un único objetivo: asegurarse de que permaneciera enterrado allí, olvidado, sin perdón.

Quienes lo habían encarcelado pretendían que aquel lugar se convirtiera en su tumba, pero con el paso de los milenios, se habían olvidado de él. Deberían haberlo matado, pues hubieran demostrado más clemencia. Sin embargo, consideraron más piadoso dejarlo vivir. De ese modo, sus captores (entre los que se encontraban su hermano, Malfurion Stormrage, y Tyrande Whisperwind, la mujer que amaba) tenían la conciencia más tranquila.

Habían transcurrido largos siglos en los que no había oído la voz de ningún otro ser vivo. Tan solo sus carceleras, los Celadores, a los que había terminado odiando, hablaban con él de vez en cuando. Sobre todo, había llegado a aborrecer a su líder, la celadora Maiev Shadowsong, quien le visitaba más que nadie, pues temía que pudiera escapar, a pesar de todas las precauciones que habían tomado sus captores. En su día, ella quiso verlo muerto. Sin embargo, ahora su misión en la vida consistía en asegurarse de que permaneciese encerrado, cuando ya nadie se acordaba de él.

¿Qué ha sido eso? ¿Un leve temblor en el círculo de los hechizos de vinculación?

Pero eso era imposible. No había escapatoria posible de aquel lugar; ni siquiera la muerte. Los hechizos le sanaban cualquier herida que pudiera infligirse. La magia lo mantenía con vida sin necesidad de agua ni de alimento. Aquellas ataduras habían sido confeccionadas por maestros, que las habían apretado y entrelazado de tal forma que tan solo aquellos que lo habían enterrado vivo serían capaces de deshacerlas. Y eso es algo que nunca harían. Lo temían demasiado como para soltarlo. Y tenían razones de sobra para pensar así.

Llevaba siglos meditando en lo que haría con los que lo habían encarcelado. Tiempo era lo único que tenía. La inmensa duración de su cautiverio eclipsaba por completo los años en que había disfrutado de libertad. Si no hubiera sido quien era, se habría vuelto loco.

Aunque tal vez sí había enloquecido. ¿Cuántos miles de años llevaba ya encerrado? Había perdido la cuenta. Y eso era lo peor: los milenios vividos en esa oscuridad, atrapado en esa jaula, incapaz de dar más de nueve pasos en cualquier dirección. Él que antaño había cazado demonios por las impenetrables tierras salvajes de Azeroth se encontraba confinado en un lugar en el que él no habría abandonado ni a una bestia.

Lo habían sentenciado a sufrir ese castigo cuando lo único que había hecho era intentar derrotar a un enemigo común. Se había infiltrado en la Legión Ardiente, en las filas del enemigo jurado de su pueblo…, no, más bien de su mundo. Había intentado reparar el daño que esos invasores demoníacos habían causado.

¿Y acaso le habían recompensado por ello? ¡No! Lo habían enterrado vivo. Su pueblo había dado por sentado que era un traidor, un conspirador. En su día, lo habían considerado un héroe, pero ahora nadie pensaba así. Si alguien lo recordaba de algún modo, era para proferir su nombre como una maldición.

¿Acaso lo que escucho es el entrechocar de unas armas?

Apartó el pensamiento de su mente. Se negaba a que la esperanza anidara en su corazón. No había nadie ahí fuera que quisiera liberarlo. Su familia y sus amigos le dieron la espalda cuando intentó crear de nuevo el Pozo de la Eternidad, la antigua fuente de magia de los elfos de la noche, en el Monte Hyjal. Los únicos que podrían querer que escapase eran los demonios. Pero sus carceleros optarían por matarlo antes de permitir su huida. Y mientras los resguardos permanecieran activos, él no podría detenerlos.

Pero volvió a sentirlo: otra turbación en el flujo de la magia que lo rodeaba. El entramado de poderosos hechizos que lo había retenido todo este tiempo se estaba debilitando. Alzó las manos a la altura de su rostro, arqueó los dedos y extendió los brazos para extraer energía de la magia. Por primera vez en milenios, hubo una reacción, un flujo tan tenue de magia que dudó si se lo estaría imaginado. Invocó a sus hojas gemelas, las Gujas de guerra de Azzinoth, que se exhibían triunfalmente en uno expositor de armas situado justo al lado de su celda, a modo de provocación; y en esta ocasión, el vínculo que unía su alma con esas gujas logró que las poderosas armas se materializaran en sus manos. El poder fluía a través de ellas e iluminaba las runas de sus hojas.

Se le aceleró el pulso. Notó que se le resecaba la boca. Después de todo, cabía la posibilidad de volver a ser libre. Aferró con fuerza las gujas de guerra con las que en otro tiempo mató demonios y ahora mataría a elfos. La idea no lo perturbó como lo hubiera hecho antaño, sino que incluso le agradó.

Una vez más, sus grilletes mágicos centellearon. El fragor del combate se oía más cerca. Algunos de los hechizos que lo retenían se disiparon; tal vez a causa de la corrupción de la sangre derramada o de los conjuros que percibía que se estaban utilizando en la batalla. La energía lo inundaba mientras sus ataduras flaqueaban. El corazón se le salía del pecho. Se estremeció. Se sintió capaz de exhalar fuego. Tras un periodo tan largo de abstinencia, la avalancha de poder le resultaba abrumadora.

Notó una presencia al otro lado de la puerta de su celda y se preparó para atacar. Entonces, oyó hablar a alguien, a quien menos esperaba escuchar.

—Illidan, ¿eres tú? —preguntó Tyrande Whisperwind.

Todos sus sueños de venganza, todos sus planes de revancha se desvanecieron, como si no hubiera sufrido largos años de cautiverio. Estaba desconcertado ante sus sentimientos, puesto que se creía lo bastante curtido como para que nada ni nadie, sobre todo ella, pudiera afectarle de esa manera.

Tras haber pasado décadas sin hablar, le costó contestar:

—Tyrande…, ¡eres tú! Después de tanto tiempo sumido en la oscuridad, tu voz es como la luz pura de la luna en mi mente.

Se maldijo por ser tan débil. Esas no eran las palabras que imaginó que diría cuando soñaba con su huida y su liberación. Aun así, brotaron libremente de sus labios, mientras las llamas de la esperanza se avivaban en su corazón. Tal vez había comprendido que lo que hizo fue un error. Era posible que viniera a liberarlo, a perdonarlo.

—La Legión ha regresado, Illidan. Tu pueblo te necesita una vez más.

El elfo agarró con más fuerza sus armas.

—¿Que mi pueblo me necesita? ¡Mi pueblo me dejó aquí para que me pudriera!

La ira le apretó la garganta e impidió que pronunciara más palabras. Los demonios habían regresado, como él siempre supo que sucedería, y su pueblo solicitaba su ayuda. El fuego de la ira lo atravesó y dejó a su paso un gran vacío que se fue colmando con un creciente poder.

Sin lugar a dudas, los sortilegios que lo mantenían encerrado se estaban debilitando. Con sus actos y por voluntad propia, Tyrande había contribuido a deshacerlos.

Concentró toda su furia y su frustración acumulada en un único hechizo muy poderoso que desharía los demás. Por un momento, las debilitadas cadenas mágicas resistieron, pero solo por un momento. Las riadas de energía erosionaron las barreras que lo rodeaban. Lentamente al principio, pero cada vez más rápido, los hechizos que lo aprisionaban se desmoronaron. Echó abajo los barrotes de su celda e hizo añicos la roca.

Tyrande permaneció ahí, tan hermosa como siempre, mirando fijamente a Illidan. El paso de los años no la había afectado. Seguía siendo esbelta, de piel pálida, casi violeta, y cabello azul. Grácil como una bailarina del templo y encantadora como la luna sobre Nordrassil. Hedía a sangre y a magia desatada. Debió de percatarse de su ira, pues apartó la mirada y era incapaz de mirarlo a los ojos. Eso fue lo que más le dolió: verla encogerse ante él después de todos los años que habían pasado desde su último encuentro.

—Porque hubo un tiempo en que me importaste, daré caza a esos demonios y derrotaré a la Legión, Tyrande. —Lanzó un rugido que dejó al descubierto sus dientes—. ¡Pero nunca deberé nada a nuestro pueblo!

En esta ocasión lo miró a los ojos. Diversas emociones se reflejaron en su rostro: esperanza, miedo. ¿Acaso era piedad o arrepentimiento? No estaba seguro; no obstante, se maldijo por dar tanta importancia a lo que ella pensara. ¡Lo que ella sintiera no significaba nada para él! ¡Nada!

Tyrande le dijo:

—¡Entonces, volvamos deprisa a la superficie! A cada segundo la corrupción que propagan los demonios se extiende más y más.

Y eso fue todo. Tras haber pasado tantos milenios cautivo, tanto tiempo malgastado, eso era lo único que tenía que decirle. Ni una disculpa. Ni rastro de remordimiento. La misma que había ayudado a confeccionar los hechizos que lo habían mantenido encerrado en ese lugar espantoso necesitaba ahora su ayuda. Y lo peor de todo es que se la concedería.

* * *

Fuera de la celda, los cadáveres yacían desperdigados. Estaba claro que se había librado una gran batalla en ese lugar y que Tyrande había tenido que abrirse camino violentamente hasta él para liberarlo. Debía de estar realmente desesperada para llevar a cabo algo así. Al contemplar el cadáver descomunal del vigilante de la arboleda, comprendió que si la Legión Ardiente había regresado, había motivos de sobra para la desesperación. La Legión destruía mundos del mismo modo que los ejércitos destruían ciudades.

—¿Lo has matado tú? —preguntó Illidan, mientras señalaba el cadáver de Califax.

—Sí —contestó Tyrande—. El vigilante de la arboleda no quería liberarte. Illidan se rio.

—Maiev se enfurecerá. Era uno de sus favoritos.

Tyrande se sonrojó.

—Eso no tiene nada de gracioso —replicó.

—He tenido muy pocas razones para reírme en los miles de años que he pasado encerrado. Perdóname si mi sentido del humor te resulta un tanto retorcido.

—Diez mil —apostilló la elfa.

—¿Qué?

—Has estado encerrado más de diez mil años.

A Illidan se le borró la sonrisa de la cara. El peso de esas palabras lo aplastó como si se tratara del peso de la tierra que se encontraba encima de ellos.

—Tanto tiempo —susurró con voz muy tenue. Acto seguido, contempló la antigua cámara que había sido su prisión y escrutó el entramado de hechizos que lo habían mantenido preso. Entonces, aceleró el paso con la intención de abandonar ese lugar para siempre—. ¿Cuál es la verdadera razón por la que me has liberado? — inquirió, pues aún albergaba la esperanza de que ella mostrará un mínimo remordimiento por lo que le había hecho.

—Como ya te he dicho, la Legión Ardiente ha regresado, y nadie sabe más sobre ella que tú, nadie ha asesinado a más demonios.

—Entonces, ¿no temes que los traicione? Recuerda que me llaman el Traidor.

—Fuiste un traidor, pero al final escogiste el bando correcto.

Illidan señaló todo cuanto lo rodeaba con su mano cubierta de tatuajes.

—Y mira cómo acabé.

—Podrías haber muerto, como muchos de los nuestros.

—Los nuestros. Sigues insistiendo en hablar de nuestro pueblo, cuando eso no es así. Son tu pueblo, pero no el mío.

—¿Tanto nos odias?

—Sí —respondió, con una mueca de desdén—. Pero, por suerte para ustedes, odio aún más a los demonios.

Tyrande asintió como si este acabara de confirmar algo que ella quería escuchar. Una sospecha cobró forma en la mente del elfo: no lo habían encerrado por una cuestión de piedad hipócrita, sino porque ella sabía que algún día volverían a necesitarlo. Lo habían tenido ahí encerrado, como un arma guardada en una armería.

Por delante de él, percibió a una presencia de inmenso poder que le resultaba muy familiar, era su hermano. Debía haberse imaginado que allá donde fuera Tyrande, Malfurion, su amante, andaría cerca, Illidan se tensó por entero y se preparó para batallar.

La elfa también lo percibió. Corrió hacia delante y, entonces, se detuvo, pues se hallaba ante la imponente figura del archidruida Malfurion Stormrage. El hermano de Illidan era un ser descomunal. Unos cuernos le sobresalían de la cabeza, y la consternación se había adueñado de su apuesto rostro al ver libre a Illidan. No cabía duda de que el archidruida no había venido a ayudar a Tyrande.

Cuatro druidas de la Zarpa flanqueaban a Malfurion; todos ellos habían adoptado forma de oso. Flexionaron las zarpas y gruñeron a Illidan. Los habían enviado a ese lugar para impedir que escapara y todavía parecían decididos a evitar su fuga.

Tyrande exclamó:

—¡Malfurion!

Illidan hizo todo lo posible por mantener su ira bajo control. Ahí estaba su hermano, el que lo había condenado. Cuando fue capaz de articular palabra, habló con amargura:

—Ha pasado toda una eternidad, hermano. ¡Una eternidad sumido en la oscuridad!

Malfurion lo miró a los ojos con serenidad.

— ¡Illidan! Fuiste condenado a pagar por tus pecados, nada más.

La hipocresía que encerraban esas palabras era pasmosa. ¿Qué clase de hermano era capaz de condenar a la sangre de su sangre a pasar enterrado diez mil años?

—¿Y quién eras tú para juzgarme? ¡Espero que recuerdes que luchamos contra los demonios codo con codo!

La tensión reinaba en el ambiente. En ese momento, ambos estaban dispuestos a luchar, a matar.

Entonces, Tyrande exclamó:

—¡Ya basta, los dos! Lo hecho, hecho está.

A renglón seguido, centró toda su atención en Malfurion.

—¡Mi amor, con ayuda de Illidan, obligaremos una vez más a retroceder a los demonios y salvaremos lo que queda de nuestra amada tierra!

Malfurion negó con la cabeza.

—¿Te has planteado siquiera el precio que habrá que pagar por esto, Tyrande? La ayuda de este traidor tal vez nos condene a todos antes de que llegue el fin. No quiero tener nada que ver con todo esto.

Illidan adoptó un semblante imperturbable; un talento que dominaba a la perfección. Resultaba obvio que su propio hermano seguía considerándolo un monstruo, un títere de la Legión. Pero le iba a demostrar que estaba muy equivocado. Les iba a demostrar a todos que esos demonios no tenían ningún poder sobre él.

—Escúdate en tu cobardía e indecisión, si quieres, hermano, pero hazlo en otro sitio —le espetó Illidan—. Tengo mucho que hacer y muy poco tiempo para hacerlo.

Illidan soltó una descarga de energía gracias al poder que había estado recuperando de un modo constante y con ella lanzó a los que lo rodeaban contra los muros de piedra. Dejó atrás a esos seres aturdidos y salió de su prisión, siendo consciente de que, antes de que terminara esta guerra, volverían a llamarlo Traidor, y con razón. Nunca volverían a encerrarlo en una prisión.

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