Illidan – Capítulo Uno

IllidanCuatro años antes de la Caída

Unos meteoros verdes rasgaron las oscuras nubes que cubrían perpetuamente el cielo del Valle Sombraluna. La tierra se estremeció cuando las demoníacas máquinas de asedio ornamentadas de un modo monstruoso de las murallas del Templo Oscuro lanzaron una lluvia de muerte sobre las fuerzas de los elfos de sangre del príncipe Kael’thas Sunstrider, cubriendo la tierra roja de Outland de cadáveres. A pesar de las bajas, los elfos siguieron avanzando, decididos a tomar la ciudadela de Magtheridon, Señor de Outland, el gobernador de la Legión Ardiente en ese mundo destrozado.

Illidan se detuvo un momento y estudió el Templo Oscuro. Para unos ojos inexpertos, las defensas podrían parecer inconmensurablemente fuertes, pero él vio sus carencias. Había muy pocos centinelas para vigilar toda la extensión de las enormes murallas; además, los hechizos de protección comenzaban a disiparse y los soportes metálicos de las puertas estaban cubiertos de óxido y moho. Los defensores reaccionaron con cierta lentitud, como si les costase creer que los asaltase un ejército tan inferior en número. Tal vez estuvieran esperando a que unos aliados demoníacos los relevaran. Si era así, se llevarían una decepción. Illidan y sus compañeros se habían pasado todo ese largo y caluroso día en Outland sellando las puertas por las que se invocaba a los demonios. No iban a recibir ninguna ayuda por esa vía.

Illidan dirigió su mirada hacia el príncipe Kael’thas.

—Magtheridon se ha hecho más y más fuerte con el paso de los años, pero ha tenido muy pocos enemigos de verdad a los que enfrentarse, por lo cual se ha vuelto decadente y complaciente. Ese perro ladrador, pero poco mordedor, no puede rivalizar con nuestro ingenio o nuestra fuerza de voluntad.

El alto y rubio príncipe elfo de sangre alzó la vista hacia él. El feroz júbilo del combate brillaba en sus ojos.

—Esta batalla va a ser gloriosa, maestro. Aunque las fuerzas de Magtheridon superan ampliamente en número a las nuestras, tus soldados están dispuestos a luchar hasta el fin.

Illidan esperaba que eso no fuera necesario. Tenía que tomar el Templo Oscuro y dominar Outland rápidamente si quería hallarse a salvo de la venganza del señor demoníaco Kil’jaeden.

Kil’jaeden le había encomendado una tarea a Illidan después de que este se sumara de nuevo a la Legión Ardiente: destruir el Trono Helado y, de este modo, eliminar a un sirviente que se había revelado; pero él no había completado dicha misión. El Falsario no recompensaba el fracaso. Illidan confiaba en que el bloqueo de los portales demoníacos evitaría que Kil’jaeden diera con él. Si se hacía con esta fortaleza, tendría una sólida base de operaciones desde la que poder mantener los portales cerrados.

Un hechicero elfo alzó una mano y lanzó un rayo de energía Arcana hacia las murallas. Las defensas, por muy deterioradas que estuvieran, bastaron para evitar que el ataque alcanzase la máquina de asedio. Una bola de fuego trazó un arco descendente hacia el mago, perforando la tierra de color rojo sangre mientras los defensores apuntaban para su próximo disparo. Una compañía de soldados de Kael’thas pasó corriendo de camino al refugio que les brindaban las murallas.

Illidan apretó los puños al percibir a los demonios que se hallaban dentro del templo. Allí, en el extraño mundo de Outland, sentía la tentación de emplear la magia demoníaca aún con más intensidad de lo habitual; sobre todo, después de haber consumido el poder de la Calavera de Gul’dan. La malévola energía que emanaba de esa reliquia lo había transformado, había modificado tanto su aspecto físico como la profundidad de su poder; pero también lo había desequilibrado durante meses. Flexionó las alas demoníacas que había obtenido recientemente, lo cual suscitó que el príncipe Kael’thas lo mirara con cierta preocupación. Illidan respiró hondo e hizo todo lo posible por mantener la calma.

Un largo y extraño camino le había llevado hasta ese lugar. Desde que Tyrande lo liberó, había sido testigo de la caída de la Legión Ardiente en Azeroth, su mundo natal; había hecho un pacto con un señor demoníaco, y había huido a Outland para escapar de sus enemigos, tanto elfos de la noche como demonios. Su antigua némesis, Maiev, lo había vuelto a capturar, pero había recobrado la libertad gracias a sus aliados: el joven príncipe Kael’thas, cuyo apoyo se había granjeado prometiéndole ayudar a los elfos de sangre a superar su adicción a la magia, y lady Vashj, una líder de los nagas. Ahora se hallaba planeando el modo de derrocar al señor del foso que gobernaba ese mundo destrozado en nombre de la Legión Ardiente.

Kael’thas lo miró fijamente, a la espera de una respuesta que fuera consecuente con el pacto que habían sellado. Illidan dijo:

—Me agrada el fervor de tu pueblo, joven Kael. Estas duras tierras salvajes han marcado su espíritu y pulido sus poderes. Quizá baste con su coraje para…

—Lord Illidan, unos recién llegados vienen a saludarte —le interrumpió lady Vashj, que se acercó reptando hasta aparecer ante él. Grandes fibras de músculo se tensaban y destensaban cuando se movía, lo que provocaba que los anillos de la parte inferior de su cuerpo se retorcieran. Su rostro, extrañamente hermoso y semejante al de una elfa de la noche, contrastaba radicalmente con la monstruosidad de su cuerpo serpentino.

Illidan se volvió para mirar en la dirección que le estaba señalando y divisó un conjunto de figuras monstruosas que avanzaban pesadamente. El elfo de la noche los reconoció al instante. Eran Tábidos, unos seres corruptos e involucionados que antaño formaron parte de la raza draenei, la cual había habitado en Draenor antes de que esas tierras acabaran destrozadas y se transformaran en Outland. Ellos también formaban parte de la coalición de Illidan, a la que se habían sumado con la promesa de prestar ayuda para combatir a su enemigo común: Magtheridon.

Los Tábidos eran unos monstruos descomunales y desgarbados que portaban armas primitivas en sus enormes manos. Gracias a sus sentidos místicos, Illidan detectó que había muchos más cerca y que una magia poderosa los ocultaba de aquellos que carecían de visión espectral.

Uno de los Tábidos, aún más colosal y deforme que el resto, se acercó dando muestras de cojera en una de sus pezuñas.

—Llevamos generaciones enfrentándonos a los orcos y a sus maestros demoníacos —afirmó la criatura. Su voz era ronca y parecía que hablar le resultaba doloroso—. Ahora, por fin, acabaremos con su maldición para siempre. Estamos a tus órdenes, lord Illidan.

Se trataba de Akama, el líder de los Tábidos, y no era una visión precisamente reconfortante. De la mandíbula inferior le brotaban colmillos y en la mitad inferior de su rostro se agitaban varios tentáculos.

—Han llegado justo a tiempo —afirmó Illidan—. Esas máquinas de las murallas deben ser silenciadas y la puerta debe ser abierta.

Akama asintió e hizo una señal. Los casi invisibles Tábidos avanzaron en tropel a través del campo abierto y treparon por las murallas del Templo Oscuro. Un pequeño destacamento de elfos de sangre y nagas se habían refugiado junto a las tremendas fortificaciones, bajo los arcos que trazaban los proyectiles de las máquinas de asedio demoníacas. Illidan, Kael’thas y lady Vashj fueron a sumarse a ellos, junto a Akama y sus escoltas.

Una vez más, el exceso de confianza de aquel al que llamaban el Señor de Outland se hizo evidente. Una fortaleza con defensas adecuadas habría contado con cubas de aceite hirviendo o de fuego alquímico listas para arrojarlas sobre los atacantes. Los defensores no hicieron nada. Los minutos avanzaron lentamente. A tan poca distancia de las murallas, Illidan era capaz de oír el zumbido de los generadores mágicos que suministraban energía a las demoníacas máquinas de asedio.

De repente, el fragor del combate brotó del interior de las murallas y las grandes puertas del Templo Oscuro se abrieron de par en par. Akama y sus escoltas corrieron a sumarse a la refriega. Las explosiones retumbaron cuando los Tábidos destruyeron los generadores, entonces, las máquinas de asedio de las murallas se silenciaron. La parte principal del destacamento naga y elfo de sangre avanzó hacia la puerta una vez más.

Akama regresó, con su espantoso rostro jubiloso. Había esperado a que llegara ese día durante mucho tiempo. Illidan sonrió y dijo:

—Tal y como prometí, tu gente podrá disfrutar de su venganza, Akama. Al acabar esta noche, todos estaremos embriagados con el néctar de la revancha. Vashj, Kael, den la orden final de atacar. ¡La hora de la ira ha llegado!

A través de esas puertas abiertas, Illidan pudo ver un vasto patio repleto de pilas muy altas de huesos. Orcos viles de piel roja iban de aquí para allá en medio de la confusión, mientras sus líderes bramaban órdenes e intentaban que sus tropas asumieran un cierto orden para poder repeler a los invasores.

Dentro del Templo Oscuro, había probablemente unos diez orcos viles por cada soldado de Illidan. Todos ellos se habían transformado mediante una magia nauseabunda en algo mucho más fuerte y fiero que un orco normal; sin embargo, eso no sirvió de nada en esos instantes. Las fuerzas de Illidan irrumpieron en el patio y atravesaron las desorganizadas filas enemigas con la misma facilidad con la que sus filos rebanaban carne orea.

Illidan le clavó las garras a un orco vil en el pecho. Al cerrar la mano, le aplastó los huesos y abrió una cavidad por la que le arrancó el corazón. El orco vil rugió y se abalanzó sobre él; mientras moría, la criatura hendió al aire con sus mordiscos al intentar desgarrarle al elfo de la noche la garganta.

Illidan alzó el cadáver por encima de su cabeza y lo lanzó contra un pelotón de defensores de piel roja que se acercaban corriendo. El impacto los derribó y los desperdigó por el suelo. El elfo de la noche se colocó de un salto entre ellos, al mismo tiempo que desenvainaba sus gujas de guerra. Blandió sus armas a diestro y siniestro, con una fuerza irresistible. Sus enemigos cayeron, decapitados, amputados, mutilados. Acabó cubierto de sangre, que se relamió de los labios, mientras seguía avanzando y abriendo tajos y heridas por doquier.

A su alrededor, los moribundos gritaban. La magia atronaba mientras el príncipe Kael’thas y lady Vashj lanzaban sus conjuros. Aunque Illidan se sintió tentado a hacer lo mismo, quería guardar fuerzas para la batalla final con Magtheridon.

Una parte de él gozaba con el entrechocar de las armas. No había nada como derramar la sangre del enemigo con las propias manos. En lo más hondo de su ser, la parte demoníaca de su naturaleza que mantenía bajo control disfrutaba de esa carnicería y se alimentaba de ella.

A pesar de que los orcos viles lucharon bien, no eran rivales para Illidan y sus camaradas. Los nagas eran mucho más grandes y potentes físicamente. Envolvían a sus enemigos con sus anillos serpentinos y los aplastaban hasta arrebatarles la vida.

Los elfos de sangre eran unos maestros en el arte de la hechicería y la espada. Tal vez no fueran tan fuertes como los orcos viles, pero eran más rápidos y ágiles; además, eran tan leales que estaban dispuestos a defender a su príncipe aun a riesgo de perder la vida. Los Tábidos luchaban con la determinación de un pueblo decidido a liberar su tierra natal del yugo de los demonios. Los aullidos de los orcos viles moribundos se elevaban hacia el cielo a modo de protesta mientras caían ante las hojas hambrientas de sus enemigos. En cuestión de minutos, el patio quedó despejado; los orcos viles, derrotados, y el camino hacia la ciudadela interior del Templo Oscuro y hacia los aposentos de Magtheridon, despejado.

—La victoria es nuestra —dijo Akama—. El Templo de Karabor volverá a estar en manos de mi pueblo una vez más.

—Sí, el templo será devuelto a tu pueblo —apostilló Illidan, que envainó sus gujas de guerra—. En breve.

Era cierto. Tenía toda la intención de devolverle el Templo Oscuro a los Tábidos. En cuanto hubiera alcanzado sus objetivos.

Akama lo miró con ojos llorosos. Entrelazó sus dedos rechonchos y asintió con la cabeza; tenía la necesidad de creer grabada a fuego en su rostro. El Templo de Karabor había sido el lugar más sagrado de su pueblo antes de que Magtheridon lo profanara y lo transformara en el Templo Oscuro. Illidan percibió que tenía una gran importancia para el Tábido a nivel personal. Sería una buena baja que jugar para forzarlo a bailar al son que él quisiera, si llegaba la ocasión. No importaba lo que Akama deseara, ya que las metas de Illidan estaban muy por encima de los deseos de cualquier Tábido. Llevaba demasiado tiempo planeado todo esto como para que los escrúpulos se interpusieran en su camino.

—Cuando venzamos al señor del foso, la mayoría de sus tenientes orcos viles nos apoyarán —aseveró Illidan—. Siguen a los más fuertes y, para entonces, les habremos demostrado que se equivocaron al depositar su fe en Magtheridon. Los demonios invocados que permanezcan en el interior del templo me jurarán lealtad; si no, sufrirán una muerte definitiva.

Vashj asintió.

—Si se le corta la cabeza, el resto del cuerpo caerá —señaló.

—¿Vas a matar a Magtheridon, milord? —preguntó Akama.

Illidan se permitió el lujo de esbozar una sonrisa cruel.

—Haremos algo mucho peor —contestó.

—¿Y qué será lo que hagamos? —replicó Akama.

El Tábido hablaba lentamente. Illidan percibió la duda en su tono de voz. Estaba claro que Akama no estaba del todo de acuerdo con lo que estaban haciendo.

—Tendrás que esperar, pero ya lo verás —respondió Illidan.

—Como desees, milord —contestó Akama—. Así será.

—Entonces, centrémonos en la tarea que nos ocupa —dijo Illidan—. Tenemos un mundo que conquistar.

* * *

La puerta que llevaba a la sala del trono estaba abierta. El hedor a demonio invadió las fosas nasales de Illidan. Las llamas ardían alrededor del trono de huesos de Magtheridon. El señor del foso era cinco veces más alto que un elfo de sangre; esa criatura similar a un centauro con dos brazos y una parte inferior cuadrúpeda era tan colosal como un dragón. Las piernas de Magtheridon eran como las columnas que sostienen el techo de un templo antiguo; esto hacía que tuviera el vientre a tal altura que un elfo podría pasar por debajo de él, entre sus piernas, sin tener que agacharse. En una de sus descomunales manos, sostenía una guja tan larga como el mástil de un barco capaz de navegar por el océano y tan pesada como un ariete. Lo flanqueaban dos gigantescos guardias apocalípticos, provistos de unas alas de murciélago, que eran casi tan altos como su amo, así como un destacamento de demonios menores. Illidan percibió su poder y su hostilidad.

El señor del foso posó su ardiente mirada sobre Illidan. Entonces, habló con una voz grave y gutural:

—No sé quién eres, desconocido, pero sí sé que posees un poder muy vasto. ¿Acaso eres un agente de la Legión? ¿Te envían para ponerme a prueba?

Illidan se rio.

—He venido a reemplazarte. Eres una reliquia, Magtheridon, un fantasma de una época pasada. El futuro me pertenece. Desde este mismo momento, Outland y todos sus moradores me rendirán pleitesía.

El señor del foso avanzó pesadamente y alzó su guja gigantesca. La tierra temblaba a cada paso que daba.

—Te voy a aplastar como el insecto que eres. Me daré un festín con tu carne reducida a pulpa y, de paso, te devoraré el alma.

Hablaba con una gran arrogancia y una tremenda confianza en sí mismo, propias de quien piensa que nadie está a la altura de su poder. Sus escoltas demoníacos avanzaron. Illidan dio un salto, al tiempo que sus gujas de guerra rasgaban el aire en busca de carne de demonio. Con un movimiento, le cercenó un brazo a un guardia vil, obligando así a la criatura a soltar su hacha. Un instante después, Illidan, con la guja de guerra que sostenía en la mano izquierda, abrió en canal a su oponente.

Acto seguido, las fuerzas de Illidan se sumaron al combate. Si bien los guardias apocalípticos eran muy poderosos, también eran muy pocos. Hostigados por los hechizos de Kael’thas y Vashj, y rodeados por multitud de asaltantes, los guardias apocalípticos cayeron como osos ante el embate de una jauría de perros.

Illidan dio un brinco hacia delante para enfrentarse al propio Magtheridon. Al instante, la enorme guja del señor del foso impactó sobre la misma piedra en la que Illidan se había hallado solo un momento antes. Pero el elfo ya no estaba ahí, sino que se encontraba rodando entre las piernas altas como columnas del Señor de Outland; le inutilizó las patas delanteras con sendos golpes de sus armas. El señor del foso rugió con furia y volvió a atacar. Illidan dio una voltereta hacia delante para colocarse justo bajo el vientre de su adversario y el icor manó gracias a sus estocadas. De un salto, aterrizó sobre la gigantesca cola de Magtheridon, subió corriendo por su columna y le clavó las gujas al demonio en su grueso cuello.

Desde su posición elevada, Illidan pudo ver que sus fuerzas habían acabado con los escoltas del señor del foso. Los demonios estaban acabados. El elfo de la noche alzó los brazos y entonó un hechizo de vinculación; una oleada de energía mágica desatada sacudió al señor del foso. Magtheridon se estremeció de dolor al recibir los efectos del sortilegio.

A Illidan se le desbocó el corazón al imponer su voluntad. Sintió como si se enfrentara codo a codo contra un gigante. El avance de Magtheridon decayó y se le contrajo el rostro, como si él también sintiera la tremenda tensión.

—Eres fuerte… para ser un mortal —afirmó el señor del foso.

—No soy un mortal —replicó Illidan.

—Todo lo que se puede matar es mortal.

El sudor perlaba la frente de Illidan. Jadeaba con fuerza. Desplegó sus alas y se elevó en el aire por encima de Magtheridon, a la vez que hacía una seña a los demás. Había llegado el momento. Lady Vashj asintió, alzó las manos e inició un cántico. Unas líneas de fuego ardieron ante los ojos de Illidan, formando unos intrincados patrones alrededor del señor del foso. Magtheridon rugió al comprender qué estaba ocurriendo.

Illidan añadió poder al hechizo. El señor del foso se hallaba paralizado, incapaz de reaccionar. Sus colmillos, grandes como lápidas, refulgieron al reflejar la luz de la energía mágica. Se encabritó. Se resistía a la magia tanto con su fuerza descomunal como con su propio poder mágico.

Illidan siguió presionándolo y lanzó una mirada al príncipe Kael’thas. El elfo de sangre se relamió los labios, como un epicúreo que acabara de ver un festín. Sin lugar a dudas, tanta magia desatada había despertado algo en él.

—Kael’thas —espetó Illidan con voz ronca. Sus palabras llegaron a oídos del elfo. Kael’thas extendió los brazos y añadió su voz al sortilegio. Unas energías mágicas colosales entrechocaron. Todos los elementos del hechizo encajaron. El señor del foso gritó iracundo y desafiante, pero fue en vano. Lo sujetaban unas ligaduras tan fuertes que ni siquiera él sería capaz de romperlas. Illidan sonrió. Había triunfado. La primera fase de ese plan con el que tanto había soñado se acababa de completar.

* * *

Akama escuchó cómo lord Illidan vociferaba las palabras finales del encantamiento de retención. Magtheridon se encontraba paralizado, impotente y dominado por la rabia y el desconcierto. Intentó flexionar todo su poderoso cuerpo, pero estaba atrapado.

Lo habían logrado. El señor del foso había sido vencido. La derrota del pueblo de Akama había sido vengada. El Templo de Karabor dejaría de hallarse bajo la influencia siniestra del demonio.

Akama saboreó por un momento ese triunfo. Su poder, combinado con el de los hechiceros de otros mundos, había bastado para reducir a un demonio tan fuerte como Magtheridon.

Illidan descendió al suelo. Sus alas crujieron al plegarse y recogerse sobre sus hombros. Sus tatuajes mágicos dejaron de brillar y bajó los brazos. Akama corrió hacia él.

—La victoria es nuestra, oh, milord —dijo Akama.

—Sí, leal Akama, lo es —contestó Illidan. ¿Acaso con cierto tono burlón en el modo de enfatizar la palabra leal? Pero eso no importaba.

—Has liberado el Templo de Karabor.

—Hemos liberado el Templo de Karabor.

—¿Puedo preguntar cuándo puedo empezar, señor?

—¿Empezar qué?

A Akama se le encogió el corazón. Aunque alzó la vista hacia Illidan, no pudo descifrar su rostro. Las facciones del cazador de demonios eran una máscara. Y una venda de paño rúnico le tapaba las cuencas vacías. Tal vez fuese a suceder lo que Akama tanto había temido.

—Debemos purificar el templo, señor, y prepararlo para que recupere su carácter sagrado. Mis hermanos y yo trabajaremos día y noche para completar los rituales necesarios. Será como si la vil influencia de Magtheridon nunca hubiera profanado este lugar.

Illidan asintió con lentitud.

—Ya habrá tiempo para eso después.

—¿Después, lord Illidan?

—Después de que cumpla mis objetivos. Aún hay mucho que hacer para que Outland sea libre.

—Pero ya hemos liberado el templo, ¿no, milord?

—Ningún lugar será libre mientras la Legión Ardiente prosiga su conquista. Debemos fortificar este lugar, debe convertirse en un faro para todos aquellos que se oponen a los demonios.

Un decepcionado Akama tragó saliva. En cierto modo, había esperado que ocurriera algo así; pero no permitió que se reflejara en su semblante, sino que clavó la mirada en el suelo y dijo:

—Sí, no cabe duda de que las cosas son como señalas, lord Illidan. ¿Puedo retirarme para compartir las alegres noticias con mi pueblo?

—Puedes irte —respondió Illidan, quien, tras permanecer callado un momento, añadió—: El templo volverá a manos de los Tábidos, Akama. Simplemente, no será hoy.

—Por supuesto, señor. No lo dudo.

Akama salió rápidamente de la sala del trono de Magtheridon, pues debía prepararse para viajar: tenía que reunirse con alguien que tal vez podría ayudarle. Mientras se marchaba, se fijó en que el príncipe Kael’thas lo seguía con la mirada, con una mirada burlona.

El príncipe había sabido desde un principio lo que iba a ocurrir. Al igual que lady Vashj. Por fortuna, los Tábidos no habían confiado por entero en la benevolencia de Illidan. Akama había sido lo bastante sensato como para preparar varios planes de contingencia, pues no se le escapaba que estaba pactando con alguien al que apodaban el Traidor.

Si el cazador de demonios no lo ayudaba a recuperar el Templo de Karabor, había otros que sí lo harían. Había llegado el momento de buscar nuevos aliados. El lugar sagrado del pueblo de Akama sería purificado, daba igual lo que quisiera Illidan.

Illidan se encontraba con Kael’thas y Vashj en el tejado más alto del Templo Oscuro, contemplando el paisaje desolado del Valle Sombraluna. El cazador de demonios había proclamado su victoria al mundo de Outland desde las almenas, pero ahora la inquietud lo dominaba. No se sentía tan triunfal como esperaba, sino que le invadía un desasosiego cada vez mayor.

En la lejanía, el cielo era tan rojo como la sangre. Unas nubes carmesíes se acercaban a gran velocidad hacia el Templo Oscuro.

Unos vientos muy potentes azotaban las alas de Illidan. Unos ríos de polvo rojizo fluían por el aire. Illidan notaba un cosquilleo; se trataba de unas motas de magia vil que flotaban por doquier.

El príncipe Kael’thas gritó:

—¿Qué sucede, Vashj? ¿De dónde ha salido esta tormenta?

La matrona naga respondió:

—¡Agacha la cabeza, tonto! ¡Algo terrible se aproxima!

Las motas mágicas brillaron con más intensidad. Un aura reluciente cobró forma en el aire, cerca del tejado. Las motas se fusionaron en una figura gigantesca y deslumbrante, la cual flotó por encima de ellos; era tan grande como la torre de una fortaleza. Había algo en su silueta que le recordaba a Illidan a los Tábidos, a los draenei. Tenía cuernos. Su piel ardía y las llamas danzaban alrededor de sus pezuñas, iluminando desde abajo su cuerpo entero. Irradiaba tal poder que incluso el del señor del foso palidecía en comparación con él. Illidan fue consciente de que se hallaba una vez más en presencia de Kil’jaeden, el señor demoníaco que había comandado a gran parte de la Legión Ardiente.

Kil’jaeden bajó la vista y contempló iracundo a Illidan.

—Maldito mestizo estúpido. Fracasaste en tu misión de destruir el Trono Helado como te ordené. ¡Y se te ocurre esconderte de mí en este páramo abandonado! Creía que eras más inteligente, Illidan.

Era imposible evitar la mirada de Kil’jaeden. Los ojos del Falsario eran como imanes y exigían adoración y pleitesía; portaban una infinidad de promesas y una eternidad de horrores.

Se estableció un vínculo entre ellos. La entrada en contacto fue como una sacudida eléctrica. Illidan notó cómo la cruel mente de Kil’jaeden escrutaba la suya. Captó imágenes fugaces de los pensamientos más superficiales de su adversario. Vio mundos arrasados, imperios convertidos en títeres, un poder absoluto que respondía a la voluntad de este poderoso ser y sus siervos. Todo eso forma parte de las armas de seducción del Falsario. Esto también podrá ser tuyo, prometían esos ojos, que no dejaban ninguna duda sobre la veracidad de esa promesa. Si obedeces a Kil’jaeden, tus enemigos serán destruidos; tus sueños de dominación, cumplidos. Cualquier cosa que deseases podría ser tuya. Pero si desobedeces a Kil’jaeden…

Al fin había llegado el momento que Illidan tanto había temido y para el que llevaba tanto tiempo preparándose. No podía permitir que el Falsario leyera sus verdaderos pensamientos. Había cosas que no quería que Kil’jaeden viera, maquinaciones que el señor demoníaco no debía descubrir hasta que fuera demasiado tarde.

Notó cómo la voluntad de Kil’jaeden trataba de avasallarlo con su inmensa fortaleza. El poder del señor demoníaco cayó sobre él como una avalancha. Se armó de valor para resistirlo, para mantenerlo a raya y, acto seguido, permitió que las murallas exteriores de sus defensas mentales se derrumbaran. Illidan reforzó la segunda línea de protección y, lenta y cuidadosamente, dejó que se desmoronara, como si no tuviera fuerzas para impedirlo. Mientras hacía esto, invocó los hechizos que había preparado para ese momento. De manera sutil y prácticamente imperceptible, sus secretos se desvanecieron, enterrados en los recovecos más profundos de su mente. Y al mismo tiempo, permitía que el sondeo mental de Kil’jaeden derribara la barrera final e invadiera lo que parecían ser sus pensamientos más profundos.

Sintió la colosal e intrusiva presencia del señor demoníaco, el cual rebuscaba entre sus recuerdos e inspeccionaba la telaraña de su memoria, en una búsqueda incesante…

Illidan mantenía selladas ciertas partes de su mente, como lo haría cualquier hechicero. Todo el mundo tenía secretos oscuros y deseos que no quería que nadie conociera. Kil’jaeden comprendía tal cosa, como comprendía las debilidades de todos los seres vivos. Illidan le había dejado algunos datos muy tentadores a la vista mientras escudaba secciones enteras de su mente tras unos conjuros de desorientación.

Sin embargo, dicha indagación no buscaba sus secretos más ocultos, sino que se dirigía hacia sus recuerdos de los acontecimientos más recientes. Las imágenes danzaron en la mente de Illidan, forzadas a emerger por la curiosidad de Kil’jaeden.

Una vez más, Illidan se adentró en el bosque corrupto de Fronda- vil, dispuesto a demostrar a su hermano que no era ningún títere de los demonios. Oyó el estrépito metálico del choque entre una guja de guerra y una espada ancestral encantada mientras se enfrentaba al príncipe Arthas, el humano traidor al servicio del Rey Lich, el ser que lideraba ese ejército de no-muertos conocido como la Plaga. Lucharon sin que hubiera un ganador. Entonces, Arthas le tentó con revelarle dónde se encontraba la Calavera de Gul’dan. Illidan sabía que tenía que hallarla…

Notó una vez más esa oleada de poder extático que lo invadió al romper los sellos de la calavera y transformarse en un demonio. Se valió del poder desatado de esa reliquia para derrotar al Señor del Terror Tichondrius (quien había asumido el mando de la Plaga) y su anfitrión, pero incluso en ese momento de triunfo, Illidan había conocido la derrota, ya que su hermano y Tyrande fueron testigos de su transformación y le dieron la espalda. Una vez más, comprendió que la única salida que le quedaba era el exilio.

Percibió la malévola diversión que le proporcionó al Falsario obligarlo a revivir su encuentro más reciente con él. Kil’jaeden le había ofrecido la posibilidad de unirse de nuevo a la Legión si destruía el Trono Helado y acababa así con la fuente de poder del rebelde Rey Lich. Malfurion había frustrado los planes de Illidan y, de ese modo, lo había condenado a huir de la ira de Kil’jaeden. Notó que el señor demoníaco se detenía un momento a evaluar si realmente Illidan se había esforzado a la hora de cumplir con su misión.

Revivió su huida a Outland, donde volvió a caer en manos de Maiev. Por suerte, recibió la ayuda de Kael’thas y Vashj. Incluso su victoria de ese mismo día, en que había derrocado a Magtheridon, fue examinada a conciencia. Esta vez fue consciente de que Kil’jaeden estaba con él, observando la derrota del señor del foso. Al Falsario no le importaba quién gobernara Outland, siempre que lo hiciera en el nombre de la Legión.

Entonces, de manera tan súbita como se había establecido, el contacto se rompió. El señor demoníaco se retiró de la mente de Illidan, quien se percató de que lo que a él le habían parecido horas, en realidad solo había sido un instante: el espacio de tiempo que separa a un latido del siguiente.

Illidan tenía la sensación de que el corazón se le iba a salir del pecho, pues sabía que su aniquilación era inminente. En ese momento, ni siquiera él podría hacer frente al poder de Kil’jaeden. Si caía, todas sus maquinaciones, todos sus sacrificios habrían sido en vano.

Intentó dar con las palabras adecuadas, puesto que eran las únicas armas que podrían salvarlo en ese instante. Confirió un tono suplicante a su voz, pues sabía que el vanidoso demonio se sentiría alagado si creyese que Illidan se estaba humillando ante él.

—¡Kil’jaeden! Simplemente, me he visto obligado a demorar el cumplimiento de mi misión. He venido aquí para intentar aumentar mis fuerzas. ¡El Rey Lich será destruido, te lo prometo!

La mirada del demonio se desplazó de Illidan a Vashj y, por último, se detuvo en el príncipe Kael’thas. Illidan sabía que las vidas de todos pendían de un hilo. El silencio reinó por un momento que pareció prolongarse una eternidad antes de que el demonio volviera a hablar.

—¿De veras? No obstante, estos sirvientes que te están prestando ayuda parecen muy prometedores. Te voy a dar una última oportunidad, Illidan. ¡Destruye el Trono Helado o te enfrentarás a mi ira eterna!

La intensidad de la energía vil aumentó. El fulgor que envolvía a Kil’jaeden aumentó hasta el punto de ser insoportable y, en cuanto se desvaneció, comprobaron que el señor demoníaco se había marchado. Illidan lanzó un hondo suspiro. ¿Lo había logrado? ¿Había conseguido ocultar sus verdaderas intenciones a Kil’jaeden? ¿Había engañado al Falsario? Suponía que pronto lo descubriría.

Apretó los puños con rabia al pensar en el modo en que Kil’jaeden lo había tratado. Como una marioneta. Intentó aplacar su furia. Se acercaba el momento en que les haría pagar muy caro a sus enemigos lo que le habían hecho, incluso a Kil’jaeden. Tan solo debía mantener su mascarada de obediencia un poco más. Para ganar tiempo, Illidan tenía que cumplir lo que el Falsario le había ordenado.

Miró a sus compañeros. Ellos le devolvieron la mirada, dubitativos. Por un momento fugaz, se planteó contarles sus planes, pero enseguida descartó la idea. Ellos también habían sufrido el escrutinio del señor demoníaco, y habían sentido sus amenazas y sus lisonjas. Era imposible saber cómo habrían reaccionado ante ellas en lo más hondo de su ser.

Entonces, Illidan dijo:

—Tal vez esconderse aquí no haya sido una decisión muy prudente. Aun así, tenemos una misión que llevar a cabo. ¿Me seguirán hasta el gélido corazón de la misma muerte?

Lady Vashj enrolló la parte serpentina de su cuerpo y la parte del torso la enderezó cuan larga era.

—Los nagas están dispuestos a seguir tus órdenes, lord Illidan. Allá donde vayas, te seguiremos.

El príncipe Kael’thas parecía hallarse aturdido, lo cual era normal tras haber sido objeto de la atención total de un señor demoníaco. Tras recobrar la compostura, afirmó:

—Los elfos de sangre también están a tu disposición, maestro. Nos llevaremos por delante al Azote y haremos añicos al Trono Helado, tal y como ordenas.

—Aún nos sobra algo de tiempo —señaló Illidan—. Hay ciertas cosas que debo hacer antes de que nos vayamos. Debemos estar preparados.

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