El ascenso de la Horda – Capítulo Veinte

He hablado con muchos de los que estuvieron presentes durante la destrucción de la ciudad de Shattrath. Cuando les pregunto sobre lo ocurrido, sus recuerdos parecen nublados y pobres. Incluso Drek’Thar, que tanto recuerda con una claridad sorprendente, tartamudea y titubea cuando le pido recordar los detalles. Es como si aquéllos que habían bebido de la sangre demoniaca sólo fueran capaces de recordar la furia que sentían y no lo que hicieron con sus propias manos. E incluso aquéllos que no la bebieron, un puñado de orcos entre los que se encontraba Drek’Thar, incluso ellos, no son capaces de recordar los detalles de aquel día. Como si las atrocidades que cometieron fueran tan horrorosas que quisieran ser olvidadas.

No cabe duda de que algunos draenei sobrevivieron al asalto; aquí, en Azeroth, he visto con mis propios ojos las tristes y patéticas criaturas en las que se han convertido los que un día fueran gloriosos draenei, preguntándose con tristeza el porqué de su situación y llorando como niños por el hogar perdido. Esos “últimos draenei” son dignos de lástima.

Es por eso que el recuerdo de ese día es vago, cosa que lamento. Un momento así, por siniestro que sea, no debería ser olvidado o pasado por alto. Y ése es el mayor desafío de aquél que quiere contarlo.

* * *

Mientras marchaban camino de la ciudad, los orcos ardían con una salvaje necesidad de destrucción. Algunos estaban tan rebosantes de rabia y odio que golpeaban incluso a las rocas cuando pasaban cerca de ellas. Otros gritaban encolerizados. Y otros se mantenían callados y mortalmente serios, concentrando toda su rabia para ser liberada en el momento adecuado.

Durante esa larga marcha, a Durotan le preocupaba más su propia gente, aquéllos individuos a los que un día había llamado amigos, que cualquier ogro blandiendo el garrote o que una manada de talbuks… o que cualquier enemigo draenei, por muy enfurecido que estuviera. Temblaba y tenía sudores fríos, pero no sentía miedo por sí mismo. Su temor era por lo que iba a pasar a continuación, no a los draenei, pues su destino estaba ya irremediablemente escrito, sino a su propia raza, a los orcos. Mientras corrían hacia Shattrath bajo el grito de la Horda, Durotan era un mar de dudas.

En un momento dado, un horrible estruendo los hizo caer al suelo a todos. Mientras se incorporaban, se giraron hacia el lugar del que venía para ver de qué se trataba.

Parecía como si la montaña hubiera explotado. Una especie de fuego líquido se levantó violentamente hacia el cielo nocturno para luego caer y salpicar toda la montaña y sus agrestes picos. Relucía y brillaba como la sangre de demonio que los orcos acababan de beber, aunque con un tono más naranja y amarillento que verde siniestro. La montaña escupió más y más lava. Era una visión gloriosa, fascinante y. terrible.

Los orcos interpretaron tal visión como una señal y rompieron en un grito de júbilo. Después de unos momentos de celebración ante la montaña, el Trono de Kil’jaeden, bendiciendo su esfuerzo, dieron media vuelta y continuaron su marcha camino a la masacre.

Unos kilómetros antes de entrar en la ciudad se frenaron. Toda la zona había sido limpiada recientemente y por un momento los primeros orcos en llegar allí se sintieron confundidos. Era allí donde les habían dicho que tenían que reunirse, donde sus máquinas de guerra tenían que estar preparadas para la batalla.

Entonces, sin previo aviso, algo se materializó frente a sus ojos. Los orcos dieron un paso hacia atrás, jadeando. Luego, fuera de toda lógica y razón, empezaron a gruñir ante tan enorme ser. Se alzaba ante ellos, tres veces más alto que cualquier ogro, completamente rojo, desde las pezuñas hasta la punta de su cola, desde los cuernos hasta sus afiladas uñas negras. Su tamaño no se parecía a nada de lo que hubieran visto antes, pero su forma. Durotan lo miró y pensó lo parecido que era a un draenei enorme y con la piel roja. De repente la idea de que los orcos habían sido arrastrados a un conflicto personal en el que nunca deberían de haberse metido lo golpeó con tanta fuerza como una marea.

—¡No tienen nada que temer y sí mucho que celebrar ahora que han jurado su alianza conmigo! —Gritó con una voz que penetraba hasta los huesos—. Soy Kil’jaeden, el Más Bello, aquél que ha estado a su lado desde el principio. Y ahora, de camino hacia la más gloriosa batalla, también estoy de su lado. Hubo un tiempo en el que los draenei conspiraron contra ustedes hasta el punto de esconderles toda una ciudad. Pero ahora han destruido esa ciudad, y otras, y han arrasado su templo. Todo lo que nos queda por hacer es superar esta batalla final y entonces la amenaza será eliminada por completo.

—La piedra verde que antes escondía la ciudad de Telmor ante nuestros ojos ahora esconde la perdición ante los suyos. ¡Kehla men samir, solay lamaa kaki!

La ilusión se desvaneció y docenas de catapultas, arietes y armas de asedio de todos los tipos aparecieron frente a sus ojos. De pie junto a las máquinas de guerra estaban los ogros, quietos y en silencio, con sus estúpidos rostros mostrando determinación. Llevaban armas adecuadas a su tamaño y Durotan contó, como mínimo, tres docenas de ellos listos para la batalla. A su lado, las enormes armas parecían juguetes.

—Y hay más… —dijo Kil’jaeden mientras movía las manos.

Todos los brujos gritaron y se llevaron las manos a la cabeza durante un momento, luego parpadearon y sonrieron.

—He transmitido nuevos hechizos a sus mentes. Utilícenlos bien. ¡Asalten a los draenei, ahora!

Una marea de orcos sedientos de sangre se puso en marcha, como si Kil’jaeden hubiera abierto una compuerta. Algunos de ellos empuñaron las armas que habían sido fabricadas para hacer caer una ciudad con una energía que Durotan no recordaba haber visto nunca. Los ogros se dirigieron inmediatamente hacia las otras, moviendo las enormes armas pesadas a un ritmo acelerado. Otros orcos estaban tan cegados por la sed de sangre que simplemente salieron corriendo hacia la ciudad. Durotan no sabía lo que iban a hacer al llegar allí, pero tanto él como su clan siguieron al grupo obedientemente.

Las máquinas de guerra impulsadas por los ogros y los orcos retumbaban de forma constante. Pero, incluso antes de que hubieran llegado a sus posiciones, las murallas que protegían la ciudad estaban bajo ataque. Enormes rocas de color verde brillante caían desde el cielo y golpeaban la ciudad. Torres y ciudadelas que se elevaban por encima del nivel de los muros se agrietaban y caían hechas añicos, y el propio muro estaba empezando a desmoronarse por varios lugares. Pero no era sólo las simples rocas que caían del cielo, sino lo que crecía de ellas una vez llegaban a tierra.

Moviéndose con una velocidad escalofriante, aparecieron criaturas que parecían hechas de la misma piedra verde brillante, se pusieron de pie y cargaron. Empezaron a golpear con sus martillos los muros de la muralla al mismo tiempo que otras piedras normales lanzadas por las catapultas también la golpeaban. Enormes troncos de árbol chocaban contra la puerta principal. Dos ogros estaban golpeando la puerta con sus garrotes, y sus vigas se estremecían. Durotan podía oír los gritos de furia y horror mientras los draenei intentaban luchar contra las criaturas, los infernales, según oyó que un brujo se refería a ellas. La mayoría de los brujos usaban a estos nuevos siervos, pero algunos todavía usaban sus pequeñas criaturas, más obedientes a sus órdenes.

La ciudad no sería capaz de aguantar mucho tiempo ante un asalto como ése. Haciendo un ruido atronador, toda una sección de pared de piedra se derrumbó. La marea de enloquecidos orcos y ogros se colaba por el agujero mientras gritaban y agitaban sus armas. Durotan se quedó dónde estaba, clavado en la tierra, viendo cómo los orcos luchaban y mataban y morían.

La rabia y la furia que había observado en ellos antes de entrar en batalla no era nada comparado con lo que ahora veía. No había ninguna estrategia, ningún intento de defensa, ninguna llamada de retirada cuando fuera necesaria. No era más que asesinato y masacre, dar muerte y recibirla, carreras estúpidas hacia callejones sin salida llenos de trampas. Algo así era de esperar en los ogros, y Durotan no sentía ninguna lástima mientras veía sus pesados cuerpos caer y chorrear sangre. Pero los orcos… parecían estar más preocupados por la sensación de bienestar que les provocaba la batalla y por los gritos de guerra que brotaban de sus gargantas que por cualquier otra cosa.

Decenas. no, no, cientos morirían esa noche. El número de víctimas transformaría la ciudad en un lugar inhabitable. Cuando salió el sol, los cuerpos azules y verdes se amontonaban como basura por las calles. Había sido una carnicería, un caos, y algo demente. Durotan blandió su hacha porque era o luchar o morir; e incluso entonces, a pesar de saber que su gente iba por el mal camino, no deseaba morir.

Kil’jaeden y Mannoroth permanecieron juntos, observando cómo los meteoritos verdes que albergaban en su interior a los infernales golpeaban la tierra.

—Se arremolinan como insectos —dijo gruñendo Mannoroth.

Kil’jaeden asintió, complacido.

—Así es. Qué visión tan bella, estoy muy satisfecho.

—¿Y ahora qué?

Kil’jaeden miró sorprendido a su teniente.

—¿Ahora qué? No hay más que hacer, al menos no aquí. Los orcos han cumplido con mi propósito. Arden con tu sangre, mi amigo. Los consumirá a no ser que encuentren una salida a su odio y la única que tienen es masacrar a todos los draenei sobre la faz de este mundo.

Observó cómo el fuego se teñía de verde brillante a lo lejos.

—Está bien que hayas terminado aquí —dijo Mannoroth—. Archimonde murmura que estás perdiendo el tiempo y nuestro maestro nos quiere en otro lugar.

Kil’jaeden suspiró.

—Tienes razón. Sargeras está ansioso y ha sido muy paciente conmigo. Sólo lamento una cosa, no estar presente cuando destripen a Velen. Ah, bueno. Será suficiente saber que así fue. Vayámonos de este lugar.

Hizo un gesto y desaparecieron, tanto él como su teniente.

* * *

—¿Qué quieres decir con que él no estaba allí? ser verdad.

—Lo que te he dicho —gruñó Blackhand —. Rastreamos toda la ciudad, Velen no estaba en ningún sitio.

—Tal vez un grupo sobreexcitado lo encontró primero y mutiló su cuerpo —dijo Gul’dan nervioso. Eso no son buenas noticias. Gul’dan le había dado órdenes a Blackhand de encontrar el cadáver del profeta Velen y traer su cabeza de vuelta. Iba a ser un regalo para Kil’jaeden.

—Es posible, incluso probable —dijo Blackhand—. Pero, por lo que me habías contado, aunque su cuerpo hubiera sido descuartizado, no podría haberse confundido con el de un draenei normal.

Gul’dan negó con la cabeza, preocupado y un poco enfermo. Los draenei tenían la piel azul y el pelo negro. Velen, su profeta, tenía la piel blanca y pálida y el pelo blanco. Sólo con que hubiera quedado un trozo de su piel podrían haber identificado su cuerpo.

—¿Han peinado la ciudad en su búsqueda?

Las cejas de Blackhand se juntaron.

—Te he dicho que así lo hicimos —dijo sombríamente. Su respiración comenzó a acelerarse y sus ojos se volvieron aún más rojos por la ira que estaba creciendo dentro de él.

Gul’dan asintió con la cabeza. Ebrios como estaban los orcos por la sangre no podían haber fallado en la búsqueda del cuerpo del líder de sus enemigos. La recompensa sería demasiado grande y el castigo en el caso de que se hubiera pasado por alto y descubierto más tarde, muy grande.

De alguna manera, Velen había escapado. Eso significaba que probablemente había otros draenei vivos. De repente, su corazón se aceleró de pánico mientras se preguntaba cuántos se le habrían escapado de las manos… y a dónde en este ancho y gran mundo habían ido.

Tiempo atrás, Velen había tenido un templo entero lleno de acólitos, sacerdotes y sirvientes en el que meditar y orar. Ahora, estaba en una habitación pequeña; él era uno de los pocos que tenía su propia habitación. Sostenía el cristal violeta en su mano y una lágrima se deslizaba silenciosa y desatendidamente por su mejilla.

Vio la caída de la ciudad. Quería quedarse para prestar su propia y nada desdeñable magia a sus hermanos, pero esa decisión le hubiera costado la vida, no sólo la suya, sino la de todo su pueblo. No necesitaban un mariscal en ese momento. Los orcos, borrachos de sangre demoniaca, ardían con un deseo asesino que no se saciaría matando a todos los draenei que quedaban en Draenor, ni siquiera viendo sus rígidos y muertos cadáveres. Kil’jaeden y la Legión Ardiente de demonios de Sargeras los controlaban. Los orcos los superaban en número y contaban con ogros, brujos y una furia que los llevaría física y emocionalmente a lugares donde ninguna otra mente racional se atrevería a viajar. Velen no podía hacer nada más que dejar que la ciudad cayera, pues nada se podía hacer para salvarla.

Tampoco los orcos podían ser salvados. El único destello de esperanza para la redención final de la Horda residía en el único clan que no había bebido la sangre, que no había hecho el pacto, aquéllos que todavía conservaban sus mentes y sus corazones a su voluntad. Unos ochenta orcos, eso era todo. Ochenta para enfrentarse a más de una docena de clanes, en su mayoría mucho más grandes, cuyo Jefe de Guerra era el peor de todos ellos. A partir de entonces, los orcos serían tratados como bestias enloquecidas siempre que un draenei se topase con ellos; acabarían con su vida rápida y clementemente pues, mientras no fueran conscientes de todo lo que habían hecho, los draenei morirían a toda costa.

Velen habría querido abandonar la ciudad, dejarla vacía antes de que los orcos descendieran sobre ella. Quería salvar a tantos draenei como pudiera. Pero Larohir, el inteligente general que había sustituido a Restalaan después de su reciente muerte en batalla, lo había convencido de que no iba a funcionar.

—Si hay un número insuficiente de draenei para asesinar —había dicho Larohir con voz suave y compasiva pero, sin embargo, dura como el acero— entonces el deseo que los consume ni siquiera se saciará de forma temporal. Seguirán hambrientos y captarán nuestro olor mientras esté fresco y lo rastrearán hasta encontrarnos. Hasta matarnos. Deben creer que nos han matado a la mayoría, con la intención de hacerles creer que… es cierto.

Velen lo miró horrorizado.

—¿Quieres que sacrifique a mi gente de forma intencionada?

—Todos excepto unos cuantos de nosotros sabemos que escapamos de Argus —dijo Larohir—. Lo recordamos. Recordamos lo que Kil’jaeden nos hizo, lo que pasó con nuestra gente. Moriríamos, mejor dicho, moriremos felices sabiendo que un puñado de los nuestros sobrevivirán incorruptos.

Velen bajó la cabeza con el corazón partido.

—Si los orcos creen que nos han matado a todos, a excepción de un puñado sin importancia, Kil’jaeden se dará por satisfecho. Se irá.

—Los orcos van a sufrir mucho —dijo Larohir, sin parecer disgustado. Después de lo que los orcos habían hecho a los draenei recientemente, Velen no podía culparlo.

—Que así sea. Y no tengo ninguna duda de que nos seguirán allá donde vayamos.

—Pero los métodos que utilizarán para seguir a unos cuantos de nosotros no serán los mismos si sospechan que todavía quedamos varios cientos vivos —dijo Larohir—. Es una ventaja para nosotros parecer tan dispersos e impotentes como sea posible.

Velen levantó la mirada hacia Larohir.

—Es fácil para ti hablar así. Pero la decisión no es tuya. Es mía. Yo seré quien diga: Tú, tú y tu familia vendrán conmigo y sobrevivirán. Pero tú, tú y tú, se quedarán atrás para que esos enloquecidos y endemoniados orcos los desgarren en pedazos y se unjan con su sangre.

Larohir no dijo nada. No había nada que decir.

Velen habló personalmente con cada uno de los suyos que habían sido elegidos para morir. Los había abrazado y bendecido; había recibido cosas que significaban algo para ellos y se había comprometido para que esas cosas, como mínimo, sobrevivieran. Estoico y sereno, había observado cómo aquéllos que no eran ya más que muertos reparaban sus armaduras y afilaban sus espadas, como si el resultado de aquella batalla pudiera ponerse en cuestión. Y había visto, también, cómo partían cantando las canciones antiguas para encerrarse tras las murallas y esperar el momento en que una maza, hacha o lanza acabara con sus vidas.

Velen no podía ir con ellos. Tenía habilidades únicas y, si los draenei querían sobrevivir, él también tenía que hacerlo. Pero había utilizado el cristal para ver todos los momentos de la batalla y el dolor que sintió estaba cicatrizando y al mismo tiempo purificándolo. Ninguno de ellos habría muerto en vano.

Los orcos no conocían la Marisma de Zangar. Todavía no habían descubierto este lugar escondido y, si no fuera por Velen, ellos tampoco. Allí, las mejores mentes draenei seguirían buscando la forma de aprovechar las energías y de controlarlas para mantener a salvo a los pocos que habían sobrevivido. Allí, se reagruparían y se recuperarían, sanarían, esperarían y rezarían para haber engañado, por fin, a Kil’jaeden el Impostor y escapado de su vista.

Los orcos habían capturado tres de las piedras, pero Velen todavía tenía cuatro: Sonrisa de la Fortuna, Ojo de la Tormenta, Escudo de los Naaru y, por supuesto, Canción de Espíritu. Y, aunque su vínculo con el naaru era tenue, estaba seguro de que K’ure seguía con vida.

Aunque las lágrimas se deslizaban por su pálido rostro y caían sobre la superficie del cristal violeta, aunque lamentaba la completamente trágica pérdida de tantas vidas, Velen, el profeta de los draenei, sintió una chispa de esperanza en su interior.

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