El ascenso de la Horda – Capítulo Dieciocho

Soy un chamán de segunda generación, así como el líder de la segunda Horda, por la que rezo a diario para que sea mejor y más sabia. He hablado con los elementos y los espíritus y he sentido que trabajaban en armonía conmigo muchas veces y que se negaban a ayudarme otras. Pero nunca he visto a los espíritus de los ancestros, ni siquiera en mis sueños; mi alma anhela una conexión como ésa. Hasta hace bien poco, aquéllos que una vez caminaron la senda del chamanismo no podían ni imaginar en sueños volver a hacerlo y sin embargo lo han hecho.

Tal vez un día, las barreras que existen entre nosotros y nuestros queridos muertos también sean derribadas.

Tal vez.

Pero me pregunto si eran realmente conscientes de hasta dónde nos alejamos de sus valiosísimas enseñanzas, si vieron lo que hicimos en Draenor, lo que le hicimos a Draenor… tal vez incluso ahora prefieran darnos la espalda y abandonarnos a la suerte de nuestro destino. Y, si eso es lo que han escogido, no soy quién para echarles nada en cara.

* * *

—No lo entiendo —dijo Ghun. Era el brujo más joven del clan, aun así, pensó Durotan con amargura, uno de los más idealistas. Había visto cómo Ghun arrugaba la nariz en un gesto triste al ser obligado a utilizar a aquellas extrañas criaturas en la batalla contra los draenei. Había visto cómo la pena se apoderaba de su joven rostro cuando sus enemigos se retorcían agonizando delante de él. Drek’Thar había llevado ante Durotan al joven justo después de la declaración de Gul’dan—. ¿Qué hay de malo en esperar que los elementos vuelvan a trabajar para nosotros alguna vez? ¿Y por qué no puedo ir a Oshu’gun?

Durotan no tenía respuestas de verdad para sus preguntas; el decreto de que nadie debía practicar las artes chamánicas nunca más bajo pena de castigo severo o exilio o incluso muerte por reincidencia había aparecido aparentemente de la nada, sin más explicaciones. Era cierto que la mayoría de aquéllos que habían practicado el chamanismo lo habían abandonado cuando los elementos dejaron de colaborar con ellos. Pero ¿qué pasaba con los ancestros? ¿Por qué motivo, en estos tiempos de crisis y necesidad, Gul’dan había prohibido a los orcos acudir a su lugar más sagrado?

Y, como él no tenía respuestas para un joven que se las merecía, Durotan se enojó. Su voz era ronca y profunda.

—Para asegurar la victoria sobre los draenei, nuestro Jefe de Guerra ha hecho ciertos aliados. Estos aliados nos han proporcionado los poderes de brujería que controlas. No me mientas, sé que estás satisfecho con sus resultados.

Los afilados dedos de Ghun habían estado removiendo la tierra seca y muerta hasta sacar una piedra. La lanzaba arriba y abajo sobre la palma de su mano. Durotan frunció el ceño, mirando la piel del joven orco. La aridez de ese lugar y las duras condiciones bajo las que habían estado trabajando durante los últimos dos años les estaban pasando factura. Su habitual piel morena, suave y tensa, se extendía seca y escamosa ahora sobre sus músculos. Inconscientemente, Ghun se arrancó una piel seca que estaba a punto de caer. Durotan observó la nueva capa de piel que había crecido por debajo de ésta.

Tenía un tono verdoso.

Por un momento, un absurdo pánico animal se apoderó de Durotan. Se obligó a calmarse y a mirar otra vez. No había duda de que la piel era, de hecho, un poco verde. No tenía ni idea de lo que esto podía significar, pero era algo nuevo y era algo extraño, e instintivamente no le gustó nada. Ghun parecía no haberse dado cuenta. Lanzó la piedra con un gruñido mientras observaba cómo se perdía en la distancia.

Si hubiera sido más adulto, Ghun se habría dado cuenta del tono de advertencia que su jefe de clan había utilizado. Pero era joven y, como prestaba más atención a sus propias preocupaciones, no le hizo caso.

—Los hechizos… las criaturas que me obedecen… estoy satisfecho con su eficacia. Pero no con cómo llevan a cabo esta eficacia. Me hacen sentir. me hacen sentir mal, mi jefe de clan. Matar es matar, y los elementos que usábamos me otorgaban poderes con los que mataba a mis enemigos, pero nunca sentí esta sensación con su poder. Estamos en esta guerra porque los ancestros nos han dicho que teníamos que matar a los draenei — continuó Ghun—. Entonces, ¿por qué Gul’dan nos dice ahora que no podemos ir a hablar con ellos?

Algo dentro de Durotan chasqueó. Dejó escapar un bramido furioso y levantó al joven orco hasta ponerlo en pie. Lo agarró por sus ropas a la altura del pecho y acercó su cara a menos de un centímetro del estupefacto rostro del brujo.

—¡Eso no tiene importancia! —gritó—. Haré todo lo que sea mejor para el clan Frostwolf y ahora eso significa hacer lo que Gul’dan y Blackhand nos digan que hay que hacer. ¡Obedece esta nueva orden y punto!

Ghun lo miraba sorprendido. Tan rápida como había aparecido la ardiente ira de su líder desapareció, dejando una estela de pena. Durotan añadió susurrando solo para los oídos del joven brujo:

—No seré capaz de protegerte si tú no te proteges a ti mismo.

Ghun lo miró a los ojos, parecían tener un extraño brillo naranja; luego bajó la mirada y suspiró.

—Lo entiendo, mi líder. No traeré la deshonra sobre el clan Frostwolf.

Durotan lo dejó marchar. Ghun dio un paso atrás, se colocó bien sus ropas, hizo una reverencia y se fue. Durotan lo observó mientras se marchaba, contrariado. Ghun también era consciente de que la forma en que se estaban desarrollando las cosas estaba mal. Pero que un solo y joven orco intentara contactar con los elementos no podía hacer nada para detenerlas.

Tampoco, pensó Durotan, podía hacerlo un solo jefe de clan.

El siguiente objetivo que caería bajo el poder de la Horda sería un sitio sagrado.

Justo después de que se proclamase la prohibición del chamanismo, se ordenó iniciar la marcha hacia un lugar que los draenei llamaban el Templo de Karabor. Aunque se encontraba cerca del Valle de Shadowmoon, las tierras ancestrales del clan de Ner’zhul que habían tomado el nombre del mismo valle, ningún orco lo había visto antes. Era un lugar sagrado y como tal había sido respetado por los orcos. O, al menos, fue respetado hasta el momento en que Blackhand, frente a su ejército, empezó a despotricar contra la llamada espiritualidad de los draenei.

—Las ciudades que hemos tomado hasta ahora no han sido más que meros ejercicios prácticos —declaró Blackhand—. Pronto llegará el día en que su capital sea destruida. Pero antes de que arrasemos su ciudad más importante, tenemos que arrasarlos como pueblo. ¡Aplastaremos este lugar! Destrozaremos sus estatuas. Acabaremos con todo lo que significa algo para ellos. Asesinaremos a sus líderes espirituales. Perderán sus corazones y entonces… la toma de su ciudad será tan fácil como matar al cachorro de un lobo ciego.

Durotan, que estaba con los otros guerreros armados y montados, le lanzó una mirada a Orgrim. Como casi siempre, su viejo amigo estaba al lado de Blackhand. Orgrim se había convertido en un maestro manteniendo una sensación de impasividad en su rostro, pero no podía esconder completamente sus sentimientos a Durotan. Él también sabía qué significaba lo que estaban oyendo. Ese templo era el hogar de Velen. El Profeta sólo estaba de visita aquel día en Telmor, pero su verdadero lugar era el templo, donde rezaba, meditaba y servía a su gente como profeta y guía. Si ese día Velen estaba allí, en el templo, probablemente sería asesinado. Ya había sido suficientemente duro matar a Restalaan, por lo que Durotan había rezado para no tener que asesinar también a Velen. Si es que había alguien a quién rezar, claro.

Seis horas más tarde, desde la parte más elevada de las escaleras de la gran sede del templo de los draenei, Durotan casi se ahoga con los olores que asaltaban su nariz. El ya familiar hedor de la sangre draenei. La peste a orina y heces, y el intenso olor a miedo. El dulce y empalagoso olor a incienso. La sangre cubría las suelas de sus botas; mientras crujían sobre los juncos esparcidos, desprendían una limpia fragancia que de alguna manera empeoraba los otros olores mucho más…

Durotan se dobló y vomitó, tenía un sabor amargo en su boca. Arrojó todo lo que tenía dentro hasta que su estómago se quedó vacío; luego, con las manos temblorosas se enjuagó la boca con agua y escupió.

Una risa áspera llegó hasta sus oídos y se sonrojó. Se dio media vuelta y vio a los dos mocosos de Blackhand, Rend y Maim, riéndose de él.

—Ése es el espíritu —dijo Rend, todavía riendo—. Eso es todo lo que se merecen, nuestro vómito y saliva.

—Así es —dijo Maim repitiendo las palabras de su hermano—. Nuestro vómito y saliva.

Maim le dio una patada al cadáver de un sacerdote que yacía cerca de él vestido con una túnica púrpura y le escupió. Durotan se giró ante la repugnancia y horror de que era testigo, pero no sirvió de nada. Allá donde miraba otros orcos hacían lo mismo sobre los cuerpos inertes de sus enemigos: los profanaban, saqueaban y se vestían con sus ropas empapadas en sangre mientras se burlaban de sus maneras. Otros llenaban metódicamente sus sacos con candelabros, cuencos y platos bellamente tallados, mientras se comían las sabrosas frutas que habían sido dejadas como ofrendas a deidades que los orcos no llegaban ni a comprender, ni querían hacerlo. Blackhand, que había sumado una victoria más a su crédito, devoraba tan rápidamente una bebida alcohólica que había encontrado que su líquido verde le caía por las mejillas y se le colaba por la armadura.

¿Es esto en lo que nos hemos convertido? ¿Asesinos de sacerdotes desarmados, saqueadores de sus objetos sagrados y profanadores de sus cuerpos inertes? Madre Kashur… en cierta forma me alegro de que nos hayan prohibido contactar con ustedes… pues no quiero que vean esto.

—Han tomado el templo —dijo Kil’jaeden—, pero no han encontrado mi premio.

La voz de Kil’jaeden era tan suave y acaramelada como siempre, pero ahora movía la cola de forma nerviosa. El estómago de Gul’dan se encogió del miedo.

—Velen, el Traidor, lo debe de haber intuido de alguna forma —dijo Gul’dan—. No en vano es conocido como el Profeta.

La enorme cabeza de Kil’jaeden se giró hacia Gul’dan y éste tuvo que hacer un gran esfuerzo para no temblar de miedo. Entonces, Kil’jaeden asintió lentamente.

—Tienes razón —dijo—. Si fuera un enemigo fácil y estúpido, ya habría dado con él.

Gul’dan empezó a respirar de nuevo. Una parte de él ardía en deseos de preguntar qué había hecho Velen para ganarse un odio tan irracional de su maestro. Estaba bastante seguro de que ambos pertenecían a la misma raza. Pero Gul’dan era lo suficientemente listo como para permanecer callado. Podía vivir con su curiosidad insatisfecha sobre este peculiar asunto.

—Con la toma de su templo para nuestros propósitos, maestro, no me cabe ninguna duda de que aquéllos que hayan sobrevivido habrán huido hacia la ciudad. Allí se sentirán a salvo, seguros, pero en cambio serán atrapados.

Kil’jaeden movió sus dedos de color escarlata y sonrió.

—Sí —dijo—. Sí. El templo será tuyo. Blackhand parece muy cómodo instalado en la Ciudadela. Pero, antes de que órdenes a tus pequeñas marionetas que asalten la fortaleza draenei, tengo un… regalito para ellos.

* * *

Ner’zhul esperó hasta que Gul’dan haya acabado. Observó desde atrás cómo escribía una carta tras otra, manchando de tinta sus fofos dedos, los mismos con los que cogía una pieza de fruta o un trozo de carne y lo metía en su boca. Eran cartas importantes, pues normalmente Gul’dan utilizaba a uno de sus empalagosos escribas para enviar los mensajes.

El templo había sido… purgado, ésa era la palabra que Gul’dan había utilizado. Los sacerdotes que estúpidamente decidieron permanecer y enfrentarse a la oleada de orcos habían sido eliminados rápida y eficazmente. Ner’zhul había oído que sus cuerpos habían sido violados, de igual forma que sus objetos sagrados. La mayor parte del templo había sido clausurada, pues el Consejo y sus siervos no necesitaban demasiadas habitaciones. Habían tomado algunos de sus muebles para cubrir las necesidades del Consejo, el resto había sido substituido por la decoración oscura y puntiaguda inextricablemente asociada, ahora, con la Horda. Renombraron el complejo como el Templo Oscuro y, en lugar de albergar sacerdotes y profetas, mentirosos y traidores se reunían ahora dentro de sus muros. Ner’zhul reflexionaba con amargura, pues seguramente él se encontraría dentro de ese grupo.

Finalmente, Gul’dan terminó. Se quitó la tinta de los dedos para evitar futuras manchas y reposó la espalda contra el respaldo de la silla. Levantó la mirada hacia su antiguo maestro con un disgusto apenas disimulado.

—Escribe los destinatarios y dáselas a los mensajeros. Hazlo rápido.

Ner’zhul inclinó su cabeza. No era capaz de hacer una reverencia completa ante su antiguo aprendiz y Gul’dan, consciente de su patético estado, no lo obligaba. Se sentó en la silla que Gul’dan había dejado libre y, en el momento en que dejó de oír sus ruidosos pasos, empezó a leer.

Gul’dan ya esperaba que leyese las cartas, por supuesto. De hecho no había nada en ellas que Ner’zhul no supiera ya. Había asistido a todas las reuniones del Consejo de la Sombra, pero había sido obligado a sentarse en el frio suelo de piedra del Templo Oscuro en lugar de compartir la enorme mesa de madera donde se sentaban los integrantes que tenían verdadero poder. No estaba seguro de por qué le permitían asistir a ellas, sólo sabía que por alguna razón Kil’jaeden quería que así fuera. De otra forma, no tenía ninguna duda de que Gul’dan lo habría excluido ya.

A medida que leía el contenido de las cartas, sus ojos se abrían más y más y se ponía enfermo. Se sintió profundamente impotente, como una mosca atrapada en la pegajosa savia que chorrea por las cortezas de los árboles de olemba. O quizás ése era su objetivo. Por lo que había oído, los árboles que proporcionaban tan dulce néctar habían sido talados con la finalidad de utilizar su madera para fabricar armas, o bien estaban muriendo. Ner’zhul sacudió la cabeza para sacarse esa imagen y empezó a envolver los mensajes, tenía la mirada perdida en las piezas de pergamino no usadas y en el tintero y la pluma.

La idea era tan audaz que se le paró el corazón por un instante.

Rápidamente miró alrededor. Estaba completamente solo y no había ninguna razón para esperar que Gul’dan volviera. Gul’dan, Kil’jaeden y el Consejo pensaban que estaba acabado, inofensivo como un viejo lobo sin dientes que calentaba sus huesos con el fuego esperando el momento del sueño eterno. Y prácticamente estaban en lo cierto.

Prácticamente.

Ner’zhul se había resignado a pensar que le habían robado todo su poder. Su poder, pero no su voluntad. Si se la hubieran quitado, no habría sido capaz de resistirse a Kil’jaeden en absoluto. Ner’zhul no podía actuar directamente, pero podía ponerse en contacto con alguien capaz de hacerlo.

Le temblaban los dedos mientras cogía otro pedazo de pergamino. Se detuvo por un momento para conseguir calmarse y poder escribir así algo legible. Finalmente, escribió un mensaje corto, secó la tinta y lo enrolló.

Tal vez el lobo ya no tenía dientes, pero todavía no había olvidado cómo se luchaba.

* * *

Más órdenes de ataque. Durotan empezaba a estar harto de ellas. Ya nunca había una tregua, simplemente luchaban, reparaban sus armaduras, comían carne cada vez más dura y fibrosa, dormían sobre la misma tierra y volvían a luchar. Lejos quedaban los días de tocar los tambores, festejar, reír y celebrar rituales. Habían sustituido el triángulo perfecto de la Montaña Sagrada por una oscura y lúgubre aguja que en ocasiones emitía humo negro. Algunos decían que una criatura dormía dentro de la montaña y que un día despertaría. Durotan ya no sabía lo que creer.

Cuando el mensajero se acercó sobre su montura, Durotan tomó el mensaje y empezó a leerlo sin ganas. Abría los ojos más y más a medida que avanzaba la lectura; cuando terminó de leer el pergamino, estaba sudando y temblando. Levantó la mirada y se preguntó estúpidamente si alguien habría sido capaz de entrever el contenido de la misiva sólo viendo cómo la leía. Otros orcos pasaban a su lado y el polvo se enganchaba sobre su piel áspera y escamosa y su maltratada armadura. Nadie lo miraba con particular interés.

Se apresuró a buscar a Draka, la única persona en el mundo con la que se atrevía a compartir esa información. Sus ojos también se abrieron de la sorpresa al leer la carta.

—¿Quién más conoce esto?, —dijo en voz baja, mientras luchaba por mantener el rostro sereno.

—Sólo tú —contestó Durotan también en voz baja.

—¿Se lo dirás a Orgrim?

Durotan sacudió la cabeza. El dolor le apretaba el corazón.

—No me atrevo. Está al servicio de Blackhand bajo juramento, se lo dirá.

—¿Crees que Blackhand sabe algo de esto?

Durotan se encogió de hombros.

—No tengo ninguna idea de quién sabe qué. Solo sé que debo proteger a mi pueblo. Y eso es lo que haré.

Draka lo miró fijamente durante un buen rato.

—Si no hacemos esto como un clan unido… atraeremos la atención. Nos arriesgaremos a ser castigados. O incluso exiliados o exterminados.

Durotan apuntó con un dedo a la carta.

—Ninguna de esas cosas es mejor que lo que nos pasará si no obedecemos. No. He jurado proteger a mi clan. No voy a abandonarlos ante.

Se dio cuenta, un poco tarde, de que había alzado el tono de la voz y varias cabezas empezaban a girarse hacia ellos.

—No voy a abandonarlos ante esto.

Los ojos de Draka se llenaron de lágrimas y se agarró fuertemente a su brazo. Le clavó las uñas en la carne.

—Por eso —dijo ferozmente— es por lo que me convertí en tu compañera. Estoy muy orgullosa de ti.

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