El ascenso de la Horda – Capítulo Diecisiete

Hogar.

Sea tu raza la que sea, ésta es una palabra, un concepto, que hace que tu corazón se hinche de nostalgia. Hogar pueden ser las antiguas y ancestrales tierras o un nuevo lugar que uno ha construido por su cuenta. El hogar se puede encontrar también en los ojos de aquéllos que son amados. Pero todos necesitamos un hogar, anhelamos uno, somos conscientes de que sin un hogar o algo parecido nos sentimos incompletos.

Durante muchos años, cada clan había tenido su propio hogar. Sus propias tierras sagradas, sus propios espíritus de la tierra, aire, agua, fuego y su propio espíritu de la Libertad. El proceso de desarraigo empezó y continuó, de forma más terrible día a día, hasta que llegamos a Kalimdor. Aquí, encontré un hogar para un pueblo nómada. Un lugar en el que descansar y un santuario donde podríamos reagruparnos y reformarnos.

Ahora, mi hogar se llama en honor a mi padre: la tierra de Durotar.

* * *

Durotan levantó su cabeza y olió el viento. El hedor que llegaba hasta sus fosas nasales era una mezcla de polvo y desecación, una especie de olor acre. No era el olor de algo ardiendo, pero se parecía. Hubo un tiempo en el que Drek’Thar podría haber captado el hedor incluso mejor que él, pero esos días ya habían pasado. Ahora ya no era un chamán, sino un brujo. El aire ya no le enviaba una bocanada cuando así lo pedía, con una información tan precisa como si estuviera escrita en un pergamino. Y lo peor de todo es que Drek’Thar y el resto de brujos del clan no estaban preocupados por no ser capaces de volver a hacerlo.

No llovía desde hacía bastante tiempo, y el verano parecía más cálido de lo habitual. Era el segundo verano seguido en que las lluvias eran escasas, si es que llovía. Durotan se arrodilló y hundió sus dedos en la tierra. Antes, éstos eran terrenos fértiles, de color marrón oscuro, y emitían un rico olor a tierra. Ahora, sus dedos perforaban fácilmente el suelo, rompiendo su endurecida corteza y dejando al descubierto la arena que yacía por debajo. Una arena incapaz de hacer crecer ninguna hierba ni cosecha, nada podía agarrarse a ella. Se filtró a través de sus dedos como agua.

Durotan sintió como Draka se acercaba, pero no se giró hacia ella. Desde su espalda, deslizó sus brazos alrededor de su cintura y lo apretó fuerte. Se quedaron así por un largo rato; luego, con un apretón final, lo liberó y se puso en frente de él. Durotan se sacudió el polvo de las manos.

—Nunca confiamos demasiado en lo que seríamos capaces de cultivar —dijo tranquilamente.

Draka lo miró con sus negros ojos de complicidad. Sintió un agudo dolor en el pecho al mirarla. Había tantas cosas en las que ella era mejor que él. Pero era la compañera del jefe de clan, no la jefe de clan, por lo que no tenía que tomar las decisiones que tenía que tomar él.

Las decisiones que había tomado.

—Principalmente, hemos dependido siempre de lo que podemos cazar —dijo Draka—. Pero los animales que cazamos sobreviven con aquellos alimentos que la tierra les ofrece. Todos estamos conectados. Los chamanes eran conscientes de esto.

Se calló cuando uno de los jóvenes brujos pasó corriendo con una pequeña criatura brincando a sus pies. La pequeña criatura se giró para mirar a Draka y sonreír enseñando una boca repleta de dientes afilados. Draka no pudo evitar sentir un escalofrío.

Durotan suspiró y le pasó un pergamino.

—Acabo de recibirlo. Nos tenemos que preparar para una larga marcha. Tenemos que abandonar nuestras tierras.

—¿Qué?

—Ordenes de Blackhand. Como él se ha mudado a su nueva Ciudadela, hecha expresamente para él, quiere que todo su ejército se reúna allí con él. No tiene suficiente con que nos unamos en la batalla, quiere que vivamos todos juntos y estemos dispuestos a seguirlo allá donde nos conduzca.

Draka lo miró con incredulidad, luego posó sus ojos sobre el pergamino. Lo leyó rápidamente, luego lo volvió a enrollar y se lo devolvió.

—Será mejor que nos preparemos —dijo en voz baja, se giró y se dirigió hacia su tienda. Durotan la vio alejarse y se preguntó qué habría sido, exactamente, lo que le había roto el corazón.

* * *

La Ciudadela estaba incompleta, pero justo en el momento en el que Durotan la vio, se quedó sin palabras. A sus espaldas oía varios murmullos de sorpresa.

—¡Qué poderío!

—¡Qué grande!

—¡Digno de un Jefe de Guerra!

De haber hablado, Durotan hubiera dicho: blasfemia. Un cáncer sobre la tierra. Sin armonía respecto a todo lo que somos.

El clan Frostwolf todavía se encontraba a varios kilómetros de distancia, pero la Ciudadela se vislumbraba en el horizonte como una ratonera. No había nada en su diseño que la identificase como una construcción de los orcos. Esa estructura, esa pesadilla arquitectónica, esa ofensa a los ojos y al espíritu era incluso más grande que los edificios de los draenei. Por supuesto, Durotan sabía cuál era su propósito y tenía que ser enorme si quería albergar, constantemente, a una fuerza de élite de guerreros orcos en sus adentros. Aun así, esperaba algo diferente.

En lugar de las suaves y pulidas líneas que caracterizaban las estructuras de los draenei, esta fortaleza era afilada y picuda. En lugar de convivir con el paisaje, lo dominaba. Estaba construida en roca negra, madera tallada y metal, y se alzaba muy alto, hasta el cielo. Durotan sabía que, desde donde estaba, sólo podía ver la torre principal, pero tenía suficiente. Se quedó clavado en su lugar, incapaz de dar ni un solo paso más hacia tal monstruosidad.

Cruzó una simple mirada, sin palabras, con Draka. ¿Podía ser que fueran los únicos capaces de verlo?

El resto de los Frostwolf siguieron caminando, adelantando a su jefe de clan. De mala gana, apretó a su montura y siguió adelante.

La proximidad con la fortaleza no hizo que pareciera más atractiva. Ahora Durotan era capaz de ver otros edificios, barracas, silos de almacenamiento y una enorme y llana área de entrenamiento, en la que se amontonaban grandes armas que jamás había visto. Estas armas también parecían siniestras, peligrosas y mortales.

Algunos oficiales del clan Blackrock y otros orcos saludaron a Durotan superficialmente y enviaron al clan Frostwolf a una zona llana en la parte oeste del complejo, lugar donde establecerían su campamento. Estaba cayendo ya la tarde cuando Durotan recibió la notificación de formar en el patio de la Ciudadela, junto con otros tantos de su clan. Un grupo de unos veinte orcos se dirigió hacia allí y esperó.

Primero oyó los tambores, a lo lejos. Durotan se tensó. Habían recibido órdenes especiales de no llevar ningún arma y, simplemente, esperar a… nada en concreto. Draka lo miró con inquietud. No tenía ninguna seguridad que ofrecerle; tenía tan poca idea como ella de lo que les iba a suceder.

Los tambores se acercaron. La tierra empezó a vibrar bajo los pies de Durotan, cosa no tan inusual cuando un grupo de tambores sonaba alrededor suyo, pero ¿estando tan lejos? Escuchó otros murmullos de preocupación y se dio cuenta de que no era el único que había sentido una punzada de aprensión.

La tierra seguía sacudiéndose, las vibraciones se volvieron más violentas. Dos jinetes Blackrock se aproximaron con un porte triunfal.

—¡No teman nada, orgullosos miembros de la Horda! —dijo uno de ellos—. ¡Nuestros nuevos aliados, sumados a nuestras filas por el gran Blackhand, se acercan! ¡Denles la bienvenida!

Había algo familiar en la forma en que la tierra se tambaleaba bajo sus pies. La única vez que Durotan había experimentado algo parecido fue luchando contra.

—¡Ogros! —gritó alguien. Y, entonces, Durotan pudo verlos. Docenas de ellos, enormes y poderosos, caminaban tras un grupo selecto de orcos. Más jinetes Blackrock, con sus lobos, se acercaban al trote, gritando y haciendo sonar sus cuernos triunfalmente. La multitud se estaba volviendo loca de felicidad, gritando y bailando y chillando como lunáticos.

¿Éstos eran nuestros nuevos aliados? Durotan apenas podía creerlo. Mientras miraba fijamente, incapaz de encontrar las palabras, apareció el mayor ogro que jamás había visto. El mismísimo Blackhand caminaba a su lado, se movía con agilidad y orgullo, como si la diferencia de tamaño no lo hiciera parecer un muñeco a su lado.

—¡Vamos a aplastar a los draenei! —gritó Blackhand y, como si hubieran estado esperando justamente ese momento, los ogros que marchaban con él gritaron—: ¡Aplastar, aplastar, aplastar!

Durante un horrible y vertiginoso momento, Durotan se sintió otra vez como un niño tratando de huir de aquellos terribles monstruos. Parpadeó y recordó la imagen del poderoso cuerpo de su padre aplastado y roto, chorreando sangre y con el cráneo chafado como una nuez por un único golpe de garrote de un ogro.

Los orcos se disponían a luchar al lado de esas monstruosas y estúpidas criaturas para intentar destruir a una inteligente y pacífica raza.

El mundo se había vuelto loco.

* * *

Velen sintió un escalofrío. Su asistente se encontraba a su lado, ofreciéndole una calmante y refrescante bebida, pero el Profeta hizo un gesto para apartarla de él. Ninguna bebida podía darle consuelo en esos momentos. No volvería a haber consuelo otra vez.

Había sentido una profunda pena cuando le comunicaron la caída de Telmor y que con la ciudad había caído también su querido amigo Restalaan. Había sido incluso más terrible oír cómo había sucedido el ataque. Velen había visto algo especial en el joven Durotan, y la forma en que lo había tratado no había hecho más que confirmar la fe que sentía por el jefe del clan Frostwolf. Pero ahora esto. Durotan y Orgrim habían sido los únicos orcos en presenciar cómo la piedra verde protegía la ciudad. Uno de ellos había memorizado el hechizo que desactivaba el camuflaje de protección de la piedra. Un puñado de draenei había logrado escapar de allí, del Templo de Karabor. Sus heridas habían sido curadas, pero no había nada que Velen, ni nadie, pudiera hacer para curar sus espíritus destrozados.

Pero noticias peores estaban por llegar. Los refugiados no le hablaron simplemente de arcos y flechas, hachas, lanzas o martillos como únicas armas de destrucción. Hablaban con voz triste y apagada sobre rayos verdes y negros, terriblemente dolorosos, de un tormento mucho mayor a nada parecido a lo que ningún chamán había podido infligir en sus enemigos. Le hablaron de criaturas farfullando y brincando a los pies de aquéllos que ejercían su magia basada en el sufrimiento y la agonía.

Le hablaron de los man’ari.

De inmediato, con una lógica aplastante, muchas cosas se volvieron completamente claras. Los repentinos e irracionales ataques de los orcos. Sus rápidos avances en tecnología y capacidad de batalla. El hecho de que hubieran dado la espalda al chamanismo, una religión que, según entendía Velen, dependía de una relación recíproca de intercambio, dar para recibir, entre los poderes elementales y aquellos sujetos que los utilizaban. Aquéllos que estaban del lado de los man’ari no buscaban el equilibrio ni la armonía con sus poderes, simplemente el dominio.

Justo como Kil’jaeden y Archimonde hacían.

Los orcos no eran más que títeres en las manos de los eredar. Velen sabía que él y el resto de los draenei, los “exiliados”, eran sus verdaderos objetivos. La Horda de los orcos, mejorada ahora con criaturas inmensamente poderosas, era la manera en que Kil’jaeden buscaba destruirlos. Por un instante, Velen se preguntó si habría alguna forma de que el nuevo líder de la Horda entrara en razón, si habría alguna manera de convencerlo para combatir y eliminar juntos a Kil’jaeden una vez supiera cómo habían sido utilizados. Descartó esta idea prácticamente de inmediato. Era posible que aquéllos que estaban siendo usados por Kil’jaeden fueran conscientes ya de las verdaderas intenciones y propósitos de los eredar, pues la sed de poder era tan posible como seductora. Los orcos podían sucumbir ante ella de la misma forma que Archimonde y Kil’jaeden, mucho más sabios y fuertes, habían hecho una vez.

Y, ahora, esta visión ponía más sal en la herida. La visión de enormes ogros en alianza con los orcos, una idea que un tiempo atrás habría creído imposible de materializar. Ahora, sabía que era verdad. Algo había cambiado en la naturaleza inherente de los orcos tan drástica e irrevocablemente como para aliarse con las criaturas que habían odiado durante generaciones con el objetivo de eliminar a los draenei, un pueblo con el que habían mantenido una relación de amistad durante mucho tiempo.

Si esta situación se hubiera producido en otro momento, la respuesta hubiera sido sencilla. Velen hubiera reunido a su gente y hubieran escapado juntos, protegidos por el naaru. Pero ahora la nave estaba estrellada, K’ure se estaba muriendo y no había otra escapatoria que luchar contra esta Horda y rezar para que de alguna manera pudieran sobrevivir.

Ah, K’ure, mi viejo amigo. No puedes entender cómo echo de menos tus sabios consejos ahora y lo amargo que es saber que yaces a manos de nuestros enemigos, sin que ellos entiendan, ni siquiera, que existes.

Agarró la piedra que él llamaba Canción de Espíritu, la apretó hacia su corazón y sintió unos débiles destellos del moribundo naaru. Velen cerró los ojos e inclinó la cabeza.

* * *

Gul’dan miró a su alrededor con profunda satisfacción. Todo estaba yendo según lo planeado. El Consejo de la Sombra se había estado reuniendo desde hacía ya un tiempo y, hasta ahora, Gul’dan sentía que había escogido bien a sus componentes. Todos estaban dispuestos, más bien ansiosos, a dar la espalda a su propia gente sólo para avanzar en sus aspiraciones personales de poder. Ya habían logrado mucho, actuando a través de su marioneta, que era lo suficientemente estúpido como para creerse una parte verdadera del Consejo más que el simple monigote que realmente era. Había sido muy fácil conseguir que fuera elegido Jefe de Guerra y, tan pronto como el Consejo le sonrió y asintió sus decisiones un par de veces durante las reuniones, no volvió a cuestionar su posición. Pero Blackhand siempre se iba antes de que las verdaderas reuniones empezaran, enviado a una misión u otra con el simple objetivo de hinchar todavía más su pecho de orgullo.

—Saludos —dijo Gul’dan mientras se deslizaba en su silla encabezando la mesa. Como siempre, Ner’zhul se escondía en un rincón; nunca fue invitado a sentarse con el resto, pero se le permitía escuchar las conversaciones. Kil’jaeden lo había ordenado así y, aunque Gul’dan no tenía claro cuáles eran los motivos de su benefactor, no los ponía en duda por el simple hecho de no perder la gracia que Kil’jaeden sentía por él.

El Consejo respondió con un saludo más bien mecánico, y Gul’dan se puso manos a la obra.

—¿Cómo han reaccionado los diferentes clanes ante la idea de trabajar con los ogros como aliados? Kargath, empecemos contigo.

El jefe del clan Shattered Hand sonrió y gruñó.

—Están preparados para un nuevo baño de sangre y no les importa quién los ayude a rajar las gargantas de los draenei.

Unas risas socarronas retumbaron en la caverna mientras la mayoría del Consejo asentía de acuerdo. Bajo la tenue luz que producían las antorchas, Gul’dan creyó ver cómo los ojos de sus compañeros brillaban de color naranja. Unos pocos, sin embargo, fruncieron el ceño y no compartieron sus celebraciones.

—He oído algunas protestas entre los orcos del clan Whiteclaw —dijo uno—. Y Durotan de los Frostwolf todavía sigue desconfiando después de todo lo que vio mientras lideraba el asalto de Telmor.

Gul’dan levantó una mano.

—No teman, he estado pensando recientemente en Durotan.

—¿Por qué no ha sido eliminado todavía? —gruñó con furia Kargath—. Hubiese sido más fácil reemplazarlo con otro más en la línea de nuestros planes. Durotan se está volviendo famoso por su descontento con la posición de Blackhand, y también con la tuya.

—Por eso precisamente necesitamos que siga vivo —dijo Gul’dan, mientras miraba alrededor para ver quién entendía su argumento sin necesidad de una explicación. Observó comprensión en solo unas pocas caras, mientras otros lo seguían mirando perplejos y furiosos.

—Porque todo el mundo sabe que él adoptaría una posición más moderada — continuó Gul’dan, lamentando tener que explicarle esto a alguien del Consejo— si lo eliminamos, todo aquél que hubiese tenido dudas se pondría de su lado. Durotan representa a muchos otros que no se atreven a hablar por sí mismos. Si él está de acuerdo con nosotros, y ésta es su lógica, todo irá bien también con ellos. Pero, como Kargath ha mencionado, el clan Frostwolf no es el único que parece mostrar reservas.

—Ya, pero… ¿qué pasará si llega el momento en que no está de acuerdo? ¿Si hay algún límite que decide no cruzar?

Gul’dan esbozó una fría sonrisa.

—Entonces nos enfrentaremos a él de forma que nuestro superior poder se imponga sobre el suyo, sin ponerlo en riesgo. Como siempre hacemos. —Gul’dan decidió que era el momento de cambiar de asunto. Se inclinó hacia delante, colocando sus manos sobre la mesa—. Hablando de aquéllos que muestran reservas, he oído que todavía hay algunos que continúan intentando contactar con los elementos y los ancestros.

Uno de los miembros del Consejo lo miró incómodamente.

—He intentado disuadirlos, pero no sé cómo puedo castigarlos por hacerlo. Después de todo, fue la voluntad de los ancestros de que atacáramos a los draenei la que hizo posible todo esto.

Sus palabras sonaron un poco desafiantes. Gul’dan sonrió de un modo tranquilizador.

—Sí, por supuesto. Ése fue el cebo que los hizo picar tan profundamente. —Miró hacia Ner’zhul. Sus miradas coincidieron y entonces el anciano chamán bajó la cabeza rápidamente. Tal había sido el cebo que había conseguido engañar a Ner’zhul también, un cebo que no parecía ser necesario para Gul’dan.

—Pero eso ya no es necesario —continuó Gul’dan—. Tenemos que aseguramos de que no hay vuelta atrás al pasado. Hemos sido afortunados en nuestra campaña y, con el éxito que hemos cosechado con los ogros, posiblemente continúe así. Pero, si nos encontramos con contratiempos, si alguna batalla resulta mal, entonces aquéllos que todavía abrazan el chamanismo cerca de sus corazones encontrarán una excusa para volver a él. Esto no tiene que pasar en absoluto. —Se tocó la barbilla pensativamente—. Tenemos que hacer algo más que fomentar las prácticas de brujería. Tenemos que desalentar activamente el chamanismo. Sería lamentable si por alguna razón los ancestros fueran capaces de comunicarse con nuestros descendientes.

De nuevo, volvió a mirar a Ner’zhul. Su antiguo maestro sólo había sido capaz de hablar con los ancestros y descubrir lo que realmente estaba pasando cuando había viajado a la montaña sagrada. Hasta este momento, aun siendo un poderoso chamán como era, Ner’zhul había sido engañado con ilusiones. La respuesta, por lo tanto, parecía sencilla.

* * *

En las profundidades de un sueño incorpóreo flotan los seres que están hechos de luz. Sólo ellos recuerdan qué ha pasado antes y tienen destellos de lo que ocurrirá en el futuro. Durante mucho tiempo han morado aquí, alimentados por el Otro, que era igual que ellos, pero diferente, y del que percibían que estaba tranquilo ante una lenta desaparición. Hasta hacía poco tiempo, habían morado en este estado de ser-no-ser en paz y tranquilidad. Pero, ahora, la deshonra, el odio y el peligro han llegado. Ya no son capaces de encontrar al durmiente y tan estimado ser. Y él tampoco se les aparece como cuando solían rellenar la piscina sagrada y, sin querer, mantener al Otro con vida. Sólo el Muy Engañado había venido, llorando y suplicando, demasiado perdido en las mentiras como para ser ayudado.

De repente, su profundo sueño fue interrumpido. Un temblor sacudió sus cuerpos. Un dolor los atacó salvajemente y pidieron a gritos la ayuda del Otro, que no podía ayudarlos, que no podía ayudarse ni a sí mismo. Las oscuras e impuras cosas que un día fueron bellos seres estaban llegando. Los ancestros sintieron cómo se aproximaban. Su llegada era inexorable, uniendo sus poderes, creando un anillo de oscuridad y separación alrededor de la montaña. La oscuridad era visible alrededor de las retorcidas criaturas que habían seguido a Sargeras, atraídas por la promesa de poder, alimentadas ahora con la promesa de eliminación total. Los ancestros sintieron cómo el ardiente y concentrado odio se fusionaba en una manifestación de energía verde y negra, moviéndose de forma violenta, en busca de una unión espantosa. Lenta e inexorablemente, su dominio se incrementó hasta que una especie de soga formada con ese siniestro poder ahogó la montaña, sellándola para que ningún orco perdido pudiese volver a entrar ni ningún alma desesperada pudiera volver a salir.

Entonces, el Otro gritó también, gritó de pena al sentir que el círculo del sello se había cerrado. Sin el agua que los chamanes le traían no podía seguir curando sus heridas. Y, sin el Otro, también desaparecerían los ancestros.

Muy lejos, sumidos en sus sueños, los pocos orcos que secretamente todavía abrazaban el chamanismo temblaron y lloraron; sus sueños se habían convertido en pesadillas de tormento infinito e inexorable perdición.

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2 comentarios

  1. ta buena a historia esta

  2. Esa novela a beo buena apesar q bi a peicula pero me gusta en catidad a toy eyendo x parte cadabes q el wow se cae a as 7 am cojo y me pongo a lerl

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