El ascenso de la Horda – Capítulo Dieciséis

El Consejo de la Sombra.

Incluso ahora, tantos años después, sabemos tan poco sobre quiénes eran y qué hacían. Gul’dan se llevó muchos, muchos secretos a la tumba. Que se pudra allí, atormentado. Me cuesta bastante entender cómo alguien se puede llegar a corromper tanto por el poder como para condenar a todos sus descendientes de por vida; pero fueron tantos —el número real se desconoce— que está fuera del alcance de mi imaginación.

Sin embargo, estos números no tendrían ninguna importancia de no haber sido por los demonios que sostenían su conspiración. Su dolor, que me alegra; lo que fueron capaces de hacer a tantos otros que simplemente confiaban en ellos lo condeno con cada una de las fibras de mi ser.

* * *

—Ha sido una prueba excelente —dijo Kil’jaeden con aprobación, mientras sonreía a sus súbditos. Gul’dan se inclinó, sus ojos brillaban con la aprobación de su maestro. Ner’zhul hincó las rodillas, su mirada estaba perdida en el suelo. Aun así, estaba escuchando.

—Le he de confesar que me ha sorprendido que Durotan acatase las órdenes —dijo Gul’dan—. Esperaba que se resistiera o, como mínimo, que pusiera trabas en lo que sus orcos pudieran o no hacer. Pero la ciudad yace destrozada a nuestros pies, maestro. Todos los draenei que vivieron allí una vez han desaparecido… la mayoría están muertos.

—La mayoría no es suficiente, Gul’dan. Lo sabes.

Gul’dan se estremeció ligeramente ante la crítica. Se preguntó no por primera vez, qué tipo de relación existía entre los draenei y Kil’jaeden y por qué el Más Bello los despreciaba de aquella manera.

—Ha sido nuestra primera toma de contacto en batalla contra ellos, si no tenemos en cuenta los ataques aislados sobre las partidas de caza, el Más Grande —contestó el brujo, un poco sorprendido por su propia osadía. Kil’jaeden ladeó su cabeza roja y cornuda considerando lo que le había dicho; entonces, asintió.

—Cierto. Y aún hay tiempo.

Habían pasado varios días desde la caída de Telmor. Gul’dan, impresionado por el trabajo que Durotan había hecho, le ofreció la ciudad al clan Frostwolf como recompensa, pero éste declinó la oferta. Los Frostwolf, dijo, continuarían viviendo en las tierras de sus antepasados.

Los Blackrock, en cambio, no fueron tan estúpidos. Blackhand dormía ahora junto con su familia en las camas que una vez pertenecieron al magistrado de la ciudad. Al principio, los orcos no sabían qué hacer con todas las cosas de los draenei pero, poco a poco, empezaron a incorporar el estilo de vida de sus víctimas al suyo propio. Se sentaron en sus sillas, comieron en sus mesas, aprendieron a usar y adoptaron las armas de los draenei y adaptaron sus armaduras a los voluminosos cuerpos de los orcos. Algunas de las hembras y otros tantos machos del clan Blackrock empezaron a combinar las ropas de los draenei con sus túnicas tradicionales, vestidos y bombachos.

Gul’dan sabía que muchos de ellos se estarían preguntando por qué Ner’zhul o él no habían tomado la ciudad para sí mismos. Era tentador, pero Gul’dan había sido bien advertido por su maestro. Las comodidades reconfortan a cualquiera, pero el poder es más dulce y, cuanto menos reclamase Gul’dan para sí mismo de forma pública, más rico se convertiría en secreto. Kil’jaeden no lo abandonaría siempre y cuando Gul’dan cumpliese con el trabajo de su maestro. Sólo ordenó llevar unos cuantos objetos a este nuevo sitio que llamaba casa, una enorme mesa circular tallada en madera con incrustaciones de conchas brillantes y piedras, y varias sillas a juego.

Gul’dan rodeó la mesa pasando sus manos sobre la superficie pulida, mientras sonreía para sus adentros. Todo lo que tenía que hacer era convocar a aquéllos en los que confiaba que le responderían. Algunos eran muy obvios. Barajaba una lista de nombres que era lo suficientemente larga como para ser completa y lo suficientemente corta como para ser… manipulable.

Pronto, mucho más pronto de lo que había esperado, el Consejo de la Sombra estaría formado. Mientras, de puertas a fuera, Gul’dan estaba haciendo evolucionar a los orcos como una raza, dándoles poder y eliminando al —enemigo—, que eran los draenei; sólo un puñado de orcos tan corruptos y ansiosos de poder como él manejaría los hilos.

No se trataba de conseguir que los orcos fueran una única raza.

Nunca se había tratado de conseguir que los orcos fueran una única raza.

Era simplemente por poder, conseguirlo, ejercerlo y mantenerlo. Ner’zhul nunca entendió esto. A él le gustaba el poder, pero no estaba dispuesto a alimentarlo con la carne que tanto ansiaba. El fin que Kil’jaeden exigía.

Engaños, mentiras, manipulaciones, e incluso Blackhand, que pensaba formar parte de los planes de Gul’dan, no era capaz de vislumbrar hasta dónde llegaba la ambición del brujo. Era tan grande como el deseo de Kil’jaeden por eliminar a los draenei. Era tan enorme como el cielo, tan profundo como los océanos y tan peligroso como el hambre.

Gul’dan miró con desprecio a Ner’zhul, el viejo orco, que una vez había sido su mentor; estaba acurrucado en una esquina. Su mirada se dirigió hacia los ardientes ojos de Kil’jaeden, y el ser supremo asintió con la cabeza.

—Convócalos —dijo Kil’jaeden. Sus labios dibujaron una sonrisa en su cara, enseñando sus dientes blancos afilados—. Acudirán cuando los llames. Y bailarán al son de tu melodía. Yo me ocuparé de eso.

Aliados.

Necesitaban aliados.

Gul’dan se preguntaba cómo podía ser que Kil’jaeden no lo hubiera previsto. Los orcos eran poderosos, desde luego, especialmente cuando los controlaban y dirigían correctamente. Durante los largos meses, casi un año desde entonces, en que esta guerra se extendía, no habían hecho más que acentuar su poder. Sus más brillantes cerebros habían estado trabajando para entender la tecnología de los draenei lo mejor posible. La construcción de una fortaleza central había comenzado, Gul’dan la llamaba la Ciudadela, donde un ejército permanente podía ser convenientemente acuartelado, entrenado y equipado. Nunca antes, los orcos habían intentado hacer algo como esto y Gul’dan estaba orgulloso de haber sugerido esta idea. Había guerreros, chamanes —ahora brujos, por supuesto—, curanderos y artesanos. Los tres primeros grupos tenía roles muy claros y no les faltaba oportunidad para poner en práctica sus deberes. Los artesanos contribuían de formas muy dispares, fabricando nuevas armaduras y armas que ayudasen a aquéllos que tenían la gloria de asesinar a los draenei hasta que sus cuerpos quedaban salpicados y pegajosos de sangre.

Algunos se referirían a ellos como una clase inferior de orcos. En privado, Gul’dan pensaba de igual forma. Pero era lo suficientemente listo como para saber que su trabajo, nada atractivo y difícilmente reconocible por el resto, era tan necesario como la capacidad de matar de un guerrero o la maestría con los hechizos de un brujo.

Ningún guerrero o brujo hubiera llegado tan lejos sin aquéllos que les suministraban comida, refugios y armas. Por esa razón, Gul’dan había interpretado el papel agradeciendo en público el trabajo de los artesanos y, como resultado, éstos trabajaban mucho más duro que antes y mejoraban continuamente.

Pero aunque todos los miembros de cada clan trabajaban tan duro como podían —y Gul’dan tenía espías en cada uno de los clanes para estar seguro de eso— no iba a ser suficiente. La toma de Telmor había sido sorprendentemente fácil y el empuje de moral que les proporcionó fue enorme. Pero Gul’dan era consciente de que la victoria de la Horda se debía en buena medida a la suerte. Nadie en la ciudad escondida creyó por ningún momento que fueran a ser encontrados e invadidos en cuestión de horas. Se creían completamente a salvo, protegidos por la magia de la piedra verde — apodada ahora por Gul’dan como Sombra de Hoja— que los había mantenido ocultos a los ojos de los ogros, primero, y a los de los orcos después. Una victoria tan sencilla no volvería a repetirse. ¿Cómo podría…?

—Ogros —dijo en voz alta meditabundo. Se tocó la barbilla con uno de sus afilados dedos—. Ogros.

* * *

—¡Me niego rotundamente! —gritó Blackhand. Recorrió la distancia que había entre él y Gul’dan con sólo dos zancadas. Tan cerca, la diferencia de estatura entre los dos era escandalosa. Gul’dan tuvo que sacar a relucir toda su bravura para no dar un paso atrás asustado ante la terrible cara de Blackhand, ahora a unos pocos centímetros de la suya.

—No te alteres, Blackhand —le dijo Gul’dan con un tono de voz tranquilizado—. Cálmate y escucha lo que voy a decirte. Tú serás el que más beneficiado salga de esto, después de todo.

Ya lo tenía. Blackhand gruñó, resopló y dio un paso hacia atrás. Gul’dan hizo todo lo que pudo para no parecer aliviado.

—Son roña —dijo gruñendo Blackhand —. Han sido enemigos de los orcos desde hace mucho tiempo. Mucho más que los draenei, y con una razón mejor. ¿Cómo voy a sacar beneficio de esto?

Directo al grano, pensó Gul’dan con satisfacción. Había juzgado a Blackhand correctamente.

—Todavía hay algunos que murmuran que no fuiste elegido justamente —le dijo Gul’dan—. Si consigues hacer esto, no hará más que aportar más gloria a tu nombre.

Blackhand entrecerró los ojos en señal de desconfianza.

—Tal vez —admitió—. Pero ¿tolerarán esto los orcos?

Gul’dan se permitió una sonrisa.

—Lo tolerarán si les decimos que lo toleren —le contestó.

Blackhand inclinó la cabeza hacia atrás y profirió una sonora carcajada.

* * *

Orgrim se movía inquieto en su asiento mientras miraba a su líder. Había estallado en protestas cuando Blackhand le explicó lo que quería hacer. Durante muchos años, habían colaborado en incontables partidas de caza para acabar con la amenaza que suponían los ogros. Nunca había dejado de detestar el hecho de que, años atrás, había tenido que huir de una de estas gigantescas, torpes y tontorronas criaturas. Y ahora Blackhand le proponía esto.

Pero Orgrim sabía que entre las muchas habilidades que su líder tenía —y había muchas de ellas que no le gustaban nada en absoluto— la estrategia era su fuerte. El plan había sido aprobado y tendría que conseguir dejar a un lado su opinión personal sobre los ogros, pues su deber era el de apoyar a su líder.

Obtener la información necesaria había sido un trabajo complicado. Los Blackrock habían conseguido capturar a tres ogros y habían pasado largas y largas noches hablando con ellos en su escueto y reducido lenguaje para hacerse entender, antes de que esos seres aparentemente obesos comprendieran lo que querían y empezaran a colaborar. Entonces, cada guerrero, brujo y curandero de su enorme clan estaba preparado para la batalla.

Los ogros les habían explicado por dónde merodeaban sus maestros y los dirigieron hasta ese lugar, un claro en los pies de la cadena montañosa Borde de la Hoja. No hicieron nada por esconderse. Rechazaron cubrir la parte exterior de la zona, había enormes pisadas de pies de ogro desnudos que entraban y salían de allí. Como pudo observar Orgrim, había un pequeño grupo de ogros avanzando lentamente bajo la luz del día. No tenía ninguna duda, se creían a salvo, protegidos, igual que los draenei se creían a salvo en Telmor; y, sin duda, hace un año, hubieran estado en lo cierto. Pero las cosas habían cambiado mucho desde entonces. Los orcos ya no eran clanes dispersos, sino una fuerza de combate unida y dispuesta a dejar de banda las viejas rencillas por un nuevo odio común.

Blackhand iba delante, flanqueado por los tres ogros. Detrás de él, sus hijos, Rend y Maim, que hablaban entre ellos en voz baja menos cuando se reían. Orgrim se había opuesto en un primer momento a que los dos chicos lucharan, pero habían probado ser fuertes y mejores de lo que uno podía imaginar. Les faltaba la astucia de su padre pero, sin lugar a dudas, habían adoptado su sed de sangre. Griselda también había sido instruida para la lucha, pero no le salía de una forma tan natural como a los chicos. Sus nombres eran muy apropiados. Su padre les lanzó una mirada de enfado y se callaron al instante.

Orgrim se preguntaba si Blackhand iba a hacer un discurso. Esperaba que no. Blackhand era el mejor en la acción, no con las palabras, y su clan estaba listo para seguirlo allá donde fuera. Para su alivio, Blackhand miró por encima del mar de guerreros, asintió y luego dio la orden de atacar.

La primera oleada cargó, gritando como locos y descendiendo rápidamente las laderas de las colinas donde estaban escondidos. Al principio los ogros estaban tan confundidos ante la imagen de tres de los suyos en alianza con los orcos que se quedaron quietos y se dejaron matar. Luego, cuando sus lentos cerebros comprendieron que estaban bajo ataque, se recuperaron. Todavía no se atrevían a atacar a sus compañeros ogros, que avanzaron pesadamente para hablar con el jefe de los guardas que se encontraba en algún lugar dentro de la caverna.

Orgrim estaba decidido a disfrutar la última matanza de ogros autorizada y se le veía contento mientras balanceaba el Doomhammer para iniciar sus ataques. Su lobo era rápido y revoloteaba fácilmente entre las grandes y lentas piernas de los ogros, que gritaban de impotencia y movían sus garrotes tan ferozmente como podían. Recordó lo grandes que le parecían cuando era un niño. Seguían siendo grandes, pero ahora él también lo era y además empuñaba un arma legendaria con control y maestría. Fracturó la tibia de un orco, que empezó a dar gritos de agonía. El lobo de Orgrim se apartó grácilmente del lugar donde la gigantesca figura iba a caer desplomada, haciendo temblar la tierra con el impacto. Trató de levantarse, empujando su mole hacia arriba con sus grandes y gordas manos, pero para entonces otros Blackrock ya se habían abalanzado sobre él. El ogro estaba muerto y sangrando por docenas de heridas más rápido de lo que Orgrim podía haber imaginado.

Orgrim se giró justo a tiempo para ver cómo uno de los guerreros orcos salía despedido por los aires de un golpe mortal del garrote de un ogro. Con un grito de rabia, Orgrim se convenció a sí mismo para cargar contra la mortífera criatura, cuando un grito de —¡alto, alto!— hizo que abortara su cometido.

Era una prueba más del poder que ejercía la personalidad de Blackhand pues, incluso cuando la mayoría de orcos de su clan estaban inmersos en la sanguinaria batalla matando al enemigo, bajaron sus manos al oír su orden. Los ogros no lo hicieron así, como mínimo no a la primera, y Orgrim tuvo que apartarse de la zona de batalla hasta que los lentos cerebros de los ogros entendieron lo que estaba pasando. Sólo de pensarlo se enojaba. Es por el bien de todos nosotros, Orgrim, se dijo a sí mismo.

Echó un vistazo sobre los ogros con los que los Blackrock habían conseguido aliarse hablando. O, mejor dicho, gritando y golpeándolos ocasionalmente. Pero, como mínimo, los ogros habían dejado de perseguir a los orcos que corrían en retirada y parecían escuchar. Uno de ellos era enorme y portaba una especie de banda oficial o algo similar, parecía tener cerebro. Orgrim no podía entender lo que pasaba, por lo que aprovechó la pausa para recobrar el aliento y beber un poco de agua.

—No puedo esperar a que llegue el momento en que podamos matarlos otra vez — dijo Rend. Orgrim miró al hijo mayor de su jefe.

—Si tenemos éxito, lucharán a nuestro lado —le contestó Orgrim—. O podrás volver a matarlos.

Maim escupió.

—Je. Cierto. Los tendremos que matar a hurtadillas.

Orgrim sonrió. Aquello era lo que más le hubiera gustado hacer, pero…

—Muchos han muerto intentando llevar a cabo este plan de tu padre. No creo que le gustase que arruinaras sus esfuerzos.

Rend adoptó un aire de desprecio:

—¿Y quién se lo iba a decir?

—Yo mismo. Si esto funciona, los ogros nos escuchan y alguno de ellos aparece muerto, sus nombres serán los primeros que mencionaré.

Rend lo miró con odio, era tan joven que podía entenderse como arrogancia infantil; aun así, Orgrim estaba preocupado por lo que había sucedido. Nunca había sentido una especial predilección por Blackhand, igual que por su prole, a excepción de Griselda. No sabía si era fruto de su linaje o por el crecimiento acelerado, pero había algo siniestro en ellos que le generaba desconfianza. Algún día, si Rend y Maim sobrevivían y empezaban a usar sus cerebros al mismo tiempo que sus músculos, podrían llegar a ser incluso más peligrosos que su mortífero padre.

—Ya te dije que no nos escucharía, Rend —le dijo Maim arrogantemente—. El viejo ha olvidado lo que es la sed de sangre corriendo por sus venas. Vámonos.

Con una burla final, Rend siguió a su hermano. Orgrim suspiró. En ese momento, tenía problemas mayores que esos dos presuntuosos chiquillos. Volvió a prestar atención a las negociaciones, a pesar de que dudaba de que los ogros hubieran entendido ni una sola palabra. Los ataques parecían haber cesado. Blackhand, que había abandonado el campo de batalla de la misma forma que se lo había ordenado a sus hombres, se dirigía ahora hacia el lugar donde el grupo de ogros estaba reunido. Orgrim cabalgó hasta ponerse al lado de su jefe de clan, llegando justo a tiempo para oír al líder de la guardia anunciar:

—Nosotros no gustar gronn. Gronn hacer daño.

Éste le hizo una señal a otro ogro que se giró y le mostró la espalda a Orgrim y Blackhand. Orgrim vio heridas de latigazos que cruzaban la espalda del ogro. No sintió ni pena ni compasión por la criatura; habían hecho cosas peores a los orcos durante décadas. Sin embargo, era una información útil. Los ogros que capturaron también les habían contado este tipo de cosas y ahora asentían como sintiéndose terriblemente listos.

—¿Qué dar a nosotros si unir a ustedes? —preguntó el guardia.

Blackhand alzó su mirada y le sonrió.

—Bueno, para empezar, no les pegaremos. —Orgrim pensó en los hijos de Blackhand, pero no dijo nada—. Los alimentaremos bien y les proporcionaremos buenas armas.

Orgrim se sintió aliviado al ver que Blackhand no les prometía armaduras; podían hacer tres armaduras para orco con los materiales que necesitarían para hacer una sola armadura de ogro. Y, afortunadamente, el guardia —sin lugar a dudas uno de los ogros más inteligentes— tampoco era tan listo como para pensar en las armaduras por sí mismo.

—Tendrán comida y refugio, y la satisfacción de aplastar draenei hasta convertirlos en pequeñas manchas azules sobre la hierba.

Los otros ogros estaban escuchando atentamente y, entonces, uno de ellos se puso a saltar arriba y abajo, como un niño, de la emoción.

—¡Yo aplastar!— exclamó con alegría, y muchos otros repitieron la simple pero aparentemente divertida frase. Blackhand esperó a que el entusiasmo se hubiera calmado antes de continuar.

—Entonces, ¿estamos de acuerdo?

El capitán ogro asintió con la cabeza.

—No más daño a ogros —gruñó, y se volvió para mirar a aquéllos que lideraba. Sus pequeños ojos brillaban por las lágrimas y, esa vez, mientras Orgrim miraba las espaldas de los ogros repletas de cicatrices, sintió un poco de pena por ellos. Sólo un poco.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó Orgrim al capitán. El ogro bajó la mirada.

—Krol —dijo.

—Bien, Krol —dijo Blackhand rápidamente antes de que su segundo pudiera decir nada—. ¿Cuándo crees que podríamos llevar a cabo nuestro primer asalto combinado?

—Ahora —dijo Krol, y antes de que Orgrim o Blackhand pudieran protestar gritó algo en su horrible lengua nativa. Los otros ogros saltaban de alegría otra vez, y la tierra se estremecía bajo sus pies. Luego se giraron y reentraron en la cueva con determinación. Blackhand le echó una mirada a Orgrim, que se encogió de hombros. Sospechaba que sería más fácil detener la marea que a una manada de esos estúpidos e inconscientes gigantes.

—Llámalos —dijo Blackhand. Orgrim hizo sonar una vez su cuerno de uñagrieta. Los orcos gritaron de satisfacción y empezaron a descender de vuelta.

No había tiempo para recordar el plan al resto del clan. Orgrim esperaba que lo recordasen, especialmente los entusiastas Maim y Rend. Muchas matanzas de ogros les esperaban, pero más les valdría escoger bien a los adecuados.

Porque si no lo hacían, si les daban a los ogros una sola razón para poner en cuestión tan peculiar alianza, entonces los bebés y ancianos que esperaban en el campamento serían los últimos orcos Blackrock que quedarían con vida.

Orgrim no era muy optimista. El clan Blackrock siempre se había mostrado fiero en la caza. Blackhand era algo más que un salvaje astuto, y a Orgrim no se le había escapado que últimamente una especie de furia maníaca se había empezado a apoderar de todos los clanes. Mientras daba media vuelta con su lobo para entrar en la cueva con sus compañeros de clan, se preguntó si sus ojos le estaban jugando una mala pasada.

Sin duda, el tono verdoso que parecían tener las pieles de los orcos que estaban cerca de él no era más que un efecto de la luz.

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