El ascenso de la Horda – Capítulo Quince

Drek’Thar habla con la voz rota de la gloria truncada, de la belleza destrozada, de la masacre de niños. A través de su historia flota una excusa que no hace falta expresarla: parecía lo correcto en aquel momento. Imagino que parecía serlo. Que parecía justo. Sólo puedo rezar a los ancestros para no encontrarme nunca en la misma situación que mi padre, dividido entre lo que te dice el corazón y lo que es correcto para defender a tu pueblo. Ésta es la razón por la que continúo esforzándome para mantener la frágil paz entre nosotros y la Alianza.

Porque unas pocas ofensas e insultos en este o cualquier otro mundo son suficientes para provocar la matanza de niños.

* * *

Más tarde, Durotan se preguntaría por qué la ciudad de Telmor no había recibido ninguna noticia de la llegada de un mar de orcos montados. Nunca podría hablar con ningún draenei para averiguarlo. Sólo podría asumir que los draenei estaban tan seguros tras su camuflaje mágico que nunca se les ocurrió la idea de poder ser localizados.

Los gritos de guerra y los aullidos de los lobos mientras sus jinetes irrumpían en las calles de la ciudad rompieron la quietud que allí se respiraba. Varios draenei desarmados fueron rebanados durante los primeros segundos del asalto. Las salpicaduras de sangre tiñeron de azul el pavimento blanco de las calles, pero los guardias de la ciudad no tardaron en contraatacar.

Durotan guardó la piedra en su mochila justo después de usarla; se uniría a las piedras roja y amarilla que le había quitado a Velen. Montó rápidamente y cabalgó con una determinación sombría impropia de él; su hacha estaba lista para el asalto. Aunque había prometido no matar a ningún niño o a ningún enemigo desarmado, también había escogido estar allí, por lo que estaba preparado para matar o morir en la batalla.

Una primera oleada de orcos inundó la ciudad. Un río de guerreros se bifurcó como los arroyos por las diferentes calles, asaltando grandes y esféricos edificios públicos que se repartían a ambos lados de la calle principal y subiendo a través de sus anchas escaleras de piedra. Los brujos estaban en la retaguardia. Sus criaturas permanecían en silencio y obedientes, salvo las más pequeñas que murmuraban bajo sus alientos constantemente. Estaban esperando el momento adecuado para desencadenar su lluvia de fuego, sus rayos de las sombras, sus diferentes maldiciones de tormento. Los guerreros emergieron cubiertos de sangre, sus botas bajaban las anchas escaleras mientras continuaban su camino hacia el siguiente edificio y después el siguiente.

Los guardas draenei habían salido a la calle por entonces y cargaban haciendo uso de su propia magia. Durotan se dio la vuelta sobre la silla de su montura justo a tiempo para desviar el golpe de una espada resplandeciente con energía azul. La espada repicó contra la cabeza de su hacha y la fuerza del golpe le sacudió el brazo hasta los huesos. Pero eso no fue nada comparado con el impacto que sintió al reconocer a su atacante.

Por segunda vez, Restalaan y él se encontraban en batalla. Durotan había perdonado a Velen y, en agradecimiento, Restalaan lo había indultado a él cuando ya no podía hacer nada contra el guerrero draenei. Durotan entendió a través de su mirada que lo había reconocido, luego cerró los ojos.

Todas las deudas entre ellos estaban saldadas. Esta vez, no habría cuartel por ninguno de los dos lados.

Restalaan gritó algo en su musical idioma. En lugar de atacar de nuevo, tiró a Durotan de su montura. Esto cogió al orco por sorpresa y, antes de saber lo que estaba pasando, yacía en el suelo a expensas de su enemigo. Buscó su hacha mientras Restalaan elevaba su espada, pensaba que no sería lo suficientemente rápido mientras sus dedos agarraban la empuñadura de su arma.

Sin embargo, Acechador Nocturno había sido entrenado casi tan bien como el orco que lo montaba. En cuanto el lobo sintió que su jinete había abandonado su lomo, se giró hacia Restalaan. Sus enormes dientes se cerraron violentamente alrededor del brazo del draenei. Si no hubiera sido por la armadura protectora que Restalaan llevaba, hubiera perdido el brazo en aquel preciso momento. Aun así, la presión fue suficiente como para paralizarlo y hacerlo soltar la espada. Con un gruñido, Durotan lanzó un hachazo tan fuerte como pudo contra su enemigo. Se estrelló contra la sección media de Restalaan, y su agudo filo atravesó la armadura del draenei hasta hundirse profundamente en su carne.

Restalaan se desplomó sobre sus rodillas, mientras Acechador Nocturno seguía reteniendo su brazo con su dentadura. El lobo blanco mordía con fuerza, gruñendo y controlando inquietamente el brazo del draenei como si se tratase de un animal pequeño. No haría falta mucho tiempo para que el lobo consiguiera arrancárselo. La sangre salía a borbotones por la herida lateral de Restalaan. No emitió ningún sonido a pesar de la agonía que debía de estar soportando.

Durotan se puso en pie y le asestó un nuevo golpe, esta vez definitivo, un golpe de gracia. Restalaan restó aliviado y Acechador Nocturno inmediatamente soltó su brazo. El capitán de la guardia de Telmor estaba muerto.

Durotan no se dejó llevar por el arrepentimiento. Se subió a Acechador Nocturno rápidamente y buscó a su siguiente objetivo. No era difícil dar con uno. La ciudad no era tan grande como Shattrath, su capital, pero sí lo suficiente. Había muchos draenei para asesinar.

El aire se llenó de gritos sedientos de sangre, de dolor y miedo, del estruendo que producían las espadas contra los escudos y del crepitar que hacían los hechizos al ser lanzados. Los olores inundaron sus fosas nasales: la sangre, los excrementos y el inequívoco y único hedor del terror.

La rabia que hervía en su interior lo hizo sentirse bien. Sus sentidos nunca habían estado tan alterados y le parecía que se movía sin pensar. A lo lejos, otro de los guardias luchaba contra Orgrim. Durotan se puso nervioso, pensó en correr a ayudar a su amigo, pero entonces vio que levantaba el Doomhammer y le asestaba un brutal golpe aplastando el cráneo a su atacante, incluso a través de su casco. Durotan sonrió con ferocidad. Orgrim no necesitaba ninguna ayuda.

Sintió una presencia a su lado antes de poder oírla u olería y se giró, exclamando el Hellscream de su clan. Levantó su hacha manchada de sangre y se preparó para asestar un nuevo golpe.

Era una niña, que apenas había superado la pubertad, pero gritaba con furia mientras se agarraba con sus manos desnudas a las piernas de Durotan cubiertas por su armadura. Las lágrimas corrían por sus pálidas mejillas azules y sus dientes quedaron al descubierto. Su vestido estaba empapado de sangre azul, se le pegaba al cuerpo y había tanta como para saber que no podía ser suya. Lo golpeó inútilmente, sus ojos estaban inundados de lágrimas y ardían con dolor y furia.

Durante un horrible momento le pareció que era la misma chica que Durotan y Orgrim se habían cruzado años atrás. No podía ser, con toda seguridad aquella chica era una mujer adulta ahora. ¿O era ella? No importaba. Era una niña que, con valentía y estupidez, estaba intentando atacar con las manos desnudas a un guerrero orco montado.

Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para detener su hacha a medio golpe. No atacaría a ningún niño, ése no era el código, no era el estilo de los orcos.

De repente, la niña se quedó helada. Sus ojos se abrieron como platos. Abrió la boca y la sangre le salió a borbotones; la mirada de Durotan se dirigió desde su rostro hacia su pecho, donde pudo ver la lanza que atravesaba su ropa ahora empapada con su sangre. Antes de que pudiera reaccionar, el orco del clan Shattered Hand que había matado a la niña movió la lanza hacia un lado e hizo caer su cuerpo inerte contra el suelo. Puso una bota sobre su espalda y, mientras gruñía, consiguió soltar su lanza y sonrió a Durotan.

—Me debes una, Frostwolf —le dijo el orco antes de desaparecer entre la muchedumbre de asesinos y víctimas.

Durotan echó la cabeza hacia atrás y gritó de dolor a los ancestros.

Los orcos avanzaban dejando cadáveres a su paso. La mayor parte de los muertos eran draenei, pero aquí y allá se podían ver cuerpos marrones de orcos caídos. Algunos de esos orcos todavía estaban con vida y gritaban pidiendo ayuda, pero sus súplicas no recibían respuesta. Los chamanes los podrían haber curado con sus hechizos pero, al parecer, los brujos no tenían el poder de curar a los caídos. Por lo tanto, ahora yacían en el lugar donde habían caído, algunos jadeando sus últimos alientos al lado del draenei que habían asesinado, mientras la imparable marea de orcos seguía adelante.

Siguieron el camino a través de las faldas de la montaña, entrando en todos y cada uno de los edificios y asesinando a todo el mundo que encontraban. No dudaba de que algunos draenei estaban escondidos y Durotan rezaba para que no fueran encontrados. No pensó que esta oración pudiera ser contestada. Y, una vez que la primera ronda de asesinatos fue completada, empezaron los saqueos y la búsqueda de aquéllos que habían conseguido escapar del primer asalto. Lo sabía. Había sido planeado de aquella manera.

Todavía no habían llegado al edificio más grande, al que se levantaba en la parte más elevada de la montaña, pero Durotan lo reconoció de inmediato. Eran los aposentos del magistrado, donde Orgrim y él habían cenado con el Profeta. Pensó, con amargura, que Velen no era un profeta tan grande si no había sido capaz de prever ese negro momento. Acechador Nocturno corría por las escaleras y Durotan no podía evitarlo. Estiró el cuello y miró sobre su hombro, vio la ciudad allí abajo como lo había hecho por primera vez cuando subió aquellas escaleras con sus propios pies.

Estoy orgulloso de mi gente y de nuestra ciudad, le había dicho Restalaan a Durotan. Restalaan, que yacía ahora muerto y rígido en la calle blanca junto con innumerables draenei. Hemos trabajado duro aquí. Amamos Draenor. Y nunca pensé que tendría la oportunidad de compartirlo con un orco. Los caminos del destino son realmente extraños.

Tan extraños como cualquier joven orco o guarda draenei podría haber imaginado.

Las estancias que años atrás habían hecho sentirse un poco acorralados a los dos jóvenes orcos, ahora parecían completamente claustrofóbicas atiborradas por docenas de guerreros orcos. La mayoría estaban vacías, habían tenido tiempo de evacuar a todo el mundo, y sólo permanecieron los que habían jurado morir al servicio de su ciudad. Y así lo hicieron los guardias que los atacaban entonces. Los orcos usaron el bello y ornamentado mobiliario como armas arrojadizas contra ellos, lanzándolo contra sus cabezas. Un sentimiento de destrucción se apoderó de ellos fruto de la emoción de la batalla, abrieron agujeros a puñetazos en las suaves y curvas paredes sólo por el placer de hacerlo, destrozaron las camas con sus espadas y golpearon con sus hachas y martillos delicadas estatuas y cuencos repletos de fruta.

Era más que suficiente para Durotan.

—¡Alto! —gritó, pero nadie lo escuchó. Las criaturas que estaban bajo el control de los brujos parecían satisfechas, como disfrutando de esta conducta. Pero el tiempo de la destrucción ya había pasado y el salvajismo despiadado no servía de nada a los orcos, ahora que todos los habitantes de Telmor habían sido asesinados o habían huido.

—¡ Alto! —volvió a gritar Durotan. Esta vez Orgrim oyó su grito y le hizo caso. El representante del clan Warsong también sacudió su cabeza, como para aclarar sus pensamientos de la confusión y oscuridad que los dominaba; entonces, también trató de calmar a sus guerreros. Drek’Thar, en la retaguardia con los otros brujos, no se había perdido en la sed de sangre tan profundamente como el resto y fue capaz de parar a los otros.

—¡Escuchadme! —rugió Durotan. La mayoría de ellos había llegado a la habitación donde Velen los había invitado a compartir su mesa. La habitación estaba vacía, las sillas y las mesas volcadas, los adornos que colgaban de las paredes destrozados y por el suelo.

—¡Hemos tomado la ciudad, ahora es el momento de coger lo que necesitamos de ella!

Ahora lo escuchaban, intentaban recuperar el aliento jadeando sin parar, pero habían dejado de golpear con sus armas todo aquello que se movía… o lo que no.

—¡Primero atenderemos a los heridos! —ordenó Durotan—. No dejaremos que nuestros hermanos sufran tirados en las calles.

Algunos de ellos comenzaron a sentirse culpables por esto. Durotan se dio cuenta, con disgusto, de que muchos de esos guerreros se habían olvidado completamente de que algunos de ellos seguían retorciéndose de dolor mientras ellos disfrutaban destrozando sin sentido las pertenencias del magistrado. Aplacó sus sentimientos y asintió a Drek’Thar. Los brujos ya no tenían hechizos curativos, pero todos habían sido una vez chamanes y sabían cómo tratar las heridas de guerra de una forma más mundana. Drek’Thar señaló a varios brujos y se apresuraron a regresar por donde habían venido.

—A continuación, esta ciudad cuenta con tantos suministros como nunca hemos visto. Hay alimentos en abundancia, armas y armaduras, y otras cosas que no sabemos ni siquiera lo que son. Cosas que servirán a la Horda en su afán por.

No era capaz de pronunciar las palabras que había planeado decir: en su afán por eliminar a los draenei. En su lugar, añadió algo torpemente.

—En su afán. Somos un ejército. El avance de un ejército depende de su estómago. Necesitamos estar bien alimentados, bien hidratados, bien curados, descansados y protegidos. Orgrim, reúne un grupo y empieza por aquí. Guthor, coge a otro y baja hasta las puertas de la ciudad. Empiecen a subir por la calle principal hasta que se encuentren con el grupo de Orgrim. Cualquier orco que tenga conocimientos médicos, que informe a Drek’Thar y haga exactamente lo que él le diga que tiene que hacer.

—¿Y qué hacemos con los draenei que encontremos vivos? —preguntó alguien.

¿Qué podían hacer con ellos? No tenían ninguna infraestructura para tomar prisioneros y, de hecho, el único propósito para el que servían los prisioneros era para negociar con ellos. Desde el momento en que quedó claro que el único propósito de la Horda era la aniquilación de los draenei, no había ninguna razón para hacer prisioneros.

—Mátenlos —dijo Durotan con la voz quebrada. Esperaba que el tono de su voz fuera interpretado como furia salvaje en lugar del dolor agonizante que trasmitía—. Mátenlos a todos.

Mientras los orcos a su mando se apresuraron a obedecer sus órdenes, Durotan empezó a pensar que Acechador Nocturno podría no haber sido tan rápido al protegerlo. Hubiese sido mucho más fácil morir ese día a manos de Restalaan que decir las palabras que justo ahora había pronunciado.

Con un poco de suerte, durante esta horrorosa campaña para exterminar a la especie que nunca había alzado una mano en su contra, encontraría la muerte más pronto que tarde.

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