El ascenso de la Horda – Capítulo Trece

¿Cómo es posible que no lo viéramos? Es fácil echar la culpa de nuestra caída al carismático Kiljaeden, al débil Ner’zhul o al ambicioso Gul’dan. Convencieron a todos los orcos de que lo frío era caliente y lo dulce, salado e, incluso cuando todas las señales nos decían que lo que estábamos haciendo estaba mal, seguimos adelante. Yo no estaba allí, no puedo decir por qué lo hicimos. Tal vez, yo también hubiera obedecido como un perro apaleado.

Tal vez.

O tal vez, como mi padre y otros hicieron, hubiera empezado a ver los errores. Me gustaría pensar así.

* * *

Blackhand lo miró por debajo de sus espesas cejas, frunciendo el ceño. Parecía estar siempre enfadado, quizás era porque siempre lo estaba.

—Yo no sé nada de esto, Gul’dan —dijo con voz grave. Dirigió su enorme mano hacia la empuñadura de su espada y comenzó a tocarla con un gesto preocupado.

Quince días antes, cuando Gul’dan le había pedido a Blackhand que se reunieran, que trajese con él a su más prometedor chamán y que no dijera a nadie lo que iban a hacer, éste había aceptado sin vacilación. A Blackhand siempre le había gustado más Gul’dan que Ner’zhul, aunque no sabría explicar por qué. Cuando Gul’dan se sentó con él frente a una suculenta comida y le explicó la situación actual, Blackhand estaba muy contento de haber acudido. Ahora sabía por qué le gustaba más Gul’dan, el antiguo aprendiz, ahora maestro, porque era igual que Blackhand. No era amigo de los ideales, sino de las cosas prácticas. Y el poder, la buena comida, las armaduras de lujo y el derramamiento de sangre eran cosas que ambos orcos anhelaban por igual.

Blackhand era el líder del clan Blackrock. Ya no podía ascender más. Por lo menos… hasta ese momento. Cuando los clanes eran independientes, la mayor de las glorias era comandar a uno de éstos. Pero ahora… ahora estaban trabajando juntos. Ahora Blackhand era capaz de ver la codicia de Gul’dan como un destello en sus ojos. Podía oler su hambre de poder flotando en el aire, un hambre que ambos compartían.

—Ner’zhul es un honrado y valioso asesor —dijo Gul’dan mientras mordía fruta seca e intentaba sacarse con la uña un trozo que se le había quedado entre los dientes—. Posee una gran sabiduría. Pero. se ha decidido que a partir de este momento lo mejor para todos es que yo lidere a los orcos.

Blackhand sonrió salvajemente. Ner’zhul no estaba en ningún lugar a la vista.

—Y un líder sabio se rodea de aliados en los que pueda confiar —continuó Gul’dan—. Aquéllos que son obedientes y poderosos. Que cumplen con sus obligaciones. Y que, por su confianza, se les tendrá en gran estima y se les recompensará con creces.

Blackhand se empezó a sentir molesto al oír la palabra —obedientes— pero se tranquilizó cuando Gul’dan mencionó —gran estima— y —recompensará con creces— miró a los ocho chamanes que había traído consigo. Estaban sentados, todos juntos, alrededor de una segunda hoguera a unos metros de distancia de ellos. Los sirvientes de Gul’dan los atendían amablemente. Se veían desdichados e infelices, y estaban convenientemente apartados de su conversación.

Blackhand dijo:

—Pediste que trajera a los chamanes. Es de suponer, entonces, que sabes qué les está pasando.

Gul’dan suspiró y cogió una pierna de talbuk. Le dio un buen mordisco; los jugos de la carne caían por sus mejillas. Se limpió la mandíbula, masticó, tragó y luego respondió.

—Sí, lo he oído. Los elementos ya no están bajo sus órdenes.

Blackhand lo miraba atentamente.

—Algunos de ellos empiezan a murmurar que es porque lo que estamos haciendo está mal.

—¿Tú lo crees así?

Blackhand encogió sus enormes hombros.

—No sé qué pensar. Todo esto es nuevo. Los ancestros dicen una cosa, pero los elementos no acuden a nosotros.

Empezaba a sospechar sobre los ancestros también, pero se mordió la lengua. Blackhand sabía que muchos pensaban que era un idiota; él prefería dejarles creer que no era más que un brazo fuerte y una espada poderosa. Eso le otorgaba claras ventajas.

Gul’dan lo empezó a examinar, y Blackhand se preguntó si el nuevo líder espiritual de los orcos había descubierto que él era más de lo que el ojo podía adivinar.

—Somos una raza orgullosa —dijo Gul’dan—. Algunas veces es doloroso admitir que no lo sabemos todo. Kil’jaeden y los seres que dirige… ah, Blackhand, ¡los misterios que ellos albergan! El poder que ostentan, ¡poder que están dispuestos a compartir con nosotros!

Los ojos de Gul’dan chispeaban ahora con entusiasmo. El corazón de Blackhand se aceleró. Gul’dan se inclinó y continuó hablando de tales maravillas en voz baja.

—Éramos como niños ignorantes antes de que ellos llegaran. Incluso tú… incluso. Pero nos quieren enseñar. Quieren compartir con nosotros parte de su poder. Un poder que no depende del capricho de los espíritus del aire, la tierra, el fuego y el agua. —Gul’dan hizo un gesto arrogante—. Un poder así es débil. No es de confianza. Puede abandonarte en medio de una batalla y dejarte desamparado.

La cara de Blackhand se endureció. Había sido testigo de eso mismo, una situación que se había llevado toda la fuerza de sus guerreros y le había arrebatado la victoria cuando los chamanes empezaron a gritar despavoridos que los elementos ya no estaban trabajando a su lado.

—Soy todo oídos —gruñó en voz baja.

—Imagina de lo que serías capaz si lideraras a un grupo de chamanes capaces de controlar la fuente de sus poderes, en lugar de mendigar y suplicar por ellos —continuó Gul’dan—. Imagina que estos chamanes tuvieran siervos que pudieran luchar a tu lado. Siervos que, por ejemplo, hicieran huir aterrorizados a sus enemigos. Chupar su magia y dejarlos secos como los mosquitos chupan nuestra sangre en verano. Distraer su atención de la batalla.

Blackhand levantó una de sus espesas cejas.

—Puedo vislumbrar el éxito en esas condiciones. Éxito casi todo el tiempo.

Gul’dan asintió, sonriendo.

—Exacto.

—Pero, ¿cómo sabes que eso es verdad y no una falsa promesa susurrada en tus oídos?

La sonrisa de Gul’dan se ensanchó.

—Porque, amigo mío… yo mismo lo he experimentado. Y seré yo el que enseñe a tus chamanes todo lo que he aprendido.

—Impresionante —dijo Blackhand con voz ronca.

—Pero eso no es todo lo que puedo ofrecerte. Los guerreros… conozco una forma para hacerte a ti y a todos los que luchen a tu lado mucho más poderos, fieros y mortales. Todo esto puede ser nuestro si lo pedimos.

—¿Nuestro?

—No puedo seguir malgastando mi tiempo hablando con cada uno de los líderes y cada uno de los clanes cada vez que tengan una queja —dijo Gul’dan, mientras movía la mano impetuosamente—. Por un lado, están aquéllos que están de acuerdo con lo que tú y yo pensamos que es lo mejor y, por otro, los que no.

—Continúa —dijo Blackhand.

Pero Gul’dan no lo hizo, al menos no de inmediato. Se quedó en silencio, reuniendo sus pensamientos. Blackhand agarró un palo y atizó el fuego. Era consciente de que la mayoría de los orcos, incluso los de su propio clan, pensaban que era impulsivo e impetuoso, pero él conocía el valor de la paciencia.

—Puedo ver dos grupos de líderes de los orcos. Uno, un simple consejo de gobierno que tome las decisiones por todos, con un líder electo, sus asuntos abiertos y a la vista de todo el mundo. Y un segundo grupo… la sombra de este primero. Escondido. Secreto. Poderoso —le explicó Gul’dan en voz baja—. Éste… este Consejo de la Sombra estará compuesto por los orcos que compartan nuestra visión y aquéllos que estén dispuestos a hacer los sacrificios necesarios para compartirla.

Blackhand asintió con la cabeza.

—Sí. sí, lo secundo. Un liderazgo público. y uno privado.

La boca de Gul’dan se estrechó lentamente en una sonrisa. Blackhand lo miró por un momento, entonces le preguntó.

—¿Y a cuál de los dos perteneceré yo?

—A los dos, amigo mío —respondió Gul’dan sin problemas—. Eres un líder nato. Tienes carisma, fuerza, e incluso tus enemigos saben que eres un maestro de la estrategia. Será realmente fácil conseguir que seas elegido como líder de los orcos.

Los ojos de Blackhand brillaban.

—No soy ninguna marioneta —gruñó en voz baja.

—Por supuesto que no —dijo Gul’dan—. Es por eso que he dicho que pertenecerás a los dos. Serás el líder de esta nueva clase de orcos, esta. esta Horda, si así lo quieres. Y formarás parte del Consejo de la Sombra también. No podemos trabajar juntos si no confiamos el uno en el otro, ¿no es así?

* * *

Blackhand miró a los centelleantes e inteligentes ojos de Gul’dan y sonrió. No confiaba en el chamán lo más mínimo y sentía que Gul’dan sospechaba lo mismo de él. Pero no importaba. Ambos querían poder. Blackhand sabía que no poseía los talentos y las habilidades necesarias para manejar el tipo de poder que Gul’dan codiciaba. Y Gul’dan no deseaba el tipo de poder que Blackhand anhelaba. No eran competidores, sino aliados; lo que beneficiaría a uno, beneficiaría al otro, y no al contrario. Blackhand pensó en su familia, en su pareja, Urkal, en sus dos hijos, Rend y Maim, y en su hija, Griselda. Por supuesto que no los adoraba de la misma forma que el débil Durotan adoraba a su compañera, Draka, pero se preocupaba por ellos. Le gustaría ver a su compañera engalanada con joyas y cómo sus hijos eran venerados por ser de la estirpe de los Blackhand.

Por el rabillo del ojo captó un movimiento. Se giró y vio a Ner’zhul, una vez poderoso, ahora descartado, escabulléndose por la puerta de la tienda.

—¿Y qué pasa con él? —preguntó Blackhand.

Gul’dan se encogió de hombros.

—¿Qué pasa con él? Ahora, él no significa nada. El Más Bello desea mantenerlo con vida de momento. Parece tener algo… especial en mente para Ner’zhul. Seguirá siendo una marioneta, pues los orcos todavía sienten una gran devoción por Ner’zhul. Pero no te preocupes, no es una amenaza para nosotros.

—Los chamanes de Blackrock… ¿dices que los entrenarás en estas nuevas artes mágicas? ¿Las mismas que tú mismo has estudiado? ¿Qué serán invencibles?

—Los entrenaré yo mismo y, si se adaptan bien a estas nuevas artes, los situaré en los primeros lugares entre mis nuevos brujos.

Brujería. Así que éste era el nuevo nombre para este tipo de magia. Suena de una forma interesante. Brujería. Y los brujos del clan Blackrock serían los primeros escogidos.

— Blackhand, líder del clan Blackrock, ¿qué respondes ante mi propuesta? Blackhand se giró lentamente hacia Gul’dan.

—Pues que le doy la bienvenida a la Horda y al Consejo de la Sombra.

Había una muchedumbre enardecida a los pies de la montaña sagrada. Durotan había enviado mensajes a aquéllos en los que más confiaba y había recibido la confirmación de que los elementos también habían abandonado a sus chamanes. Una respuesta particularmente dolorosa llegó desde el clan Bonechewer. Toda su partida de guerra había caído contra los draenei; su completa aniquilación fue un misterio hasta que, unos días más tarde, un chamán que se quedó en el campamento intentó curar a un niño enfermo.

Estaban allí, los líderes de clan y sus chamanes para reunirse con Ner’zhul y pedirle una explicación.

—Conozco la razón por la que están aquí hoy —dijo. Durotan frunció el ceño. Ner’zhul estaba tan lejos que parecía una simple mancha, sin embargo podía oírlo perfectamente. Durotan sabía que normalmente Ner’zhul conseguía ese efecto pidiéndole al viento que trasmitiese sus palabras para que todo el mundo pudiera oírlas, pero ¿cómo era eso posible? Intercambió miradas de sorpresa con Draka, pero ambos permanecieron en silencio.

—Es cierto que los elementos ya no responden a las llamadas de ayuda de los chamanes. — Ner’zhul continuó hablando, pero sus palabras fueron ahogadas por los gritos de cólera. Miró hacia abajo un momento y Durotan lo miró con más detenimiento. El líder espiritual de los orcos parecía más frágil y más oprimido de lo que nunca le había parecido. Por supuesto, pensó Durotan.

Unos momentos después, el griterío se calmó. Los orcos allí reunidos estaban enfadados, pero estaban allí en busca de respuestas, no para dar rienda suelta a su rabia.

—Muchos de ustedes, al descubrir lo que está pasando, han llegado a la conclusión de que lo que estamos haciendo está mal. Pero eso no es así. Lo que estamos haciendo es alcanzar poderes de la talla de los que nunca hemos visto. Mi aprendiz, Gul’dan, ha estudiado esos poderes y ahora responderá a todas las preguntas que tengan.

Ner’zhul se volvió e, inclinándose pesadamente sobre su vara, se hizo a un lado. Gul’dan hizo una profunda reverencia a su maestro. Ner’zhul parecía no percibirlo; se quedó allí de pie, con los ojos cerrados, viejo y frágil.

Por el contrario, Durotan nunca había visto a Gul’dan en tan buena forma. Parecía estar envuelto por una nueva energía, mostrando una mayor confianza, que se reflejaba tanto en su apariencia como en su voz.

—Lo que estoy a punto de deciros puede que sea difícil de aceptar, pero tengo la confianza de que mi gente no se cerrará en banda ante nuevas vías para mejorarnos a nosotros mismos —dijo. Su voz era clara y potente—. De la misma forma que fuimos sorprendidos y turbados ante la existencia de otros seres tan poderosos como los ancestros y los elementos, hemos descubierto que hay otras formas de aprovechar la magia que cooperando con los elementos. Un poder que no se basa en pedir, mendigar o suplicar por él… un poder que viene a nosotros porque somos fuertes y exigimos que venga. Para controlarlo cuando sea necesario. Para obligarlo a obedecernos, a respetar nuestra voluntad, en lugar de al revés.

Gul’dan hizo una pausa para dejar que esta idea calase entre los orcos allí reunidos. Durotan miró a Drek’Thar.

—¿Es eso posible? —le preguntó a su amigo.

Drek’Thar se encogió de hombros. Parecía completamente sorprendido por las palabras de Gul’dan.

—No tengo ni idea —dijo—. Pero, después de la última batalla, ya te lo dije. Durotan, ¡los chamanes han hecho lo que nos dijeron los ancestros! ¿Cómo podrían los elementos abandonarnos en estas circunstancias? ¿Y cómo podrían los ancestros permitir tal cosa?

* * *

Su voz se volvía más agria a media que hablaba. Seguía estando indignado y sorprendido. Entonces, Durotan entendió que el chamán se sentía como un guerrero que, confiando por completo en su hacha, veía cómo ésta se desvanecía entre sus manos. Un hacha que le había regalado su amigo de más confianza, un hacha que le habían pedido utilizar por una buena causa.

—¡Sí! Sí, veo que pueden entender el valor de aquello que yo. que el Más Bello nos ofrece como ayuda —dijo Gul’dan, asintiendo con la cabeza—. He estudiado a esta gran entidad, al igual que estos pocos y nobles chamanes.

Dio un paso hacia atrás y varios chamanes, vestidos con las más bellas armaduras de cuero que Durotan jamás había visto, avanzaron.

—Todos son orcos del clan Blackrock —murmuró Draka, mientras juntaba sus cejas. Durotan también se había dado cuenta de esto.

—Lo que han aprendido —continuó Gul’dan— será transmitido a todo aquel chamán que desee ser instruido. Eso, se lo puedo jurar. Síganme ahora a los campos donde hemos celebrado los festivales Kosh’harg durante más años de los que podamos recordar. Les demostrarán sus formidables habilidades.

Por alguna razón que no podía comprender, Durotan se sintió mal; al ver cómo empalidecía, Draka le apretó el brazo tratando de tranquilizarlo.

—Mi compañero, ¿qué pasa? —le preguntó en voz baja mientras, junto con el resto de orcos allí reunidos, se desplazaban hacia las tierras del festival Kosh’harg.

Sacudió la cabeza.

—No lo sé —dijo en el mismo tono de voz—. Es sólo que… siento que algo terrible está a punto de suceder.

Draka gruñó.

—Yo llevo sintiendo lo mismo desde hace ya bastante tiempo.

Durotan hizo un esfuerzo para mantener una expresión neutral en su rostro. Era el responsable del bienestar de su gente, y su relación con Ner’zhul y ahora con Gul’dan era bastante precaria. Durotan era consciente de que, si ambos chamanes quisieran desacreditarlo a él o a su clan, lo tendrían ahora más fácil de lo que había sido en el pasado. El exilio o el aislamiento dentro de la unión en la que hoy se encontraban los orcos supondría para su clan la extinción. A Durotan no le gustaba la dirección que estaban tomando las cosas, pero no podría protestar mucho. No se preocupaba por sí mismo, sin embargo no podía ver sufrir a su clan.

Y, sin embargo, le hervía la sangre, su corazón palpitaba y su cuerpo se estremecía con aprensión. Pronunció una oración rápida a los ancestros para que continuaran guiando a su gente con sabiduría.

Llegaron hasta el llano valle del río que durante generaciones había sido el escenario del festival Kosh’harg. Cuando sus pies tocaron el suelo sagrado, Durotan sintió cómo su cuerpo se relajaba. Recordaba momentos del pasado y sonrió mientras los repasaba en su cabeza. Recordó esa noche profética, cuando Orgrim y él decidieron ir en contra de la tradición y se atrevieron a espiar las conversaciones de los adultos, y lo desilusionados que se sintieron al descubrir lo normales que eran. Siendo más sensato ahora como era, estaba seguro de que Orgrim y él, que se sintieron tan osados entonces por hacer lo que estaban haciendo, no habrían sido los primeros y seguro que tampoco serían los últimos.

Recordó, también, la primera vez que vio a la mujer que se convertiría en su compañera para toda la vida cazando en estos exuberantes campos, bailando alrededor del fuego mientras el sonido de los tambores retumbaba en su pecho y aullando a la luna. Pensó que, durante todo el tiempo que su gente había disfrutado de esto, todo había ido bien entre ellos. Un poco alentado, miró al lugar donde se solía celebrar el baile. Una tienda pequeña había sido erigida allí y se preguntó cuál iba a ser su función.

Draka y él se detuvieron a pocos metros de la tienda, entendiendo que formaría parte de la demostración. Los otros siguieron su ejemplo. El sol brillaba intensamente mientras más y más orcos se reunían allí. Durotan vio que la mayoría de los que habían ido allí ese día eran jefes de clan o chamanes, por lo que no había tanta gente como solía haber durante las fechas del festival.

Gul’dan esperó hasta que todo el mundo se hubiera congregado allí antes de andar con determinación en dirección a la tienda. Los chamanes que habían sido entrenados en aquella misteriosa nueva magia lo siguieron. Todos ellos mostraban seguridad y orgullo. Se detuvieron frente a la tienda, Gul’dan hizo una señal a algunos de los guerreros Blackrock para que se acercaran y éstos dieron un paso adelante y permanecieron firmes.

Entonces el viento cambió. Durotan abrió los ojos mientras notaba un olor que le resultaba familiar.

Draenei…

Suaves murmullos a su alrededor le decían que no era el único que había captado el olor. En ese momento, Gul’dan hizo una señal con la cabeza a los guerreros. Desaparecieron dentro de la tienda por un momento.

Desde el interior de la tienda, aparecieron ocho draenei con las manos fuertemente atadas.

Sus rostros estaban hinchados y abotagados por los golpes. Los habían amordazado con trapos. La sangre estaba endurecida y seca sobre su piel azul, y sus ropas, rotas y ajadas. Durotan los miraba fijamente.

—Cuando el clan Blackrock luchó con la magia que hoy voy a compartir con ustedes, su victoria fue tan absoluta que fueron capaces de tomar varios prisioneros —dijo Gul’dan con orgullo —. Estos prisioneros me ayudarán a enseñarles lo que pueden llegar a hacer estas nuevas habilidades mágicas.

Un sentimiento de indignación inundó a Durotan. Matar a un enemigo armado en el campo de batalla era una cosa, pero matar a un prisionero indefenso era otra. Abrió su boca, pero una mano en su brazo detuvo sus palabras. Miró con rabia hacia los ojos grises y fríos de Orgrim Doomhammer.

—Tú sabías todo esto —le dijo Durotan entre dientes a su viejo amigo para que nadie más pudiera escucharlo.

—Baja la voz —siseó Orgrim, mirando a su alrededor para ver si alguien más les estaba prestando atención. Nadie lo hacía; todo el mundo prestaba atención a Gul’dan y a los prisioneros draenei—. Sí, lo sabía. Estaba allí cuando los capturamos. Es así como son las cosas, Durotan.

—Ésa no solía ser la forma de actuar de los orcos —le contestó Durotan.

—Lo es ahora —dijo Orgrim—. Es una triste necesidad. Merece la pena y no creo que se convierta en la práctica común. El objetivo es matar a los draenei, no torturarlos.

Durotan miró a su viejo amigo. Orgrim le mantuvo la mirada por un momento, luego la apartó y miró hacia otro sitio. Durotan sintió cómo su indignación se calmaba un poco. Como mínimo, Orgrim había entendido que esto no era lo correcto, aunque lo secundaba. Pero ¿qué más podría haber hecho Orgrim? Era el segundo al mando del clan Blackrock. Había jurado apoyar a su jefe de clan. Tenía responsabilidades hacia otros que, como Durotan, no podía eludir. Por primera vez en su vida, Durotan deseó que fuera un miembro de pleno derecho de su clan.

Volvió la mirada hacia los ojos de su compañera. Ella los miró horrorizada, primero a él y luego a Orgrim. Y entonces vio cómo sus rasgos mostraban tristeza y resignación mientras bajaba la cabeza.

—Ahora, estos seres nos son muy valiosos —estaba diciendo Gul’dan. Sintiendo el cuerpo tan pesado como el plomo, Durotan miró hacia el chamán—. Los usaremos para mostraros nuestros nuevos poderes.

Gul’dan le hizo un gesto con la cabeza al primer chamán del clan Blackrock, que le hizo una reverencia. Un poco nerviosa, la hembra cerró los ojos y se concentró. Un sonido parecido al silbido que hace el viento llegó hasta los oídos de Durotan. Una extraña aura de luz púrpura apareció bajo sus pies, rodeándola. Un cubo púrpura giraba sobre su cabeza. Luego, de repente, una pequeña y chillona criatura apareció a sus pies. Brincaba y saltaba, tenía los ojos rojos y brillantes y esbozaba una sonrisa con sus pequeños, pero afilados, dientes. Durotan escuchó murmullos y algunos comentarios de miedo en voz baja.

Acto seguido, la siguieron los otros chamanes, creando más inquietantes círculos y cubos como los de la hembra, que parecían invocar de la nada a aquellas criaturas. Algunas eran grandes, cosas informes de tonos azules y morados que se sostenían inquietantemente en el aire. Otros seres tenían un aspecto más normal, salvo por las pezuñas y las alas de murciélago. Algunas eran grandes, otras pequeñas, y todas se sentaban o permanecían de pie al lado de aquéllos que las habían invocado.

—Unas mascotitas muy bonitas —dijo con su inconfundible voz Grom Hellscream en tono sarcástico—. Pero ¿qué pueden hacer?

Gul’dan sonrió con indulgencia.

—Paciencia, Hellscream —le dijo casi condescendientemente—. Representan una fortaleza, no una debilidad.

Las cejas de Hellscream se unieron en señal de perplejidad, pero permaneció en silencio. Sentía tanta curiosidad como cualquier otro, pensó Durotan. Blackhand seguía en su lugar, esbozando una sonrisa, observando la escena como un padre orgulloso. No parecía sorprendido por lo que estaba pasando, y Durotan se dio cuenta de que debía de haber presenciado ya los poderes de los recién entrenados chamanes. Presenciado y aprobado.

Uno de los draenei fue separado del resto y empujado hacia el frente. Sus manos seguían aún atadas, dio unos cuantos pasos hacia delante y se paró. Su expresión era impasible. Sólo el lento movimiento de su cola indicaba una pequeña sensación de tensión.

El primer chamán dio un paso hacia delante, moviendo sus manos y murmurando levemente. La pequeña criatura que estaba a su lado chilló y saltó y, de repente, de sus garras brotó un fuego mágico que impactó contra el desafortunado draenei. Al mismo tiempo, una bola de… oscuridad… formada en las manos del chamán, se abalanzó contra el prisionero. Éste gritó de dolor mientras su carne azul se ennegrecía y se quemaba fruto del ataque de la criatura y cayó de rodillas en evidente agonía cuando la bola sombría lo golpeó.

El chamán volvió a murmullar algo y el cuerpo del draenei torturado se envolvió en llamas. Aunque hasta entonces había permanecido en silencio y con una actitud estoica, ahora gritaba de tormento; sus gritos fueron amortiguados un poco por la mordaza que llevaba, pero no del todo. Se sacudió y se movió espasmódicamente en el suelo, agitándose con los ojos en blanco, como lo hace un pez recién pescado fuera del agua. Luego se quedó inmóvil. La peste a carne quemada se extendió por todo el lugar.

Se hizo el silencio por un momento. Entonces, se oyó un sonido que Durotan no pensó nunca que pudiera oír: gritos de aprobación y satisfacción ante la imagen de un enemigo indefenso retorciéndose de dolor.

Durotan estaba aterrorizado. Otro prisionero fue asesinado con la intención de demostrar estos nuevos poderes. Éste fue golpeado por el látigo de uno de los siervos mágicos de los chamanes, permaneció de pie y paralizado mientras el fuego y la oscuridad se cernían sobre él. Un tercero fue escogido; en esta ocasión una criatura monstruosa que parecía un lobo deforme con tentáculos en el lomo le succionó toda su esencia mágica.

A Durotan le subió la bilis a la garganta mientras veía cómo sangre azul y cenizas cubrían lo que una vez había sido tierra sagrada, una tierra que había sido y era exuberante y fértil, cuyo profundo sentido de tranquilidad había sido, ahora, violado. Allí, él había bailado, había cantado a la luna, había cortejado a su amada.

Allí, generaciones de orcos habían celebrado su unidad en una paz tan sagrada que cualquier disputa que se podía desatar era rápidamente aplacada y sus implicados, obligados a hacer las paces o a abandonar el lugar. Durotan no era un chamán. No podía sentir la tierra o los espíritus, pero no necesitaba serlo para sentir ese dolor como suyo propio.

Con toda, toda seguridad esto no es lo que Madre Kashur hubiera querido, pensó Durotan. Los vítores llegaron hasta sus oídos y el hedor a sangre y carne chamuscada, hasta sus fosas nasales. Lo peor de todo fue la imagen que ofrecían sus hermanos, pues incluso algunos orcos de su propio clan habían sido cautivados por el frenesí de dolor y tormento hacia unos seres incapaces ni siquiera de escupir contra sus oponentes.

No era del todo consciente de lo mucho que le dolía la mano; bajó la mirada, un poco aturdido, y vio cómo Draka la agarraba tan fuertemente como para poder romperle los huesos.

—¡Por los chamanes!, —gritó alguien.

—¡No!, —la voz de Gul’dan se levantó por encima del ruido de la multitud que lo vitoreaba—. Ya no son chamanes. Los elementos los han abandonado y ya no tendrán que invocarlos y suplicarles nunca más su ayuda. Contemplad a aquéllos que tienen el poder y no tienen miedo a utilizarlo. Contemplad a los… ¡brujos!

Durotan apartó la mirada de sus dedos, entrelazados con los de su compañera, para mirar hacia la montaña sagrada. Se proyectaba hacia el cielo de forma serena, como siempre había sido, capturando y reflejando la luz durante un largo momento en cada uno de sus lados. Durotan se preguntaba por qué no se resquebrajaba y rompía, de igual forma que el corazón de un ser inteligente, sobrepasado por el horror al que ahora estaba prestando su reconfortante sombra.

Durante esa noche se llevaron a cabo celebraciones salvajes. Durotan no tomó partido en ninguna de ellas y prohibió que los miembros de su clan participasen en ellas. Los chamanes estaban sentados frente a su pequeño fuego, comían tranquilos y en silencio. Drek’Thar no se atrevía a peguntar aquello que Durotan sabía que se escondía en sus corazones.

—Mi jefe de clan —dijo Drek’Thar con calma—, ¿nos permitirás aprender la senda de los brujos?

Se hizo un largo silencio, solamente roto por el crepitar de fuego. Finalmente Durotan habló.

—Primero tengo una pregunta que hacerte —dijo—. ¿Apruebas lo que se ha hecho a los prisioneros hoy?

Drek’Thar parecía incómodo.

—Hu… hubiese sido mejor que los hubieran atacado en un combate justo — admitió—. Pero son nuestros enemigos. Así lo han demostrado.

—Han probado que se defienden cuando son atacados —le replicó Durotan—. Eso es todo lo que ha sido probado. —Drek’Thar comenzó a protestar, pero Durotan le indicó que guardara silencio—. Lo sé, es la voluntad de los ancestros, pero hoy he contemplado algo que nunca pensé que podría secundar. He visto las tierras sagradas donde por incontables años nuestra gente se ha reunido en paz profanadas por la sangre de aquéllos que ni siquiera pudieron levantar una mano para defenderse.

Durotan atisbó cómo algo se movía más allá del círculo de luz y percibió el olor de Orgrim. Continuó:

—Al amparo de la sombra de Oshu’gun. Aquéllos que han asesinado a los draenei hoy no lo han hecho para proteger nuestras tierras de una amenaza inminente. Han masacrado prisioneros simplemente para mostrar sus nuevos… talentos.

Orgrim tosió discretamente y Durotan le hizo una señal. Orgrim era bien conocido por todos los presentes y se sentó junto al fuego con la familiaridad de alguien conocido y bienvenido.

—Orgrim —dijo Draka, tocando gentilmente el brazo de su amigo—. Los primeros… brujos… son de tu clan. ¿Qué piensas de ellos?

Orgrim miraba las luces del fuego, sus espesas cejas estaban juntas, lo que indicaba que intentaba ordenar mentalmente sus pensamientos.

—Si vamos a luchar contra los draenei —e incluso ustedes, los Frostwolf, tendrán que resignarse a la necesidad de hacerlo— entonces tenemos que luchar para ser los ganadores. Los elementos han abandonado a los chamanes. En sus mejores momentos, eran inconstantes e impredecibles y nunca fueron nuestros aliados de mayor confianza. No como verdaderos amigos.

Miró a Durotan y sonrió ligeramente. Aunque sentía un profundo pesar en su pecho, le devolvió la sonrisa.

—Estas nuevas criaturas, estos extraños poderes… parecen ser más dignos de confianza. Y destructivos.

—Hay algo en ellos que. —la voz de Draka se estaba apagando cuando Drek’Thar la irrumpió rápidamente.

—Draka, entiendo tus preocupaciones. Definitivamente no son poderes naturales, como mínimo no en la misma dimensión que nosotros, los chamanes, los hemos conocido siempre. Pero ¿quiénes somos para decir que son malos? Si existen es porque deben de tener un lugar en el orden de las cosas. El fuego es fuego, da igual que provenga de los dedos de unas pequeñas y bailarinas criaturas o con la bendición del espíritu del fuego. Quema la carne de igual manera. Estoy de acuerdo con nuestro estimado invitado. Nos hemos comprometido con la batalla. Con toda seguridad, ¡no luchar significa perderla!

Draka volvió a sacudir la cabeza, sus hermosos ojos estaban tristes. Movía las manos como tratando de alcanzar las palabras.

—Es algo más que el fuego invocado o que las extrañas bolas de oscuridad — dijo—. He luchado contra los draenei. He matado draenei. Y nunca los había visto retorcerse de dolor como hoy, nunca los había oído emitir un solo sonido de sufrimiento. Los seres que están al servicio de los brujos parecen… disfrutar con este sufrimiento.

—Nosotros, los orcos, disfrutamos de la caza —indicó Durotan. No le gustaba discutir con su compañera pero, como siempre, necesitaba ver todos los puntos de vista de un problema antes de decidir qué era lo mejor para su clan—. Los lobos disfrutan con un festín de carne humeante.

—¿Acaso está mal desear la victoria? —preguntó Orgrim en un tono desafiante mientras entrecerraba sus ojos grises—. ¿Acaso está mal sentirse alegre por la victoria?

—No es sobre la caza ni sobre la victoria, es sobre el sufrimiento de lo que estoy hablando.

Drek’Thar se encogió de hombros.

—Quizás los seres invocados están acostumbrados a alimentarse de eso. Quizás es algo necesario para su existencia.

—Pero ¿es necesario para la nuestra? —los ojos de Draka brillaban a la luz del fuego y, sintiéndolo como una punzada de dolor, Durotan supo que no era por ira, sino por las lágrimas de frustración que brotaban por ellos.

—Los draenei siempre han tenido una magia superior a la nuestra, incluso con la ayuda de los elementos —dijo Drek’Thar—. Yo siempre he sido un chamán. Nací chamán. Y ahora les digo que abrazaría el camino de la brujería si mi líder así me lo permitiera. Porque, después de tantos años trabajando con los elementos, comprendo lo que esos poderes pueden hacer por nosotros. Me sabe mal, Draka, pero sí, sí son necesarios para nuestra existencia. Si no podemos invocar los poderes de los elementos, los draenei nos eliminarán de la faz de este planeta.

Draka suspiró y hundió la cara entre sus manos. El pequeño grupo estaba en silencio, lo único que se oía era el crepitar del fuego. Durotan pensó que echaba de menos algo y ahora lo sabía: ya no se oían los sonidos de las criaturas de la noche, los insectos y los pájaros y otros seres que antiguamente inundaban el aire nocturno con sus suaves sonidos. Habían sido expulsados de aquel lugar por lo que allí había ocurrido. Trató de no pensar en ello, como si pudiera ser una especie de augurio.

—Permitiré que el clan Frostwolf aprenda esas artes —dijo con un tono de voz severo.

Drek’Thar inclinó la cabeza.

—Te lo agradezco, Durotan. No te arrepentirás de esto. A lo que Durotan no contestó.

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