El ascenso de la Horda – Capítulo Diez

Nunca había estado tan orgulloso de mi padre hasta que Drek’Thar me contó este incidente. Soy muy consciente de lo difícil que es tomar la decisión correcta en todas las ocasiones. Él tenía mucho que perder y nada que ganar tomando las decisiones que tomó.

No, eso no es cierto.

Mi padre conservó su honor. Y no hay recompensa lo suficientemente alta como para sacrificar eso.

* * *

La carta no admitía dudas. Durotan la miró y luego, con un profundo suspiro, se la pasó a su compañera. Draka la leyó rápidamente; sus ojos revoloteaban por las palabras y su garganta emitía suaves gruñidos.

—Ner’zhul es un cobarde, encargándote a ti hacer esto —dijo en voz baja para que el mensajero que esperaba fuera no lo escuchara—. Debería ser él, y no tú.

—He prometido obedecer —dijo Durotan en voz baja también—. Ner’zhul habla por los ancestros.

Draka ladeó la cabeza, pensativa. Un rayo perdido de luz solar que penetraba en la tienda por una brecha en las costuras le iluminaba la cara y acentuaba el relieve de su fuerte mandíbula y sus agudos pómulos. Durotan se había quedado sin aliento mientras miraba a su amada. Aun con todo el caos, incluso locura, que parecía haber descendido repentinamente sobre él y su gente, se sentía a gusto con ella. Tocó con delicadeza su rostro marrón con una de sus afiladas uñas, y ella sonrió brevemente.

—Mi compañero… no sé si confío en Ner’zhul —dijo ella con una voz que era apenas un suspiro.

Él asintió.

—Pero ambos confiamos en Drek’Thar y él ha confirmado lo que Ner’zhul ha dicho. Los draenei han estado conspirando en nuestra contra. Ner’zhul dice que incluso Velen ha insistido en entrar a Oshu’gun.

El jefe del clan Frostwolf volvió a mirar la carta una vez más.

—Me alegro de que Ner’zhul no me haya pedido matar a Velen. Quizás, una vez lo tengamos en nuestro poder, podamos convencerlo para que cambie de opinión, que nos explique por qué están tan empeñados en hacemos daño. Tal vez podamos negociar la paz.

Esa idea se apoderó de su corazón y apretó la carta con fuerza. Su vida con Draka era tan gloriosa y estaba tan orgulloso de su clan que se preguntaba cuánto más feliz podría llegar a ser si viviera como lo había hecho su padre: cazando las bestias de los bosques y de los campos, bailando en el claro de la luna en los festivales Kosh’har g, escuchando los viejos cuentos y deleitándose con el calor de los ancestros. No le había dicho nada a Draka pero, en secreto, se alegraba de que no hubieran concebido todavía un niño. No eran tiempos fáciles para los jóvenes orcos. Les habían robado su infancia al imponerles tareas y responsabilidades de adultos sobre sus poco desarrollados hombros. Si Draka quisiera criar un hijo, Durotan no dudaría en entrenar al pequeño o pequeña como hacían con el resto. Nunca obligaría a los otros padres a hacer nada que él no fuera a hacer, pero estaba contento de no tener que afrontar esa decisión todavía.

Draka lo miró con intensidad, estrechando los ojos. Era como si pudiera leer sus pensamientos.

—Tú ya te has reunido con Velen antes —dijo—. Observé cómo trataste de conciliar tus recuerdos de aquel encuentro con las noticias de que estaban intentando destruirnos a todos. No fue fácil para ti.

—Tampoco lo es ahora —respondió—. Quizás sea positivo que haya sido asignado a esta tarea. Velen recordará esa noche, de eso estoy seguro. Puede que esté dispuesto a tratar conmigo, mientras que quizás no esté tan dispuesto a tratar con Ner’zhul. Desearía haber leído la carta que le ha enviado.

Draka suspiró y se puso de pie.

—Creo que eso sería más esclarecedor —dijo.

Durotan hizo lo mismo.

—Le diré al mensajero que su señor puede estar contento. No voy a eludir mi deber.

Sintió una mirada de preocupación sobre sus espaldas mientras salía.

* * *

Velen llevaba el cristal violeta cerca de su corazón. El rojo y el amarillo estaban a su lado; mientras se sentaba para meditar, emanaban un resplandor suave sobre su piel alabastro. Los otros cuatro se encontraban en otros lugares del territorio draenei, sirviendo con sus grandes poderes a las necesidades de su gente. Pero él nunca se apartaba del violeta.

Su poder le abría la mente y el espíritu de tal forma que era como estar en comunicación directa con los naaru. Cuando meditaba con este cristal, Velen se sentía más fuerte y más limpio y su alma, aguda como un canto afilado. Aunque cada uno de los siete cristales era precioso y poderoso, éste era el que apreciaba más.

Se esforzó para escuchar los susurros de K’ure, pero no pudo. Velen estaba apenado. Inclinó la cabeza.

Oyó voces y abrió los ojos. Restalaan estaba hablando con uno de sus acólitos, y Velen le hizo un gesto para que se acercara.

—¿Cuáles son las noticias, mi viejo amigo? —le preguntó Velen, mientras le señalaba una taza de té.

Restalaan hizo un gesto con la mano declinando la oferta.

—Buenas y malas, mi Profeta —dijo—. Lamento profundamente informarle de que el mensajero que envió al chamán líder Ner’zhul ha sido asesinado por un grupo de orcos.

Velen cerró los ojos. El cristal violeta se volvió más cálido por un momento, como intentando reconfortarlo.

—Sentí su muerte —dijo Velen con pesar—. Pero pensé que había sido un accidente. ¿Estás seguro de que ha sido asesinado?

—Ner’zhul así lo dice, y pide perdón. —La voz de Restalaan expresaba enojo y afrenta ante el incidente. Estaba arrodillado junto a Velen, cerca del cristal rojo. Los ojos azul oscuro del Profeta se dirigieron hacia el cristal que latía, suavemente, respondiendo a las emociones de Restalaan.

—Esto arruina tu teoría de que no atacarían a un hombre desarmado —dijo con amargura Restalaan.

—Tenía la esperanza de que iría mejor —dijo Velen en voz baja—. ¿Pero dijiste que había buenas noticias para mitigar estos tristes hechos?

Restalaan hizo una mueca.

—Si se pueden llamar así. Ner’zhul dice que una contingencia de orcos se reunirá con nosotros en la base de la montaña.

—¿Él… no irá?

Restalaan bajó la mirada y movió la cabeza.

—No, mi Profeta —dijo suavemente.

—¿A quién enviará en su lugar?

—La carta no lo especifica.

—Dámela. —Velen extendió su blanca mano y Restalaan colocó el pergamino sobre su palma. Velen estiró el pergamino y leyó la carta deprisa.

Su mensajero está muerto. Es una suerte que aquéllos que lo mataron buscaran entre sus cosas su carta. La he leído y estoy de acuerdo en enviar una contingencia de orcos a hablar contigo. No puedo garantizar nada, ni tu seguridad ni una tregua, nada. Pero vamos a escuchar lo que tienes que decimos.

Velen suspiró profundamente. Ésta no era la respuesta que su alma anhelaba. ¿Qué les había pasado a los orcos? ¿Cuál era la razón, si es que la había, por la que de repente se habían empeñado en atacar a los draenei si nunca se habían opuesto a ellos de ninguna forma?

No puedo garantizar nada, había dicho Ner’zhul, escrito con una letra fuerte y agresiva.

—Muy bien —dijo tranquilamente Velen—. Entonces, nada está garantizado. — Sonrió a Restalaan—. De igual forma que en la vida.

* * *

Durotan pensó que era un día inoportunamente luminoso y alegre, mientras entornaba los ojos por la deslumbrante luz del verano. Sin lugar a dudas, en un día en que su alma se sentía tan infeliz e inhóspita, el tiempo debería reflejarlo. Nubes, como mínimo. Una fría llovizna sería más apropiada. Pero al sol no le importaba el corazón de un orco, ni siquiera el destino de toda una raza. Brillaba tan alegremente como si todo fuera a ir bien allí donde sus rayos llegaban. La superficie multifacética y cristalina de Oshu’gun reflejaba tanta luz que parecía estar ardiendo.

Durotan había elegido una posición de fuerza. Desde los lugares donde había posicionado a sus guerreros, sería capaz de ver llegar a la partida de Velen antes de que ellos divisasen a los orcos. Había decidido esperar y dejar que el profeta de los draenei fuera directamente hacia él, aunque había posicionado de forma estratégica a sus guerreros por si los draenei intentaban huir, cerrando todas las posibles vías de escape. Todos los orcos, que esperaban con paciencia este día glorioso, estaban armados hasta los dientes y sus chamanes listos para cualquier contingencia.

Por su aguda vista y sus excelentes habilidades de combate, Draka era su exploradora más útil. La había posicionado como uno de los vigías del primer grupo de guerreros. En el momento en que Velen apareciera, le enviaría una señal a su compañero gracias a un hechizo invocado por Drek’Thar.

Drek’Thar estaba de pie junto a Durotan. Como el chamán más poderoso de su clan, su misión era proteger a su líder. Los dos esperaban en una roca que afloraba justo por encima de la entrada a la montaña sagrada. Docenas de guerreros aguardaban con flechas, hachas de mano y jabalinas. Otros habían pasado días moviendo grandes rocas y poniéndolas en posición. Una simple orden de Durotan, un simple movimiento, enviaría la muerte en forma de piedras enormes sobre los draenei.

La amenaza de muerte, de hecho, estaba presente en todas las partes de esta hermosa montaña en este hermoso y soleado día.

Una brisa agitaba el pelo negro de Durotan y un pájaro piaba alegremente. Drek’Thar miraba a su jefe de clan con preocupación.

—Mi líder, estás haciendo lo que tienes que hacer —le dijo Drek’Thar con seriedad—. Estos seres son nuestros enemigos.

Durotan asintió y deseó poder creerlo con tanta facilidad como los otros orcos parecían hacerlo.

La brisa rozó su mejilla otra vez, con más insistencia, y esta vez oyó voces en el viento. Era el mensaje de Draka, que había llegado hasta sus oídos gracias al vínculo de Drek’Thar con los elementos. Ya vienen. Cinco de ellos. Ninguno lleva armadura o porta arma alguna. Caminan con serenidad.

El viento se llevó sus palabras; sabía que llegarían a oídos de todos los orcos allí reunidos. Cuando fuera el momento adecuado, aprovecharía el mismo viento para dar órdenes a las tropas. Durotan se puso derecho y notó cómo su corazón latía más rápidamente. Agarró su hacha de batalla con fuerza.

—Ahí están —dijo Drek’Thar sombrío. Durotan siguió su mirada.

El informe de Draka había sido preciso, incluso al interpretar la forma en que se acercaban los draenei. Ninguno de los cinco draenei llevaba la extraña armadura azul plateada que Durotan recordaba de su único encuentro con ellos. En su lugar, llevaban vestidos de bellos colores que se movían y ondulaban al son de la brisa tras ellos, los mismos que se pusieron durante aquella cena con ellos. Caminando al frente de ellos iba el propio profeta Velen. Era inconfundible; sus simples túnicas color canela contrastaban con las de los otros draenei alrededor suyo, así como su pálida, extraña y única piel. Durotan sonrió un poco a pesar de la gravedad de la situación. Los draenei iban vestidos de forma tan extravagante que sólo un orco ciego no hubiera sido capaz de avistarlos desde la lejanía.

La sonrisa se desvaneció de su cara al pensar en lo que representaba. Querían ser vistos de inmediato. Querían que los orcos se dieran cuenta de que iban desarmados en lo que Madre Kashur hubiera llamado peregrinación.

¿O era simplemente un truco elaborado? Los chamanes no necesitaban lanzas para destruir. Tampoco los draenei. Durotan recordó las redes mágicas que quemaban y ennegrecían la carne al contacto con ellas; redes de energía, extrañas para los orcos, que habían aparecido de la nada.

No, incluso desarmados, los draenei estaban lejos de ser inofensivos.

Había informado a sus guerreros y sabía que iban a obedecerlo. Habían comprendido que no debían lanzar ningún tiro de advertencia, ni siquiera proferir insultos, sin la orden expresa de Durotan. Pero todos sabían cómo se las gastaban los draenei y no los pillarían desprevenidos. Durotan podía oler la tensión emanando de los cuerpos de los guerreros más próximos a él; se preguntó si los draenei también.

Durotan observó cómo los grupos que se habían situado más lejos salían de sus escondites para cerrar filas tras los draenei. Estaban lo suficientemente lejos de ellos, por lo que Durotan esperó que los draenei no los advirtieran. Si lo habían hecho, no hacían ninguna señal de ello, sino que continuaban con confianza su constante y… sereno… paso.

Durotan y Drek’Thar no hicieron ningún intento de esconderse. Después de varios e interminables minutos, Velen levantó la cabeza y miró hacia arriba, directamente a los ojos de Durotan. Durotan no apartó la mirada, sino que continuó esperando que sus enemigos se acercaran. Alcanzaron la base de la montaña pero, antes de que pudieran continuar más lejos, docenas de orcos salieron de sus escondites para rodearlos.

Velen no se veía sorprendido en absoluto. Miró a su alrededor y esbozó una sonrisa; entonces volvió su mirada sobre Durotan. Lentamente, Durotan descendió hasta quedar cara a cara con el profeta de los draenei.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvimos así, Velen —dijo Durotan en un tono tranquilo. No usó el título que ostentaba entre los draenei de forma deliberada.

—Mucho tiempo, Durotan, hijo de Garad, jefe del clan Frostwolf —dijo Velen con esa rica y suave voz que Durotan recordaba—. ¿Sigues siendo amigo de Orgrim todavía?

—Así es —replicó Durotan—. Ahora lleva el Doomhammer y es el segundo de su

clan.

El dolor cruzó su pálido rostro, un dolor que era profundo y verdadero, sin duda. Una vez más, Durotan recordó esa noche hacía ya tanto tiempo, cuando ese mismo ser se había sentado con ellos y habían hablado sobre los orcos, sobre el Doomhammer y sobre el coste que Orgrim iba a pagar por él.

—Espero que su padre y el tuyo murieran con gran honor —dijo Velen.

—No estamos aquí para hablar del pasado —dijo Durotan, con más energía de lo que pretendía. No le gustaba recordar esa noche—. Estamos aquí porque hemos sido informados de tu intención de entrar ilegalmente en nuestro lugar más sagrado.

Ahí está, entonces, pensó. Sin andarse con rodeos.

Velen mantuvo la mirada de Durotan y asintió.

—Le envié un mensaje a Ner’zhul, no a ti, Durotan. Él ha declinado verse conmigo. Me preguntaba… ¿ha compartido ese mensaje contigo?

—No hay necesidad alguna de que lo leyera —contestó Durotan—. Me pidieron que asistiera en su lugar. Y es lo que he hecho.

Durotan observó cómo sus hombros se desplomaban un poco. Velen suspiró profundamente.

—Ya veo —dijo—. No te han dicho por qué quería venir hoy aquí.

—No necesito saberlo, draenei —dijo Durotan.

—Pero lo sabrás, o de lo contrario esta conversación será en vano. —Su voz era clara y nítida y no había nada de viejo o débil en ella, a pesar de la edad de Velen. Durotan levantó una ceja. Que Velen era un ser sabio y antiguo fue algo evidente de inmediato.

Pero ahora, por primera vez, Durotan alcanzó a ver la pura fuerza de voluntad que lo había mantenido a flote durante incontables años.

—Ésta… esta montaña es sagrada para tu gente. Somos conscientes de eso y lo respetamos. Pero también es sagrada para nosotros. —Velen dio un paso atrás; su mirada seguía fija en Durotan. Los guerreros orcos de su alrededor se movieron, murmuraron, pero no perdieron su posición.

—En lo más profundo de la montaña habita un ser que desde hace mucho tiempo ha cuidado al pueblo draenei —continuó Velen—. Es mucho más anciano que cualquier otra cosa que nuestras mentes puedan imaginar. Y más poderoso. Pero incluso las cosas antiguas y poderosas pueden morir, y él se está muriendo ahora. Hay sabiduría, gracia y reconciliación que podemos aprender de él, tu gente y la mía. Nosotros.

—¡Blasfemo!

Durotan se quedó sorprendido. El amargo grito no había surgido de la garganta de un guerrero malhumorado cualquiera, sino de la del orco que estaba tras él. Los ojos de Drek’Thar estaban abiertos y su cuerpo temblaba con indignación. Tenía las venas del cuello hinchadas y amenazaba con el puño a Velen. Durotan estaba tan sorprendido por su arrebato que no le dio tiempo a silenciarlo tan rápido como debería de haberlo hecho y Drek’Thar continuó.

—¡Oshu’gun nos pertenece! ¡Es la casa de nuestros queridos muertos, la cuna de sus espíritus, y sus horrorosas pezuñas no van a dar ni un solo paso dentro de sus salas sagradas!

Velen también parecía sorprendido ante el arrebato. Giró su atención hacia el chamán y extendió una mano suplicante.

—La casa de sus espíritus se encuentra entre estas paredes, es cierto, y yo nunca diría lo contrario —gritó Velen—. Pero han sido atraídos aquí por este ser. Su objetivo es.

Eso era exactamente lo que no debería haber dicho. Drek’Thar gritó encolerizado. Otros orcos también empezaron a gritar y, antes de que Durotan se diera cuenta de qué estaba pasando, sus guerreros estaban saltando hacia delante. Draka se movió hacia ellos, intentando detener el ataque, pero era como intentar detener una marea. Durotan se giró y golpeó a Drek’Thar en la cara. El chamán se giró, gruñendo.

—¡Protégelos! —gritó Durotan—. Obedece mis órdenes, los tomaremos con vida. Protégelos, ¡maldita sea!

Los ojos de Drek’Thar ardieron de furia, pero sólo durante un instante. Levantó las manos, cerró los ojos y de repente un gran círculo de fuego se creó alrededor de los cinco draenei. El viento se levantó, avivando las llamas todavía más y embistiendo físicamente a los orcos. Los guerreros dieron un paso atrás y para sorpresa de Durotan algunos de los arqueros empezaron a lanzar flechas con sus arcos.

—¡Alto! —gritó Durotan; el viento transportaba sus órdenes hasta los oídos de sus guerreros—. ¡Mataré a cualquiera que lance una sola flecha!

Entre sus órdenes y las poderosas habilidades que, a regañadientes, usó Drek’Thar, los draenei resultaron ilesos. Durotan corrió ladera abajo hasta sus prisioneros. Drek’Thar bajó junto a él.

—Retira el fuego —le dijo Durotan a Drek’Thar. Al momento, las llamas de fuego que casi queman las cejas de Durotan se disiparon. Se situó cara a cara con Velen, y una especie de emoción que no sabría describir correctamente se alzó en su interior al ver que el anciano draenei seguía igual de tranquilo y sereno que cuando estaban simplemente hablando.

—Velen, tú y tu gente son ahora prisioneros del clan Frostwolf —dijo Durotan con una voz suave y a la vez peligrosa.

Velen sonrió dulce y tristemente.

—No esperaba menos —dijo.

De alguna forma, él y los otros cuatros mantuvieron la compostura mientras Durotan ordenaba que los desvistiesen y registrasen. Les quitaron sus gloriosas ropas y se las dieron a los mejores guerreros de Durotan, y vistieron a los draenei con sudorientas túnicas. Se le revolvió el estómago ante las burlas, insultos y escupitajos que les llovieron como humillación, pero no frenó tales actos. Mientras no fueran agredidos físicamente, límite que Durotan se aseguró de que no traspasaran, dejó a sus guerreros seguir adelante con su entretenimiento. A su lado, Draka miraba disgustada el comportamiento de sus compañeros del clan Frostwolf y le susurró al oído:

—Mi compañero, ¿no puedes silenciarlos?

Sacudió su cabeza.

—Quiero ver cómo reaccionan los draenei. Además… los guerreros han bajado sus armas cuando podrían haberlos matado. No voy a detener sus lenguas también.

Draka lo miró inquisitivamente, luego asintió con la cabeza y se retiró. Sabía que no estaba de acuerdo y a él tampoco le gustaba lo que estaba viendo. Pero la situación era muy delicada, y él lo sabía.

—¡Mi jefe! —gritó Rokkar, el segundo al mando de Durotan—. ¡Ven a ver lo que nos han traído!

Durotan se acercó hasta donde estaba Rokkar y miró detenidamente dentro del saco que había abierto. Abrió los ojos como platos. En su interior, envueltas entre suaves telas, había dos piedras exquisitamente bellas. Una era roja, la otra era amarilla. Durotan ansiaba tocarlas, pero no lo hizo. Levantó la vista y se encontró con la mirada de Velen.

—Hace tiempo, Restalaan nos enseñó un cristal parecido a éste —dijo—. Aquél protegía una ciudad. ¿Qué hacen éstos?

—Cada uno tiene su propio poder. Son parte de nuestro legado. Nos los entregó el ser que habita en la montaña sagrada.

Durotan gruñó suavemente y le dijo:

—Será mejor que no menciones eso otra vez. —Se giró hacia Rokkar y le dijo—: Denles de comer, atenles las manos y móntenlos sobre lobos con un chamán como custodia. Nos los llevaremos de vuelta y se los entregaremos a Ner’zhul. Él debería haber estado hoy aquí en mi lugar.

Se giró y se marchó, sin querer mirar a los extraños y brillantes ojos azules de Velen y sin querer ver la mirada de desaprobación de Draka.

* * *

Durante el largo viaje de vuelta, Durotan luchaba contra sus emociones. Por un lado, se sentía igual de ofendido que Drek’Thar. Oshu’gun era sagrada para los orcos. La idea de que algo más que los ancestros morase en su interior y que, como afirmaba Velen, era tan poderoso que atraía a los ancestros hacia él le llegó hasta la médula. Sólo podía imaginar cómo se sentiría el chamán por tal declaración. Todo parecía indicar que Ner’zhul estaba en lo cierto, que los draenei eran una plaga en el mundo y que debían ser eliminados.

Lo que le fastidiaba era por qué era así. Conseguiría una respuesta a esta pregunta esa misma noche.

Aun con todo el mundo, incluidos los cinco prisioneros montados, recorrieron el camino en un buen tiempo. El sol estaba empezando a ponerse cuando llegaron de regreso. Durotan había enviado a dos de sus orcos con las buenas noticias, y el clan estaba esperando con ilusión su llegada. A su derecha iban Drek’Thar y Rokkar, que compartían los sentimientos de los Frostwolf. A su izquierda iba Draka, que había estado inusualmente callada durante toda la expedición. Durotan sabía que no quería oír lo que ella iba a decirle; estaba siendo presionado en demasiadas direcciones al mismo tiempo.

Metieron a los prisioneros de malas maneras dentro de dos tiendas y formaron una guardia alrededor suyo para vigilarlos. Cuatro experimentados guerreros y el chamán de más confianza de Drek’Thar se quedaron orgullosos y agradecidos con el deber que les habían confiado. Durotan había ordenado que Velen estuviera aislado; quería hablar con el profeta de los draenei a solas.

Cuando la emoción se había aplacado un poco, Durotan respiró hondo. No tenía ganas de llevar a cabo esta conversación, pero tenía que hacerlo. Hizo un gesto con la cabeza a los guardas y entró en la pequeña tienda que hospedaba al profeta Velen.

Durotan esperaba ver a Velen con las manos atadas, pues así lo había ordenado, pero aquél que había llevado a cabo sus órdenes lo había hecho con demasiado entusiasmo.

La tienda se erigía alrededor de un árbol robusto, y Velen se encontraba atado a su tronco. Sus brazos estaban inmovilizados hacia atrás en un ángulo incómodo; las cuerdas estaban tan apretadas alrededor de su blanca carne que, incluso bajo la tenue luz del crepúsculo, Durotan podía ver cómo se estaban volviendo azules. Tenía una cuerda atada alrededor de su cuello y, aunque gracias a los ancestros no estaba muy fuerte, le obligaba a mantenerlo recto a riesgo de morir ahogado. También tenía un trapo sucio metido en su boca. Se encontraba arrodillado y sus pezuñas también estaban atadas.

Durotan perjuró profundamente y sacó una daga. Velen lo miró sin ningún signo de miedo con sus profundos ojos azules, pero Durotan se dio cuenta de que el draenei se mostró sorprendido cuando el orco usó su arma para cortar las cuerdas en lugar de su garganta. Velen no emitió sonido alguno, pero un destello de dolor cruzó su fantasmal rostro cuando la sangre volvió a correr por sus miembros.

—Les dije que te atasen, no que te amarraran patas arriba como a un talbuk — murmuró Durotan.

—Tu gente es muy entusiasta, o así lo parece.

Durotan pasó al anciano una bota de agua y lo observó de cerca mientras bebía. Sentado allí frente a él con ropas sucias, tragando agua tibia, con su piel blanca herida por las ataduras, Velen no parecía una gran amenaza. ¿Cómo se sentiría él, se preguntó, si los draenei hubieran tratado así a Madre Kashur? Sentía que todo aquello estaba mal. Sin embargo, la mismísima Madre Kashur había asegurado a Drek’Thar que los draenei suponían una amenaza prácticamente inimaginable.

Había un cuenco con gachas de sangre frías en el suelo. Durotan se lo acercó al prisionero con el pie derecho. Velen lo miró, pero no comió nada.

—No es como el festín que nos serviste a Orgrim y a mí cuando cenamos en Telmor —dijo Durotan—. Pero alimenta.

Los labios de Velen se curvaron formando una sonrisa.

—Ésa fue una noche memorable.

—¿Conseguiste lo que querías de nosotros esa noche? —le preguntó Durotan. Estaba enfadado, pero no con Velen. Estaba enfadado por haber llegado a esa situación, que alguien que no le había mostrado más que cortesía fuera ahora su prisionero. Era por eso que la había tomado con el Profeta.

—No te entiendo. Sólo deseábamos ser buenos anfitriones con dos pequeños aventureros.

Durotan se puso en pie y chutó el cuenco. Las gachas coaguladas se esparcieron por el suelo.

—¿Esperas que me crea eso?

Velen no mordió el anzuelo. Respondió con calma:

—Ésa es la verdad. Es tu opción si quieres creerla o no.

Durotan se dejó caer de rodillas y se puso cara a cara con Velen.

—¿Por qué están intentando destruimos? ¿Qué les hemos hecho?

—Yo podría hacerte la misma pregunta —dijo Velen. Su blanca cara se mostraba ahora un poco rojiza—. Nunca hemos levantado ni un dedo para dañarlos, ¡y más de dos docenas de draenei han muerto ya a causa de sus ataques!

El hecho de que su afirmación fuera totalmente cierta enojó todavía más a Durotan.

—Los ancestros no nos mienten —gruñó—. Nos han advertido de que no son lo que parecen, que son nuestros enemigos. ¿Por qué traerían esos cristales sino para atacamos?

—Pensábamos que quizás nos ayudarían a comunicamos mejor con el ser que habita en la montaña. —Velen hablaba rápido, como tratándose de explicar antes de que Durotan lo mandara callar—. No es un enemigo de los orcos, ni nosotros tampoco. Durotan, tú eres inteligente y sabio. Lo supe aquella noche hace tanto tiempo. No eres de los que siguen a ciegas como un animal a su presa. Siempre hemos intentado interactuar con ustedes de forma pacífica. Tú eres mejor que esto, hijo de Garad. ¡No eres como los otros!

Los ojos marrones de Durotan se cerraron.

—Estás equivocado, draenei —escupió—. Estoy orgulloso de ser un orco, así como de mi herencia.

Velen lo miró exasperado.

—No lo entiendes. No quiero ofender a tu gente. Simplemente…

—Simplemente, ¿qué? ¿Simplemente decirnos que la única razón por la que vemos a nuestros queridos muertos es su… su dios atrapado en la montaña?

—No es un dios, es un aliado, y puede ser un aliado de su gente también si así se lo permiten.

Durotan maldijo y se levantó; caminaba nervioso por la tienda, abriendo y cerrando las manos. Entonces, lleno de ira, suspiró larga y profundamente.

—Velen, tus palabras no son más que leña sobre el fuego de nuestra ira —dijo tranquilamente—. Tu demanda es arrogante y ofensiva. No haría más que apoyar a aquéllos que están preparados para asesinar a tu gente en nombre de nuestros ancestros. Si no lo entiendo mal, me estás pidiendo que elija entre la gente en la que confío y las tradiciones con las que he crecido, y tu palabra.

Se giró y miró al draenei.

—Voy a elegir a mi gente. Tienes que saber esto. Si nos volvemos a ver cara a cara en el campo de batalla, no detendré mi mano.

Velen lo miró curioso:

—Entonces… ¿no vas a entregarme a Ner’zhul?

Durotan negó con la cabeza.

—No. Si tanto te quería, que hubiera venido él mismo a por ti. Me designó para tratar contigo y ya he llevado a cabo todos mis deberes como él quería.

—Se suponía que tenías que entregarle un prisionero —dijo Velen.

—Tenía que encontrarme contigo y escuchar lo que tenías que decirnos —dijo Durotan—. Si te hubiera capturado en batalla, después de arrancarte el arma de tus manos y luchar contigo en la tierra, entonces sí que te hubiera hecho mi prisionero. Pero no hay ningún honor en amordazar a un enemigo que extiende sus manos para que lo aten voluntariamente. Estamos en un callejón sin salida, los dos. Tú insistes en que no tienen ninguna mala voluntad contra los orcos. Mis líderes y los fantasmas de mis ancestros me dicen lo contrario.

De nuevo, Durotan se arrodilló frente al draenei.

—Te llaman Profeta, si es así, ¿conoces el futuro? En ese caso, dime lo que podemos hacer para evitar lo que me temo que va a pasar. No quiero derramar la sangre de los inocentes, Velen. ¡Dame algo, cualquier cosa, con la que pueda ir a Ner’zhul y probar que lo que dices es cierto!

Se dio cuenta de que estaba suplicando, pero eso no consiguió perturbarlo. Amaba a su esposa, a su clan y a su gente. Odiaba lo que estaba viendo: una generación entera que se precipitaba hacia su edad adulta simplemente con odio ciego en sus corazones. Si suplicar a este extraño ser podía cambiar eso, entonces lo haría.

Sus extraños ojos azules mostraban una empatía indescriptible

Velen extendió una mano pálida y la colocó sobre el hombro de Durotan.

—El futuro no es como un libro abierto que se pueda leer —dijo en voz baja—. Es algo en cambio constante, como un torrente de agua o un remolino de arena. Se me conceden ciertas imágenes, pero nada más. Estaba convencido de que tenía que venir desarmado, y he aquí, no he sido recibido por el mayor chamán de los orcos, sino por aquél que durmió a salvo una vez bajo mi techo. No creo que esto sea una casualidad, Durotan. Y, si hay algo que se pueda hacer para evitar esto, está en el lado de los orcos, no en el de los draenei. Todo lo que puedo hacer es decirte lo que ya te he dicho. El curso del río puede ser cambiado. Pero ustedes son los que tienen que hacerlo. Eso es todo lo que sé y rezo porque sea suficiente para salvar a mi gente.

La expresión de su vieja y extrañamente agrietada cara y el tono de su voz le decían a Durotan lo que sus palabras no hicieron: que Velen sabía que eso no sería suficiente para salvar a su gente.

Durotan cerró sus ojos por un momento, luego dio un paso atrás.

—Nos quedaremos las piedras —dijo—. Los chamanes aprenderán a aprovechar el poder que tengan.

Velen asintió con tristeza.

—No esperaba otra cosa —dijo—. Pero tenía que traerlas. Tenía que confiar en que encontraríamos una forma de superar todo esto.

¿Por qué sería, se preguntó Durotan, que en aquel momento se sentía más cercano a aquél que había sido nombrado su enemigo que al líder espiritual de su propia gente? Draka quizá lo sabía. Ella lo había sabido todo el tiempo, pero no había dicho nada, entendiendo con sabiduría que él no podría comprender lo que iba a pasar en ese momento. Pero hablaría con ella esa noche, a solas, en su tienda.

—Levántate —le dijo de forma brusca para ocultar sus emociones—. Tú y tus compañeros pueden irse seguros, sin temor a nada. —Sonrió de repente—. Tan seguros como puedan yendo desarmados en la oscuridad. Si los asaltan y matan esta noche más allá de nuestro territorio, sus muertes no recaerán sobre mis hombros.

—Eso te iría bien —estuvo de acuerdo Velen, poniéndose de pie—. Pero no sé por qué, pienso que no es lo que quieres.

Durotan no respondió. Salió de la tienda y le dijo a los guardas que esperaban:

—Escolten hasta los límites de nuestras tierras a Velen y a sus cuatro compañeros. Libérenlos allí para que puedan volver a su ciudad. No quiero que sean agredidos, ¿de acuerdo?

Uno de los guardas lo miró como si fuera a protestar, pero otro, un guerrero más experimentado, le lanzó una mirada feroz.

—Entendido, mi jefe —murmuró el primer guarda. Mientras iban a buscarlos, Drek’Thar fue corriendo hasta Durotan.

—¡Durotan! ¿Qué estás haciendo? ¡Ner’zhul los quiere como prisioneros!

—Que Ner’zhul haga él mismo sus prisioneros —dijo gruñendo—. Yo estoy al mando, y ésta es mi decisión. ¿Tienes algo que objetar?

Drek’Thar miró a su alrededor y se fue con Durotan lejos de los oídos curiosos.

—Sí —le dijo siseando—. ¡Ya oíste lo que dijo! ¡Que los ancestros son como polillas revoloteando alrededor de una antorcha, ese dios suyo! ¡Cuánta arrogancia! Ner’zhul está en lo cierto. Tienen que ser eliminados. ¡Así se nos ha ordenado!

—Si así tiene que ser, así será —dijo Durotan—. Pero no será esta noche, Drek’Thar. No esta noche.

El corazón de Velen latía apesadumbrado mientras él y sus compañeros caminaban lentamente sobre los prados empapados de rocío, más allá de las negras siluetas de los árboles del bosque de Terokkar, camino de la ciudad más cercana.

Dos de los cristales ata’mal estaban ahora en posesión de los orcos. No le cabía duda, Durotan estaba en lo cierto, sus chamanes descubrirían en poco tiempo sus secretos. Sin embargo, no habían encontrado uno.

No lo habían encontrado porque no quería ser descubierto y, cuando un cristal lo quiere así, la luz obedece a sus deseos y se altera de tal forma que el cristal violeta se mantuvo oculto a los ojos de los orcos que lo buscaban. Velen lo llevaba muy cerca de su corazón ahora, sintiendo como su calor se filtraba en su anciana carne.

Había apostado, y fracasado. Pero no del todo, pues él y sus amigos estaban con vida y el hecho de que caminaran hacia un lugar seguro era prueba de ello. Esperaba que los orcos lo hubieran escuchado, que lo hubieran acompañado, como mínimo, al corazón de su montaña sagrada para contemplar algo que no hubiera negado su fe, en lo más mínimo, sino que la hubiera hecho renacer.

La perspectiva era desalentadora. Mientras entraba en el campamento, pudo observar lo que estaba ocurriendo. Los más jóvenes estaban siendo entrenados tan duro que caían de agotamiento. El trabajo en las fraguas no terminaba hasta bien entrada la noche. A pesar de que ahora caminaba libre, Velen sabía que los incidentes de ese día no habían hecho más que advertirlo de lo que llegaría a suceder. Los orcos, incluso aquéllos liderados por el intuitivo y poco airado Durotan, no estaban solamente preparándose para la posibilidad de la guerra. Estaban convencidos de que habría una guerra. Y, cuando el sol mostrara su amarilla cabeza a la siguiente mañana, la guerra sería considerada inevitable.

El cristal que llevaba cerca de su corazón palpitaba, percibiendo sus pensamientos. Velen se volvió hacia sus compañeros y los miró con tristeza.

—Los orcos no serán disuadidos de su camino —dijo—. Por lo tanto, si queremos sobrevivir… tendremos que cruzar también el camino de la guerra.

A lo lejos, roto, moribundo, descansando lo más tranquilamente que podía bajo las aguas de la piscina sagrada, el ser conocido como K’ure lanzó un grito profundo y agónico.

Al reconocer su voz, Velen inclinó la cabeza.

Los orcos del clan Frostwolf se quedaron sin aliento al oír el sonido y se giraron para mirar el triángulo perfecto de Oshu’gun.

—¡Los ancestros están enfadados con nosotros! —gritó un joven chamán—. ¡Enfadados por dejar marchar a Velen!

Durotan negó con la cabeza. Tenía que reprender al joven y, si al día siguiente tales palabras eran repetidas, así lo haría. Pero ahora, su corazón estaba inundado de pena. No había sido un grito de enfado lo que provenía de la montaña sagrada. Había sido un desgarrador grito de pena, y él se estremecía por dentro mientras se preguntaba por qué los ancestros estaban de duelo tan, tan profundamente.

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