El ascenso de la Horda – Capítulo Ocho

¿Con qué facilidad puede la mente pasar del miedo al odio? Una respuesta instintiva, natural y de protección. En lugar de centrarnos en las cosas que nos unen, nos centramos en las que nos dividen. Mi piel es verde, la tuya es rosa. Yo tengo colmillos; tú, orejas alargadas. Mi cuerpo está desnudo; el tuyo, cubierto de pelo. Yo respiro aire; tú, no. Si nos hubiéramos aferrado a esas cosas, no hubiera sido posible derrotar a la Legión Ardiente, nunca hubiera querido aliarme con Jaina Proudmoore o luchar codo con codo con los elfos. Mi gente no hubiera sobrevivido para entablar amistad con los tauren o con los renegados.

Así fue con los draenei. Nuestra piel era marrón rojiza por entonces, la suya era azul. Nosotros teníamos pies; ellos, pezuñas y cola. Nosotros vivíamos mayoritariamente al aire libre; ellos, en lugares cerrados. Nosotros teníamos una vida bastante corta, nadie sabía cuánto podían llegar a vivir ellos.

No importaba que no nos hubieran enseñado más que cortesía y franqueza. Habían comerciado con nosotros, nos habían enseñado y compartido todo aquello que les habíamos pedido compartir. Eso no tenía nada que ver, ahora. Habíamos recibido el mensaje de los ancestros y veíamos con nuestros propios ojos lo diferentes que eran.

Rezo, cada día, por tener la sabiduría suficiente para guiar a mi gente. Y en esa oración está incluida una súplica: no volver a ser cegados por tales y tribales diferencia

El entrenamiento comenzó. Siempre había sido costumbre entre casi todos los clanes empezar a entrenar a sus crías a partir de los seis años aunque, antes, los entrenamientos eran serios pero relajados al mismo tiempo. Las armas eran para cazar animales, no a seres inteligentes que tenían sus propias armas y habilidades, como una tecnología avanzada y por aquel entonces ya había suficientes cazadores capaces de abatir con facilidad a sus presas. Los orcos jóvenes aprendían a su ritmo y tenían mucho tiempo para jugar y disfrutar, simplemente, del hecho de ser jóvenes.

Ya no.

La petición en favor de la unidad de los orcos fue vastamente secundada. Los mensajeros agotaron a sus bestias mientras cabalgaban de un clan a otro portando mensajes. En cierto momento, a algún brillante compañero se le ocurrió la idea de adiestrar halcones de sangre para llevar dichos mensajes. Tomó algo de trabajo y no sucedió durante una noche, fue gradualmente, y Durotan se acostumbró a ver a aquellas aves rojas aleteando hasta Drek’Thar y hasta otros en el clan. Aprobó la idea; todos los orcos iban a ser necesarios si querían tener éxito en la batalla.

Mientras que las lanzas, flechas, hachas y otras armas habían funcionado bien contra los animales de las praderas y los bosques, necesitarían equiparse con otros tipos de armas si querían usarlas contra los draenei. La protección iba a ser de vital importancia y, si antes los herreros y peleteros producían armaduras para detener ataques con garras y dientes, ahora tenían que crear cosas que salvaran a los orcos de morir frente a un ataque con lanza o espada. Aquéllos que sabían trabajar la piel y los metales habían sido pocos antes pero, ahora, los maestros herreros enseñaban su trabajo a docenas de orcos a la vez. Los martillazos y el sonido del agua hirviendo al contacto con los metales ardiendo resonaban día y noche en las fraguas. Muchos pasaron largos días balanceando sus picos, obligando a la tierra a producir los minerales necesarios para crear más armas y armaduras metálicas. Las cacerías, que hasta ahora habían sido llevadas a cabo por necesidad, se convirtieron en eventos diarios para secar y preservar la carne de sus presas y utilizar sus pieles para las armaduras.

Las crías que esperaban en fila para recibir la formación eran demasiado jóvenes para Durotan, uno de los muchos instructores. Se acordó de cómo su padre le enseñaba los secretos del hacha y la lanza. ¿Qué hubiera pensado él de estos pequeñajos, encorvados ahora por el peso de sus brillantes armaduras metálicas y blandiendo armas que ningún orco había visto antes?

Draka, con la que se había unido en una rápida y sencilla ceremonia para no perder tiempo o recursos de la formación guerrera, le tocó la espalda con suavidad. Sabía siempre en qué estaba pensando.

—Hubiera sido mejor nacer en tiempos de paz —le dijo—. Incluso los más sanguinarios saben que eso es verdad. Pero estamos donde estamos, mi compañero, y sé que tú no eludirás esa responsabilidad.

Le sonrió tristemente.

—No, no la eludiré. Somos guerreros. Prosperamos en la caza, en nuestros desafíos, en el derramamiento de sangre y en los gritos de victoria. Son pequeños, pero no son débiles. Aprenderán. Son Frostwolf. —Se detuvo un instante para añadir finalmente— : Son orcos.

* * *

—El tiempo está pasando —dijo Rulkan.

—Lo sé… pero no querrás que envíe a nuestra gente a la guerra sin preparación — replicó Ner’zhul—. Los draenei son ahora mismo muy superiores.

Rulkan gruñó insatisfecha, luego sonrió. Ner’zhul la miró. Era su imaginación, ¿o la sonrisa parecía forzada?

—Nos estamos entrenando lo más rápido que podemos, —añadió Ner’zhul en seguida, sin querer ofender al espíritu que había sido su compañera.

Rulkan estaba callada. Estaba claro que no era lo suficientemente rápido.

—Quizás puedas ayudarnos —dijo él. Era consciente de que estaba balbuceando—. Quizás haya algún conocimiento que… que…

Rulkan frunció el ceño y ladeó la cabeza.

—Ya te he dicho todo lo que sé —le dijo—, pero hay otros poderes. otros seres. que los vivos no conocen.

Ner’zhul no podía creer lo que había oído.

Estaban los elementos, los espíritus de los ancestros —pensó—. ¿Pero qué eran esos seres?

Ella le sonrió.

—Pronto lo sabrás, compañero mío. Todavía no estás preparado para tratar con ellos. Ellos son los que nos han estado ayudando para que podamos ayudarlos a ustedes, los seres queridos que dejamos atrás.

—¡No! —Ner’zhul se dio cuenta de que estaba suplicando, pero no podía evitarlo—. Por favor… necesitamos ayuda si tenemos que proteger a nuestras futuras generaciones de las insidiosas conspiraciones de los draenei.

No le dijo que estaba disfrutando al ser el centro de atención de todos y cada uno de los orcos de cada uno de los clanes. No le dijo que su original promesa de poder lo había hecho pensar en esas cosas y que ahora comenzaba a desearlas. Pero aun más que el terror hacia los monstruosos draenei que ella le había inculcado, lo ponía muy nervioso la forma repentina en que se había acostumbrado a estar a su lado.

Rulkan lo miró como evaluándolo.

—Tal vez tengas razón —dijo—. Voy a ver si quieren hablar contigo. Hay uno en el que confío mucho, cuya preocupación por nuestra gente es profunda y duradera. Le preguntaré.

Él asintió, casi ridículamente ante sus palabras, y luego parpadeó despierto. Una sonrisa se dibujaba en su boca.

Pronto, se encontraría con ese misterioso espíritu, su benefactor, muy pronto.

Gul’dan le sonrió mientras le traía la fruta y el pescado del desayuno.

—¿Otra visión, maestro? —Hizo una reverencia al tiempo que le entregaba la comida y una taza de té de hierbas humeante. Por consejo de Rulkan, Ner’zhul había empezado a beber una infusión de ciertas hierbas elaborada de una forma muy precisa. Rulkan le había asegurado que así mantendría su espíritu y su mente abiertos a las visiones. En un primer momento, Ner’zhul encontró el brebaje poco placentero, pero no mostró ningún signo de desagrado. Ahora, él disfrutaba de la pócima a primera hora de la mañana y hasta tres veces más durante el día. Aceptó la taza y sorbió su contenido mientras respondía con la cabeza a la pregunta de Gul’dan.

—Así es… y he aprendido algo importante. Gul’dan, desde que los orcos han existido, han existido también los chamanes, cuyo trabajo es estar en conexión con los elementos y los ancestros.

La cara de Gul’dan se mostraba perpleja.

—Sí… por supuesto.

Ner’zhul no pudo reprimir una sonrisa que se extendía a lo largo de sus labios, sobre sus colmillos.

—Y eso sigue siendo cierto. Pero hay más cosas de las que conocemos. Otras que los ancestros pueden ver pero nosotros, seres vivos, no. Rulkan me ha dicho que está en contacto con tales seres. Poseen una sabiduría y un conocimiento incluso mayor que el de los ancestros y vendrán a nosotros para ayudarnos. Rulkan me ha dicho que hay uno en particular que ha decidido poner bajo su tutela a los orcos. Y pronto… ¡pronto se manifestará ante mí!

Los ojos de Gul’dan brillaban.

—Y. a mí también, ¿verdad, maestro?

Ner’zhul sonrió.

—Eres poderoso, Gul’dan —le dijo—. No te hubiera escogido como mi aprendiz si no fuera ése el caso. Sí, creo que así lo haré, cuando te considere digno, como él me ha considerado a mí.

Gul’dan bajó la cabeza.

—Que así sea —dijo—. Me honra mucho servir a esta causa. Es un momento de gran gloria para todos los orcos. Tenemos la suerte de vivir para verlo.

El clan Blackrock, con Blackhand a la cabeza, fueron los primeros en tener el honor de atacar. Se habían quejado y gruñido un poco, pero las habilidades de caza de los Blackrock eran legendarias y eran la primera opción lógica, debido a su relativa proximidad con Telmor, una aislada y pequeña ciudad draenei. Habían sido los primeros en recibir las armaduras, espadas, flechas de punta metálica y otras armas de guerra con las que abatir a los draenei.

Orgrim, con el Doomhammer atado a la espalda y vestido de pies a cabeza con metal que le irritaba el cuerpo y le hacía sentirse enjaulado, cabalgaba junto a su jefe de clan. El lobo que montaba parecía estar más disgustado por la armadura de metal y una y otra vez giraba su gran cabeza para morder la pierna de Orgrim, como ahuyentando las pulgas. También parecía estar sufriendo mientras portaba a su jinete a través de la hierba del prado, jadeando más de lo habitual y enseñando su lengua rosada.

Orgrim murmuró en voz baja. Había parecido todo muy sencillo: ir a la guerra contra estos nuevos y malévolos enemigos. Pero cuando todos, incluido Orgrim, secundaron la decisión, nadie se paró a pensar lo difícil que sería simplemente prepararse. Necesitarían criar lobos aún mayores que los que entonces tenían, si esos animales iban a llevar armaduras, así como los pesados cuerpos, con densos huesos y poderosos músculos, de los orcos.

Nadie había probado las armas. En varias ocasiones habían atacado a los ogros y, aunque sabían que eran torpes y estúpidos y los draenei rápidos e inteligentes, luchar contra ellos era más parecido que ir a matar talbuks. Las primeras veces, cayeron unos cuantos orcos y fueron incinerados en una pira ceremonial por su honorable sacrificio. Las armas parecían extrañas en sus manos, las armaduras los hacían ir más lentos, pero cada vez los ataques habían transcurrido mejor. La última vez, no sólo se habían enfrentado a un par de ogros, sino también a su maestro, un gronn que tenía la ferocidad de los ogros que dominaba y una astucia vil que lo convertían en un enemigo mucho más difícil. Dos valientes soldados Blackrock cayeron antes de que Orgrim le asestara el golpe de gracia, golpeando con su martillo legendario al gronn mientras éste gritaba.

Blackhand estaba a su lado, jadeando y sudando; su propia sangre y la de la criatura que acababan de matar le chorreaban por la cara. Se la limpió con la mano y la lamió con la lengua, mientras gruñía.

—Dos ogros y su maestro —murmuró, mientras le daba una palmada en la espalda a Orgrim—. ¡Los lastimosos draenei no tienen ninguna oportunidad ante nuestra fuerza!

De pie, sudando y mientras su armadura brillaba radiantemente bajo el sol y cegaba su visión, Orgrim estuvo de acuerdo con él. El ansia de sangre crecía en él. Confiaba en Ner’zhul y en los chamanes de su clan, había hablado con Durotan y ambos estaban de acuerdo en que, aunque habían sido tratados amablemente por los draenei aquella vez en el pasado, había algo que los hacía sospechar. Los espíritus nunca antes los habían guiado en falso. ¿Por qué lo iban a hacer ahora?

Pero, a medida que cabalgaba junto a su jefe hacia donde un pequeño grupo de cazadores había sido visto, la duda afloraba en Orgrim. ¿Qué había de malo en que los draenei fueran extraños? Seguramente los orcos les tendríamos que haber parecido extraños a ellos nada más llegar. ¿Era la muerte un castigo apropiado por ser diferentes? No habían sido atacados por los draenei ni una sola vez. Ni siquiera insultados u ofendidos. Y ahora, dieciocho guerreros Blackrock armados hasta los dientes, cubiertos de armaduras de metal, estaban de camino a asesinar a un grupo de pielesazules que no hacían otra cosa más que intentar reunir comida para los suyos.

* * *

De forma inesperada e involuntaria, un recuerdo de la joven draenei que les sonrió aquel día a los dos apareció en la mente de Orgrim. ¿Iba a ser su padre o su madre uno de los que murieran en aquel glorioso y soleado día?

—Pareces perdido en tus pensamientos, Orgrim —dijo Blackhand con voz grave, mirando a Orgrim momentáneamente—. ¿Qué ocupa tu mente, mi segundo al mando?

La cara de un huérfano., pensó Orgrim, sin llegar a verbalizarlo. En cambio —dijo con brusquedad—, me estaba preguntando de qué color sería la sangre de los draenei.

Blackhand inclinó la cabeza hacia atrás y se rió efusivamente. Orgrim oyó un áspero graznido y el sonido de frenéticos aleteos cuando los cuervos se dieron a la fuga por la tremenda risotada del jefe Blackrock.

—Me aseguraré de que te pinten la cara con ella, —dijo Blackhand riéndose entre dientes.

Orgrim no dijo nada, simplemente apretó la mandíbula. Los ancestros no mienten, pensó lúgubremente. Un niño es inocente, siempre, pero si sus padres están conspirando contra nosotros como los espíritus nos han dicho merecen la muerte.

Llegaron hasta ellos con una facilidad casi ridícula, sin molestarse en ocultar su avance. El explorador les había informado de que era una partida de caza compuesta por once draenei, seis machos y cinco hembras, y que habían encontrado una manada de uñagrietas. Aunque eran grandes y peludas bestias fuertes y difíciles de abatir, no mostraban la agresividad de una manada de talbuks y la partida de caza de los draenei había conseguido aislar a un macho joven. Rugía, pateaba la tierra e inclinaba hacia abajo la cabeza mostrando su único cuerno a aquéllos que lo pretendían atacar. Pero el resultado ya estaba asegurado.

O así hubiera sido de no ser por la llegada de los orcos.

Blackhand condujo a su compañía a lo alto de una colina. Orgrim podía oler la excitación en sus hombres. Sus cuerpos se estremecían dentro de sus nuevas armaduras deseando atacar, abriendo y cerrando las manos, esperando el momento de usar las armas con las que se empezaban a familiarizar. Blackhand levantó su puño; sus pequeños ojos estaban clavados en el grupo de draenei, esperando el momento oportuno para abalanzarse sobre ellos como lo haría un halcón sobre un ratón de campo.

El jefe de los Blackrock se giró hacia sus chamanes, que estaban en la retaguardia. Ellos también estaban armados, pero no portaban armas, pues no las necesitaban. Curarían a sus hermanos caídos y dirigirían el inmenso poder de los elementos sobre sus enemigos.

—¿Están listos? —preguntó.

El más anciano de ellos asintió. Sus ojos brillaban ferozmente y sus labios estaban curvados en una sonrisa. También quería presenciar cómo se derramaba la sangre draenei ese día.

Blackhand lanzó un gruñido y bajó su puño. Los guerreros Blackrock cargaron.

Pronunciaban sus gritos de batalla mientras avanzaban y los pielesazules se giraron, sobresaltados. Al principio, sus caras sólo mostraban sorpresa. No había duda de que se preguntaban por qué tal número de guerreros orcos montados estaban yendo hacia ellos en actitud agresiva. Fue solo cuando Blackhand, sobre su monstruoso lobo, blandiendo su espada con las dos manos, asestó un golpe que cortó al líder de los draenei por la mitad que se dieron cuenta de que los orcos no estaban allí por los uñagrietas, sino por ellos.

En su defensa, en lugar de mirar estupefactos, pasaron de inmediato a la acción. Voces que mostraban mínimos rastros de miedo pronunciaban palabras en una lengua alienígena que sonaba líquida. Aunque Orgrim no reconocía las palabras —era Durotan el que tenía el don de recordar tales cosas, no él— su sonido le era familiar. Sabía con qué se iban a encontrar desde aquel día, hace mucho tiempo, cuando los draenei los habían rescatado a Durotan y a él, y habían preparado para ello a sus hombres. Por eso, cuando el cielo crujió con un rayo azul y plata, los chamanes estaban listos. Contrarrestaron aquellos extraños rayos con los suyos propios. El brillo era prácticamente cegador, y Orgrim miró hacia abajo rápidamente, centrando su atención sobre el guerrero draenei que estaba frente a él blandiendo un bastón que brillaba y emitía chispas. Rugió y levantó el Doomhammer sobre su cabeza y lo derrumbó contra su enemigo. La armadura que el guerrero draenei llevaba no pudo soportar un golpe como aquél y se resquebrajó como un fino brazalete de hojalata. Su sangre y su cerebro salpicaron el suelo.

Orgrim miró hacia arriba, en busca de su nuevo objetivo. Muchos de los Blackrock estaban atrapados en la red mágica creada por aquel extraño y artificial rayo de los draenei. Eran orgullosos y fuertes guerreros, pero gritaban agónicamente mientras la red les quemaba la piel. El olor acre de la carne quemada se mezclaba con el hedor de la sangre y el miedo en las fosas nasales de Orgrim. Era un olor casi venenoso.

Sintió una brisa de aire en su cara, que se llevaba los olores de la batalla y le infundía nuevas energía en sus pulmones. Orgrim escogió al siguiente guerrero que atacaría y corrió hacia ella, una hembra que no llevaba arma alguna, pero que estaba envuelta de energía palpitante. Orgrim gruñó con sorpresa al ver que el Doomhammer golpeó su campo de fuerza y rebotó; el choque hizo temblar el arma entre sus brazos y le sacudió el cuerpo hasta los huesos. Uno de los chamanes intervino, su rayo chocó con estruendo contra la misteriosa y mágica energía de la draenei y Orgrim lo vitoreó cuando vio que su bondadoso y natural rayo podía con el campo de fuerza azul. Atacó de nuevo y esta vez el Doomhammer sí que fue capaz de destrozar el cráneo de la pielazul de forma más satisfactoria.

Ya casi había terminado todo. Sólo quedaban dos en pie y en unos pocos minutos yacían bajo una masa de cuerpos marrones y blindados. Unos cuantos gritos y gruñidos más, y el sonido inconfundible de las armas blancas hundiéndose en la carne; luego, todo se quedó en silencio.

El acorralado uñagrieta había escapado.

Orgrim contuvo la respiración; el sonido de sus latidos resonaba en sus oídos, excitado por la matanza. Siempre había disfrutado de la caza, pero esto… nunca había experimentado nada igual. Algunas veces, las bestias a las que había atacado habían tratado de defenderse, pero una presa como los draenei —inteligente, poderosa, capaz de luchar de la misma forma que ellos, no con uñas y dientes— era algo nuevo para él. Inclinó su cabeza hacia atrás y rió, y se preguntó si de alguna manera estaban borrachos de esta sensación.

Los vítores y los ásperos y profundos bramidos que proferían los victoriosos orcos eran el único sonido que se oía en el claro del bosque. Blackhand se acercó a Orgrim y lo abrazó de la mejor forma que pudo con las armaduras que llevaban.

—Vi el Doomhammer, pero fue tan rápido que pasó como un borrón ante mis ojos —rugió el jefe del clan Blackrock con una sonrisa—. Hoy has luchado bien, Orgrim. Tomé una sabia decisión al nombrarte mi segundo.

Se paró cerca del mago que Orgrim había matado en último lugar y se quitó los guantes. Su cráneo estaba completamente destrozado y la sangre azul salpicaba por todas partes. Blackhand metió los dedos en el fluido vital del draenei asesinado y con cuidado pintó la cara de Orgrim. En su interior, algo cambió en el orco. Se recordaba a sí mismo haciendo lo mismo después de su primera muerte en solitario, con la sangre roja y caliente; recordaba haberlo hecho e ir a la montaña sagrada como parte del ritual Om ’riggor, con la sangre de su padre sobre su cara. Y, ahora, su líder lo había ungido otra vez con la sangre de los seres que eran sus enemigos.

Un poco del líquido de color azul oscuro bajó por su mejilla hasta la comisura de su boca. Orgrim sacó su lengua, lo probó y lo encontró dulce.

* * *

El halcón de sangre se posó sobre el brazo de su amo, sus garras se clavaban profundamente sobre el cuero protector. Ner’zhul paseaba mientras que el maestro de halcones desenrollaba el mensaje y se lo entregaba. Leyó el pequeño pergamino, rápidamente.

Demasiado fácil, ha sido demasiado fácil. No ha sido casualidad, aunque algunos han sido heridos, por supuesto. Era su primera incursión y los orcos habían salido completamente victoriosos. Blackhand hablaba despectivamente de lo rápido que habían descendido contra su partida de caza y machacado sus cráneos. Todo se estaba desarrollando tal y como Rulkan le había prometido. Probablemente, ahora se le aparecería el ser con el que se había aliado Rulkan. Los orcos, dirigidos por Ner’zhul, habían demostrado su valía con este triunfo decisivo.

Volvió a leer una vez más el mensaje. Por descontado, Blackhand y los Blackrock habían sido una excelente elección contra los draenei. Eran poderosos y violentos pero, a diferencia de otros clanes como los Hellscream, estaban bajo el control de su jefe de clan por completo.

Esa noche, Ner’zhul degustó un festín por la victoria, preparado por los Shadowmoon, y bebieron, comieron, rieron y cantaron hasta que al final Ner’zhul cayó en su cama y se sumergió en un sueño profundo, muy profundo.

Y el ser se apareció.

Era glorioso, radiante, tan brillante que incluso su yo dentro del sueño no podía aguantar la mirada sobre él al principio. Cayó de rodillas, temblando de alegría y de asombro ante él.

—Ha venido —susurró, sintiendo cómo las lágrimas brotaban de sus ojos y se deslizaban sobre su rostro—. Sabía que, si le complacía, vendría.

—Así ha sido, Ner’zhul, el chamán, líder de los orcos. —La voz retumbó a través de sus huesos y Ner’zhul cerró los ojos, casi aturdido por la sensación—. He visto la forma magistral en que diriges a los tuyos, cómo has conseguido unir a los diferentes clanes en un solo propósito, una meta gloriosa.

—Aquélla que tú me inspiraste, maestro —murmuró Ner’zhul. Pensó en Rulkan y por un instante se preguntó por qué ya no se le aparecía, luego esa idea lo abandonó. La simple sombra de este magnífico ser era muy superior a su querida compañera. Ner’zhul anhelaba seguir conversando con este maravilloso ser.

—Has venido a nosotros y nos has revelado la verdad —continuó Ner’zhul—. Hicimos lo que era necesario.

—Así fue, y estoy muy contento con ustedes. La gloria, el honor y la dulce victoria continuarán siendo suya si hacen lo que les diga.

—Por supuesto que lo haremos, pero… maestro, este humilde siervo le suplica un favor.

Ner’zhul se arriesgó a mirarlo directamente. Era enorme, brillante y rojo, tenía un poderoso torso y sus piernas terminaban en pezuñas y estaban curvadas hacia atrás como las de los talbuk…

… o las de los draenei…

Ner’zhul parpadeó. Se hizo el silencio por un momento después de expresar su petición y sintió un repentino escalofrío. Entonces la voz volvió a hablar en su mente y oídos, y aún era suave y dulce como la miel.

—Pide, y decidiré si eres digno.

De repente la boca de Ner’zhul estaba seca y era incapaz de formular las palabras. Esforzándose, habló:

—Maestro… ¿hay algún nombre por el cual podamos llamarlo?

Una sensación de alegría recorrió la sangre de Ner’zhul.

—Un simple favor fácil de agradecer. Sí, tengo un nombre. Pueden llamarme. Kil’jaeden.

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