El ascenso de la Horda – Capítulo Nueve

Es fácil comprender por qué tantos de mis contemporáneos prefieren dejar que esta historia muera. Dejar que se hunda en el olvido silenciosamente, deslizándose bajo las aguas del tiempo hasta que la superficie del lago esté más serena y nadie recuerde la vergüenza que se esconde en sus profundidades. Yo también siento esa vergüenza, aunque no estaba vivo cuando todo ocurrió. La veo en la cara de Drek’Thar mientras me cuenta su parte de la historia con una voz temblorosa. Veo el peso de la misma sobre Orgrim Doomhammer. Grom Hellscream, amigo, traidor y amigo de nuevo, fue devastado por ella.

Pero pretender que no existió es olvidarse del terrible impacto que supuso. Es como hacernos las víctimas en lugar de admitir nuestra participación en nuestra propia destrucción. Elegimos ese camino nosotros, los orcos. Lo seguimos hasta que fue demasiado tarde para echamos atrás. Y, después de haber tomado esa decisión, podemos, conociendo como conocemos el oscuro y vergonzoso final de ese camino, no volver a tomarla.

Es por eso que me gustaría oír el testimonio de aquéllos que pusieron un pie tras otro en un camino que sólo significó la aniquilación para nuestra especie. Me gustaría entender por qué decidieron dar cada paso, qué tuvo que pasar para que pareciera una decisión lógica, buena y correcta.

Me gustaría saberlo por si vuelve a pasar de nuevo, para reconocerlo.

Los humanos tienen dos refranes que son sabios más allá de lo imaginable.

El primero es:

—Aquéllos que no aprenden de la historia están condenados a repetirla. Y el segundo es…

—Conoce a tu enemigo.

* * *

Velen estaba meditando profundamente cuando Restalaan, de mala gana, se le acercó. Se sentó en el patio central del Templo de Karabor, no en los cómodos bancos que flanqueaban la piscina rectangular, sino en la dura piedra. El aire transportaba el olor de los arbustos en flor que brotaban en el exuberante jardín, y el agua sonaba suavemente mientras corría. Las hojas de los árboles se movían con el viento y añadían sus propios sonidos a la escena, pero Velen estaba centrado hacia sus adentros.

Hacía mucho, mucho tiempo que los draenei y los naaru se depositaban mutua confianza. Los luminosos seres que rara vez optaban por adoptar forma sólida fueron los primeros en encargarse de los eredar exiliados; luego les enseñaron todo lo que sabían y finalmente se convirtieron en sus amigos. Habían viajado juntos y visto muchos mundos. Siempre que los man’ari habían descubierto el lugar donde se escondían, los naaru, y en particular aquél que se hacía llamar K’ure, habían sido decisivos ayudando a los draenei en su huida. De igual forma que cuando Kil’jaeden y sus monstruosas criaturas, eredar una vez, se habían acercado a ellos para capturarlos. Velen sufría cada vez que él y su pueblo tenían que partir a otro mundo para salvarse, sabiendo que cada uno de los seres que dejaban tras de sí podrían ser transformados de la misma forma que lo fueron los eredar. Kil’jaeden, siempre deseoso de acumular más fuerzas a la Legión que estaba creando para su siniestro señor Sargeras, no dejaría pasar la oportunidad de atraer a nuevos reclutas.

K’ure, tan triste como Velen, sufría con él. Pero habló en la mente de Velen con una lógica irrevocable de que Kil’jaeden, Archimonde y Sargeras hubieran destruido otro mundo en la misma cantidad de tiempo. Todos los mundos, todos los seres y todas las razas eran horriblemente iguales a los ojos de Sargeras. Todos ellos necesitaban ser eliminados en un espantoso festival de carnicería y fuego. La muerte de Velen a manos de los seres que una vez habían sido sus amigos más queridos no salvaría a ninguno de esos inocentes sin suerte, mientras que su supervivencia, posiblemente, sí que lo haría.

—¿Cómo? —se preguntó colérico una vez—. ¿Cómo puede mi vida ser más importante, más valiosa que la suya?

La reunión es lenta, tuvo que admitir K’ure. Pero está en marcha. Hay otros naaru como yo dirigiéndose a las razas más jóvenes. Cuando estén listos, todos serán reunidos. Sargeras tarde o temprano caerá gracias a la voluntad de aquéllos que todavía creen en lo que es bueno, verdadero y armonioso, en lo que trae el equilibrio a este universo atemporal.

Velen no tenía más remedio que creer en este ser que había llegado a ser su amigo o dar la espalda a todos los que habían confiado en él y se habían convertido en man’ari. Y escogió creer.

Ahora, sin embargo, estaba confundido. Los orcos habían empezado a atacar partidas de caza. No parecía haber razón alguna que explicara estas agresiones; ninguno de los conmocionados guardias con quien Velen había podido hablar le había contado nada de especial. Aun así, tres partidas de caza habían sido atacadas hasta matar al último de sus integrantes. Restalaan, que investigaba estas muertes, le dijo que los cuerpos no fueron simplemente asesinados… sino masacrados.

Por ese motivo, Velen se había desplazado al templo, creado en los primeros años de estancia de los draenei en este mundo. Allí, rodeado por cuatro de los siete cristales ata’mal que habían vuelto a la vida hacía mucho tiempo, pudo oír la débil voz de su amigo en su mente pero, hasta el momento, K’ure no tenía respuestas para él.

No habría posibilidad de volar si esta vez las cosas funcionaban mal. K’ure se estaba muriendo, atrapado en la misma nave que los había llevado antes de estrellarse en ese mundo hacía ya doscientos años.

—Gran Profeta —dijo Restalaan con voz suave y cansada—. Hemos sufrido otro ataque.

Despacio, Velen abrió los ojos y miró a su antiguo amigo con tristeza. —Lo sé —dijo—. Lo he sentido.

Restalaan se pasó la mano de gordos dedos por su pelo negro.

—¿Qué hacemos? Cada nuevo ataque parece más agresivo que el anterior. El examen de los daños causados a los cuerpos parece indicar que están mejorando sus armas.

Velen suspiró profundamente y sacudió la cabeza. Sus trenzas blancas giraron suavemente con el movimiento.

—No puedo oír a K’ure —dijo en voz baja—. Por lo menos, no tan bien como solía hacerlo. Me temo que no le queda mucho tiempo de vida.

Restalaan bajó la mirada; el dolor era evidente en su expresión. El naaru se había sacrificado por ellos; todos los draenei lo sabían y lo comprendían. Aun siendo extraño y misterioso como era, los draenei habían llegado a cuidar de él. Había quedado atrapado y se estaba muriendo lentamente durante dos siglos. De alguna manera, Velen pensaba que no sería cuestión de mucho tiempo hasta que el ser muriera… si es que no había muerto ya, tal como él entendía la muerte.

Se levantó con determinación; su ligera túnica de color canela se movía tras él.

—Todavía tiene sabiduría que transmitirme, pero yo ya no tengo la habilidad para oírlo. Debo ir allí. Quizás la proximidad nos ayude a mejorar la comunicación.

—¿Te. te refieres a ir a la nave? —preguntó Restalaan.

Velen asintió.

—Debo hacerlo.

—Gran Profeta… no querría poner en cuestión tu sabiduría, pero.

—Pero lo harás de todos modos, —dijo Velen, riendo y arrugando sus sorprendentes ojos azules, muestra de un humor único y genuino—. Continúa, mi viejo amigo. Tu capacidad para cuestionarme siempre me es de gran ayuda.

Restalaan suspiró.

—Los orcos han escogido la nave como su montaña sagrada.

—Lo sé —replicó Velen.

—Entonces, ¿por qué enfrentarse a ellos aventurándose a ir allí? —preguntó Restalaan—. Seguramente lo interpretarían en cualquier momento como un acto de agresión, y particularmente ahora. Les darás una razón para continuar sus ataques contra nosotros.

Velen asintió.

—He pensado en esto durante mucho tiempo, y quizás ahora sea el momento de revelarles lo que somos y lo que realmente es su montaña sagrada, en la que creen que moran sus antepasados; cosa que podría ser cierta. Si a K’ure no le queda mucho tiempo, ¿no deberíamos utilizar su sabiduría y sus poderes mientras podamos? Si hay alguien capaz de traer la paz entre los orcos y nosotros, es este ser y su habilidad, más grande que la de ninguno de nosotros. Puede que sea nuestra única oportunidad. K’ure habló de encontrar otras razas, otros seres, para que se unieran en nuestra búsqueda del equilibrio y la armonía. Para enfrentamos a Sargeras y a ese vasto e impío ejército que ha creado.

Velen colocó una blanca mano en el hombro blindado de su amigo.

—Hay algo muy cierto que me ha sido revelado durante mi meditación. Y es que las cosas no pueden seguir como antes. Los orcos y los draenei no pueden continuar viviendo en esta forma tan distante los unos con los otros. Hay una vuelta de hoja para eso, mi viejo amigo. O hay guerra o hay paz. Se convertirán en nuestros aliados o en nuestros enemigos. Y nunca podré perdonarme a mí mismo si no exploro todas y cada una de las posibilidades de paz que existen. ¿Me entiendes ahora?

Restalaan buscó tristemente, con la mirada, la cara de Velen y luego asintió.

—Sí. Sí, supongo que sí. Pero no me gusta. Por lo menos deja que te acompañe una guardia armada, por lo que sé atacan antes de escuchar.

Velen negó con la cabeza.

—No, sin armas. Nada que pueda provocarlos. En sus corazones son seres honorables. Fui capaz de vislumbrar las almas de los dos jóvenes orcos que estuvieron con nosotros hace unos años. No hay nada cobarde o maligno en ellas, sólo precaución y ahora, por alguna razón, miedo. Han atacado partidas de caza, no a civiles.

—Sí —contestó Restalaan—. Grupos que eran mucho más numerosos.

—Hemos encontrado sangre que no era nuestra derramada en esos sitios —le recordó Velen—. Se llevaron los cuerpos de vuelta para hacer una incineración ritual, pero sabemos que había bastante sangre orca derramada. Con nuestros conocimientos, un puñado de draenei puede hacer frente fácilmente a varios orcos. No. Lo arriesgaré todo en esto. No me matarán si les muestro mis intenciones honorablemente y llego sin evidente capacidad de defensa.

—Me gustaría poder confiar en eso, mi Profeta —dijo Restalaan resignado, haciendo una profunda reverencia—. Voy a reunir una pequeña escolta, entonces. Y no irán armados.

* * *

El Más Grande, Kil’jaeden, empezó a visitar a Ner’zhul con más frecuencia. Primero, simplemente durante sus sueños, de igual forma que hacían los ancestros. Llegaba durante la noche, mientras Ner’zhul dormía profundamente con el cuerpo pesado producto de la droga que abría su mente a la voz de Kil’jaeden y le susurraba elogios y felicitaciones, y los planes de la futura victoria de los orcos.

Ner’zhul estaba en éxtasis. Leía con entusiasmo y deleite cada carta que llegaba por halcón de sangre desde los diferentes clanes.

Nos encontramos con dos exploradores sin refuerzos, le escribió el jefe del clan Shattered Hand. Fue fácil acabar con ellos, superados en número como estaban.

El clan Bleeding Hollow se enorgullece de informar al gran Ner ’zhul de que lo hemos obedecido en todo, decía otra carta. Nos hemos unido al clan Laughing Skull, doblando así el número de guerreros armados que enviar contra nuestro taimado enemigo. Tenemos entendido que el clan del Thunderlord busca aliados. Les enviaremos un mensajero mañana.

—Sí —dijo sonriendo Kil’jaeden—. ¿Te das cuenta de cómo se unen contra una causa justa? Antes, de haber cruzado sus caminos, esos clanes hubieran estado desafiándose los unos a los otros. Ahora, están compartiendo conocimientos, recursos y trabajando en equipo para superar a un enemigo que quiere verlos a todos muertos.

Ner’zhul asintió, pero sintió una punzada repentina. Había sido glorioso contemplar, finalmente, esta hermosa y poderosa unidad, a pesar del hecho de que Kil’jaeden se parecía demasiado a los odiados draenei, pero… había dejado de ver a

Rulkan. Sentía que la echaba de menos. Se preguntaba por qué ella ya no se le aparecía más.

Vacilante, habló.

—Rulkan…

—Rulkan cumplió su parte del trabajo Rayéndote a mí, Ner’zhul —exclamó Kil’jaeden—. Sabes que está bien y que es feliz, ya la has visto. Ya no la necesitamos más como intermediario. No ahora que me has convencido de que eres digno de transmitir mi voz sobre tu gente.

Y, como ya había pasado antes, el corazón de Ner’zhul se hinchó de alegría. Pero esta vez, a pesar de las consoladoras y emocionantes palabras de Kil’jaeden, sintió una triste y pequeña sacudida en su pecho, pues deseaba poder seguir hablando con ella.

* * *

Ner’zhul estaba absorto en sus pensamientos cuando Gul’dan le llevó un mensaje. El aprendiz le hizo una reverencia y le entregó a su maestro un trozo de pergamino, teñido de líquido azul.

—¿Qué es esto? —le preguntó Ner’zhul, cogiendo el pergamino.

—Se lo quitaron a un draenei que se aproximaba por el sur, —respondió Gul’dan.

—¿Un grupo?

—Un único mensajero. Sin armas, ni siquiera montura. El muy necio iba caminando. —Los labios de Gul’dan se torcieron en una sonrisa maliciosa.

Ner’zhul miró el pergamino y se dio cuenta entonces de que las manchas azules eran la sangre del mensajero muerto. ¿Qué habría impulsado a ese idiota a caminar solo y desarmado hacia el corazón del territorio del clan Shadowmoon?

Lo desenrolló con cuidado, tratando de no romperlo, y empezó a leerlo rápidamente. Mientras sus ojos marrones se precipitaban sobre las palabras, un resplandor se generó en la sala y ambos chamanes se postraron en el suelo.

—Léelo en voz alta, gran Ner’zhul —dijo la calmada voz de Kil’jaeden—. Compártelo conmigo y con tu leal aprendiz.

—Sí, por favor, mi maestro —le dijo Gul’dan con entusiasmo. Mientras lo leía, por primera vez desde que había hablado con su querida Rulkan, Ner’zhul saboreó una sensación de duda.

A Ner’zhul, Chamán del clan Shadowmoon, el profeta Velen de los draenei le envía saludos.

Recientemente, muchos de los nuestros han sido atacados por los orcos. No entiendo el motivo de estos ataques. Durante generaciones, su gente y la mía han vivido en paz y tolerancia, estado que nos ha beneficiado mutuamente. Nunca hemos levantado un arma contra ningún orco y, de hecho, una vez jugamos un papel decisivo para salvar las vidas de dos jóvenes orcos que inconscientemente pusieron sus vidas en peligro.

—Ah —interrumpió Gul’dan—. Lo recuerdo… Durotan, el actual jefe del clan Frostwolf, y Orgrim Doomhammer.

Ner’zhul asintió ausente, pensando en otra cosa durante un momento, luego siguió leyendo.

Sólo podemos suponer que ha habido un terrible malentendido y desearía hablar contigo para que ninguna otra vida —orco o draenei— se perdiera de forma tan trágica.

Tengo entendido que la montaña que llaman Oshu ’gun es sagrada para tu gente, que es el lugar donde moran los espíritus de sus sabios ancestros. Como este lugar también tiene un profundo significado para los draenei, siempre hemos respetado su decisión de reclamarlo como lugar sagrado. Sin embargo, ha llegado el momento de reconocer que hay más cosas que compartimos que cosas que nos dividen. Me llaman el Profeta entre mi gente porque a veces se me concede la sabiduría y el entendimiento. Intento liderarlos bien y de forma pacífica, tal y como estoy seguro de que haces tú y el resto de líderes de clanes con su gente.

Reunámonos pacíficamente, en el lugar que tanto significado tiene para ambas razas. En el tercer día del quinto mes, yo y un pequeño grupo iremos en peregrinación hacia el corazón de la montaña. Nadie en el grupo portará armas.

Te invito a ti y a cualquier otro orco que quiera acompañarme a entrar en ese profundo lugar mágico y sagrado y pedir consejo a los sabios seres que moran allí para ver cómo podemos salvar la división que nos separa.

Con luz y bendiciones, les ofrezco la paz.

Gul’dan fue el primero en hablar. O, más exactamente, en reír.

—Tremenda arrogancia! Mi señor, gran Kil’jaeden, no podemos desperdiciar esta oportunidad. Su líder acude como un pequeño uñagrieta al matadero, desarmado y pensando estúpidamente que no sabemos nada de sus malvadas intenciones. ¡Y piensa violar Oshu’gun! ¡Morirá antes de que ponga una vil pezuña azul sobre la raíz de nuestra montaña sagrada!

—Lo que dices me alegra, Gul’dan —dijo Kil’jaeden con una voz calmada como el agua y a la vez retumbante—. Ner’zhul, tu aprendiz habla con sabiduría.

Pero las palabras de Ner’zhul estaban atrapadas en su garganta. Abrió su boca dos veces para intentar hablar y finalmente, al tercer intento, pronunció unas palabras ásperas.

—No estoy en desacuerdo en que los draenei sean peligrosos, —dijo con la voz entrecortada—. Pero… pero no somos gronn como para matar a enemigos desarmados.

—El mensajero fue asesinado —señaló Gul’dan—. Estaba desarmado e incluso sin montura.

—¡Y me arrepiento de eso! —contestó bruscamente Ner’zhul—. ¡Debería de haber sido tomado en custodia y traído ante mí, no asesinado!

Kil’jaeden no decía nada. Su resplandor escarlata bañaba a Ner’zhul mientras continuaba, tanteando el mejor camino hacia una solución.

—No les permitiremos profanar nuestro lugar sagrado, —continuó el chamán—. No te preocupes por eso, Gul’dan. Pero no voy a matarlo sin tener la oportunidad de hablar con él. Quién sabe, quizás tengamos la oportunidad de aprender algo.

—Sí —dijo Kil’jaeden con una voz rica y cálida—. Cuando uno está sufriendo, revela todo lo que sabe.

Esas palabras sorprendieron a Ner’zhul, pero no mostró sorpresa. ¿Este magnífico ser quería que torturase a Velen? Algo dentro de él estaba excitado ante la perspectiva, pero algo más profundo se retorció. Todavía no. Todavía no haría tal cosa.

—Lo estaremos esperando —le aseguraron él y su aprendiz a su gran señor—. No se nos escapará.

—Señor… —dijo Gul’dan despacio—, ¿se me permite una sugerencia?

—¿Cuál?

—El clan más cercano a la montaña es el de los Frostwolf —señaló Gul’dan—. Dejemos que sean ellos quienes atrapen a Velen y a su grupo y nos los traigan. Su líder probó una vez la hospitalidad de los draenei. Y, aunque no ha obstaculizado nuestros esfuerzos, no recuerdo oír que haya liderado ningún ataque contra ellos. Mataremos dos pájaros de un tiro: conseguiremos capturar al líder de los draenei y haremos que Durotan de los Frostwolf pruebe su lealtad a la causa.

Ner’zhul sintió cómo dos pares de ojos se clavaban en los suyos, los pequeños y oscuros de su aprendiz y las brillantes órbitas de su señor Kil’jaeden. Lo que Gul’dan había sugerido parecía muy sabio. Entonces, ¿por qué era tan reacio a secundarlo?

Los latidos de su corazón se aceleraron y el sudor empezó a brotar de la frente de Ner’zhul. Finalmente, habló y se sintió aliviado al oír su voz segura y fuerte.

—De acuerdo. Es un buen plan. Tráeme mi pluma y pergamino, y notificaré a Durotan su cometido.

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