El ascenso de la Horda – Capítulo Cuatro

Ayer por la noche, con la luna llena sobre mi cabeza y la aprobación de las estrellas, un joven macho fue iniciado como adulto. Ha sido la primera vez que he tenido la oportunidad de participar en un ritual como éste, el Om ‘riggor. Durante mi juventud, fui separado de los ritos y las tradiciones de mi pueblo; y la verdad sea dicha, todos los orcos fuimos separados de este tipo de ritos durante mucho tiempo. Y una vez fui lo suficientemente adulto como para recorrer el camino del destino, me vi envuelto en el horror de la guerra. La guerra me consumió. Irónicamente, la necesidad de proteger a mi pueblo de la Legión Ardiente y ofrecerles un lugar donde nuestras tradiciones pudieran volver a florecer me alejó de ese tipo de cosas.

Pero ahora, Durotar y Orgrimmar están asentadas. Ahora estamos en paz, aunque sea una paz frágil. Ahora vuelve a haber chamanes que recuperan las antiguas costumbres, hombres y mujeres jóvenes que caminan hacia una era en la que, si los espíritus así lo quieren, no tendrán que conocer el sabor amargo de la guerra.

Ayer por la noche, fui partícipe de un ritual imperecedero que fue prohibido a toda una generación.

Ayer por la noche, mi corazón se llenó de alegría y de un sentimiento de conexión con aquello que siempre había deseado.

El corazón de Durotan palpitaba en su pecho mientras miraba fijamente el talbuk. Era una bestia espléndida, una presa digna, sus cuernos no eran un mero adorno, sino fuertes y peligrosas armas. Durotan había visto, al menos, a un guerrero morir corneado, empalado con los doce picos de su astado con la misma ferocidad que con una lanza.

Y él tendría que abatirlo con una sola arma y sin armadura.

Le habían llegado rumores, por supuesto. Ningún talbuk adulto se dejará cazar para satisfacer las necesidades del ritual, le había murmurado alguien al oído mientras estaba sentado con los ojos vendados en la tienda de espera. Todos son feroces luchadores pero, en esta temporada, los machos han perdido sus cuernos.

Más rumores: solamente podrás llevar un arma, Durotan, hijo de Garad; pero podrás ocultar otras en el desierto, donde nadie pueda verlas.

Y el más vergonzoso de todos: el chamán determinará si lo has conseguido al probar la sangre de tu cara; pero recuerda que la sangre de un talbuk muerto hace mucho tiempo sabe exactamente igual que la de uno recién muerto.

Durotan hizo caso omiso a todas estas tentaciones. Quizás otros orcos habían sucumbido a ellas, pero él no sería uno de ellos. Durotan acecharía a una hembra, equipada con una buena cornamenta en esta época del año, utilizaría simplemente la única arma que estaba permitida y se ungiría las mejillas con la humeante sangre de la bestia que iba a matar ese día.

En ese momento, de pie ante la prematura e inesperada nevada, sosteniendo su cada vez más pesada hacha, Durotan se estremeció. Pero nunca titubeó.

Había estado tras la pista de la manada de talbuks durante dos días, sobreviviendo sólo con aquello que podía recoger, encendiendo pequeñas hogueras durante el crepúsculo, que bañaban la nieve con un tono lavanda, y durmiendo en los refugios que encontraba a su paso. Orgrim ya había completado su rito de paso. Durotan envidiaba el hecho de que su amigo hubiera nacido en verano. Había pensado que no sería tan difícil a principios del otoño, pero ese año el invierno había decidido adelantarse y el clima era mucho más duro.

Parecía como si el rebaño talbuk también quisiera burlarse de él. Podía seguir fácilmente su rastro por la nieve, ver dónde habían escarbado para llegar hasta la hierba seca o dónde habían arrancado la corteza de los árboles. Pero parecían capaces de eludirlo siempre. Caía la tarde de su tercer día cuando los ancestros decidieron premiar su determinación. El crepúsculo estaba de camino, y Durotan comenzaba a pensar desesperado que tendría que buscar un nuevo refugio para pasar el final de una nueva jornada infructuosa. Entonces, se dio cuenta de que los pequeños excrementos de talbuk no estaban congelados, sino frescos.

Estaban cerca.

Empezó a correr, la nieve crujía bajo sus botas de piel, lo alentaba una nueva ilusión. Siguió las huellas tal y como lo habían enseñado, buscó una zona elevada…

Y contempló una manada de gloriosas criaturas.

Inmediatamente, se acuclilló tras una gran roca y se asomó para ver a los animales. Todavía se veían marrones sobre la nieve blanca, pues aún no habían mudado su pelaje invernal. Por lo menos había dos docenas, tal vez más, en su mayoría hembras. Era positivo que hubiese encontrado una manada, pero ahora tenía otro problema. ¿Cómo iba a atacar simplemente a uno? Los talbuk, a diferencia de otras presas, solían proteger al resto de su rebaño. Si atacabas a uno, el resto acudía en su defensa.

Los chamanes acompañaban a los cazadores con el fin de distraer a los animales. Durotan estaba solo y de repente se sentía muy vulnerable.

Frunció el ceño y se quedó pensativo. Había estado buscando a estas criaturas durante cerca de tres días y ahora estaban allí. La noche contemplaría a un orco devorando la carne fresca de la pierna de un talbuk o a un orco muerto y entumecido sobre la nieve.

Los miró por un momento, consciente de que las sombras se volcaban sobre ellos, pero sin querer apresurarse ni cometer un error fatal. Los talbuk son criaturas diurnas y estaban ocupadas cavando hoyos en la nieve para acurrucarse en ellos. Sabía que hacían ese tipo de cosas, pero ahora veía con espanto cómo se estaban situando los unos al lado de los otros. ¿Cómo sería capaz de separar a uno de ellos?

Un movimiento llamó su atención. Una de las hembras, joven y sana después de un generoso verano comiendo dulce hierba y bayas silvestres, parecía estar agitada. Chocó y sacudió su cabeza coronada con un conjunto majestuoso de cuernos, mientras parecía danzar alrededor del resto del grupo. No parecía dispuesta a unirse a ellos y, de igual forma que uno o dos más, optó por dormir fuera del rebaño de peludos cuerpos.

Durotan empezó a sonreír. ¡Qué gran regalo de los espíritus! Fue un buen presagio. La más animada y saludable hembra del rebaño, un ejemplar que no tenía necesidad alguna de seguir sin pensar al grupo, sino que elegía su propio camino. Una elección que muy probablemente significaría su muerte y que le daría la oportunidad a Durotan de ganarse el honor y el derecho de ser tratado como un adulto entre los suyos. Los espíritus entendían el equilibrio de ese tipo de cosas. Como mínimo, le habían dicho que así era.

Durotan esperó. El crepúsculo llegó y se fue, y el sol se hundió por debajo de las montañas. Con la puesta de sol, también se marchó el débil calor que había sentido hasta entonces. Durotan esperó con la paciencia de los depredadores. Finalmente, incluso los talbuk que estaban situados en la zona más exterior de la manada recogieron sus piernas y se acurrucaron con sus compañeros.

Fue entonces cuando Durotan se movió. Sus miembros estaban rígidos por el frío y por poco tropieza. Se arrastró lentamente desde su escondite tras la roca y bajó la pendiente, clavando sus ojos en la hembra que dormitaba. Tenía la cabeza inclinada sobre su largo cuello y respiraba con normalidad. Podía ver pequeñas bocanadas blancas de vapor que aparecían desde su hocico.

Lentamente, caminando con tanto cuidado como pudo, llegó hasta su presa. No sentía el frío; el calor de la anticipación y el poder de la concentración eliminaban cualquier sensación de incomodidad. Se acercó todo lo que pudo; aun así, la hembra talbuk seguía durmiendo.

Levantó su hacha. La balanceó hacia abajo.

La talbuk abrió los ojos en ese preciso momento.

Trató de levantarse, pero ya había recibido el golpe. Durotan tenía ganas de aullar el grito de guerra que había oído a su padre tantas veces, pero se contuvo. Con él no conseguiría matar al talbuk, sino a sí mismo, pues despertaría a una docena de sus compañeros de manada y sería sorprendido por sus enérgicas represalias. Había afilado el hacha con una agudeza sorprendente y cortó el grueso cuello y sus vertebras como si de queso se tratase. La sangre salió a borbotones, el cálido y pegajoso líquido salpicó a Durotan suavemente y sonrió con ferocidad. Se ungió a sí mismo con la sangre de su primera presa en solitario; era una parte del ritual y la hembra talbuk lo había hecho por él. Otro buen presagio.

A pesar de intentar ser tan silencioso como pudo, oyó cómo la manada se despertaba tras él. Se dio media vuelta, respirando con dificultad, y descargó el escalofriante y sanguinario grito de batalla que su garganta había retenido un momento antes. Cogió su hacha, el brillo de su hoja de metal oscurecido ahora por la sangre carmesí, y gritó de nuevo.

Los talbuk vacilaron. Había oído decir que, si se trataba de una muerte limpia, los animales huían en vez de atacar, intuyendo que se trataba de algo primitivo y que ya no podían ayudar a su hermano caído. Esperaba que fuera cierto; quizás fuera capaz de abatir a uno o dos, pero caería bajo sus acolchadas pezuñas si decidían atacar.

Se movieron todos al unísono, comenzaron a retroceder y finalmente se dieron media vuelta y empezaron a correr. Los vio desaparecer al galope, las huellas de sus pezuñas sobre la nieve inmaculada serían la única evidencia de que habían estado allí.

Durotan bajó el hacha, jadeando por el esfuerzo. La subió otra vez y volvió a gritar como señal de triunfo. Ya llenaría su estómago vacío esa noche y el espíritu del talbuk entraría en sus sueños. Y, al día siguiente, regresaría con su gente convertido en un adulto, dispuesto a tomar su lugar al servicio del clan.

Listo para un día convertirse en su líder.

* * *

—¿Por qué tenemos que ir caminando? —preguntó Durotan con vanidad, furioso como un niño.

—Porque es la forma adecuada de hacerlo —contestó de manera cortante Madre Kashur. Irritada, le dio una palmada al chico. Durotan era joven y estaba en forma; la larga caminata hasta la montaña sagrada de los ancestros no significaba nada para él. Ella, en cambio, hubiese agradecido de buen grado ir sentada en la grupa de su gran lobo negro, Caminasueños. Pero las tradiciones eran antiguas y específicas y, mientras fuera capaz de caminar, caminaría. Durotan bajó su cabeza en señal de arrepentimiento mientras continuaban.

A pesar de que cada nuevo viaje la agotaba más que el anterior, Madre Kashur sentía una excitación que la ayudó a mitigar el dolor y el cansancio. Había acompañado a muchos jóvenes, machos y hembras, pues eran igual de valiosos unos como los otros, durante esta parte final de su rito de iniciación en la edad adulta. Pero, nunca antes, le habían pedido los ancestros que trajese a uno de ellos ante su presencia. No por ser tan anciana como era, había dejado de ser curiosa.

Fueron menos de un par de horas de viaje para el joven, alrededor de un día para los viejos huesos de Madre Kashur. La noche estaba cayendo y casi habían llegado. Madre Kashur miró hacia la familiar forma de la montaña y sonrió. A diferencia de otras cadenas montañosas, cuyos ángulos parecían estar dispuestos al azar, el pico de Oshu’gun era un triángulo perfecto. Brillante como el cristal, reflejando la luz solar en sus diferentes caras, no se parecía a nada de los alrededores. Había llegado del cielo, hacía ya mucho tiempo, y los espíritus se habían visto atraídos hasta él. Fue por esa razón que los orcos se establecieron aquí, bajo su sombra sagrada. Cualquier riña o insignificante diferencia por la que pudieran estar enfrentados se desvanecía aquí, en el interior de esta montaña. Madre Kashur sabía que volvería a la montaña pronto, pero no cojeando, no como una anciana orco. Ésa sería su última visita como el mueble roto que ahora parecía. La próxima vez que se aproximara a Oshu’gun lo haría como un espíritu, flotando en el aire como lo hacen los pájaros, con el corazón limpio, brillante y renovado.

—¿Pasa algo, Madre? —preguntó Durotan, mostrando preocupación en su tono de voz. Ella parpadeó, saliendo así de su estado de ensoñación, y le sonrió.

—Nada —le aseguró con sinceridad.

Las sombras habían ahuyentado la luz del sol cuando llegaron al pie de la montaña. Iban a dormir allí esa noche y empezarían la ascensión al amanecer. Durotan se durmió primero, arropado en la piel de la hembra talbuk que él mismo había matado no hacía mucho tiempo, y Madre Kashur lo miró cariñosamente mientras dormía profunda e inocentemente como la montaña. Esa noche no soñaría con nada, su mente tenía que estar clara para poder recibir las visiones al día siguiente.

La subida fue larga, agotadora, más difícil con diferencia que cualquier otra sencilla ascensión, y Kashur agradeció tanto la ayuda que le había ofrecido su vara como la fuerte mano de Durotan. Pero ese día los pies de Kashur parecían moverse con más seguridad, sus pulmones funcionaban con más eficacia a medida que ella y el joven orco ascendían. Sintió como si los ancestros estuvieran empujándolos, ayudando a su cuerpo físico con el poder de sus espíritus.

Se detuvieron en la entrada de la cueva sagrada. Era un óvalo perfecto que se abría sobre la superficie lisa de la montaña y, como de costumbre, Kashur sentía estar entrando en el vientre de la tierra. Durotan intentó parecer valiente, pero sólo consiguió parecer ligeramente nervioso. Madre Kashur no se rió esta vez. Sabía que él estaba nervioso. Estaba a punto de entrar en un lugar sagrado a petición expresa de uno de sus antepasados, muerto hacía mucho tiempo. Aun así, no se inmutó.

Encendió un manojo de hierbas secas que desprendían un olor dulce, acre, y sacudió el humo sobre él para purificarlo. A continuación lo marcó con la sangre que su propio padre había derramado para el momento, guardada cuidadosamente en una bolsa de cuero. Kashur puso la mano sobre la frente lisa del joven orco, murmuró su bendición y asintió.

—Sabes bien que muy pocos son llamados por los ancestros si no es para caminar la senda del chamán —le dijo con solemnidad. Con sus ojos marrones bien abiertos, Durotan asintió con la cabeza—. No sé qué va a pasar. Quizás nada. Pero, si algo ocurriese, recuerda mostrar honor y respeto por nuestros queridos muertos.

Durotan tragó saliva y asintió de nuevo. Luego, respiró profundamente y se puso todo lo recto que podía; Kashur vio un atisbo de jefe de clan en su cuerpo de niño, aún sin moldear.

Entraron juntos, Madre Kashur iba en primer lugar encendiendo las antorchas que colgaban de las paredes. La iluminación naranja les mostró el camino descendente y serpenteante, desgastado ya por el caminar de los pies descalzos durante muchos años. Habían tallado escalones para facilitar el paso de los aventurados. Siempre hacía frío dentro del túnel, pero era más cálido que el frío invernal que hacía fuera. Kashur iba tocando las paredes del túnel, recordando la primera vez que había bajado, mucho tiempo atrás; la sangre de su madre húmeda sobre su cara, sus ojos bien abiertos y su corazón acelerado.

Finalmente, la larga y empinada pendiente se suavizó. Ya no había más antorchas en las paredes y Durotan la miró, perplejo.

—No necesitamos encender fuego para acudir a los ancestros —dijo Kashur. Continuaron sobre una superficie plana, en plena oscuridad. Durotan no estaba asustado, pero se le veía confundido al dejar atrás la comodidad del fuego y la luz.

En ese momento, estaban completamente a oscuras. Kashur tendió su mano y agarró a Durotan para guiarlo. Sus fuertes y grandes dedos agarraron amablemente los de la anciana. Incluso ahora, cuando debería agarrar firmemente mi mano, recuerda lo mucho que me duele, pensó ella. El próximo jefe de clan de los Frostwolf tendría un corazón considerado.

Continuaron sin decir nada. Y después… sutilmente, como la llegada de la aurora después de una noche larga y oscura, la luz empezó a crecer alrededor de ellos. Fue entonces cuando Kashur pudo ver vagamente la silueta del joven que estaba a su lado, mucho más joven que ella, pero alzándose ya con el cuerpo de un adulto. Lo observó mientras avanzaban; el milagro de la cueva de los ancestros le era familiar, pero la reacción de Durotan, no.

Durotan abrió los ojos y respiró velozmente al tiempo que miraba a su alrededor. El agua de una piscina en el centro de la caverna emanaba un resplandor que iluminaba con una cálida luz blanca toda la sala. Todo era suave y liso y radiante; no había ángulos agudos o lugares escabrosos, y Kashur sintió una sensación familiar de purificación y paz profunda sobre ella. Dejó que Durotan lo comprendiera en silencio. La caverna era enorme, mayor que la sala de los tambores y los bailes del festival Kosh’harg, y se ramificaba en túneles que llevaban a lugares a los que Kashur nunca se había atrevido a ir. Tenía que ser así de grande, si no ¿cómo iba a ser capaz de albergar a los espíritus de todos los orcos que habían vivido y estaban ahora muertos? Se acercó al agua y él la siguió, observándola de cerca. Se quitó el paquete que llevaba y le indicó que hiciera lo mismo. Con cuidado, Kashur se descolgó varios odres de agua, los abrió y con una suave oración añadió su contenido al líquido incandescente de la piscina.

—Preguntaste por los odres de agua cuando salíamos —le dijo en voz baja a Durotan—. El agua que hay aquí no es nativa de este lugar. Hace mucho tiempo, comenzamos a ofrecer agua bendita a los espíritus. Cada vez que venimos, contribuimos con la piscina sagrada. Y, aun así, no sé cómo, el agua no se desvanece como lo haría en cualquier otro agujero. Así de intenso es el poder de la Montaña de los Espíritus.

Una vez vaciados los odres de agua, Madre Kashur se sentó emitiendo un gruñido suave y miró a través de las profundidades luminosas. Durotan hizo lo mismo. Ella conocía el ángulo en que podía ver su reflejo y se aseguró de que ambos estuvieran en la posición correcta. Al principio, simplemente veía su imagen y la de Durotan reflejadas sobre el agua. Sus rasgos parecían espectrales sobre la piscina blanca.

Entonces una tercera figura se unió a ellos; era como si el abuelo Tal’kraa estuviera de pie tras la espalda de Madre Kashur, su reflejo era tan claro como los suyos. Sus miradas se encontraron, y Kashur sonrió.

El chamán estiró su cuello para mirarlo, pero Durotan seguía mirando hacia el agua como si fuera a encontrar allí las repuestas que buscaba. El corazón de Kashur dio un pequeño vuelco, pero inmediatamente se reprimió. Si Durotan no iba a caminar el sendero del chamanismo, era porque no debería hacerlo. Sin duda, su destino sería muy honorable, pues había nacido para liderar a su clan.

—Mi tátara tataranieta —dijo Tal’kraa más gentilmente de lo que Kashur había oído nunca—. Lo has traído, como te pedí.

Apoyándose pesadamente sobre un bastón tan insustancial como él mismo parecía, el espíritu del Abuelo se movió lentamente en círculos alrededor de Durotan, mientras el joven orco seguía mirando el agua. Kashur observó a los dos machos del clan Frostwolf de cerca. Durotan se estremeció y miró a su alrededor, preguntándose de dónde venía el frío que notaba. Kashur sonrió. No podía verlo, pero de alguna manera sabía que el espíritu de Tal’kraa estaba allí.

—No puedes verlo —dijo un poco triste.

Durotan levantó la cabeza y movió su nariz. Rápidamente se puso de pie. Bajo aquella inquietante luz, sus colmillos se veían azules y su piel se mostraba en un tono verdoso.

—No, Madre. No puedo. Pero… ¿está presente uno de los ancestros?

—Por supuesto que sí —dijo ella y volvió su atención hacia el fantasma—. Lo traje aquí, como me pediste. ¿Qué ves en él?

Durotan tragó saliva, pero se mantuvo derecho y recto mientras el espíritu lo rodeaba, pensativo.

—Sentí… algo —dijo Tal’kraa—. Pensé que podría ser un chamán pero, si no puede verme ahora, entonces nunca podrá. Pero, aunque no pueda ver a los espíritus o invocar a los elementos, ha nacido para llevar a cabo un gran destino. Jugará un papel muy importante en el clan Frostwolf… y para todo su pueblo.

—¿Va a ser… un héroe? —preguntó Kashur conteniendo el aliento. Todos los orcos se esfuerzan por defender un código de coraje y honor, pero sólo unos pocos son lo suficientemente poderosos como para que sus nombres sean grabados en la memoria de sus descendientes. Al oír estas palabras, Durotan inspiró profundamente, y Madre Kashur pudo ver cómo se le iluminaba el rostro.

—No lo puedo asegurar —dijo Tal’kraa frunciendo el ceño un poco—. Enséñalo bien, Kashur, pues una cosa es cierta: la salvación llegará de su linaje.

Tal’kraa extendió su mano con un gesto de ternura como el que nunca había visto antes Kashur y rozó con un dedo la mejilla de Durotan. Los ojos del joven orco se abrieron y Kashur pudo ver cómo luchaba contra su instinto natural por retroceder, pero Durotan no tembló bajo la caricia espectral.

Entonces, como la bruma de un día caluroso, Tal’kraa desapareció. Kashur se quedó un poco aturdida, siempre olvidaba cómo la energía de los espíritus la alimentaba. Durotan se movió rápidamente para agarrarla por el brazo, no podía estar más agradecida de su fuerza juvenil.

—Madre, ¿estás bien? —le preguntó. Ella lo agarró por el brazo y asintió. Su primera preocupación había sido por ella, no por lo que el ancestro había o no había dicho sobre él. A pesar de meditarlo un buen rato, decidió no contarle a Durotan lo que el ancestro había dicho. Aunque era sensato y tenía un gran corazón, una profecía como ésa podría corromper hasta el más puro de todos los corazones de los orcos.

La salvación llegará de su linaje.

—Estoy bien —le aseguró—. Pero estos huesos ya no son jóvenes y la energía de los espíritus es muy poderosa.

—Me gustaría haber podido verlo —dijo Durotan un poco decepcionado—. Pero… sé que he sentido su presencia.

—La notaste, y eso es más de lo que muchos otros han podido hacer —dijo

Kashur.

—Madre… ¿podrías decirme lo que te dijo? Sobre mí… ¿sobre ser un héroe?

Estaba tratando de actuar con calma y madurez, pero dejaba entrever una pizca de súplica. Todo el mundo quiere ser recordado de forma gloriosa, a través de relatos que expliquen sus aventuras. No sería un orco si no compartiese ese deseo.

—El abuelo Tal’kraa dijo que no estaba seguro —le dijo sin rodeos. Él asintió y escondió su decepción. Eso era todo lo que Kashur había planeado decirle, pero algo la impulsó a añadir—: Tienes un destino que cumplir, Durotan, hijo de Garad. No te comportes como un necio en la batalla y mueras ante de poder llevarlo a cabo.

Entonces se rió.

—Un necio no sirve bien a su clan, y eso es lo que yo quiero hacer.

—Entonces, futuro líder —dijo Kashur riéndose también— será mejor que encuentres a tu pareja.

Y se echó a reír a carcajadas por primera vez desde que empezaron el viaje juntos; Durotan parecía estar completamente desconcertado.

Regresar al índice de El ascenso de la Horda

Share

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.