El ascenso de la Horda – Capítulo Tres

Drek’Thar nunca vio las ciudades de los draenei en tiempos de paz. Sólo las vio cuando… bueno, me estoy adelantando a mí mismo. Pero me dijo que mi padre había caminado por las brillantes calles de los draenei, había comido su comida, dormido en sus edificios, hablado con ellos tranquilamente. Vislumbró un mundo tan diferente al nuestro que incluso hoy sería difícil creerlo cierto. Incluso las tierras de los kaldorei no son tan extrañas para mí como lo que he aprendido de los draenei. Drek’Thar me dijo que Durotan no supo encontrar las palabras para describir lo que había visto; quizás hoy, si viviera en una tierra que lleva su nombre y hubiera visto lo que yo he visto, las encontraría.

El lamento tiene un sabor amargo…

* * *

Durotan no podía moverse. Era como si hubieran arrojado sobre él la misteriosa y brillante red de energía, como con el ogro, incapaz de resistirse. Observaba con la boca ligeramente abierta y trataba de encontrar sentido a todo lo que sus ojos le mostraban.

¡La ciudad draenei era magnífica! Tejida en la ladera de la montaña como si hubiera surgido de ella, a los ojos de Durotan era como la unión de la piedra y el metal, de lo natural y lo artificial. No sabía con exactitud qué era lo que estaba viendo, pero sabía que era armonioso. Con el hechizo de ocultación disuelto, la ciudad se reveló con toda su pacífica magnificencia. Todo lo que veía atraía su mirada. Enormes escaleras de piedra, con amplias y romas bases y unas partes superiores más finas, se dirigían hasta unas viviendas esféricas. Unas recordaban a Durotan la concha de un caracol; otras, a una seta. La combinación era sorprendente. Bañada por las tonalidades de la puesta del sol, las líneas gruesas de las escaleras se suavizaban, y las cúpulas parecían aún más redondas y perfectas de lo que eran.

Volvió la cabeza para ver una expresión de asombro similar en el rostro de Orgrim y entonces vio una ligera sonrisa que curvaba los labios azules de Restalaan.

—Son bienvenidos aquí, Durotan y Orgrim —dijo Restalaan.

Las palabras parecían romper el hechizo, y Durotan se adelantó torpemente. Las piedras de los caminos habían sido pulidas por el tiempo o por las manos de los draenei, no era capaz de precisarlo. Al acercarse, Durotan pudo ver que la ciudad continuaba hasta lo más alto de la montaña. El diseño arquitectónico de los anchos y atrevidos pasos que conducían hasta una suave y curvada estructura se repetía aquí. Había calles largas, construidas con la misma piedra blanca que, de alguna manera que no acertaba a saber, no se había ensuciado ni tras el paso de las diez generaciones de orcos que hacía que los draenei habían llegado allí. En lugar de las pieles y los cuernos de animales cazados, los draenei aparentemente utilizaban los dones de la tierra. Había gemas brillantes por todas partes y abundaba el uso de un ligero metal marrón que no se parecía a nada de lo que Durotan había visto en su vida. Los orcos conocían los metales, los trabajaban para su uso. El propio Durotan había ayudado en una cacería con un hacha y una espada, pero esto…

—¿De qué está hecha su ciudad? —preguntó Orgrim. Fue la primera cosa que dijo desde que los dos comenzaron su viaje en compañía de los draenei.

—De muchas cosas —respondió Restalaan amablemente. Estaban pasando a través de las puertas en ese momento y recibiendo curiosas, pero no hostiles, miradas de los habitantes del lugar—. Somos viajeros, bastante nuevos en su mundo.

—¿Nuevos? —dijo Durotan—. Hace más de 200 veranos que tu gente habita aquí. No éramos como somos ahora.

—No, no lo son —Restalaan admitió sin problemas—. Hemos visto cómo los orcos crecen en fuerza, habilidad y talento. Nos tienen impresionados.

Durotan sabía que lo decía a modo de cumplido, pero de alguna manera le escoció el comentario. Como si… como si el draenei se sintiera superior a ellos, a los orcos. Dicho pensamiento llegó y se fue, fugaz como el aleteo de una mariposa. Seguía mirando a su alrededor y, para su vergüenza, se preguntó si no sería verdaderamente cierto. Ninguna morada de los orcos estaba tan adornada o era tan compleja. Pero claro… los orcos no son draenei. No necesitan, o no han escogido, vivir como los draenei.

—Como respuesta a tu pregunta, Orgrim, cuando llegamos aquí, utilizamos todo lo que trajimos con nosotros. Sé que su gente construye barcos para viajar por los ríos o cruzar los lagos. Bueno, pues nosotros llegamos en un barco que podía cruzar el cielo. una nave que nos trajo hasta aquí. Estaba hecha de metal y… otras cosas. Una vez que asumimos que ésta iba a ser nuestra nueva casa, tomamos algunas partes de esta nave y las usamos para nuestra arquitectura.

Así que eso eran los grandes trozos de metal sin brillo que parecían, al mismo tiempo, de cobre y piel. La respiración de Durotan se paró.

A su lado, Orgrim frunció el ceño.

—¡Mientes! ¡El metal no flota!

Un orco hubiera gruñido y golpeado fuertemente las orejas de Orgrim por tal insolencia. El draenei simplemente sonrió.

—Eso mismo podría pensar cualquiera. De igual forma que podría pensar que no es posible invocar a los elementos para luchar contra un ogro si no supiera que es posible.

—Eso es diferente —se quejó Orgrim—. Eso es magia.

—Pues algo parecido es esto —dijo Restalaan. Entonces hizo una señal a uno de sus hombres para que se acercara y le dijo algo en su lengua nativa. El otro draenei asintió y salió corriendo.

—Hay alguien a quien me gustaría presentarles, si es que no está demasiado ocupado —dijo Restalaan y se calló. Durotan tenía mil preguntas, pero no se atrevió a hacerlas, temiendo ponerse en ridículo. Orgrim parecía haber aceptado el argumento de Restalaan sobre la magia, pero los dos jóvenes seguían estirando el cuello para mirar a su alrededor.

Se encontraron a muchos otros draenei por la calle hasta que se cruzaron con una mujer que parecía tener su edad. Tenía una constitución delicada, era alta y, cuando Durotan cruzó la mirada con ella, parecía sorprendida. A continuación, apareció una suave sonrisa en sus labios y agachó tímidamente su cabeza.

Durotan le sonrió también. Sin pensarlo, dijo:

—En nuestros campamentos hay muchos niños, ¿dónde están los niños de los draenei?

—No tenemos muchos —Restalaan contestó—. Nuestra gente vive muchos años, ésa es la razón por la que no solemos tener muchos hijos.

—¿Cuántos años viven? —preguntó Orgrim.

—Muchos —fue todo lo que Restalaan contestó—. Basta con decirles que recuerdo nuestra llegada a esta tierra.

Orgrim miró con los ojos abiertos a su compañero. Durotan quería darle con el codo, pero estaba demasiado lejos. De repente se dio cuenta de que la joven draenei que acababan de ver probablemente estaría muy lejos de su edad. Fue entonces cuando regresó el mensajero que Restalaan había enviado y les habló rápidamente. Restalaan parecía satisfecho con aquello que el mensajero le estaba diciendo y luego se giró, sonriendo, hacia los orcos.

—Aquél que nos trajo hasta este mundo, nuestro Profeta, Velen, se quedará aquí durante unos días. Pensé que quizás los querría ver. No recibimos esta clase de visita muy a menudo —Restalaan sonrió ampliamente—. Me enorgullece decirles que no sólo Velen ha aceptado conocerlos, sino que los ha invitado a compartir la velada de hoy. Van a cenar con él y a dormir en la casa del magistrado. Es un gran honor.

Ambos se quedaron mudos de la sorpresa. ¿Cenar con el Profeta, el líder de todos los draenei?

Durotan empezó a pensar que quizás hubiera sido mejor si los hubiera aplastado el ogro con su garrote.

Siguieron obedientemente a Restalaan, que los llevó por el camino serpenteante que subía, a través de colinas, hasta el edificio más grande que se asentaba en lo alto de la montaña. Las escaleras, perfectamente cuadradas y muy sólidas, parecían no terminar nunca y el aliento de Durotan se volvió acelerado a medida que ascendían. Llegó a la cima y se acercó a la estructura de caracol con interés cuando Restalaan le dijo:

—Mira hacia atrás.

Durotan y Orgrim obedecieron y el aliento de Durotan se quedó congelado en su garganta. Por debajo de ellos se extendían, como joyas sobre un prado, los edificios de la ciudad draenei. La puesta de sol teñía la ciudad con bellos tonos rojizos, que se tornaron en morados y grises cuando se ocultó completamente por el horizonte. Las luces se encendieron en las casas y ahora, la ciudad parecía un cielo estrellado, pero en la tierra.

—No quiero fanfarronear, pero estoy orgulloso de mi gente y de nuestra ciudad — dijo Restalaan —. Hemos trabajado muy duro aquí. Amamos Draenor. Y nunca pensé que tendría la oportunidad de compartir este sentimiento con un orco. Los caminos del destino son muy extraños.

Mientras hablaba, un profundo dolor, incluso antiguo, se vislumbraba a través de sus azules y duros rasgos. Sacudió la cabeza como para olvidarse de él y sonrió.

—Entren y serán atendidos.

En silencio, tan sorprendidos como para olvidar la habilidad de hablar, sus jóvenes mentes se abrieron a las imágenes, sonidos y colores de aquel lugar completamente extraño; Durotan y Orgrim entraron al salón del Magistrado. Se encontraban en salas que, de tan adornadas y hermosas que eran, los hicieron sentir completamente fuera de lugar. Las paredes curvadas, tan atractivas desde el exterior como encantadoras desde dentro, más que acogerlos parecían querer abrazarlos. Les habían dejado frutas por si tenían apetito, extrañas ropas por si querían cambiarse y había una tina de agua caliente, a punto de hervir, en medio de la habitación.

—Esta agua está demasiado caliente para beber y es demasiada para hervir hojas —dijo Durotan.

—Es para bañarse —contestó el draenei.

—¿Bañarse?

—Para limpiarse la suciedad del cuerpo —dijo Restalaan. Orgrim le lanzó una mirada de asombro, pero Restalaan parecía bastante serio.

—Nosotros no nos bañamos —gruñó Orgrim.

—Nadamos en los ríos en verano —dijo Durotan—. Puede que esto sea parecido.

—No tienen que hacer nada con lo que no encuentren a gusto —dijo Restalaan—. El baño, la comida y las ropas están aquí para su comodidad. El profeta Velen los atenderá en una hora. Vendré por ustedes entonces. ¿Hay algo más que necesiten?

Contestaron negativamente con la cabeza. Restalaan asintió y cerró la puerta. Durotan se giró hacia Orgrim.

—¿Crees que estamos en peligro?

Orgrim miró los extraños materiales y el agua caliente.

—No —dijo—. Pero… me siento como en una cueva. Preferiría estar en una tienda.

—Yo también. —Durotan se dirigió hacia una de las paredes y tocó su superficie curva. La notaba fría y suave bajo sus dedos, de alguna manera había pensado que la sentiría caliente y. como si estuviera viva.

Durotan se giró y señaló el agua.

—¿Quieres probarla?

—No —dijo Orgrim. Ambos orcos se echaron a reír, finalmente se salpicaron el rostro con el agua caliente y la encontraron más agradable de lo esperado. Se comieron la fruta, bebieron el agua y decidieron que los chalecos de tela eran mejor opción que las sucias y apestosas túnicas que llevaban. En cualquier caso, mantendrían sus pantalones de cuero.

El tiempo pasó más rápido de lo que esperaban y se estaban retando a ver quién era capaz de doblar una de las patas de metal de una silla cuando se oyó un golpe suave sobre la puerta. Dieron un salto de culpabilidad; Orgrim había logrado torcer un poco la pata de la silla, por lo que ahora se veía un poco coja.

—El Profeta está listo para recibirlos ahora —dijo Restalaan.

Es un Ancestro, fue lo primero que Durotan pensó cuando estuvieron frente al profeta Velen.

Ver al otro draenei de cerca había sido sorprenderte, pero contemplar a Velen lo era mucho más. El Profeta de los draenei era media cabeza más alto que el más alto de los guardias de la ciudad que Durotan había visto, aunque no parecía tan poderoso físicamente como ellos. Su cuerpo, ataviado con suaves y arremolinadas ropas, parecía menos musculado que los suyos. ¡Y su piel! Era de un cálido color alabastro. Sus ojos, profundos y sabios, tenían un brillo azul claro y estaban rodeados por profundas arrugas, que dejaban entrever que no se trataba de un simple Ancestro, sino de alguien incluso mayor. Su cabello canoso no flotaba por su espalda como el del resto de los draenei, sino que estaba trenzado, rizado y bellamente ornamentado, dejando a cubierto su pálido cráneo. Su barba fluía hasta la cintura como si se tratase de una ola plateada.

No era un Ancestro. Ni siquiera era el más anciano, pensó Durotan mientras esos intensos y brillantes ojos azules lo miraban y parecían penetrar hasta su mismísima alma.

Era algo prácticamente…fuera del tiempo real.

Pensó en el comentario de Restalaan, que él mismo había vivido más de doscientos veranos.

Velen era mucho más viejo que eso.

—Bienvenidos —dijo Velen con una dulce voz mientras elevaba e inclinaba su cabeza. Las trenzas se balanceaban con el movimiento—. Me llamo Velen. Me alegra saber que mi gente los ha encontrado hoy, aunque no me cabe la menor duda que en muy pocos años serán capaces de despachar a un ogro y hasta uno o dos gronn ustedes mismos.

Una vez más, Durotan no supo cómo encajar ese comentario, pero seguramente no se trataba de un simple y frívolo cumplido. Orgrim sintió lo mismo, pues se puso en pie y miró directamente a los ojos de Velen.

Velen les indicó que se sentaran y así lo hicieron. Durotan se sentía torpe y desgarbado sentado allí, en aquellas espléndidas sillas de madera ornamentada. Cuando la comida hizo su aparición, sintió una relajación interior. Pata de talbuk, plumablancas asados, grandes tostadas de pan y platos acompañados con muchas verduras, comida que entendía y conocía. De alguna manera, esperaba algo completamente diferente. ¿Pero por qué? Su forma de vivir y de morar podía ser muy diferente de la de los orcos pero, al igual que ellos, los draenei vivían de lo que la tierra les podía ofrecer. La forma en que estaban cocinados era diferente, los orcos tendían a hervir los alimentos o a brasearlos sobre una llama de fuego viva, incluso comían la carne cruda frecuentemente pero, en líneas generales, la comida era comida y esa comida estaba deliciosa.

Velen fue un anfitrión excelente. Les hizo preguntas y se mostró genuinamente interesado en sus respuestas: ¿A qué edad empiezan a cazar ogros? ¿Y a qué edad eligen pareja? ¿Cuál es su comida preferida? ¿Y su arma favorita? Orgrim, incluso más que Durotan, se sintió tan a gusto con la conversación que empezó a hablar de sus proezas. En su caso no le hacía falta embellecer las historias.

—Cuando mi padre muera, heredaré el Doomhammer —dijo Orgrim con orgullo— . Es un arma antigua y honorable, que se transmite de padre a primogénito.

—Estoy seguro de que la sabrás blandir bien, Orgrim —dijo Velen—. Pero espero que pasen muchos años antes de que heredes el nombre de Doomhammer.

El hecho de que su padre tuviera que morir antes de llegar a ser Orgrim Doomhammer parecía habérsele escapado, por un momento, al joven orco, razón por la que se puso serio. Velen sonrió con, pensó Durotan, una leve sensación de pena. Con este movimiento facial, finas grietas aparecieron en la cara de Velen, como una sutil tela de araña sobre su lisa y blanca superficie.

—Pero descríbeme ese martillo, por favor. Tiene que ser un arma magnífica.

Orgrim se volvió a iluminar.

—¡Es enorme! La piedra es negra y es contundente y poderosa, y el mango está hecho de madera cuidadosamente tallada. Con los años, el mango ha tenido que ser reemplazado, pero la piedra no tiene ni un solo rasguño. Lo llamamos el Doomhammer porque, cuando quien lo porta entra en batalla, expele maldiciones a sus enemigos.

—Ya veo —dijo Velen, sin dejar de sonreír.

Orgrim estaba disfrutando de la conversación.

—Pero hay otra profecía más —continuó—. Se dice que el último orco Doomhammer lo usará para traer la salvación y luego para condenar a todos los orcos. Entonces pasará a manos de alguien que no pertenecerá al clan Blackrock, todo volverá a cambiar y el martillo será utilizado de nuevo en pos de la justicia.

—Es una profecía poderosa —dijo Velen. No dijo nada más, pero Durotan sintió un escalofrío. Ese hombre era apodado el «Profeta» por su gente. ¿Sabría de alguna manera que la profecía del Doomhammer se haría realidad? ¿Se atrevería Durotan a preguntarse?

Orgrim continuó describiendo Doomhammer con todo detalle. Durotan, que había visto el arma en cuestión, dejó de prestar atención a la charla de Orgrim y se centró en Velen. ¿Por qué este ser estaba tan interesado en ellos?

Durotan era un joven sensible, lo sabía. Había escuchado partes de conversaciones de sus padres, en las que mostraban preocupación por esa especial sensibilidad, y de Madre Kashur, que se burlaba de ellos y les había dicho que se preocuparan de cosas importantes y «dejaran al niño a su suerte». Durotan sabía reconocer el interés fingido cuando lo veía y sintió que lo reconocería incluso en un draenei. Sin embargo, los brillantes ojos azules de Velen estaban centrados, su extraña cara mostraba una expresión interesada y sus preguntas eran sinceras. Quería oír hablar sobre los orcos y, cuanto más oía, más triste parecía estar.

Desearía que Madre Kashur estuviera aquí en mi lugar, pensó Durotan de repente. Ella aprovecharía esta ocasión mucho más que Orgrim y yo.

Cuando Orgrim terminó de describir el Doomhammer, Durotan preguntó:

—¿Puedes contamos algo sobre tu pueblo, Profeta? Sabemos tan poco. En las últimas horas he aprendido más que ninguno de los míos en los últimos cien años, creo.

Velen dirigió sus brillante ojos azules hacia Durotan. Su mirada casi lo hizo temblar, no porque sintiera miedo de ella, sino porque nunca se había sentido visto de esa forma.

—Los draenei nunca han ocultado información, joven Durotan. Pero… creo que tú eres el primero que ha preguntado por ella. ¿Qué deseas saber?

Todo, quería saber Durotan, pero decidió centrar su pregunta.

—Los orcos no habían conocido a ningún draenei hasta hace doscientos veranos. Restalaan nos dijo que vinieron aquí en un gran barco que podía viajar por los cielos. Cuéntame más sobre esto.

Velen tomo un sorbo de su bebida, que sabía a verano para Durotan, y sonrió.

—Para empezar, «draenei» no es nuestro verdadero nombre. Es una palabra que significa… «exiliados».

Durotan se quedó boquiabierto.

—Estábamos enfrentados con otros en nuestro mundo. Decidimos no vender a nuestra gente como esclavos y por este motivo decidimos exiliamos. Hemos pasado mucho tiempo tratando de encontrar un lugar adecuado para vivir, un lugar al que poder llamar nuestro hogar. Nos enamoramos de este sitio y lo llamamos Draenor.

Durotan asintió con la cabeza. Ya había escuchado ese nombre antes. Le había gustado cómo sonaba en su lengua cuando lo dijo, y los orcos no tenían otro nombre para este lugar más que «mundo».

—Ése es el nombre que nosotros utilizamos, no queremos ser tan arrogantes como para pensar que los orcos deban utilizarlo también. Pero así es como lo hemos apodado y amamos Draenor profundamente. Es un mundo precioso, y hemos visto muchos.

Orgrim se quedó sin aliento.

—¿Que han visto muchos?

—Sí, así es. Y hemos conocido a mucha gente.

—¿Gente como los orcos?

Velen sonrió amablemente.

—No hay nadie como los orcos —dijo, con una voz muy respetable—. Ustedes son un hallazgo único en nuestros viajes.

Durotan y Orgrim se miraron y se acomodaron un poco más rectos sobre sus sillas.

—Pero sí, hemos estado viajando durante bastante tiempo antes de llegar a esta tierra. Aquí estamos y aquí nos quedaremos.

Durotan ardía en deseos de hacer más preguntas, durante cuánto tiempo habían estado viajando, cómo era su mundo natal o por qué lo habían abandonado. Pero había algo en la expresión de Velen que le decía que, aunque habían sido invitados a preguntar, el líder de los draenei no les contaría esa historia en particular.

En su lugar, preguntó cómo habían aprendido a crear sus armas y a controlar su magia.

—Nuestra magia viene de la tierra —dijo Durotan—. Del chamán y de nuestros ancestros.

—Nuestra magia procede de una fuente diferente —dijo Velen—. No sé si serían capaces de entenderlo si se los explicara.

Entonces Orgrim dijo indignado:

—¡No somos estúpidos!

—Perdónenme, no quería hacerles pensar eso —contestó Velen. Fue una disculpa sincera y agradecida y de nuevo Durotan se quedó impresionado—. Su gente es sabia y obviamente ustedes dos son brillantes. Pero… pero no estoy seguro de conocer las palabras en su lenguaje. No me cabe duda de que, si las conociera y tuviera el tiempo necesario, lo entenderían.

Incluso explicándose, Velen parecía escoger muy cuidadosamente las palabras. Durotan pensó en el tipo de magia capaz de esconder una ciudad entera, pensó en el suave y asombroso metal que estaba unido, no sabía de qué forma, a las gemas de la tierra y a la roca sólida, y se dio cuenta que Velen tenía razón. No conocía a ningún solo orco capaz de entender todo eso en una sola velada, aunque pensó que quizás Madre Kashur sería capaz de comprender mejor su esencia y volvió a preguntarse por qué ambas razas no interactuaban un poco más.

La conversación dio un giro hacia temas más mundanos. Los dos jóvenes aprendieron que en las profundidades del bosque de Terokkar había un lugar, sagrado para los draenei, llamado Auchindoun. Allí descansaban sus muertos, enterrados en el suelo, en lugar de incinerados en piras. Hacia sus adentros Durotan consideró esta práctica muy rara, pero se mordió la lengua. Telmor era la ciudad más cercana a esta «ciudad de los muertos», y Velen había llegado allí en una misión muy triste, para dar descanso a otros draenei que habían muerto luchando contra el mismo ogro que casi mata a Orgrim y a Durotan ese mismo día.

Velen les explicó que, normalmente, vivía en un lugar precioso llamado el Templo de Karabor. Existían otras ciudades de los draenei, pero la más grande de todas estaba hacia el norte, un lugar llamado Shattrath.

Al final, la comida se terminó. Velen suspiró, y sus ojos se centraron sobre el plato vacío, pero Durotan sintió que el Profeta no lo estaba mirando.

—Me tendrán que perdonar —dijo Velen levantándose—. Ha sido un día muy largo, y tengo que meditar antes de ir a dormir. Ha sido un honor conocerlos, Durotan del clan Frostwolf y Orgrim del clan Blackrock. Espero que duerman bien y profundamente, seguros entre estos muros, donde ningún otro orco ha estado antes.

Durotan y Orgrim se levantaron al mismo tiempo que el resto y le hicieron una reverencia. Velen sonrió con, pensó Durotan, una pizca de esa pena que antes había vislumbrado en la cara del líder de los draenei.

—Nos volveremos a encontrar, jóvenes orcos. Buenas noches.

Los dos orcos se fueron poco después. Fueron escoltados hasta sus habitaciones y durmieron bien, aunque Durotan soñó con un viejo orco sentado tranquilamente a su lado, y se preguntó qué podría significar.

* * *

—Tráelo —dijo el viejo orco a Madre Kashur.

Madre Kashur, la mayor de los chamanes del clan Frostwolf, dormía profundamente. A causa de su elevada posición dentro del clan, su tienda era la segunda con más comodidades y lujos, solamente superada por la de Garad, el líder del clan. Gruesas alfombras de piel de uñagrieta mantenían sus huesos alejados del frío de la tierra, y una nieta leal y cariñosa atendía sus necesidades, cocinaba, limpiaba y mantenía el fuego vivo durante los días más fríos para la «madre» del clan. El deber de Madre Kashur era escuchar el viento, el agua, el fuego, la hierba, y beber el amargo brebaje de hierbas cada noche para abrir su mente a los ancestros. Reunía información para su clan de la misma forma que otros reunían frutas y leña, y este don los alimentaba de una forma muy provechosa.

El viejo orco no estaba presente, aun así sabía que era real. Estaba en su sueño, y eso era suficiente para ella. Durante este estado de ensoñación, Madre Kashur se mostraba joven y vibrante, su piel era todavía rojiza, brillaba intensamente con salud y se veía lustrosa sobre sus tersos músculos. El viejo orco tenía la edad con la que había muerto, la edad en la que su sabiduría estaba en apogeo. Su nombre en vida había sido Tal’kraa pero ahora, a pesar de las muchas generaciones que había entre ellos dos, lo llamaba Abuelo.

—Has recibido el mensaje —dijo el Abuelo a la joven y vibrante Kashur del sueño. Asintió, al tiempo que su negro cabello se balanceaba con el movimiento.

—Él y el niño de los Blackrock están ahora con los draenei —dijo—. Estarán a salvo, lo siento.

El abuelo Tal’kraa asintió, agitando sus mejillas con el movimiento. Sus colmillos se habían amarilleado con la edad y uno de ellos estaba roto desde una batalla hacía mucho tiempo.

—Sí, están a salvo. Tráelo.

Era la segunda vez que había dicho eso, y Kashur no estaba segura de lo que quería decir.

—Irá a la montaña en pocos meses, cuando los árboles muden sus hojas para dormir —dijo—. Así que sí, lo llevaré.

Tal’kraa sacudió su cabeza ferozmente, sus ojos marrones se cerraron de enfado y Kashur esbozó una sonrisa; de todos los espíritus que la honraban con su presencia, el abuelo Tal’kraa era el menos paciente.

—No, no —gruñó Tal’kraa—. Tráelo ante nuestra presencia. Llévalo a las cavernas de Oshu’gun. Me gustaría ver qué hay en él.

Kashur inspiró rápidamente.

—¿Quieres… que lo lleve a conocer a los ancestros?

—¿No es eso justamente lo que acabo de decir? ¡Estúpida chica! ¿Qué está pasando con los chamanes estos días?

Era el sermón de siempre y ya no molestaba a Kashur en lo más mínimo. Estaba demasiado aturdida por la importancia de lo que le acababa de decir. Otras veces los ancestros habían querido ver a un niño antes y, aunque era poco frecuente, ya había pasado. Por lo general, significaba que el chico en cuestión estaba destinado al camino del chamanismo. No había pensado que los pies de Durotan fuesen a caminar por ese camino; era algo extraño que un chamán liderara a un clan. Habría demasiadas cosas presionándolo desde diferentes direcciones como para ser un líder eficaz. Escuchar y honrar a los espíritus, y guiar con acierto a su propia gente eran demasiadas cosas para la mayoría de los orcos. Aquél que fuera capaz de hacerlas, sería indudablemente un orco remarcable.

Ante la falta de respuesta por parte de Kashur, el Abuelo gruñó de nuevo y golpeó el suelo. Kashur saltó ligeramente.

—Lo traeré el día de su iniciación, —aseguró Kashur a su antepasado.

—Por fin lo has entendido —dijo Tal’kraa, sacudiendo su vara ante ella—. Y, si me fallas, será tu cabeza lo que golpearé con mi vara en lugar de este inocente suelo.

No podía ocultar completamente una sonrisa mientras lo decía, y Kashur le sonrió también mientras su imagen en el sueño cerraba los ojos. A pesar de sus bravatas y mal genio, Tal’kraa era sabio y bondadoso y la quería profundamente. Lamentó no haberlo conocido en vida, aunque había muerto hacía ya casi cien años.

Los párpados de Kashur se abrieron y suspiró mientras su espíritu volvía a su cuerpo real… tan anciano como el de Tal’kraa cuando murió, con las manos y los pies doblados por el dolor en las articulaciones, con un cuerpo débil y un pelo completamente canoso.

Era consciente de que pronto le llegaría el momento de abandonar este cuerpo, este caparazón, para ir con los ancestros y morar en la montaña sagrada. Drek’Thar, su aprendiz, sería el asesor de Garad y del resto del clan Frostwolf. Confiaba completamente en él y, en realidad, esperaba con interés el día en que se convertiría en pura energía espiritual.

Aunque, mientras la luz del sol entraba en su tienda y el canto de los pájaros acariciaba sus oídos, pensó que echaría de menos las bellas cosas que la vida nos concedía. Cosas simples como el canto de los pájaros, la comida caliente y el cariñoso contacto con su nieta.

Tráelo, había dicho el Abuelo.

Y así lo haría.

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